MUNDIALAZO

España futbol mundial

¿Qué ocurre cuando millones de españoles se reúnen frente a un televisor durante un Mundial?

Exactamente lo que uno podría imaginar… y bastante más.

Un Mundial no se vive solamente en los estadios. Se vive en los bares, en los salones, en las terrazas, en los grupos de WhatsApp y en esas conversaciones familiares donde, de repente, todos se convierten en seleccionadores, árbitros, analistas tácticos y expertos en VAR. Se vive con ilusión desmedida antes del primer partido, con calculadoras durante la fase de grupos y con taquicardias cuando llega la eliminatoria.

En este libro recorremos, desde la mirada de un aficionado español, el Mundial de 2026 con una mezcla de humor, memoria futbolística y relato periodístico, acompañando a España desde aquel inevitable «este año sí» hasta la segunda estrella. Cabo Verde, Uruguay, Arabia Saudí, Portugal, Bélgica, Francia y Argentina aparecen en un viaje donde cada partido es una historia y cada minuto puede convertirse en una pequeña tragedia nacional.

Pero este no es solamente un libro sobre fútbol. Es también un retrato de una manera muy española de vivirlo: discutir las alineaciones, protestar al árbitro, desconfiar del VAR, hacer cuentas imposibles, gritarle a la televisión, abrazar a desconocidos después de un gol y afirmar, después de haber sufrido durante noventa minutos, que «yo sabía que ganábamos».

Porque los Mundiales no se recuerdan únicamente por sus resultados. Se recuerdan por dónde los vimos, con quién estábamos, quién gritó primero, quién dijo que íbamos a perder y quién decidió que era mejor no moverse del sofá porque estaba dando suerte.

Y cuando el árbitro pita el final y España vuelve a ser campeona del mundo, solo queda una certeza:

2010 dejó una estrella.

2026 dejó otra.

Y los españoles ya estamos preguntando cuándo vamos a por la tercera.

Un Mundial. Una segunda estrella. Millones de aficionados. Y una cantidad completamente innecesaria de taquicardias.


ÍNDICE

PRÓLOGO
Cómo sobrevivir a un Mundial siendo español
Una explicación imprescindible para comprender que apoyar a España durante un Mundial no es exactamente una afición deportiva, sino una actividad de riesgo.

CAPÍTULOS 1, 2 y 3. EL ESPAÑOL ANTE UN MUNDIAL: «ESTE AÑO SÍ» (partes I, II y III)
El ritual previo, las camisetas, las banderas y esa confianza desmedida que aparece antes de que empiece el primer partido.

CAPÍTULO 4. EL GRUPO H: CUANDO NOS TOCÓ CABO VERDE Y EMPEZAMOS A HACER CUENTAS
España, Cabo Verde, Uruguay y Arabia Saudí. Matemáticas, calculadoras y combinaciones imposibles.

CAPÍTULO 5. EL PRIMER PARTIDO: «TRANQUILOS, ESTO ACABA DE EMPEZAR»
El estreno, los primeros nervios y el momento exacto en que dejamos de sentirnos campeones del mundo.

CAPÍTULO 6. LA FASE DE GRUPOS Y EL SÍNDROME DEL TERCER PARTIDO
Puntos, goles, calculadoras y la eterna pregunta: «¿Pero entonces pasamos?».

CAPÍTULO 7. EL NUEVO MUNDIAL DE 48 EQUIPOS: MÁS PARTIDOS, MÁS HORAS DE TELEVISIÓN
El Mundial ampliado, nuevas selecciones y una cantidad de fútbol incompatible con dormir ocho horas.

CAPÍTULO 8. LOS DIECISEISAVOS: «AHORA EMPIEZA LO BUENO»
Cuando desaparecen los experimentos y aparece el verdadero enemigo: el miedo.

CAPÍTULO 9. PORTUGAL: EL PARTIDO QUE NADIE QUERÍA JUGAR
Vecinos, conocidos, rivales y familiares que dejan de hablarse durante noventa minutos.

CAPÍTULO 10. BÉLGICA Y LOS CUARTOS DE FINAL: «YA ESTAMOS AHÍ»
El peligroso momento en que el aficionado español empieza a confiar.

CAPÍTULO 11. FRANCIA: CUANDO EL MUNDIAL YA NO ES UN JUEGO
La semifinal. El partido en el que solo existe una pregunta: «¿Llegaremos a la final?».

CAPÍTULO 12. LA FINAL SOÑADA: ESPAÑA CONTRA ARGENTINA
La campeona de Europa frente a la campeona de América. El partido que parecía escrito para provocar hipertensión.

CAPÍTULO 13. 90 MINUTOS DE SUFRIMIENTO
Cero a cero. Nervios. Silencio. Prórroga. Y un país entero mirando el televisor como quien contempla una sentencia.

CAPÍTULO 14. MINUTO 106: FERRAN Y LA LOCURA
El gol que detuvo el país y convirtió una final en historia.

CAPÍTULO 15. LOS ÚLTIMOS MINUTOS: LA CIENCIA ESPAÑOLA DEL SUFRIMIENTO
El 1-0, los ataques argentinos, los despejes salvadores y unas pulsaciones que ya no responden.

CAPÍTULO 16. ESPAÑA CAMPEONA DEL MUNDO: «¿PERO ESTO ES VERDAD?»
El pitido final, la segunda estrella y una frase inevitable: «No me lo puedo creer».

CAPÍTULO 17. LOS HÉROES, LOS VILLANOS Y LOS EXPERTOS DEL BAR
Los jugadores protagonistas y los millones de seleccionadores españoles que aparecieron durante el torneo.

CAPÍTULO 18. EL VAR: EL NUEVO ENEMIGO NACIONAL
Árbitros, líneas, repeticiones y la eterna batalla entre nuestra opinión y la tecnología.

CAPÍTULO 19. LOS PENALTIS: UNA FORMA LEGAL DE SUFRIR
Cincuenta millones de españoles decidiendo dónde debe lanzar el jugador.

CAPÍTULO 20. LOS OTROS MUNDIALES: BRASIL, FRANCIA, INGLATERRA Y ARGENTINA
Porque también hay que disfrutar viendo sufrir a los grandes.

CAPÍTULO 21. EL MUNDIAL DE LOS MEMES
La competición paralela donde el árbitro, el VAR, los jugadores y los aficionados también juegan.

CAPÍTULO 22. LOS BARES ESPAÑOLES DURANTE EL MUNDIAL
Un estudio antropológico del silencio, los gritos, las celebraciones y los abrazos entre desconocidos.

CAPÍTULO 23. LA FAMILIA ESPAÑOLA Y EL MUNDIAL
Padres seleccionadores, hermanos árbitros, madres con radar de peligro y parejas que no entienden por qué gritamos al televisor.

CAPÍTULO 24. EL DÍA DESPUÉS: «AYER GANAMOS EL MUNDIAL»
La resaca emocional, los vídeos, los memes, las celebraciones y la misión de contarle a todo el mundo cómo vivimos el gol.

CAPÍTULO 25. SEGUNDA ESTRELLA
2010 dejó una estrella. 2026 deja otra. Y, naturalmente, ya estamos pensando en la tercera.

CAPÍTULO 26. EPÍLOGO: GRACIAS POR LAS TAQUICARDIAS
Porque un Mundial no se recuerda solamente por los resultados, sino por dónde lo vimos, con quién estuvimos y todo lo que sentimos.


PRÓLOGO

CÓMO SOBREVIVIR A UN MUNDIAL SIENDO ESPAÑOL

Hay países que afrontan un Mundial de fútbol con serenidad. Algunos lo contemplan como un acontecimiento deportivo de primer nivel, una sucesión de partidos entre selecciones nacionales que permite disfrutar del talento, la táctica y la épica sin que ello altere demasiado el ritmo cardíaco de la población. En España, sin embargo, la relación con un Mundial siempre ha tenido algo de fenómeno meteorológico extremo. No se trata simplemente de ver jugar a once futbolistas vestidos de rojo. Se trata de organizar la vida alrededor de noventa minutos, modificar horarios, llenar neveras, discutir alineaciones con personas que jamás han pisado un banquillo, consultar combinaciones de resultados cuando todavía quedan dos jornadas y desarrollar una capacidad extraordinaria para detectar peligros donde quizá no los haya. Un Mundial convierte al ciudadano español más razonable en seleccionador nacional, al seleccionador nacional en sospechoso habitual y al sofá de casa en una especie de palco presidencial desde el que se toman decisiones tácticas de importancia histórica. Apoyar a España durante un Mundial no es exactamente una afición deportiva. Es una actividad de riesgo moderado, una disciplina emocional y, en determinados partidos, una experiencia muy próxima a la meditación trascendental, aunque con más gritos.

La historia ayuda a entender por qué. España llegó al fútbol internacional con una relación particularmente complicada con las grandes competiciones. Durante buena parte del siglo XX, la selección española fue una promesa que aparecía periódicamente en los grandes escenarios con la intención de hacer algo importante y regresaba después a casa acompañada de explicaciones. Hubo momentos de brillantez, decepciones memorables, derrotas inexplicables y generaciones de futbolistas extraordinarios que tuvieron que cargar con una expectativa que, con frecuencia, parecía mucho mayor que sus posibilidades reales. El Mundial de 1950, con aquella histórica cuarta posición, alimentó una de las primeras grandes leyendas de la selección; después llegarían décadas de irregularidad, decepciones y eliminaciones que fueron construyendo en el imaginario colectivo una idea bastante particular: España podía jugar bien, podía tener grandes jugadores e incluso podía ilusionar, pero cuando llegaba el momento decisivo siempre parecía existir una especie de barrera invisible. El fútbol español llegó a convertir esa frustración en una categoría antropológica. No éramos simplemente una selección que perdía; éramos una selección que encontraba una manera especialmente española de perder.

Aquella tradición de sufrimiento alcanzó una dimensión casi folclórica en los años ochenta y noventa. El aficionado aprendió a desconfiar de la euforia, a sospechar de cualquier marcador favorable y, sobre todo, a no celebrar demasiado pronto. El Mundial de 1982, celebrado en España, dejó una mezcla de ilusión y decepción; México 1986 ofreció la inolvidable tanda de penaltis contra Bélgica; Italia 1990 terminó con una eliminación ante Yugoslavia que todavía forma parte de la memoria futbolística; Estados Unidos 1994 regaló el famoso codazo de Tassotti a Luis Enrique y una nueva eliminación; Francia 1998 se convirtió en otro capítulo de aquella interminable colección de frustraciones. Y así, generación tras generación, el aficionado español desarrolló un mecanismo de defensa psicológico perfectamente reconocible: antes de cada Mundial decía que España tenía posibilidades, pero inmediatamente añadía que «ya veremos». Era una forma de esperanza con airbag incorporado.

Entonces llegó 2010. Sudáfrica cambió la relación emocional entre España y el fútbol. La selección que había aprendido durante décadas a convivir con el fracaso descubrió que también podía ganar. El gol de Andrés Iniesta en Johannesburgo no fue solamente un gol. Fue una especie de reparación histórica. Durante unos minutos, todas las viejas derrotas parecieron retroceder en el tiempo: los penaltis fallados, los cuartos malditos, las ocasiones perdidas, los partidos que se escapaban por detalles absurdos. El fútbol español consiguió algo que parecía reservado a otros: levantar la Copa del Mundo. Y con ello nació una generación de aficionados que ya no necesitaba explicar que España era capaz de ganar. Lo había visto. El problema fue que, desde entonces, cada Mundial quedó inevitablemente comparado con aquel verano. La memoria del triunfo es maravillosa, pero también tiene una pequeña crueldad: cuando has sido campeón del mundo, cualquier eliminación posterior parece una catástrofe y cualquier victoria insuficiente.

Por eso el aficionado español llega a un Mundial con una combinación psicológica difícil de encontrar en otros lugares: ilusión y miedo en proporciones prácticamente idénticas. La ilusión aparece durante la presentación de la convocatoria. Se analizan los jugadores, las posiciones, las alternativas, las lesiones y el estado de forma. Se observa un entrenamiento y alguien declara que «hay muy buen ambiente». Aparece entonces el primer síntoma de euforia. Después llega el primer amistoso y, si España gana, se empieza a hablar de semifinales. Si empata, surge la palabra «dudas». Si pierde, alguien escribe inmediatamente que «hay que cambiarlo todo». La selección española puede pasar en cuatro días de ser candidata al título a necesitar una profunda reconstrucción nacional. Todo depende de noventa minutos y, en ocasiones, de una pelota que golpea el poste.

El Mundial también transforma el lenguaje cotidiano. Durante unas semanas, España deja de hablar de determinadas cosas para hablar exclusivamente de fútbol. El café de la mañana comienza con una pregunta que no necesita contexto: «¿Viste ayer el partido?». En la oficina, el análisis de la jornada anterior sustituye temporalmente a cualquier otra conversación. En los bares, personas que jamás se habían dirigido la palabra establecen una relación de confianza inmediata porque ambos coinciden en que el lateral derecho «estuvo enorme». En los grupos familiares de mensajería aparecen vídeos, estadísticas, opiniones, memes y audios de personas que aparentemente han descubierto, durante la madrugada, que poseen conocimientos avanzados de fútbol internacional. El Mundial crea así una comunidad nacional provisional, una extraña república de aficionados en la que todos tenemos derecho a voto y ninguno tiene obligación de demostrar sus conocimientos.

El fenómeno alcanza su máxima expresión cuando juega España. El partido deja de ser un espectáculo y se convierte en una experiencia colectiva. Hay casas en las que nadie se mueve durante los últimos diez minutos porque alguien ha decidido que cambiar de asiento podría alterar el resultado. Hay aficionados que repiten la misma camiseta porque «con esta ganamos el otro día». Otros se sientan siempre en el mismo lugar, comen lo mismo o colocan el mando a distancia exactamente dónde estaba durante el último triunfo. La racionalidad desaparece discretamente por la puerta. Nadie admite creer en supersticiones, pero todo el mundo conoce alguna. El fútbol posee esa extraordinaria capacidad para convertir una coincidencia en una ley universal. Si España marcó cuando el aficionado abrió la nevera, habrá que abrir la nevera otra vez. Si el gol llegó mientras estaba de pie, permanecerá de pie. Si alguien propone cambiar de canal durante el descanso, será inmediatamente acusado de poner en peligro la clasificación.

Y luego está la relación con el árbitro, institución histórica de la cultura futbolística española. Antes de que empiece el partido ya existe una sospecha razonable de que alguna decisión arbitral perjudicará a España. No importa que el árbitro sea internacionalmente reconocido, que el VAR disponga de veinte cámaras o que una repetición en alta definición demuestre con absoluta claridad lo ocurrido. Durante un partido, la lógica funciona de otra manera. El aficionado español contempla una acción durante tres segundos y emite sentencia: «¡Eso es falta!». Diez segundos después, el VAR confirma exactamente lo contrario y se produce un silencio incómodo. Pero nadie retira completamente la acusación. Siempre queda una duda. Siempre hay un ángulo que no hemos visto. Siempre existe una cámara situada en algún lugar que, convenientemente, demuestra que teníamos razón.

El verdadero peligro, sin embargo, aparece cuando España empieza a ganar. Perder es doloroso, pero ganar también tiene consecuencias. Una victoria aumenta las expectativas, y las expectativas son uno de los grandes enemigos históricos del aficionado español. Después de un buen partido, alguien dice «este año podemos llegar lejos». Después de dos, «tenemos equipo para ganar el Mundial». Después de tres, «hay que ir pensando en la final». En ese momento conviene extremar las precauciones. La experiencia demuestra que la confianza excesiva puede provocar síntomas inmediatos: compra de camisetas, búsqueda de vuelos, reserva de hoteles para una posible celebración y elaboración de teorías sobre el rival de semifinales. Todo ello antes de que termine el siguiente partido. España no necesita solamente once jugadores sobre el campo; necesita también millones de aficionados intentando no adelantarse al futuro.

El Mundial de 2026 añadió, además, una dimensión nueva. La ampliación a 48 selecciones convirtió el torneo en un gigantesco acontecimiento planetario, con más partidos, más países, más historias y muchas más posibilidades de que el aficionado español descubriera una selección que jamás había visto jugar y, aproximadamente quince minutos después, considerara que su delantero centro era «muy peligroso». La geografía futbolística se hizo más extensa y la televisión más exigente. Hubo partidos a horas diferentes, combinaciones de grupos, clasificaciones, cruces y cálculos que obligaron a una parte de la población a recuperar conocimientos matemáticos que creía definitivamente enterrados desde el instituto. La frase «si gana X, empata Y y nosotros conseguimos…» volvió a ocupar conversaciones familiares con la solemnidad de una fórmula económica.

Pero la esencia no cambió. Un Mundial sigue siendo una historia de expectativas. Antes del primer partido todos creemos saber cómo será el torneo. Después del primer partido ya no estamos tan seguros. Tras el segundo, hacemos cuentas. En los cruces empezamos a sufrir. En cuartos de final dejamos de hacer planes. En semifinales prometemos que, pase lo que pase, no volveremos a ponernos tan nerviosos. Y si llegamos a la final, descubrimos que hemos mentido. Porque una final mundialista no se mira: se sobrevive.

Este libro nace precisamente de esa experiencia. No pretende ser una enciclopedia del Mundial de 2026 ni un tratado táctico escrito desde una cabina de comentaristas. Quiere ser algo más cercano y, probablemente, más reconocible: el relato de cómo un país vive un campeonato del mundo cuando el fútbol deja de ser simplemente fútbol. Aquí están los partidos, pero también están los bares, los sofás, las discusiones, las supersticiones, las estadísticas absurdas, los nervios, los memes, las celebraciones y esa peculiar capacidad española para pasar de «no tenemos ninguna posibilidad» a «si somos los mejores» en el espacio aproximado que tarda un balón en recorrer treinta metros.

Porque la historia de un Mundial no está únicamente en el marcador. Está en la memoria de quienes lo vieron. En quién estaba sentado a nuestro lado cuando llegó el gol. En la llamada telefónica que interrumpimos porque empezaba el partido. En el vecino que gritó antes de que nosotros viéramos la jugada. En el bar donde alguien abrazó a un desconocido. En la persona que aseguró que el partido estaba perdido cinco minutos antes de que España remontara. En la camiseta que decidimos no lavar porque, contra toda evidencia científica, parecía traer suerte. Y está también en esa sensación profundamente española de que cada Mundial puede ser el definitivo, el que por fin nos dará la gloria o el que volverá a enseñarnos que el fútbol tiene una memoria extraordinaria para nuestras desgracias.

Sobrevivir a un Mundial siendo español exige, por tanto, unas habilidades muy concretas: saber sufrir sin perder la esperanza, celebrar sin confiarse, criticar sin abandonar el barco, entender el VAR sin comprenderlo realmente, aceptar que cualquier persona puede convertirse en seleccionador durante noventa minutos y, sobre todo, dominar el arte nacional de decir «yo ya sabía que esto iba a pasar» independientemente de lo que finalmente haya pasado. Es una tradición transmitida de generación en generación. Los que vivieron 1982 recuerdan unas cosas; los de 1994, otras; los de 2010 tienen su gol de Iniesta grabado en la memoria; los más jóvenes han crecido con la certeza de que España puede ganar porque ya la han visto hacerlo. Cada generación añade una capa nueva al relato.

Y así llegamos al Mundial de 2026. Con nuestra historia de derrotas, nuestras victorias, nuestros complejos, nuestras ilusiones y esa mezcla inconfundible de orgullo y prudencia que acompaña a la selección. Llegamos sabiendo que el fútbol puede convertir una tarde cualquiera en una jornada histórica y un partido aparentemente controlado en una crisis familiar. Llegamos preparados para sufrir, aunque naturalmente nadie lo reconocerá. Porque el aficionado español siempre empieza diciendo que verá el partido tranquilamente, sin ponerse nervioso, disfrutando del espectáculo. Es una promesa que dura exactamente hasta el primer balón dividido.

Después ya no hay vuelta atrás.

Empieza el Mundial.

Y empieza, una vez más, nuestra peculiar forma de sobrevivirlo.


CAPÍTULO 1

EL ESPAÑOL ANTE UN MUNDIAL: «ESTE AÑO SÍ» (I)

Hay un momento, aproximadamente semanas antes de que empiece un Mundial, en el que el español medio experimenta una transformación inexplicable. Hasta ese instante puede haber pasado los últimos meses sin hablar demasiado de la selección, ocupado en asuntos tan mundanos como el trabajo, las vacaciones, las facturas o discutir con alguien sobre el precio del café. Pero llega la convocatoria, aparecen las primeras fotografías de los jugadores entrenando y, de repente, el fútbol recupera una importancia casi constitucional. El país vuelve a mirar hacia una camiseta roja como si en ella estuviera depositada una parte de nuestro destino colectivo. Empiezan los debates, las listas, las estadísticas, las tertulias, las entrevistas y, sobre todo, la frase que funciona como declaración oficial de intenciones y como mecanismo preventivo contra la realidad: «Este año sí». No importa que todavía no haya comenzado el torneo. No importa el rival. No importa que alguien recuerde que en el último campeonato las cosas no salieron exactamente como esperábamos. El español ante un Mundial posee una extraordinaria capacidad para olvidar temporalmente los antecedentes y conceder a su selección el beneficio de una nueva oportunidad. Es un optimismo periódico, casi institucional, que aparece cada cuatro años con una puntualidad superior a la de muchos servicios públicos.

El fenómeno tiene raíces profundas. España mantuvo durante décadas una relación particularmente complicada con los grandes torneos internacionales. La selección podía presentar futbolistas extraordinarios, clubes de enorme tradición y una liga capaz de producir algunos de los mejores jugadores del mundo, pero cuando llegaba el momento de enfrentarse a la historia, algo parecía torcerse. El Mundial de Brasil de 1950 había dejado una cuarta posición que durante décadas fue presentada como una hazaña; después llegaron generaciones que alimentaron esperanzas y terminaron convertidas en recuerdos. Los cuartos de final adquirieron una reputación casi mitológica. España podía superar la fase de grupos, podía jugar bien, podía incluso dominar durante determinados momentos, pero existía una especie de frontera invisible a partir de la cual el fútbol español parecía necesitar permiso para continuar. México 1986, Italia 1990, Estados Unidos 1994 y Francia 1998 fueron construyendo una memoria colectiva en la que el aficionado aprendió una lección fundamental: ilusionarse era necesario, pero ilusionarse demasiado podía salir caro. La selección se convirtió así en una institución capaz de provocar simultáneamente orgullo y sospecha.

Sin embargo, esa memoria nunca ha impedido que el ciclo de la esperanza vuelva a comenzar. Al contrario. Quizá precisamente porque el fútbol ofrece la posibilidad permanente de empezar de cero, cada Mundial permite al aficionado español reconstruir sus expectativas como si no existieran precedentes. Los mismos que cuatro años antes juraron que jamás volverían a sufrir de esa manera regresan al siguiente campeonato con la camiseta puesta y una cerveza en la mano. El pasado se convierte en una advertencia que nadie escucha demasiado. La selección anuncia una concentración, el entrenador habla de ilusión y trabajo, los jugadores aparecen sonrientes en las fotografías y comienza el proceso de canonización prematura. Un lateral que ha jugado cinco buenos partidos pasa a ser «uno de los mejores del mundo». Un centrocampista joven que todavía está consolidándose en su club se convierte en «la gran esperanza del fútbol español». Y un delantero que ha marcado tres goles en los últimos ocho partidos adquiere inmediatamente la condición de hombre destinado a marcar en la final.

La camiseta constituye un elemento fundamental de este ritual. No es simplemente una prenda deportiva. Para el aficionado español puede ser una reliquia, una bandera portátil, un recuerdo familiar o una especie de amuleto tecnológico cuya eficacia nadie puede demostrar, pero cuya ausencia genera cierta incomodidad. Hay quien conserva la camiseta de 2010 como si fuera una pieza histórica; quien compra la nueva antes de conocer siquiera la convocatoria definitiva; quien lleva el nombre de su jugador favorito; quien considera que una camiseta sin nombre demuestra madurez futbolística y quien, naturalmente, considera que eso es una tontería. Las familias comienzan a recuperar camisetas de los armarios, los niños quieren la equipación de la selección y los comercios descubren, una vez más, que cuatro años son tiempo suficiente para que millones de personas vuelvan a necesitar exactamente la misma prenda que ya compraron en el Mundial anterior. La economía emocional del fútbol tiene estas cosas: una camiseta roja puede convertirse en una inversión imprescindible aunque su propietario disponga ya de otras tres prácticamente idénticas.

A la camiseta le sigue la bandera. Durante los días previos al torneo, balcones, ventanas, bares y establecimientos empiezan a incorporar los colores nacionales. En algunas calles aparecen banderas que llevaban años guardadas en un cajón y que vuelven a respirar aire exterior con la puntualidad de un cometa. En otras, el símbolo aparece en coches, terrazas, escaparates y perfiles de redes sociales. La selección produce durante unas semanas una forma muy particular de patriotismo deportivo: una identidad colectiva concentrada alrededor de un balón. El vecino que nunca habla de política coloca una bandera en su balcón; el compañero de trabajo que jamás discute sobre historia se convierte en especialista en la trayectoria internacional de cada jugador; la persona que no sabe exactamente cuántos partidos tiene una fase de grupos conoce perfectamente qué resultado necesita España para pasar a octavos. El fútbol tiene esa capacidad de generar una comunidad instantánea que, afortunadamente, dura lo suficiente para disfrutarla y no tanto como para tener que redactar una Constitución.

Pero el verdadero acto fundacional del Mundial español se produce en la conversación. Hay una frase que aparece inevitablemente, con pequeñas variaciones, en bares, oficinas, taxis, familias, grupos de amigos y redes sociales: «Tenemos equipo para ganar el Mundial». No se dice «podemos hacer un buen papel». No. Esa fórmula sería demasiado prudente. Tampoco se dice «podemos llegar a semifinales», porque implicaría admitir que existen obstáculos. La expresión correcta es «tenemos equipo para ganar». Y lo extraordinario es que la frase puede pronunciarse incluso cuando todavía no conocemos el nivel real de la selección. Basta con observar una sesión de entrenamiento, leer dos análisis deportivos y escuchar a un comentarista decir que «hay talento» para que la posibilidad de levantar la Copa pase de ser una hipótesis a convertirse en una expectativa nacional.

El mecanismo es sencillo. Primero se identifican las virtudes. «Tenemos centro del campo». Después se identifican los jóvenes. «Hay una generación espectacular». A continuación se comparan los jugadores españoles con los de otras selecciones. «Mira Francia, tiene grandes nombres, pero nosotros jugamos mejor». Finalmente se llega a la conclusión inevitable: «Si estamos a nuestro nivel, no hay quien nos gane». Esta última frase es especialmente peligrosa porque contiene una condición aparentemente razonable —estar a nuestro nivel— que convierte cualquier derrota futura en una anomalía. Si perdemos, no significa que el rival haya sido mejor; significa que nosotros no estuvimos a nuestro nivel. Es una manera muy española de proteger la ilusión.

El optimismo previo al Mundial tiene también una dimensión periodística. Durante las semanas anteriores al torneo, los medios de comunicación viven su propio campeonato. Se publican análisis sobre la convocatoria, reportajes sobre las concentraciones, entrevistas con antiguos internacionales, comparativas históricas, estadísticas avanzadas y debates interminables sobre el once titular. Cada entrenamiento produce una noticia. Cada declaración del seleccionador genera titulares. Cada gesto de un jugador puede convertirse en interpretación. Si un futbolista aparece sonriendo, existe buen ambiente. Si aparece serio, hay concentración. Si habla mucho, transmite liderazgo. Si habla poco, está centrado. Si el entrenador cambia un jugador de posición durante un entrenamiento, inmediatamente surge una teoría táctica. El Mundial todavía no ha empezado, pero España ya ha disputado varios partidos imaginarios en televisión.

Las tertulias deportivas cumplen entonces una función esencial: convertir la incertidumbre en certeza. En una misma mesa pueden convivir cinco personas con cinco alineaciones diferentes y las cinco estar absolutamente convencidas de que las otras cuatro están equivocadas. Uno quiere un delantero centro clásico; otro prefiere un falso nueve; otro quiere extremos abiertos; otro considera que España debe controlar el centro del campo; y un quinto, que probablemente llegó al programa para hablar de otra cosa, termina explicando que el problema fundamental es psicológico. La conversación puede prolongarse durante horas sin producir una conclusión verificable. Pero eso no importa. El objetivo de la tertulia no es resolver el problema, sino disfrutar de la sensación de que el problema tiene solución.

En las casas ocurre algo parecido. La convocatoria de la selección se convierte en una especie de censo nacional de preferencias futbolísticas. «A este no lo llevaría». «Este está en forma». «Este jugador en la selección es otro». «Este debería ser titular». «Yo habría llevado a aquel». En realidad, la mayoría de los aficionados españoles no tienen acceso a los entrenamientos, no conocen las cargas físicas de los jugadores, no saben qué instrucciones tácticas ha recibido cada uno ni disponen de la información médica necesaria para valorar determinadas decisiones. Pero eso jamás ha sido un impedimento. El aficionado español posee una autoridad que no necesita acreditación. Basta con haber visto tres partidos del jugador y recordar un gol suyo para emitir un diagnóstico completo sobre su estado de forma.

Y cuanto más se acerca el primer partido, mayor es la intensidad del fenómeno. El calendario empieza a ocupar espacio en la vida cotidiana. Se calcula a qué hora empieza el encuentro, dónde se verá, con quién se verá y qué habrá para cenar. Los bares anuncian pantallas gigantes. Las familias reorganizan compromisos. Alguien pregunta si puede cambiarse una reunión. Otro comunica que esa tarde «no está disponible». Nadie considera necesario explicar por qué. El Mundial proporciona una de esas pocas circunstancias en las que la frase «tengo partido» funciona como argumento universalmente comprensible.

La televisión adquiere una importancia casi litúrgica. Durante el partido no se cambia de canal. El mando desaparece. Los teléfonos móviles se convierten en instrumentos de consulta y propaganda: estadísticas, alineaciones, comentarios, memes, fotografías y mensajes instantáneos. El espectador español ha evolucionado desde aquel aficionado que escuchaba el partido por la radio hasta convertirse en una especie de analista conectado a múltiples fuentes simultáneas. Pero hay algo que no ha cambiado: el grito. El grito sigue siendo analógico. No necesita tecnología. Puede aparecer ante un gol, una ocasión fallada, una entrada, una decisión arbitral o un simple pase hacia atrás que el espectador considera innecesario.

En ese contexto, el primer partido se espera con una mezcla de ilusión y prevención. El optimismo sigue siendo alto, pero aparece una voz interior que recuerda que «los Mundiales son otra cosa». Es una frase que sirve para introducir el miedo sin renunciar a la esperanza. España puede haber jugado brillantemente durante los meses anteriores, pero un Mundial es diferente. Hay presión. Hay nervios. Hay rivales que defienden más atrás. Hay errores que cuestan eliminaciones. Hay estadios llenos, árbitros internacionales y una audiencia planetaria. El aficionado lo sabe y, precisamente por eso, empieza a sufrir antes de que ocurra nada.

El ritual alcanza entonces su contradicción perfecta. Queremos que empiece el Mundial porque llevamos meses esperándolo, pero cuando empieza deseamos que el tiempo se detenga. Queremos ver a España jugar, pero tememos el primer minuto. Queremos ganar con autoridad, pero sabemos que una victoria demasiado cómoda puede generar una confianza peligrosa. Queremos marcar pronto, pero no queremos encajar. Queremos atacar, pero tampoco queremos arriesgar. Queremos que el árbitro pite el final, pero si España va ganando queremos que el partido termine inmediatamente aunque queden veinte minutos. El aficionado español descubre, una vez más, que el fútbol no es una ciencia exacta. Es una negociación permanente entre lo que uno desea y lo que teme.

Y así, justo antes de que ruede el balón, el país se encuentra unido alrededor de una expectativa sencilla y gigantesca: este año sí. No importa cuántas veces se haya pronunciado antes. No importa cuántas veces la realidad haya respondido de otra manera. El Mundial ofrece el privilegio de volver a creer sin tener que justificarlo. Durante unos días, España puede ser campeona del mundo antes de haber ganado un solo partido. La Copa está todavía a miles de kilómetros, pero ya ocupa un espacio perfectamente definido en nuestra imaginación. La vemos levantada, escuchamos el himno, calculamos los rivales y discutimos quién marcará el gol decisivo.

Todavía no ha empezado el torneo.

Todavía todo es posible.

Y esa es, probablemente, la etapa más peligrosa de todas.

Porque cuando empieza un Mundial, el aficionado español deja de ser un ciudadano normal y se convierte oficialmente en seleccionador, analista, árbitro, psicólogo, médico, estadístico, supersticioso y víctima potencial del siguiente contragolpe.

Y todo ello antes del saque inicial.

CAPÍTULO 2

EL ESPAÑOL ANTE UN MUNDIAL: «ESTE AÑO SÍ» (II)

Una vez pronunciada la frase «este año sí», comienza la segunda fase del proceso psicológico: encontrar pruebas que demuestren que, efectivamente, este año sí. El aficionado español no se conforma con creer; necesita justificar su creencia. Y para ello dispone de un arsenal formidable de argumentos, algunos razonables, otros discutibles y unos cuantos directamente fabricados durante la conversación. Se revisan los últimos partidos, se comparan estadísticas, se repasan las convocatorias anteriores y se buscan declaraciones de futbolistas que permitan construir una narración optimista. Si el equipo ha ganado, se habla de confianza; si ha empatado, de madurez; si ha perdido, de aprendizaje. Todo acontecimiento puede ser interpretado favorablemente cuando todavía no ha comenzado el Mundial. La realidad, en esta fase, es extraordinariamente flexible. Un 2-0 demuestra que somos sólidos. Un 0-0 demuestra que sabemos competir. Un 1-2 demuestra que las derrotas «también enseñan». Y una derrota ante un rival potente puede convertirse, con suficiente habilidad periodística, en una noticia excelente: «España cae, pero deja señales de que puede competir con cualquiera». El resultado importa, por supuesto, pero todavía importa mucho más la forma de contarlo.



UNA ÚLTIMA COSA

Un Mundial.
26 capítulos.
2 estrellas.
Y millones de españoles convencidos de que el próximo partido también lo podrían ganar ellos desde el sofá.


Aquí tienes una propuesta de artículo para Medium, estructurado para captar la atención tanto de aficionados al fútbol como de interesados en la sociología de las costumbres españolas, basado íntegramente en la obra de Hugo Rocacid.


«Este año sí»: La ciencia del sufrimiento y la gloria en el «Mundialazo» de 2026

¿Es posible sobrevivir emocionalmente a un Mundial siendo español? El escritor Hugo Rocacid sostiene en su reciente obra, MUNDIALAZO, que apoyar a la Selección no es simplemente una afición deportiva, sino una «actividad de riesgo moderado» y una disciplina emocional que roza la meditación trascendental, aunque con muchos más gritos.

A través de una crónica que mezcla la épica deportiva con el análisis antropológico, Rocacid disecciona cómo España pasó de la incredulidad ante Cabo Verde a la euforia absoluta frente a Argentina, conquistando su segunda estrella y redefiniendo nuestra identidad colectiva.

El ritual: Del sofá al bar

El libro destaca que un Mundial convierte al ciudadano más razonable en seleccionador nacional y al sofá de casa en un palco presidencial desde el cual se toman decisiones tácticas de importancia histórica. Rocacid describe con maestría los escenarios donde se fraguó la victoria de 2026:

El Bar: Ese laboratorio antropológico donde desconocidos se abrazan tras un gol, suspendiendo cualquier diferencia social o política.

La Familia: Un ecosistema donde el padre ejerce de seleccionador, el hermano de árbitro internacional y la madre posee un radar sobrenatural para detectar el peligro antes de que ocurra.

La Superstición: Esa ley universal que prohíbe levantarse del asiento si España está ganando o que obliga a repetir la misma camiseta sin lavar por puro «respeto» al destino.

La montaña rusa de 2026

El camino hacia la gloria no fue lineal. Rocacid nos recuerda el choque de realidad del debut: un 0-0 ante la debutante Cabo Verde que obligó al país a recuperar la frase de seguridad nacional: «Tranquilos, esto acaba de empezar».

Sin embargo, la narrativa cambió tras superar a Uruguay en el Grupo H y avanzar por un cuadro de eliminatorias que el autor describe como una «escalera de presión»:

Portugal: El partido que nadie quería jugar, una victoria por 1-0 que convirtió la rivalidad vecinal en una prueba de nervios.

Bélgica y Francia: Los momentos donde el país dejó de «participar» para empezar a «creer», culminando en una semifinal ante los franceses donde la certeza de la victoria empezó a ser, por primera vez, algo tangible.

El minuto 106 y la redención de Ferran

El clímax del libro, y de la historia del fútbol español, se sitúa en la final contra la Argentina de Messi. Rocacid describe el minuto 106 como un instante metafísico donde el tiempo se detuvo para que Ferran Torres marcara el gol que nos daría la segunda estrella.

Pero la gloria no fue solo ataque. El autor eleva a los altares a Pau Cubarsí, cuyo despeje en los minutos finales de la prórroga es calificado como un acto de «heroismo silencioso» que salvó los corazones de millones de españoles.

De una estrella a la eternidad

La tesis final de MUNDIALAZO es que la victoria de 2026 ha cambiado nuestra historia. Si la estrella de 2010 fue la ruptura de una maldición, la de 2026 es la normalización del éxito. España ya no es la selección que encuentra maneras «especialmente españolas» de perder, sino una potencia capaz de repetir la hazaña.

En definitiva, Rocacid nos regala un epílogo lleno de gratitud: gracias por las taquicardias. Porque, como bien dice el libro, sufrir por España es, al final, una forma de quererla.


Puedes encontrar más detalles sobre esta crónica en el libro completo de Hugo Rocacid.