de Alfred Batlle Fuster
















El inicio de una novela Cúpula Alfa está centrado en un joven psiquiatra llamado Fabio Sace y su relación con el excéntrico y brillante doctor Nevers. La trama se dispara tras la aparición de un indigente amnésico que padece esquizofrenia y recita frases enigmáticas sobre una utopía distópica y una cúpula misteriosa. Tras la repentina desaparición de Nevers en un presunto accidente aéreo y la muerte del paciente, Fabio se ve envuelto en una red de secretos institucionales y prácticas médicas ilícitas. A través de un diario antiguo entregado por su colega Emma, se entrelaza el presente con una expedición científica de 1919 vinculada a las teorías de Einstein. La narrativa combina el suspense psicológico con reflexiones filosóficas sobre el caos, el poder y la percepción de la realidad.
CÚPULA ALFA
© 2008 Alfred Batlle Fuster
“A los que corren por un laberinto,
su misma velocidad les confunde”
–Séneca
1.
Como cada mañana, el doctor Darío Nevers entró por la puerta principal exactamente a las 8:30, se adentró por el largo pasillo que lo conducía a su despacho y rebuscó en su chaqueta la llave de la puerta pocos metros antes de llegar. Yo me encontraba justo delante de él, sentado en un incómodo banco de madera esperándole. No reparó en mi presencia, o al menos eso supuse en un principio, pues mientras abría la puerta yo me levanté para saludarle y él se encerró con una brusquedad insultante de haber sido una acción intencionada. A mí, que llevaba un mes trabajando en su consulta psiquiátrica, ya no me sorprendían este tipo de acciones, pues enseguida aprendí que el doctor Nevers vivía la mayor parte del tiempo desconectado de la realidad del presente, su única y absorbente obsesión era el estudio de todo tipo de enfermedades mentales, así como el averiguar las verdaderas causas de estas. A decir verdad, era un auténtico genio en los diagnósticos y poseía una excelente agudeza clínica para diagnosticar los casos más complejos. No obstante, era considerado un excéntrico, pues no seguía los cánones más elementales de su profesión y sus métodos causaban intensos debates en el gremio. Las malas lenguas le apodaban el Sherlock Holmes de la psiquiatría, pero él respondía con una leve sonrisa de complicidad, pues sabía que después de tantos años de experiencia causaba gran admiración entre sus compañeros. Una de sus muchas manías era la de no con formarse con un diagnóstico que no fuera de su gusto, se enzarzaba en intensas discusiones con otros psiquiatras a propósito del método de cura a seguir para tal o cual paciente, no obstante, casi nunca se salía con la suya, pues a menudo sus propuestas no tenían nada que ver con la realidad académica y no eran aceptadas en el seno de su gremio. Muchos le consideraban como un firme exponente de la corriente antipsiquiátrica, pero él rechazaba con igual ímpetu tanto la psiquiatría institucional como la revolucionaria corriente creada por Michel Foucault. Según Foucault, cualquier enfermedad mental era un invento con el fin de aislar a toda persona con actitudes diferentes a lo considerado apto en cada modelo social a lo largo de la historia. Es, por tanto, una teoría totalmente opuesta a la psiquiatría académica, ampliamente mayoritaria y obsesionada en encontrar una explicación biológica a todo comportamiento anormal, pero como el doctor Nevers opinaba, no por su validez demostrada sino por ser la respaldada por el poder político. Todo se mueve por intereses políticos, me decía cuando le daba muestras de mi ingenuidad juvenil a propósito de intensos años de estudio en los que dediqué muy poco tiempo en descubrir el mundo que me rodeaba. Acto seguido soltaba una leve sonrisa de asentimiento, supongo que por la cara de incredulidad que se me quedaba, pues arremetía contra los puntales más firmes de mi educación y lo que me inculcaron con rigidez de fundamento.
Con el paso del tiempo he valorado intensamente sus ideas, pues me dieron una visión diferente de mi profesión y me sirvieron paro no claudicar ante las presiones que se me imponían con el fin de dirigir el conjunto de mi trabajo. Curiosamente, el origen de estas presiones se estaba gestando en esos primeros días de ejercicio de mi profesión, pues nuevas tormentas políticas acechaban en el horizonte de mi existencia.
En esos días, el doctor Nevers estaba obsesionado por uno de sus pacientes, un vagabundo que se encontró deambulando por las calles, con inequívocos síntomas de un ataque agudo de esquizofrenia. No poseía identificación alguna y era imposible conversar con él, pues su enfermedad le impedía comunicarse con coherencia con el mundo real. Reía a carcajadas y advertía a la gente de peligros irreales y absurdos, como el asomarse a un balcón o pasear en pacíficas plazoletas. Ya en el hospital se mostró en un principio apático con su entorno, parecía calmado y desprovisto de los actos emocionales más elementales, pero solo fue una ilusión pasajera, pues por sorpresa le sobrevino un ataque de ira incontinente y fue sedado de inmediato. A partir de entonces fue cuando empezaron las especulaciones e investigaciones del doctor Nevers para descubrir la identidad de esa persona. Debería tener alrededor de unos setenta años, pero dada la resistencia que opuso en el momento de sedarle dio muestras de una fortaleza corporal propia de una persona más joven, más tarde se le diagnosticó una salud física perfecta, a pesar de su edad y su condición de vagabundo. No obstante, su desorden mental era notorio y se decidió iniciar la terapia con urgente celeridad.
La incógnita sobre la identidad del vagabundo le traía muchos quebrantos de cabeza al doctor Nevers porque no soportaba que nada se escapara de su control. Tenía que averiguar algo pronto para evitar que aquel caso secuestrara todos los aspectos de su vida hasta llegar a obsesionarlo de manera preocupante para él y para los demás, pero sobre todo para mí, ya que, al ser la persona más cercana, seguro que recibiría todas las consecuencias de aquella obsesión negadora de su personalidad. Así lo entendí y por este motivo, el hecho de cerrarme la puerta delante de mis narices no me pareció una falta de consideración respecto a mi persona. A continuación, llamé con normalidad esperando encontrarme con su expresión de bienvenida acompañada del habitual gesto de sorpresa fingida. Pero mis pensamientos no se cumplieron de inmediato, ya que tuve que llamar por segunda vez al darme cuenta que hacía un buen rato que esperaba el inconfundible adelante, altisonante y arrastrando la primera sílaba, del doctor Nevers. En estos momentos me empecé a preocupar de verdad, porque pensaba que algo extraordinario le debía estar pasando por la cabeza. Sin esperar una segunda respuesta abrí yo mismo la puerta.
– Doctor Nevers, buenos días, ¿se puede pasar? – pregunté con timidez.
– ¡Ah! Eres tú Fabio, pasa y siéntate. Hoy tenemos que hablar de cosas muy importantes.
Le obedecí y me senté con agrado en los cómodos asientos que caracterizaban su despacho. La habitación no era muy grande, pero dada la especial distribución del mobiliario la hacía confortable y uno se encontraba bien. No era un despacho tradicional, con una mesa enfrente de la puerta y dos sillas para sentarse las visitas, no, esta era el tipo de distribución que estaba pensada expresamente para incomodar al visitante y dar una posición de superioridad del propietario respecto a la visita. Este hecho era del todo inaceptable por el doctor Nevers, ya que le gustaba hablar con naturalidad con las personas y que estas tuviesen la libertad más absoluta para expresar sus preocupaciones. Su despacho consistía en dos sillones idénticos, formando un ángulo de noventa grados entre ellos, y una mesa al fondo, junto a la ventana y de lado respecto a la puerta. Esta distribución evitaba una confrontación directa cara a cara y que el visitante se sintiese coaccionado por su situación de desventaja, de la misma manera que hacen los gobernantes de las diferentes naciones cuando se reúnen en visitas de cortesía.
Se le veía preocupado, iba de un lado a otro del despacho, ahora sacando un libro y luego revolviendo dentro de sus archivos. Pasados unos minutos recordó que yo estaba con él y me invitó a un café, con la excusa que debía estar muy despierto por lo que me había de proponer. Yo pensé que por alguna razón estaba descontento con mi ayuda y estaba decidido a prescindir de mis servicios. Este pensamiento, del todo precipitado, hizo que un intenso nerviosismo se apoderara de mi persona. Él lo notó y me quiso tranquilizar de inmediato.
– Pero hombre, de lo que le quiero hablar es del caso del vagabundo sin identidad.
– ¿Hay alguna novedad? – Dije de manera inocente, dado que ya sabía que las recientes preocupaciones del doctor Nevers iban en ese camino.
– ¿Novedades? No, ya me gustaría, lo que pasa es que no hay nada, absolutamente nada que nos pueda dar una pista de quién es esta persona, de dónde viene y cuáles son las causas de su situación: no llevaba ningún documento, las huellas dactilares no están registradas en ninguna parte. Nada en absoluto.
Iba repitiendo estas palabras cada vez con la voz más floja y mirando al suelo, con la vista perdida dentro de un misterio que le llevaba hacia pensamientos cada vez más angustiantes, dado que no soportaba que ninguna cuestión se le escapara de las manos. Alzó la vista y, con unos ojos extraordinariamente abiertos, me dijo casi gritando.
– ¡Vamos, rápido, sígueme!
– ¡Doctor Nevers! –Grité sin saber muy bien porqué, pues sospechaba que si no me apresuraba lo debería buscar un buen rato por todos los pasillos del hospital, aunque imaginaba donde iba. A pesar de todo lo perdí por las escaleras, que subió con extrema rapidez y pude encontrarlo gracias a la ayuda de unos compañeros que me informaron que hacía unos segundos que lo habían visto entrar por la puerta del archivo principal. Allí me lo encontré, revolviendo armarios que correspondían a las entradas de urgencias de unos años atrás. Mientras buscaba, me dijo que le había venido a la memoria un vagabundo que bien podría ser nuestro hombre.
– Huyó en un descuido de los enfermeros – me explicaba mientras revolvía los informes – sólo tenemos una escasa descripción física que coincide con la de nuestro vagabundo. En ese momento repetía constantemente un nombre de mujer, Adelaida, y decía que tenía que irse enseguida, que no podía estar más tiempo aquí, que le esperaban su mujer y su hija.
– Entonces tenía familia.
– Es posible – me respondió pausadamente – familia real o imaginada, quien sabe. Pero ahora muestra un comportamiento menos intrigante, ya no habla de su supuesta familia, ahora repite sin cesar una frase, siempre la misma.
– ¿Qué frase? – Le pregunté, aún acalorado por la rápida subida por las escaleras.
El doctor Nevers la pronunció pausadamente.
– La cúpula es la utopía de los distópicos.
– ¿Y qué quiere decir? – Le pregunté intrigado por no haber entendido nada.
– Ah, Fabio, puede querer decir muchas cosas, pero su verdadero significado solo lo sabe el hombre que la ha ideado. – Me respondió sin aclararme nada. Quise que me explicara el significado de aquella sentencia contradictoria que no comprendía.
– ¿Distópicos? ¿Quiénes son?
– Es cierto que es una palabra poco usual, quiere decir antiutópicos, o los que están en contra de la utopía.
Pensé que con su definición seguía igual de perdido que antes.
– ¿Qué utopía? – Quise insistir.
– Cualquiera, puede ser un sueño que solo conoce él mismo.
– Pues vamos a hablar con el vagabundo y, si es la misma persona, seguro que al repetirle el nombre de su esposa lo recordará y nos puede aclarar un poco este asunto.
Con esta idea quise ganarme la aprobación del doctor Nevers, ya que era obvio que si el vagabundo de hace unos años y el que teníamos ingresado en la actualidad eran la misma persona, seguro que reaccionaría de alguna manera al hablarle de la utopía, los distópicos y la cúpula. Así lo creía, pero claro, el doctor Nevers siempre tenía que echar por tierra mis inocentes ideas.
– No, ahora se encuentra bajo los efectos de potentes psicotrópicos, y con toda probabilidad es la primera vez que recibe una medicación tan fuerte. Ya no hay nada que hacer, estos medicamentos han alterado la naturaleza de su locura, ya no responde si se le pregunta si tenía familia o si se le dice el nombre de Adelaida. Desvaría tanto ahora como antes, pero el cerebro es un órgano en constante evolución, y sobre todo lo que lo caracteriza es su comportamiento caótico, por tanto, ahora la naturaleza de su obsesión ya no tiene nada que ver con la que sufría hace unos años.
– Pero si se le retira la medicación puede volver a ser el de antes – dije, queriendo dar muestra de la valía de mis estudios.
– Falso, eso es lo que te han enseñado tus profesores, pero yo no lo creo así, como has podido imaginar, si se bombardea el cerebro con potentes drogas lo que se hace es cambiar para siempre el estado inicial en que se encontraba, y así llevarlo a una nueva situación de funcionamiento. ¿Lo comprendes? Lo que quiero decir es que todo sistema caótico confluye en un estado estable, es lo que llaman Gran Atractor. Así, si variamos las condiciones del sistema, este punto de confluencia cambia y, entonces, es casi imposible volver a la situación de antes. Es a nivel estadístico imposible recuperar el estado de locura anterior.
– Pero nos podemos acercar…
– No es exactamente así. Piensa en el juego de los palitos chinos, por mucho tiempo que te pases jugando, nunca caerán exactamente en la misma posición, puedes pasarte años, bien, millones de años antes de encontrar una aproximación válida.
– Pero si en este juego siempre caen todos más o menos igual… – Intentaba seguir el hilo de sus ideas, pero me descolocaba el pensamiento con sus réplicas.
– Eso es lo que parece, pero si te fijas palito a palito, verás que ninguno de ellos se encuentra en una situación igual a la que se encontraba en tiradas anteriores.
– Claro, quiere decir que cada palito debería adoptar la misma posición y, además, tener un entorno similar.
– Exacto, el entorno es la clave, ¿ahora lo ves? – Se volvió y me miró con fijeza, dejando de lado los informes.
– Si, más o menos. Pero una persona no tiene nada que ver con un juego de palitos chinos…
Al oír mis palabras el doctor Nevers se fue hacia la ventana con el informe en las manos y gesticuló con avidez.
– ¡Eh! Recuerda Fabio, todo tiene que ver con todo, no quieras minimizar el mundo en el que vives.
– No, no he querido ser reduccionista en mis palabras, lo que he querido decir es que el cerebro de una persona es infinitamente más complejo que un juego de palitos chinos.
– Pues más a mi favor. No ves que a medida que vamos aumentando la complejidad de los sistemas más difícil es conseguir dos estados idénticos.
– Bueno, pero las personas tenemos unos esquemas mentales similares unos de otros.
– Ah, amigo Fabio, desde el punto de vista biológico quizás sí, pero la teoría se encuentra bastante alejada de lo que hay en realidad, y por no hablar del funcionamiento de nuestra conciencia, con lo que entraríamos de lleno en terreno filosófico. Sí, es cierto que, en apariencia, todos pensamos de una manera similar, pero la interpretación de estos pensamientos ya es completamente cultural. Lo que quiero decir es que una determinada idea puede ser considerada una genialidad aquí y una idiotez en otro sitio. El pensamiento humano no sigue ninguna ley fija. Solo las religiones han pretendido acotar nuestra libertad para entender el mundo. Pero no es más que una lucha perdida, se engañan a sí mismas para mantener una determinada estructura social, pero con ello se alejan en el comprender la verdadera razón de nuestra existencia. ¿Qué es la vida? ¿Quiénes somos? ¿Dónde vamos? Hay que desprenderse de todas las ideas que nos esconden esta verdad, y de esto culpo tanto a las religiones como a la ciencia. Acotaciones y simplificaciones, de eso viven.
– Entonces, ¿a qué nos conduce todo esto, doctor Nevers? – Le respondí aún más confundido.
– Averígualo tú mismo, estudia el caso, ve a la biblioteca e infórmate de la teoría del caos, de los mecanismos de la conciencia, de la utopía y de cúpulas. Cuando hayas llegado a una conclusión esclarecedora ven a verme.
– ¿Qué quiere decir? ¿Quiere que me pase el día en la biblioteca leyendo libros?
– Sí.
– Pero, ¿y el hospital?
–Mejor que te vayas, yo tengo cosas que hacer. Quiero que saques tus propias conclusiones.
– Bueno – respondí sorprendido por lo que me proponía y lo que se me venía encima – supongo que no puedo decir nada más. Ahora mismo voy a estudiar sus propuestas. Hasta mañana.
El doctor Nevers se olvidó completamente de mi existencia, ya que volvió a sus asuntos y se aisló de todo lo que no estuviera relacionado con el caso. Me fui al archivo un poco confundido por todo ello. Necesitaba un poco de café para aclarar mis pensamientos, en aquellos momentos completamente caóticos
2.
El hospital psiquiátrico estaba dirigido por un amplio equipo de profesionales, los mejores del territorio en cada una de las principales especialidades, deseo principal del señor Juan Bautista Lostau y Zimmermann, mecenas del hospital y descendiente de uno de los hermanos Zimmermann, importantes banqueros centroeuropeos del siglo XVIII y, además, miembro de una familia de renombre dentro de la industria textil del país. Sin embargo, la entidad hacía tiempo que se encontraba en una pequeña época de crisis presupuestaria, ya que la mala relación del señor Lostau con el poder político dificultaba la llegada de dinero de nuevas subvenciones y este era del todo insuficiente para llevar la clínica a buen puerto. Pero había una extraña relación entre el doctor Nevers y el señor Lostau que no llegué nunca a comprender.
Quizás una complicidad a causa de un secreto profesional guardado por ambos. Pero en aquella primera época en el hospital todavía no disponía de suficientes elementos aclaratorios de la realidad y de la historia de la institución, lo único que sabía a ciencia cierta es que habían disfrutado de libertad absoluta a la hora de llevar a cabo investigaciones propias, y siempre, en las décadas pasadas, se había disfrutado de buenas subvenciones para estudios largos y costosos. Este hecho me hizo descubrir que también debería haber alguna complicidad con los diferentes poderes políticos durante los casi cien años de existencia del hospital. Y lo más sorprendente es que se mantuviese esta ayuda inalterable al margen de las distintas tendencias políticas de cada época. Esto me sorprendió desde un principio ya que otras instituciones similares habían tenido altibajos importantes durante su existencia. Pero de momento, en este punto de la historia, mis pensamientos se centraban más que nada en las palabras tan confusas del doctor Nevers y en tratar de descifrar lo que realmente esperaba de mí.
Así pues, me dirigí a la biblioteca pensativo y ajeno a mi entorno más inmediato, intentando enfocar mi investigación para hacerla creíble y eficiente. A pesar de no saber a ciencia cierta por donde podría empezar, entré en la biblioteca y me dirigí a la sección de libros de arte antes que a los de psiquiatría, ya que de alguna manera intuí que la clave del comportamiento de aquel vagabundo se encontraba en la frase que repetía durante los períodos de poca conciencia y delirio mental. Quizás el hecho que hablara de cúpulas me despertó la curiosidad en una materia desconocida e intrigante, antes de volver a hojear libros conocidos que después de tantos años de estudio ya los tenía bastante aburridos. De esta manera me adentré en la comprensión del concepto de cúpula en el transcurso de la historia, y lo primero que hice fue repasar varias definiciones de la palabra dada por diferentes diccionarios y en todas las lenguas que pude encontrar y comprender. Una vez anotados todos los puntos de vista en una hoja, los repasé atentamente intentando encontrar semejanzas y, quizás lo más importante, fue ver que todas las definiciones eran simples variaciones de un mismo concepto inmutable, pequeños puntos de disonancia entre diferentes lenguas, culturas o gremios. Así pues, seguida de una primera definición arquitectónica venían otras relacionadas con materias como la botánica o la mecánica, pero a pesar de todo no saqué ninguna conclusión en claro en toda la mañana. Decepcionado y cansado decidí irme a casa a comer algo, por lo menos, a descansar mi mente de todos esos pensamientos y conceptos tan extraños para mí hasta entonces.
Después de haber comido volví al hospital y me distraje repasando historiales de pacientes similares al caso del vagabundo. El doctor Nevers había salido, quizás investigando por su cuenta, sinceramente no sabía qué pensaba realmente sobre el caso y yo todavía seguía muy confundido por todo ese asunto. Finalmente, se me ocurrió hacer la investigación por internet. Los resultados, sin embargo, no podían ser más decepcionantes: fotos de cúpulas y más cúpulas de iglesias de medio mundo, algún edificio público con este elemento arquitectónico y nada más a destacar. Respecto a la idea de que se tratara de alguna especie de secta ninguna conclusión aclaratoria, teniendo presente, sin embargo, la existencia de sectas de carácter utópico que pretenden crear un nuevo mundo. Este es un aspecto que consideraba que debería trabajar más que los demás ya que la relación secta–utopía la encontraba muy interesante para la investigación. Lástima que no pude profundizar en nada importante, al menos por lo que con el ordenador podía averiguar, más bien mi mente se encaminaba a pensar que la cúpula era una metáfora de algo, tal vez un concepto o una idea. Pero opté por ir a ver al vagabundo para intentar sacar alguna conclusión o buscar alguna pista fiable dónde atenerme.
Mientras esperaba la autorización empecé a pensar en el concepto de la utopía al margen de las sectas, más bien como idea filosófica.
Ciertamente esta era una línea de pensamiento que hasta entonces no había considerado ya que estaba ofuscado con el concepto de la Cúpula.
¿Qué sabía yo de la utopía? Pues absolutamente nada, la verdad, pero debía hacer un esfuerzo de reflexión y aplicar el sentido común. La utopía vendría a ser un sueño deseado pero irrealizable: de utopías políticas todas las que uno se pueda imaginar, de utopías sociales, según donde vaya el deseo de cada uno, en mi caso, sinceramente esperaría una sociedad en la que ninguna persona sufriera enfermedad mental alguna. Claro que, si el concepto de enfermedad mental es una convención aceptada por una mayoría, como decía el doctor Nevers, entonces, hipotéticamente podría haber una sociedad donde aceptara como normales todo tipo de comportamientos que ahora los consideramos trastornos. En esa sociedad, ciertamente no se conocería la locura como la conocemos hoy en día, o podría ser que en otra sociedad se considerara enfermedad mental un comportamiento que, en otras culturas o épocas, se estimara como completamente normal, entrando con esto en terrenos antropológicos para enredar un poco más el asunto. Me complicaba, sí, pero no veía ninguna salida aclaratoria por ninguna parte, cada vez que quería profundizar en mis pensamientos introducía nuevos elementos a considerar y lo enredaba aún más. Puede que tuviera razón el doctor Nevers, que la vida es demasiado compleja como para sacar conclusiones sencillas y claras. A una solución definitiva solo podríamos llegar si tomamos en consideración ciertas acotaciones a la complejidad, y tanto la religión como la ciencia tienden a simplificar de manera compulsiva, y eso no nos lleva a solucionar nada, más bien a crearnos nuevos problemas.
Cuando el doctor Nevers me hacía este tipo de discursos al principio de estar en el hospital, yo me quedaba mentalmente aturdido ya que no entendía nada de lo que me exponía. Poco tiempo después, empecé a interpretar sus palabras y a entenderlas, pero seguía sin encontrar una salida por ningún lado a todas mis dudas. Reconozco que llegué a pensar que todo era una invención del doctor Nevers para ponerme a prueba.
Tenía más ganas que nunca de ver al vagabundo para comprobar en persona su comportamiento y oír las frases tan extrañas que decía. Quizás era toda una inocentada. Ingenuamente sonreí pensando que seguramente ya había descubierto al doctor Nevers y sus pretensiones reales sobre el caso. Y con la moral alta pude acceder, finalmente, donde se encontraba nuestro paciente, supuestamente misterioso.
3.
La impresión fue desoladora. Me lo encontré sentado frente a una ventana, pero sin descorrer la cortina, encorvado, la ropa se le arrugaba sin gracia dado que vestía una talla más que la suya, el pelo corto, coronilla calva, como con una tonsura extrañamente natural, la barba canosa pero bien recortada, los brazos caídos y con un tic intermitente en una de las manos. Me acerqué y me senté a su lado. No me miró. Ni siquiera sabía que yo estaba allí mismo. El espasmo iba y venía con una regularidad sorprendente, los ojos vidriosos y perdidos en la nada y, de vez en cuando, una mueca acompañada de un sonido gutural como si tratara de hablar, pero sin que le salieran del todo las palabras. Le cogí de la mano para intentar comunicarme con él de alguna manera. Tenía la mano helada, la piel envejecida se arrugaba con facilidad por ligero que fuera el contacto. Yo le hablaba de manera pausada para ver si reaccionaba, pero después de un rato constaté que no era consciente de su entorno.
– Es una lástima, ¿no?
Oí una voz conocida detrás de mí y, sin dejar de mirar al vagabundo, añadí…
– Si, parece mentira como podemos transformarnos de esta manera si algo va mal dentro de nosotros.
Se trataba de la doctora Emma Llach, del departamento de geriatría, la recordaba de la Facultad de Medicina pues iba unos cursos adelantados al mío, y alguna vez habíamos comido en el mismo grupo en el comedor de la facultad. Cuando entré en el hospital ella también se acordaba de mí y me ofreció su ayuda para cualquier cosa que necesitara, supongo que le debería caer bien por alguna razón que desconocía, seguramente porque éramos los más jóvenes y esto hizo nacer una cierta complicidad entre los dos. Tenía un carácter muy fuerte que hacía que sus compañeros evitaran hacerle algún comentario banal que no le complaciera. A pesar de ello cuando se encontraba delante de ancianos se transformaba y surgía de su interior una gran ternura y amabilidad, supongo que es el primer e indispensable requerimiento para dedicarse a la geriatría. Cada uno de nosotros tenemos nuestros motivos personales para ir hacia un lado o hacia otro: a veces un hecho casual, a veces un sentimiento que nos sale de dentro sin saber muy bien porqué. Los misterios de la mente que se siente asombrada ante un nonagenario o ante un códice del siglo XI, y esto hace que acabes, con suerte, siendo geriatra o siendo medievalista, por ejemplo.
– El doctor Nevers me comentó que vendrías por aquí algún día de estos, pero no te esperaba hoy– se me dirigió sorprendida por mi presencia.
– Es por este paciente que me tiene muy intrigado. Tenía que verlo lo más pronto posible, no podía esperar a mañana.
– Sí, no me extraña tu interés, pero ya puedes ver que no hay mucho más de lo que ya has comprobado, lleva en este estado desde que llegó y de momento la medicación no ha mostrado ningún efecto positivo.
– ¿Desde que llegó está así? ¿No ha hablado ningún día?
– No – me respondió con seguridad–.
– Qué raro, el doctor Nevers me dijo que recitaba unas frases extrañas.
– Desde que está aquí no ha dicho nada, te lo aseguro. ¿Qué frases quieres decir?
– Pues una que hablaba de una cúpula y de la utopía.
– ¿Una cúpula? ¿Utopía? No entiendo nada.
– Sí, se ve que cuando el doctor Nevers lo encontró repetía todo el tiempo una misma sentencia. Un momento, era así: “la cúpula es la utopía de los distópicos”.
– ¿Distópico? – Emma me miraba muy sorprendida y sin entender una pizca de lo que le contaba.
Me sofoqué un poco ya que me encontraba en una situación en la que debía explicar conceptos que había oído por primera vez unas horas antes. Hice una pequeña pausa para pensarme la respuesta y cuando la iba a pronunciar apareció el doctor Nevers y comenzó a hablar cortando así mi conversación con Emma.
– Fabio, veo que no has aguantado mucho en la biblioteca–dijo acompañado de una sonrisa–. Perdón, buenas tardes doctora Llach, ¿todo en orden en esta zona del hospital?
– Sí, como siempre todo está controlado dentro de mi departamento.
– No lo dudo, naturalmente no podía ser de otra manera. La felicito, la felicito…
Sabía que existía cierta tensión entre el doctor Nevers y Emma y quise dar un giro a la conversación antes de que ambos tuvieran un pique dialéctico de consecuencias imprevisibles, más bien tirando a negativas, conociendo sus caracteres explosivos. El doctor Nevers estaba impaciente por tal que el vagabundo se recuperara pronto de salud y así volviera a estar bajo su responsabilidad. Cuando me dispuse a retomar la palabra fue Emma quien me cortó esta vez.
– No se preocupe doctor Nevers, el paciente ya se encuentra perfectamente de salud, mañana ya no será responsabilidad mía, espero que tenga suerte con su diagnóstico psiquiátrico.
– ¡Ah! Muy bien, muy bien. Así pues, ¿mañana dice?
– Mañana mismo. Si tiene una recaída ya sabe dónde encontrarme. Debo irme. Doctor Nevers, Fabio, hasta mañana.
Emma se fue un poco contrariada por la presencia del doctor Nevers. Yo me quedé con la duda y veía la situación como se iba complicando a medida que iban pasando las horas. ¿Cómo podía ser que nuestro paciente no hubiera dicho nada desde que estaba dentro del hospital? ¿Qué significaba entonces toda la historia que me contó el doctor Nevers? No pude evitar preguntarle sobre esta cuestión.
– Por lo que he entendido, la frase que me está haciendo investigar no tiene otro testimonio que usted mismo.
– Sí, Fabio, era lo que iba repitiendo una y otra vez al rescatarlo de la calle cuando me avisó la policía.
– Entonces, desde que está aquí ingresado y, por tanto, medicado, ¿no ha vuelto a hablar?
– Exacto, y mientras se encuentre en este estado no pronunciará ni una palabra. Mañana mismo hay que cambiarle la medicación. Por cierto, encárgate tú mismo de hacerlo efectivo, yo he de irme unos días y cuando vuelva estaré demasiado ocupado con otros asuntos que ya te contaré. No te preocupes por mí y trabaja duro.
– Sí, no lo dude, pero…
– Te he traído una muestra de lo que debe tomar a partir de mañana. El cambio de medicación tampoco puede ser drástico, a medida que reduzcas la anterior ve introduciendo esta, ya sabes, aquí tienes mis indicaciones.
Escribió rápidamente en una hoja de papel todas las acciones que debía emprender y entró en el ascensor mientras me daba un pequeño bote con unas pastillas que desconocía.
– ¿Qué son?
Levantó la cabeza, me sonrió, y justo en el momento en que la puerta automática se cerraba me dijo…
– Solo son caramelos.
4.
¿Me lo tenía que creer? ¿Qué podía hacer con la nueva medicación? Esta situación me estaba dando a cada minuto más quebrantos de cabeza, si daba medicación inocua a los pacientes podía incurrir en una grave negligencia médica, si este era el caso. ¿Qué pretendía el doctor Nevers y por qué me había puesto en ese grave compromiso? ¿Iba en serio su último comentario? Ya no sabía qué pensar. Llegué aquella noche enfadado a casa y no hace falta decir que me costó mucho dormir. ¡Qué día!
Tuve unos sueños horribles, estaba perdido en un laberinto, estaba oscuro, rayos de luz esporádicos me deslumbraban los ojos, oía voces lejanas, oía martillazos, quería huir, pero no me podía mover, estaba perdido y desorientado dentro de aquella oscuridad espantosa, respiraba espasmódicamente, sudaba, mis pies chocaban continuamente con objetos metálicos, notaba agua goteando a mi alrededor, aquellas voces cada vez más cerca, aquellos golpes de martillo cada vez más atronadores. Quería huir, pero no podía ver ninguna salida, tampoco sabía dónde me encontraba, la única certeza es que era un lugar que me sobrecogía. Y esas voces, y aquellos golpes, quería escapar, pero estaba atrapado dentro de la oscuridad, de alguna manera las voces me retenían y no podía evitar seguir caminando hacia delante, las voces más cerca, los golpes de martillo me ensordecían, y aquellas luces rápidas que te cegaban, mientras iba repitiendo:
– ¿Quiénes sois? ¿Qué queréis? Entonces me respondieron:
– ¿Qué quieres tú de nosotros?…
Desperté asustado, mi corazón latía con rapidez, incluso la mano me temblaba. Eran las cinco de la madrugada y me había desvelado, sabía que ya no podría dormir más. Lo curioso es que aparentemente el sueño tenía alguna relación con el misterio que me tenía completamente absorto. Había soñado que me encontraba dentro de la Cúpula, y quizás aquellos ruidos y voces eran ni más ni menos que los distópicos. Reí al comprobar cómo se imaginaba mi inconsciente toda esta difícil situación, entonces tenía dos opciones, analizar el sueño u olvidarlo. Claramente opté por la primera opción, no tenía nada que perder ya que seguía completamente perdido. Según mi sueño, o lo que es lo mismo, mi inconsciente, la Cúpula es un lugar físico y, además, es un lugar oscuro y húmedo donde los distópicos… ¡se dedican a golpear con un martillo! A primera vista una visión demasiado simple y que a la vez no aclaraba nada. Quizá sí que fuera lo primero que me vino a la cabeza de toda esa historia, una especie de templo donde algún tipo de secta se dedica a desarrollar sus rituales. También es cierto que esta visión resultaba bastante cinematográfica, y esta era una opción que me podía hacer más daño que bien en toda mi investigación. Tenía que hacer un esfuerzo mental de coherencia y huir de tópicos y de imágenes fáciles, de esa manera no iría oscureciendo los pocos puntos de claridad que disponía. Una cosa era cierta, el vagabundo hablaba de los distópicos, por tanto, hay un cierto colectivo implicado, que éstos realicen alguna acción dentro de una cúpula física quedaba por ver. Además, según la frase que repetía el vagabundo la Cúpula es una utopía, entonces tomando el significado literal de la palabra utopía querría decir que la Cúpula tampoco existe en la realidad, tal vez solo se trataba de una idea, la idea de los distópicos concretamente. Por tanto, habría que saber quiénes eran realmente esos distópicos, y eso me retornaba, de nuevo, a un camino sin salida.
Tomara un camino u otro para mis razonamientos siempre llegaba a un punto muerto. Quizás habría que esperar a que el vagabundo volviera a hablar, quizás tenía razón el doctor Nevers y había que dejar de medicarlo para que volviera a pronunciar sus frases misteriosas. Claro que estaba suponiendo que la nueva medicación era un sucedáneo, y quizás esto no era así y simplemente se trataba de algún tipo de medicamento en fase experimental que yo desconocía, pero que el doctor Nevers tenía muy en cuenta.
Ya no sabía qué pensar, y como me había desvelado decidí ir leyendo alguno de los libros que había sacado de la biblioteca, esperando así que llegara la hora de ir al hospital. Empecé por uno que trataba sobre la utopía.
«(…) Durante siglos, desde Platón hasta la ciencia ficción moderna, numerosos escritores han dado su visión de una sociedad ideal en la que las personas viven en perfecta armonía con su entorno más inmediato. Este modelo soñado de sociedad ha ido variando en las diferentes épocas y según las carencias de la comunidad en la que habitaba el escritor o pensador. Así pues, Platón describió un modelo de sociedad autoritario, basado en una división estratificada según su función: agricultores, defensores y gobernantes. La misión encomendada a cada persona era irrevocable y de por vida, cualquier intento de disidencia significaba la muerte. Este modelo de gobierno autoritario se mantenía gracias a soportar un estado de guerra continua, de modo que, como las hormigas, todos los miembros de la comunidad tenían que dedicarse plenamente a su trabajo. Platón, pues, racionalizó las instituciones de su época para ganar la dura batalla de los gobernantes contra los enemigos tanto exteriores como interiores. Creó esta visión autoritaria de gobierno en oposición a la política de la Atenas de su época que, con continuos debates y disolución de los órganos de poder, perdía guerra tras guerra. Para solucionarlo, Platón creó la primera ciudad tecnológica, donde la racionalización de recursos materiales para fines básicamente bélicos eran los puntales que fortalecían la fortaleza de la ciudad–Estado (…)
Pensé que este era un concepto que en la actualidad todavía era plenamente vigente, y es que, en el fondo, nosotros pensamos y funcionamos como aquellos maravillosos griegos de hace veinticinco siglos. Enseguida continué con el texto…
«(…) Fueron muchos los que durante siglos tomaron como modelo las ideas platónicas. Thomas More imitó su estructura social en la obra Utopía, nombre que designó, posteriormente, todos los escritos donde se proponía un modelo de sociedad ideal. La palabra «utopía» la creó More a partir de la fusión de las palabras griegas outopia, en ninguna parte, y eutopia, un buen lugar, es decir, un lugar perfecto que en realidad no se encuentra en ningún rincón del planeta, simplemente es un modelo ideal dentro de nuestra mente. De esta palabra también se deriva la variante negativa de la utopía: la «distopía», ficción surgida a causa de un excesivo pesimismo en el futuro de la humanidad, sin embargo, muy comprensible en diversas épocas lamentables del pasado (…) «
«(…) Desde el advenimiento de la Revolución Industrial han aparecido numerosas obras en las que se describían nuevos modelos de sociedad básicamente tecnológicos. Estas nuevas utopías, basadas en sociedades industriales, proponían un gran cambio social, que se fundamentaba en la racionalización de la naturaleza y de los órganos de gobierno. Este repentino cambio en la estructura de la sociedad fomentó la aparición de obras que veían en el desarrollo tecnológico una amenaza para la humanidad. Así pues, cabe mencionar escritores como Aldous Huxley que, con su obra Brave new world (Un mundo feliz), se iniciaba una serie de escritos que mostraban a la humanidad bajo una tiranía mecánica y colectivista. Huxley mostraba una sociedad de pesadilla que vivía en un mundo sin carencias de ningún tipo, donde, incluso antes de nacer (por fecundación in vitro, claro), ya se tenía toda la vida planificada: trabajo, vivienda, posibles parejas, etc. En esta sociedad feliz, cada individuo tiene una única tarea en su vida, está condenado a hacer el trabajo para el cual le han hecho nacer. Por lo tanto, cada persona ya no es libre para elegir su modo de vida, sino que son las clases dirigentes las que controlan el número de trabajadores que precisan según las necesidades de producción (…) «
«(…) La gran distopía tecnológica paradigma inequívoco de los miedos y las derivas del siglo XX es, sin duda, 1984 de George Orwell. Esta novela nos plantea un mundo radicalmente diferente al mundo feliz de Huxley, un mundo tenebroso, dividido en tres bloques políticos en permanente guerra entre ellos, guerras que sirven como excusa para mantener a la población en la miseria, una sociedad donde solo unos cuantos funcionarios privilegiados tienen derecho a una vida digna, sin embargo, totalmente controlada por el poder autoritario que los vigila de manera constante mediante telepantallas instaladas en los hogares (…) «
«(…) Es por este motivo que cada vez que surge un nuevo avance científico o se comercializa un nuevo ingenio, no tardan en aparecer opiniones en contra al considerarlos posibles medios de represión y control del Estado hacia las personas. El caso de Internet es uno de estos ejemplos, ya que ha merecido opiniones de todo tipo en la literatura de ciencia ficción de los últimos años, desde considerarla un utensilio más de los órganos de poder para controlar los movimientos de los ciudadanos, hasta considerarla la base de la libertad informativa ya que, hoy por hoy, es muy difícil imponer un método de censura que seleccione quién puede entrar en la red y quién no. Sin embargo, ya se está intentando desde grandes medios informáticos y tecnológicos controlar las comunicaciones en Internet, como era de esperar pues, dada la naturaleza del mundo en que vivimos, el que exista un medio de comunicación sin censuras y con total libertad para mostrar y acceder a cualquier información, es un hecho difícil de asumir por determinados órganos de poder. Por tanto, como muchos intelectuales y políticos afirman, ¿será cierto que las grandes distopías han pasado de moda, y quedan solo como una pesadilla que felizmente no se ha hecho realidad? (…) «
Cerré el libro y empecé a pensar en lo que había leído. De repente me vino una idea a la cabeza: ¿y si la Cúpula era Internet? Esta idea me hizo levantar de la silla de un salto. En pie, y cómicamente hablando solo, seguí con mis pensamientos: entonces los distópicos somos los que usamos la red, ¡no! Los distópicos son los creadores de la red que inicialmente era un proyecto militar. Esta idea me gustaba bastante, sonreí y anoté todos estos pensamientos en una hoja de papel para no confundirme más tarde. En ese momento mi mente se aceleró. Entonces si Internet es la Cúpula y los distópicos son los militares que la crearon, la Cúpula era el sueño de aquellos militares, o si lo decimos de manera más compleja, era su utopía. Pero, por otra parte, al ser militares en la época de la Guerra Fría no creían en la utopía, que, precisamente, era en lo que realmente creían los comunistas a los que se enfrentaban ideológicamente, es decir, que los utópicos eran los comunistas y los distópicos, digamos, los capitalistas, por simplificar el asunto. Entonces en otras palabras, la frase «La Cúpula es la utopía de los distópicos» se podría reinterpretar como «Internet es el sueño de los militares estadounidenses».
Cada vez mi mente se iba acelerando más, creía que finalmente había empezado a solucionar una parte del misterio. La Cúpula era, pues, la red de Internet, el nombre de Cúpula le podría venir si consideramos la mitad de la Tierra, que ciertamente se trata de una cúpula, o lo que es lo mismo, una semiesfera. Pero, ¿y el hemisferio sur? Si lo consideramos por separado entonces tenemos dos cúpulas, ¿qué quería decir todo esto entonces? no lo sabía, pero sí que pensaba que había encontrado una posible solución o un camino por donde avanzar. Sonriendo me encaminé a un nuevo día en el hospital.
5.
Al llegar al hospital me encontré una nota de Emma para que la llamara lo antes posible y, a poder ser, era necesario que nos viéramos durante la mañana. En un primer momento me extrañó, pero luego pensé que quizás le gustaría explicarme los motivos de la tirantez con el doctor Nevers.
Ciertamente era una situación que me había incomodado un poco, pero también pensaba que no era nadie para ponerme en medio de posibles problemas de otras personas. Le envié un correo electrónico para vernos cuando ella lo creyera más conveniente, yo al final tenía poco que hacer, solo vigilar la evolución del vagabundo y preparar la nueva medicación que habría que administrarle los próximos días. Del doctor Nevers no tenía noticias y me pasé las horas dando vueltas a mis pensamientos de primera hora de la mañana. Así que iban pasando las horas, encontraba la solución a la que había llegado demasiado simple y, a la vez, solucionaba muy poco todo el asunto. Suponiendo que diera credibilidad a la interpretación que había hecho de la frase del vagabundo, no me aportaba ningún avance en los misterios principales del caso, solo me marcaba una posible vía de investigación que, desgraciadamente, veía más dudosa a medida que iba avanzando el día. Sinceramente, me costaba relacionar al vagabundo con Internet, no encontraba ningún punto de encaje, y a medida que pasaban las horas llegué a descartar completamente mis pensamientos. Todo parecía bastante complejo y yo iba perdiendo el tiempo con ideas absurdas.
Entonces llamaron a la puerta del despacho. Era Emma.
– Buenos días Fabio, ¿mucho trabajo? – Me preguntó –
Se la veía animada, todo lo contrario que mi estado de ánimo en esos momentos.
– Muchos quebrantos de cabeza diría yo.
– Ya veo que el doctor Nevers te ha involucrado en uno de sus casos complicados – me dijo cambiándole la expresión de la cara.
– Eso es precisamente lo que he empezado a pensar, que es realmente un caso imposible.
– Imposible quizá no, pero que el doctor Nevers quiere solucionar asuntos que la mayoría pasamos por alto, eso sí que es cierto.
– Mirándolo bien, quizá mejor dejarlo estar, comienzo a desesperarme y no entiendo por qué tenemos que averiguar el pasado de este hombre. ¿No bastaría mantenerlo bien de salud y cuidado?
– Sí, sería lo más fácil, ¿no?
– Sí, pero no nos podríamos sacar de dentro esta cosa…
– La curiosidad.
– Sí, podríamos decirle curiosidad, deseo de saber, quizá indiscreción.
– Bueno Fabio, anímate que hoy te encuentro bajo de moral.
– He dormido mal, he soñado con… Bueno, es igual, he tenido pesadillas y ahora tengo la mente espesa. Por cierto, ¿qué me querías decir?
– Te traigo algo, un regalito.
– ¿Un regalo?
– Sí, algo para tus dolores de cabeza, lo que pasa es que no sé si para aliviarlos o para empeorarlos.
Emma me enseñó una bolsa de plástico que llevaba en la mano, la extendió sobre la mesa del despacho y se puso unos guantes de látex que llevaba en uno de los bolsillos. Yo estaba bastante intrigado, no me atreví a preguntar nada, me limité a observar sus acciones. De la bolsa de plástico sacó con cuidado un librito que parecía muy antiguo y dañado.
– ¿Qué es?
– Lo llevaba el vagabundo, está en muy mal estado, las páginas se desmenuzan a la mínima presión que se le aplique, seguro que durante mucho tiempo ha estado en un lugar bastante húmedo y ahora la sequedad del ambiente hace que sea extraordinariamente frágil. Es un libro de anotaciones, un diario parece, si bien en muchos de los textos no hay ninguna fecha. En la primera página sí parece que haya una, pero como la hoja está bastante rota solo se puede leer…919, ¿ves?
– Me parece que sí, seguramente es la fecha de inicio del diario, 1919. ¿Es del vagabundo?
– Lo dudo, en 1919 evidentemente aún no había nacido, podría ser un diario de un familiar o conocido.
– O de cualquier tipo de procedencia, puede que lo encontrara en algún momento de su vida y por lo que sea se lo quedó. Pero, ¿qué dice dentro?
– Mira, la letra es mínima, y muy poco clara, bastante complicado de leer, por suerte me apasionan este tipo de escritos, quizá por eso lo cogí de la ropa del vagabundo, si no es por mí este librito hubiera ido a la basura.
– ¿Lo sabe el doctor Nevers?
– No, pero intuye que escondo algo.
– ¿Por qué me lo enseñas a mí?
– Porque no confío en el doctor Nevers, en ti sí, o al menos eso espero, sé que si te pido que no lo comentes con nadie lo cumplirás. Yo también quiero saber quién fue este vagabundo y también estoy segura de que el doctor Nevers no considerará mis aportaciones, al final no tendría por qué meterme en vuestros asuntos, ¿no?
– Oficialmente no, pero tampoco pasaría nada si…
– Pero el doctor Nevers no quiere injerencias externas a su departamento, deberías saberlo.
– Sí, tienes razón. Te guardaré el secreto.
– Gracias. He leído algunas páginas, y mientras las leía las iba transcribiendo en el ordenador, de momento tengo esto.
Emma sacó tres hojas de su carpeta.
– Léelas, espero traerte mañana unas cuantas más. Solo una pregunta. ¿Le habéis cambiado la medicación?
–Sí…– después de decirlo me arrepentí de haberlo hecho, aunque no sabía qué consecuencias podría tener mi amistad con Emma si le revelaba secretos del doctor Nevers.
– No te haré más preguntas, pero espero que sepas el terreno que pisas y sepas tener cuidado. Hasta mañana Fabio.
– Puedes estar tranquila Emma, no te preocupes por mí, aunque te lo agradezco.
Me quedé dudando, no sabía qué pensar y desconocía por qué motivo este caso había despertado la curiosidad de Emma, quizá solo era para seguir interesándose por un paciente que había atendido durante unas semanas, tal vez solo era eso, pero la encontré un poco extraña y no sabía qué pensar de todo ello. Empecé a leer los escritos, se trataba de tres fragmentos seguramente de un diario personal…
#1
El agua me rodea, siento el ahogo del confinamiento en mi bodega, noto el movimiento de las olas en el exterior, quiero que se acabe lo más pronto posible este martirio para mí, realmente me siento perdido y desorientado. He subido a respirar un poco de aire fresco, pero me he desanimado al ver que el estado del mar no parecía que fuera a cambiar mucho, hasta diría que a cada minuto que pasa empeora. Un miembro de la tripulación me pregunta si necesito algo, le miro y después de unos segundos le digo que lo que necesito es caminar sobre tierra firme, sonríe disimuladamente y continúa su camino. Me siento encima de un tonel y oteo el horizonte. Solo puedo ver nubes que crecen a gran velocidad, y un viento muy fuerte que casi no me deja respirar. Me dicen que todo es normal, que no pasa nada especial por aquellas latitudes, pero para mí es como si el naufragio estuviera asegurado. Solo me queda esperar, dejar que pasen las horas y distraer mi atención repasando todo lo que tengo que hacer una vez llegue a la isla. Pero es inevitable que solo piense en este entorno angustioso, en esta prisión en medio del océano, en estas nubes amenazantes, y te escribo para distraer mi mente, te escribo para contarte todo lo que sucede a mi alrededor y para tenerte presente. Sé que tendremos éxito, sé que sonreirás cuando te cuente todo lo que he visto y te emocionarás cuando publique los artículos, dando por cierta una teoría que siempre has defendido con fuerza. Ahora me río cuando recuerdo la cara de sorpresa de eminentes científicos, cuando hablabas con ellos y ridiculizabas sus creencias tradicionales, cuando les exponías conceptos que ellos ya no comprendían y, nerviosos y acalorados, se secaban el sudor de la frente y decían que estos no eran temas de conversación para una mujer. Sé que tendremos éxito, sé que esto será el comienzo de otro mundo. Lo intuyo. Mañana por la noche tenemos previsto llegar a puerto.
#2
Es medianoche y no puedo dormir. He encendido la luz del camarote y me he levantado de la cama. Ando de un lado a otro, ando tres pasos y vuelvo a recorrerlos en sentido contrario. Tengo dudas, dudo sinceramente que consiga llegar a una conclusión aclaratoria sobre el sentido de mi vida, dudo de todos nosotros y de si todo este desenfreno sirve para algo, dudo y necesito escribirlo en estas hojas que tú nunca llegarás a leer, necesito ver mis pensamientos materializados en un papel que luego tiraré al océano o quemaré, no importa como lo acabe destruyendo. Sé que crees que tengo el mismo convencimiento en el éxito que siempre tú has tenido. Ahora pienso que quizás no es así, pienso que todo es fruto de una mentalidad excesivamente fantasiosa, quizás todo es un fraude, quizá pronto se derrumbará todo este castillo de arena tan frágil que hemos levantado, porque así es como siento que nos hundiremos. Pero no te puedo decir esto, tú no lo entenderías, me considerarías un traidor, y no sería cierto, solo dudo, dudo de mí mismo, dudo de mi entorno y de lo que estoy haciendo ahora mismo en medio del océano, solo es una pequeña debilidad que desconoces de mi carácter, solo es un temor que siempre he intentado esconder a los ojos de la gente, incluso de los tuyos que piensas que me conoces tan bien. Mañana por la mañana despertaré mareado como siempre, pero con el alivio que en pocas horas caminaré por tierra, que en pocas horas más ya habré hablado con los físicos, que el trabajo de escribir el reportaje me distraerá de mis preocupaciones. Pero ahora no puedo dormir, ahora necesito escribir lo que realmente pasa por mi mente, necesito expresar mi estado de ánimo, necesito pensar para sobrevivir, para superar una posible decepción, para ayudarte a enfrentar la realidad si todo llegase a fallar.
Debo prepararme para lo peor, debo prepararme por si tengo que escribir un artículo de fracaso, y yo sé que para ti sería una decepción muy fuerte, y creo que no lo mereces, creo que los últimos años ya has sufrido bastante, que hubieras deseado estar ahora mismo conmigo, con todos los científicos que han venido a esta isla, y poder descubrir lo que hace tanto tiempo que esperas, y poder volver a casa con la primera alegría en muchos años. Es lo que más deseo ahora, volver con un artículo triunfal, sobre todo para que vuelva la alegría a tu rostro, una sonrisa que en los últimos años se ha perdido. Quisiera escribir lo que tú deseas leer. Pero ahora mismo dudo. Debes comprenderlo.
# 3 Una isla, un eclipse y Sir Rudolf Brown
La expedición de la Real Academia de Astronomía ya hace dos semanas que espera el eclipse. Yo he sido bienvenido a esta isla perdida en medio del océano. Sir Rudolf Brown, jefe de la expedición, habla con los astrónomos sobre el fin de la civilización, sus gestos son enérgicos y el volumen de su cuerpo y la gran barba grisácea que muestra al mundo hace que su imagen sea del todo imponente. En cuanto a las conversaciones no son lo que yo me esperaba al llegar, quizá pensaba que estarían todo el día hablando de astronomía o de las teorías del señor Einstein. Pero no, Sir Brown profetizaba sobre el devenir del continente europeo. El resto de la expedición le escuchaba atenta, ese hombre tenía un gran poder a la hora de captar la atención de todo el mundo y, claro, yo no fui ajeno al hecho dado mi condición de relator de mi entorno.
– ¿Dónde cree que nos dirigen nuestros gobiernos? – preguntó a todos los que escuchábamos atentamente, se alzó de la silla donde estaba sentado y con gestos de elocuencia y mirándonos fijamente dijo:
– Hacia la catarsis de la sociedad.
Después hubo un silencio algo incómodo y todos bajaron la cabeza, pensativos, mientras Sir Brown volvía a sentarse lentamente. Entonces quise decir algo, pero quizás porque todavía me encontraba bajo los efectos del mareo del viaje, o quizás por no conocer la manera de actuar del grupo, todos me miraron con sorpresa cuando apunté:
– La catarsis es inevitable después de una guerra así, pero no puede ser nunca permanente.
Inmediatamente después recibí una mirada fría de Sir Brown, me miraba con fijeza y parecía que su mente se aceleraba por momentos. Entonces dijo, con un tono pausado que yo no esperaba dada su expresión de unos segundos antes:
– ¿Qué se piensa que estamos haciendo aquí, joven? ¿Realmente cree que el gobierno tiene algún interés en gastar el dinero después de una guerra como la que hemos sufrido? ¿Realmente cree que no hay motivos políticos tras esta expedición? Piense con calma joven, lo que estamos haciendo es el trabajo de los alemanes, la teoría del señor Einstein es de ellos, ellos deberían encontrarse ahora mismo en esta isla.
Con estas palabras, por otra parte, aceptadas por todos, quería decir que la expedición solo era el primer acto político de reconciliación con los alemanes. En este aspecto los científicos siempre han ido por delante del resto de la sociedad a la hora de adquirir posiciones al margen de la política, pero este hecho no acababa de contentar a Sir Brown, ya que hubiera deseado que esta expedición estuviera realmente al margen de todo acto político. Después de estas palabras todo el mundo se fue a descansar. Las noches en el trópico son largas y calurosas. Espero no tener problemas para dormir como los que he sufrido en el barco.
6.
Encontré el tercer fragmento muy interesante ya que, por primera vez, disponía de unos datos concretos a partir de los cuales empezar a investigar. Lo primero que hice fue buscar por Internet información sobre un supuesto eclipse en el año 1919. Las respuestas fueron múltiples; encontré decenas de páginas que trataban sobre el eclipse de Sol de aquel año y como había servido para confirmar la teoría de la relatividad de Einstein. He de reconocer que no acabé de entender el fondo del asunto, solo una cosa me quedó clara en cuanto a uno de los aspectos principales de la teoría de la relatividad, el del desvío de la luz de una estrella lejana debido al efecto gravitatorio del Sol. De esta manera, si estas estrellas que vemos cerca del Sol se fotografían durante un eclipse y se compara esta foto con la de su posición habitual, se puede observar un ligero desvío en el haz de luz, que nos llega sesgado por los efectos de la fuerza gravitatoria del Sol.
Bueno, todo esto era muy interesante, pero, ¿qué aportaba a mi investigación? Datos concretos pensé y, además tenía un nombre: Sir Rudolf Brown. Lo introduje en el buscador de Internet, pero no encontré nada. En cambio, durante la lectura de las diferentes webs sí que se citaban varios personajes implicados en la observación del eclipse. Sir Frank Dyson que señaló el eclipse de 1919 como el momento ideal para realizar las comprobaciones. Y, lo más interesante, Sir Arthur Eddington, valedor de las teorías de Einstein queriendo encabezar él mismo una expedición a la isla de Príncipe en el golfo de Guinea para su demostración y acallar definitivamente las voces disonantes. También se organizó otra expedición a Sobral, en Brasil, de esta manera, con dos expediciones en paralelo se intentaba asegurar su éxito por si alguna de ellas se encontraba con condiciones meteorológicas adversas. Pero, pensé, si ambas expediciones se encontraban con mal tiempo justo en el momento del eclipse, ¿se podría esperar más años para dar validez a las teorías de Einstein? Podría ser que hubiera otras expediciones con el mismo fin para intentar asegurar la obtención de las esperadas fotografías astronómicas. No me parecía descabellada la idea, ya que podría ser que oficialmente solo hubiera estas dos expediciones, pero a escondidas de la opinión pública, posiblemente para evitar posibles reclamaciones presupuestarias, se podría haber realizado una tercera en secreto de estado.
Se trataba de una posibilidad que me permitía encontrar una explicación a los escritos del libro del vagabundo, pero, ¿cómo demostrarlo? Y, sobre todo, ¿a quién preguntar y por dónde empezar a investigar? Y aún más preguntas: ¿Quién era Sir Rudolf Brown? ¿Quién era el relator de toda aquella historia? Ya empezaba a desesperarme porque a medida que pasaban los días o, incluso, las horas, veía que la situación se iba complicando. Escribí un correo electrónico a Emma con todos mis pensamientos sobre los escritos, agradeciéndole también que se apresurara a transcribir todas las páginas del libro, si no tenía tiempo me ofrecía voluntario para intentarlo yo mismo. La respuesta la tuve al anochecer, fue bastante breve con sus palabras y no hizo ningún comentario sobre mis investigaciones, pensé que seguramente ella había llegado a la misma conclusión, de todas maneras, yo solo me había limitado a buscar información general por Internet.
“Reconozco que debes estar muy confundido por toda esta historia. Voy transcribiendo páginas poco a poco, y prefiero hacerlo yo misma, el libro está en muy malas condiciones y hay que ir con mucho cuidado, espero que lo entiendas. También he de decir que me he encontrado con páginas rotas y otras donde la humedad ha dañado la escritura, cuando me es imposible seguir te lo indico con puntos suspensivos, ya lo verás. Por cierto, a partir de ahora te las enviaré por correo electrónico, para mí es más cómodo y no quiero despertar curiosidades gratuitas si te vengo a ver cada día. Me gusta que comentes conmigo tus pensamientos. Cuídate”.
Y, efectivamente, adjunto venía un fichero con las nuevas páginas transcritas del libro del vagabundo.
#4
A pesar de estar en tierra sin dormir tranquilo pienso en ti, pienso en tu situación y la incomodidad que para mí representa. Quisiera gozar de libertad para estar a tu lado, quisiera que pudiéramos expresar lo que sentimos sin temor, pero sé que tú estás atrapada en esta sociedad putrefacta, sé que querrías ser libre como yo, estar a mi lado sin remordimientos, pero que a la vez has de respetar los deseos de la familia, al menos por un tiempo. No podía seguir así, no podía estar a tu lado sin estarlo de verdad, no podía disimular a los ojos de la gente, necesito tenerte siempre a mi lado, plenamente, necesito abrazarte cada noche, necesito poderte decir lo que realmente siento sin temor. Necesito huir, necesito olvidarme de mi presente, necesito cambiar mi destino, sé que tienes una misión que me espera, pero he de irme, he de empezar de nuevo si no quiero consumirme ahogado dentro de este pozo de inmovilidad. Quizás después de este viaje no vuelva a Barcelona, quizás vaya hacia América, o quizás me quede en esta isla lejos de todo, lejos de un destino que incomoda mi presente. No sé lo que haré, no sé dónde ir, solo sé que quiero estar a tu lado libremente, solo sé que no puedo seguir como hasta ahora. Me has de entender, debes comprender mi desazón como yo comprendo tu esperar, pero tú sabes que nunca volverán aquellos años de felicidad, sabes que nunca podrás ser libre como antes, y yo me consumo en una duda infinita. He de irme, lo sabes, sabes que no puedo seguir, sabes que no puedo esperar como tú lo haces, que me consume la soledad, pero todavía no me atrevo a admitirlo, todavía no sé lo que haré, todavía no he decidido nada. Solo viajo lejos para pensar, solo reflexiono por la noche, solo escribo pensamientos que nunca llegarás a leer.
#5
Despierto al amanecer y aclaro mis pensamientos antes de levantarme, los primeros rayos entran tímidos entre las figuras caóticas de los barrotes del balcón, presentándose primero tenues entre sombras de un bosque lejano, que crea claroscuros cuando aún el Sol está demasiado bajo, pero de repente, emerge el magnífico Helio reclamando el protagonismo de la mañana. Tengo que retirar la vista con los ojos doloridos y concentrarla en un punto más oscuro de la habitación, mis ojos, aún acostumbrados a la oscuridad de la noche, se van abriendo con lentitud, unos minutos después la cámara está abrumadoramente iluminada, pero hago esfuerzos para mantener los ojos abiertos. Me alojo en un antiguo hotel colonial portugués que, curiosamente, intenta imitar la arquitectura de los palacios venecianos, quizás sufre una monumentalidad un poco recargada, grandes columnas acompañan a los exiguos balcones de cada habitación conformando una mezcla extraña. Quizás la idea de algún arquitecto demasiado transgresor que aprovechó la lejanía de los cánones europeos para crear su sueño en esta isla demasiado pequeña y alejada de la civilización. Mi cámara tiene dos pequeños balcones por donde entra toda esta marea de luz que todavía me dificulta la apertura completa de los ojos, la barandilla se encuentra excesivamente recargada de ornamentos, puedo distinguir en uno de ellos una figura humana abatiendo a un ciervo, en seguida mi mente evoca la representación romana de estas mismas características que vi de Hércules en el Museo de Palermo, pero no acabo de distinguir bien los cuernos, y sin embargo la figura animal es bastante confusa, tal vez se trate de un buey y el héroe es Teseo, da igual, parece que no se hayan esforzado mucho, o tal vez soy yo, todavía tengo la mente dormida. La representación del otro balcón me resulta aún más confusa (…)
#6
(…) Tiene gracia la magnitud del olvido que nos impusimos aquella última noche en Venecia. Habíamos estado todo el día paseando y tú reías para hacer olvidar la despedida inminente. En pocas horas iniciarías un retorno incierto a París y yo me disponía a permanecer en Venecia para siempre, como una más de la multitud de almas errantes que han quedado atrapadas por estos laberintos ideales, quizá poetas olvidados u obsesiones nunca resueltas, da igual, yo sería uno más de ellos, un nuevo veneciano de adopción que se aísla del mundo real paseando a diario por esta ciudad fantasmagórica. Te fuiste muy pronto, no quise que me dijeras adiós, era lo más sensato en nuestra situación, quería despertar con tu recuerdo como si fuera una historia lejana en el tiempo, como si sus efectos estuvieran atenuados por recuerdos ya imprecisos. Pero no fue así, me desperté con la añoranza de tu voz y lo peor fue cuando, por casualidad, vi como salías del hotel camino de la estación. Hubiera preferido no haberlo hecho, pero cuando te imaginaba ya lejos de Venecia comprobé que partías en aquel momento. Inmóvil delante de la ventana, mi mente se aceleraba y no pude evitar preguntar a los trabajadores del hotel si realmente eres tú la que ibas a destiempo, un retraso de tren debido a la niebla, me dijeron, un retraso que trastocó toda la cadena de pensamientos que la noche antes había ideado, que reactivó un recuerdo que había empezado a aprender a borrar. Entonces vino la inmovilidad y los pensamientos destructivos, entonces quise permanecer eternamente en esta ciudad de niebla y silencio.
7.
Poco después de haber leído los últimos fragmentos del librito, recibí una notificación sorprendente, por fin, la nueva medicación comenzaba a hacer efecto y el vagabundo hacía unos minutos que no paraba de hablar. Me dirigí con celeridad a su habitación y pude comprobar que, efectivamente, hablaba y, además, lo hacía muy rápido, lo que hacía incomprensibles la mayoría de sus palabras. Estaba sentado, pero no paraba de lanzar cabezazos en medio de sus rápidos e incontrolados discursos, a veces, sin embargo, se quedaba en silencio unos segundos, mostraba un temblor en las manos y volvía con su serie de palabras rápidas e ininteligibles. Esta misma situación se extendió durante el resto de horas del día, se trataba de un nuevo estado mental que no parecía que quisiera remitir.
El doctor Nevers no se encontraba en paradero conocido, pero le envié un correo electrónico explicándole la nueva situación y con la esperanza de que, estuviera donde estuviera, lo acabaría leyendo. Pero me temía que aun así no vendría a aconsejarme, sabía que iba a tener que manejar la situación solo y que del éxito de mis acciones dependería mi futuro en este hospital, asumiendo ya que todo se trataba de una prueba orquestada para evaluar mi valía. No me lo pensé dos veces y empecé a trabajar. Intenté transcribir las palabras del vagabundo para saber qué estaba diciendo en realidad, pero entre toda la verborrea que iba soltando solo pude descifrar alguna palabra comprensible. A pesar de ello me di cuenta que siempre repetía las mismas estructuras, como si estuviera recitando un texto de memoria de principio a fin, y de nuevo vuelta a empezar. Las pocas palabras que pude comprender las iba repitiendo de manera cíclica. Cronometré los tiempos entre ellas y eran siempre prácticamente iguales entre una palabra conocida y la siguiente. Una grabadora me sirvió para registrar el discurso del vagabundo y, después, intentar escucharlo con detenimiento. Pero por más que lo intentaba no conseguí descifrar nada en concreto, hasta que se me ocurrió digitalizar la voz y, de esta manera, poder enlentecer las palabras. Esta idea resultó provechosa y, después de unas cuantas horas de trabajo, el resultado fue la siguiente estructura:
(Inicio) Vosotros distópicos, que intentáis jugar a ser dioses, que ningún piadoso ha conseguido violentar vuestro reino, la Cúpula con firmeza marca el futuro. Oh, Cúpula creadora de la fuerza que reina, ya sabes que tu presencia estorba al utópico, pero a pesar de la incomodidad de esta firmeza, ¿qué haría el utópico sin el reino de los distópicos? (Pausa)
Vosotros distópicos, que os sabéis poderosos reináis con clemencia con la llave de la vida, oh distópicos que siempre estáis en silencio, ¿qué haría el utópico sin vuestra presencia?
A pesar de ser incomprendidos conocéis la oración divina, sabéis que la Cúpula os mantiene al pie de la lucha, osados quisieron descifrar la clave del silencio, osados cayeron dentro del pozo de la Cúpula. (Pausa)
¿Qué futuro nos espera a nosotros distópicos? ¿Qué reino querido que rompa el silencio? Oh Cúpula que reina la ciudad desconfiada, oh distópicos que siempre esclavizáis a utópicos. Sin la Cúpula, ¿qué haría el utópico? su perdición quedaría firmada. Oh distópicos que reináis en silencio, cuando en la Cúpula crece el caos de la vida. (Pausa)
Pero la vida no es caos, sino regalo que os fue ofrecido. (Pausa)
El caos de la Cúpula hace grande la vida; Oh distópicos que cantáis a la vida, ¿qué haría el utópico sin su presencia? ¿Qué haría la vida sin el caos que la impregna? Oh distópicos que controláis el caos de la vida; Oh Cúpula que permites el caos del utópico, ¿qué haría la vida sin el caos de la Cúpula? ¿Qué haría el distópico sin el caos del utópico?
Y acto seguido volvía a empezar, repitiendo las mismas frases, pero de manera aparentemente desordenada. La primera repetición aleatoria fue esta:
(Párrafo aleatorio)
Oh, Cúpula creadora de la fuerza que nos reina; Oh Cúpula que reina la ciudad desconfiada, ¿qué haría la vida sin el caos de la Cúpula? ¿Qué haría el utópico sin su presencia? Oh, Cúpula creadora de la fuerza que nos reina; Oh distópicos que siempre estáis en silencio.
Después de una breve pausa volvía a recitar las primeras frases, y después, de nuevo, otra combinación aleatoria. Así se pasó el día. Le estuve grabando la voz durante horas, pero el trabajo era inmenso y parecía que las fuerzas del vagabundo no disminuían. Por todo ello parecía que todas estas estructuras salían de lo más profundo de su mente, como una canción aprendida durante la infancia de oculto significado. Con esto volví a pensar en la hipótesis de una supuesta secta como origen del vagabundo, pero había otros aspectos que no acababan de encajar, pensar en una secta extraña era un recurso fácil, pero mientras no se identificase al vagabundo solo sería una suposición sin mucho valor. ¿Qué podía hacer ahora? La verdad es que estaba demasiado ofuscado con la nueva situación, la única solución era comentarlo con alguien que me pudiera dar un punto de vista diferente. Debía hablar con Emma.
8.
El edificio que acoge el hospital fue inaugurado en 1905 y lo podemos localizar al noreste de la montaña del Tibidabo, pero medio escondido en el fondo de una pequeña hondonada. A pesar de la espesura del bosque, desde lo alto de la torre más alta se domina toda la ciudad de Barcelona. El terreno dibuja una suave pendiente descendente de unos treinta metros de ancho dispuesta de manera oblicua a la serpenteante carretera que corona la montaña, que es donde se encuentra la puerta principal. Años después, la institución compró varias hectáreas de bosque en la parte posterior, y allí fue construyendo los edificios destinados a tratar las diferentes enfermedades mentales y al alojamiento de los pacientes. Estos edificios quedaron de espaldas a la ciudad, descendiendo por la falda de una pequeña colina que los ocultaba de la vista de los que circulan por la carretera. Se trata de edificios desconocidos por una gran mayoría de vecinos, y solo son accesibles al personal interno de la institución, ya que en días de visita se traslada al paciente al edificio principal, en una sala de la planta baja destinada a este fin.
La entrada al hospital es espectacular. Una vez el guardia nos da paso, se disponen, a ambos lados, una hilera de estatuas de imitación clásica con su pedestal correspondiente. Podemos encontrar a las principales personalidades de la antigüedad y también varias imágenes mitológicas, copias o representaciones libres del escultor en el caso de no haber encontrado el referente clásico correspondiente. La primera, a la izquierda, Atenea, la diosa de la sabiduría, y justo delante, a la derecha, Escolapio, dios de las curaciones, tomado el nombre romano ya que la copia escultórica así lo es también, imagen que sujeta el palo donde se enrosca, eterna, el símbolo ambivalente de la serpiente sanadora. A continuación, en el mismo lado derecho, el centauro Quirón, quien rescató de la muerte al mismo Escolapio apenas nacer, y le enseñó el arte de la medicina. Girando la vista otra vez a la izquierda podemos observar a las hijas de Escolapio, Higia, que representa la salud, y de donde nos viene la palabra higiene, y Panacea, o la que cura todas las enfermedades, hoy convertida en la palabra que nos remite a los remedios universales. Y aún más imágenes a derecha e izquierda, esculturas copiadas de conocidos referentes clásicos, u otras creadas según la imaginación del escultor moderno, todas hasta completar un total de noventa y cuatro en todo el camino de entrada y del jardín que rodea la casa, entre dioses mitológicos, héroes o grandes personajes: políticos, filósofos y poetas de la antigüedad. En la entrada al edificio nos encontramos con un porche con seis columnas jónicas y una gran escalinata central. Arriba un pequeño frontón liso, que trata de imitar la austeridad de algunas villas neoclásicas del siglo XVII. Las salas amplias y frías, iluminadas por inmensos ventanales alargados. El suelo aún de baldosa de piedra, y a ambos lados dos escaleras con peldaños de mármol con el vértice alisado por el continuo pisar de más de cien años de historia. En el primer piso las habitaciones que inicialmente acogieron a los pacientes, ahora convertidas en oficinas administrativas. Un piso más arriba, el despacho del director Lostau y Zimmermann, con las mismas grandes estanterías y vitrinas que hace cien años, llenas de enormes libros antiguos que poco a poco van cediendo a su propio peso; el mismo escritorio con un maderamen de calidad que no se ha dañado tras los numerosos años de uso continuado, con cuatro cajones en la parte derecha forrados de un marfil ya amarillento por el paso del tiempo, las mismas sillas que el primer día, tal vez alguna vez vueltas a forrar con las mismas telas ramplonas; la lámpara de pie inclinada en una posición definida quizá hace medio siglo y con los mismos faldones con dibujos de cenefa que amortiguan la poca luz que emite una sola bombilla de poca potencia; un juego de plumas a punto para ser utilizado, la impresión es que esta espera hace décadas que dura; tres bandejas de mimbre para meter las hojas que requieren una próxima atención, más arriba los asuntos de los últimos días, más abajo los que esperan el seguro viaje a cualquiera de las numerosas estanterías que rodean el despacho; a la derecha, cerca de la ventana, una vitrina estrecha llena de joyas antiguas: medallones con imágenes religiosas o familiares, una hilera de camafeos de ónice con relieves mitológicos, broches de oro y plata, anillos a decenas, sellos con la inicial de familiares, pendientes, alargados unos, otros redondeados, todo ello identificable con un primer vistazo, en los estantes inferiores una serie de cajitas de contenido imprevisible, quizás diamantes, quizá gemas preciosas o inimaginables filigranas de oro. Justo enfrente de esta misma estantería se encontraba el director Lostau con un antiguo libro en las manos cuando sonó el teléfono. Contestó con despreocupación. Unos segundos después dejaba caer el libro. Le habían llamado de la embajada en Guinea Ecuatorial informando que la avioneta en la que el doctor Nevers viajaba a la isla de Príncipe hacía más de veinticuatro horas que había desaparecido de los radares. Se temía lo peor.
9.
Después de imprimirme todo lo transcrito de las palabras del vagabundo, llamé a Emma al móvil.
– ¿Fabio? – Contestó.
– Emma, Te tengo que decir algo muy importante, ¿estás en casa?
– Sí, pero…
– Es sobre el vagabundo, ha empezado a hablar y a decir cosas muy extrañas, más bien ha comenzado a recitar versos.
– ¿Versos? ¿Me estás diciendo que de no decir nada se ha puesto a recitar poesía?
– Exacto. Y, además, muy rápido, como si se lo tuviera bien aprendido de memoria y no le hiciera falta ningún esfuerzo para recordar las estrofas.
– Impresionante.
– Tenemos que hablar, deberíamos vernos, si puede ser ahora mismo.
– ¿Quieres venir ahora a mi casa?
– Sí, pero, ¿dónde vives?
Emma permaneció unos segundos en silencio, pensativa.
– En la Villa Olímpica, mejor te espero en la entrada del centro comercial, vivo cerca.
– De acuerdo, espérame, en media hora llego.
Recogí el coche en el aparcamiento del hospital y me lancé en un rápido descenso por la carretera. Entre curva y curva no podía quitarme de la cabeza la voz del vagabundo y sus extrañas palabras, ¿qué debería significar? Pensé que quizás sí que se podía tratar de una secta y hubieran lavado el cerebro del vagabundo años atrás, era una posibilidad. Pero, ¿dónde se había metido el doctor Nevers? No entendía cómo podía dejarme a solas con aquella situación tan misteriosa, suerte que tenía a Emma que también se interesaba para averiguar la identidad del vagabundo. Cuando apenas entraba en la autovía de circunvalación me sorprendía que me pudieran pasar este tipo de situaciones. Veinte minutos después intentaba encontrar un lugar para aparcar en las calles de la Villa Olímpica.
–Fabio, sígueme. Me dijo nada más llegar donde ella me esperaba impaciente.
Pensaba que iríamos a casa, pero, para mi sorpresa, nos dirigimos a la biblioteca que estaba a escasos metros del punto en que nos encontramos. Mientras caminábamos me di cuenta que llevaba un aspecto bastante serio, como si tuviera prisa por terminar mi visita inesperada.
Nos sentamos en una mesa vacía lejos de los pocos estudiantes que a primera hora de la tarde utilizaban las instalaciones públicas. Me extrañaba que hubiera escogido ese lugar para hablar conmigo, ya que dentro de la biblioteca teníamos que hablar muy flojo y tampoco nos teníamos que esconder de nadie, o al menos era lo que yo creía.
– ¿Y bien? – Me dijo mirándome fijamente a los ojos.
–Mira, he transcrito los versos del vagabundo, ¿qué te parece?
Emma se lo estuvo leyendo con detenimiento, por su expresión parecía que tampoco entendía nada de lo que significaban las estrofas.
– ¿Qué significa todo esto? Es como la frase que me dijiste que decía la primera vez que ingresó en el hospital, ¿no?
–Sí, se le parece mucho, al menos las palabras principales son las mismas: cúpulas, utópicos, distópicos, todo sigue el mismo esquema oculto que la primera frase del vagabundo.
–Fabio, me parece que esto proviene de alguna secta, ¿no crees?
–Parece que sí. Pero me sorprende la ausencia del doctor Nevers desde el día que me mandó que le cambiara la medicación. ¿Dónde se habrá metido?
–No te puedo ayudar. – me respondió Emma pensativa.
– ¿Has trascrito más páginas del librito del vagabundo? Quizás aclaremos algo más.
–Lo siento, no he tenido tiempo. Estoy muy ajetreada por casa, bueno, es igual no te quiero aburrir con mi vida. No sé qué decirte Fabio, ya me esforzaré en sacar más páginas del librito, a ver si aclaramos algo.
–El libro es lo que me trastoca mis pensamientos. Si optamos por la vía de la secta parece que todo encaja bastante bien, pero el librito nos habla de científicos que van a hacer sus medidas durante un eclipse, no parece que pueda haber nada oculto en todo esto.
– Sí, pero debes tener en cuenta que la expedición de la que nos habla el libro no aparece reflejada en ningún documento histórico, parece como si se tratara de una expedición secreta.
– Tienes razón – le dije aun susurrando, justo en el momento en que mi móvil empezó a sonar de manera escandalosa. Aunque lo apagué enseguida no pude evitar ser el blanco de todas las miradas en la biblioteca.
– Fabio, ¿no has reducido el sonido del móvil?
– ¿Cómo quieres que piense en eso con todo lo que nos llevamos entre manos?
Emma me miró y sonrió.
– Anda, vámonos a fuera. ¿Quién era?
– Del hospital. No sé qué querrán.
– Llámalos, ¿no?
Hice lo que me decía Emma. De la centralita me hicieron esperar un minuto hasta que oí la voz del director Lostau.
– ¿Señor Sace?
– Sí, dígame.
– Debe venir inmediatamente a mi despacho, tenemos que hablar de una cuestión muy urgente.
– Mire, ahora mismo estoy fuera del hospital…
– Sí, ya lo sé, pero debe volver lo antes posible. Se trata del doctor Nevers. Parece que ha sufrido un accidente aéreo, volaba por el Golfo de Guinea, tenemos una sede hospitalaria por aquellas latitudes, ya se lo explicaré con más detalle cuando venga.
Al oír estas palabras y la escasa explicación del director Lostau, me sobrecogí. Sin pensarlo le respondí que iría enseguida.
– Emma debo irme. ¿Tú sabías que hay una sede de nuestro hospital en la Isla de Príncipe?
– Sí, supongo que tú aún no por el tono de tu pregunta.
– Pues no, se ve que el doctor Nevers iba de visita y su avión ha desaparecido. El director Lostau quiere hablar conmigo. Me voy.
Emma no hizo ningún comentario al respecto, yo tampoco esperé a que ella me dijera algo, me despedí rápidamente y me fui corriendo al coche que estaba aparcado no muy lejos. Lo que en ese momento no sabía es que mi correo se quedaría colapsado por un alud de mensajes del doctor Nevers. Aún tardaría unas horas en encontrármelos y darme cuenta de que con todo aquel asunto del vagabundo estábamos poniendo al descubierto un secreto que dejaba en muy mala posición al director Lostau. El hospital psiquiátrico había llevado a cabo durante décadas prácticas médicas ilícitas. Pero antes de enterarme, tenía que mantener una conversación con el director Lostau.
10.
–Siéntese.
Fue lo primero que me dijo el director Lostau nada más entrar en su despacho. Me miró con actitud seria mientras, con las manos, le iba dando vueltas a un bolígrafo. Me explicó lo que le había sucedido al doctor Nevers.
–Viajaba en una avioneta a través del golfo de Guinea. Parece que el aparato ha desaparecido. Seguramente se preguntará qué hacía en África el doctor Nevers. La explicación es muy sencilla, en São Tomé tenemos un pequeño centro de recuperación de enfermos mentales. La historia es larga y ahora no viene al caso. Seguramente usted no estaba al tanto, es natural. El doctor Nevers había ido como suele hacer aproximadamente cada dos años. Desgraciadamente parece que no ha conseguido llegar a la isla. Por el momento estamos a la espera de nuevas noticias, no sabemos si el avión ha caído al mar o bien ha tenido que hacer un aterrizaje de emergencia en alguna otra isla donde las comunicaciones son escasas, esperamos que se trate de este último supuesto. Desde aquí no podemos hacer nada por ahora. Hay que ser pacientes y rezar para que no se confirme la desgracia. Por cierto, también le quería decir que su paciente ha fallecido a primera hora de la tarde. Todo ello muy trágico.
– ¿Cómo? – Pregunté asombrado.
–Lo que oye. Ha tenido un infarto y en pocos minutos estaba muerto. No hemos podido hacer nada.
–No puede ser.
–Señor Sace, de verdad que lo siento mucho. Así de extraña es la vida. Un día funesto el de hoy.
–Sin duda. ¿Me mantendrá informado si se tienen noticias del doctor Nevers?
–Por supuesto.
–Hasta pronto, pues.
Salí cabizbajo del despacho y bajé las escaleras con la mente alborotada. No entendía nada, aquellas dos noticias me abrumaron. Fui a averiguar qué había pasado con el vagabundo. Se encontraba en el depósito de cadáveres. Su cuerpo rígido me transmitía un mutismo de pensamientos. No sabía por qué caminos guiar mis reflexiones, si es que mi cerebro se encontraba capacitado para reflexionar en aquellos momentos, torrentes de emociones viajaban arriba y abajo de manera espasmódica en mi sistema nervioso. Un cuerpo inerte se presentaba ante mí y yo tenía que hacer el esfuerzo de racionalizar los sentimientos. Pronto sabría que antiguas idolatrías que creía olvidadas se cruzarían en mi camino. No había nada que hacer. Se trataba de un destino inevitable desde el momento que acepté trabajar en este hospital psiquiátrico. Nunca me arrepentiré de no seguir los caminos propios de las premoniciones, aunque éstas parezcan futilidades del inconsciente. El vagabundo estaba muerto delante de mí. Las explicaciones escasas, las razones absurdas y la parálisis me invadían. Con rapidez de mecanógrafo envié un mensaje al móvil de Emma. Vagabundo–ha–muerto–vagabundo–ha–muerto. Era la única acción que mi mente me permitió realizar justo antes de abandonarme. Lo siguiente que recuerdo es el tacto de la mano de Emma acariciándome la frente.
– ¿Qué ha pasado? – pregunté todavía confundido.
–Nada de importancia. Has perdido el conocimiento mientras mirabas el cuerpo inerte del vagabundo. Han tardado bastante en encontrarte. He recibido tu mensaje, pero al llamarte ya no me has contestado, entonces he llamado al hospital por si te podían localizar, nadie sabía nada de ti, cuando he empezado mi turno me han avisado de que te habían encontrado tendido en el suelo en el depósito de cadáveres y que ahora estabas en esta habitación todavía inconsciente. He venido a ver cómo te encontrabas.
–No sé qué me ha pasado…
–Ahora no es necesario que pienses, debes descansar. Las noticias tienen la virtud de llegar solas, sólo hay que tener paciencia y saber esperar.
Créeme Fabio, no quieras implicarte en asuntos que no comprendes. El doctor Nevers pronto dará señales de vida, confía en él.
–Ojalá.
Emma me dio un poco de agua y permaneció a mi lado unos minutos más. Después se fue a hacer su trabajo. Yo todavía me encontraba bastante confundido por lo que me había pasado. No comprendía cómo me podía haber desvanecido si nunca antes había tenido una reacción de este tipo. Sólo recordaba que la visión se me fragmentó y que intentaba no perder el equilibrio. Después nada, sólo frialdad y ruidos metálicos acompañados de voces y aspavientos de los enfermeros. No me quedaba más remedio que admitir que la magnitud de los acontecimientos había superado mi capacidad de asimilación. Me quedé bastante rato inmóvil, mirando al techo mientras reordenaba mis pensamientos.
Seguía sediento, y al girar la vista hacia la mesita que tenía al lado del cabezal vi unos papeles. Eran nuevos fragmentos del librito del vagabundo, –qué raro que Emma no me hubiera dicho nada– pensé, seguramente no me quería agobiar de buenas a primeras. Cogí los papeles y después de una larga inspiración quise hacer el esfuerzo de leerlos.
# 7
Ningún miembro de la expedición me quiere informar de la situación exacta de la isla, su respuesta siempre es la misma, si tenemos éxito, lo que significará que las dos expediciones oficiales han fracasado, entonces sabré en qué isla estamos y estaré autorizado a escribir mi crónica. Si no es así, por mi seguridad más me conviene no saberlo. Tengo que decir que bajo estas condiciones acepté embarcarme hace dos meses, esto no quita que mi curiosidad innata intente conseguir información de donde sea. Por la mañana he hablado bastante rato con uno de los ayudantes de los astrónomos, se trata de un estudiante que aspira a trabajar de manera oficial con Sir Rudolf Brown apenas regresen a Inglaterra, me ha dicho que se llamaba Harlan, pero no quiso decirme el apellido ni en qué universidad cursaba sus estudios. Vista la situación tampoco he querido insistir. Lo que me interesaba sacarle era otro tipo de información, sobre todo si podía aclarar el porqué del secretismo, y una ligera idea de dónde se encontraba la isla, más allá del hecho obvio de su situación tropical.
Nada. Con un poco de astucia fui dando vueltas a la conversación a ver si podía hacerle bajar la guardia, pero enseguida percibía que estaba a punto de hablar más de la cuenta, se mordía la lengua y me repetía que gracias por la conversación pero que el trabajo lo esperaba.
Idéntico resultado con el resto de los expedicionarios. Me resigné y cambié el tema de las conversaciones. Tampoco es extraño que las cosas fueran de esta manera, al final todo el mundo sabía que yo era periodista, y era probable que todos estuvieran seriamente advertidos de las seguras represalias en caso de irse de la lengua. No hace falta imaginarse procesos penales, sino más bien verse perjudicados en su futura carrera académica. Convertirse en un proscrito en los cerrados círculos universitarios y científicos era nada menos que la visión del infierno para todos esos jóvenes recién salidos de las principales universidades inglesas.
El día del eclipse está cada vez más cerca, y yo no me puedo quitar la sensación de alejarme de ti de manera definitiva, es como si pensara que la distancia fuera infinita, y aceptara dentro de mí que el tiempo es el gran obstáculo entre ambos, ni distancias ni deseos pueden acelerar el ritmo del tiempo. Te percibo lejos, quizás a diez o quince años de mi presente, y para llegar a él no puedo hacer nada más que esperar con paciencia de gato hambriento, de nada me sirve correr hacia ti, porque el garante de la distancia es el tiempo y contra el paso del tiempo nada se puede hacer más que resignarse a su ritmo. De alguna manera he decidido no volver a nuestros países mientras dure la espera. Esta isla es un lugar fantástico para desprenderme del deseo de inmediatez. Las nubes viajan con rapidez sobre nuestras cabezas. Los astrónomos no dejan de otear el horizonte con desazón, todavía no saben qué tiempo hará dentro de tres días en el momento del eclipse, ninguno de ellos soportaría otra cosa que no sea un cielo nítido y diáfano. Los nervios se apoderan de la expedición, y yo sigo tan confundido como el primer día.
# 8
No hay nada mejor que la distancia para poder apreciar los pequeños detalles de nuestra vida. Cuando estamos inmersos en el día a día nos pasan completamente desapercibidos, por lo que somos incapaces de apreciarlos. La vida dentro de esta isla es apacible y los ritmos vitales se adaptan a la naturalidad del entorno. En nuestro país todo es diferente. Lo que allí disfrutamos con profundidad aquí es desprovisto de toda importancia, un jardín bien recibido en medio de una ciudad es recordado con ridiculez cuando te encuentras rodeado de esta densa y tenebrosa vegetación. La fecundidad vegetal que tanto anhelamos en nuestras tierras aquí se convierte en la principal de las incomodidades. Los astrónomos luchan en vano contra el desorden vegetal que nos rodea. No hay nada que hacer, lo que cortan hoy irremediablemente vuelve a aparecer mañana. Mantener el campo de observaciones limpio de irregularidades herbáceas es una tarea diaria. Los trípodes son asaltados lentamente por decenas de serpientes vegetales. Donde un día había espacio para mesas y telescopios al día siguiente está lleno de plantas trepadoras que reclaman su legítimo espacio. El día del eclipse será necesario hacer una limpieza a fondo y fijar con energía todos los instrumentos, no sea que mientras dure el fenómeno una de esas reverberaciones vegetales crezca más de lo esperado y termine desplazando el telescopio de su sitio original. Sólo un milímetro y se desencadena la catástrofe. ¿No se le ocurre a nadie buscar una zona rocosa? Me abstendré del comentario no sea que reciba un arrebato de ira de Sir Rudolf Brown. Cuanto más se acerca el eclipse más irascible se encuentra.
11.
No es bueno que un hombre esté solo en momentos en que tiene poco centradas las ideas, los peligros se multiplican. Fueron las palabras de Emma antes de darme el alta como paciente circunstancial. No me lo pensé dos veces para huir de aquel entorno angustiante. Tenía ganas de llegar a casa y meditar sobre los últimos acontecimientos. En aquellos momentos percibí que mi soledad estaba enamorada del misterio.
Despreciaba los ruidos y ansiaba poder pensar en silencio.
El doctor Nevers estaba oficialmente desaparecido. El vagabundo, hasta ahora oficialmente no identificado, se convirtió en una certeza indiscutible: la realidad de su muerte, de eso no había ninguna duda.
Nada había en el hospital que me pudiera hacer olvidar la última jornada. Decenas de preguntas sin respuesta aún bailaban ligeras dentro de mi mente. No podía hacer nada, y si supiera qué hacer no tendría fuerzas para afrontarlo.
Un mundo de oscuridad se iluminaba a mi comprensión y lancé una mirada a tinieblas que antes ni imaginaba. Necesitaba estar lejos de la gente, necesitaba reconciliarme con un pasado que percibía más cercano que nunca. Voluntariamente abandoné la nave de la bondad. Ya no me quedaban motivos para seguir un camino de sosiego. No quería que pasaran los años hasta convertirme en un ser triste y demacrado, que no ha vivido ninguna otra aventura que la normalidad ridícula de viajes fingidos y necesidades inocuas. Desgraciado el hombre que permanece inmutable ante los caprichos del destino. A golpes de realidad derramé mi luz y mi inocente felicidad. Creí, entonces, iniciar el camino inevitable hacia la madurez. Un gesto de reconstrucción vital acompañaba mi caminar. La leyenda de la humanidad inmutable fue adoptada por mis gestos, era como una explosión de templanza, nubes de noche de tormenta llegaban a mi mente dejando atrás las noches inocentes, noches iluminadas por la luz de una luna que ahora percibía ridícula. Un nuevo rostro inquietante tomaba posesión de mi fisonomía. Mi respiración se tornó espasmódica y una tristeza fría me recordó que aún necesito valorar más las verdades de la vida. Pensaba en las conversaciones triviales con Emma y un pensamiento burlesco me dijo que todavía seguía buscando a quien amar. ¿Por qué no ella? Esta idea me hizo desprender una sonrisa indescriptible debido a la naturaleza inhumana de su sonido. No me reconocía, y dentro de este desconocimiento creí encontrar el sentido de mi propia existencia. Emma, como mujer, mostraba una aparente serenidad, hasta ahora la había escuchado desde la subordinación de quien se cree superfluo en la vida. En aquellos momentos descubrí la cantinela que en realidad salía de dentro de mi ser, me descubrí a mí mismo y estaba sediento de sueños. ¡Fuera máscaras! Detrás de un cristal desperdicié años de estupidez, ahora buscaba un apasionamiento sobrenatural, una transición cósmica hacia un mundo de realidades que siempre se nos niega.
Cogí un libro de poemas que hasta entonces no comprendía, ¡qué ciudad más absurda! Pensé que aquella alma escribiente también fue cómplice de esta inocente diversión. ¡Qué falsa la realidad! ¡Qué ridículas la muchedumbre de almas dormidas que rinden tributo a la inanidad de ideas! Los muebles de casa emitían cánticos que percibía, ¿me estaba volviendo loco y estos eran los primeros síntomas? ¿Podía ser posible esa angustia? Ya no sabía qué pensar, nunca entenderé a ciencia cierta el porqué de mi pasado, porqué, de repente, me encontré siendo otra persona que desconocía, un ser más puro del que antes apenas percibía, fue como haber sido liberado de una pena máxima impuesta de por vida, una máscara que, dada su cotidianidad, somos incapaces de percibir.
El problema del mal es su apasionamiento desmedido por la fantasía. Esta naturaleza que nos acoge y que sin darnos cuenta o sin querer aceptar, nos rodea de sufrimientos innecesarios, sin saber, pobres de nosotros, que la liberación se encuentra muy cerca. No hay nada más imperceptible que lo que estamos cansados de contemplar. Decidí que al día siguiente me volvería a adentrar entre este manojo de personas vulgares para manipular sus vidas. Ya sabía que podía hacerlo porque ya no me percibía de la misma manera que lo hacía ayer mismo. Mi racionalidad huyó y no sabía si volvería. Sin embargo, no me importaba. Una delgada capa de inseguridad cubría mi locura y los acontecimientos del día anterior la acabaron de romper. Me mostraba a mí mismo tal como era en realidad, al menos eso es lo que creía firmemente. No entendía las acciones del doctor Nevers, no entendía que quisiera desembarazarse de esta verdad oculta. De pronto comprendí que su única intención era mantenerme en la ignorancia. ¿Cuál era su finalidad? Seguramente el afán de poder, el dinero también, el interés por controlar el hospital, seguro. Mientras mis pensamientos eran un caos incontrolable encendí el ordenador y leí sorprendido un correo del doctor Nevers.
«Si lees este mensaje es que algo me ha pasado. Quizás he sufrido un secuestro o desgraciadamente ya estoy muerto, ahora mismo veo estas dos opciones completamente verosímiles. Hace semanas que percibo que me siguen, quizá he descubierto demasiadas cosas de las que me corresponderían, y ellos no pueden tolerar que una persona ajena a su organización sepa más de la cuenta. Temo por mi vida y la tuya también estará en peligro. A estas alturas es muy probable que el vagabundo ya haya muerto. Tómate este mail como una advertencia seria, pero en ningún caso lo denuncies a la policía. Seguro que no te servirá de nada para salvarte. ¡Sobre todo no vuelvas al hospital! Haz lo que especificaré a continuación y no dudes en emprender estas acciones si no quieres sufrir un accidente o una enfermedad sorprendente y fulminante. Lo siento, aunque a menudo despreciamos la dureza de la vida estando inmersos en un mundo de comodidades, ésta nos golpea cuando menos lo esperamos. No digas nada a nadie y coge el primer vuelo que encuentres a Londres. Una vez hecho el trayecto espera nuevas instrucciones, podrás leer en tu correo electrónica el siguiente mensaje que te conducirá a la salvación. Si estoy vivo seré yo mismo quien supervisaré tu fuga, si desgraciadamente estoy muerto otros compañeros velarán por tu seguridad. El próximo mensaje no te servirá de nada si no estás en Inglaterra, confía en mí y pronto recibirás las respuestas que sé que buscas. Esta secuencia automática de correos actúa como un virus informático fulminante. En pocos segundos tu ordenador quedará inservible. Tómatelo como una medida de seguridad. ¡Suerte! «
Me quedé de piedra, sobre todo cuando vi que, después de haber leído el correo mi ordenador hacía un sonido estridente, la pantalla se volvía azul, se llenaba de símbolos extraños y seguidamente se apagaba. Intenté encenderlo de nuevo pero el sistema operativo ya no era capaz de iniciar la secuencia de inicio. Tengo que admitir que con todo lo que había leído el estado de mi ordenador era lo que menos me preocupaba en aquellos momentos. La primera reacción que tuve fue de rechazo hacía el doctor Nevers y todas sus enseñanzas, rechazaba todo lo que me evoca su recuerdo y volver a oír palabras como distopía o vagabundo me provocaban náuseas. Le maldecía por involucrarme en una historia que me era completamente ajena. Y, en todo este inmenso rechazo hacia su persona, deseé que finalmente hubiera muerto. Evidentemente no hice caso a sus advertencias, puedo decir que me tomé en serio todo lo que me decía, mi mente aceptó que aquel hombre se había trastornado definitivamente, y pensé seriamente que pertenecía a una secta de chiflados y él era el miembro más destacado.
La noche estuvo llena de sueños caóticos, desesperado me veía inmerso en un laberinto sin salida, despertaba y, sin saber cómo, me encontraba en medio del sueño erótico más delirante. Seguidamente era presa de la pesadilla más impresionante, para pasar a vivencias oníricas de normalidad vital como, por ejemplo, un día cualquiera en el hospital o una tarde de tranquilidad en casa. El despertar fue acompañado por un intenso dolor de cabeza que ya no me pude sacar en toda la mañana. No pensé en la advertencia del correo del doctor Nevers. Unas horas después, sin embargo, alguien me encerró en el sótano de la casa principal del hospital psiquiátrico. Las circunstancias del suceso no podían ser más absurdas. O sí.
12.
Nuestra mente percibe, depende de nosotros ser lo suficiente perspicaces para entender esta percepción. Una mirada diferente, un gesto nimio, pequeños detalles que hacen que nuestro inconsciente encienda la alerta. Tomar conciencia de este aviso ya requiere un esfuerzo de análisis, y muchas veces el camino hacia la verdad se encuentra tan oculto que nos es imposible percibirlo. Yo me encontraba inmerso en este tipo de ofuscación mental y era incapaz de dar un mínimo de coherencia a mis actos. Volví al trabajo, ni me planteé otras acciones, vivimos inmersos en una jaula tan potente que cuando se nos indica el camino de salida nos es imposible hacer caso. No nos creemos la libertad o, al menos, que ésta esté a nuestro alcance. Somos como un pájaro al que se le retiran los barrotes de la jaula y que es incapaz de levantar el vuelo. Ni se lo plantea si ha vivido toda su existencia agarrado a los barrotes de la jaula. Si un gato se le acerca con malas intenciones le costará percibir el peligro y volar para salvarse, pensará que el gato nunca se acercará a la jaula. ¿Por qué debería hacerlo si nunca antes había podido? ¿Por los barrotes? ¿Qué barrotes? Y, si siempre han estado, ¿por qué de repente han desaparecido? ¡Qué alguien me lo explique! ¿Están y yo no los veo? ¿O nunca han estado y yo creía que los veía? Entonces, al igual que este pájaro imaginario, plenamente libre, pero, a la vez, inconsciente de los peligros que esta libertad conlleva, no creí en la amenaza que se me advertía y, de manera inocente, no percibí la desaparición de los barrotes de mi jaula.
Vi al gato, pero no percibí el peligro, ¿por qué tenía que hacerlo si el gato nunca antes pudo entrar sus garras en la jaula? Qué digo yo, ¿por qué debería hacerlo si nunca antes el gato había intentado agredirme? Sí, sabía que en el mundo había gatos famélicos por pájaros indefensos como yo, pero ¿cómo tenía que reaccionar ante el peligro si todavía no lo había apercibido? Era cierto, sin embargo, que sin jaula que me protegiera era vulnerable por primera vez en mi vida y no hice nada por huir. Recuerdo las miradas de los enfermeros, ¿siempre habían sido tan extrañas sus expresiones o era yo que así las percibía? Mis pasos resonaban en un clamoroso silencio mientras caminaba por los pasillos del hospital. Nadie me miraba, todo el mundo huía de mi presencia, o al menos eso era lo que percibía. Un gesto fugaz, un monosílabo por respuesta, esto es lo que recibí a mi paso ese día que significaría el primer escalón hacia la liberación, el primer paso hacia la verdadera libertad. Esto es fácil decirlo a posteriori, pero justo en el momento que te encuentras la auténtica libertad se confunde con una prisión, y la prisión que siempre había habitado, era, para mí, la auténtica libertad.
Me encontré a Emma en el pasillo, fue la primera persona que me dirigió la palabra. Primero me miró muy sorprendida, se le notaba una expresión inconfundible de asombro al verme. Puede que yo hiciera mala cara, quizá sí que mis ojos estaban enrojecidos, eso era innegable, pero su mirada ocultaba una sorpresa más profunda. Cuando estuve ante ella y antes de decir nada me cogió por el brazo.
–Fabio, ¿no te había dicho que hoy no te movieras de casa?
–Ah, no sé, ¿me lo dijiste? – contesté con dudas.
–Sí hombre, ¡no ves que todavía estás fatal! Tienes un aspecto como de no haber dormido en toda la noche.
–Sí, eso es cierto, pero…
–Va, vuelve a casa, sé que estás preocupado por el doctor Nevers pero te aseguro que cuando sepa algo te lo diré enseguida.
–No, no es necesario, yo…
– ¿No?
–Quiero decir que tú debes estar muy ocupada, no te preocupes por mí.
–Fabio…
–Debo irme, ¿verdad?
–Sí. Te encuentro muy preocupado, vuelve a casa, es lo mejor.
Empleó un tono más severo en estas últimas palabras, queriendo dejar claro que yo no tenía nada que hacer en el hospital. Al ver que le hacía caso me retuvo un momento y me miró con una actitud más benévola.
– ¡Fabio! Ten. Lo he transcrito esta noche.
Eran más fragmentos del librito del vagabundo. La miré y no sabía cómo reaccionar, si dándole las gracias por el esfuerzo o mostrar mi rechazo por seguir hablando de aquel asunto, pero no pude resistirme a su ofrecimiento y le cogí los papeles.
–Gracias, los leeré en cuanto llegue a casa.
Con estas palabras convencí a Emma que sería un buen paciente y se fue complacida. No quise esperar a llegar a casa, me senté en un banco del pasillo y empecé la lectura.
Recuerdo que pensé en lo contradictorios que eran mis pensamientos, tan pronto no quería saber nada del vagabundo como de repente me encontraba de nuevo inmerso en los textos que me daba Emma. En realidad, quería huir de toda aquella pesadilla, pero algo me decía dentro de mí que tenía que seguir investigando y que tenía que llegar al fondo de todo aquel turbio asunto.
# 9
Aquellas nubes que cubrían el cielo se han convertido en la peor de las visiones de mi vida. Cuando me embarqué siempre creí en el éxito de las medidas y en poder reencontrarte con una victoria compartida. La derrota huía de mi comprensión y su posibilidad me llevaba irremediablemente hacia la desesperanza vital. El abatimiento de espíritu y lo sombrío en algunas miradas, ha quedado fijado en las expresiones de todos los miembros de la expedición, he comprendido enseguida que no puedo volver a una Europa que aún humea entre infamias y traiciones. Y no soy el único con este tipo de pensamientos. Sir Rudolf Brown esconde en su interior una personalidad colérica aún desconocida para mí, no es así por parte de los astrónomos que parece que esta circunstancia no les venga de nuevo. El eclipse es mañana. Las nubes, sin embargo, ya han hecho acto de presencia y Sir Rudolf Brown ha canalizado su excitabilidad humillando al resto de los expedicionarios. Conmigo no se ha atrevido, pero intuyo sus pensamientos destructivos con su mirada amenazante. Me mira, hace una mueca de asco y escupe al suelo una especie de líquidos nauseabundos que antes de saber su verdadero autor había creído que era fruto de alguno de los reptiles que habitan la isla.
Pero no, era la manifestación líquida de lo que realmente se cuece dentro de la mente de Sir Rudolf Brown. Los colonos portugueses huyen de él cuando lo ven llegar, sobre todo después de que ayer por la noche, y después de un consumo excesivo de ron, golpeara a un nativo ante la mirada estupefacta de todos, los motivos de la agresión sólo se esconden en la mente caótica de sir Rudolf Brown. Nadie, sin embargo, hizo nada por evitarlo. Los portugueses se limitaron a marchar sutilmente de la taberna y los astrónomos no osaron mover un dedo. Yo tampoco he hecho nada, admito mi culpabilidad, no quiero caer en falsas hipocresías. Me pregunto qué ha empujado a estos jóvenes científicos que, hasta hace cuatro días aún eran estudiantes, a acompañar a un hombre así. Pregunta estúpida donde las haya, ¿qué demonios hago yo aquí? Los verdaderos motivos sólo quedan en lo más hondo de cada uno de nosotros, yo nunca haría público el verdadero motivo que me ha empujado hasta esta isla remota, sería absurdo pretenderlo de los demás.
# 10
Día del eclipse. Las nubes vienen una detrás de la otra, como si hicieran una carrera para ver cuál de ellas tapa antes la última porción de cielo que queda visible. Sin embargo, esperamos pacientemente el milagro. No se van. Tensión. Poco a poco se acerca la hora del eclipse, los aparatos están a punto, pero el Sol permanece oculto tras las nubes. Justo en el momento del inicio del fenómeno astronómico todo el mundo espera expectante, nadie se atreve a mover un músculo, ni mucho menos abrir la boca.
Todos, sin excepción, evitamos mirar a Sir Rudolf Brown, que permanece inmóvil ante su telescopio oteando el cielo. No dice nada, no se mueve, parece un inmenso lagarto ansioso por la salida del Sol, pero todos percibimos su presencia petrificada como la mayor de las amenazas. Unos momentos después de la hora prevista del inicio del eclipse percibimos un silencio espectral. El cielo oscureció y el Sol permanecía oculto. Las nubes ennegrecieron y la selva enmudeció. El aire se tornó más denso e irrespirable, ni una brizna de hierba se atrevía a temblar. Primero fue una sospecha, poco después la confirmación. ¡Llovía!
Apenas nos dimos cuenta de las primeras gotas que Sir Rudolf Brown comenzó a golpear a uno de los astrónomos. Era Harlan, el joven al que intenté sacar información unos días antes, él era a quien primero había atrapado, y era el que recibió las consecuencias de aquellas nubes funestas. El resto de los astrónomos no reaccionaron, se lo miraban con cara de espanto, pero eran incapaces de hacer nada al respecto, se esperaban de pie a que les tocara su turno. Y así fue, uno por uno, sin posibilidad de huida, sin posibilidad de oponerse. Imagínate la escena: un hombre de metro noventa, corpulento, inmenso, mejor dicho, tal vez doscientos kilos bien repartidos entre grasa y músculos potentes. Pues imagina este inmenso hombre barbudo cogiendo aquellos chiquillos escuálidos de poco más de sesenta kilos y vapuleándolos con dureza. Lo más grave es que ellos no se oponían. Toda esa agresión ignominiosa, en el centro de una isla minúscula, bajo un aguacero de diluvio y, envolviéndolo todo, la sombra extraña de un Sol oculto tras las nubes y eclipsado por la luna. Un entorno que hacía enmudecer todos los ruidos de la selva y, de rebote, anular todo rastro de humanidad en la expresión de Sir Rudolf Brown. Sólo se oían los golpes y las quejas tras el chapoteo caótico en el barro del agresor y de los agredidos.
¿Qué podía hacer ante tal muestra de barbarie? ¿Podía estar mirando sin hacer nada para intervenir, como la paliza anterior al nativo? No me podría perdonar nunca esta pasividad, porque sabía que tarde o temprano toda aquella violencia se tornaría hacia mí. Me encaré a Sir Rudolf Brown, pero apenas pude moverme que esa bestia inmensa ya había previsto mis acciones, sacó su revólver y apuntándome a la cabeza me amenazó.
–No se acerque inmundicia continental, si lo hace le agujerearé las piernas y lo abandonaré en medio de la selva. Váyase, me ha oído, váyase a escribir sus historias de afeminado. Váyase, no lo quiero ver más, si lo veo en el barco de vuelta lo tiraré al océano. Créalo. ¡Váyase! ¿Me ha entendido? ¡Váyase!
¿Qué podía hacer ante un astrónomo loco apuntándome con su arma en medio de la selva, donde la única ley era la ley que marcaba la locura? ¿Qué podía hacer frente a la irracionalidad materializada? ¿Qué podía hacer ante la maldad humana? Nada.
13.
Las personas somos incapaces de percibir un cambio importante si éste es gradual, más bien nos damos cuenta de la posibilidad de cambio cuando éste todavía no se ha producido, y, paradójicamente, es sólo el pensamiento y la discusión que genera el futuro cambio lo que nos permite percibirlo plenamente tanto a nivel cualitativo como cuantitativo. Y eso, teniendo presente que éste aún no se ha producido. Por el contrario, cuando un cambio ocurre, pero no hay debate, su evolución gradual nos pasa desapercibida, y nuestra mente no tiene tiempo de imaginarse el nuevo futuro que creará ese cambio. Sin imaginación no hay oposición posible, porque, sin una alerta racional, no puede haber respuesta a lo que aún no ha ocurrido.
Entonces, ¿es la imaginación uno de los puntales de la humanidad? Y si así es, ¿cómo podemos responder si este proceso no se ha desencadenado? Aquí es cuando entra en escena el instinto, y será esta respuesta instintiva la que determinará, a cara o cruz, nuestro futuro. Mi única esperanza era el éxito de esta respuesta, a cara o cruz como ya he dicho antes, sin que todo el cúmulo de pensamientos racionales que ha caracterizado mi vida hasta ahora sirva para nada.
Una vez leídos los últimos fragmentos del librito del vagabundo percibí mi perdición, y ésta se fundamentaba en un estado de negación de unos hechos que, por incomprensibles, paralizaban la secuencia racional de mis esquemas mentales. Entendí, entonces, que me encontraba ante un abismo gigantesco, una rotura extraordinaria en la secuencia de pensamientos de la humanidad. Percibí la realidad de las grandes catástrofes de la historia. ¿Cómo podemos explicar los genocidios mundiales? ¿Sólo por unos años de locura colectiva? ¿Qué hace que la paz se mantenga? Y, sobre todo, ¿cuáles son las verdaderas causas del desencadenamiento de una gran guerra? Miles de respuestas en tiempo de paz, grandes simplificaciones de la realidad en tiempos de guerra.
Percibía los pasillos del hospital como largas avenidas que iban directas a un futuro caótico, percibía el hundimiento inmediato de los fundamentos de la sociedad que hasta ahora había conocido, y lo único que deseaba era volver a un pasado que estaba a punto de dejar de existir. Reconocí esa sensación como el primer síntoma de senectud y, sorprendido, entendí que en pocos días había pasado de la inmadurez más inocente a la vejez de espíritu. ¡Quería volver a un tiempo irrecuperable! Y discutiendo conmigo mismo este extraño deseo, me di cuenta que mi mente era incapaz de ir hacia adelante. Entonces, como un nonagenario, me olvidé del presente con una negación consciente del paso del tiempo, no es que no aceptara el futuro, simplemente lo que me pasaba era que mi cerebro había perdido la noción temporal. Inmerso en mi nueva vida interior topé con la realidad en forma de enfermera.
–Fabio. Qué suerte que estés por aquí, ¿me podrías hacer un pequeño favor?
La miré con una inconfundible expresión de ausencia, pero a Amarelda, jefe de enfermería desde tiempos inmemoriales, no le importaba nunca la cara que hacía la gente, ella hablaba y hablaba, y dependía de uno mismo seguir el hilo de sus conversaciones o tener la habilidad de cortarlas lo antes posible.
Hay que decir que, en mi ofuscación mental, fui incapaz de escabullirme y, sin saber cómo, ya estaba en el sótano del edificio ayudándola a sacar una bombona vacía de oxígeno. Habíamos bajado por unas escaleras destartaladas, para entrar entonces en una habitación de poco más de un metro de ancho, pero de tres de largo. Allí, en ese minúsculo espacio, había tres bombonas de oxígeno vacías. Yo había sido la víctima ideal, no es difícil imaginarse las excusas de medio hospital ante los requerimientos de la veterana jefe de enfermería.
¿Cuánto tiempo hacía que intentaba sacar aquellas bombonas del diablo de aquella minúscula habitación del sótano? ¿Cuántos cientos de excusas recibió antes de que me atrapara de la manera más absurda? Y, sobre todo, ¿por qué se olvidó de mí cuando, retirada la última bombona, volví a entrar en el tenebroso cuartito al ver aquel papel que me llamó la atención? Y, de pensamiento sangrante, ¿por qué cerró la puerta del cuartucho claustrofóbico, apagó la luz, salió del sótano y cerró la puerta de acceso con una llave que seguro sólo ella tenía y, todavía más seguro, nunca, nunca utilizaba? Y ¿por qué no reaccioné enseguida gritando y golpeando la puerta? ¿Por vergüenza al ridículo? ¿Tan espesos eran mis pensamientos? Yo, encerrado y sin capacidad de reaccionar debido a la sorpresa, ella, hablando sola y pensando que, al retirar la última bombona, yo había huido de su presencia como, por otra parte, hacía desde siempre medio hospital al verla llegar. Y si toda esta secuencia de preguntas y suposiciones era cierta, ¿quién volvería a rescatarme de una situación tan desesperante? ¿Nadie? ¿Nunca? Cierto.
¡Nadie!
¡Nunca!
Grité con todas mis fuerzas. Golpeé la puerta con toda la rabia que me salía de dentro, gritaba y golpeaba la puerta metálica de aquel miserable cuartucho perdido en un sótano al que nadie tenía nunca la necesidad de bajar. Llamaba, golpeaba la puerta y volvía a gritar. Hasta que me quedé sin fuerzas y me senté en el suelo con la esperanza de la liberación.
El absurdo me había secuestrado, y del mismo absurdo dependía mi salvación.
#14.
Ahora que estoy a pocas horas de llegar al puerto de Lisboa, tengo la necesidad de relatar mis experiencias de todo el tiempo que he estado fuera de este continente, refugio de la racionalidad en otros tiempos, presa de la violencia ahora. Creía haber olvidado la habilidad de la escritura, pero la voluntad es más poderosa que la pérdida de la costumbre y, poco a poco, he conseguido sacar el cúmulo de limos que han ido cubriendo la fuente de mi inspiración. No he querido forzar el momento, sabía que tarde o temprano éste llegaría e iniciaría el relato fantástico de mi historia. Creo firmemente que lo mejor será conservar mi secreto al margen de estas notas personales, no quiero ver mi vida afectada por falsas interpretaciones, ni yo mismo puedo asegurar la veracidad de todos mis recuerdos, así de traidora puede resultar nuestra mente. Desde la distancia percibo turbia la separación entre el sueño y la realidad, tal vez porque esta distinción sólo la consideramos dentro de nuestra sociedad occidental, empapada de racionalidad y lógica. Cuando el espacio es indeterminado y el tiempo deja de existir, ¿por qué tenemos que seguir confiando en la veracidad de lo que percibimos? Ya desde pequeños nos hemos marcado una lógica en los acontecimientos, una lógica fuertemente condicionada por el peso de la costumbre, pero, ¿qué pasa con la lógica cuando la costumbre ha cambiado? Simplemente ésta cambia. Tomemos por caso un hábito como el dormir. Dormir es descansar, diríamos todos nosotros, descansar del trabajo y la actividad del día. Pero, ¿y si durante el día no hay actividad, ni trabajo, ni nada de nada? ¿Cómo hay que tomar entonces la noche? Imagínese que el día y la noche son completamente ociosos, ¿no serviría esto para perder gradualmente el sentido de la realidad? La experiencia me lo confirmó, y no solamente por no percibir la realidad, sino también para crear una nueva al margen de todo análisis racional de los hechos.
¿Qué podía pensar cuando conocí al ser que se apoderaría de mí durante tantos años? ¿Miedo, delirio, locura simplemente? No, sencillamente acepté la realidad tal como se me presentaba, sin hacer juicios de valor ni reflexiones que me llevaran a la locura de espíritu. Acepté la nueva realidad tomándola con la máxima naturalidad posible. Pero eso es adelantar acontecimientos que por su comprensión requieren una explicación paso a paso. Lo último que escribí en mi cuaderno de notas fue la desesperación de verme atrapado en una trampa de cazadores. Mi objetivo es seguir a partir de este punto el hilo correcto de los acontecimientos con el fin de racionalizar todas mis experiencias, al menos hasta donde mis recuerdos me permitan.
* * *
Dentro de mi soledad no buscada, la negrura y la humedad me rodeaban y yo no podía dejar de mirar hacia arriba del agujero, donde podía ver, todavía, una exigua porción de cielo azul, allá arriba, lejos, muy lejos, inalcanzable, que no hacía más que agrandar mi desesperación. Arañaba las paredes de barro para dar una salida a mi inmensa inquietud, sabía, sin embargo, que todo intento sería inútil, y desesperado intentaba calmar la avalancha de pensamientos destructivos que me invadían. Habían pasado horas desde mi caída y todavía me costaba creerme la nueva situación. La pequeña rendija de luz desapareció de repente, la llegada de la noche me anunció que ya llevaba todo el día atrapado allí dentro y percibí aullidos de bestias imposibles de identificar, seguramente depredadores que mostraban curiosidad por el olor de miedo que desprendía mi cuerpo. La respiración me resultaba casi imposible debido al aire vaporoso que también permanecía atrapado dentro del agujero, y los intensos ronquidos debido a mi respiración espasmódica creaban aún más curiosidad entre las bestias que se concentraban a decenas encima de mi cabeza, mostrando cada vez más inquietud por tener la carne fresca tan cerca, pero, a la vez, tan inalcanzable. Los aullidos constantes me hacían enloquecer, y mi cuerpo golpeaba las paredes en un movimiento caótico que estaba fuera de mi control consciente. Gritaba, bramaba y me pegaba golpes, arañaba el barro y aullaba imitando a las bestias del exterior, intentando que se dieran cuenta que dentro del agujero no había una presa fácil, sino una bestia más feroz que ellas mismas.
Poco a poco las estrellas fueron haciendo su recorrido nocturno, a la vez que los sonidos de las bestias se fueron desvaneciendo. Yo estaba exhausto, sentado en el suelo fangoso, pero sin dejar de vigilar la pequeña abertura del techo. Cuando recuperé un poco de tranquilidad intenté hacer un análisis racional de mi situación. Si el agujero era una cavidad natural ya me podría dar por muerto, ya que me había quedado claro que la salida era inalcanzable, sin embargo, si era un agujero natural deberían haber caído con anterioridad otros animales, y ya había comprobado que no había ningún cadáver de animal ni restos de huesos. Entonces me quedaba pensar en la posibilidad que fuera una trampa excavada expresamente por alguna razón muy probablemente de caza. Si así era, tarde o temprano vendrían los cazadores y eso significaría mi salvación, ¿quién podía cazar con estos tipos de trampas si no eran los mismos colonos portugueses que me desaconsejaban adentrarme en la selva? Seguramente sólo querían advertirle de su existencia, pero no los supe interpretar. Si así era, me quedaban todavía esperanzas de ser rescatado en poco tiempo, sólo me hacía falta esperar pacientemente mi liberación.
El absurdo me había secuestrado, y del mismo absurdo dependía mi salvación.
# 15.
Pasaron dos días y dos noches enteras, sin comida, prácticamente sin agua, sólo amortiguaba la sed manteniendo los labios húmedos con el barro blando que me rodeaba. A veces lloviznaba y estos pequeños milagros repentinos me permitían recoger con las manos un poco de agua. Comprobé que el barro me servía para proteger mi cuerpo de la deshidratación, y mimetizado entre las paredes fangosas esperaba pacientemente la llegada de los cazadores. Pero quien realmente vino fue la lluvia, esta vez de manera torrencial, sin descanso, llovía con tanta intensidad que la cavidad fangosa se iba llenando de agua rápidamente, parecía que todos los arroyos de la isla fueran a parar irremediablemente dentro del agujero. Grité, enloquecí, llamaba a las bestias que me habían amenazado, las llamaba porque, con el chaparrón, como es natural, habían desaparecido, y las llamaba sobre todo porque toda aquella agua significaba mi salvación. Que fuera subiendo el nivel del agua que se acumulaba en el agujero no significaba una muerte segura por ahogamiento, al contrario, significaba mi libertad. Veía esa agua como el mecanismo ideal para acercarme a la superficie, y lo veía porque mi mente era incapaz de ver otra cosa. Me pasé toda la noche aullando y riendo como si hubiera enloquecido, veía mi salvación cerca y con aquellos sonidos guturales quería advertir a todas las bestias de la isla que volvía a la vida.
Con la llegada de la madrugada la lluvia se detuvo y, con ello, la subida del nivel de agua en el agujero. Desgraciadamente se había quedado a medio llenar, unos dos metros había cubierto el agua y quedaban tres hasta la superficie. Me di cuenta entonces que mi situación no era nada buena, porque mientras duraba la lluvia mi excitación era tan grande que era ajeno al esfuerzo de mantenerme flotando sosteniéndome a las paredes fangosas. Ahora que había dejado de llover me di cuenta de mi cruda realidad, si me relajaba moriría ahogado. Mi única salvación consistía en hacer un último esfuerzo de escalada intentando aferrarme a las pocas raíces que sobresalían entre las paredes fangosas. Caí varias veces, sumergiéndome en un jugo espeso, mezcla de limos y hojarasca, algún insecto también se veía flotando y esta visión me provocó unos pensamientos inquietantes, aquellos insectos, aquellas langostas, cucarachas y gusanos que flotaban entre la hojarasca, los percibía como deliciosos. El hambre había secuestrado mi racionalidad, y ver cumplidos los deseos primarios era la prioridad de mi mente, entendí que sin comida no tendría fuerzas para sobrevivir y que, sin aquellos insectos, mi salvación era imposible. Me los comí. Sin asco, curiosamente. Mi cuerpo estaba al límite y mi cerebro sólo veía energías en aquellos insectos recién ahogados. No recuerdo el gusto, no recuerdo haber tenido pensamientos de repulsión, como ya he dicho mi mente estaba secuestrada por las necesidades del cuerpo y era a éste a quien obedecía. La supervivencia como finalidad primordial, el resto se convierte en superfluo con una facilidad sorprendente. Sujetado a una raíz esperé a tener fuerzas para hacer el último esfuerzo. Inútil. Caía una y otra vez al agua estancada del agujero, lo volvía a intentar e irremediablemente volvía a caer. Una vez era un pie que me resbalaba, la siguiente era una raíz que se rompía. El resultado era siempre el mismo, mi cuerpo hundiéndose en el agua turbia y, acto seguido, mi cabeza emergiendo inmediatamente entre jadeos y gritos de desesperación. Cuando percibí un más que probable desfallecimiento, desistí por unas horas. Las raíces me sirvieron de sostén, me las até con fuerza a la cintura y las arremoliné entre las piernas, lo que me permitía descansar sin tener ningún músculo en tensión. Dormí durante horas, hasta que los aullidos de las bestias me despertaron. Era de noche, pero la luna me permitía ver las sombras de la selva como cruzaban rápidamente cerca del agujero. En una especie de ritual de iniciación aquellos depredadores saltaban sobre mi cabeza intentando poseer sus pertenencias, o sea, la carne de mi cuerpo. Saltaban y aullaban a la vez, yo sólo veía siluetas que, en un instante, se recortaban entre la pequeña porción de cielo estrellado que podía vislumbrar desde aquel infierno fangoso. Repliqué con aullidos largos y amenazadores.
Mostré que aún me quedaban fuerzas en ese desafío para la supervivencia. Y aullé hasta darme cuenta de que era el único ser que continuaba aullando.
Finalmente vino alguien. Oí pasos entre la hojarasca, pasos de persona, supuse que por eso las bestias habían huido. Vinieron, sí, pero no era quien me esperaba. Mis planes consistían en comenzar a gritar al oír cerca a los cazadores, para que pronto se dieran cuenta de que no era un animal el que permanecía allí dentro y comenzaran a disparar para rematarlo. Pero la realidad fue muy diferente. De repente, mientras estaba inmerso en la esperanza de mi segura salvación, mis ojos debilitados percibieron una sombra que acechaba al borde del agujero, yo era incapaz de enfocar bien, el barro me había creado una costra alrededor de los párpados y casi no podía abrir los ojos ya que los tenía sucios e infectados. Continuaba atado a las raíces para evitar sumergirme en un agua estancada que, rápidamente, comenzaba el inevitable proceso de putrefacción. Mi estado era tan lamentable y mi apatía tan grande que al darme cuenta de la sombra que me miraba empecé a cantar. Me inventaba cantinelas absurdas y reía. En medio de una de esas carcajadas sin sentido, sentí un fuerte pinchazo en la pierna derecha. Era una flecha minúscula que apenas había conseguido traspasar la tela del pantalón y adentrarse un centímetro bajo la piel. La miré y me la saqué. No me dolía, veía la sangre como manaba, pero no sentía ningún dolor. Poco después sentí la punzada de otra flecha en el pecho y fue entonces que mi mente se desvaneció.
Retornó mi conciencia percibiendo que alguien me arrastraba por el suelo estando tumbado en una camilla hecha de troncos. ¡Ya no estaba en el agujero! La alegría me invadía y lloré de felicidad. Pero ¿quién me arrastraba? ¿Un cazador? Intenté moverme, pero noté que tenía todo el cuerpo envuelto en ropa de saco, y a la vez, estaba atado con cuerdas de liana. No me podía mover ni ladear la cabeza para averiguar quién me había capturado, simplemente veía la selva como iba pasando sobre mis ojos y el Sol que me iba cegando cuando se colaba entre la espesura, o al menos eso es lo que mi imaginación percibía. Mi último recuerdo era justo entrada la noche dentro del agujero y, al despertar, el Sol ya estaba sobre mis ojos, ¿cuánto tiempo había estado inconsciente? ¿Cómo me habían sacado? Y, sobre todo, ¿dónde me llevaban? Gemí, grité, exigía una explicación, ¡Eh! ¡Eh! ¡Eh! El portador se detuvo y quedé tumbado en el suelo mirando a las copas de los árboles y al cielo. Percibía una sombra muy cerca de mí que me miraba con curiosidad. Mi visión, aunque afectada por la sustancia de las flechas que, con toda seguridad, me habían narcotizado, era incapaz de enfocar con normalidad, pero sí que sentía su aliento muy cerca de mi cara. No era desagradable, más bien todo lo contrario, respiraba aquel aliento y el cuerpo se me llenaba de vida y de energías. Percibí una mano que se acercaba a mi cara, y noté como me sacaba la tierra que se me había adherido cerca de los ojos, y lo hacía con una gran delicadeza.
Inmóvil, apresado y, sin embargo, acariciado. No entendía nada, y dentro de la incomprensión que me invadía noté que se reanudaba la marcha.
¿Dónde se dirigía? Fuera donde fuera no sería muy lejos de la colonia ya que la isla era más bien pequeña, tal vez fueran diez kilómetros entre los dos extremos más alejados. ¿Dónde iba esa sombra que me había secuestrado? ¿Y si era cosa de una tribu que habitaba en el extremo occidental de la isla? Pero, ¿y si ya no estaba en la isla? La verdad es que era incapaz de asegurar cuánto tiempo había permanecido inconsciente, ni sabía a ciencia cierta qué habían hecho conmigo, ni mucho menos tenía la capacidad de averiguar el destino de aquella caminata. Y, sobre todo, ¡quién me transportaba! Me resigné a los nuevos acontecimientos, y en mi incomprensión deseé morirme en ese mismo instante.
16.
–¡Umpf!
– ¿Qué pasa?
–Un Momento Fabio. Creo que me he perdido. No entiendo porque ahora me cuentas esta historia de la isla cuando lo importante era lo que te pasó en el hospital psiquiátrico. ¿Cómo saliste de aquel sótano? Creo que explicar esto es importante, no me puedes dejar con esta inquietud, venga, ¿cómo lo hiciste?
Eric, al soltar su réplica, se me quedó mirando directamente a los ojos esperando una respuesta complaciente por mi parte. Eric desarrollaba sus trabajos de etología en el Parque Natural del Delta del Ebro, y siempre se había interesado por mi situación, no entendía cómo alguien podía haber renunciado a toda su vida anterior y vivir aislado del mundo. He de decir que después de todo el escándalo que hubo, hui de Barcelona para instalarme en una pequeña cabaña de madera en un camping del Delta, quería borrar mi pasado y necesitaba vivir en soledad. De eso hace más de diez años y no había vuelto a hablar de ello hasta conocer a Eric. Por la noche nos encontrábamos en el bar del camping y, entre cerveza y cerveza, había adquirido la suficiente confianza para explicarle toda la historia que me había cambiado la vida.
Los etólogos y los psiquiatras tenemos mucho en común, nos dedicamos a observar comportamientos, en su caso de las aves, de los enfermos mentales en el mío, pero no tenemos una comunicación directa con los observados, debemos intuir los porqués de sus acciones a partir de la simple observación, ya que no existe el diálogo directo, y del éxito de esta intuición depende la vida de los enfermos o la vida de las aves si éstas se encuentran amenazadas por el entorno. Y este entorno no es otro que el mundo que nos hemos montado las personas «normales». La comunicación con los enfermos es del todo intuitiva, y esto hace que los aciertos se tomen como victorias y los errores como derrotas fulminantes. Intenté que se diera cuenta de la importancia de la historia de la isla.
–La historia de la isla es importante, muy importante, porque sin entender lo que se nos cuenta en el librito del vagabundo es imposible entender la trama del hospital psiquiátrico en el que me vi involucrado. Y tampoco entenderías lo que sucedió al salir de aquel sótano.
–Pero, Fabio, una sola cuestión, ¿no habías dicho también que el librito del vagabundo era ilegible a partir del último fragmento que transcribió Emma?
–Sí.
– ¿Sí? ¿Entonces? ¿De dónde te sacas toda esta historia del agujero? Y, por cierto, ¿quién es ese periodista que se ha quedado en la isla en mil novecientos no sé cuántos? ¿El vagabundo de joven?
–No, no. El vagabundo sólo era un paciente del doctor Nevers. El librito del vagabundo no le pertenecía, se lo había llevado del hospital la primera vez que estuvo ingresado.
–Entonces, ¿el librito estaba en el hospital?
–Sí, en el despacho del director.
– ¿En el despacho del director? ¿Y cómo es que lo tenía el vagabundo? Dices que se lo llevó, ¿lo robó?
–Espera, espera, no vayamos tan rápido, los hechos se han de explicar paso a paso, sino las preguntas se multiplican y las respuestas son exiguas. Puede que no me explique muy bien, pero es que voy recordando pequeños detalles a medida que avanza la historia. Piensa que durante muchos años no he querido pensar en ello y, con el tiempo, los recuerdos se confunden.
–Bueno, te escucho, pero esta historia no me acaba de convencer, creo que te lo estás inventando todo.
–Si eso es lo que crees quizás mejor lo dejamos estar.
–Va, no te enfades. Te escucho. De verdad. Pero, ¿cómo saliste del sótano? Dime sólo eso, por favor, y luego continúa con la historia de la isla. ¿Qué me dices?
–Si eso es lo que quieres…
–Sí, quiero saber cómo conseguiste salir.
–Llevaba el móvil. Envié un mensaje a Emma.
– ¡Toma cojones! Tanto misterio para decirme que simplemente avisaste con el móvil a que te vinieran a rescatar.
–Sí, ¿qué te pensabas?
–No lo sé, tal vez algo más impactante, que te habían secuestrado o que ideaste alguna manera estrambótica para conseguir huir. O que simplemente pudiste forzar la puerta y salir.
–Pues sólo envié un mensaje a Emma.
–Un momento, ¿había cobertura allá abajo?
–No.
– ¿No?
–Bueno, creía que no, pero de vez en cuando me aparecía una pequeña ventana de cobertura, insuficiente para establecer una llamada, pero suficiente para enviar un mensaje.
–Ah.
–De verdad, ¿eh? Que la cosa fue así.
–Ya.
–¿Qué pasa?
–¡Umpf!
El secreto de la vida consiste en saber mantener sus equilibrios, a veces esta tarea te hace adoptar actitudes revolucionarias, a veces te hace caminar por el lado conservador. Si se acepta este precepto uno se adentra en una comprensión del entorno tal cual es, sin la contaminación diaria de lo cotidiano. Quien ha seguido ideologías ecologistas habrá podido llegar a este equilibrio vital, y habrá visto cómo, a veces, se le tacha de revolucionario utópico y otras, por el contrario, de inmovilista reaccionario. Ambas apreciaciones se basan en premisas falsas. La primera en considerar la cotidianidad como norma, la segunda al pensar que la cantidad siempre es mejor que la calidad. El mundo del siglo XXI se mueve entre estas dos ideas que no hacen más que ensuciar día tras día la comprensión de la auténtica realidad de la vida. De esta manera han caído las mayores civilizaciones a lo largo de la historia. Parece que la nuestra ya ha emprendido el mismo camino. Y esto lo podemos ver en la ruptura generacional, es decir, en el abandono de la sabiduría popular para sustituirla por la nueva ignorancia comercial. Esta sustitución ya se ha producido durante el siglo XX, y las próximas generaciones sólo les queda contemplar estas ruinas de la sabiduría. Cada vez vivimos en un mundo más frágil, nuestra fuerza se apoya en el «nunca pasa nada», sin embargo, cuando algún día pasa algo, por mínimo que sea, todo se va al traste. El peso de la costumbre manda, y una simple avería eléctrica durante unas horas nos adentra en la mayor de las incomodidades, parecemos entonces inválidos culturales porque somos incapaces de sobrevivir sin corriente eléctrica. Unas horas se pueden pasar relativamente bien, pero sólo si aún nos queda batería en el móvil. Pero, ¿y si en lugar de unas horas fueran días sin luz eléctrica?, ¿qué pasaría con nuestra «supersociedad»? ¿Cuánto aguantaría su singularidad? Poco, muy poco, y eso nos hace muy frágiles ante las sorpresas de la naturaleza.
Las roturas generacionales son inherentes a la humanidad. Ya en «Las nubes» de Aristófanes se nos presenta de manera vívida este choque entre padres e hijos en la Atenas del siglo V a.C. Por un lado, tenemos al padre que ha dedicado su vida al trabajo, y por el otro el hijo que ha vivido en una familia y una ciudad con todas las comodidades. El padre se queja amargamente del comportamiento del hijo, basando esa queja en que siempre se levanta muy tarde de la cama y, en general, es perezoso, porque sus únicos pensamientos se centran en las carreras de caballos y no en llevar a buen término los negocios del padre. Pero analicemos el trasfondo de ambas generaciones. La del padre que ha luchado en una gran guerra y ha dedicado la vida a los negocios y al crecimiento de su ciudad. Y la del hijo que se lo ha encontrado todo hecho y que no tiene otra motivación que la de divertirse y despreocuparse de los negocios familiares y el devenir de su ciudad. Creo que estas posturas son inevitables. Las generaciones, en condiciones normales, van sumando sus pequeños avances, de esta manera se mantiene el equilibrio, pero cuando una generación hace grandes cambios y un gran salto adelante lo que pasa es que se ha comido el recorrido que le correspondería a las generaciones inmediatas, y éstas se encuentran sin objetivo vital a seguir, sobre todo la generación de los hijos. A veces, si el progreso es muy grande, el desencanto afectará a la generación de los nietos o, incluso, de los bisnietos. Y nosotros, hombres y mujeres del siglo XXI, vivimos en esta apatía generacional de nietos y bisnietos sin objetivos.
Todo se ha hecho en el siglo XX, todo lo bueno y desgraciadamente también todo lo malo, unas cosas antes, otras después, pero no nos queda otra cosa que malvivir vidas ya vividas, no hay espacio para el cambio. No hay momento para encontrar nuevas vías de expresión. Muchas generaciones rebeldes han encontrado su motivo vital por la oposición a generaciones tradicionales, sin embargo, ¿qué pasa con los hijos o nietos de la generación rebelde? ¿Cómo encuentran su camino si ven que sus padres o abuelos han adoptado posturas mucho más radicales de las que ellos intentan proponer? Todo ya se ha hecho y todo ya se ha protestado. ¿Por qué la visión de matanzas de niños en la guerra de Vietnam revolvió tantas conciencias y se levantó la protesta y, en cambio, en las guerras posteriores, con peores matanzas de niños y de familias enteras, esta protesta es tan blanda? ¿Qué hacer entonces? ¿Seguir con los «granitos de arena» para, durante años, levantar un país para, luego, en cuestión de segundos, todo quede aniquilado por la caída de un mísil lanzado a traición? Entonces, ¿qué es mejor para desmontar toda esta infamia? ¿La protesta o la apatía dentro del sistema? La protesta tarde o temprano se acaba ahogando con recompensas más o menos jugosas. Contra la apatía no hay oposición posible. Si una mayoría se desprende de la falsa norma de cuanto más mejor, los dioses de la economía se desmontan y la infamia dejará de gobernar el mundo. No se trata de una revolución, se trata de poner en práctica el humanismo más elemental frente la dictadura del dinero.
¿Qué nos queda entonces? Nada, simplemente la apatía vital, con la esperanza que las generaciones del siglo XXII, al encontrarse dentro de un mundo apático, inmovilista y en decadencia, tomen de nuevo la iniciativa del progreso, con la esperanza de que ellos tengan más capacidad para saber construir un nuevo mundo al margen de la barbarie. Una utopía. ¿Y si no? Pues habrá que esperar un siglo más, u otro, u otro.
Sí, soy un utópico que vive en un mundo de lobos y, por eso, vivo aislado del caos del mundo. Reconozco que sólo es un destino individual, mi fuga no pretende ser ejemplarizante, al contrario, sólo es la muestra palpable de la libertad más absoluta. Libertad hasta unos límites, me reconozco una cierta dosis de derrota en el hecho de vivir en el micromundo de un camping. Pero por eso reivindico la libertad, para que cada uno elija su camino: ir hacia las diversas carreras económicas vacías de contenido, o hacer lo que realmente uno quiere hacer. Después de todo tenemos el mismo destino final, ¿por qué afanarse tanto para llegar a la cúspide del poder si en nada se acaba perdiendo todo irremediablemente?
–Fabio…
Hemos pasado del destino colectivo, generacional, a un destino individualizado, cada uno elige su modo de vida, cada uno elige su pasado.
–Fabio, oye, que me voy….
Reconozco que de alguna manera yo he magnificado el mío, y percibo todos los acontecimientos que siguieron a partir de mi liberación del sótano como una ruptura definitiva en mi visión del mundo y de la vida en general. Una guerra, un acto terrorista, una catástrofe incluso, son acontecimientos que sacuden la mente de todos los que las han sufrido.
Yo fui una víctima en su momento, y de ahí mi reacción posterior…
–Fabio, ¡joder!
–Ah, dime…
–Nos vemos mañana, ¿eh? Va, y me cuentas la historia de la isla.
–Ah, sí, Eric, hasta mañana.
–Venga, hasta mañana.
… un vaso vacío, el silencio domina mi entorno. He quedado solo en el bar. Me incomoda esta soledad y decido irme también. Exhausto me dirijo a mi cabaña. He decidido dedicar la noche al descanso.
Gloria a un nuevo día.
17.
Durante horas de espera, inmerso en la más absoluta oscuridad, permanecí temeroso a que me vinieran a rescatar de aquel sótano del demonio porque no sabía cómo iba a reaccionar, si alegrarme o tener que deshacerme de quien fuera en caso que se tratara de un secuestro. Oía en el techo los pasos de la planta baja del hospital, y durante mucho rato estuve pensando si debía golpearlo para ver si captaba la atención de alguien y posibilitar que me rescataran. Pero algo dentro de mí me impedía iniciar esta acción. Intuía que mi situación no era casual, y si así era quería decir que estaba secuestrado. Admitiendo esta posibilidad sólo me conducía a pensar que la advertencia del doctor Nevers era cierta, pero, qué manera más sutil de eliminarme.
Pensándolo bien era como enterrar a alguien en vida de la manera más desapercibida que uno se puede imaginar. Demasiadas coincidencias. Demasiado bien hecho. Era imposible. No estaba secuestrado. Esta alegría repentina me duró poco ya que continué con mis pensamientos, si nadie me había secuestrado estaba inmerso en la situación más absurda que uno se puede imaginar, una situación que, por otra parte, no deja de ser menos desesperante. Hacía horas que había intentado enviar un mensaje a Emma desde el móvil y no había recibido ninguna contestación, ninguna señal que me hiciera mantener la esperanza. Y este hecho me volvía a remitir a la posibilidad del secuestro. Tenía mucho tiempo para pensar, y mi mente funcionaba a toda velocidad, ahora consideraba una opción, a continuación, la contraria, y no disponía de ninguna señal concreta que me hiciera decantar por una situación u otra.
Respecto a la posibilidad de que estuviera inmerso en un secuestro, Emma no podría acceder al sótano si desde el mismo centro negaban la posibilidad de que yo me hubiera podido quedar encerrado por error.
También existía la posibilidad de que ella también estuviera retenida, o más desesperante aún, que Emma participara en mi secuestro, posibilidad que me hacía tambalear todos los esquemas mentales, pero era un pensamiento que no me podía sacar de la cabeza. Estaba desesperado y golpeaba la puerta metálica para ver si, con suerte, podía forzar la cerradura. Una serie de intentos inútiles me hicieron permanecer tumbado en el suelo jadeando por el esfuerzo y, al oír los ronquidos de mi propia respiración, percibí una falta de oxígeno alarmante dentro del cubículo. Tenía que calmarme como fuera, y durante un buen rato me quedé inmóvil en el suelo. Fue entonces cuando, por casualidad, mi mano tocó levemente el papel que me había hecho entrar en la habitación y desencadenar toda aquella pesadilla. Era increíble cómo, con el cúmulo de pensamientos caóticos que se formaron en mi mente una vez encerrado, me había olvidado completamente de aquella nota. Ahora la tenía en la mano y necesitaba saciar mi curiosidad. Con la luz del móvil pude alumbrarlo y no podía creerme lo que leí. El contorno era la repetición continua de la palabra Utopía, creando un curioso paspartú «utópico», y entendí que eso mismo era lo que me llamó la atención cuando lo vi en el suelo justo antes de ser encerrado. En el centro, un texto dirigido, con toda seguridad, a mí:
Justo encima de la puerta. Levántala y sigue el camino. Dos amigos te recogerán al otro lado. El mundo de los sueños no es lo que parece. Pronto sucumbirá ante la oscuridad. Ten esperanza en el renacimiento.
¿Debía tener esperanza? Di la vuelta a la hoja y el reverso me sobrecogió más todavía. El paspartú estaba hecho con la repetición de la palabra distopía, y en el centro el siguiente texto de imitación bíblica:
Negarás al doctor Nevers tres veces.
Apagué la luz del móvil y me mantuve en el suelo sin moverme. Tenía miedo y respiraba en silencio en la oscuridad. El hecho de saber, por fin, que mi estado cautivo no era casual, me erizó la piel y un escalofrío recorrió varias veces mi cuerpo de arriba abajo, imitando el baile de formas cromáticas que emplean las sepias para comunicarse las unas con las otras. Y dentro de esta oscuridad me sentí realmente como una sepia que flotaba dentro de un éter precientífico. Me imaginaba adquiriendo velocidades increíbles mientras hacía tirabuzones imposibles. Los colores de mi piel cambiaban siguiendo este frenético ritmo y, entre una espiral y la siguiente, me di cuenta de que mi vida estaba a punto de dar un vuelco importantísimo. Este pensamiento me inmovilizaba en el suelo húmedo de aquel minúsculo cubículo. Una gota de agua venida del techo de luciérnagas que aún veía mi imaginación, me devolvió a la oscuridad más absoluta en un instante. Dejé de sentirme como una sepia movediza para notar que me convertía en una viscosa lombriz, pesada y recubierta de mucosidades. No me podía mover. No deseaba moverme. Admito mi incapacidad para reaccionar ante los hechos que se me presentaban, pero me mantenía inmóvil tumbado en el suelo húmedo del cubículo. Poco a poco percibí como las mucosidades de gusano que me cubrían se iban secando, a la vez que se me desprendía la piel escamosa formando una cáscara de reminiscencias kafkianas. La inmovilidad se convirtió en inquietud, y la inquietud en desesperación. En un santiamén corría frenético por aquel cuartito minúsculo intentando encontrar una salida de la manera más poco diestra que uno se puede imaginar. Después de todo no era más que un insecto encerrado y desesperado. No sé cómo conseguí abrir la portezuela del techo y aún menos sabría explicar cómo pude agarrar con una pata de insecto la linterna que había adherida a la trampilla. La carrera por el túnel me liberó de la inquietud claustrofóbica porque olía la frescura inequívoca del aire libre. Corría a cinco patas como nunca había corrido antes, con la sexta sujetaba la linterna y con las antenas echadas hacia delante detectaba densas raíces húmedas que me dificultaban el paso, pero con las garras y los colmillos las desmenuzaba enseguida y continuaba con el correteo de escarabajo.
En poco tiempo llegué al final del pasillo y allí me detuve porque unos barrotes me impedían salir al exterior. Durante unos minutos fui golpeándolos siguiendo el instinto de la huida. El fracaso remitió al cansancio y éste al regreso pausado de mi racionalidad homínida.
El exterior era de una luminosidad dolorosa y me di cuenta que me encontraba al atardecer de un día que me había pasado entero inmerso en la oscuridad más absoluta. Lamía los barrotes de hierro como un chimpancé enjaulado, los iba lamiendo mientras veía que la libertad estaba tan cerca, pero a la vez me era inalcanzable. Sólo necesitaba comerme aquellos barrotes oxidados y sería libre. Qué sensación más agradable la del hierro deslizándose entre mis labios y lengua, mientras disfrutaba del aire fresco que me llenaba los pulmones de nueva libertad. Allá abajo veía la ciudad de Barcelona y su ruido, más allá apenas distinguía el mar, a mi lado, sin embargo, se recortaban las siluetas inequívocas del Parque de Atracciones del Tibidabo. Estaba abierto y lleno de niños disfrutando la jornada.
Un niño despistado llegó hasta donde me encontraba y se me quedó mirando. Llevaba un helado en la mano que le chorreaba. Enseguida, entre el muchacho y yo, se fue formando un pequeño charco mezcla de babas de chimpancé y de helado deshecho de fresa. Se oyó un chillido seguido de llantos cuando el helado se deslizó definitivamente al suelo. Enseguida echó a correr. Una llave abrió un cerrojo que yo también había lamido unos minutos antes con deleite de chimpancé. La llave era de un hombre barbudo y mal vestido que se lamentó al tocarlo. Como es natural le daban asco las babas de chimpancé. Un segundo hombre barbudo vigilaba que no se volviera a acercar otro cliente del parque de atracciones. Apenas liberado percibí que me empujaban dentro del bosque. Entramos en una pequeña cueva, caminamos unos pasos hasta una puerta de rejas como la que acababa de lamer y, alternativamente, los dos hombres barbudos recitaron unas estrofas que me eran muy conocidas:
Oh Cúpula creadora de la fuerza que nos reina. Oh distópicos que controláis el caos de la vida. ¿Qué haría la vida sin el caos de la Cúpula? Osados quisieron descifrar la clave del silencio
Sin que me lo pidieran yo añadí:
¿Qué futuro nos espera a nosotros distópicos?
Ambos barbudos me miraron con curiosidad, pero serios. Justo en ese instante un zumbido eléctrico abría la puerta. Los dos barbudos me empujaron hacia adentro y me encontré otra vez en un pasillo oscuro y húmedo. No me importaba donde me llevaran y reía con una especie de sonidos guturales diminutos y ridículos. Los barbudos, inmutables, avanzaban serios por el pasillo. En medio de los dos, yo andaba con la pesantez psicológica de los encadenados.
# 18.
El Ser se detuvo ante una gran cueva, resopló y me dejó tirado en el suelo. Yo tenía los ojos irritados y, si hubiera podido, me los hubiera arrancado con las uñas debido al intenso picor. Todavía atado y perplejo por la situación en que me encontraba, gemía insistentemente para reclamar la atención de mi secuestrador porque necesitaba que se fijara en el estado de mis ojos. Ahora me sorprende este pensamiento ya que, de alguna manera, le conferí un carácter protector. Después de todo me había liberado del agujero en el que me vi atrapado, y también era cierto que me limpiaba los ojos de vez en cuando. Mi actitud era la misma de los niños frente a la madre, o la misma que un enfermo desvalido ante su médico. He de admitir que también anhelaba fijarme en su aspecto, ya que la extrañeza de sus acciones me tenía bastante desconcertado. Me encontraba tumbado en el suelo, aunque inmóvil por estar atado a una especie de camilla hecha de troncos. El Sol de mediodía me deslumbraba, pero las costras de los ojos me impedían mover los párpados. La luz se colaba entre estas telarañas de ojo enfermo, a la vez que una huidiza imagen de aquel ser me detuvo la respiración durante unos segundos.
Sentía escalofríos de condenado a muerte mientras unos enormes ojos grisáceos me miraban. Eran unos ojos como dos lunas llenas en las noches del trópico, sin pelos en los párpados, claros, sin tampoco cejas que los protegieran, unos ojos enormes rodeados por una piel extrañamente blanquecina. Minúsculos capilares recorrían caóticos el lóbulo ocular, mantenía, sin embargo, la pupila completamente estática mientras miraba con interés el estado de mis ojos.
Aquellas pupilas me helaban el pensamiento. Eran unas pupilas que por sí solas me mostraban la imagen de un océano rodeado de tormentas e icebergs, veía en cada una de ellas las ráfagas de nieve propias de las tormentas del Ártico, y veía también las nubes que se agitaban caóticas por una ventisca de nieve. Aquellas pupilas significaban la visión de los océanos helados, ambas a la vez, océanos helados en medio de una tormenta de nieve, cuál el Ártico y cuál el Antártico, daba igual, cualquiera de las dos visiones resultaba sobrecogedora. La forma de los ojos era desconcertante, tenían una inequívoca forma felina y su belleza me remitía a imágenes mitológicas. Veía también en su mirada el hieratismo clásico de las estatuas de las jóvenes griegas, y veía la misma expresión que cualquier estatua de Palas Atenea. Era eso mismo, veía una estatua de mármol que me miraba a los ojos y no me lo podía creer. Toda ella me remitía a la visión fantástica de una estatua que había adquirido vida propia. Y este pensamiento me hizo creer que había perdido la vida en el agujero y el Ser me conducía a un nuevo mundo. A pesar de todo dejé que los acontecimientos vinieran sin reclamarlos, no podía hacer nada más después de todo, y no me quedaba otra opción que aceptar los remedios curativos que se me ofrecían.
Yo seguía tumbado en el suelo y percibía al Ser cerca de mí haciendo unos ruidos extraños con la boca, como si mascara con avidez algo suculento.
Moví levemente la cabeza para ver si veía qué estaba haciendo, y me pareció verlo masticando raíces que sujetaba en la palma de la mano y, a medida que sus muelas las desmenuzaban, se iba llenando más la boca. Cuando creyó que eran suficientes las escupió encima de dos hojas y, sin esperarlo, las enganchó a mis ojos. Protesté, pero el alivio inmediato del picor me llevó hacia un estado de resignación e indiferencia. Me dejó durante unos minutos solo. El Ser entró en la cueva y yo, desde el exterior, y aún atado, oía el chapoteo de sus pasos a medida que se iba adentrando en la cavidad natural. Poco después sentí el aleteo de un pequeño grupo de murciélagos que huían de la cueva despavoridos. Con el chapoteo del Ser al entrar en la cueva deduje que estaba medio inundada, seguramente por la misma tormenta que me cayó encima cuando estaba en el agujero. Si todavía había agua en el suelo quería decir que mi inconsciencia tuvo una duración de horas, tal vez menos de las que yo suponía, y seguro que todavía me encontraba en la isla de los portugueses. No estaba nervioso por el hecho de haberme quedado solo en el estado en que me encontraba, es decir, atado y cegado, curiosamente tenía la seguridad de que mis heridas estaban bien atendidas. Pero una inquietud me invadió de repente. Me imaginé dentro de la cueva secuestrado por aquella estatua viviente, cuyas intenciones me eran totalmente desconocidas, y este hecho era una invitación para caer rápidamente dentro del pozo del pánico. Quise controlar mis instintos animales y con un sobreesfuerzo de racionalidad intenté llenar mi mente de pensamientos positivos.
Sin darme tiempo a más elucubraciones el Ser regresó. Sentía como se movía lentamente cerca de donde me encontraba. Se acercó. Emitió unos sonidos guturales que percibí como dulcísimos y me levantó las hojas de los ojos con mucho cuidado. Después de haberme inspeccionado a conciencia los olió con detenimiento. Se acercó a pocos centímetros de mi cara e hizo una leve inspiración casi inapreciable, como si quisiera percibir un cambio importante en el olor que habían desprendido las hojas. La nariz de la estatua era ancha y blanca, aplastada pero atractiva en sus formas. Me recordó las narices de los bosquimanos, pero la extrema blancura me hacía pensar que más bien estaba ante un ser sobrenatural. A pesar de todo tenía la necesidad de racionalizar mi situación, pero el pésimo estado de mis ojos me impedía tener una imagen clara de mi secuestrador, sólo podía ver detalles de su cara cuando se me acercaba para inspeccionar los ojos. A continuación, me los volvió a tapar con las hojas y entró en la cueva. Sólo recuerdo oscuridad y el ruido de la litera a rastras por el suelo. A ratos el ruido ensordecedor de miles de murciélagos acompañaba nuestro paso, hasta que llegamos a una cavidad tenuemente iluminada gracias a un agujero en el techo que daba al exterior. Allí dentro los sonidos de los murciélagos se confundían con los sonidos de los demás animales de la selva, creando una caja de resonancia de manera que, la cámara, se convertía en un lugar ensordecedor. Supuse que debería ser su hogar o, al menos, un lugar donde debía pasar sus horas de descanso. No sé cuánto tiempo me quedé con las hojas en los ojos. La debilidad me vencía y perdía la conciencia durante ratos indeterminados. Lo que sí que puedo asegurar es que sus remedios pronto hicieron su efecto, y durante el mismo día recuperé la visión por completo. El Ser me había limpiado las encostraduras de los párpados apenas haberme sacado las hojas de encima y, después de unos minutos de visión turbia, aprecié como la cueva se me presentaba de forma nítida y, con ella, la visión del Ser plantado justo delante de mí.
Recuerdo un silencio espectral mientras mi mente se daba cuenta de la realidad, un silencio que compartía con el resto de animales de la selva, era como si de repente toda la isla se hubiera dado cuenta de quién era mi secuestrador o, al menos, mi mente se había quedado fijada en la nueva revelación y era incapaz de percibir otra cosa. Nunca había visto a alguien igual. Porque de lo que no había ninguna duda una vez había recuperado la visión, era la humanidad del Ser.
¡El Ser era una mujer!
Una mujer joven y de extrema blancura. No había ninguna duda, era una joven pigmea albina. Y dentro de la extrañeza que me causó este pensamiento percibí una intensa atracción física hacia ella.
El Ser, en un instante, se había convertido en Ella en mi mente. Nunca había visto a nadie igual, ni siquiera había imaginado que podían existir personas así. La negrura de piel no era un término absoluto, y una fuga de la uniformidad se me presentaba ante mis ojos. Una fuga que percibía como el acto más sublime de la historia de la humanidad. Y, en medio de mi asombro, Ella, me desató.
19.
El fin del largo pasillo, después de mucho rato caminando, fue una escalera de piedra, similar a las que existen en las torres de la Sagrada Familia de Barcelona. Una interminable escalera de caracol fría y húmeda en el interior de la montaña del Tibidabo. La caminata me sirvió para ir clarificando la mente y hacer el esfuerzo del retorno al mundo racional.
Los dos secuestradores subían los peldaños impasibles, como si lo hicieran todos los días y no les costara el mínimo esfuerzo. Evidentemente no era mi caso que les seguía los pasos resoplando y sin saber cuánto tiempo más estaría subiendo escaleras o caminando por pasillos húmedos. En ocasiones pensaba en huir en un momento de descuido de los barbudos, pero pronto abandonaba la idea a medida que me daba cuenta que el pasillo era en realidad un laberinto.
Pero la oportunidad se me presentó sin esperarlo. Fue en un instante cuando nos detuvimos bajo una tapa de alcantarilla, seguramente a más de diez metros de altura sobre nuestras cabezas. Se apreciaba un leve haz de luz que se colaba por el agujero de la llave e iluminaba tenuemente una escalera vertical oxidada. Uno de ellos se sacó del bolsillo un móvil voluminoso, subió por la escalera y, a medio camino, cuando le pareció que había encontrado la cobertura que buscaba, se detuvo, se agarró a un peldaño y, con la mano libre, manipuló el móvil. El otro barbudo lo miraba fijamente a mi lado, pero la atención que mostraba era tan grande que, por unos instantes, me pareció que se había olvidado de mi existencia. El barbudo de la escalera maldecía porque perdía la cobertura del móvil y le era imposible establecer la llamada o enviar un mensaje, fuera lo que fuera lo que hacía allá arriba, medio colgado como un mono. Su compañero, a mi lado, le iba dando indicaciones de cómo tenía que poner el móvil o de si debía subir un poco más arriba. Fue entonces cuando pensé en huir. Un pequeño paso atrás me sirvió para comprobar el grado de atención del barbudo hacia mí. Otro paso atrás me sirvió para darme cuenta de que se habían olvidado de mi existencia con sus problemas de cobertura. Empecé a correr en dirección contraria, sin importarme donde iba, sólo para escaparme de los barbudos. Si lo conseguía ya encontraría la salida más tarde o más temprano. Corría lo más rápido que me permitía la oscuridad y la escasa luz de mi móvil que me servía para abrirme camino. Detrás de mí oía el eco de los gritos de los barbudos al darse cuenta de mi fuga.
***
–Ja, ja, ja. Perdona Fabio, ja, ja. Pero es que no podrías caer más de lleno en los tópicos más gastados del género. Va, hombre, ¿a quién quieres colar esta historia? A mí seguro que no.
– ¿Eso es lo que piensas, Eric? Sé lo que pasó en realidad y eso es lo que cuenta para mí después de todo. Además, ¡tú que sabrás!
–Mira Fabio, esta historia está muy bien, eso no te lo voy a negar, distrae y, a veces, resulta interesante. Pero lo que me jode es que me quieras hacer creer que todo es cierto. Venga hombre, reconoce que todo es mentira y tan amigos.
–No. Fue real. Me pasó a mí.
–Ya.
–Tú que sabrás. Eres demasiado joven.
–Si claro, el argumento perfecto para quien no sabe qué más decir.
–Piensa lo que quieras. Yo sé que es cierto.
–De acuerdo.
–De acuerdo, ¿qué?
–Que sigas.
–Te interesa, después de todo, ¿no?
–No lo niego. Pero te hago saber mis dudas r–a–z–o–n–a–b–l–e–s.
–A mí me dan igual tus dudas.
–Como quieras. ¿Seguimos o qué?
–Sigamos…
***
Me encontraba perdido en la oscuridad más absoluta. Palpaba las paredes para avanzar con seguridad. Sólo tenía la ayuda del móvil para alumbrar de manera muy tenue el pasillo. Oía ruido de agua y la humedad convertía el aire en prácticamente irrespirable. A veces topaba con alguna telaraña espesa que me dificultaba el paso. Otras veces era el suelo de barro que, pegado a mis zapatos, me dificultaba muchísimo caminar. Llegué a un punto en que tenía que hacer tanto esfuerzo a cada paso y el aire era tan denso, que caí al suelo jadeando de cansancio.
***
– ¡Eh, eh! Si eso ya lo has explicado. Ahora que me dirás, que vuelves a perder la racionalidad y que te conviertes en una nueva colección de animales. Fabio, creo que te has quedado sin ideas y ya no sabes qué más inventarte.
–No, finalmente me encontraron porque los avisé a gritos.
–Ah, ¿y por qué los avisaste?
–Pues porque llegué a un punto del pasillo en el que las paredes de piedra se habían hundido a causa de un desprendimiento de barro de hacía poco. El suelo de piedra también había desaparecido y me vi atrapado en el lodo. No me podía mover y cada vez me hundía más.
–Je, je, el típico agujero de arenas movedizas.
–Era barro, no arena del desierto. El caso es que me hundía y grité hasta que los barbudos pudieron localizarme.
–Sí, y déjame adivinar, te encontraron justo en el momento en que el barro te llegaba al cuello, y si hubieran tardado unos segundos más te hubieras ahogado.
–No, el barro me llegaba a la cintura.
–Ya, porque te lo he dicho, sino ya hubieras dramatizado la situación con un rescate en el último momento.
–No tengo intención de dramatizar nada, me limito a contarte lo que realmente me pasó.
–Sí, Fabio, sí, pero es difícil que alguien te crea, yo porque te conozco y mira, no voy a negar que la historia distrae, pero cualquiera te puede echar por tierra rápidamente todos tus argumentos y dejarte para ti solito todas las cúpulas, los pasillos oscuros y la madre que los parió a todos.
Además, ¿dónde va a parar todo esto? Todavía no veo los motivos para secuestrarte, ni cuál era realmente la trama peligrosa en que te encontraste inmerso. No lo veo claro, Fabio.
–Quizá tengas razón, pero si te lo explico así es para que lo entiendas mejor, para que sepas los orígenes de todo ello con la historia de la isla y como ésta me llegó a afectar. Para entender los motivos de los actos de las personas hay que saber los precedentes.
–Sí, eso ya me lo has dicho. Va, ¿otra cerveza?
–Sí, gracias.
***
Nada más ser rescatado del barro iniciamos de nuevo la caminata por el interior de la montaña del Tibidabo, con el agravio que, mojado y embarrado, avanzar me resultaba aún más pesado que antes. Por suerte llegamos en pocos minutos al final de uno de los pasillos y nos encontramos parados ante una puerta de hierro. Uno de los barbudos la abrió con una gran llave que llevaba encima. Al abrir la puerta el desánimo: más escaleras hacia arriba. Más allá apareció otra puerta cerrada y, después, un pasillo que hacía media circunferencia. De nuevo otra puerta y, por fin, llegamos a lo que parecía una habitación llena de trastos centenarios. Los barbudos me obligaron a sentarme en una silla de madera. Desconcertado, cabizbajo y abatido me iba sacando el barro de las piernas con las manos, acción que repetía mecánicamente con la desidia propia de un secuestrado que no controla sus actos. Alcé la cabeza de manera instintiva. De la oscuridad apareció la imagen que me hizo tambalear la cabeza. De la oscuridad una voz conocida que pronunciaba mi nombre. Era el doctor Nevers.
20.
La imagen del doctor Darío Nevers se adentraba en mi mente como cayendo en un inmenso abismo sin fin. Uno, dos segundos necesité para comprender. Este pequeño lapso temporal se dilató hasta el infinito. Microsegundos de incomprensión que parecían eternidades. Minúsculos movimientos de párpados que percibía como interminables. Mi mente se detuvo, se negaba a comprender la realidad y había abandonado la noción temporal. Se había paralizado mi pensamiento y, a continuación, mi cuerpo respondía tensionando la totalidad de mis músculos.
Una mirada fija reclamando comprensión, o al menos, una pregunta. Otra mirada fija exigiendo una respuesta. Por suerte, la eternidad, como idea, se acaba desvaneciendo ante el peso de la realidad. Pasados estos dos segundos de parálisis las figuras recobramos el movimiento. De repente, la situación, que primero me negaba a aceptar, pasado este lapso de parálisis, la percibía con naturalidad, así de eficaz es nuestra mente cuando interesa. Nos avalan millones de años de evolución, una huida a tiempo equivale a la vida, un segundo más de parálisis significa la muerte ante un depredador. No nos abandonará nunca nuestra naturaleza animal por mucho que pese a algunas mentalidades cerradas.
–Fabio. Me alegro de verte. – Dijo el doctor Nevers dando un paso adelante a la vez que extendía los brazos en señal de acogida y bienvenida.
–Todos creíamos que estaba muerto – Fue mi respuesta temblorosa, aunque no me creía la realidad.
–Lo siento Fabio, no tenía otra opción. Reconozco que mi comportamiento ha sido deplorable, pero déjame darte una explicación. Creo que te la mereces. Has sufrido más de lo que yo hubiera deseado.
El doctor Nevers se acercó hasta donde me encontraba y apoyó la mano en mi hombro en señal de protección. Di un paso atrás. Mi adhesión no sería tan fácil. Un torrente de preguntas invadió de golpe mi mente. Sabía que las respuestas no serían fáciles. Todo era tan extraño y confuso que era incapaz de comprender. El doctor Nevers captó mis dudas y mi rechazo. Intentó calmarme.
–Fabio, deja que te cuente. Sé que ahora mismo debes estar muy confundido. Créeme que lo entiendo. Confía en mí.
Pero no podía confiar en él. ¿Por qué debía hacerlo si nuestro encuentro había sido fruto de un secuestro?
–Doctor Nevers, no sé cuáles han sido sus motivaciones para simular una muerte, ni sé cuál es mi papel en todo este asunto tan turbio. Quizás lo primero que reclamo, antes incluso de comprender los motivos de su estancia en este lugar siniestro, es saber si he sido secuestrado o cuál es el motivo por el que estos dos barbudos se me han llevado a la fuerza.
– ¿Barbudos? –El doctor Nevers rio con ganas– Iván y Teo son activistas de nuestro movimiento ecológico. No te han secuestrado. Qué tontería. Te han liberado, Fabio.
–Perdone. Quizás soy joven y estoy confundido. Pero no soy imbécil. – repliqué al doctor Nevers, mostrando así mi disconformidad por la situación en que me encontraba.
El doctor Nevers adquirió un aspecto serio de repente. Se rascó la barbilla y bajó la vista como si se pensara lo próximo que me iba a decir. Levantó la cabeza y, decidido, dijo:
–Fabio, ahora escúchame bien. No te hemos secuestrado. Tu vida corre peligro y, un momento antes de que me repliques, es por mi culpa. Nunca hubiera querido que unas circunstancias con las que tú no tienes nada que ver te hubieran salpicado de esta manera. Debes saber que, ahora mismo, soy un fugitivo de la ley.
– ¿Cómo? – Pregunté asombrado.
–Lo que oyes Fabio, tarde o temprano iré a la cárcel, pero antes quiero ver cumplido un sueño por el que he estado luchando durante muchos años.
El doctor Nevers se dio la vuelta, se apoyó en la silla de madera donde me había sentado momentos antes y bajó la cabeza. Yo no sabía qué decirle ni sabía de qué me estaba hablando. ¿Qué significaba entonces todo este montaje en el que me veía inmerso?
–No la entiendo doctor Nevers. – le respondí después de quedarnos unos segundos en silencio.
De espaldas, pero en esa ocasión mirando hacia arriba, el doctor Nevers inició su explicación.
El ejercicio de mi profesión me ha permitido ver que en estos casos más vale la brusquedad en dar la información que intentar apaciguar el golpe psicológico.
–Yo pensaría lo contrario, pero no le voy a discutir el argumento.
–Tengo un sueño, Fabio. Una utopía.
– ¿Cómo el vagabundo?
El doctor Nevers sonrió.
–Sí, como el vagabundo. Iré al grano. No quiero ser un héroe, pero quiero liberar al mundo de la maldad que lo impregna. He trabajado toda la vida para conseguir esta utopía, pero me enfrento a fuerzas muy poderosas y vigilantes. Mi sueño parece estar al descubierto y ahora sólo me puedo esconder.
De pronto el doctor Nevers se volvió y se me dirigió con determinación.
–Te necesito Fabio, eres mi última esperanza. Tienes que socorrerme.
–Le ha quedado muy bien el discurso, pero es como si no me hubiera dicho nada. – repliqué con desidia.
–Sí, tienes razón Fabio, déjame que vuelva a intentarlo. Mi utopía nace de una frustración vital que sufro a diario desde joven. Y esta es la de ver cómo el progreso daña inexorablemente nuestro entorno. Mi sueño es una utopía ecológica. Mi sueño consiste en desmontar el sistema económico en el que estamos inmersos, o mejor dicho, el sistema que nos tiene secuestrados, prisioneros dentro de sus sutiles cadenas.
Ahora el doctor Nevers iba caminando por la habitación a la vez que gesticulaba con los brazos, y tan pronto miraba al suelo como a continuación me miraba a los ojos directamente. Yo me mantenía inflexible, sin tomar posición hacia sus ideas. Parecía que de momento él tampoco esperaba una respuesta por mi parte y seguía hablando como si siguiera un guion bien aprendido.
–Pero soy realista y respeto al máximo las decisiones populares. Si mis ideas fueran minoritarias seguro que las acabaría abandonando. Pero no, la utopía ecológica seguro que impregna los deseos de la mayoría de todos nosotros. No se trata de desmontarlo todo para irnos otra vez a vivir a las montañas. No es eso. Simplemente lo que se reclama es el cumplimiento de los requisitos mínimos para mantener una vida digna y sostenible. Reclamo el humanismo frente la economía. Reclamo la vida frente a la barbarie. ¿Cuántas guerras se han creado siguiendo intereses económicos? ¿Todas? Pudiera ser que todas. Los ideales políticos sólo son una excusa, lo que cuenta es el poder tangible, la riqueza. Y para conseguirla todo vale. Cada año los beneficios de las empresas deben superar el año anterior, como si viviéramos en un mundo inalterable de recursos infinitos. Qué risa y qué locura. Algo me ha quedado claro con los años, los cambios nunca se producen porque sí. Hay que provocarlos. La naturaleza humana es conservadora por naturaleza, es uno de los instintos primarios de nuestro cerebro. Los cambios siempre son incomodidades en la vida cotidiana. El inmovilismo es la solución si el estómago cada día está lleno. Pero yo veo más allá de hoy, más allá de lo que uno puede mirar habitualmente. A mí me preocupa la sociedad de tus nietos Fabio, o incluso la sociedad de los nietos de tus nietos. No quiero que hereden la maldad de nuestros días.
–Creo que peca de ingenuidad. La maldad si tiene raíces genéticas siempre se manifestará de una manera u otra, sea el siglo X o el siglo XXXII.
–Por suerte la cultura nos socorre.
–Por suerte…
–Fabio, antes de abandonar este mundo quiero hacer un favor a las próximas generaciones.
– ¿De qué está hablando?
–Es muy sencillo. No quiero que hereden el origen del mal que padecemos en estos años convulsos. Quiero eliminar para siempre el origen de todos los males de nuestra época, tanto los sociales como los ecológicos. Quiero hacer desaparecer la dependencia del petróleo de nuestra sociedad.
– ¿Cómo? ¿Qué quiere hacer qué?
–Quiero obligar a que gobiernos y grandes empresas a que abandonen la explotación del petróleo.
–Me parece perfecto, pero…
El doctor Nevers se me acercó sonriendo. Yo no sabía qué decirle. Me había dejado completamente sorprendido con lo que me proponía.
–No creas que planee una fractura social y económica sin más.
–No, no, la verdad es que no había pensado en nada. Pero, disculpe que sea tan directo. Doctor Nevers, ¿ha enloquecido?
El doctor Nevers sonrió al oír mi pregunta.
–No Fabio, me avalan muchos años de estudios e investigaciones. Mi ideal es ya una realidad.
– ¿Qué quiere decir?
–Pues que en pocos años los cambios empezarán a hacerse patentes. Quizás me encuentre en prisión o ya esté muerto, pero al menos moriré con la satisfacción de devolver un poco de humanismo a nuestra sociedad tan castigada en este aspecto.
–Pero, ¿qué ha hecho? – Le pregunté sorprendido. El doctor Nevers sonrió.
–Teo te lo explicará mejor. Gracias a él hemos podido desarrollar el proyecto Artemis. Fabio, Iván y Teo son biotecnólogos afines a mi causa. Hay muchos más científicos que nos apoyan en secreto, espero que tú mismo seas uno de nosotros. Quizás todavía estás confundido, pero después de lo que te explicaremos a partir de ahora seguro que te unes a nosotros, hasta ahora no hemos recibido casi ningún rechazo, si bien es cierto que elegimos bien a las personas antes de llegar a este punto. Fabio, ahora estate atento. Teo, por favor, cuéntale a Fabio los principios básicos del proyecto Artemis.
Teo era el barbudo que no hacía mucho estaba colgado como un mono en la escalera de la alcantarilla. Le miraba con curiosidad, mi mente primaria todavía le identificaba como un secuestrador, como un peligro. Mi mente racional lo empezaba a mirar con otros ojos. De repente los barbudos, en un principio delincuentes secuestradores, tenían nombre y profesión y, por si fuera poco, querían solucionar los problemas del mundo trabajando clandestinamente como activistas ecológicos. Un terremoto sacudió mi mente. El estruendo de lo que se me contaba era tan grande que era incapaz de formarme una idea crítica de todo lo que me sucedía. Escuché en silencio lo que Teo explicaba.
–Bienvenido Fabio. Ante todo, pedirte disculpas por todo lo que pasaste, no había tiempo para explicaciones, espero que lo entiendas. Como decía el doctor Nevers el proyecto Artemis ya está en marcha. Hace unos meses Iván y yo nos incorporamos como trabajadores eventuales dentro de una refinería de petróleo. Allí liberamos la bacteria AMZ–24 creada especialmente para nuestra causa. AMZ–24 es una bacteria modificada genéticamente para que impida la descomposición de las cadenas moleculares del petróleo en componentes más ligeros. ¿No sé si me sigues?
–No. – Contesté brevemente aún con desconfianza.
–Es lo que se denomina cracking de la nafta y es el principio elemental a partir del cual las refinerías descomponen el crudo para posteriormente convertirlo en sus derivados: gasolinas, plásticos, etc…
–Hasta aquí te sigo.
–Pues el AMZ–24 se reproduce dentro de la nafta que toma como alimento, se trata de una cepa bacteriana modificada genéticamente para que pueda vivir en condiciones desfavorables, es decir, las bacterias son capaces de vivir en medios con poco oxígeno, o casi sin el nitrógeno o fósforo necesarios para su metabolismo. Ya hace tiempo que se utilizan bacterias similares para degradar manchas de petróleo derramadas en el mar o para la limpieza de depósitos. Por tanto, sólo liberando un pequeño frasco de AMZ–24 dentro de la cadena de producción en poco tiempo toda la refinería queda impregnada, y, por extensión, la totalidad de tuberías que abastecen a la industria química adyacente. Y, lo mejor de este proyecto es que también afectará a los petroleros que transportan el crudo por todo el mundo. Se trata de un sistema tan «promiscuo» que con los años se extenderá desde las refinerías hasta los pozos petroleros de todo el mundo obligando a toda la industria del sector en una «castidad» productiva. Una vez toda la industria actual esté afectada las empresas petroleras se verán obligadas a hacer todo el proceso industrial en el mismo lugar donde se localiza el pozo petrolero, eliminando casi por completo su rentabilidad, y, ni con ello, podrán asegurar a la larga la preservación de la bacteria AMZ–24.
–Sorprendente.
–La reproducción de la bacteria es, sin embargo, lenta, siguiendo las instrucciones del doctor Nevers.
En este punto el doctor Nevers intervino.
–Es Cierto Fabio. No quiero crear un cataclismo económico. Quiero simplemente que poco a poco se vayan abandonando las energías sucias para fomentar otras formas de energía más limpias, hoy por hoy muy minoritarias.
– ¿Se refiere a los biocombustibles? –apunté.
–Sí, entre otros. –me respondió el doctor Nevers con una mirada incisiva – Fabio, con el proyecto Artemis lo que se pretende es conseguir que los procesos de refinamiento del petróleo sean cada vez más ineficientes, hasta llegar el momento en que sea más caro extraer el petróleo y refinarlo que emplear energías más limpias. Las grandes empresas se verán forzadas a fomentar las fuentes de energías ecológicas, ahora menospreciadas, y a reinvertir su capital si no quieren desaparecer.
–A ver si lo entiendo. El petróleo es sucio pero barato. Si deja de ser barato entonces se abandonará su explotación para fomentar otras formas de energía más limpias.
–Exacto –dijo Teo– Pero todavía existe el riesgo de involución, de vuelta atrás.
–No te entiendo.
–Pues que las grandes compañías petroleras deriven su producción a fuentes de energía igual o más contaminantes, me refiero al carbón, por ejemplo, creando un desastre ecológico si se empiezan a explotar zonas vírgenes de Alaska, Canadá, Siberia o, incluso, la Antártida. Tenemos prevista esta eventualidad con bacterias que ataquen el carbón. Pero de momento estamos empezando a pensar este proyecto, ya se verá en el futuro qué camino se sigue.
–Ya entiendo. ¿Pero no habéis pensado que se puede crear un agente que neutralice los efectos de su bacteria?
–Sí, y estamos preparados. Entonces introducimos el AMZ–25. No pueden hacer nada. Tendrán que esperar años para neutralizarlo de nuevo. Recuerda que los llevamos muchos años de ventaja en investigaciones, veintitrés bacterias han sido descartadas previamente antes de dar por bueno el vigésimo cuarto. Tenemos cinco más esperando su momento.
–Muy bien, pero, ¿y si los efectos no son los esperados y se produce un descalabro económico que avoque a todo el mundo en una época de guerras y crisis?
–Por eso nuestra moderación a la hora de actuar. Cada paso está plenamente calculado. Analizamos los efectos y calculamos los tiempos idóneos para cada actuación. Con la ayuda de excelentes matemáticos hemos creado simulaciones de cálculo fractálico para saber en todo momento el alcance de cada acción. Esta es una tarea larga y dificultosa que implicará a varias generaciones, y las acciones a emprender pueden estar espaciadas en periodos de años según nos marque nuestro simulador. Pero esto son otros temas que ya te explicaremos más adelante. No es cuestión de colapsarte haciendo que asimiles de golpe la totalidad de cuestiones técnicas que hemos desarrollado.
El doctor Nevers se me acercó y, con un tono marcadamente paternalista, apuntó que ya era tarde y me aconsejó que descansara. Acepté la propuesta. Para asimilar los acontecimientos necesitaba tener la mente descansada y, tras las emociones del día, mi estado era lamentable. Los barbudos me acompañaron a una habitación donde podría descansar.
Después de haberme pasado el día encerrado en cubículos lúgubres y pasillos tenebrosos la encontraba bastante acogedora, a pesar de seguir la distribución estándar de habitación de hotel: cama, escritorio y baño, este último ideal de primer momento para sacarme el barro que aún rebozaba mi cuerpo. Con sorpresa también descubrí en ella ropa limpia de mi talla. Me preguntaron si me parecía bien y bromearon de si todavía intentaría escaparme. Les tranquilicé sin haber entendido la broma. La verdad es que no tenía ninguna intención de huir a ninguna parte. Aunque todavía desconfiaba, era como si de repente los nubarrones que cubrían mi mente se hubieran empezado a disipar. Aunque todavía me quedaban muchas preguntas sin respuesta.
21.
La noche es el reino de la imaginación, mientras que el amanecer es el reino de la disconformidad. Me levanté aturdido y sin saber dónde estaba. Justo antes de despertar había tenido una pesadilla a pesar de haber pasado el resto de la noche relativamente confortable. La pesadilla consistía en una mujer que intentaba dar el pecho a su bebé. De repente, y cansada de los llantos del niño, lo cogía por las piernas hacia abajo y me miraba fijamente.
– ¿Qué debo hacer, Fabio? – Me preguntaba desesperada. Entonces yo huía corriendo y acobardado, mientras detrás de mí oía el llanto estremecedor del niño y los gritos de la madre.
– ¡Fabio! ¡Fabio!
Desperté en medio de la confusión. Me agobiaba el sueño y mi reacción. Pero lo que más me inquietaba era la imagen de la mujer que aún conservaba nítida en mi mente. Era Emma. Una Emma con más años de los que tenía entonces. El corazón me latía con rapidez y tuve una extraña sensación de ahogo. Enseguida me di cuenta de que me encontraba en el escondite del doctor Nevers y recordé la conversación de la noche anterior. Todavía me costaba asimilar los acontecimientos y estaba hambriento. Iba observando detenidamente la habitación mientras pensaba lo que tenía que hacer. El silencio me invadía. Un silencio inmenso que me inquietaba. Fui hacia la puerta y la abrí. En el pasillo una lámpara del techo parpadeaba y había puertas a ambos lados cerradas. El silencio era absoluto, ni una voz, ni un pequeño ruido muestra de actividad humana. Me empecé a angustiar y quise acelerar el paso. Enseguida llegué a la habitación llena de trastos donde había mantenido la conversación con el doctor Nevers y los barbudos. Estaba exactamente igual como lo habíamos dejado la noche anterior, la silla en la que me hicieron sentar aún permanecía en medio de la habitación sin que nadie la hubiera devuelto a su sitio. Silencio. Desazón. ¿Dónde estaba todo el mundo? ¿Qué debía hacer? ¿Dónde estaba la salida? Volví a sentarme en la misma silla de la noche pasada e intenté forzar mi mente a hacer un ejercicio de sentido común. Los precedentes aún quedaban oscuros a mi comprensión y necesitaba emprender un análisis cuidadoso: el vagabundo y su inesperada muerte, el doctor Nevers y su misteriosa desaparición y posterior reaparición, mi supuesto secuestro y, sobre todo, el papel de Emma en toda esta historia. Después de todo era ella la que me involucró en este asunto haciéndome leer el librito del vagabundo. Entonces, ¿cuál era su papel en esta trama? Algo estaba claro, ni el doctor Nevers ni los barbudos la nombraron en ningún momento, y siempre aprecié una animadversión notoria entre Emma y el doctor Nevers. Este hecho me hacía descartar su implicación dentro del movimiento ecológico.
Entonces, ¿qué pretendía haciéndome leer los escritos del vagabundo a escondidas del doctor Nevers? ¿Sospechaba sus actividades clandestinas y me usó de cebo? Y, si así era, ¿cómo es que no me vino a rescatar del sótano? Si era cierto que el doctor Nevers me había secuestrado para liberarme, ¿cuál era mi peligro? ¿Emma quizás? ¡Emma! Sí. Ella me utilizaba para desenmascarar al doctor Nevers. Emma podría ser la denunciante de sus actividades secretas y, por ello, el doctor Nevers se vio obligado a desaparecer. Emma había traicionado al doctor Nevers. Emma me había utilizado en su contra y en contra de su utopía. ¡Emma era una distópica! Era ella la que me mantenía acobardado. Emma delante de mí y yo huyendo, Emma gritando mi nombre con una voz estremecedora.
–Emma, ¡traidora! – La acusaba despiadadamente. Me golpeó en la espalda.
Fuerte. Muy fuerte.
–Estás mal, Fabio, muy mal – Dijo Emma a gritos ante mi sorpresa.
–Emma, Emma – Repetía yo sin creérmelo, ¿qué hacía ella allí abajo dentro de aquel sótano? Me miraba enojada, como si le hubiera hecho la peor de las fechorías del mundo.
–Sí, Fabio, yo misma. Veo que el doctor Nevers ya te ha encontrado, ¿no te dije que volvieras rápidamente a casa? – Me preguntó con expresión de desdén.
Mi sorpresa era mayúscula, no sabía qué decirle ni cómo explicarle el incidente del sótano.
–Emma, ¿qué haces aquí dentro? – Fue lo único que se me ocurrió preguntarle.
–Calla Fabio. Y ahora escúchame bien. – Me dijo a la vez que me sujetó el brazo durante un segundo para captar mi atención hacia sus palabras.
–Yo… –dije susurrando sin convicción.
Me miró fijamente y no tuve otra opción que escucharla.
–Han huido. Son unos cobardes. Unos egoístas, como todos los hombres. – sentenció con movimientos bruscos de las manos.
– ¿Quién? – Le pregunté todavía confundido.
– ¿Quién va a ser? Tu querido doctor sabelotodo y su inseparable pareja de eunucos– sentenció muy enojada ante mi sorpresa.
– ¿Los barbudos?
Emma rio.
– ¿Barbudos? Llámalos como quieras. Un grupo de incompetentes todos ellos.
–Pero… –balbuceé queriendo decir algo al respecto, pero mi mente estaba bloqueada ante la sorpresa de sus palabras.
– ¡Calla! – me espetó bruscamente mientras miraba inquieta a ambos lados de la habitación.
–Callo… – Asentí sin añadir nada más.
–Mira Fabio, seré directa. Te quieren como cabeza de turco. Si no huyes pronto te detendrá la policía aquí dentro y tú solito te cargarás el muerto. Se piensan que ya han hecho suficiente y ahora se retirarán a un exilio dorado. Me dan asco. Son unos cobardes.
Emma se volvió y se apoyó en la silla que aún permanecía en medio de la habitación de trastos.
–No entiendo nada, ¿de qué me quieren acusar?
–De la muerte del vagabundo. – dijo sin mirarme.
– ¿A mí? Si ni siquiera estaba en el hospital cuando esto ocurrió.
–Han denunciado prácticas sectarias en el hospital psiquiátrico. Todo para enmascararse y salir indemnes de cualquier acusación. Necesitan un culpable. Tú Fabio.
– ¿Yo?
–Sí, a la policía ya les irá bien tener un detenido, al menos para apaciguar el ruido mediático. Tú te podrirás en prisión. Ellos disfrutarán del resto de su vida en alguna isla paradisíaca y la policía poco podrá hacer.
–No sé qué decir. Creo que me estoy mareando. Pero, ¿cómo sabes tú todo esto?
–Ay Fabio… Porque también soy de la organización, si no ¿cómo quieres que haya llegado hasta aquí?
– ¿Tú? – Le pregunté sorprendido.
–Sí, pero los muy…– ¿Los muy qué? – contesté un poco molesto por sus palabras poco claras. Entonces me miró con expresión de odio.
– ¡Me han traicionado! ¡No! Se han traicionado a sí mismos por cobardía.
– ¿Por qué lo dices?
–Porque han abandonado el proyecto Hermes. Mi proyecto.
Rebajó el tono de voz al pronunciar esta última frase. Yo seguía inmerso en mi olimpiada de la confusión. Aprovechando el momento le conté todo lo que me había pasado, el cierre en el cuarto del sótano y el sorprendente reencuentro con el doctor Nevers. Ante mi sorpresa me dijo que estaba al corriente, es más, Emma había escondido al doctor Nevers en su casa mientras supuestamente desaparecía en África. Allí planificaron mi adhesión forzosa a su proyecto.
–Créeme, Fabio, yo no pensaba que ellos te traicionarían. Si te pasaba los escritos del vagabundo era para introducirte dentro de nuestro proyecto, lo que ha pasado después ha sido una sorpresa para mí. –se lamentaba de una manera que me pareció bastante sincera.
Le pregunté en qué consistía el proyecto Hermes.
–Es mi preferido –me dijo, cambiándole de repente la expresión– Fabio, se trata de una bacteria capaz de comerse el uranio. Así de sencillo. Saca tú tus conclusiones si ya estás al tanto del proyecto Artemis con el petróleo. Pero ahora basta de palabrería. Debemos marcharnos de aquí. Ya te lo iré contando dentro del coche.
Salimos al exterior en medio de una mañana radiante. La intensidad de la luz me cegaba. Comprobé que habíamos estado en el sótano de una casa aislada cerca de Barcelona. Subimos a su coche y nos alejamos con celeridad con una conducción muy agresiva de Emma. Mientras rechinaban los neumáticos a cada curva me contó sus planes. Estos consistían en liberar la bacteria Hermes dentro de una central nuclear. De manera similar a las bacterias petroleras, la bacteria Hermes se adhería a las barras de uranio que se utilizan como combustible y las degradaba, haciendo imposible su uso al poco tiempo. Se trataba de una bacteria con gran capacidad reproductiva y casi imposible de eliminar. Una vez dentro de la central nuclear ya no habría manera de descontaminarla ya que la bacteria se reproduciría por toda la infinidad de conductos que la caracterizan y, en poco tiempo, se debería concluir la actividad productiva.
A medida que se fueran infectando nucleares las autoridades deberían sustituir esta fuente de energía por otras, ya que construir una central nueva es demasiado costoso. La central nuclear afectada quedaría sellada para siempre.
–Fabio, te tengo que pedir un favor muy grande –me suplicó mientras conducía.
–Te escucho.
–Por favor, abre mi bolso. Encontrarás un estuche de cremallera. Dentro están los pequeños frascos que contienen la bacteria Hermes. Cógelos y tíralos en la central nuclear de la Punta de la Sal.
– ¿Yo? –No me podía creer lo que me pedía.
–Sí, eres mi última esperanza. Puedes entrar como trabajador temporal durante los trabajos de revisión general que se hacen una vez al año. El próximo es dentro de dos meses. Ya me encargo yo de hacerte un currículum falso como técnico de mantenimiento, y quiero que, cuando tengas la oportunidad, liberes la bacteria Hermes en la piscina donde se depositan las barras de uranio.
–Fácil –susurré bromeando.
–Fabio, tómatelo en serio, o…
– ¿O qué? – la miré sorprendido.
–Nada, déjalo. ¿Lo harás?
Durante tres curvas me lo estuve pensando. La miré y, en el silencio que nos invadía, pude ver una lágrima que le caía mejilla abajo. No entendí los motivos, pero sí me di cuenta que era vital para ella. Me lo volvió a preguntar.
– ¿Lo harás, Fabio?
La miré, conducía temblorosa y me iba haciendo rápidas ojeadas a ver cómo reaccionaba.
–Sí. Lo haré. – Le respondí convencido.
Emma sonrió.
* * *
Eric apuró el último sorbo de cerveza con tranquilidad, se secó el labio con una servilleta de papel y, sin mirarme, con la vista clavada en el vaso vacío que aún removía en las manos, se me dirigió en actitud seria.
–Fabio, ¿me estás contando, a mí, que nos tenemos confianza, pero hace poco que nos conocemos, ahora, en medio de un bar lleno de gente, a media mañana, que tus compañeros, médicos, supuestamente con la vida solucionada, tienen la tentación, y no sólo ellos, sino al menos dos biotecnólogos y otra gente que no nombras, de convertirse, así como si nada, en ecoterroristas? ¿Y que tú, con la vida también solucionada, te arriesgaste a colaborar en sus acciones? ¿Y lo dices así? ¿Tan tranquilo?
–Sí. Así estaban las cosas hace diez años. No me lo pensé mucho para aceptar.
–No Fabio, no –iba diciendo Eric sin mirarme y moviendo la cabeza de un lado a otro acompañado de una sonrisa de incredulidad.
–Hace diez años se percibía el mundo de manera muy diferente a la de ahora. Era una imagen más utópica, tal vez más irreal.
–Quizá sí, pero, ¿para qué arriesgarse tanto? – Me miró serio.
–Sólo te puedo decir que no percibía el riesgo. No era consciente de las implicaciones negativas que podía recibir. Quizás ahora no lo hubiera hecho, pero eso no lo puedo decir porque entonces era diez años más joven y percibía mi entorno de una manera muy diferente a la de ahora. Era un inconsciente, sí, eso no lo voy a negar. Pero en una vida vacía dedicada íntegramente a mis estudios me encontré, de repente, con unos acontecimientos que le daban valor. Eric, nunca he vivido tan intensamente como aquellos meses, y sé que nunca lo podré repetir. Es como si a los treinta y cinco ya me hubiera hecho viejo y sólo viviera de los recuerdos. No lo sé. Quizás la gente que ha pasado por guerras cuando eran jóvenes tienen una sensación similar. Y te digo una cosa, después de todo, no me arrepiento de nada.
–Pero, Fabio, algo importante, entonces, ¿llevaste a cabo la misión en la central nuclear?
–Sí.
– ¿Y bien?
–Pues te lo tendré que explicar, si quieres.
–Sí, claro. Pero Fabio, aún no veo claro qué te movía a arriesgarte de esta manera. Sólo se me ocurre una cosa.
– ¿Qué?
–Emma. Bueno, ya sabes, nadie se arriesga así si no es por un motivo importante. –hizo una pausa de unos segundos– ¿estabas colado por ella?
– Me preguntó sin dejar de mirar el vaso vacío de cerveza. Tardé en contestarle.
–Sí.
Eric sonrió.
# 22.
Cuaderno de notas. Balneario Amanhecer da Juventude, 24 de enero de 1928.
Fragmento 1.
Más allá de las miradas quedan las fuerzas misteriosas de la comprensión. Más allá del seguimiento de un camino existe una unión inconsciente pero efectiva. Y, al margen de todo, la idea abstracta de la propia identidad. Me encontraba ante la joven albina, ya desatado, y no sentía miedo. Una sorprendente tranquilidad parecía emanar de la chica. Una calma que absorbía mi mente como el más grande de los descubrimientos de la isla. Me acercó un bol con un líquido espeso, una clara invitación a compartir el alimento. Bebí con calma a pesar del hambre que tenía, un hambre inmensa hasta entonces. Ella me daba tanta tranquilidad que era capaz de controlar los instintos más básicos: el de la comida, el de la autoprotección, el de la agresión hacia el desconocido.
Pero no desarrollé ni una de todas estas respuestas innatas, me quedé tranquilo a su lado mientras compartíamos el cuenco. El líquido era delicioso por propia naturaleza, no por el hambre, ya que durante el tiempo que me quedé con ella siempre comimos del mismo líquido con el mismo bol, y todos, todos los días, percibí aquel alimento gelatinoso como algo delicioso. No sé qué era lo que comí. Nunca le pude preguntar. Nunca pude hablar con la joven albina. Sólo teníamos la fuerza de las miradas como medio de comunicación. ¿Quién era Ella? ¿Qué me retenía a su lado? Ambos permanecíamos la mayor parte del día en la cueva. Nos intuíamos en la penumbra y esto nos era suficiente para sobrevivir. Hogar o santuario, secuestro o paraíso terrenal, sueño clarificante o realidad cegadora, nunca supe cómo nombrar aquel presente, quizá debido a que no me hacía falta, nadie me pedía explicaciones ni a nadie necesitaba comentar mi estado. Era feliz en la cueva. Era feliz al lado de la chica albina. Era feliz hasta que los portugueses localizaron nuestro santuario.
Pero antes quiero dejar constancia de todos los sueños que tuve dentro de la cueva. Dejando claro, sin embargo, que la palabra sueño es una simplificación para hacerme comprensible la realidad. Ahora percibo los recuerdos como sueños, y éstos, me dieron una visión reveladora del sentido de la vida. No sé cuánto tiempo se mantendrá esta revelación dentro de mi cabeza. Muchos sueños los percibí como reales mientras se producían, a pesar de saber que pueden ser fruto de un estado imbuido de suspensión de la realidad. Tal vez sólo fue un espejismo dentro de mi mente. Pero sé a ciencia cierta, y eso no me lo puede quitar nadie, que todos estos sueños han sido, tanto si se quiere como si no, realidad.
Sueño 1.
De la creación de la vida.
La unión es la fuerza, y de la fuerza nace el fuego. El fuego desune, pero la nostalgia irrumpe contra el fuego y crea la unión. La unión de las uniones hace renacer el fuego y, con él, la fuerza. La vida nace de una llama cautiva. La vida es una minúscula llama que nos ha dejado el Sol. El sentido de la vida consiste en saber mantener esa pequeña llama inalterable. Pero la misma fuerza que une, pronto, se vuelve a desunir. Una aciaga brisa puede alterar esta pequeña llama que custodiamos. Y por eso el Sol creó los seres vivos, para ocultar sus pequeñas joyas de energía de las ventiscas destructoras. El Sol es la unión. El Viento la desunión. Los seres vivos somos la conquista del Sol dentro del reino del Viento, la conquista de la Unión dentro del reino de los desunidos. Los seres vivos sólo somos vehículos de expansión de la fuerza unificadora del Sol. Los seres vivos somos la victoria más grande del Sol ante la nada, ante la desunión que le amenaza.
La chica albina se arrodilla y se recluye en sí misma. De repente, sacudiendo las manos, imita la fuerza destructora del viento. Con los codos la repele, se levanta y mira hacia arriba. El ser vivo ha nacido y nosotros dos comenzamos un nuevo día.
El principio del sueño es el agua. Una roca al borde del mar. Un ligero oleaje va salpicando la roca, por lo que, en su parte superior, las pequeñas cavidades y abolladuras se van llenando de agua. Silencio y calma. Las olas han desaparecido, el agua del mar acaricia de manera imperceptible la roca. Encima, sin embargo, quedan los pequeños charcos, transparentes y cálidos. Justo encima, la fuerza abrasadora del Sol calienta el agua estancada sobre la roca. Transparencia. Calma. Unión. Vida.
Nos encontramos dentro de la cueva, tumbados en la cavidad del barro, una pequeña depresión en la roca recubierta de limos finísimos y siempre húmedos por el continuo goteo del agua que se cuela por el techo. Ella se levanta y me muestra su cuerpo desnudo recubierto de barro. Su mirada me remite a una frustración y me hace entender un antiguo rechazo social. Ella quisiera tener la piel oscura pero la naturaleza la convirtió en una proscrita de su sociedad. Yo, partícipe de una tonalidad de piel similar, despierto dentro de ella el sentimiento de conmiseración. Me hace levantar. También estoy desnudo y recubierto de barro. Ambos nos hemos convertido en humanos perfectos en haber ocultado una blancura de piel vergonzosa. Ya estamos preparados para la vida. Ya podemos salir de la cueva.
Sueño 2.
Sobre el Tiempo.
El Tiempo, desde los orígenes, se alió con la desunión del Viento. Tiempo y Viento garantizan la desunión perfecta de los elementos. El Sol, como garante de la unión, debe luchar contra el paso del Tiempo con las minúsculas llamas de energía llamadas seres vivos. Envueltas dentro de frágiles tejidos de agua, las pequeñas llamas han conquistado una pequeña parte del reino del Viento y la desunión. El Sol, sin embargo, ha tenido que ceder parte de su grandiosidad: los seres vivos somos el mecanismo del Sol para adentrarse en el mundo frío del Viento. La vida, entonces, es sólo lo que acontece en la zona de conflicto entre el Sol y el Viento. El Tiempo es quien finalmente decidirá el vencedor.
La chica albina da vueltas sobre sí misma mientras se agacha. De repente simula lanzar piedras en todas las direcciones. Es la simulación de la lucha contra la desunión. Se repite cada vez que sale de la cueva. Nos encontramos en el umbral de la gruta a punto de salir, cogidos de la mano y con el cuerpo recubierto de limo ya seco. Está a punto de oscurecer y se oye el alboroto de los pájaros mientras buscan la mejor rama para pasar la noche. Hasta que no sea del todo oscuro los pájaros no se tranquilizarán. Cuando esto sucede es el momento para adentrarnos en la selva. La acción significa movimiento, y el movimiento es hijo del tiempo. Tiempo y movimiento juegan en contra del Sol, o lo que es lo mismo, en contra de los seres vivos.
Sueño 3.
Sobre la muerte del Sol.
La muerte del Sol es inevitable. Los seres vivos somos los ojos del Sol y su vida posterior. El Sol, sabiendo que es finito, tiene la necesidad de encontrarse con otro orden, otro Sol. La forma en que se decide este encuentro es a través de los seres vivos. El tiempo acabará con el Sol, pero el mismo tiempo llevará a los seres vivos a viajar por la nada, a viajar por el universo hasta conseguir dominarlo. Los seres vivos somos la victoria del Sol frente al Viento y el Tiempo. Los seres vivos somos los ojos del Sol. Todos los seres vivos somos hermanos, como hijos del Sol que somos. La chica albina se corta un trozo de uña y algunos cabellos, hace un pequeño agujero en el suelo y enciende fuego. Quemando parte de uno mismo logramos el permiso necesario para eliminar a otro ser vivo. Es el ritual de la caza o la recolección.
Antes de tomar cualquier ser vivo como alimento hay que pedir permiso al Sol. Es nuestra obligación como humanos. Quien no lo hace no puede considerarse humano y se convierte en un miserable. El Tiempo acabará con él porque ya no gozará de la protección del Sol. Su vida se convertirá en un sinsentido cautiva del paso inexorable del tiempo. Un ser finito nunca puede acapararlo todo, cuanto más haga o más quiera poseer, más se verá esclavo del Tiempo y su vida pasará en un suspiro. El Sol, sabedor de la fuerza del Viento y el Tiempo, ha dado instrucciones a los seres vivos de cómo vencer estas fuerzas destructoras de su poder. La instrucción se basa en repetir cada día los tres sueños de la vida. La repetición se convierte en la única protección ante el Viento y el Tiempo.
Fin de los Tres Sueños
Fragmento 2.
La visión de la chica albina me remitió de nuevo a tu recuerdo, y me supo mal olvidarme de nuestra labor científica, aunque he tenido la necesidad de relatarte los acontecimientos de la isla tal como los percibí. Y yo, que un día quise desaparecer del mundo, primero al tener noticias de tu inmediata boda, y, después, al ver el fracaso de la expedición con los astrónomos, he tenido la necesidad de escribirte mis impresiones en la isla, y de mostrarte la realidad que experimenté durante todos estos años de ausencia. Sé que el tiempo me ha hecho perder la credibilidad, sé que pocas personas seguirán confiando en mi cuando vuelva a Barcelona, y sé también que yo sólo soy, hoy por hoy, un recuerdo lejano en tu vida.
Pero las ausencias deben tener una justificación obligada, y estos escritos serán la fuente de un reconocimiento que deseo. Me encuentro un poco más cerca de tu vida, y aunque han pasado muchos años, espero poder ver que por fin has triunfado. Debes saber, quizás ya te lo imaginas, que he convivido todos estos años con la joven albina. Ella me salvó de una muerte segura y yo quedé fascinado por sus atenciones desinteresadas.
Sé que esto te sorprenderá, pero espero que entiendas los motivos de mi huida de nuestra civilización. Si no es así me sabrá mal ya que, con toda seguridad, pronto nos reencontraremos, y no quisiera que el primer encuentro se convierta en un acto de rechazo o incomprensión. Ahora déjame continuar con el relato de este inesperado encuentro con la pequeña chica albina. Tómatelo como un ejercicio de catarsis personal. Es una necesidad vital, no una diversión.
¿Qué había de atrayente en la visión de la pigmea albina? ¿Qué me hizo permanecer durante tantos años a su lado? En definitiva, ¿qué nos unía? ¿Quizás la fuga de nuestras sociedades? ¿El comenzar una nueva vida al margen de todo lo que conocíamos? Algo comprendí enseguida, ella también era una fugitiva. Si por voluntad propia o no, eso nunca lo podré saber, pero una fugitiva de su sociedad, al fin y al cabo. Como yo mismo. Y de ahí la atracción mutua, a pesar de venir de mundos tan diferentes y tan alejados el uno del otro. Al principio sentía dentro de mí una atracción irrefrenable hacia ella. La veía como un ser sobrenatural venido de otro mundo para socorrerme, para acompañarme en mi soledad. ¿Quién sabe si ella ha pensado también lo mismo de mí? ¿Quién sabe si ella también me ve a mí como un ser de otro mundo venido para apaciguar su soledad? Después de todo buena parte de estas ideas son ciertas. Éramos seres de mundos diferentes, mundos alejados y completamente antagónicos. Y por este motivo, y sólo por esta gran barrera cultural y filosófica que nos separaba, quisimos construir un nuevo mundo basándonos en la humanidad común que nos unía. Ella, con su ausencia perpetua, yo, con una admiración nunca declarada, intentamos unir virtudes para abandonar este mundo tan hostil. Y la hostilidad a que hago mención no es debida al entorno selvático, ni a las dificultades propias de una vida aislada. No. La supervivencia en la selva era patrimonio exclusivo de ella, y hay que admitir que las soluciones siempre fueron completamente satisfactorias, milenios de experiencia la precedían, cientos de antepasados avalaban sus acciones. La hostilidad verdadera, la gran amenaza a la que nos vimos sometidos durante todos los años de convivencia, vino una y otra vez de los colonos que habitaban la isla. Portugueses, franceses, ingleses, todos llegaban con el mismo objetivo: el expolio. La razón se tomaba por la fuerza, y la fuerza era el único camino para sobrevivir.
Fragmento 3.
La fragilidad siempre sucumbe ante la barbarie. No hay nada que hacer. Sólo me queda aceptar los acontecimientos tal como se han presentado. Debo admitir la podredumbre recurrente de la sociedad europea, y lo admito sintiéndome a pesar de todo partícipe de su ideario. Sabíamos, sin embargo, que tarde o temprano nos descubrirían, que tarde o temprano una unión como la nuestra causaría el mayor de los intereses y, a la vez, la más gigantesca de las incomprensiones. Lo admito como hecho inevitable. La isla, en definitiva, era demasiado pequeña para esconderse en ella para siempre. Lo intentamos, pasamos miedo y hambre, comimos tierra más a menudo de lo que yo y mi estómago hubiéramos deseado. Y al fin la tragedia de la separación y los destinos alejados. Ella fue enviada hacia el continente europeo con el fin de la experimentación científica. Yo también emprendí el mismo camino, pero fruto de las nuevas incomodidades políticas. Llegué a la isla en 1919. Vuelvo a casa ocho años después. Me siento una persona completamente diferente de la que se fue hace tanto tiempo.
Fragmento 4.
Siento los años con Ella como muy lejanos, ingrávidos dentro de mi mente, sin peso que afiance los recuerdos de nuestra vida conjunta. Quizás mi mente ha estado todo este tiempo en un estado de media inconsciencia, por lo que no percibía el presente como una realidad palpable, sino que el presente se me mezclaba con el mundo de los sueños y por eso, su ligereza. No encuentro momentos que hayan quedado bien arraigados en mi memoria. Es como si todos estos años me hubieran pasado en un leve pero permanente estado de embriaguez que me anulaba el pensamiento crítico. Percibo mi pasado más inmediato con la misma inseguridad con que recordamos los sueños. Pero sé que ha sucedido de verdad. Yo lo sé aunque me encuentre dentro del desconcierto de la falta de memoria absoluta. Ella ha existido y yo he estado a su lado. Y lo sé porque ahora Ella es prisionera de mis dudas. Ahora Ella es propiedad del Estado portugués.
Fragmento 5.
Recuerdo el último día en la isla con la misma confusión que un sonámbulo despertado a la fuerza. Recuerdo que ambos descansábamos en la cueva cuando fuimos sorprendidos por una multitud de soldados.
Ella gritó y, a continuación, el resto de animales de la selva. Desperté en medio de aquel pavoroso alboroto y fui esposado. Ella también. En ese momento una mirada huidiza me reclamó una liberación que yo veía imposible. Pero la fuerza de nuestra unión me hizo revolver el cuerpo para zafarme de los soldados, y con las manos esposadas pude llegar a tocarla justo en el momento que algún otro soldado me golpeaba hasta perder el conocimiento. Qué fácil hubiera sido eliminarme de una vez por todas.
Qué fácil hubiera sido reencontrarnos en otro mundo fuera de la realidad angustiosa que nos había capturado. Yo desperté en la bodega de un barco maloliente y ya no supe nada más de ella. Nada más durante años. Nada hasta que tu carta llegó a mis manos para volver a dar un vuelco a mi vida.
Fragmento 6. (Papel desgarrado)
Château–en–Brien, 22 de febrero de 1928
Añorado Héctor,
Acabo de enterarme que estás vivo y he corrido a casa para escribirte esta carta que espero que algún día leas. Charles, mi marido, comentó la historia del salvaje catalán y la pequeña pigmea albina, una historia que en poco tiempo se ha convertido en una leyenda conocida en todo el continente. Mi sorpresa mayúscula llegó cuando leí tu nombre. Enseguida me saltaron las lágrimas de los ojos mojando las hojas del periódico. Creía que habías muerto, de verdad (…)
Fragmento 7.
Hoy es el día. Hoy la liberaré de sus secuestradores. Yo, llama cautiva. Nunca polvo. Siempre vivo.
(Papeles de periódico recortados con mucho cuidado)
23.
Al amanecer, unas diminutas gotas de rocío reflejaban la luz del sol naciente, como si se tratara de pequeños cristales que tapizaban la escasa vegetación dispuesta a lado y lado de la carretera. Esta transcurría sinuosa ya cerca del mar entre montículos lobulados, tapizados de acopios vegetales que se aglomeraban en las hondonadas para protegerse de los frecuentes aguaceros que, con frecuencia, todo lo arramblaban por sus torrentes. Algún pino medio quemado todavía se alzaba solitario, único superviviente de los incendios que, años atrás, arrasaron con el bosque mediterráneo seco y escabroso. La blancura de la roca desnuda sustituyó el verde amarillento de un tapiz herbario siempre reseco. Cualquier chispa por descuido actuaría en su contra más tarde o más temprano. La tragedia se sabía inevitable.
Más allá de los altozanos áridos se extendía el mar Mediterráneo con toda su historia de calmas eternas y repentinas tormentas traicioneras. En aquellos momentos, sin embargo, mostraba su espíritu amortiguado por la acción de una tranquila y fría mañana. Surcando las diminutas olas, una goleta avanzaba con extraordinaria lentitud. Su destino se encontraba muy cerca. Tras los rompientes llamados de la Punta de la Sal se alzaba, majestuosa y gris, la cúpula de la central nuclear.
La goleta de dos palos, de reciente construcción y equipada con los instrumentos electrónicos más novedosos para la navegación oceánica, estaba a punto de llegar al destino de su misión. En pocas horas se iniciaría la campaña mediática antinuclear anunciada unos días antes por los ecologistas en los principales medios de comunicación. Desde la cúpula, mirando en dirección a los promontorios de la Punta de la Sal, y en el mismo momento que aparecía un rojizo sol naciente, el palo de proa se interponía lentamente entre el horizonte y las rocas, creando el efecto óptico de la aparición repentina de un dios mitológico armado con lanzas de batalla. En el suelo, las primeras unidades móviles de los medios de comunicación llegaban cerca de la central nuclear y empezaban a desplegar sus útiles de trabajo, formando un caótico tapiz con cientos de metros de cable que se extendía por el suelo como un ejército de serpientes venenosas, mientras los periodistas empezaban a hacer las primeras pruebas para ver cuál sería el mejor lugar para dar la inminente noticia. Yo, por el contrario, ya en el interior del recinto, pero aún fuera de las instalaciones principales, hacía cola para incorporarme de manera inmediata como trabajador temporal de la central nuclear. Llevaba encima una carpeta con toda la documentación que se me pedía, el certificado médico y la carta de recomendación falsa dirigida al jefe de mantenimiento. En unas semanas había aprendido los secretos de la profesión y un currículum inventado me abrió las puertas de la central nuclear. Después de todo las exigencias para entrar no eran elevadas dada la fuerte demanda de mano de obra durante las cuatro semanas que duraba la recarga del uranio y la consecuente revisión técnica general de las instalaciones. Tiempo suficiente para llevar a cabo mi misión.
La larga cola de nuevos trabajadores se extendía un centenar de metros delante de un pequeño edificio dedicado a tramitar las entradas y salidas, lejos de la puerta principal donde se concentraban los ecologistas y los periodistas. Más adelante se podía ver la doble valla electrificada que recluía la central nuclear dentro de ella misma. Junto a la cola, una montaña de chatarra hacía la espera desagradable. Alguien, sin embargo, se sentó cansado de estar de pie. Poco después, al descubrir que se había manchado los pantalones y las manos de óxido, se levantó maldiciendo. A continuación, me miró con gesto amenazante.
–¿Y tú que miras con esa cara de pánfilo?
No le contesté. Se me acercó y recibí su aliento apestoso, mefítico. Parecía un pendenciero de pocas luces. No me amedrentó.
–Eh tú, Hachas, ¡deja tranquilo al nuevo! – alguien gritó desde la cola – no tiene ninguna culpa de que te hayas rebozado como pasta de mazapán. – La gente de alrededor se rio con ganas. La voz provenía de más adelante, cerca ya de la puerta de entrada. La situación cambió de tercio y Hachas, como parecía que llamaban a aquel hombre corpulento y torpe, volvió a la cola como si nada hubiera pasado. No conseguí ver quién era el que daba órdenes allí, pero me pareció que provenían de un pelirrojo que llevaba un sombrero de campesino australiano.
De repente oímos el ruido de un helicóptero que sobrevolaba la zona a poca altura. Nos ensordeció a todos. Era de la policía y, unos segundos después, un segundo helicóptero pasó siguiendo la estela del primero. Hachas, olvidándose ya del incidente con la chatarra, vociferó con voz ronca.
– ¡Eh! ¡Ecologistas!
Seguidamente simuló el gesto de una ametralladora con los brazos, y con la boca llena de aire imitó el ruido del arma.
– ¡Ra–ta–ta–ta–ta!
Parecía un niño jugando a la guerra. La gente rio. Dentro del sopor de la espera cualquier comentario, por estúpido que fuera, se le seguía con especial interés.
Por fin, a las ocho de la mañana, abrieron las oficinas, y los primeros trabajadores comenzaron a entrar dentro del edificio. Había comenzado la rúa administrativa que duraría todo un día entero. Primero tocaba la recogida de la documentación personal. En la ventanilla había una mujer redonda y risueña, parecía conocer a todos de otros años. Con Hachas, que llevaba todos los papeles arrugados y en desorden, empleó una paciencia maternal que me sorprendió. Alguna relación especial debía haber que a mí se me escapaba. Yo fui tratado con indiferencia. La mujer removió mi documentación sin mirarme ni un instante, al comprobar que era correcta dio un suspiro de resignación, como si se desanimara al no encontrar ninguna falta. Grapó las hojas y me miró por primera vez.
–Eres nuevo, ¿verdad? – Dijo mirándome por encima de las gafas.
Asentí con la cabeza. Se me quedó mirando como si esperara alguna palabra por mi parte. Yo no dije nada más.
–Un muchacho callado, ¿eh? No vienen muchos como tú. Créeme, no hagas caso de los aspavientos de todos estos energúmenos, en el fondo son buena gente.
–Gracias, lo tendré en cuenta. – Le contesté por educación, pero indiferente a su consejo.
–A las diez y media tienes la charla de seguridad con el grupo C. A las doce y media la visita con el médico. A las tres la medida de radiación y, a partir de las cinco, te daremos todos los carnets y documentos que necesitas para mañana. Lo tienes aquí apuntado y esto son las normas que hay aquí dentro, ya te las puedes ir leyendo mientras te esperas. – Enseguida se volvió para guardar la documentación en el archivo. Yo me miré los papeles y traté de ordenarlos. Hachas reía ruidosamente detrás de mí. Me inquietó tanta exaltación y algunos papeles me cayeron al suelo. Me agaché para recogerlos. La mujer de la ventanilla volvió y, al encontrarse todavía allí parte de mi papeleo y no verme, sacó la cabeza y llamó escandalosamente pensando que me los había dejado
–¡Sace! ¡Fabio Sace!
Me levanté aturdido por los gritos.
– ¿Sí? – Dije tímidamente.
La mujer me miró sorprendida. El grupo de Hachas, que se dieron cuenta de aquella situación tan ridícula, se rieron al unísono. Me quería fundir.
El pelirrojo se me acercó.
–Chico, no hace una hora que estás por aquí y ya sacas a todos de quicio. ¿Cómo lo haces? – Me dijo aun riendo.
–No es mi intención – le respondí serio.
El pelirrojo mordisqueaba un palillo como sus abuelos, y llevaba el sombrero de australiano. Todo él parecía una mala copia de una película de vaqueros australianos. Bien mirado todo el grupo parecían los extras escapados del rodaje de una de estas películas. No encajaban nada en el entorno industrial en el que nos encontrábamos.
–Me llaman el australiano como ya habrás oído por aquí, no porque lo sea sino por un actor al que me parezco según dicen, ya sabes cómo es la gente. Si tienes cualquier problema estos días no dudes en consultarme – me dijo con seguridad. –Pregunta por mí, todo el mundo me conoce– me soltó entre risas. Agobiado salí fuera del edificio.
El frío de la madrugada ya se había desvanecido y dio paso a una mañana de temperatura agradable. Un murmullo venía de detrás de la zona boscosa dentro del primer perímetro cerrado, la única que quedaba resguardada de los incendios que año tras año arrasaban con el bosque vecino. Recordé que muy cerca de donde me encontraba ya debería haber comenzado la manifestación de los ecologistas ante la central nuclear.
Después de haber caminado un centenar de metros distraído, llegué a un cementerio de chatarra coronado de brochas y botes de pintura, el tiempo los había petrificado y formaban una montañita de poco más de dos metros donde me subí. Seguía sin ver nada y, al bajar, decepcionado, hundí una pierna dentro de la hojarasca. Había un agujero y me torcí el pie. Sentado en el suelo y adolorido miraba a mi alrededor por si veía algún australiano riéndose otra vez de mis desgracias. Por suerte estaba solo.
Me quedé sentado un buen rato esperando que se me pasara el dolor en el tobillo. El rumor de la manifestación se oía cada vez con más intensidad y los helicópteros de la policía pasaban constantemente en todas direcciones, como si fueran dos libélulas inquietas por la llegada del cortejo primaveral.
Un zumbido dentro del bosque llamó mi atención. Cerca de una de las esquinas del edificio alguien se deslizaba de una manera muy extraña. Llevaba gafas de nadador, barba postiza carnavalesca y un mono de mecánico con el símbolo antinuclear. Tras unos segundos de confusión deduje que era un ecologista que había entrado en un momento de descuido de los policías o después de una avalancha de personajes como él, a ver quién tenía la suerte de no ser cazado. Pero lo más sorprendente es que hacía fotografías a diestro y siniestro a la nada. Sentí vergüenza por él. Con el ímpetu de la incursión no se había dado cuenta de que no se encontraba aún dentro de la central nuclear, estaba en la zona limítrofe donde sólo encontraría almacenes de chatarra como en los alrededores de cualquier otra zona industrial. En el interior de la central no podría acceder nunca. Debería hacer una proeza similar a la de una fuga de una prisión de alta seguridad, pero a la inversa, era imposible superar la doble valla electrificada y constantemente vigilada por decenas de cámaras. Fui a advertirle.
Iba cojo y me costó acercarme. Se encontraba tumbado delante de una de las ventanas y hacía fotografías al interior del edificio. Qué tontería, pensé. No se dio cuenta de mi llegada hasta que le toqué el hombro con la mano.
–Eh, compañero, no hay nada de valor por aquí – quise advertirle de su error.
Giró la cabeza con un movimiento espasmódico, me miró con unos ojos inmensamente abiertos dentro de las ridículas gafas de nadador y dio un salto. Antes de huir corriendo sacó un bote de spray del bolsillo y lo accionó hacia mí. Me embadurnó de pasta de confeti de color rosa. Escapó por el bosque en un rápido escarceo, mientras yo no me quitaba de encima la sorpresa. Enseguida me di cuenta de que había vaciado todo el bote sobre mí y no me lo podía despegar. Parecía una momia de película de terror de los años treinta, con las vendas colgando por todo el cuerpo. Una momia de color rosa y coja.
24.
Nos despertamos del sueño de la infancia y somos. Lo que pasa es que no sabemos quién somos. La vida, entonces, es el camino de búsqueda de esta propia identidad que se nos oculta. Hay quien la encuentra rápido. Hay quien, desgraciadamente, nunca. Yo, que había dedicado muchos años a mis estudios de medicina, me encontraba, de repente, a punto de entrar a trabajar como técnico dentro de una central nuclear. Y mirándolo bien, lo más sorprendente no era este hecho, sino que entraba con intenciones de terrorista ecológico. Esto me hizo reflexionar. ¿Era yo un terrorista? ¿Me lo podía considerar si en realidad sólo quería hacer el bien al conjunto de la humanidad? Estos últimos pensamientos me asustaron. Yo, Fabio Sace, estaba siguiendo los razonamientos clásicos de cualquier terrorista antes de emprender sus acciones. Otra idea me hizo cortar estos pensamientos. Un terrorista, como dice la misma palabra, es quien se dedica a extender el terror entre la población. Era evidente que yo no lo era. Después de todo lo que pretendía tendría unos efectos tan sutiles y tan a largo plazo que me negaba a considerarme como un malhechor, por decirlo de alguna manera.
Estos eran mis pensamientos mientras me iba sacando la pasta de confeti que todavía llevaba adherida al cuerpo. Debía darme prisa porque pronto tendría que volver a entrar en el edificio para seguir con los obligados trámites administrativos. El ruido de la manifestación todavía se oía detrás del bosque. Del ecologista invasor no sabía nada. En la entrada del edificio los trabajadores charlaban animosamente para amortiguar la espera. Hachas, en un rincón, estaba tumbado de espaldas dentro del jardín que había a ambos lados de la puerta, como si se estuviera lustrando los zapatos. Me acerqué.
–Es un miriápodo, –me dijo sin girarse– se ve que ha escogido el rododendro para pasar el invierno.
Sus palabras me sorprendieron, sobre todo viniendo de un personaje como él que no hacía mucho lanzaba alaridos contra los ecologistas, y de repente se preocupaba por un ciempiés. No sabía qué decirle.
–Creía que estos insectos no sobrevivían de un año para otro –dije vacilante.
Hachas, serio, se volvió y me miró enojado.
–Este vivirá. –dijo secamente.
De repente hizo un hoyo en la tierra mojada cerca de la base del arbusto, apiló varias piedras construyendo una especie de cueva y, con un rápido movimiento, cogió el ciempiés con los dedos y lo depositó dentro del agujero. El insecto prácticamente ni se movió. Enseguida terminó de tapar el agujero con más piedras.
–¡Ya está! – Dijo orgulloso a la vez que sonreía– ¡vivirá!
Los australianos, que charlaban en las escaleras del edificio, reclamaron la atención de Hachas. Se levantó, hizo una última ojeada a las piedras y se fue.
–¡Ven tú también, Fabio! – Dijo el pelirrojo.
Me acerqué. Hablaban de un partido de fútbol americano clandestino, visto a través de una copia de dudosa procedencia. Explicaban, con todo tipo de detalles, el vapuleo recibido por los jugadores, los golpes a traición y el derrumbe del equipo perdedor. El pelirrojo lo explicaba todo con chulería. Una explicación, sin embargo, minuciosa. Quise intervenir.
–Ha entrado un ecologista. – Dije haciéndose un silencio a mi alrededor.
– ¿Aquí dentro? –preguntó el pelirrojo. Asentí. Todo el mundo me miró sorprendido.
– ¡Que les den! – Se oyó entre el grupo.
Los australianos continuaron hablando del partido como si lo que les explicaba les importara muy poco. Nadie mostró el más mínimo interés por el suceso, ni siquiera se hablaba ya de la manifestación de los ecologistas desde los primeros comentarios de primera hora de la mañana. La manifestación, repetida una y otra vez año tras año, ya era tomada con indiferencia por los trabajadores. Hachas, agradecido por el interés que había mostrado por su insecto, si mostró curiosidad por lo que había comentado.
– ¿Le has visto?
–Sí, estaba en el bosque, aquí mismo. – Quise dar detalles
– ¿Y qué hacía un ecologista por aquí dentro?
– Dar vueltas y hacer fotografías a la chatarra.
–Gente extraña y llamativa –susurró Hachas, volviendo enseguida a prestar atención a la conversación del partido. Después de un rato volvió a dirigirse a mí.
–Yo no soy ecologista. – Sentenció moviendo la cabeza a ambos lados.
–¿No?
–Mucho ruido y pocas nueces. – Volvió a sentenciar.
Hizo una pausa de unos segundos mientras volvía a prestar atención a la conversación del grupo. Pero al ver que seguían hablando de lo mismo volvió al hilo de la conversación que mantenía conmigo.
–Hace muchos años, mucho antes de que nadie hubiera oído hablar de las centrales nucleares, mi abuelo pescaba en la Punta de la Sal. Incluso tenía una caseta de pescador. Todo eso pasó muy pronto a la historia, pero yo todavía vengo a la Punta de la Sal a pescar.
–Eso está muy bien.
Hachas continuó con su sorprendente disertación.
–… el pacifismo verde me hace reír. Creo que si alguien quiere luchar por una causa ecológica debe hacerlo utilizando la fuerza y con todas las consecuencias. Vivimos en un mundo de cobardes, y los que mandan se aprovechan. Trabajo en una central nuclear, sí, preferiría que no fuera así, pero ya que está quiero estar dentro, quiero estar en la boca del lobo para controlar qué come.
–Me parece una decisión valiente. –añadí.
– ¡No! – me respondió indignado– ¡nada de valentías! Es mi destino y me veo con la obligación de seguirlo.
– ¿Destino?
–Sí, destino. Mi familia se ha ganado el pan en la Punta de la Sal durante decenas de generaciones. Yo no seré quien rompa la tradición. ¿Sabías que en tiempos de los romanos aquí había unas salinas?
–No, no lo sabía. – Respondí intrigado.
–Pues seguro que, entonces, ¡ya trabajaba un Hachas! – Se rio a sí mismo la gracia– … todos mis antepasados han trabajado en las salinas. Cuando ésta desapareció se dedicaron a pescar. Cuando construyeron la central nuclear cerca de las salinas, vi cuál sería mi camino. No importa ganarse la vida en una salina, en el mar o en una central nuclear, a fin de cuentas, nuestras vidas son habas contadas, nacemos para aprender, aprendemos para trabajar, trabajamos para vivir, y vivimos para morir algún día con dignidad.
–Sí, eso mismo – respondí sorprendido por las disertaciones de Hachas. Tenía una imagen muy contradictoria de ese personaje porque al principio se mostraba arrogante y pretencioso como, de repente, me sorprendía con una reflexión filosófica. Lo primero estando siempre ante los australianos, lo segundo hablando a solas conmigo. Por alguna razón ocultaba su verdadero carácter a sus amigos. Se debería avergonzar.
–¡Miradlo! – Gritó el pelirrojo al ver una sombra que se movía dentro del bosque.
Había visto al ecologista que todavía daba vueltas sin sentido por las instalaciones. Sin decir nada, todo el grupo comprendió y salieron despavoridos corriendo hacia el bosque. Yo no me moví. Hachas me miró, hizo un gesto de resignación y se fue detrás de los australianos bramando como un Neanderthal en una cacería, en el caso de que estos homínidos se expresaran igual que nosotros, algo que nunca sabremos a ciencia cierta. Poco después llegaron con el ecologista. No ofrecía resistencia ni los australianos le obligaban a caminar hacia los miembros de seguridad.
Pareció una rendición educada y sin que los australianos se cebaran con él. Tampoco hubiera habido motivo. Mil caras tiene el hombre, ninguna de ellas ya nos sorprende.
A partir de ese momento los acontecimientos comenzaron a cincelar la realidad. Pronto las nubes se agrandaron sobre nuestras cabezas y los trabajadores recibimos la instrucción pertinente. El organigrama fue repetido mil y una veces, y nos entrenaron para soportar el período de latencia. Mientras tanto, lasitud en las palabras. Hachas dio muestras de integración bien aprendida y, entre instrucción y nueva orden, bailaba en los pasillos ante la mirada de todos. Los australianos se rieron en un clímax de postergación. Pronto iniciarían la servidumbre a la distopía.
La cúpula, estancia última de la humanidad artificiosa, ensalzaba su gris plateado ante las nubes ennegrecidas de un cielo ya preparado para la lluvia. Pronto, por efecto del agua, y de una manera camaleónica, la cúpula oscureció su piel de cemento, tomando los mismos tonos oscuros que el cielo desapacible que la circundaba. El chaparrón fue importante.
Comenzó a llover justo antes de la medida. Ésta consistía en tumbarse un cuarto de hora dentro de un sarcófago metálico. Mientras tanto, un sensor de radiaciones iba pasando lentamente por encima del propio cuerpo.
Cuando se dejara de trabajar habría otra medida para ver cuáles han sido las dosis de radiación recibidas en todos los días de trabajo, si es que éstas se han producido. Me dejaron solo en la sala y, tras un relámpago ensordecedor, se fue la luz. No me podía mover. No me atrevía a moverme. Permanecía en silencio esperando alguna noticia que me hiciera reaccionar. Quizás hubiera podido salir del sarcófago si me lo hubiera propuesto, pero no me moví. Nada. Ni un pequeño gesto de disconformidad. Cerré los ojos intentando controlar la mente a través de la respiración. Dentro de la oscuridad veía destellos. En medio del sonido ensordecedor de la lluvia, oí mi nombre y vi a la chica albina.
–¡Emma! – Llamé desde dentro del sarcófago.
La tormenta animaba su encrespamiento y la oscuridad me rodeaba. En silencio buscaba una respuesta mientras mantenía agarrotadas mis articulaciones. Veía ante mí a la chica albina del librito del vagabundo.
Veía en la oscuridad su imagen como dentro de una pesadilla. ¿Por qué? Me preguntaba. ¿Por qué malpensar de aquella historia? ¿Qué había de oscuro en todo ello? Después de que Emma me propusiera la misión en la central nuclear permanecí dos meses dentro de un sueño y mi vida se convirtió en una pirueta anímica. Después de mis fobias, me quedé durante dos meses junto a Emma y mi carácter flojeó. Al chocar con el primer obstáculo me tornó todo lo que había olvidado.
El ocaso de la iluminación se hizo patente. Emma me dejó leer el resto de fragmentos del libro del vagabundo, los oficiales y los ocultos. Como un pardillo me tragué toda la historia. A continuación, Emma inició la tarea del descrédito y me sorprendió con una filiación sorprendente. El joven periodista que cruzó el Atlántico se llamaba Héctor, Héctor Nevers. ¿Qué más sabes? Como un ruido ensordecedor en mi mente, Emma declaró el secreto. El doctor Nevers es hijo de ambos. ¿Quiénes? ¡Ellos! ¿Quién? ¡El periodista y la pigmea albina! ¿Cómo? ¡El periodista Héctor Nevers y la chica pigmea albina! ¿Entiendes Fabio? ¡Fueron los padres del doctor Darío Nevers! Ahora ya lo sabes.
25.
Como cada año el fin del verano está marcado por unos días de lluvias intensas. La gente huye despavorida de los lugares de veraneo y los barrancos inundan las playas de lodo. Ya no hay nada que hacer. El buen tiempo y el calor se han desvanecido hasta el próximo año. Los campings son las primeras instalaciones estivales en ser evacuadas. Es inevitable que se conviertan en un inmenso barrizal sazonado con hojas caídas durante la tormenta. Eric llegó después de la lluvia. Venía a despedirse porque había concluido con éxito sus estudios etológicos y el otoño era tiempo para hacer inventarios y memorias. Había que volver a la ciudad.
Le recibí con mi habitual coraza anímica. Mi vida heterodoxa no admitía descuidos.
– Así dices que me seguirás contando tu historia en la central nuclear por mail– propuso Eric sin yo haber insinuado nada.
Asentí si era eso lo que quería. He aquí que sin proponérmelo me convertiría en narrador por escrito de mi propia vida. Futilidades. La soledad proclama una carga de pensamientos con los que no me queda más remedio que apechugar. En diez años siempre había rehuido de este recuerdo. La propuesta de Eric me obligó a rascar en la cáscara de los recuerdos y traspasarlo todo dentro del vacío de una pantalla de ordenador. Siempre me ha cabreado su ligereza. No nos engañemos, la palabra electrónica no tiene peso, es fútil, es la antítesis de los jeroglíficos egipcios, enrevesados pero eternos. Le advertí que en invierno mi escritura adquiría un lenguaje hiperbólico, son los efectos del frío. Rio sin entenderme. Ya se lo encontrará.
Los primeros días de trabajo en la central nuclear los dediqué a hacer de estibador, caja para arriba, caja para abajo. A primera hora de la mañana, antes de amanecer, la cúpula se recortaba ante el cielo estrellado como en un hechizo. El silencio siempre era angustiante en el exterior de las instalaciones.
Dentro, el zumbido constante se apoderaba de uno sumiéndose en una somnolencia eterna. Deseaba que se atascaran todas las tuberías y se acabara de una vez por todas todo aquel zumbido que me enloquecía.
Pero no había nada que hacer. Al atardecer los fluorescentes siempre destelleaban. Caminando, daba vueltas por el parking en busca del lugar donde había dejado el coche, siempre se recuerda el lugar del día anterior y las vueltas son molestas porque hay prisa para huir. Pero, ¿qué pasaba dentro de la cúpula entre estos dos extremos? ¿Qué nos ofrecía la distopía en sus entrañas? Sencillo, muy sencillo: vacío.
***
Apenas supe quiénes eran los padres del doctor Nevers, Eric permaneció un buen rato ausente.
–No me lo hubiera imaginado nunca– iba repitiéndose a sí mismo. Se le veía agobiado. –Entonces, ¿el doctor Nevers era mulato? – Me preguntaba.
–Se ve que sí. – Le respondía despreocupado.
–Pero Fabio, ¿por qué no lo dijiste nunca? No sé, yo me lo imaginaba una especie de Sean Connery, y ahora me lo habré de imaginar cómo Morgan Freeman. – Parecía que este hecho lo desquiciaba, no por el color de la piel, sino por el ejercicio mental que tenía que hacer borrando de la imaginación una determinada idea para reconstruirla de una manera muy diferente. Para Eric era una evidente incomodidad, quise tranquilizarlo.
–Tu imaginación cinematográfica ya iba bien encaminada, imagínate un Sean Connery, pero con la piel un poco más oscura, el pelo igual de blanco, pero más rizado y la nariz un poco más aplastada.
–Hombre… – Me respondió insatisfecho.
–Perdona Eric, es que no lo había mencionado antes porque nunca lo he tomado como un hecho relevante en la historia. – Entonces intervino indignado.
–Es importantísimo Fabio. No ves que con ello hubiera podido atar cabos antes y te hubiera hecho otro tipo de preguntas.
–Quizá sí, pero las cosas han ido como han ido. Seguramente hay otros detalles que te imaginas de una manera y, en realidad, son de una naturaleza muy diferente.
–Pues no me gusta. Me decepciona este hecho, es como ver una película de un libro que has leído, nunca te gusta porque no tiene nada que ver a como tú te has imaginado la historia. Preferiría no saber la verdad.
– ¿Alguna sorpresa más?
–No sé qué decirte. Mira, Emma, ¿cómo te la imaginas?
–Guapa, con carácter, no muy alta, ojos grandes…
–Para, para, para…
– ¿Tampoco?
–Tú no imaginas, tú idealizas.
–Quizá sí.
–Pues no vas a ninguna parte entonces.
– ¿Y bien? ¿Cómo es Emma en realidad?
–Es atractiva, no muy alta…
–Así voy bien en mi imaginación.
–No.
– ¿No?
–Emma es…
–Mulata, ¿también?
–No. Emma es albina.
***
Eric se iba enterando de la historia a trompicones. Lo reconozco, pero si esto es así es debido a la objetividad que busco en mis palabras. El interior de la cúpula es laberíntico. La crónica de aquellos días hay que entenderla hecha dentro de aquella red mayestática e inalcanzable.
Cientos de pasillos surcados por cientos de puertas de apertura electrónica. Eses aquí y allá que te sumen en un marasmo aterrador. Olas de trabajadores siguiendo una caterva confusa. A veces se sienten estruendos metálicos lejanos, peor si éstos se producen cuando estás dentro de un ascensor. El traqueteo enmudece. Un día me encontraba con Hachas subiendo en un ascensor. Se detuvo de golpe y se quedó a oscuras. La pantalla de comunicación tampoco funcionaba. Una burla como corolario del absurdo. Nos rescataron, pero todo el mundo en aquella cota iba con antorchas electrónicas porque todo estaba a oscuras.
–¿Qué ha pasado? – Pregunté a Hachas.
–Nada, mañana hay una boda y lo queremos celebrar –dijo alegre.
Yo estaba aterrado ante el juego. Catorce técnicos agitando las antorchas arriba y abajo y gritando como animales. Me quedé rígido hasta que alguien me empujó.
– ¡Dejaros de tonterías! – gritó el australiano pelirrojo claramente enojado. Se oyó la palabra necio y comenzaron los puñetazos y los empujones.
Recibí un golpe en la espalda y me agaché adolorido mientras las antorchas pasaban sobre mí como bólidos endemoniados. A continuación, la lluvia. Alguien activó la alarma contraincendios y los pivotes del techo empezaron a manar agua espumosa. Hachas tartamudeaba cerca de mí y fui a ver qué le había pasado. Se quejaba del codo.
–Fabio, me lo tienes que recolocar. ¡Ahora! – Reclamó con vehemencia.
Lo intenté, pero no hacía más que martirizarlo porque bajo la lluvia era incapaz de concentrarme. El australiano intervino una vez terminado el disturbio. Metió el hueso en su lugar y encabestró el brazo con una camiseta que había rasgado.
–No te quejes, ahora tenemos que disimular –le ordenó.
– ¡Quinientas! ¡Quinientas! – Gritaba Hachas.
–Es el pacto, tienes que pagar. – Sentenció el australiano. A continuación, me quiso dar explicaciones.
–Ha de invitar quinientas veces en una noche. Es el trato.
– ¿Quinientas?
–Sí, es su día. Pronto nuestro Hachas se nos casa.
–El australiano rio encomendándose la alegría a todo el grupo; ¡Viva Hachas! Al unísono respondió el grupo, ¡Viva!
La fiesta fue esa misma noche. El lugar un sótano de una casa, convenientemente decorado eso sí. Aquí y allá armaduras de combatiente medieval, para los literatos salas con cientos de libros de todas las épocas. Pero nadie los miraba, una noche de fiesta significa enaltecer el momento preciso en que se vive. No hay lugar para circunloquios. La fiesta entró pronto en ebullición y yo fui de los primeros en salir al exterior, ojeroso. La noche era fría y, de vez en cuando, un escalofrío te recordaba que eras prisionero del absurdo, por decirlo de manera clara.
Los australianos enfatizaban la fiesta y Hachas iba sacando su enorme cabeza por la ventana para asegurarse de que todo iba bien. Cada vez que lo hacía repetía la cifra. ¡Cincuenta y tres! ¡Ciento veintidós! ¡Trescientos quince! La muchedumbre era impresionante y la grosería se iba extendiendo. Pronto salió alguien con una lanza en las manos simulando
Los australianos enfatizaban la fiesta y Hachas iba sacando el cabezón por la ventana para asegurarse de que todo iba bien. Cada vez que lo hacía, repetís una nueva cifra. ¡Cincuenta y tres! ¡Ciento veinte y ocho! ¡Trescientos quince!
La muchedumbre era impresionante y la grosería se iba extendiendo. Pronto salió alguien con una lanza en las manos simulando actos de coronación. Otros se subían a un olivo para proclamar la rápida pérdida del sentido común. Entonces, mi visión de la fiesta ya era quimérica. Como consuelo una conversación inesperada. Ella huía de los moscones y salía del caserón justo por donde yo me encontraba. Topamos debido a su ímpetu y a mi distracción.
– ¡Eh! Tú eres Víctor – me dijo titubeando.
–Sí, le respondí para seguir el juego.
Ella sabía que yo no era Víctor y yo sabía que ella tampoco lo buscaba en caso de existir.
– ¿Por qué vas de negro?
Era cierto, yo siempre llevaba ropa oscura.
–Quizá porque durante el día, en el trabajo, voy de blanco. – era curioso como este hecho había marcado siempre mi vida, tanto en el psiquiátrico como entonces a la central nuclear, siempre trabajaba de blanco y me divertía a de negro. Sonrió.
– ¿Trabaja con estos animalillos?
–Podríamos decir que sí. –respondí mirando a la oscuridad.
– ¿Y qué haces aquí fuera solo?
–Bueno, necesitaba un poco de aire fresco.
– ¿Durante casi dos horas?
– ¿Me controlas?
–Quizá sí. Tengo que volver a dentro. Hasta ahora, no te enfríes.
Volvió a entrar en la masía y me di cuenta de que no le había preguntado ni el nombre. Tampoco quería estereotipar mi imagen.
En poco rato la extensión de cuerpos exhaustos por todo el patio fue problemática.
Volví a entrar en la casa.
Hachas, con maquillaje dorado por toda la cara, estaba a punto de cantar la cifra mágica. Se fijó que había entrado y gritó mi nombre. Pronto todo el mundo le siguió y yo no sabía qué hacer.
– ¡Fabio!
– ¿Qué pasa? – Intenté preguntar.
Enseguida comprendí. Hachas me había elegido para ser su número quinientos.
Me lo tenía que beber, y rápido. La fiesta estaba acabando y la gente empezaba a marcharse. Se me acercó la chica con la que había hablado en el patio.
–Ya sé tu nombre. – Apuntó haciéndose la interesante. Yo no dije nada. Se me quedó mirando seria.
– ¿Hay otra chica?
–Quizá sí. – le respondí.
– ¡Suerte!
Se marchó con el resto de la gente. Yo también. Aquella noche, o lo poco que quedaba de noche, lo dediqué a extraer fantasías de mi mente como primer paso para prepararme para el futuro. Pronto debería lanzar las bacterias en la piscina de combustible de la central nuclear. Lo más sorprendente es que ya lo hubiera podido hacer, pero esperaba el momento adecuado. La realidad es que dudaba sobre su conveniencia. Eso mismo, la duda me inmovilizaba
26.
Durante la noche la cúpula era silencio. Bajo el mono blanco llevaba una canana con los frascos de la bacteria Hermes, veinticuatro. Medianoche fue la señal que me indicó el lanzamiento del primer frasco siguiendo las indicaciones de Emma. El segundo lo tiraría horas después ya en la madrugada. Inicié la serie el primer día que hacía el turno nocturno. Por su efectividad era necesario que tirara entre tres o cuatro frascos por noche, siguiendo una pauta similar a la de los antibióticos en el cuerpo humano. Me pasaba la noche deambulando por los pasillos haciendo ver que hacía guardia, ahora hacia arriba hacia la cota 23 donde se les había estropeado un medidor de radiación, ahora hacia los paneles de salida donde uno de los sensores se había fundido. ¿Por qué no a la piscina de combustible donde otro sensor se había estropeado después de que, con anterioridad, había manipulado los conectores? Era fácil encontrar una excusa para entrar en el recinto donde se almacenaban, bajo toneladas de agua, las barras de uranio. Un día coincidí con Hachas en el turno de noche. Nos avisaron de una nueva incidencia en los sensores cerca de la piscina de combustible e hizo un comentario que me puso en alerta.
–Es muy extraño, es como si alguien manipulara los sensores, no es habitual tanta avería en la misma zona. Vamos a ver qué pasa. – Propuso con decisión.
Salimos del edificio de talleres a paso rápido. Sobre nuestras cabezas las estrellas centelleaban en una noche de otoño clara y gélida. Justo cuando levanté la cabeza para hacer un rápido vistazo a la cúpula que se alzaba a un centenar de metros de donde nos encontrábamos, un rayo luminoso cruzó el cielo en un suspiro. No pensé en nada. Pasamos nuestras tarjetas magnéticas por los lectores y entramos en la zona controlada. En los pasillos los trabajadores nocturnos descansaban tumbados en el suelo a que los llamaran para una nueva tarea o bien a que se les dieran la autorización para hacer la ya mandada. El bochorno invadía todos los rincones, a la vez que nosotros nos vestimos de pies a cabeza para entrar en las entrañas de la central nuclear, cubrezapatos blancos, guantes blancos, mono blanco. Mientras íbamos por los pasillos las puertas electrónicas respondían a nuestro paso con un zumbido chirriante. Los ascensores hacían esfuerzos para cerrarse, siempre las puertas metálicas rozaban el suelo durante su pequeño recorrido, forzando el motor que accionaba el mecanismo. Las empujamos con las manos para ayudar a cerrarlas y el ascensor nos respondió con un lento e irregular ascenso.
Nos detuvimos a medio camino. Dos trabajadores se incorporaron a nuestro trayecto. El ascensor nos sacudía de manera preocupante, pero Hachas y los recién llegados charlaban animosamente sin prestar atención a los vaivenes. Un frenazo de sopetón fue la respuesta a nuestra demanda de más abajo. Salimos los cuatro en esa cota, pero nos fuimos por pasillos opuestos. En nuestra dirección el bochorno se hacía a cada paso más insoportable.
–Hoy hace más calor que ayer. – Advertí. Hachas, que me miró asintiendo a mis palabras.
–Fabio, el camino para encontrar el otro ascensor es demasiado largo, me sé un atajo. Sígueme.
De pronto levantó un panel del techo. Puso una carretilla justo debajo y me dijo que subiera. Yo dudaba de sus intenciones, pero trepé a pesar de mis dudas.
–A tu derecha verás una escalera vertical. Sube varios peldaños. Cuando estés arriba ya abro yo la luz, está un poco escondida.
Subí con dificultad a causa de mi vestimenta. Me quedé a oscuras cuando todo el cuerpo de Hachas tapó la trampilla de entrada. Le oía jadear por el esfuerzo.
–Ya estoy arriba. Ahora busco el interruptor de la luz – Me iba informando mientras resoplaba.
De pronto, se encendió, justo delante de mis ojos, un testigo de luz anaranjada. Levanté la cabeza y el reguero de luces se perdía muy arriba, demasiado arriba. Quise contarlas hasta donde mi vista me permitía: veinticuatro, veinticinco y ya no distinguía más separaciones entre luces de color naranja. La lámpara vigésimo quinta podía ser la suma de veinticinco luces más.
–Arriba, Fabio, arriba – Parecía que la situación le divertía, pero yo no podía decir lo mismo. El esfuerzo era notorio y maldecía la situación.
–Párate – Me gritó de repente– creo que hemos subido demasiado.
Bajamos unos peldaños, las rodillas me temblaban. Hachas abrió una puerta y una luz intensa nos deslumbró. Salimos a un pasillo que desconocíamos. Hachas miró a ambos lados confundido.
–Parece que nos hemos equivocado. – Susurró nervioso.
–¿Y ahora qué? – Le respondí inquieto.
–Yo no vuelvo a bajar por la escalera. – dijo convencido– no nos queda más remedio que continuar por este pasillo.
Así lo hicimos. Se trataba de un pasillo muy iluminado, demasiado quizás en comparación al resto. También era notable la extrema limpieza, hasta el punto que el crujir de la goma de nuestros cubrezapatos con el suelo de pintura plástica daba la impresión de que pisábamos una alfombra de hojas secas en otoño. El pasillo era curvo, por lo que no podíamos ver que había más adelante.
– ¿Por qué hace curva este pasillo? – Pregunté a Hachas.
–Es evidente Fabio, la pared de aquí– señaló con el dedo índice la pared interior– es ya del edificio de contención. Lo estamos circundando.
– ¡La cúpula! – Pensé. El edificio de contención era precisamente la estructura de forma cilíndrica y coronado con una cúpula que contenía, en sus entrañas, el reactor nuclear. Mi inconsciente lanzó una propuesta atrevida.
– ¿Podemos entrar?
Hachas se detuvo en seco y se me quedó mirando sorprendido.
– ¿Quieres entrar?
–Si podemos sí.
–Muy bien, pero necesitaremos una excusa.
–¿La tenemos?
–Sí, la tenemos. Déjame a mí.
El final del pasillo fue una gran puerta metálica. Y detrás accedimos a una sala más grande que las habituales. Los conductos zumbaban con más potencia que los de más abajo y el bochorno nos mantenía empapados dentro de nuestros monos blancos. Teníamos que comunicarnos con señas y gritos. Una doble puerta redonda era el único acceso a la cúpula. Justo enfrente, un pequeño mostrador y, detrás, dos distópicos que se encargaban de controlar las entradas y salidas. Hachas se acercó y los saludó afectuosamente. Yo me quedé dos pasos más atrás mientras observaba atónito el entorno y, dentro de mi cabeza, las ideas me empezaron a bailar al ritmo de la quimera.
Los distópicos divagaban mientras nos entregaban un segundo mono, esta vez de plástico. Oficialmente nos los teníamos que poner encima de los primeros de tela. Algunas tuberías rezumbaban cerca de nosotros y, por efecto del intenso calor, fundieron un cartel que nos advertía de la vestimenta obligatoria. Ya no se podía leer nada. El plástico se dobló en un pasado no muy lejano hasta petrificarse en una posición tétrica, deformando las letras hasta convertirlas en garabatos sin sentido. Un intenso hormigueo me recorrió la espalda. Los distópicos nos habían autorizado el paso con una carcajada. Eran cómplices de Hachas, éste era el secreto. La objetividad tuvo la decencia de huir a tiempo. Enseguida firmamos los permisos y nos vestimos con el mono de plástico. Un casco también, y las gafas de visibilidad incierta.
La puerta, enmarcada con enormes remaches, emitió un sonido estridente al cerrarse y quedarnos ambos dentro de la cámara de presurización. Un panel electrónico nos marcaba el tiempo, cada paso atrás significaban treinta segundos. Cinco, Hachas boqueaba de satisfacción y los distópicos corearon la cuenta atrás. Cuatro, el habitáculo era cilíndrico y, en la puerta de entrada, uno de los distópicos nos miraba fijamente detrás del ojo de buey, serio, por el de la puerta de salida veíamos como algún trabajador pasaba con prisas. Me agarré a la banqueta donde estábamos sentados. Tres, mi visión se llenó de grumos centelleantes. Dos, un sofoco repentino me impedía respirar con comodidad. Uno, la garganta, reseca, dificultaba la articulación de cualquier sonido. Un zarandeo significó la apertura de la segunda puerta. Ya estábamos dentro de la cúpula.
27.
El consejo que recibí antes de traspasar el acceso a la cúpula fue que, por ningún motivo, me separara de Hachas. El bochorno me consumía en el mono de plástico ¿Dónde estábamos? ¿Qué diferencia había entre dentro y fuera de la cúpula? Aparentemente ninguna, la multitud de tuberías y suelos metálicos era notoria a un lado y al otro de la cámara de presurización, lo que sí se notaba era el aumento del calor, y otra cosa, luces rojas, cientos de luces rojas que se refractaban en el cristal de las gafas de seguridad. Hachas avanzaba delante de mí con aparente tranquilidad. La marcha era, sin embargo, lenta por efecto de los cubrezapatos que llevábamos, los de ropa, blancos, y los amarillos de plástico obligatorios dentro de la cúpula. Bajo nuestros pies un laberinto de suelos de rejilla metálica. Me acordé de la canana de bacterias que aún llevaba adherida a la piel. ¿Sobrevivirían a tanto calor? No sabía qué pensar. Sin embargo, ya no podía dar marcha atrás en mi misión.
Avanzábamos dentro de una estructura laberíntica, ahora tres escaleras arriba, después seis abajo, otra vez ocho arriba, ahora giro a la derecha y, más adelante, giro a la izquierda mientras se suben nuevas escaleras. Me encontraba dentro de un dibujo de Escher inmenso caminando arriba y abajo como en una dimensión imposible. Me encontraba dentro de la cúpula, no había que darle más vueltas.
Los espejismos son propios del desierto, pero estos juegos ópticos aparecieron repentinamente dentro de ese laberinto, o al menos es lo que mi mente ha racionalizado con el paso de los años. Espejismos, espejismos, ¿qué si no? Espejismos, no hay más. Espejismos y basta.
¿Quién puede creer en fantasmas hoy en día? Yo no. Entonces veía espejismos y eso era todo.
Hachas se detuvo y se agachó. Cogió del suelo una concha. ¿Qué hacía dentro de la cúpula una concha? Se quitó el casco y el pasamontañas de sábana blanca y, con la cabeza peligrosamente desnuda, respiró hondo. Yo estaba atónito dentro del envoltorio de plástico que me protegía de posibles contaminaciones radiactivas. Hachas me miró y señaló una especie de tubería más grande que el resto.
Señaló hacia arriba y me di cuenta de que el objeto no era una tubería, sino que se trataba de un recipiente cilíndrico con una multitud de tubos que le salían de su base como si fueran las patas de un pulpo inmenso. Pude descifrar, en medio del ruido ensordecedor, las palabras de Hachas. Entendí que aquello era el reactor…
… el caos de la cúpula hace grande toda la vida…
Hachas se volvió a poner la máscara y avanzamos por un pasillo grasiento. ¿Qué hacía tanta suciedad en un lugar tan delicado?
Avanzábamos con dificultad y mi misión se fragmentaba en múltiples lucecitas de color sepia. No podía hacer más que seguir a Hachas fuese donde fuese, aunque apenas lo conseguía mientras él caminaba más contento que unas pascuas. Era un temerario y yo no estaba dispuesto a arriesgarme. ¡Hachas! ¡Hachas! Mi voz era amortiguada por la máscara de protección y por el ruido de fondo que nos rodeaba. Caminábamos por un pasillo con suelo de cemento, un pasillo lleno de conchas amontonadas a ambos lados. Conchas blancas, conchas puntiagudas, conchas enormes, parecía que allí dentro se celebraran grandes mariscadas y abandonaban las cáscaras en el suelo. ¡Hachas! Mis gritos eran infructuosos y su rapidez al caminar me impedían hacerle una señal táctil. Él avanzaba con determinación, yo apenas podía caminar con los cubrezapatos a través de los montones de conchas que me alcanzaban hasta la rodilla.
Entonces, de improviso, se desplegó ante nosotros la explicación al misterio de las conchas. Un torrente de agua de mar que se fugaba de una gran tubería de más arriba, formaba una inmensa comunidad que todo lo invadía. Cuando el torrente desviaba su camino, miles de moluscos morían deshidratados. Un distópico paseaba cerca de nosotros e iba midiendo el grado de radiación de aquellos moluscos gigantescos. Los que encontraba adecuados se los puso en el zurrón y desapareció escaleras abajo. Recuperé la comunicación con Hachas.
–Es por una fuga de la tubería que lleva el agua de mar para refrigerar el reactor. – intentó darme explicaciones del fenómeno de las conchas– el calor hace que sean tan grandes, las que mueren están irradiadas y, por eso, no las podemos sacar de aquí dentro.
– ¿Y cómo es que las cogen? –le pregunté en referencia al distópico que las recogía y se las llevaba.
–Porque son deliciosas. No todas están contaminadas, hay algunas que, por una razón u otra, no absorben la radiactividad que desprende el reactor. Con los medidores las detectamos y nos las llevamos para comérnoslas.
Quizás sí, quizás no ¿Cómo podía opinar sobre aquella extravagante realidad? Hachas se quejaba dentro de la máscara de plástico, ¿lloraba quizás? Y, ¿por qué lo hacía? Sin embargo, íbamos avanzando por dentro de la cúpula. No recuerdo cuánto tiempo estuvimos caminando mientras se nos metían las conchas en los pies, ¿horas quizás? No importaba, la llegada al sorprendente destino me resarció de todos los males. El arco resplandecía ante nosotros. Las conchas a su alrededor se habían, o las había desmenuzado. Eran polvo, sólo un polvo molesto que todo lo envolvía.
Hachas gritaba y un ruido metálico nos ensordeció.
–Eres un alma cándida, Fabio – Una voz conocida emergió entre la nube de polvo de conchas.
– ¿Quién habla? – Contesté incapaz de percibir el rostro que se escondía detrás de la cortina de polvo.
Hachas le contestó con voz altisonante.
–El rectángulo. ¡Ábrenos el rectángulo!
–Sí. –dijo la voz – la puerta ya está abierta, pasad.
Hicimos dos pasos y un aire inesperado disipó la nube de polvo.
Hachas pegaba puñetazos a la pared como si estuviera enfadado. El polvo se desprendía con violencia, pero inmediatamente era succionado por un extractor que había encima de nuestras cabezas. La voz parecía que nos quisiera provocar.
Estáis muy pálidos – dijo la voz riendo– sois solo unos aprendices.
Hachas se quejaba y, a mí, se me había formado un nudo en la garganta. Qué nudo. Casi no podía respirar dentro de la máscara.
Tras una luz brillante, azul, una cara conocida nos miraba y se reía de manera burlona. Era el australiano pelirrojo.
Bienvenidos hermanos – Dijo alzando los brazos– ha pasado tanto tiempo…
Eres un idiota. – Le dijo Hachas enojado– me aseguraste que no bajaríais más aquí.
El pelirrojo nos miró con resentimiento y bajó los brazos.
Hachas. Tú eres quien no tendrías que estar aquí abajo. – le señalaba con el dedo desafiándolo– Primero, te vas a casar y deberías ser más prudente con lo que dices y lo que haces. Segundo, ni tú ni tu compañero no tenéis nada que opinar de lo que pasa aquí abajo.
Se tumbó y, de espaldas, nos amenazó.
No es de vuestra incumbencia. Vigilad el terreno que pisáis, no tengáis un desgraciado accidente.
Hachas, muy enojado, hizo el esfuerzo de contenerse. Las luces comenzaron a parpadear y el pelirrojo reía. Subió unas escaleras y desapareció tras un tubo. Inmediatamente nos quedamos a oscuras.
–Desgraciado. Malnacido – Gritaba Hachas, a la vez que lanzaba conchas hacia donde había desaparecido el pelirrojo.
Los golpes metálicos sonaban en medio del zumbido eterno de la cúpula en ebullición. A nuestro alrededor, sin embargo, todo era oscuridad.
28
Si el camino de ida había sido bastante dificultoso, no me podía imaginar rehacerlo a oscuras. Había otra cosa que lo empeoraba, no tener ninguna explicación que diera sentido al comportamiento del australiano. Por este motivo, como no sabía qué se cocía dentro de la cúpula, me movía impacientemente palpando las tuberías que me rodeaban para ver si encontraba una salida. Hachas continuaba tirando conchas a raudales, y yo opté por fugarme gateando, para evitar ser el blanco de una de ellas, quizás también para encontrar alguna muestra de racionalidad dentro de aquellas instalaciones. Me subí encima de una gran tubería que descendía hacia un punto de luz a lo lejos. Vamos. Vamos. Estaba rodeado de chiflados y mi intención era huir para siempre de aquel lugar. Huir…
… ya sabes que tu presencia estorba al utópico…
Mientras iba descendiendo oía un leve lloriqueo tras de mí. Las luces de emergencia hacían esfuerzos para encenderse, pero sólo lanzaban destellos de luz que me permitían ver de manera fugaz la silueta de Hachas. Finalmente había desistido de lanzar más conchas y yacía en el suelo abatido, haciendo evidente su consternación en las formas de su cuerpo. Yo no detuve mi descenso por la tubería, y seguía palpando por todo mi alrededor para evitar sorpresas imprevistas. Llegué a un estrechamiento y oí un estruendo cerca, ¿agua? Seguro que era agua que se colaba de más arriba, agua de mar que debería tener algún destino mucho más abajo de donde me encontraba, por el camino debía ir creando pequeñas balsas de lodo, entendido este último como mezcla de polvo de concha y grasa. Con dificultad me metí dentro de la galería, compungido de repente por haber abandonado a Hachas. No confiaba en nadie, ni compañeros, ni utópicos, ni distópicos, ni en mí mismo. Mi mente era un amasijo de incomodidades debido a una intuición. La trampa, el engaño, la manipulación, palabras, sólo eran palabras que nunca se acercarían al verdadero sentimiento de traición. Nunca. Y inevitablemente empeñé mi vida por un ideal fútil, huidizo, dejándome con una mala conciencia de extrema pesadez.
… ¿qué haría la vida sin el caos de la Cúpula? …
La realidad, durante meses, no se pudo encajonar dentro mi mente. Permanecí dentro una perplejidad extática. La inmovilidad ensalzaba mis errores y yo me mantenía en el hospicio de los culpables. Porque lo era. Y no un culpable cualquiera, me había convertido en el durmiente más clamoroso de la historia de la humanidad. Nada más que eso, fui apoderado por un pensamiento eclíptico de mi personalidad, hasta anularla del todo, hasta convertirme en un don nadie que sólo despierta hilaridad al hacérsele patentes sus propios errores. No había nada más que decir, nada más que soñar, nada más que abatir. Sólo descender a los infiernos que me había creado, sólo aceptar la paranoia del engaño. No grites Hachas, no grites.
… ¿qué haría el distópico sin el caos del utópico? …
Dos meses permanecí en el paraíso. Dos meses que borraron las sombras que cubrían mi mente. Dos meses junto a Emma pudiendo ser yo mismo. Reía, sí, reía y eso era sorprendente. Mi entorno volvía a ser agradable y reía despreocupado, ya no había nubes que ensombrecieran, a mí, ¿a quién si no? La cúpula pronto me haría perder esta felicidad que había encontrado. La cúpula me hizo caer donde siempre había temido, y por eso reía de manera grotesca mientras me deslizaba hacia abajo, muy abajo, tan abajo que nunca más nadie me pudiera encontrar. Ríe tú también, Hachas, ríe, que tú también has sido traicionado…
…oh distópicos que siempre esclavizáis a los utópicos…
Todo había sido planeado para superar todo tipo de obstáculos, pero aquella extraña realidad estaba fuera de toda previsión. Emma tenía dos cuadernos enormes con todas las opciones y todos los imprevistos que fuimos repasando metódicamente. ¿Qué pensaría de mi situación?
Tampoco habíamos previsto que debiera entrar dentro de la cúpula, ni era un hecho que hubiera que hacer por ningún motivo. Mi objetivo único era la piscina de combustible donde se almacenaba el uranio y nada más.
Todo lo demás era complicarme la existencia sin tener necesidad. Sólo podía intuir a trasluz el comportamiento de los australianos, incluido el de Hachas y, por este motivo, huía. Había estropeado el objetivo de todos, lo único que me quedaba era desaparecer.
Los sueños del doctor Nevers no eran más que calendas griegas en mi mente. No creía y punto. Y a este extremo llegaba demasiado tarde, tarde del todo, justo cuando bajaba por dentro de las tripas de la fiera. Ya no había retorno. Ya no había vómito que me devolviera a mi vida anterior.
La digestión ya estaba demasiado avanzada y lo que saliera, bueno, ¿qué podría pensar de lo que finalmente saldría de todo esto?
Pero todo no era turbio en mi mente. Al menos esta turbidez no era constante, al contrario, iba y venía de manera descontrolada. Y entonces sucedió que, estando encima de la tubería, recobré la serenidad mental. Imagínate qué sorpresa, imagínate el impacto. La tubería vibraba bajo mis pies, el calor se empeñaba a quitarme el poco oxígeno que había allí abajo, y yo sin saber qué diablos estaba haciendo entre toda aquella selva de tubos situados en la base de la cúpula. Y lo más grave de todo, ¿cómo podría salir de aquel laberinto radiactivo?
Sólo podía confiar en la intuición. Detrás de mí la oscuridad, ante mí una brizna de luz indeterminada. A ambos lados palpaba tuberías temblorosas.
Descarté rehacer el camino y tenía que apresurarme en llegar al punto luminoso. No podía hacer otra cosa. Mientras me deslizaba hacía esfuerzos para recordar.
«Puedes quedarte en mi casa mientras organizamos el proyecto Hermes», me recomendó Emma mientras me miraba a los ojos, apenas en el momento que aparcaba su coche en el parking de su casa después de haber huido de la casa de la montaña. A continuación, añadió, «te recomiendo que no vuelvas a tu casa». ¿Qué podía hacer? No tenía alternativa. En realidad, no quería tenerla. Y, de este modo, me hundí de lleno dentro la trampa de la utopía. Emma era convincente, demasiado, me hubiera podido convencer de cualquier cosa inverosímil. Y así fue, pasamos dos meses planeando el proyecto Hermes y conviviendo en la misma casa. Y ya te digo ahora, porque sé lo que te pasa por la cabeza ahora mismo, sí, compartimos cama también, no es de extrañar. Y quizás esta historia esté llena de dudas, lo reconozco. Sin embargo, te lo cuento, Eric, tal como sucedió, no hay más. Ni fue una gran conspiración ni fue una tomadura de pelo. Simplemente llevamos a cabo una idea, sabiendo que no podríamos comprobar los resultados hasta que no pasaran muchos años, décadas incluso. Y éramos conscientes, y no nos importaba. Lo teníamos que hacer y punto. Todo lo que sucedió fue, simplemente, fruto de la casualidad. La relación con los australianos y verme inmerso dentro de sus turbios asuntos, Hachas con sus sueños y su sencillez vital, en el fondo la envidiaba por muchas cosas. Y, al final, todo quedó en el aire. Unos acusados de tráfico de drogas con una perversa fusión entre anfetaminas y radiactividad, otros disfrutando de una libertad inmerecida. Y yo siendo partícipe de todo, pero saliendo indemne de todas las culpas que se repartieron. Pero bueno, te contaba que estaba bajando por una gran tubería en las entrañas de la cúpula. Discúlpame, un pequeño detalle ha quedado para contar antes de finalizar el relato.
Finalmente llegué a una luz difusa que se encontraba a pocos metros de la tubería. Un abismo de cemento se extendía por debajo de mis pies tachonado por decenas de luces como las que había visto con anterioridad con Hachas. Eran luces de posición que marcaban una escalera vertical que descendía hasta el abismo. Desgraciadamente yo me encontraba en el otro extremo y la escalera me era inalcanzable. Me agarraré a la tubería cuando fui consciente del peligro. El calor y la suciedad aumentaban el riesgo de un resbalón mortal. La cautela reclamaba mi atención y la evaluación fue el inmovilismo. El tiempo gobernó mi presente de manera despótica, tomándome como deudor del conjunto de la humanidad. ¿Por qué yo? ¿Por qué esta degradación de mi persona? Los recuerdos se me presentaban con bandeja metálica donde mi cara se reflejaba con expresión de pasmo. ¿Quién era yo? ¿Lo sabía? ¿Lo había sabido nunca? ¿O sólo era un espejismo? Y, en medio de estas elucubraciones, una voz conocida,
– Víctor. ¡Víctor!
A continuación, la hipnosis.
29. Epílogo
Los jardines, empobrecidos por el paso del invierno, pero todavía llenos de encanto, ocultaban mi cuerpo de la mirada de los científicos mientras iban entrando dentro de su paradisíaco templo de la ciencia, una buena imitación de un palacete neoclásico con un frontón sujetado con seis columnas jónicas. El jardín rodeaba el edificio hasta tocar sus paredes, eso me sirvió para vigilar su entrada a escondidas tras la última columna, y ayudado también por la oscuridad que no podía eliminar el grupo de escuálidos farolillos que iluminaba el sendero. Sabía que Ella se encontraba dentro retenida contra su voluntad y siendo objeto de todo tipo de vejaciones por su condición de pigmea albina. Una chica albina siempre despierta curiosidad entre los científicos, si, además, este albinismo provenía de una comunidad africana era obligado su estudio por el buen nombre de la ciencia. Ocho años había necesitado para seguir su rastro después del ominoso secuestro por parte de los colonos portugueses. La prisión fue mi destino. El de Ella, durante años, fue un misterio para mí, Guinea, Madeira, Santarém y, finalmente, Oporto, fueron los destinos encadenados que seguí hasta encontrarla una vez liberado de los confusos cargos que me retenían. La comunidad científica se había hecho eco de su existencia, y un gran número de personalidades la visitaban asiduamente para saciar su morbo. Mientras, la inacción me consumía. Cuando aclaré mi libertad con las autoridades portuguesas ya habían pasado demasiados años desde que nos separaron. ¿Me recordaría? Yo la recordaba, no había duda. Pero lo que en realidad me interesaba en aquellos momentos oculto en mi escondite era el número de científicos que asistirían a la ponencia, más que otras consideraciones. La puerta de hierro de la entrada estaba adornada con cintas de colores que escondían lemas en latín y en griego. Los científicos iban entrando a paso lento y dando muestras de su soberbia intelectual. Yo me los miraba con una mezcla de indignación y tristeza. Cuando estuvieron todos dentro rodeé el edificio para localizar una ventana o un tragaluz que diera al interior de la sala de actos. Lo encontré tras unas zarzas. La platea descendía por debajo del nivel del suelo, por lo que yo los veía de frente, pero desde arriba. Estaban dispuestos en media circunferencia y ocupaban los asientos centrales, en los extremos quedaban asientos sin ocupar dado que la afluencia no era muy numerosa. Justo debajo de mí una especie de escenario con una plataforma. Encima, de pie, la víctima tapada con una sábana blanca. Los científicos hablaron durante un buen rato antes de que uno de ellos se acercara al cuerpo cubierto y, con un gesto brusco, estiró la sábana y dejó a la vista de todos, el cuerpo desnudo de la pigmea albina ante un oh exclamativo del público. Ya había visto suficiente, no podía tolerar más humillaciones. Con una rápida carrera volví a dar la vuelta al edificio y, con una patada, abrí la puerta. Dos hombres con levita me intentaron aprehender, pero los apunté con una pistola que llevaba escondida en la faja. Se acobardaron y los encerré en el guardarropa. Entré en el hemiciclo con un disparo en dirección al techo. Todo el mundo se agachó menos Ella, que me miraba a los ojos temblorosa. Quem você é? Pelo amor do deus! Refunfuñaban los científicos con una mezcla de sorpresa e indignación. Les regalé otro disparo al techo y todos callaron como estorninos al sonido repentino de un chasquido.
– É mia! É mia!
Gritaba exaltado. Me acerqué a la tarima apuntando a los dos científicos que la custodiaban. La miré a los ojos y no vi las tormentas de océanos helados de la primera visión de años atrás, al contrario, sólo veía unos ojos llorosos y empañados, sólo veía languidez y añoranza. Le tendí la mano para que viniera conmigo. No se movió. No me miraba. Sólo temblaba de frío y miedo, el temor la invadía. De repente, mientras estaba allí parado esperando un pequeño gesto de adhesión de la pigmea albina a mi persona, se me iluminó el entendimiento. Recordé una noche, en el plano de la solana, donde me hizo comprender que ella no pertenecía a nadie, sólo era hija del Sol. Entonces lo entendí. Nunca vendría conmigo por voluntad propia, era un hecho que a ella no le importaba. Si la quería rescatar la debía secuestrar. No lo podía hacer de otra manera porque los conceptos de secuestro, rescate, libertad o cautiverio no tenían ningún tipo de significado dentro de su mente, sólo eran detalles sin la más mínima importancia ante la infinidad de su universo. Ni ella, ni toda la humanidad, ni siquiera el Sol que tanto veneraba, tenían la más mínima importancia ante el implacable concepto del infinito que le invadía todos los rincones de su pensamiento. Me había de doblar ante la victoria absoluta del despotismo del Tiempo y llevármela a la fuerza. Me la cargué al hombro y salí del edificio a tiros contra el techo. Los improperios de los científicos resonaban por todo el parque mientras corría hacia mi escondite.
Había recuperado la vida.
