Gusano Bravo

Alfred Batlle Fuster

Neon-lit futuristic city built in a rocky canyon with people walking on elevated walkways above a narrow river

Debemos buscar el comienzo de todo

Alejo Carpentier

PRIMERA PARTE

EL BUSCADOR

En un remoto confín del continente europeo, apartado no solo en lo geográfico sino también en lo simbólico y lo histórico, distante de los núcleos donde se fragua el curso del mundo y más aún de aquellos sagrados cenáculos en los que los poderosos se disputan el derecho a reescribir a su conveniencia los hechos del pasado, yace, casi oculta entre los pliegues de la memoria y del olvido, una ciudad a la que, por conveniencia de este relato y por deferencia a su antigua dignidad, daremos el nombre de Batonia.

La ciñe un valle de angostura desasosegante, semejante a una cicatriz en la faz pétrea de la tierra, el cual es cruzado de septentrión a mediodía por el río que nombraremos Gacela, acaso por su ímpetu veloz o por su gracilidad indómita. Este curso de aguas, tan nobles como impetuosas, se precipita entre riscos de granito envejecido y estribaciones de basalto teñido de azul profundo, cuales defensores milenarios de un tiempo sin nombre. No obstante, ya cercano al llano donde se asienta la ciudad, el río, cual fiera domada por la costumbre o la necesidad, mitiga su furor, serpenteando en meandros de hermosura incontestable, cuyas curvas orlan la urbe con elocuente gracia, al tiempo que depositan en sus orillas lodos traicioneros, cenagales de viscosidad antigua, capaces de atrapar sin esperanza de retorno al incauto que ose descuidarse en sus adentros.

Más allá de los umbrales urbanos, allí donde las minas heredan al suelo su lepra ferrosa, el agua se torna de color herrumbroso, y torrentes de mucosa amarillenta —auténticos escupitajos de la tierra violada— se deslizan hasta alcanzar los lodos del Gacela, ahora mancillados por la ambición y el descuido de mil generaciones. Los márgenes del río, otrora santuario de vida y rumor de frescura, yacen tachonadas de socavones y galerías hediondas, abiertas a la fuerza por imperios insaciables que, desde épocas ya borradas por el calendario, descendieron sobre estas tierras con ánimo de rapiña y mano de hierro, dejando tras de sí un cortejo de sombras y ruinas.

Aquellos imperios, movidos por la codicia más cruda, sembraron por doquier servidores del poder y diligentes aurigas de la expoliación, cuya única ocupación consistía en arrancar del vientre de la montaña sus tesoros sepultados, y conducirlos hacia capitales lejanas donde su fulgor alimentara las vanidades de los príncipes. Desde entonces, y aun hasta el presente, la región ha conocido el incesante trajín de ejércitos y mercaderes, de conquistadores y mendigos del destino, todos ellos atraídos por las entrañas rotas de la tierra batonia.

Los actuales moradores de Batonia —descendientes mezclados y persistentes— viven con plena conciencia de la naturaleza plural de su linaje. Corre por sus venas la sangre entreverada de no menos de veinte imperios caídos, y en sus rostros, en sus gestos, en sus palabras, se adivinan los ecos de acentos olvidados y antiguos pactos de fuego. Las tierras que pisan, que cultivan y a veces maldicen, aún remueven en su superficie los lodos de mil batallas pretéritas, que el tiempo no ha logrado asentar del todo. Se agitan, todavía, frente a sus umbrales, como si el pasado, renuente a su sepultura, reclamara el derecho a permanecer.

Allí donde la mirada se extravía en los confines del horizonte, erguidas cual centinelas de un pasado que se obstina en no desaparecer del todo, se alzan las montañas, no desnudas ni ignoradas, sino coronadas de vetustas torres de vigía. Pocas de estas —acaso solo las que la piedra dotó de mayor terquedad o la fortuna de mejores cimientos— permanecen aún en pie, desafiando con su silueta la mansa inercia de los siglos. Las más, sin embargo, yacen derruidas, reducidas a escombros por la cólera de antiguos saqueos, de guerras olvidadas y del tiempo mismo, enemigo de toda permanencia. Pero no fue del todo inútil su ruina, pues los batonios, fieles al arte milenario del reaprovechamiento, arrancaron de aquellos muros vencidos las piedras necesarias para edificar nuevas moradas, y con ellas alzaron sus casas, y con esas casas, como es ley de todo linaje que se pretende duradero, buscaron justificar y engalanar el orgullo de nuevas estirpes que, aun sin gloria, reclaman una genealogía.

Es verdad indiscutible —y no solo entre los sabios, sino también entre los que apenas murmuran sus certezas— que tal comunidad se cimienta no sobre la verdad, sino sobre la ficción compartida, sobre una mentira hábilmente entretejida y cuidadosamente sostenida, como si de un tapiz sagrado se tratase. Pero no por ello ha de merecer menor estima, ni ha de padecer juicio más severo que otras urbes que igualmente se adornan con falsedades más pulidas o menos confesadas. Al contrario, esta impostura le confiere a Batonia una dignidad singular, una humanidad reconocible y acaso más sincera que la de las ciudades que se creen dueñas de la virtud. Porque aquí lo innoble se reviste de prestancia, y la inmoralidad se disfraza con devota y pulcra inocencia, cual doncella que niega su culpa entre rezos y abalorios.

Es por tal entramado de apariencias que el dirigente musgaño, astuto en su vileza, disputa con el mustélido, no menos taimado, el privilegio de despedazar una nueva presa que, como siempre, será el pueblo mismo. Entre zarpazos y dentelladas —más retóricos que sangrientos, pero no por ello menos nocivos— se decide el teatro del poder, mientras los ciudadanos de Batonia se alinean tras uno u otro, guiados por afectos heredados, odios infligidos o simple costumbre, ignorando en su ceguera que toda elección, por noble que parezca, se vuelve, en última instancia, una condena contra ellos mismos.

Si alguno de estos desdichados llegare a despertar, y en un destello de lucidez comprendiere la insigne verdad de su esclavitud perpetua, difícilmente sabría qué hacer con tal revelación, pues no hay mayor peso que el del conocimiento no solicitado. El hambre de nuevos dineros —ese antiguo y persistente motor de la voluntad— continúa siendo la única fuerza que remueve sus espíritus, y lo que no se compra ni se vende, sencillamente no existe para el batonio medio, cuya alma, moldeada por siglos de servidumbre, halla más consuelo en el trueque que en la verdad.

Puesto así el panorama —un pueblo manipulado por sus notables, y estos, a su vez, encadenados al servilismo de poderes oscuros y lejanos— digamos en resumen que Batonia, ciudad milenaria, corrompida y sin timbre distintivo que la redima o la singularice, no puede jactarse de originalidad ni de destino excepcional alguno. Es, simplemente, como tantas otras ciudades diseminadas por este continente cansado: repetida, gastada y, por eso mismo, completamente reconocible.

Pero antes de aceptar esa insignificancia como ley definitiva, ha de entenderse que cada batonio, en lo más hondo de su carne y de su espera, cultiva con paciencia una esperanza. No la esperanza pueril de los ingenuos, sino aquella más amarga y antigua que se llama resignación. Esperan —sí— una vida distinta, acaso mejor, aunque saben que nunca llegará, y mientras la esperan se enredan, como quien se envuelve en sus propias cadenas, en las miserias del día a día: difamar al prójimo, desacreditar al vecino, y si los astros lo permiten y la ocasión se presenta sin testigos, procurar su ruina o su muerte.

Las leyes que en el seno de esta ciudad rigen, si es que puede hablarse con propiedad de ley donde más parece imperar la costumbre del capricho y la pereza judicial, han estado desde antiguo teñidas de una indulgencia singular, casi se diría afectuosa, hacia aquellos actos nacidos del ánimo vengativo. Así, aun cuando tales hechos desemboquen en sangre derramada y muerte violenta, rara vez se halla en Batonia un tribunal o autoridad que no encuentre, con meticulosa complacencia, alguna causa eximente, o al menos atenuante, que permita absolver al culpable de toda consecuencia definitiva. En esta tierra, el asesino raras veces teme la horca ni las rejas; antes bien, se le ofrece comprensión y justificación, como si su crimen fuera no solo explicable, sino necesario, parte natural del discurrir social.

Tal laxitud, que en otros tiempos y lugares provocaría escándalo o condena, no ha de atribuirse aquí ni a la ignorancia ni al desorden, sino más bien a una peculiar configuración del orden político y judicial, heredada de siglos y fosilizada en usos que ni los invasores ni los gobiernos sucesivos han logrado modificar del todo. Conviene, pues, a quien aspire a entender la entraña de Batonia, saber que tanto la ciudad misma como las aldeas que se cobijan en el valle que cae bajo su indirecto dominio, han gozado —y aún gozan— de un estatuto singular, exento en la práctica de las leyes generales del país al que nominalmente pertenecen.

Desde remotos tiempos en que reyes ya olvidados firmaron cartas de privilegio para asegurarse la lealtad de estos montañeses ásperos y de genio torcido, se les ha permitido dictar sus propias normas, aplicar su propia justicia, y resolver sus querellas sin dar cuenta a ninguna otra instancia que no sea la suya. De tal manera que, aun sin proclamarlo, y sin que medie forma legal explícita, Batonia se conduce como república autónoma, como enclave soberano, en medio de un país que apenas osa recordar su existencia.

Ahora bien, que nadie imagine que esta independencia ha sido fértil en obras de altura ni ha dado lugar a alguna excelencia civilizatoria que merezca admiración. Lejos de ello, Batonia continúa siendo, y acaso lo será mientras el mundo gire, una ciudad agreste, ordinaria y por momentos infecta, donde el hedor de los desechos se confunde con el de las conciencias, y donde los rostros, marcados por el ceño del descontento, parecen hechos para el reproche más que para la risa.

Sus moradores —hombres y mujeres curtidos por generaciones de privaciones y obediencias— no se aman ni a sí mismos ni entre sí, y en el fondo de sus entrañas anida un solo y poderoso deseo: el de huir. No ya como el exiliado noble que parte en busca de mayor libertad o conocimiento, sino como el siervo cansado que, al vislumbrar una ocasión, se despoja del grillete con sigilo, escapa de la casa del amo y se lanza a la fuga sin mirar atrás. Y sueñan, en sus noches y sus días, con abandonar la ciudad, apenas el azar les muestre una ruta propicia; sueñan con irse, sin despedida ni testimonio, y no volver jamás, ni siquiera en la memoria.

Tal es Batonia: ciudad olvidada que se olvida a sí misma, entregada a un letargo de siglos, revestida de una libertad sin propósito y de una soberanía sin brillo, donde el crimen se perdona, la ley se aplaza, y el alma se marchita.

Antes que os adentréis, lectores improbables y acaso imprudentes, en el oscuro caudal de esta narración, permitidme alzar la voz para ofreceros, no tanto un preámbulo, cuanto una advertencia que bien pudiera salvaros del delirio y del peligro. No hallaréis, por más que afinéis la mirada o agucéis el entendimiento, la localización precisa del escenario que aquí se evoca. Ninguna geografía concreta, ninguna comarca reconocible se revelará bajo el velo del relato; y si por ventura llegase a surgir, en vuestra mente ávida de correspondencias, alguna sospecha, alguna semejanza con tierras existentes o conocidas, sabed desde ahora que será mero fruto del azar, reflejo accidental de una coincidencia sin peso, destello ilusorio nacido de vuestra propia imaginación, y no de mi designio.

No malinterpretéis esta reticencia ni la juzguéis como desdén hacia vuestra curiosidad, que sin duda es legítima. Es, en verdad, por vuestra propia seguridad que el silencio ha sido erigido como escudo. El secreto que rodea esta historia no es ocioso ni caprichoso, sino fruto de una vigilancia ininterrumpida que ha atravesado los siglos, custodiado por diez generaciones sucesivas de guardianes —no siempre sabios, pero sí siempre fieles— que se encargaron de desfigurar los rastros, de borrar los mapas y camuflar las huellas bajo capas y capas de engaño, fábula y espejismo.

No es este un juego de ingenio ni un enigma para ser resuelto por mentes sagaces. Mucha sangre fue vertida en la necia búsqueda de lo que nunca debió ser hallado; demasiadas vidas se extinguieron en vano, consumidas por la obstinación de penetrar un misterio sellado con intención irrevocable. Y aunque antaño, en un tiempo ya desvanecido entre los pliegues de la antigüedad, se cerró este secreto con la altiva presunción de que jamás sería violado, he de confesar que el infortunio —ese antiguo rival de todo plan humano— logró, no hace tanto, resquebrajar el cerrojo. Un error, o quizá un gesto de soberbia, dejó al descubierto una fisura en la muralla del olvido, y a través de ella el tiempo, siempre traicionero, filtró la verdad hacia los márgenes inciertos de nuestro siglo.

De las muertes que siguieron a tal revelación —y fueron más de las que la prudencia puede admitir sin estremecerse— solo nos resta el triste consuelo de suponer que constituyen el término de una larga cadena. Un fin inesperado, sí, pero irrevocable, o al menos eso ha sido mi propósito al consignar estos escritos: dejarlos como piedra de toque, como relato último y definitivo que sirva para disuadir a los investigadores pertinaces, a los curiosos incorregibles, a todos aquellos espíritus insomnes que buscan donde nada hay y creen ver señales en la pura niebla.

De modo que, si aún deseáis proseguir, hacedlo sabiendo que esta historia no es llave, sino muro; no es revelación, sino advertencia; no es epifanía, sino conjuro. Y si en vuestra obstinación decidís seguir leyendo, que no sea con la esperanza de hallar un lugar, sino con la resignación de perder toda certeza de lo conocido.

Alvar Salce

1.

Al término de nuestro recorrido —ya las sombras del atardecer comenzaban a deslizarse sobre los aleros del recinto, y un aire espeso, cargado de presentimientos, se insinuaba entre las arcadas del lugar— fuimos conducidos, casi con sigilo y visible recelo, hacia el último de los pabellones, aquel que el guía denominó con un temblor apenas disimulado como “la cámara de los escritores”. No se trataba, como algún incauto podría suponer, de una biblioteca viviente o de una galería de sabios dispuestos a impartir su ciencia, sino más bien de un oscuro presidio donde se retenía, bajo cerradura y constante vigilancia, a ciertos hombres y mujeres que, habiendo dedicado su existencia al arte de la palabra escrita, habían cruzado —a juicio de las autoridades— los umbrales tolerables del pensamiento.

Al aproximarnos al hierro de las jaulas, el guía —un hombre enjuto, de voz monótona, pero firme, como si repitiese un discurso aprendido a fuerza de necesidad— nos advirtió con severidad no disimulada que extremásemos la precaución en todo momento. Nos rogó, con una mezcla de compasión y temor, que no nos acercásemos demasiado a las rejas, por más que la curiosidad o el deseo de comprender nos empujase hacia ellas. Pero, sobre todo —y aquí, su voz descendió un grado, como quien se adentra en el ámbito de lo sagrado o de lo prohibido— nos instó encarecidamente a no sostener la mirada de ninguno de los prisioneros.

Mirarlos a los ojos, nos dijo, era exponerse a una suerte de encantamiento inverso. Pues aquellos desdichados, privados del ejercicio de su pluma y condenados al silencio más infecundo, hallaban en los rostros ajenos el único papel donde aún podían escribir. Bastaba una mirada, un simple cruce de ojos, para que comenzasen —como quien despierta súbitamente de un largo letargo— a fabular, a construir en su mente castillos de ficción sobre la vida del visitante: quién era, de dónde venía, qué heridas cargaba en el alma y qué destino trágico o glorioso lo aguardaba. Y como tales ficciones no hallaban vía de escape —pues se les tenía vedado todo instrumento de escritura y aun el más mínimo recurso para consignar sus delirios— la presión interna se tornaba intolerable, y entonces, presa de una desesperación convulsa, arremetían los unos contra los otros, como fieras enclaustradas, buscando en la carne del semejante una válvula de alivio a su tormento invisible.

Tal era el estado de aquellas celdas, que el guía, sin ocultar su resignación, nos confesó que ni siquiera contaban con suficientes cámaras de aislamiento para contener el furor de tantos imaginadores contenidos, y que por ello mismo era imperativo evitar cualquier provocación, por inocente que pareciese. Una palabra mal dicha, una mirada sostenida más de lo debido, podía desatar una tempestad de delirios, gritos y violencia que ni los más experimentados guardianes sabrían contener sin costo.

Así pues, avanzamos en silencio, entre murmullos y pasos contenidos, como quien atraviesa el pasaje entre la cordura y la locura, entre el poder de la imaginación y el castigo que ella misma engendra cuando se ve privada de cauce.

2.

Más adelante, tras haber dejado atrás la penumbra opresiva del pabellón anterior —donde el encierro de los escritores aún resonaba en nuestras conciencias como un eco difícil de acallar— fuimos conducidos hacia la sección siguiente, que el guía, con una sonrisa ahora más distendida, calificó de “zona de interacción supervisada”. En ella, según sus palabras, se hallaban recluidos aquellos sujetos cuyo temperamento, tras haber sido objeto de un largo y riguroso proceso de reforma, podía considerarse ya inocuo, o al menos manejable bajo condiciones ordinarias.

Aquí, la atmósfera era otra: menos tensa, más aireada, casi se diría doméstica en comparación con los aposentos previos. Las figuras humanas que se desplazaban dentro de los recintos —algunas sentadas en cuclillas, otras dedicadas a ordenar piedrecillas por tamaño o color sobre la tierra batida— ofrecían un aspecto mansamente aturdido, como si sus almas hubiesen sido deshilachadas hasta quedar en silencio. Se nos permitió, entonces, acercarnos a ellos, tocarlos incluso con delicadeza, y acariciar sus cabezas inclinadas o sus espaldas huesudas, lo cual hicimos con una mezcla de timidez y fascinación. No hubo peligro, pues, como explicó el guía con gesto casi paternal, aquellos individuos habían sido sometidos con éxito al denominado “proceso de reeducación neurológica integral”, cuyo principal instrumento era la irradiación precisa de la corteza prefrontal y los lóbulos parietales, regiones donde antaño anidaban el pensamiento abstracto, la imaginación, la duda y toda forma de razonamiento superior.

Dichas zonas, tras el tratamiento, quedaban reducidas a un estado de pasividad permanente, lo cual eliminaba toda inquietud filosófica, toda posibilidad de crítica, toda forma de rebelión simbólica o verbal. Lo que restaba en aquellas mentes era, por así decirlo, una conciencia purificada de disidencias, una obediencia natural no por convicción, sino por incapacidad de imaginar otra cosa.

Sin embargo, el guía, cuya voz jamás perdía el tono mesurado del funcionario fiel a su doctrina, nos advirtió que no debíamos, en ninguna circunstancia, agarrarlos o ceñirlos con fuerza, por más dóciles que parecieran. Aun privados de ideas, aún extirpados de su voluntad consciente, conservaban, como todo organismo viviente, un vestigio instintivo de defensa que se activaba ante la sensación de encierro físico. En tales casos, podían morder, no por odio ni rebeldía, sino por simple reflejo de autoprotección, como lo haría un perro dormido que siente, de manera súbita, su pata atrapada en una trampa.

Nadie del grupo osó contrariar tal advertencia. Observamos, tocamos, y retrocedimos con respeto, como quien contempla una reliquia de otro tiempo, un vestigio de humanidad reducida a su mínima expresión.

Concluyó la visita sin incidente alguno, envuelta en un aire de satisfacción general que flotaba entre los miembros del grupo: estudiantes recién licenciados en administración institucional, aspirantes fervorosos a un porvenir seguro bajo la égida del orden, del método, del silencio bien mantenido.

Muchos de nosotros —y no es exagerado decir que la mayoría— abandonamos la Domus aquel día con la voluntad renovada de alcanzar, cuanto antes, una plaza como vigilante de sección, o incluso, con suerte, una posición en los consejos de evaluación neuromoral. Allí, donde el porvenir del cuerpo ciudadano se define con precisión quirúrgica, entre dosis de irradiación y listas de control, se hallaba, a los ojos de tantos, la verdadera esperanza de una vida plena: regular, previsible y libre de todo sobresalto intelectual.

Y así fue como, llegado el término de la visita, tras haber recorrido los corredores sombríos y los recintos clausurados del penitenciario, nos congregamos con ánimo elevado y espíritu ufano frente a la fachada principal del establecimiento, severa y simétrica como corresponde a toda institución del orden. Allí, bajo la mirada inalterable de los altos ventanales enrejados y el escudo pétreo del Régimen tallado sobre el frontispicio, nos felicitamos mutuamente con ademanes medidos, sonrisas oficiales y leves inclinaciones de cabeza, celebrando con disimulada emoción el éxito de la jornada. No faltó tampoco quien, con la ligereza propia de la juventud disciplinada, solicitase que se nos retratase en grupo, a fin de inmortalizar aquel momento singular, en que aún no éramos sino aspirantes a funcionarios del Estado, pero ya saboreábamos el perfume anticipado de una obediencia recompensada.

De esta guisa posamos, pues, sonrientes y erguidos, como soldados de la paz moral, mientras el retratista —hombre mudo, vestido con sobriedad reglamentaria— capturaba la imagen con su aparato de diafragma único, que chirrió como un reloj detenido al inicio de los tiempos.

3.

En el interior de aquellas paredes, ocultos tras múltiples cerraduras y mecanismos de contención, moraban aquellos a quienes, en otros tiempos, se habría tildado de visionarios, de poetas o pensadores. En nuestra era, en la que toda esperanza de trascendencia debía someterse a cauces trazados con compás, se les llamaba simplemente «imaginadores», término que, aunque carente de acusación explícita, estaba ya cargado de sospecha y repulsa. Pues todos ellos, sin excepción, habían osado levantar la mirada más allá del presente inmediato, del deber prescrito, del esquema útil, y se habían atrevido —ay, insensatos— a concebir un futuro. No uno genérico, abstracto, sino uno distinto. Y ese acto, aparentemente inofensivo, era suficiente para merecer la reclusión.

No eran, desde luego, tiempos propicios para la imaginación, ni para la conjetura, ni mucho menos para el pensamiento especulativo. Toda propuesta, toda idea que implicase cambio, reforma o —Dios no lo quiera— innovación, debía primero someterse al Filtro, instancia última del discernimiento administrativo, que operaba en las penumbras del Ministerio de Intenciones. Allí, tras meses de escrutinio, papeleo y espera extenuante, se decidía si aquella noción era digna de circular o, por el contrario, debía ser archivada para siempre en la cámara de residuos conceptuales.

Y no era cosa menor, ni juego de aficionados, el presentarse ante el Filtro. Muchos hubo que, en su entusiasmo juvenil o su presunción de ingenio, cometieron la torpeza de proponer lo inadmisible: ya fueran deseos estéticos sin provecho, reformas estructurales sin sustento estadístico, o, peor aún, visiones del mundo que implicaban juicio moral autónomo. Tales errores no solo suponían el rechazo del planteamiento, sino el inicio de un proceso judicial costoso, cuyos gastos —fianzas, tasas, peritajes— recaían enteramente sobre el proponente, obligándole a desprenderse de bienes, propiedades, incluso de la dote familiar, para sufragar el peso de su atrevimiento. Más de uno, nos decía el guía con tono de sentencia, acabó desposeído y mendicante por haber imaginado fuera de tiempo, fuera de lugar, fuera de los márgenes permitidos.

Pero no he de prolongarme en estas pesquisas sobre el pasado, de las cuales fuimos ya oportunamente advertidos en el preciso instante en que, por vez primera, se abrió para nosotros la Sandía, ese libro sagrado y ambiguo donde el Régimen encierra tanto sus preceptos como sus olvidos. Sabíamos, desde entonces, que ciertas historias debían ser oídas sin comentar, y ciertos recuerdos acatados sin comprensión. En ello radica nuestra fortaleza, y acaso también nuestro consuelo.

Estos escritos que a continuación se despliegan no han brotado de mi voluntad, sino que me han sido confiados por mandato superior, con el fin —dicho sea sin arrogancia— de perpetuar testimonio de un mundo fenecido, clausurado en sus formas, disuelto en su substancia, y cuya evocación, aunque dolorosa, se juzga necesaria para advertencia de las generaciones que habrán de sucedernos. No es su objeto la nostalgia ni el lamento, sino la prevención y el esclarecimiento, a fin de que los hijos del porvenir, al leer estas páginas, puedan discernir con claridad los yerros cometidos por quienes habitaron la primera mitad del presente siglo, época desdichada de pensamientos errabundos, hábitos corrompidos y voluntades entregadas al capricho de la subjetividad.

En aquellos años oscuros, que hoy apenas se mencionan en las aulas si no como ejemplo de desorientación moral, fue costumbre perniciosa la de otorgar igual valía a toda opinión, por absurda o destructiva que fuera, y se toleraron ideas que hoy no merecerían sino el silencio profiláctico o el olvido activo. El resultado fue un deterioro general del juicio colectivo, un extravío de la razón común que condujo, sin remedio, a una descomposición progresiva de la estructura cívica.

Por ello, cuando la Reforma de la Concordia fue finalmente instaurada, se hizo necesario implementar un sistema de vigilancia correctiva que no solo depurara las conductas presentes, sino que revisara con atención las conciencias acumuladas del ayer. Así, muchos de aquellos que por su edad avanzaban ya hacia el umbral de la senectud, fueron requeridos por las autoridades competentes para someterse al Proceso de Revisión Mental, el cual no consistía en castigo, sino en una oportunidad última de redención.

A cada uno de estos sujetos —ya privados de cargo, oficio o tribuna— se les permitió, tras la acusación formal de pensamiento pretérito o disonante, acogerse a la prueba de nuevo pensamiento, consistente en la adopción pública, solemne y sincera, de los preceptos epistémicos consagrados por el Consejo Superior del Saber Renovado. Aquellos que lograban superar esta prueba eran premiados, no con castigo, sino con el retiro honorable: una pensión vitalicia suficiente para el sustento sobrio, a cambio de su retiro completo y definitivo de toda participación en la vida común.

Tal exclusión, lejos de ser cruel, era misericordiosa. Pues se reconocía en ellos la imposibilidad biológica y mental de adaptarse a los hechos emergentes y a la nueva verdad, verdad que, como todos bien sabemos, no es cosa de todos ni de cualquiera, sino patrimonio legítimo de las generaciones jóvenes, cuyo pensamiento, fresco y desacostumbrado, no arrastra los errores del pasado ni padece las nostalgias del mundo extinto.

En virtud de esto, nos fue confiada a nosotros, los custodios del pensamiento rectificado, la noble y gravosa tarea de velar por la salud intelectual del cuerpo social, manteniendo a raya —con dulzura firme, pero sin vacilaciones— los ecos persistentes de la antigua mentalidad. Porque, si bien es cierto que todo hombre tiene derecho a recordar, no menos cierto es que la comunidad entera tiene el deber sagrado de no recaer en los pensamientos que una vez la condujeron al abismo.

4.

Desde nuestra más tierna edad —cuando aún la razón apenas despuntaba como brizna tímida entre los surcos de la instrucción inicial— fuimos adiestrados con rigor y método en los denominados Juegos de la Habilidad Creciente. Estos no eran mero pasatiempo ni recreación lúdica, sino ejercicios meticulosamente diseñados por las Altas Instancias del Saber para fomentar en nosotros la destreza mental, la obediencia lógica y el desapego afectivo necesario para nuestro porvenir como garantes del pensamiento justo. Cada ronda, cada nivel superado, no solo demostraba aptitud, sino que marcaba una distancia infranqueable respecto a las generaciones pretéritas, cuyos reflejos eran ya torpes y cuyo entendimiento, por falta de actualización, se mostraba lamentablemente obtuso ante las nuevas dinámicas del razonamiento puro.

Y si bien no todos nosotros destacábamos con igual excelencia en la ejecución de las pruebas —pues aún entre los llamados hay grados de virtud y claridad—, bastaba con una moderada aplicación para dejar atrás, sin sombra de duda, a los progenitores y abuelos que, pobres en discernimiento y lentos en el pulso digital, no pasaban del umbral inicial antes de ser descartados sin apelación posible. Tal segregación, lejos de constituir una crueldad o una falta de piedad filial, era entendida y asumida como parte necesaria del Proceso de Renovación, y nuestra primera y más sagrada misión como neófitos del nuevo régimen era precisamente esa: instruir y, llegado el caso, corregir a nuestros mayores.

A cada uno de nosotros, en calidad de jóvenes garantes, se nos confería la gravísima y honorífica responsabilidad de guiar el despertar —si aún posible— de nuestras propias familias. Había de comenzar, como era preceptivo, con la aplicación de sencillas pruebas de adecuación ideológica, pequeñas preguntas o dilemas simulados que servían para medir el grado de anquilosamiento mental. Las respuestas eran analizadas en los terminales de uso doméstico, y de allí se extraía una primera graduación del riesgo que suponía cada individuo. Quien aún podía ser recuperado debía someterse a un programa de reorientación leve, bajo la supervisión directa de su descendencia. Mas aquellos que se mostraban resistentes, o que expresaban dudas que denotaban afecto por doctrinas pretéritas, quedaban inmediatamente marcados como sujetos de vigilancia intensiva.

La obediencia al garante no era una sugerencia ni un consejo: era ley sagrada, establecida para preservar el tejido sano de la comunidad. Padres, madres, tíos, abuelos… todos debían acogerse sin resistencia a las indicaciones de sus hijos o nietos, reconociendo en ellos no solo su porvenir, sino su superior en conocimiento, clarividencia y alineación moral. El que se rehusaba, por terquedad, miedo o nostalgia, sellaba su destino sin necesidad de juicio: la reclusión automática en los Centros de Ajuste Cognitivo, comúnmente llamados cárceles, aunque el nombre estuviera en desuso por su resonancia arcaica.

En cuanto a mí, cumplí con la tarea que se me encomendó según lo dictaban los protocolos del Manual del Garante Primario. Procedí con firmeza, pero sin brusquedad. Expliqué las nuevas verdades, expuse las directrices del Pensamiento Admitido, y ofrecí a mis padres las herramientas para su reeducación. Sin embargo, y pese a mis mejores esfuerzos, se mostraron desdeñosos, ironizaron sobre las normas, e incluso llegaron a calificar el nuevo orden como «tiranía del juicio joven», expresión que, por sí sola, bastaba para condenarles. Y así, viéndome sitiado por su obstinación y entendiendo que la indulgencia hubiera significado traición al mandato supremo, no tuve más remedio —ni moral, ni legal— que registrar la denuncia correspondiente.

Y aunque en la noche me visite el sueño sin lágrimas ni sobresaltos, no por ello dejo de comprender que aquella acción, por justa que fuese, pesará sobre mí como marca perpetua de fidelidad al sistema y cicatriz indeleble de lo que costó asegurar el porvenir.

5.

Quedé, pues, solo en la casa que por años había compartido con aquellos que me dieron el ser, y no bien se disipó su presencia entre los muros que ahora me eran del todo extraños en su silencio, resolví —sin titubeo ni melancolía— arrendar las estancias sobrantes a otros jóvenes aspirantes, compañeros de estudio y de destino, almas igualmente formadas en los rigores del Pensamiento Regulador. No me pesó la decisión, antes bien hallé en ella una liberación serena, y aproveché con empeño las jornadas para consagrarme por entero a la preparación meticulosa de los exámenes que me habrían de abrir las puertas del cuerpo de Vigilantes Superiores en la nueva prisión provincial.

Sabedor de que mis progenitores habían sido destinados a reclusión indefinida, presenté —por los canales debidos y con lenguaje comedido— una súplica formal a la Autoridad de Alojamiento Penitenciario, en la que requería, por razones de decoro emocional y salud profesional, que no fueran trasladados al flamante centro donde yo esperaba prestar servicio. Pedí que permaneciesen en el vetusto penitenciario de Legiria, donde el trato era aún más rudimentario, pero el lazo filial no sería puesto a prueba por la proximidad diaria ni por el ejercicio del deber sobre la sangre.

Creí —y en ello fui ingenuo— que aquella petición era la causa de la convocatoria que recibí días después al despacho de mi superior inmediato, el Prelado de Vigilancia Conductual. Acudí con paso firme y documentación en regla, dispuesto a reiterar mis argumentos con sobriedad. Al presentarme, esperé un gesto de asentimiento, una fórmula de aprobación que diese paso a mis demandas. Pero no fue así.

Con voz grave, sin alzarla, el Prelado me instruyó —no sin una pátina de fatiga compartida— sobre la inexorabilidad de los lazos familiares en el nuevo orden. “Todos —dijo mientras acariciaba sin mirar un libro de protocolo abierto ante él— sufrimos, en uno u otro grado, el desasosiego de los vínculos antiguos. No es singular el disgusto que ahora te ocupa; es, por el contrario, parte inevitable del precio que exige la claridad. La sangre no exime, y el afecto, si bien no es punible, tampoco debe ser excusa para eludir el deber.”

Añadió que aprender a tratar con la familia conforme a los dictámenes del nuevo código no era virtud especial, sino una prueba que todo verdadero garante debía superar sin reservas ni aspavientos. Y que, si me veía digno del cargo, tendría que demostrar que la objetividad no se mancilla ni siquiera ante el rostro que un día nos sonrió desde la cuna.

No respondí. Bajé la mirada en señal de asentimiento y, al salir, entendí —con claridad aún más cruel que cualquier orden escrita— que en la nueva era no hay espacio para el consuelo privado, ni rincón seguro donde la memoria del afecto pueda guarecerse de la obligación.

He de confesar —y lo hago sin rubor, aunque no sin cierta turbación retrospectiva— que el verdadero motivo de mi citación al despacho del Prelado no fue, como yo ingenuamente supuse, la petición que tan cuidadosamente había redactado en torno al destino penitenciario de mis progenitores. No. Aquella solicitud, si bien recibida y registrada en los archivos correspondientes, no constituía sino un apunte menor en la agenda de aquel encuentro. Fue tras unos instantes de silencio solemne, interrumpido tan solo por el leve crujido de la silla giratoria de Su Señoría, que me fue revelada la razón de tan inusitada convocatoria.

Con voz mesurada y tono de quien no pregunta, sino enuncia, el Prelado declaró que, tras haber sido escrutados minuciosamente los resultados de mis exámenes de Carácter y Aptitud Moral, y habiendo deliberado al respecto un tribunal compuesto por especialistas de la más alta jerarquía del Instituto de Selección Funcional, se me había reconocido como plenamente idóneo para el desempeño de un rol muy específico dentro del nuevo Orden Social: el de Buscador.

Quedé mudo, preso de un asombro que, si no llegó a ser espanto, rozó por un instante la incredulidad más honda. Jamás, ni en palabra ni en deseo secreto, había manifestado inclinación alguna hacia tal destino; ni durante las entrevistas previas a la prueba de personalidad, ni en los formularios de aspiración funcional, había yo marcado o sugerido preferencia por un puesto de naturaleza tan singular y —digámoslo sin rodeos— tan temida por muchos.

El Prelado, adivinando sin duda el torbellino de pensamientos que me cruzaban, alzó la mano para acallar cualquier tentativa de protesta y añadió, con serenidad que no admitía réplica, que los resultados eran concluyentes, que el Perfil de Buscador se revelaba en mí con una claridad que rozaba lo irrefutable, y que no eran pocos los que habían nacido para ser aquello que aún no sabían que eran. Precisamente para eso —me explicó— existían tales pruebas: no para confirmar los caprichos o inclinaciones del individuo, sino para desvelar su esencia más profunda, aquella que ni él mismo conoce, enterrada bajo capas de ilusión, hábito y miedo.

“Muchos —dijo entonces— se resisten, al principio, a reconocer su destino. Pero el sistema no yerra. El carácter real se muestra cuando se le examina sin máscaras, y la función adecuada emana del alma como el fuego del pedernal. Lo que tú ignorabas de ti, ya ha sido puesto en evidencia por la Ciencia Evaluativa, y ahora resta, simplemente, que asumas el sendero que te ha sido trazado. Es un honor, y también una carga, pero, sobre todo, es inevitable.”

Y así fue como supe que mi porvenir ya no consistiría en custodiar los linderos de la prisión, ni en velar por el orden externo de los cuerpos presos, sino en hurgar los intersticios mismos del pensamiento, en rastrear las trazas de la disidencia sutil, en descubrir lo oculto, no con los ojos del vigilante, sino con el instinto del inquisidor sereno.

El título de Buscador no se solicitaba; se recibía. Como se recibe el amanecer, o la tormenta.

6.

«Usted es un Buscador, lo quiera o no —dijo con voz firme, sin adorno ni espacio para réplica—, y debe, sin dilación ni vacilación, tomar en sus manos las riendas de su destino».

Apenas hubo pronunciado aquellas palabras, sentí como si el aire del despacho se espesara, y una presión invisible oprimiese mi pecho con la contundencia de una sentencia ancestral. No podía —ni quería— disimular el estupor que se apoderó de mi ánimo; una mezcla confusa de desconcierto, desasosiego y súbita obediencia. Era como si me hubiesen desvelado un designio antiguo, que me incumbía desde siempre, pero que yo, por ceguera o indolencia, jamás me había atrevido a entrever.

Sin embargo, si mi misión integradora —aquel alto y sacrosanto cometido que define el lugar de cada alma en la gran maquinaria del Bien Colectivo— era precisamente esa, la de Buscador entre los hombres, entonces no me restaba, sino acatarla, no como quien cede, sino como quien despierta a una verdad anterior a sí mismo.

Una cosa me fue revelada con claridad meridiana en aquel instante: el meticuloso análisis de mis procesos mentales, la disección profunda de mis estructuras psíquicas, no era sino el signo palpable de una nueva verdad impuesta, sí, pero a la vez innegable; una verdad que, en su luz cortante, arrojaba también la sombra de mi anterior desconocimiento. El hecho mismo de que yo no hubiera sabido reconocerme como Buscador constituía ya una falta, una suerte de omisión culposa, una negligencia del espíritu. Debería haberlo intuido, presentido acaso, y por no haberlo hecho, me sentí culpable ante los ojos imperturbables del Planificador, aquel hombre grave que tenía en sus manos no mi destino, sino su revelación.

Mas junto al bochorno de mi ignorancia, brotó en mí una gratitud honda, casi religiosa, como la que puede sentir un reo liberado de su propia incomprensión. Y así, sin que mediara palabra, movido por un impulso que brotaba más del alma que del juicio, me incliné con reverencia hacia él, tomé su mano —reseca, pálida, casi inhumana— y deposité sobre ella un beso breve, pero cargado de aceptación y reconocimiento.

Porque si el mundo nuevo exigía fidelidad sin reservas, y si mi lugar en él había sido discernido con precisión inapelable por los instrumentos del Saber Superior, entonces no cabía sino el agradecimiento y la sumisión reverente. Había dejado, en ese mismo acto, de ser simplemente un hombre; me había convertido en función.

Y la función, una vez revelada, no puede ser negada sin traición.

—Señor Salce —pronunció con gravedad mesurada, alzando apenas la voz para dotarla de un peso que no admitía réplica—, proceda sin más dilación a rendir el debido homenaje a nuestros insignes héroes, cuyas acciones y sacrificios sustentan aún los cimientos de esta magna civilización regenerada. Reflexione, en lo íntimo de su conciencia, sobre cuán profundamente ha vivido hasta el presente sumido en la penumbra de la ignorancia, apartado del sendero iluminado que la Verdad otorga a los dignos y a los elegidos. Acuda, pues, el lunes, con puntualidad inquebrantable, al sanctasanctórum de nuestra voluntad colectiva: la Sede Central del Partido. Pregunte allí, sin temor ni orgullo, por el insigne Timeo, cuyo nombre, en círculos debidamente informados, provoca un inmediato reconocimiento. Y sepa que allí será acogido conforme al mérito que le ha sido revelado. Pero ahora —prosiguió, girando ligeramente la cabeza en gesto de despedida ya inminente— debe usted retirarse. Me dispongo en este momento a redactar el preceptivo informe que será transferido a la Sección de Gestión Humana, donde habrá de dilucidarse cuál será, en su caso, la misión que el Destino, articulado por la Razón y administrado por el Partido, tenga a bien confiarle. Descanse este fin de semana; recójase en la serena antesala de la transformación y prepárese, en cuerpo y espíritu, para lo que ha de venir.

Yo, que apenas atinaba a concertar pensamiento alguno ante la magnitud de lo escuchado y el peso de lo intuido, me despedí no con palabras propias —pues sentí que me habían sido provisionalmente desposeídas—, sino con uno de los lemas que desde mi juventud me infundiera secreto orgullo y obediente temblor, y que ahora, más que nunca, cobraba sentido:
—Valor es Razón —pronuncié, con voz firme pero humilde, inclinando apenas la cabeza.

Y salí del despacho con paso contenido, sin volver la vista atrás, como quien sabe que ha cruzado umbral irrevocable.

7.

¿Qué podía yo colegir de todo aquello que se había desplegado ante mí como revelación fulminante? ¿Qué juicio templado o raciocinio firme podía yo articular sobre el súbito viraje que, sin mi consentimiento expreso, me había sustraído de la vida común para conferir a mi existencia un rango inesperado, el de Buscador, título no solicitado y, sin embargo, inapelable?

Durante largo rato —si acaso puede llamarse tiempo a aquel estado de suspensión donde el alma parece escindirse de sí misma— me vi entregado a cavilaciones sin orden ni concierto, pues era mi entendimiento como nave desarbolada en mar de tormenta. Mas entre aquella confusión, una certeza crecía con forma insidiosa: ya no era dueño de mí, si es que alguna vez lo fui, y ahora el designio del Partido —o quizá algo aún más antiguo, más alto, más inescrutable— había tomado posesión de mi esencia, como quien despierta una semilla dormida en el centro de un yermo.

Ser catalogado como Buscador, lejos de ser honor que uno anhelase o premio que uno pretendiese, era una suerte de elevación amarga, un ascenso que implicaba, de inmediato, la renuncia a todo lo anterior: mi casa, mis estudios, mis costumbres, incluso mi nombre, pues sabía, por lo leído y por lo susurrado, que quien deviene Buscador ya no pertenece a su tiempo ni a su familia ni, en rigor, a sí mismo. El Buscador es propiedad del Saber, criatura de la Búsqueda, servidor de un orden de cosas que no permite el descanso, pues allí donde hay duda o incertidumbre, él ha de hurgar, incluso en contra de su voluntad. Su vida no le pertenece: está consagrada.

Así pues, ¿qué podía yo analizar, qué discurrir con plena conciencia, si todo pensamiento que en mí brotara ya no era mío, sino prefigurado por una voluntad mayor que me había antecedido y me seguiría hasta el fin de mis días? ¿No era acaso mi antigua ignorancia —tan cómoda, tan tibia— un paraíso que ahora se me vedaba irrevocablemente?

Y, sin embargo, algo en lo profundo de mi pecho —¿era júbilo? ¿era espanto? — murmuraba con voz apagada que no podía desoírse: aquello era mi destino, y debía aceptarlo, no como quien acepta un castigo, sino como quien se inclina reverente ante la revelación de una verdad necesaria. Porque en el mundo del nuevo tiempo, el carácter de cada uno no se elige: se revela.

A primera consideración —si es que puede hablarse aún de pensamiento libre en quien ya ha sido convocado al seno de la Verdad—, no hallaba en mí, sino disposiciones propicias al contento y a la esperanza, sentimientos que, si bien contenidos por la gravedad del momento, se insinuaban con la serena firmeza de quien sabe haber sido conducido, al fin, al lugar que le estaba reservado desde antes del tiempo. Pues comprendía, con asombro que rayaba en lo sacro, que había dejado atrás, sin posibilidad de retorno, aquel mundo de sombras amables, de ilusiones embriagadoras, de fábulas particulares tejidas en la noche de la ignorancia; y en su lugar se abría ahora ante mí la austera, ineludible senda de lo verdadero.

Ya no era yo el que dudaba entre sendas inciertas ni quien soñaba futuros sin nombre. Ahora sabía. Sabía, porque el Partido —guía infalible de los que son llamados— había tenido a bien alzar el velo de mis ojos, revelándome no una identidad fingida o asumida por conveniencia, sino mi propio ser esencial, aquel que se ocultaba aún para mí mismo, y que solo mediante los instrumentos sagrados del análisis, la evaluación y la clasificación había podido ser extraído y puesto en evidencia, como la veta oculta en la roca que solo el fuego revela.

¿Qué otra respuesta cabía, entonces, sino la gratitud? ¿Qué otro sentimiento si no la reverencia podía brotar en aquel que, habiendo vivido en la penumbra del yo ilusorio, era ahora conducido con firmeza y sin titubeos al centro mismo de su función? Porque si el Partido me había abierto los ojos, como se abre un libro sagrado al iniciado, ello no significaba otra cosa que el fin del extravío, el ocaso del error, la clausura de todas las búsquedas vanas. Ya no había elección, y en esa falta de elección se hallaba la más alta forma de libertad.

Y así, bajo el peso dulce de aquella certeza, fui dejando morir en mí todo lo que había sido superfluo, todo lo que hasta entonces había creído mío, pues ahora me pertenecía lo que es común a los esclarecidos: la misión. Y ella me bastaba.

Me reconocía, pues, en cuerpo y alma, como lo que el juicio superior había declarado sin sombra de error: un Buscador. No era ya aquella mera asignación administrativa lo que me vinculaba a tal condición, sino un súbito despertar interior, una iluminación tan radical como retrospectiva, pues me preguntaba —no sin mezcla de azoro y vergüenza— cómo fue posible haber vivido tantos años ajeno a mi verdadera índole, cómo había podido yo mismo velarme la evidencia palmaria de mi ser, cómo no se me reveló antes aquella vocación que ahora, en su esplendor inexorable, me resultaba tan obvia, tan perfectamente concorde con mis pulsiones más hondas.

¿Fue, tal vez, por exceso de modestia? ¿Por una humildad mal encauzada que me vedaba imaginarme partícipe de empresa tan excelsa? Podía ser. Y si así fuere, dicha humildad no debía abandonarme en esta nueva etapa, sino acompañarme cual fiel escudero, a fin de que no cayese en la tentación —más común de lo que se cree— de endiosar el destino recibido, de mistificarlo o enturbiarlo con autoadmiración. La Verdad no admite ídolos, ni siquiera el del propio reflejo.

Antes de asumir de lleno esta nueva travesía que se me confiaba desde lo alto, y que sin duda alteraría el curso de mis días venideros, comprendí que debía dar parte de lo acontecido a los miembros de mi unidad de estudio, con quienes había compartido, por espacio de dos años enteros, la disciplina severa del aprendizaje y la convivencia igualitaria en régimen de comuna. No era solo un deber formal: lo sentía como un rito de paso, un último acto de vínculo con lo que había sido mi celda formativa, mi círculo de iguales, mi primera forja.

Aquellos compañeros, con quienes había compartido pan y doctrina, sueño y vigilia, anonimato y obediencia, debían ser los primeros en conocer mi nuevo destino, pues aun cuando en adelante nuestros caminos se bifurcasen de manera irremediable, ellos seguirían formando parte del humus de donde yo, cual tallo escogido, había brotado hacia funciones más altas. Y si alguno de ellos, en su fuero más íntimo, albergase envidia o melancolía por la partida, eso también sería prueba de que mi ascenso no era en vano.

8.

Éramos, en efecto, tan solo dos varones en la unidad comunal, además de la doctora Miren Kapusca y su gato, criatura esta última que, aunque de orden felino, había sido reconocida por las autoridades como sujeto afectivo indispensable para la estabilidad emocional de su dueña, y, por tanto, admitido en la residencia sin mayor reparo. El otro varón era Samuel Gascón, apodado por todos —no sin un dejo de temeroso respeto— el Hambriento, sobrenombre que no aludía a ninguna carencia física o gastronómica, sino a una voracidad distinta, más profunda, más insaciable: la del ascenso burocrático.

Samuel aspiraba con fervor casi místico a obtener plaza en el Negociado de la Vivienda, institución venerable donde se decidían los permisos de habitación, los traslados familiares y, en ciertos casos extraordinarios, las redistribuciones forzosas. Se preparaba, pues, con tesón monástico: vestía siempre uniforme militar de confección antigua —pese a no haber servido jamás en cuerpo armado alguno— y recorría los corredores de la casa de estudio con un volumen en la diestra, repitiendo en alta voz los fragmentos que acababa de leer, como si deseara encuadernarlos en su memoria por la fuerza del eco.

Era hombre de estatura considerable, de complexión anchísima y firmeza ponderosa, siempre coronado por un bigote de pelo encendido, rígido como agujas de cobre, y monturas negras que ceñían unos ojos pequeños, sagaces, siempre en escrutinio del mundo. Su presencia imponía, aunque no tanto por su autoridad como por el murmullo incesante que le precedía allá donde fuese.

Cuando, con el temblor medido de quien ha sido tocado por el dedo de la elección, le comuniqué mi nuevo destino, Samuel no se hizo esperar. Interrumpió su letanía de estudio y, alzando los brazos como quien invoca una epifanía, exclamó con voz que resonó en las vigas del techo:

«¡Santo Dios Todopoderoso, me alegro mucho por ti!»

Y su júbilo, aunque desmedido en el gesto, no parecía fingido. Había en sus palabras una extraña mezcla de admiración y resignación, como si aquel ascenso mío le confirmara tanto en su fe en el orden justo del Partido como en su propio lugar todavía postergado dentro del engranaje.

Entonces fue la doctora Kapusca —eminente en saberes psicológicos y muy ilustrada en el arte de la persuasión política— quien, alzando su voz serena, pero firme, nos exhortó con ademán solemne a entonar, en pie y con la debida reverencia, el Himno de la Alabanza, antiquísimo cántico que exalta los méritos eternos del Partido y las glorias inmarcesibles de la Nación Restaurada. Como si un resorte oculto se hubiese activado, obedecimos sin dilación, y nuestras voces se aunaron en la singular armonía que ofrece lo forzado cuando es, al mismo tiempo, sentido.

«¡Vecinos neutrales, todavía no hemos llegado,
nuestro corazón de hielo, nuestra milenaria fe,
mi madre es una rata, mi padre un ciempiés!»

Así recitaba, con su prosodia irregular y ambigua, el último verso de la tercera estrofa, antiquísima composición cuyo origen —según algunos archivistas— se remonta a los tiempos oscuros de la Transición Ética, cuando aún se permitía cierta licencia en la metáfora. Cantamos, pues, sin otro acompañamiento que el golpeteo del pie de Samuel sobre el suelo entarimado, hasta que, al terminar, el peso ceremonial de aquel rito se deshizo como niebla ante el sol, y todos rompimos en una carcajada franca, tal vez liberadora.

La doctora Kapusca, siempre medida en su afecto y sobria en sus efusiones, fue quien propuso improvisar un brindis, y de una alacena secreta extrajo —con el gesto sagrado de quien revela un icono— una diminuta botella de brandy de cereales, bebida tan escasa como codiciada, que ella había reservado, según confesó luego, «para una ocasión digna de eternidad administrativa». Vertimos con parquedad el licor en copas desiguales, y alzándolas, pronunciamos sin necesidad de palabras la consigna tácita de la camaradería institucional.

«¡Por supuesto que sí! —exclamó entonces la doctora Kapusca, posando en mí su mirada vivísima—. ¡Un Buscador! Era evidente… ¡y nadie lo supo ver!» Y repitió la frase dos, tres veces más, con cadencia casi hipnótica, como quien da vueltas a una verdad súbitamente revelada y aún no del todo creída. Sus ojos, generalmente turbios de lectura y exhaustos de análisis, brillaban ahora con una emoción inusitada, mezcla de orgullo, presentimiento y quizá una pálida envidia disfrazada de admiración. Yo, por mi parte, asentí con humilde desconcierto, como quien aún no ha acabado de vestir el nuevo nombre que se le ha otorgado.

Llegados, pues, a este punto de la narración —y tras la euforia inicial que acompañó mi designación como Buscador— me vi en la imperiosa obligación de comunicar a los miembros de mi unidad comunal una verdad que, aunque previsible, no por ello dejaba de revestir una carga de tristeza ceremonial. Les hice saber, no sin cierto temblor en la voz y con una gravedad cuidadosamente dosificada, que la unidad en la cual habíamos compartido los últimos dos años bajo régimen de estudio vigilado y convivencia reglada sería disuelta en un plazo breve, acaso en cuestión de días, una vez se formalizara y ejecutara mi traslado a destino. Porque tal era el sino de los llamados a la Búsqueda: partir cuando menos se lo espera, obedeciendo a una lógica que no es la suya, sino la del Orden Mayor.

No podía ofrecerles certeza alguna respecto al lugar al que habría de ser enviado; mi nuevo cometido podría asignarme tanto a una remota colonia ártica como a un nodo portuario del Trópico del Cuarzo, o incluso, y esto era lo más probable, a una de las urbes hiperpobladas que florecían, como úlceras, en otros continentes. Mi regreso, si es que alguna vez se produjese, sería en todo caso bajo otra forma, revestido de otras atribuciones, y muy posiblemente privado ya del lazo emocional que uniera nuestras actuales existencias.

A la Nación —que en aquellos años aún mantenía sus coordenadas firmemente asentadas sobre un eje de desconfianza y superioridad doctrinal— no le disgustaban los Buscadores. Al contrario, los promovía con orgullo fingidamente modesto, pues en su idiosincrasia se reconocía el arquetipo del servidor abnegado, del emisario entre mundos que sabe despreciar con ciencia lo que ignora el necio por instinto. Si bien nuestra doctrina nacional nos instaba a repudiar toda forma de extranjería, y cultivábamos una narrativa cuidadosamente construida para desfigurar al Otro como símbolo de desorden y degeneración, era, sin embargo, imprescindible —paradójicamente— conocer al enemigo para mejor vilipendiarlo. Tal conocimiento, obtenido de primera mano, servía para fundamentar, con argumentos empíricos, el desprecio que se nos exigía profesar.

Lo poco que se nos había instruido sobre los países exteriores —en lecciones crípticas y seminarios vigilados— apenas bastaba para configurar una imagen verosímil de la humanidad fuera de nuestras fronteras. Sin embargo, todos sabíamos, con la certeza ineludible de los dogmas no contrastados, que aquellos pueblos vivían hacinados en megalópolis informes, donde la vida discurría con un frenesí indescifrable, sin jerarquía ni dirección, como un enjambre desencajado de su colmena. En alguna de aquellas urbes caóticas, según todas las conjeturas, se hallaría mi primer destino, y hacia allá habrían de dirigirse, sin dilación ni repliegue, mis pasos.

9.

Fue entonces cuando, como descolgada de los cielos o brotada de las entrañas de algún comediante ciego a la solemnidad del instante, resonó a mi espalda una risa desmesurada, un estallido gutural de hilaridad desbordada que quebró el frágil recogimiento de la estancia. Volvimos el rostro con premura, y allí estaba Samuel el Hambriento, tambaleándose con dignidad vencida, los ojos enrojecidos y acuosos, y una sonrisa que oscilaba entre lo estúpido y lo sublime.

Con voz pastosa y grave, nos advirtió que su vista se hallaba ya emborronada, como si una neblina espesa descendiera sobre su percepción de las cosas, y que los rostros de los presentes se le antojaban ya confusos, figuras de un tapiz licuado que bailaban frente a él sin sentido ni anclaje. Fue entonces cuando advertimos, casi con horror ceremonial, que la botella de brandy de cereales —único licor permitido por el reglamento para celebraciones menores— yacía vacía junto a su silla, exánime, succionada hasta el último aliento con la desesperación silenciosa de quien anticipa el fin de una época y busca aferrarse, como a un dogma, a la embriaguez del olvido momentáneo.

Nadie dijo palabra. La doctora Kapusca contempló la escena con una mezcla de indulgencia clínica y respeto litúrgico. Por mi parte, experimenté por un momento la nostalgia prematura de la despedida, teñida por la sombra de lo grotesco que se cierne siempre sobre las tragedias menores. Era evidente: la noche llegaba a su fin, y también una forma de vida.

Una noche que se prestaba a la celebración se ofrecía como el momento propicio para rendir tributo a la obscenidad, ese rito ancestral que, en su desenfreno, más allá de las formas de pudor y mesura, reclamaba ser atendido en su totalidad. Era la ocasión propicia para desechar aquellos deseos tibios, templados por la contención de la moral o las normas que nos limitan, y para abrazar sin remilgos el exceso, ese impulso carnal que se ofrece sin reservas a la gloria efímera de la carne.

Ciertamente, el ambiente había sido preparado con esmero para tal fin. El Hambriento, ese insaciable de los manjares que raramente encontraba satisfacción en su voraz apetito, ya descansaba en su sueño pesado, acunado por la neblina de un licor que había hecho desaparecer su conciencia por completo. Su respiración era un murmullo apagado, un testimonio de su falta de control y la rendición a su naturaleza más básica. Mientras tanto, la doctora Kapusca —la presencia inquietante de aquella casa, cuya inteligencia no solo desbordaba las fronteras de la ciencia, sino también las de la seducción más sutil— no dejaba de mirarme con una sonrisa que, más que ser un gesto de cortesía, parecía la expresión de una invitación implícita a recorrer los umbrales de lo inexplorado. Sus ojos brillaban con un fulgor que solo aquellos que han tocado los secretos más oscuros del conocimiento humano pueden comprender, y su sonrisa, leve y sugerente, era la de una mujer que no temía lo prohibido ni lo irreversible.

Aquel silencio cómplice entre nosotros dos, impregnado de licor y deseo, parecía como si el tiempo mismo se disolviera en la atmósfera cargada de expectativas. Era como si el mismo aire palpitara con una vibración anticipatoria, como si la noche, el cosmos entero, se inclinaran hacia el acto de rendirnos a la voluntad de lo carnal. Los murmullos de la casa se apagaban, el mundo exterior se desvanecía en la distancia, y solo quedábamos nosotros, inmersos en ese momento que, a pesar de lo inevitable, parecía hallarse suspendido entre la inercia y el deseo.

Nos retiramos, ambos, hacia el seno del sofá, un refugio oscuro en el cual las sombras danzaban como espectros al ritmo de la tímida luz que se deslizaba por las cortinas. Ella, con una naturalidad que solo los espíritus libres ostentan, descansó su cabeza en mi hombro, como quien busca consuelo y también la fusión de dos destinos que se entrelazan sin reservas. En un gesto que parecía apenas una caricia del alma, mis dedos se deslizaron por su cabello, atusando con suavidad un mechón rebelde que caía sobre su rostro, trazando su curva perfecta con la delicadeza que merece lo inefable.

Un silencio pesado, cargado de promesas no dichas, se apoderó del aire que nos envolvía, hasta que, sin más, se rompió. Nuestros labios se encontraron con la urgencia que da la acumulación de dos años de miradas, roces y palabras no pronunciadas. Un beso que fue más que un simple contacto, que fue una afirmación, un pacto tácito entre los dos, un reconocimiento de lo que, al fin, se había hecho inevitable. La suavidad de sus labios, cálidos y expectantes, se fundió con los míos, mientras el roce de nuestras pieles comenzaba a encender un fuego, hasta entonces contenido, que parecía brotar desde las entrañas mismas de nuestro ser.

Aceptado el contacto físico en su totalidad, como un lenguaje más profundo que cualquier palabra que pudiéramos haber pronunciado, nos entregamos a un frenesí que no era solo el deseo físico, sino una necesidad primordial, animal, que nos arrastró sin remedio alguno. La pasión se desbordó en nosotros, salvaje e insaciable, como una ola que no conoce contención ni medida. Los besos se hicieron más intensos, más urgentes, y pronto los labios dejaron de ser un simple punto de encuentro, transformándose en un territorio conquistado y arrasado por nuestra lujuria. Nos los mordimos con el ardor de quienes no desean otra cosa que sumergirse por completo en el otro, y pronto, como un movimiento sincronizado, nuestros cuerpos se encontraron en un abrazo apretado, como si, al fin, hubiésemos dejado atrás la carga de dos años de anhelo, abandonándonos al vértigo de un amor que no necesitaba excusas.

Mis labios se posaron en su cuello, y con la misma ansia con la que me había lanzado a la búsqueda de sus besos, mordí suavemente su piel, en un intento por retenerla, por hacerla mía, mientras su respiración se volvía más agitada, más incontrolada. El tiempo mismo, como si hubiese cedido ante nuestra necesidad, dejó de existir; solo quedábamos nosotros, consumidos por una pasión que no pedía permiso, que simplemente era, tan primordial como el respirar.

La cópula es un buen momento para pensar y, por mi mente, pasaba la certeza de que dejaba de ser un eterno aspirante para convertirme en miembro de uno de los rangos más prestigiosos de la sociedad. Mientras la doctora Kapusca cabalgaba sobre mi verga al ritmo de los ronquidos del Hambriento, me di cuenta de que el gato nos miraba fijamente con ojos de oráculo. En ese momento aquel animal ya conocía todo mi futuro.

10.

El efecto ineludible que produjo la alteración en mi relación con la doctora Kapusca fue tal que, al despuntar el día siguiente, mi mente se halló completamente absorbida, podría incluso afirmarse que perturbada, por el eco persistente de aquel fugaz encuentro físico, tan efímero como fulgurante, que se había acontecido en el breve interludio entre la vigilia y el desconcierto. Aquella experiencia, que carecía de toda lógica y razón, se anidó en mi cerebro como una brasa encendida que no cesaba de arder, desviando mi atención y mis pensamientos hacia un rincón sombrío del recuerdo, que, en su fugaz intensidad, logró eclipsar todas las demás preocupaciones que deberían haber dominado mi mente en aquel instante.

En lugar de encontrarme concentrado en lo que verdaderamente habría de marcar el rumbo de mis días venideros, en las decisiones que debían tomar forma y las acciones que, implacables, requerían mi atención, me vi perdido en la maraña de sensaciones y reflexiones que aquel breve roce, casi espectral, había dejado en mí. Aquel episodio tan breve, que a ojos de cualquier otro podría haber pasado desapercibido, había desatado una corriente de pensamientos que me arrastraban, como una marea impetuosa, alejándome de la razón y del juicio. Mi mente, antes despejada y enfocada en la búsqueda de respuestas más pragmáticas, se hallaba ahora cautiva de una reverberación emocional que, por más que intentaba disipar, persistía con la terquedad de un recuerdo imborrable.

En este torbellino mental, las preocupaciones más urgentes de mi futuro inmediato, aquellas que, en su naturaleza concreta y tangible, debían ocupar mi atención, se desvanecían a un costado, como sombras tenues ante la luz cegadora de esa impresión emocional. De este modo, lo que había sido un encuentro casual, cargado de una energía breve, pero intensa, se transformó en el eje sobre el cual giraban mis pensamientos, afectando no solo mi presente, sino el curso mismo de mi futuro cercano, que, imprevistamente, se veía oscurecido por la inquietante persistencia de aquel efímero contacto.

Me sentía profundamente cautivado por la mirada de la doctora Kapusca, unos ojos almendrados, de color tan profundo y enigmático como el mismo océano, que parecía no solo observar, sino penetrar más allá del horizonte de la realidad tangible, como si pudieran ver lo que los ojos comunes jamás han de alcanzar. Aquella mirada, serena y perpetuamente fija, mantenía un cierto aire de hieratismo, una calma que rozaba el desconcierto, como si su espíritu, de alguna manera, estuviera suspendido entre los mundos de la vigilia y el sueño. La expresión que siempre adornaba su rostro, esa de espanto apenas perceptible, en la que se entrelazaban la sorpresa y la melancolía, sugería una mente en perpetua contemplación, quizá sumida en cavilaciones tan remotas y abstractas que nadie, ni siquiera el observador más atento, habría podido vislumbrar.

Mientras su mirada se perdía en el vacío, como si se abismara en el abismo del infinito, su boca se mantenía entreabierta, como si sin querer quisiese recibir el aire de alguna dimensión distante, mientras la mente de la doctora, inmersa en las vastas ensoñaciones que sin duda poblaban sus pensamientos, parecía flotar en universos de extraña belleza, mundos tan extravagantes y ajenos a nuestra comprensión que solo podrían existir en los recónditos pliegues de su mente fatigada. ¿Acaso su alma vagaba en los confines del sueño, buscando respiros de calma en las múltiples guardias que conllevaba su incansable labor hospitalaria? ¿O se entregaba, en su agotamiento, a un vacío contemplativo que liberaba su mente de la presión de la realidad, sumiéndola en el olvido temporal? La verdad, esa inalcanzable certeza, se desvanecía en el aire, y con ella se deslizaba también la duda, como una sombra tenue que nunca llegaba a disiparse del todo.

Su cabello, finísimo y ligero como las hebras de una tela de araña, siempre recogido con la aparente despreocupación de una bailarina que se prepara para entrar al escenario tras largas horas de ensayo, mantenía una perfección caótica, un moño que, a pesar de su aspecto ligeramente desordenado, parecía diseñado con la precisión de una obra maestra de la elegancia. Sin embargo, había siempre un pequeño mechón rebelde, una pequeña concesión al desorden, que se escapaba de su prisión de cabello recogido, y que, a menudo, caía suavemente sobre su rostro. Este pequeño detalle, tan fugaz y humano, no pasaba desapercibido. Y, en un gesto que parecía tan involuntario como natural, ella tomaba ese mechón con sus labios húmedos, atrapando su punta con la sutileza de una caricia, mientras la punta de su lengua y sus incisivos jugaban con él, en un juego casi infantil, como si, al hacerlo, pudiese hallar un refugio momentáneo en la fragilidad de un gesto tan sencillo, un pequeño respiro entre los mundos de la ciencia y la fantasía, entre la conciencia y el ensueño.

Este conjunto de detalles, a la vez tan sencillos y complejos, constituían la esencia misma de su ser, como un delicado mosaico que reunía la fragilidad de la mente humana y la fuerza de la quietud. Todo en ella parecía suspendido en una contradicción encantadora, una mezcla de rigor científico y abandono poético, que, para quien tuviera la suerte de observarla con detenimiento, resultaba a la vez desconcertante y fascinante.

En los albores de nuestra convivencia, aun cuando la familiaridad no había logrado asentarse en nuestras mentes ni corazones, se me ocurrió, por un impulso irrefrenable y sin meditar ni por un segundo las consecuencias, plantearle una pregunta que podría haber parecido inofensiva, pero que resultó ser un estilete envenenado lanzado sin previo aviso: “¿Acaso padeces de tricofagia?”. No solo fue una disquisición temeraria, sino también absolutamente insensata, pues no solo no tenía fundamento alguno, sino que carecía de la más mínima consideración hacia la otra persona, un gesto que hizo que mi presencia fuera desde ese momento recibida con desdén y recelo.

La respuesta, aunque no verbal, llegó pronto. Se me hizo palpable en el gesto de repulsión que adornó su rostro y que, al instante, cimentó una barrera invisible, pero fuerte, entre nosotros. En un arrebato de represalia, y como acto de vengativa ironía, me obsequió un tricobezoar que, sin duda alguna, había obtenido de manera ilegal y clandestina en los oscuros pasillos de un hospital, envuelto de manera casi ceremonial en un fino papel de regalo. Lo que convirtió este presente en una afrenta aún más acerada fue el hecho de que el balón compacto de cabellos —por su indiscutible naturaleza repulsiva— no solo estaba envuelto con el sumo cuidado que podría esperar de un objeto valioso, sino que, además, llevaba adherida una etiqueta de la policía mortuoria, como una firma invisible de lo macabro. Esta peculiaridad otorgó al obsequio un matiz de lo siniestro, un recordatorio perturbador de que tal cosa había sido extraída de un lugar donde la vida había dejado su huella, y lo había hecho bajo circunstancias no precisamente reglamentarias.

Así, en el transcurso de ese primer año de compartida existencia, nos sumergimos en un mutismo que definió nuestra relación. Ni una palabra más allá de lo estrictamente necesario cruzó entre nosotros, y nuestras vidas, que permanecieron cerradas como los pliegues de un viejo libro olvidado, fueron el epicentro de una desconexión palpable. Se estableció, sin necesidad de pactos formales ni juramentos solemnes, una paz tensa y vigilada, tan frágil como la superficie de un hielo delgado, que se sustentaba en un tácito acuerdo de no agresión: yo, por mi parte, me mantenía alejado de cualquier comentario o insinuación hacia ella, y ella, en un ejercicio de autocontención, dejaba de lado la tentación de obsequiarme más muestras de la tenebrosa cosecha que su trabajo en el hospital le brindaba. De este modo, sobrevivimos al año, en una coexistencia de sombras y silencios, donde lo dicho no tenía tanto peso como lo no dicho.

11.

Para que pudiésemos constituir una unidad de estudio y, con ello, acceder a los beneficios administrativos y fiscales que nos correspondían por derecho, era requisito ineludible que nuestra agrupación contara con tres miembros. De ahí que, tras meditarlo con detenimiento, decidiera colgar el pertinente anuncio en el tablón público de la sede del Partido, con la esperanza de que, en algún rincón olvidado del mundo, alguien se sintiera atraído por la idea de unirse a nuestra causa. No tardó mucho en cumplirse mi deseo; al día siguiente, como una figura que emergiera de las sombras con la puntualidad de un espectro, apareció Samuel Gascón.

En cuanto a la peculiar denominación de «el hambriento», debo admitir que la idea fue enteramente mía, inspirada por un comentario de la doctora Kapusca, quien, tras su primer encuentro con él, no pudo evitar murmurar, en un susurro tan bajo que solo mis oídos pudieron captar, una observación que, aunque velada, estaba impregnada de una crítica mordaz. Con tono apenas disimulado, y con la astucia de quien sabe que sus palabras caen en el aire dispuesto a ser escuchado, la doctora sentenció que Samuel parecía ser víctima de un trastorno del atracón. Su obsesión por la comida, según sus palabras, no podía considerarse como un simple gusto o apetito, sino que reflejaba un comportamiento insano, algo que, a su juicio, se acercaba peligrosamente a la patología. Su voz, al pronunciar tales palabras, fue baja, pero cargada de intención, como si hubiera querido que mi mente tomara nota de la advertencia, y es que, entre los susurros de los pasillos del hospital, tales juicios no eran infrecuentes.

Fue, sin duda, aquella observación la que me llevó a bautizar a Samuel con ese apodo tan peculiar. Aunque no cabe duda de que sus comportamientos alimenticios no dejaban de ser, por decir lo menos, notables, la palabra “hambriento” se impregnó en mi mente con una resonancia que sobrepasaba lo meramente literal. Era más que una simple referencia a su insaciable apetito; reflejaba, de alguna manera, la voracidad con la que Samuel parecía abordar todos los aspectos de la vida, como si cada acción estuviera marcada por un deseo incontenible, un ansia que trascendía lo físico y se proyectaba también en sus conversaciones, en su forma de ser. Así, “el hambriento” no solo designaba a un hombre con un hambre insaciable por la comida, sino a un ser cuyo deseo por todo lo que le rodeaba, por entender, por abarcar y por poseer, parecía no tener fin. Y aunque su naturaleza alimentaria bien pudiera justificarse en una debilidad humana, el comentario de la doctora Kapusca fue lo que selló el nombre, transformando lo que pudo haber sido una simple observación en una etiqueta perdurable que, como una sombra, lo acompañaría siempre en los pasillos del conocimiento.

Samuel, en su naturaleza, poseía una predilección desmedida por el comer, una voracidad que no solo se limitaba a la cantidad, sino que se extendía también a la forma en que disfrutaba de sus manjares. Era un hombre ruidoso en todos los sentidos de la palabra: su pasión por la comida no conocía límites, y cada bocado que engullía se acompañaba de un repertorio incesante de comentarios rimbombantes y vívidas descripciones sobre lo que le tocaba degustar. No existía en él la más mínima reserva ni pudor al hablar de su voraz apetito; lo hacía sin la menor vergüenza, como quien relata una hazaña épica, sin importar el momento ni la presencia de los demás. A cualquier hora del día, fuera de la mañana, el mediodía o la noche, se entregaba con desmesura a su festín, relatando con detalles cinematográficos qué había en su plato, cómo lo masticaba y qué sensaciones le causaba aquello que metía en su boca, como si se tratara de una narración digna de los más altos honores.

Nosotros, quienes no compartíamos sus inusuales horarios de comida, observábamos en silencio desde el cómodo refugio del sofá, donde el libro que leíamos o el tenue resplandor de la televisión nos mantenían alejados de sus hábitos alimenticios. No obstante, Samuel, con su inquebrantable necesidad de compartir su festín, nos proporcionaba, sin siquiera proponérselo, una abundante crónica de su banquetear. Cada detalle sobre la forma en que su comida se deslizaba por su garganta, el ritmo de sus mandíbulas al masticar y hasta las reacciones de su estómago, quedaban grabados en nuestras mentes, porque Samuel, sin rubor alguno, se encargaba de relatarlos con tal pormenor que no podíamos evitar conocer, con lujo de detalle, la travesía de lo que engullía, desde el plato hasta su eventual evacuación, esa culminación inevitable que llegaba a ser, en su narración, tan prominente como el mismo acto de comer. Era, sin duda, una especie de ritual vulgar, exhibido con tal franqueza que nos dejaba, no sin cierto estupor, el sentimiento de estar inmersos en una especie de grotesco teatro en el que él desempeñaba el papel protagonista.

Este contraste tan evidente con la figura de la doctora Kapusca era, si cabe, aún más marcado y sorprendente. Ella, en su silencio y discreción, era la antítesis perfecta de la exuberancia de Samuel. Su modo de comer era tan sutil y reservado que sus bocados parecían desvanecerse en el aire, casi imperceptibles, como si no quisiese que su presencia se hiciera notar, como si la comida fuera una ceremonia íntima que no merecía ser compartida ni siquiera con sus compañeros de casa. En su actitud, no había rastro alguno de la bulimia verbal o la glotonería física de Samuel; todo lo contrario, su comportamiento al comer reflejaba una precisión casi quirúrgica, una elegancia que rozaba la austeridad. Y lo más desconcertante de todo, al menos para nosotros, era la absoluta falta de evidencia de sus hábitos posteriores. Mientras Samuel no solo hablaba de lo que comía, sino de todo lo que de ello derivaba, nosotros, los testigos de su rutina, nunca llegamos a tener constancia alguna de que la doctora Kapusca se retirara jamás a hacer uso del baño en su función más natural y humana. Su compostura, su equilibrio tan perfectamente cultivado, era tal que parecía no necesitar las funciones mundanas del cuerpo, como si ella misma desafiara la naturaleza en su empeño por mantener una compostura tan rigurosa que sus actos más íntimos y naturales permanecieran, como todo lo demás en su vida, envueltos en el más absoluto misterio.

Este contraste, tan palpable y desconcertante, entre Samuel y la doctora Kapusca, se transformaba en una de las curiosidades más notables de nuestra vida compartida, una extraña polaridad en la que la carne y el alma parecían danzar al compás de reglas distintas, separadas por una delgada línea de hábitos y conductas que, sin embargo, daban forma a nuestra convivencia.

12.

El reloj marcaba las horas con una lentitud exasperante mientras me apresuraba hacia la sede central del Partido. Mis pasos resonaban en las callejuelas adoquinadas, cada uno marcando el compás de mi inquietud y ansiedad. Había llegado tarde a mi cita, una falta imperdonable en un mundo donde el tiempo es un bien preciado y cada segundo cuenta. El peso de mis acciones pasadas se hacía sentir en cada paso, recordándome el precio de mis decisiones y la fragilidad de mis sueños. Había permitido que el amor, ese sentimiento tan ilusorio y fugaz, me arrastrara a un laberinto de fantasías y quimeras, vendándome los ojos ante la realidad que me rodeaba. En medio del caos de mis pensamientos, una verdad se abría paso con una claridad sobrecogedora: el amor, por más profundo y genuino que parezca, puede convertirse en una trampa mortal si uno se deja llevar por sus engañosas promesas. Mis ilusiones se desmoronaban como castillos de arena frente a la marea implacable del destino, recordándome la fragilidad de mis aspiraciones y la crudeza de la realidad. Cada paso hacia la sede central del Partido era un recordatorio de mis errores pasados, una penitencia impuesta por mis propias ilusiones rotas. Pero aún en medio de la oscuridad y el desaliento, una chispa de determinación ardía en mi interior, recordándome que aún no todo estaba perdido. Aunque el amor pueda cegarnos y desviarnos de nuestro camino, la verdad siempre espera paciente en las sombras, lista para revelarse a aquellos lo suficientemente valientes para enfrentarla. Entre las sombras de mis pensamientos, se desplegaba un intrincado laberinto de dudas y reflexiones. Cada paso hacia adelante era una danza en la cuerda floja entre la ilusión y la cruda realidad, donde cada pensamiento ilusorio era recibido con un zambombazo de verdad implacable. En el torbellino de emociones y percepciones, me encontraba cuestionando el recorrido de una posible relación en ciernes, desentrañando los hilos invisibles que tejían la tela de nuestros destinos entrelazados. ¿Acaso existía algún apego genuino en esta atracción carnal, desprovista de todo sentimiento más allá del deseo físico? La respuesta se me escapaba entre los dedos como el humo de un cigarro, escurriéndose entre las grietas de mi propia percepción. La realidad se revelaba ante mí con la crudeza de un golpe bien dado, recordándome que el amor no es un juego de sombras y espejismos, sino una fuerza poderosa que trasciende los límites del deseo carnal. En este baile de ilusiones y desengaños, me veía atrapado en un torbellino de emociones contradictorias, luchando por encontrar un sentido en medio del caos de mis propios pensamientos. En la encrucijada de la pasión y la razón, me debatía entre la tentación de la ilusión y la certeza cruda de la realidad. ¿Podría realmente florecer algo más que un simple deseo físico en el terreno árido de esta relación incipiente? Las respuestas se me escapaban como sombras en la noche, dejándome sumido en un mar de incertidumbre y confusión.

En la fría luz del amanecer, las sombras de la noche cedían paso a la cruda realidad de la mañana. A medida que nos encontrábamos en la cocina, el eco del silencio entre nosotros resonaba con una claridad inquietante. Seguíamos siendo meros compañeros de piso, confinados a los roles preestablecidos de arrendataria y arrendante, atrapados en la telaraña de nuestras propias convenciones sociales. Cada gesto, cada mirada evitada, era un recordatorio amargo de la distancia que nos separaba, una barrera invisible que se erigía entre nosotros como un muro infranqueable. En el silencio incómodo de la cocina, podía sentir el peso de nuestras palabras no dichas, flotando en el aire como espectros del pasado. Era evidente que no había espacio para la intimidad ni el afecto en nuestra relación, reducida a meras formalidades y obligaciones contractuales. En este escenario desolador, la realidad se imponía con la fuerza de un golpe bien dado, recordándonos que nuestras vidas estaban destinadas a seguir caminos separados, sin posibilidad de convergencia. Nos enfrentábamos a la verdad desnuda de nuestras circunstancias, resignados a aceptar que éramos simplemente dos extraños compartiendo un techo, condenados a habitar el mismo espacio físico pero separados por abismos emocionales insalvables. Nada había cambiado, solo que en breve yo desaparecería una temporada, puede que ese fuera el motivo, puede que no hubiera ninguno. La mente femenina es insondable.

13.

Se erguía en el mismo corazón palpitante de la ciudad, cual coloso inconmovible ante los siglos, la augusta y descomunal sede del Partido, cuya mole ciclópea —de inquebrantable cemento armado— se alzaba como torreón insomne, testigo y centinela de todos los días y de todas las noches. Su silueta, cilíndrica y perfecta en su simetría terrible, hendía el firmamento con impasible arrogancia, como si pretendiese hollar los cielos con su desafiante presencia.

La coronába una intrincada selva de cables, mástiles, antenas y estructuras metálicas, que se enroscaban y proyectaban al aire cual tentáculos de alguna criatura abisal forjada no en carne ni hueso, sino en acero frío y concreto gris, engendrada por voluntades inmemoriales y ocultas. Desde la distancia misma se percibía la vibración ominosa de su poder, y quienes se acercaban a sus muros vastos e inmutables —semejantes a los bastiones de una fortaleza antigua, esculpida por titanes— sentían que estos les susurraban con voz muda, transmitiendo un saber arcano, quizá prohibido, acumulado en las eras silenciosas de su existencia.

Nada en ella delataba fragilidad; ni el tiempo osaba horadar sus muros, ni el viento doblegar sus esquinas. Parecía, en su aterradora majestad, no construida por manos humanas, sino surgida de la tierra misma como un monumento perenne al dominio, al misterio, y al orden impuesto desde las alturas.

Cada hendidura en la pétrea superficie, cada reborde de oxidado metal que asomaba entre las junturas del hormigón, se erguía cual cicatriz muda en el rostro inquebrantable de aquel coloso, vestigio impasible de una crónica no escrita con tinta, sino forjada en sudor, sangre y silencio. Eran estos signos los que, sin palabras, narraban la saga secular del Partido, testimoniando las contiendas subterráneas, las purgas inapelables, los decretos incontestables, y los triunfos ensalzados en himnos de hierro. Cada línea, cada imperfección aparente, contenía en su geometría la huella indeleble de generaciones doblegadas y de voluntades encauzadas hacia un fin único y supremo.

Y cuando, impulsado por el deber o por el vértigo de la obediencia, me fui acercando al umbral mismo de aquella mole sagrada, sentí sobre mis hombros —no como viento ni peso físico, sino como presencia etérea e incuestionable— la gravitación ominosa de su esencia. No era una sombra común la que se cernía sobre mí, sino la de una vigilancia incorpórea, ejercida no por ojos visibles, sino por miradas múltiples, diseminadas en lo invisible: ojos sin párpados que jamás duermen, vigilantes incesantes ocultos tras las fisuras, en los ecos del viento, en las propias piedras que componen el edificio.

No era, aquel edificio, una mera aglomeración de concreto, acero y cálculo ingenieril. No. Era, en su más profunda sustancia, el altar monolítico del poder absoluto; símbolo inquebrantable de la voluntad del Estado, encarnación tangible de su soberanía inapelable, y al mismo tiempo, recordatorio imperturbable del deber último del ciudadano: la sumisión. Quien se atrevía a contemplarlo no solo veía un monumento, sino que sentía, en su espíritu más íntimo, el peso ineluctable de un orden cuya magnitud trascendía al individuo y cuya presencia reclamaba obediencia con la solemnidad de un dogma eterno.

Y así fue como, adentrándome en los vastos y silentes dominios de aquella augusta edificación —casi como quien cruza el umbral de un templo prohibido—, sentí rodearme una atmósfera espesa, densa como la bruma de antiguos presagios, cargada de un misterio que parecía emanar de las mismas piedras y del aire contenido entre sus muros. Cada paso que daba resonaba como un eco solemne en aquel santuario del poder, y con cada avance, sabía —no con la razón, sino con un instinto ancestral que no admite engaño— que me aproximaba más y más al núcleo palpitante de una voluntad insondable, al corazón inmutable del Estado, donde se gestaban los decretos que regían la vida de millones.

En las sombras profundas de sus pasillos tortuosos y sin fin, semejantes al vientre de una criatura inmensa y vigilante, anidaban secretos inconfesables, vestigios de conspiraciones antiguas y presentes, susurradas apenas entre paredes que todo lo ven y todo lo oyen. Eran esas sombras como fauces entreabiertas, que parecían aguardar, con paciente silencio, a aquellos osados —o incautos— que se atrevieran a caminar más allá del límite de lo permitido, deseosos quizá de arrancar al olvido alguna verdad oculta, aun a costa de su propia existencia. Se sabía bien que rara vez regresaba incólume aquel que había mirado demasiado hondo en los abismos del poder.

En su conjunto, el edificio ministerial —con sus columnas ciclópeas, sus bóvedas altísimas, sus corredores que parecían prolongarse hacia la eternidad— ostentaba una magnificencia que no encontraba parangón en arquitectura alguna del orbe conocido. No era simple obra de ingeniería: era la manifestación visible de una idea total, hecha carne en piedra, acero y vigilancia perpetua. Se erguía, no como edificio entre edificios, sino como titán impasible surgido de la tierra misma, vencedor de los elementos, dominador del firmamento, y espejo fiel de la grandeza temible del régimen que lo había concebido. Su presencia rasgaba el horizonte, imponiéndose no solo a la mirada, sino también al alma, como si dijera, sin palabras: Aquí mora el poder, aquí termina la voluntad del hombre.

14.

Era, en verdad, mucho más que un simple centro administrativo, un mero conjunto de oficinas y despachos dedicados a la gestión de la maquinaria del Estado. No; este coloso, erigido en el mismo centro de nuestro orden, era el propio corazón palpitante de nuestro gobierno, el epicentro sagrado de todo poder, de toda autoridad, que dirigía y moldeaba nuestras existencias con una mano invisible pero firme. En sus entrañas se tejían los destinos de pueblos y naciones enteras, y sus muros —robustos y fríos, inquebrantables como la propia voluntad del régimen— atestiguaban, sin piedad, la danza secreta de la política y la burocracia que gobernaba cada aspecto de nuestras vidas.

Sus pasillos, largos y laberínticos como los de un antiguo castillo o un monasterio olvidado, se extendían hasta el infinito, llevando a quienes osaban transitarlos a un reino paralelo, donde el tiempo parecía diluirse en una perpetua espera. Y sus salas, vastas como catedrales, con techos que se elevaban a alturas imposibles, no solo albergaban el eco de reuniones y conferencias, sino que se erigían como santuarios del destino humano, donde las decisiones, tomadas en el más absoluto de los silencios, podían hacer o deshacer la suerte de millones.

Allí, en los rincones más apartados, en las sombras de los muros más distantes, se fraguaban intrigas políticas tan complejas y tan sutilmente tejidas que apenas el más astuto de los ojos lograría entreverlas. En las salas de mármol pulido y de madera oscura, donde la luz se filtraba débilmente a través de ventanas altas, las maquinaciones burocráticas se desplegaban con una precisión mortal, como si cada palabra pronunciada, cada firma estampada, fuese el latido que mantenía en marcha la titánica máquina del poder. Allí, en ese vórtice de ambición y cálculo, se decidían, con el simple trazo de una pluma, los destinos de pueblos enteros, de vidas humanas, como si se tratase de piezas en un tablero cuyo diseño y propósito escapaban a la comprensión de los seres comunes.

Cada rincón del edificio resonaba con el murmullo constante de una actividad frenética e incesante, como el latido irregular de un monstruo dormido, cuyas vibraciones no se percibían al principio, pero que se sentían en lo más profundo del alma, como un presagio de lo que podría desatarse. Todo en aquel lugar se movía al ritmo de una voluntad sobrehumana, ajena a los caprichos del individuo, y cada sombra, cada destello de luz, parecía tener un propósito oculto, parte de un todo más grande, incomprensible para los que no compartían la visión.

A su alrededor, se erguían como fieles y silenciosos servidores los edificios cúbicos adyacentes, dispuestos en una perfecta alineación, como cortesanos ante su monarca inmóvil. Cada uno de estos colosos arquitectónicos albergaba en su interior una de las piezas vitales de la compleja y vasta maquinaria administrativa que sostenía el andamiaje del gobierno, una estructura colosal que operaba en las sombras, movida por una fuerza que trascendía la comprensión humana. Desde el Ministerio de la Verdad, cuya sola mención traía consigo una sombra de certeza absoluta, hasta el Ministerio del Amor, que, en su nombre irónico y oscuro, ocultaba la maquinaria del control y la disciplina más férrea, cada uno de estos monumentos cumplía con meticulosidad su función específica en el vasto engranaje de la burocracia que, con mano de hierro, regía nuestras existencias y determinaba el curso de cada uno de nuestros actos.

Era imposible no sentir, ante tan grandiosa manifestación de poder, que estos edificios no solo se alzaban en piedra y acero, sino que representaban la misma esencia del control total. Su presencia imponía respeto, sus muros eran la encarnación del orden incuestionable, y sus ventanas, como ojos vigilantes, parecían observar y escrutar cada movimiento, cada pensamiento, desde los rincones más distantes de sus interminables corredores. Todos, desde el más humilde hasta el más poderoso, se hallaban irremediablemente sujetos a la voluntad de estos templos de la burocracia.

Nos complacía, en nuestra ciega devoción, pensar que aquel ministerio —la estructura que se erguía ante nosotros con la magnificencia de un coloso de antaño— no solo era el mayor en dimensiones físicas, sino que, en verdad, era el más grande en importancia y trascendencia, el pilar sobre el cual descansaba el equilibrio de todo lo que conocíamos. No había, en todo el mundo, otro que pudiera compararse a él, no en su majestuosa vastedad ni en su inflexible poder. Era el epicentro de nuestro universo, el núcleo alrededor del cual giraban nuestras vidas, nuestras esperanzas, nuestros temores.

Como un faro en la oscuridad más impenetrable, iluminaba el camino a seguir, nos guiaba con su luz firme y despiadada a través de las tinieblas de la incertidumbre, marcando con cada destello la dirección a la que debíamos mirar, a la que debíamos inclinarnos. Era imposible escapar de su influencia, ya que nos sentíamos profundamente privilegiados de vivir bajo su manto protector, siendo testigos cotidianos de su grandeza, de su poder absoluto, que nos moldeaba, nos formaba, nos definía en cada instante de nuestras vidas. Vivir en su sombra era tanto un honor como una carga, un vínculo inquebrantable que nos unía al destino que él dictaba sin preguntar.

En lo más profundo de las entrañas de aquel monumental edificio ministerial, donde los susurros de los pasillos se entrelazan con el eco sombrío de los pasos apresurados, como sombras que huyen de la luz, la claridad del día nunca se atreve a penetrar. Allí, en ese reino de cemento, acero y concreto, la luz solar es un lujo proscrito, una concesión que jamás se otorgó, pues la estructura misma de este coloso fue concebida sin importar la necesidad de la luz natural. Las ventanas, esas frágiles aberturas al mundo exterior, fueron un capricho rechazado desde el mismo instante de su gestación.

Este titán de concreto y metal no fue erigido sobre un terreno limpio y vacío, sino que sus cimientos se asentaron en la solitaria fundación de una torre de refrigeración de una central nuclear —un vestigio del progreso abortado, una sombra del futuro que nunca llegó a nacer. En un giro irónico del destino, aquella central, cuyas máquinas jamás vieron la luz del funcionamiento, cedió su alma a esta nueva fortaleza de la burocracia, como si el vacío de su propósito anterior se hubiese llenado con la misma necesidad de control, de orden y de dominio absoluto.

Este laberinto de pasillos interminables y techos de metal parece estar diseñado, no solo para ser una estructura física, sino como una prisión del tiempo mismo. El tiempo, allí, se detiene en su marcha, como si los relojes y los calendarios fuesen tan solo meras ilusiones, mecanismos de un mundo exterior al que este coloso, tan ajeno a la realidad, no necesita responder. En su interior, el tic-tac del reloj se desvanece, engullido por el murmullo constante de la actividad burocrática, un flujo incesante de papeles que se desplazan de un lado a otro, como hojas arrastradas por un viento invisible. El murmullo nunca cesa, una sinfonía de voces apagadas que susurran nombres, fechas, decisiones que marcan el destino de miles sin que nadie levante la mirada.

A medida que uno se adentra más y más en sus dominios, el aire se va tornando más espeso, más denso, como si el propio edificio exhalara la pesada carga de su historia y de sus secretos. El aroma a papel viejo y tinta seca impregna cada rincón, una fragancia penetrante que se entrelaza con el polvo del tiempo y con los ecos de un pasado que nunca se desvanece. Es como si el aire mismo estuviera cargado con los pensamientos de aquellos que alguna vez caminaron por sus pasillos, como si sus decisiones aún pesaran sobre las paredes y los pisos, grabadas en un eco perpetuo que nunca se apaga.

15.

Aquí, en el oscuro y enrevesado laberinto de pasillos y escaleras interminables, cada paso que se da parece ser un recordatorio palpable de la fragilidad inherente de nuestra existencia humana, un eco sombrío que resuena en las paredes, revelando la futilidad de nuestros esfuerzos y aspiraciones ante las fuerzas implacables que nos rodean. Cada movimiento, cada respiración, se siente como un susurro fugaz en la vasta inmensidad de un sistema que, más grande que nosotros, se despliega como una maquinaria eterna, indiferente a la vida que transcurre en sus entrañas. Los ecos de los pasos se mezclan con los susurros de voces lejanas, en una sinfonía inquietante de indefensión frente a lo que nos sobrepasa. Dentro de este intrincado laberinto de poder y burocracia, la fragilidad de nuestra condición humana se convierte en una presencia constante, y la eternidad de las estructuras que nos rodean, tan frías y absolutas, nos recuerda que somos meros engranajes de un vasto sistema que marcha sin compasión ni pausa.

La iluminación, lejos de aliviar el ambiente, se convierte en una pesada losa que oprime los sentidos, tan agobiante como las sombras que se ocultan en cada rincón, esperando a atraparnos en sus redes invisibles. Las luces artificiales, impasibles e indiferentes, emanan de los fluorescentes que adornan el techo, lanzando una luminosidad tan fría y distante que transforma cada pasillo en un campo estéril, desprovisto de calor humano. Como una cuadrícula infinita de líneas de luz blanca, esta luminiscencia inmutable cubre las estancias y oficinas, proyectando una claridad sin alma que no ofrece consuelo ni esperanza, sino tan solo una revelación cruel: todo es uniforme, todo está sujeto a la misma ley implacable, y en su uniformidad se borra la individualidad, el sentido de ser.

Los pasillos se extienden ante uno como arterias de un organismo colosal, palpitando bajo la luz mortecina, y cada paso parece dirigirse hacia un destino ineludible, hacia un centro que no ofrece refugio, sino más bien un mayor sentido de encierro. La luz, aunque intensa, no ofrece claridad; por el contrario, alumbra las sombras que se ocultan, arrojándolas sobre las paredes que parecen crecer interminablemente hacia arriba, como si cada habitación, cada despacho, fuera una celda aislada de la cual no hay escape.

Cada tubo, suspendido en las alturas de aquel laberinto interminable, emite un zumbido constante, incesante, como el susurro inquietante de un espectro errante en la oscuridad de la noche, una vibración que parece emanar desde las mismas entrañas de la estructura, penetrando la quietud con su sonido melancólico y ominoso. Estos zumbidos se entrelazan con el parpadeo intermitente de las luces, cuyos destellos fugaces —como resplandores de una luz condenada— añaden una capa adicional de inquietud a un ambiente ya de por sí opresivo. La luz misma, lejos de brindar consuelo, se convierte en una presencia tan inmensa como impía, una manifestación fría y distante de la artificialidad del entorno, un recordatorio perpetuo de que el mundo que se despliega ante nuestros ojos es, más que una creación humana, una distorsión de lo natural, una simulación que niega la calidez de lo orgánico.

En este reino sombrío, donde la luz se convierte en su propio verdugo, las sombras no son meras ausencias de luz, sino seres vivos, astutos y acechantes, que se deslizan por las paredes y los rincones, tomando forma en las mentes que osan contemplarlas demasiado. Los reflejos parpadeantes de los fluorescentes crean figuras danzantes en las paredes, sombras que no descansan, que se proyectan y desvanecen con tal rapidez que parece que están vivas, como espectros que surgen y desaparecen al ritmo de la luz impía. Esas figuras, casi fantasmagóricas, parecen acechar en cada esquina, sus contornos indefinidos como si se burlaran de nuestra percepción, como si estuvieran esperando el momento exacto para revelar su verdadero rostro, ese rostro que se oculta en la oscuridad.

En este dominio donde la penumbra y la luz artificial coexisten en una espiral sin fin, los límites entre la realidad tangible y la fantasía más oscura se disuelven lentamente, como niebla que se desvanece al amanecer. La mente humana, atrapada en este escenario de distorsión sensorial, se ve sometida a una tensión constante, como un violinista que toca una melodía desgarrada, siempre al borde de la descomposición. Cada paso dado dentro de este laberinto parece acercar al viajero a un abismo donde la razón cede lentamente ante la presión de lo inexplicable. La luz, más que iluminar, parece confundir, desdibujando las fronteras entre lo que es y lo que podría ser.

Los susurros del pasado, como ecos lejanos de antiguas voces que alguna vez habitaron este lugar, se mezclan con el zumbido perpetuo de los tubos fluorescentes, creando una sinfonía macabra, perturbadora, que resuena en los oídos de aquellos que se atreven a adentrarse más allá del umbral. Es una melodía sin armonía, un canto sombrío que acompaña a cada paso, sumiendo a los intrusos en un estado de constante inquietud, como si el edificio mismo los invitara a escuchar la historia que guarda en sus muros, una historia que no se puede contar en palabras, sino solo sentir, en los rincones de la mente, en los pliegues más oscuros del alma.

16.

Me adelanté hacia la mesa donde los funcionarios aguardaban, sus ojos fijos en mí, una mezcla de sumisión y temor reflejada en sus rostros. El aire parecía volverse denso, como si el mismo edificio respirara al ritmo de cada palabra que estaba a punto de pronunciar. En ese momento, una quietud profunda llenó el espacio, una calma opresiva que solo yo parecía percibir. El peso de la situación se reflejaba en cada rincón de la sala, donde las sombras se alargaban de forma casi palpable, y su silencio se volvía cómplice de mis pensamientos.

“¡Oh, nobles servidores del orden y la ley!”, comencé, mi voz resonando con una autoridad que parecía hacer eco en los muros. Mis palabras, cargadas de una solemnidad que no se podía ignorar, se dirigían a aquellos que, desde las sombras de los interminables pasillos, tejían las intrincadas redes que mantenían el poder intacto. ¿Sabían ellos, verdaderamente, lo que les rodeaba? ¿Comprendían la magnitud de la responsabilidad que recaía sobre sus hombros, mientras manipulaban los hilos invisibles que sostenían el destino de este régimen?

No hubo respuesta. Nadie osó mover un músculo, todos se mantenían en su lugar, como estatuas que temen el quebranto de su quietud. Y no me amedrenté. Al contrario, su silencio me dio más fuerza para continuar, pues en él estaba la confirmación de que mis palabras estaban calando profundamente, de que mi presencia no era solo la de un hombre, sino la de una voluntad que no podía ser desafiada.

Continué, sin vacilaciones, con la certeza de que no cabía duda alguna en lo que decía. “Habéis venido aquí con un deber que trasciende el simple cumplimiento de una orden. Este deber, mis queridos servidores, es la piedra angular sobre la que se levanta todo lo que hemos construido. Y no es una carga ligera. Es el deber que exige que se mantenga en pie este régimen, que exige que la voluntad del Estado de Legiria se imponga sobre todo lo demás, más allá de la moralidad, más allá de los sentimientos humanos.”

Alguien, entre los presentes, alzó la mano, casi imperceptiblemente. Su rostro mostraba la incertidumbre de quien desea preguntar algo importante, pero teme la respuesta. Su voz, temblorosa, rompió finalmente el silencio.

“¿Es que no es excesivo el peso de tal poder? ¿No deberíamos reflexionar sobre los sacrificios que implica, sobre los límites de nuestra intervención en la vida de aquellos que servimos?”

La pregunta, aunque válida en su propia naturaleza, no encontró eco en mi mente. Mi mirada se tornó aún más intensa, y, sin apresurarme, di un paso hacia él. La respuesta era una que debía ser entendida en toda su magnitud. “¿Límites?”, pregunté, dejando que el término flotara en el aire, vacío de sentido. “El poder no conoce límites. El poder no tiene barreras, ni ataduras que lo frenen. Es una fuerza primordial que se impone sobre todo lo que existe. La voluntad del Estado es el orden mismo, y cuando uno asume la responsabilidad de ser parte de esta maquinaria, uno se convierte en su extensión, en su brazo ejecutor. No hay lugar para la duda ni para los remordimientos. El poder es incuestionable, y en su nombre debemos actuar.”

Observé su rostro, todavía marcado por la incertidumbre, mientras otro de los funcionarios, más preocupado por mantener el equilibrio de la conversación, intentaba intervenir. Su voz quebrada por la ansiedad dejó escapar una nueva pregunta, ahora centrada en la humanidad del régimen.

“Pero, Señor, en nuestro deber por el régimen, ¿no debemos también velar por el bienestar de aquellos que nos sirven, por aquellos que dan su vida por la causa?”

Mis ojos se posaron sobre él, tan firmes como una estatua, antes de que mi respuesta emergiera con la fuerza de una verdad irrefutable. “Equidad, mencionáis… Pero, ¿qué es la equidad sino una ilusión? Una ilusión que nace de la mente débil que no comprende lo que realmente estamos construyendo aquí. El bienestar de los servidores no es el fin, sino el medio para un fin más grande. Vosotros no estáis aquí para procurar la comodidad de la conciencia. Estáis aquí para servir al Estado, para cumplir su voluntad inquebrantable, y, en ese servicio, sois herramientas de algo mucho más grande que cualquier deseo personal.”

Silencio. Las palabras flotaban en el aire, pesadas y profundas, como una neblina que lo cubría todo. Los funcionarios, aún inmóviles, sabían que mi discurso no era solo una lección de poder, sino un recordatorio de la naturaleza del régimen. Yo no era simplemente un hombre que hablaba; era el vehículo de la voluntad de un poder mucho mayor, de una autoridad que no admitía oposición ni duda. Cada uno de ellos comprendió, en lo más profundo de su ser, que sus vidas estaban entrelazadas con la estructura del Estado de una manera que no permitía vuelta atrás.

Y en ese silencio, que se alargó más de lo que hubiese deseado, entendieron la magnitud de la responsabilidad que cargaban, y su rol en el engranaje del poder que, inexorablemente, seguía avanzando.

Mientras los funcionarios permanecían en su inmovilidad reverencial, un recuerdo divertido, aunque algo irreverente, surgió en mi mente, un suspiro fugaz que, por un momento, rompió la solemne atmósfera que yo mismo había tejido. No era más que una anécdota, pero, en su momento, me había permitido entender la naturaleza humana bajo la opresiva sombra de la burocracia.

Hace algunos años, en un día en que el ritmo de trabajo parecía ralentizarse hasta el punto de casi caer en el tedio, decidí hacer una pequeña incursión en uno de los departamentos menos vigilados, un lugar donde los papeles y las órdenes se acumulaban en pilas que parecían nunca llegar a completarse. Allí, en medio de la penumbra de un cuarto sin ventanas, me encontré con un joven funcionario que, en lugar de estar haciendo los cálculos y trámites que le correspondían, estaba completamente absorto en un juego de cartas.

No me atreví a intervenir de inmediato, pues la escena era tan inusual que no pude evitar observar en silencio durante un buen rato. El joven, sin conciencia de mi presencia, se reía a carcajadas mientras jugaba solo, con una baraja de cartas que había conseguido por algún medio y que parecía ser su única compañía en esos largos días de soledad administrativa. Las risas, aunque en principio desentonadas con el ambiente de trabajo, eran refrescantes, casi como una burla sutil a la seriedad con la que todos los demás se comportaban.

Finalmente, decidí acercarme, y, con la calma de quien sabe que el momento es tan absurdo como inevitable, me dirigí a él.

“Veo que has encontrado un modo entretenido de lidiar con la rutina. ¿Qué jugadas has aprendido que podrían aplicarse a la burocracia?”, le pregunté, sin perder la compostura.

Levantó la vista, sus ojos desorbitados al principio por el shock, pero pronto se relajaron al darse cuenta de que no era una reprimenda lo que le esperaba, sino una conversación que, a su modo, ponía en duda las convenciones.

“No pensé que alguien tan… alto en la jerarquía, por decirlo de alguna forma, se interesaría por los pequeños placeres de la vida cotidiana”, respondió, sus palabras vacilantes al principio, pero luego más confiadas al comprender que no había castigo en mi voz, solo una curiosidad genuina.

“Lo que sucede”, continuó, “es que, en este mar de papeles y trámites, uno a veces se siente como si estuviera jugando una partida de cartas sin reglas claras, esperando que el azar decida nuestro destino. Pero, por ahora, el azar no ha sido favorable, como puedes ver”, dijo mientras levantaba su mano hacia las pilas de documentos, como si fueran montañas de cartas dispersas en un juego interminable.

No pude evitar sonreír. Ese compañero, en su insensata distracción, había capturado algo que todos en ese departamento parecían haber olvidado: la lucha por el control del destino, los pequeños momentos de rebelión y libertad que, aunque a menudo invisibles, se tejían entre las grietas del orden impuesto. Pero más allá de esa reflexión, lo que me divertía era cómo, en el fondo, todos los engranajes del régimen, tan rigurosamente estructurados, se desmoronaban ante la trivialidad de un simple juego.

“Es cierto”, le respondí en tono pausado, “quizás no haya reglas claras en este juego, pero eso no significa que uno no pueda disfrutar de la partida, ¿verdad?”

El compañero me miró, primero confundido y luego con una pequeña risa nerviosa. “Supongo que sí, aunque a veces es difícil saber si estamos jugando por diversión o por supervivencia.”

“Ambas cosas, querido camarada. Ambos.”, contesté, y, al verlo recoger nuevamente las cartas, una especie de alivio me invadió. No por su desobediencia, sino porque, en su pequeño acto de resistencia, había revelado la naturaleza misma del sistema: tan opresivo como queramos que sea, siempre habrá un rincón de ocio, un resquicio de humanidad donde el espíritu se rebela en el acto más sencillo, aunque fugaz.

Recuerdo esa escena con una mezcla de nostalgia y humor. Después de todo, esa conversación, aunque aparentemente trivial, me permitió entender algo esencial sobre los hombres que servían bajo el régimen: incluso en los momentos más rígidos de control, incluso cuando los papeles y las órdenes parecían imponer un yugo sobre ellos, aún quedaba un rincón de libertad. Un rincón en el que el sistema podía no ser tan inflexible, y el ser humano podía, por un instante, ser simplemente eso: humano.

17.

Después de evocar ese recuerdo, continué mi camino a través de los pasillos del edificio ministerial, mis pasos resonando con eco en las paredes frías de concreto. El lugar, con su atmósfera cargada de secretismo y solemnidad, parecía cobrar una extraña vida propia. Cada rincón, cada sombra que se alargaba como un susurro furtivo, parecía esconder algo más allá de lo evidente, algo que se deslizaba entre los límites de la realidad y la fantasía. El aire mismo vibraba con una tensión imperceptible, como si estuviera impregnado por fuerzas invisibles que solo unos pocos podrían percibir.

A medida que avanzaba, el pasillo comenzó a estrecharse, y el ritmo de mi respiración se volvió más pesado, más marcado. Las luces fluorescentes que iluminaban el camino parpadeaban, y sus destellos intermitentes daban a las sombras una cualidad extraña, como si las paredes mismas respiraran y se deshicieran, transformándose en algo vivo. Me detuve un momento, observando cómo las sombras danzaban sobre las paredes, como figuras fantasmales que no pertenecían a este mundo, figuras que parecían moverse en un movimiento hipnótico, cambiando de forma y tamaño con cada parpadeo de luz.

Al principio, intenté ignorarlo, achacando el fenómeno a la fatiga y al estrés acumulado de la jornada. Sin embargo, al dar un paso más, el pasillo pareció abrirse ante mí, como si el espacio mismo se desvaneciera en una distorsión palpable. Frente a mis ojos, una puerta apareció de la nada, una puerta que no recordaba haber visto antes, que no había estado allí en mi recorrido inicial. Era una puerta sin marca alguna, sin indicios de lo que podía haber detrás. Se encontraba cerrada, pero al acercarme, un leve zumbido, casi inaudible, emergió de la rendija que separaba las maderas viejas del marco.

Algo me instó a tocarla. Un impulso irrefrenable, como si la puerta me llamara desde otro tiempo o lugar. Cuando mi mano tocó el pomo, la puerta se abrió con un crujido bajo, como si se tratara de un antiguo órgano en su último suspiro. Al otro lado, no encontré el despacho que había esperado, ni la austera sala de reuniones que se encontraba en mi agenda. En su lugar, me vi inmerso en un paisaje completamente distinto, un paisaje que no parecía tener ningún sentido dentro de la lógica de la estructura ministerial.

Delante de mí se extendía un vasto campo de niebla, tan espesa que no podía ver más allá de unos pocos pasos. Pero lo más desconcertante no era la niebla, sino lo que flotaba sobre ella: figuras humanas, suspendidas en el aire, flotando a su alrededor como si estuvieran atrapadas en un trance profundo. Sus cuerpos se movían lentamente, como si una corriente invisible los arrastrara, y sus rostros mostraban una expresión de éxtasis inquebrantable, como si estuvieran conectados a algo que trascendía su propia existencia. Era un espectáculo tan surrealista que no pude evitar cuestionar si mis ojos estaban engañándome o si, de alguna manera, me encontraba en otro plano, en otro tiempo.

La escena me paralizó. No podía dar un paso hacia adelante ni retroceder. Me quedé allí, observando, sintiendo cómo el aire a mi alrededor se volvía más espeso, como si la misma niebla intentara absorberme. Un susurro, casi inaudible, empezó a surgir de la niebla, como un coro lejano, una melodía ancestral que parecía resonar en lo más profundo de mi ser. No entendía las palabras, pero sentí que cada sílaba penetraba en mi mente, resonando con algo primitivo, algo arcaico.

De repente, una figura emergió de la niebla, más nítida que las demás. Era un hombre, de rostro inexpresivo, pero con ojos que parecían observarme con una intensidad inquietante. Sus labios se movieron, pero las palabras que pronunció fueron incomprensibles, como si no pertenecieran a ningún idioma conocido. Sin embargo, en su mirada había un conocimiento profundo, una sabiduría oscura que me hizo sentir pequeño, insignificante ante su presencia.

“¿Qué es esto?”, me encontré preguntando, aunque sabía que nadie podría responderme. Mi voz, como un eco lejano, desapareció rápidamente en la vastedad de la niebla.

El hombre continuó flotando hacia mí, y antes de que pudiera reaccionar, una mano invisible me empujó hacia adelante, como si algo me arrastrara sin piedad. Los pasos de los funcionarios y los ecos de los pasillos se desvanecieron, y todo lo que quedaba era la niebla, las figuras flotantes y la sensación de estar atrapado en un sueño sin fin.

En ese momento, comprendí que ya no estaba dentro del edificio. No estaba en el lugar donde se tomaban las decisiones que moldeaban el destino de todos. Había cruzado una frontera invisible, y ahora me encontraba en un mundo extraño y surrealista, donde las leyes del tiempo y el espacio ya no parecían aplicar. La sensación de estar atrapado en una dimensión ajena me invadió por completo, pero, al mismo tiempo, algo dentro de mí supo que esto era solo un reflejo distorsionado de lo que realmente estaba sucediendo en aquel edificio, un símbolo de las fuerzas invisibles que operaban tras las paredes de la burocracia.

Y, como si la niebla misma hubiera respondido a mi pensamiento, la figura del hombre desapareció, dejando solo la densidad del aire y el eco persistente de un susurro lejano. Cuando miré nuevamente, la puerta que había abierto ya no estaba allí. El pasillo del ministerio, con su familiar estructura, había regresado a su lugar.

Pero en mi mente, el sueño permaneció, y su inquietante presencia me acompañó hasta el momento de la reunión, como una sombra que no se desvanecería.

Al regresar del extraño laberinto de neblina y figuras suspendidas, una sensación de confusión se apoderó de mí. El edificio ministerial, con su aire opresivo y su compleja burocracia, parecía haberme transportado a un plano extraño donde las leyes de la lógica se disolvían. El pasillo que antes parecía tan sólido y conocido, ahora me parecía una extensión de algo mucho más grande, mucho más incomprensible. Las sombras se alargaban a mi alrededor como si quisieran susurrarme secretos que no estaba preparado para escuchar. Pero la realidad, esa misma que nos obliga a actuar con la cabeza fría y a someter todo a la razón, se me presentaba con una crudeza implacable.

En ese estado de confusión y desconcierto, sabía que pronto debía enfrentar a la doctora Kapusca, una mujer conocida por su pragmatismo y por su incuestionable dominio de las ciencias. Estaba seguro de que sus ojos inquisitivos no podrían evitar atravesar las grietas de mis explicaciones, buscando sentido, buscando lógica en lo que acababa de experimentar. Y, al mismo tiempo, sabía que no podía simplemente decir que había cruzado una puerta y entrado en un mundo surrealista, porque eso sería caer en lo absurdo.

¿Cómo podía explicarle lo que había visto, lo que había sentido, sin que me tachara de loco? ¿Cómo traducir lo que para mí había sido una vivencia tan real como cualquier otra en una narrativa comprensible para una mente científica? El pensamiento se deslizaba entre mis dedos como agua, y por un momento sentí que no tenía las palabras necesarias para darle forma a lo que acababa de experimentar.

¿Qué diría si me encontraba frente a ella, con sus ojos fijos, esperando una respuesta lógica?

Podría comenzar mencionando los efectos extraños de la luz, como si la misma energía que iluminaba el edificio tuviera una intención propia, distorsionando la percepción del espacio. Podría hablar de los ecos y los susurros, de las figuras flotantes en la niebla, intentando vincularlo a alguna teoría psicológica o fisiológica. Quizás sugerir que lo que había experimentado había sido un estado alterado de conciencia, inducido por el estrés, la fatiga o algún tipo de influencia del entorno mismo, como si las paredes del ministerio hubieran jugado con la percepción, llevándome a una especie de delirio onírico.

Tal vez pudiera hablar de los efectos de la burocracia sobre la psique humana, del aislamiento que todos experimentamos en el sistema, de cómo el alma parece fragmentarse cuando la monotonía de los pasillos interminables nos absorbe por completo. ¿Acaso no había leído sobre los efectos del trabajo repetitivo sobre la mente humana, cómo puede distorsionar la realidad, desdibujar las fronteras entre lo posible y lo imposible?

Aun así, la duda persistía. ¿Sería suficiente?

Me imaginaba ante la doctora Kapusca, con sus ojos penetrantes y su mente lógica que no dejaría escapar ni el más mínimo rincón de inconsistencia. Podría comenzar con las palabras, pero sabía que lo que realmente esperaba de mí no era una narrativa llena de explicaciones rebuscadas, sino algo más simple, más claro.

Lo que había vivido, lo que había visto, no se podía comprender sin aceptar que, de alguna manera, la realidad misma había sido alterada, como si hubiera transitado entre capas de un mundo que solo unos pocos elegidos pudieran percibir. No se trataba de una visión, ni de una alucinación, ni siquiera de un delirio. Era algo más profundo, algo que iba más allá de cualquier descripción razonable. Y, en ese preciso momento, comprendí que lo que más temía no era el juicio de la doctora Kapusca, sino la posibilidad de que tal explicación nunca fuera suficiente, que la racionalidad del mundo nunca pudiera abarcar la magnitud de lo que había experimentado.

Con esa inquietud, me preparé para enfrentarla, sabiendo que cualquier intento de ofrecer una explicación coherente podía ser insuficiente. La verdad de lo sucedido era demasiado compleja, demasiado fluida, para ser encajada en las rígidas estructuras del lenguaje y la razón. Aun así, debía intentarlo.

18.

En medio de este vasto y desolado paisaje urbano, donde la distopía se manifestaba con toda su cruda y fría realidad, la humanidad se veía inmersa en una interminable danza de ambición y corrupción, como marionetas atrapadas en los hilos invisibles del poder, el cual se erguía como el único monarca legítimo en este reino sin alma. Aquí, donde las estructuras de cemento y acero se alzaban como testimonios de una organización insensible, la vida de cada ser humano era reducida a un simple engranaje en la gigantesca maquinaria del Estado, cuyo influjo dominaba cada rincón de la existencia.

Ante mí, se desplegaba un prodigioso espectáculo de planificación urbana, una obra majestuosa e inquebrantable que daba testimonio de la omnipotencia de quienes gobernaban desde las alturas. Las barracas, modestas en su forma, pero vastas en su extensión, se alineaban con una precisión casi militar, como soldados rígidos en formación, rodeando la enorme mole de cemento que representaba el corazón del poder estatal. En su simetría perfecta, las barracas se extendían por kilómetros enteros, formando un patrón radial que parecía dibujado con la exactitud de un relojero antiguo, cada edificio en su lugar, cada paso dado con la finalidad de fortalecer aún más el imponente dominio del Estado.

Estas estructuras, que parecían haberse forjado en la misma esencia de la eficiencia y el orden, se erguían como centinelas silenciosos, inmóviles, pero firmes, en su misión de custodiar el poderío inquebrantable del régimen. Cada barraca, más que una simple edificación, era un microcosmos aislado, un pequeño mundo que albergaba a los funcionarios que, como piezas de una maquinaria sin fin, cumplían con sus designios. Dentro de ellas, cada ser humano, cada individuo, poseía sus propias inquietudes, sus aspiraciones, sus esperanzas incluso, pero todas se fundían, se disolvían y se sometían al único propósito común: servir al Estado. Las pasiones individuales eran anuladas por la omnipresencia de una ideología que arrasaba con cualquier atisbo de rebelión interna.

Los callejones, que serpenteaban entre las filas interminables de edificios uniformes, resonaban con el incesante murmullo de la actividad humana, un constante rumor que nunca cesaba, como el latido de un coloso dormido. Los empleados, vestidos con la austera uniformidad que los identificaba como parte de esta gran maquinaria, iban y venían sin descanso, cumpliendo sus deberes con una disciplina feroz, que no admitía dudas ni vacilaciones. El ritmo de su marcha era incansable, como el paso de soldados en una interminable marcha militar, donde no había lugar para la pereza ni para la distracción. La vida de cada uno de ellos transcurría entre las estrictas paredes del deber, sin oportunidad para la reflexión o el cuestionamiento, porque el poder, implacable y absoluto, se encontraba siempre al acecho, dispuesto a devorar cualquier signo de debilidad.

En este paisaje de sombras y concreto, la humanidad seguía su camino, atrapada en una danza sin fin, sin esperanza de liberarse de las cadenas invisibles que el poder había impuesto sobre ella.

Desde las alturas, la vista que se desplegaba ante mis ojos era, sin lugar a dudas, un espectáculo que dejaba sin aliento. Ante mí se extendía un vasto océano de tejados uniformemente alineados, una marea de gris y cemento que cubría el horizonte como una capa impenetrable. Solo se veía interrumpido por la figura colosal de la mole de concreto que se erguía en el centro, majestuosamente inmutable, como el titán que gobierna sobre su reino. Este titán, cuyo peso parecía irremediablemente fijado en el suelo, era el núcleo de todo el entramado urbano, un imponente monumento a la omnipotencia de un Estado que, en su afán de control y orden, había forjado una estructura tan rígida como impasible. La ciudad entera de Legiria, con su miriada de edificaciones uniformes, parecía estar subordinada a este coloso, como si toda su existencia girara en torno a él, sin la menor posibilidad de cuestionamiento.

Esta imponente urdimbre de piedra y acero se erigía, con una presencia casi sagrada, como la culminación de la eficiencia del Estado, un testimonio palpable de la perfección alcanzada por su maquinaria burocrática. No había en ella lugar para la duda ni para el desorden. Cada calle, cada edificio, cada pasillo había sido trazado con la precisión de una mente que no admitía la imperfección, pues en esta ciudad regía una ley fundamental: el orden, más allá de la vida misma.

Sin embargo, más allá de esta fachada de orden y disciplina, de este exterior pulido y resplandeciente, se ocultaba una verdad más sombría, una verdad que solo los más osados osaban desentrañar. En las profundidades de las barracas, en la penumbra de sus oscuros rincones, se gestaban conspiraciones y acuerdos oscuros, secretos que solo se compartían en susurros ahogados por el ruido constante de la maquinaria burocrática. Los pasillos angostos, cuyas paredes parecían estrecharse con cada paso, resonaban con murmullos furtivos, con el eco de intrigas que, como serpientes, se deslizaban por las grietas del sistema.

Rumores de corrupción y abuso de poder se deslizaban como sombras en la oscuridad, siempre presentes, pero casi nunca confirmados, como si una red invisible intentara ocultar la podredumbre que se expandía lentamente bajo la superficie de esta ciudad perfecta. Los rostros de los funcionarios, que se movían de un lado a otro, se mostraban imperturbables, pero aquellos que sabían mirar con atención podían percibir en sus ojos, ocultos tras la máscara de la eficiencia, la fatiga de un sistema que devoraba a sus propios hijos.

Así, a pesar de su aspecto imponente, esta ciudad de funcionarios, que se erguía como un bastión de poder inquebrantable, albergaba una oscuridad tan profunda como la de un pozo sin fondo. Una oscuridad que amenazaba con consumirla, con devorarla desde su interior, como un cáncer que se propagaba en silencio, oculto tras la brillante fachada de una maquinaria que nunca cesaba. Los ecos de aquellos que se atrevieron a desafiar el orden reinante eran casi inaudibles, borrados por el imparable paso de la rueda burocrática que, con su aplastante eficiencia, se tragaba cualquier vestigio de rebeldía.

En el fondo, sin embargo, todos sabían que esta gigantesca estructura, este monstruo de cemento y metal, no podía sostenerse por siempre. La corrupción, como el agua que se filtra por las grietas de una presa, acabaría por romper su fachada de orden. Y en el día en que eso ocurriera, no quedaría nada más que el vacío, el mismo vacío que latía en las sombras de este mundo perfecto, pero moribundo.

Más allá de los confines meticulosamente trazados y vigilados de las barracas oficiales, se desplegaba ante mis ojos un paisaje tan caótico como abandonado, un vasto mar de chabolas improvisadas, que se erigían como los últimos vestigios de la humanidad que había quedado fuera del abrazo del Estado, fuera de su favor y de su reconocimiento oficial. Estas humildes moradas, destartaladas y construidas con lo que la suerte les había deparado, se extendían en un laberinto intrincado de callejones polvorientos y estrechas callejuelas sin nombre, donde el desorden era la única regla que regía la existencia de aquellos que no hallaban lugar en el gran proyecto de orden que la maquinaria del poder pretendía imponer sobre la ciudad.

Las chabolas, construidas con cualquier material que pudiera ser arrebatado a la decadencia de la civilización o que aún pudiera ser rescatado de la basura de la ciudad ordenada, se amontonaban unas sobre otras, como si una fuerza invisible las hubiese empujado a unirse en una danza desordenada y frenética de madera carcomida, cartón envejecido y chapa oxidada que sus habitantes, en su desesperada lucha por encontrar cobijo, utilizaban para levantar sus frágiles refugios. En cada rincón de ese caos había una historia de necesidad, de sacrificio, de vidas despojadas de la esperanza de un futuro que nunca llegaba, atrapadas en la crudeza de la lucha por la mera supervivencia.

En este rincón olvidado por la mano de la autoridad, en este mundo donde el orden de la burocracia no se atrevían a penetrar, la vida se regía por su propio compás, uno que no respondía a los dictámenes del Estado de Legiria ni a las ambiciones de quienes en las alturas creían tener el control. Aquí, el paso del tiempo parecía menos meticuloso y más errático, marcado por el cansancio de aquellos que cada día debían enfrentarse a la incertidumbre de un mañana que nunca les prometía nada. La lucha diaria por conseguir el sustento, por hallar un resquicio de esperanza, era la única norma que prevalecía, mientras las sombras de los días se deslizaban, tan largas y desoladas como las propias vidas que se desgastaban en este exilio.

Las calles, sucias y gastadas, estaban llenas de una vida que no podía ser ignorada. Niños, con rostros de inocencia arrebatada, corrían y jugaban entre las ruinas de las chabolas, ajenos a la miseria que los rodeaba, pero quizás no tan ajenos al futuro que se les anunciaba, a la continua inestabilidad de su existencia. Mujeres de semblante fatigado y manos curtidas por el trabajo, se dedicaban a lavar la ropa en los arroyos sucios que serpenteaban, como venas de una ciudad moribunda, entre los callejones, intentando, en su resignación, mantener una normalidad que no era más que un espejismo frente a la creciente desesperanza.

Este mundo, tan cercano y lejano al orden impuesto por el Estado, seguía su propio curso, como una corriente subterránea que no se somete a las imposiciones de la superficie. Aquí, en la oscuridad de este rincón olvidado, la humanidad persistía, buscando en medio del caos la chispa de una esperanza que, aunque velada por las sombras, no se extinguía por completo.

19.

El aire, espeso y denso, se impregnaba de un torrente de aromas encontrados: el humo que ascendía en espirales desde los fogones improvisados, mezcla del sacrificio de aquellos que cocinaban lo poco que tenían, se entrelazaba con el hedor irremediable de la miseria y el abandono, creando una atmósfera que, a pesar de su dolorosa crudeza, no dejaba de tener un extraño magnetismo. Este paisaje sensorial, tan abrumador como revelador, no era sino el reflejo palpable de una existencia en los márgenes, donde los sentidos se agudizaban frente a la desolación y la desesperanza, pero donde también se preservaba la fuerza irreductible del alma humana.

En este rincón apartado, un mundo que parecía haberse quedado al margen de la historia oficial, los habitantes de Legiria vivían ajenos a la ley y a la autoridad que regían el resto de la ciudad. Allí, donde el orden del poder no llegaba, las vidas se tejían a través de los hilos de la supervivencia, entrelazados con la habilidad innata de aquellos que sabían que, en este espacio olvidado, no había lugar para la sumisión ni la dependencia. Cada hombre, cada mujer, cada niño, dependía de sí mismo, de sus propios recursos, y, sobre todo, de la solidaridad de la comunidad que, aunque castigada por las adversidades, seguía unida en su resistencia. Esta solidaridad no era meramente una cuestión de apoyo material, sino de una hermandad tácita que florecía en medio del caos, de un pacto no escrito en el que cada individuo, en su fragilidad, encontraba consuelo en el otro.

Las historias de tragedia, de pérdida y de desdicha, se entrelazaban con las de esperanza, de pequeños logros que, en su modestia, parecían desmentir la cruel lógica de la indiferencia estatal. Cada esquina, cada rincón de este enclave, estaba impregnado con relatos de vidas que, a pesar de la precariedad, conservaban una fuerza inquebrantable. Aquellos que se adentraban más allá de los límites de la orden oficial, y que se asomaban a este mundo de sombras y luces intermitentes, comprendían que aquí, en este vasto y turbulento mar de incertidumbre, la vida, aun en su forma más esquiva y quebrada, mantenía una significación profunda, un valor que no podía ser arrojado al olvido.

Cada gesto, cada palabra, cada mirada, era un testimonio de resistencia ante las fuerzas que trataban de borrar su existencia. Las vidas de aquellos que habitaban estas chabolas, donde el barro y el polvo se mezclaban con la esperanza rota, no estaban exentas de sufrimiento, pero no carecían de significado. La lucha por la supervivencia, aunque encarnada en una lucha diaria e implacable, no se reducía a una mera cuestión de subsistencia. Aquí, incluso en la ausencia de todo lo que el mundo civilizado consideraba esencial, el alma humana mantenía su capacidad para encontrar propósito, para hallar destellos de esperanza en medio de la oscuridad más profunda.

En este lugar donde la ley no hacía su presencia, donde el poder se diluía en el aire cargado de incertidumbre, se forjaba una vida que, por más precaria y vulnerable que fuera, aún seguía adelante. Porque en este rincón desolado, en medio del caos y la anarquía, la humanidad se negaba a rendirse, a ceder al abandono, y en su resistencia encontraba un significado que el orden impío y distante no podría jamás comprender.

Con la impasibilidad que caracteriza a aquellos que han sido forjados en la fría disciplina del poder, el intendente Timeo, con la solemnidad que le era propia, apenas permitió que su mirada se posara sobre mi presencia demorada, dejando caer sus palabras con la misma gravedad que un juez en su estrado. Su observación sobre mi tardanza fue tan breve como calculada, como si el mismo tiempo, esa entidad inmutable que rige los destinos de los hombres, se hubiera vuelto flexible y sumiso bajo la influencia de los interminables pasillos de aquel coloso de cemento. No obstante, sus palabras, ligeras en su forma, resonaron en el aire con una profundidad que no podía ser ignorada, como ecos de un mensaje cifrado que solo aquellos que han cruzado umbrales más allá de la comprensión común pueden llegar a descifrar.

Su voz, grave y serena, flotaba en el espacio como una vibración perceptible, una cadencia que parecía tener la capacidad de penetrar más allá de las palabras, tocando los rincones oscuros del pensamiento. Con suavidad, apenas como un susurro, me hizo notar que la impuntualidad se había convertido en una constante entre los Buscadores, una sombra alargada que se deslizaba sobre todos mis compañeros, esos que, como yo, caminaban por sendas de incertidumbre, arrastrados por el mismo destino incierto. Y en ese breve comentario, como en un suspiro, me pareció captar más que una simple observación: sus palabras contenían una lección oculta, una clave que apenas se dejaba entrever, como un enigma del que el tiempo mismo guardaba los secretos.

En los laberintos de ese gigantesco edificio, donde cada segundo parecía diluirse en la neblina de lo interminable, el tiempo se tornaba cómplice de los Buscadores, desdibujando las fronteras entre el presente y el futuro, sumiéndonos en una niebla espesa de incertidumbre. En esa atmósfera, tan cargada de signos ocultos, no pude evitar percibir en su mirada, profunda como un abismo, una advertencia silente, un augurio que se deslizaba entre las sombras de la conversación. La realidad misma parecía estar tambaleándose, como si las estructuras de lo conocido estuvieran comenzando a desmoronarse, deshilachándose bajo la presión de fuerzas incomprensibles para los ojos mortales.

Era como si el universo, en su vasto y misterioso entramado, estuviera tejiendo sus hilos de una forma que solo los iniciados, aquellos que caminaban en la penumbra de la sabiduría arcana, podían comprender. Sus palabras, más que una reprimenda, contenían la sensación de que el orden mismo del cosmos estaba a punto de dar un giro irrevocable, y nosotros, los meros mortales que buscábamos respuestas en sus pasillos, nos encontrábamos al borde de un abismo de revelaciones que podrían desbordar nuestra capacidad para entender. Sin embargo, a pesar de la magnitud del enigma que se entretejía a nuestro alrededor, solo los más osados se atreverían a mirar más allá, a desvelar lo que se ocultaba en las grietas de la realidad misma.

20.

Las palabras del excelentísimo intendente, al desprenderse de sus labios con la gravedad de un juicio inapelable, resonaron en la atmósfera densa del despacho cual eco arcano, cargado de presagios y significados ocultos que se deslizaban como espectros entre las sombras trémulas del recinto. Su voz, grave y pausada como el tañido de una campana en una abadía abandonada, poseía una cualidad casi escultórica: tallaba el aire con la precisión de un cincel, trazando sílabas que parecían poseer vida propia, como si los mismos vocablos fuesen criaturas convocadas desde las profundidades de un saber vedado a los hombres comunes.

—Vuestro destino —pronunció, separando cada sílaba con el peso de una sentencia ancestral— será la provincia rebelde de Batonia.

Y al enunciar tal nombre, casi como si lo arrancase de un tomo prohibido, un estremecimiento imperceptible pareció recorrer los muros mismos del despacho, como si el edificio reaccionase con temor a la sola mención de aquella tierra maldita. En sus palabras se albergaba el eco de gestas olvidadas, el preludio de un viaje que, más que geográfico, sería espiritual, iniciático, y quizá irreversible. Era como si el propio tiempo se hubiese detenido a contemplar la escena, consciente de que en aquel instante se sellaba algo más que una simple asignación: se sellaba un destino.

El nombre de Batonia resonó en mi interior con la fuerza de una campana funeraria, y sentí cómo las campanadas de aquel anuncio estremecían las fibras más recónditas de mi ser. Una oleada de sensaciones contradictorias se apoderó de mí: asombro, temor reverente, curiosidad temeraria, y una vaga sensación de haber sido elegido para algo que trascendía lo humano. Mis pensamientos se tornaron confusos, atrapados entre la magnificencia del encargo y la inquietante opacidad de su naturaleza.

Batonia… Tierra envuelta en rumores y nieblas, escenario de antiguas sublevaciones, de gestas truncadas, de regiones sumidas en una extraña melancolía que ni el más severo decreto había conseguido disipar. Se decía que sus colinas susurraban lenguas extintas, que sus valles eran testigos de pactos sellados con sangre y silencio. Desde los anaqueles polvorientos de los archivos hasta los labios temblorosos de los funcionarios más veteranos, el nombre de Batonia era siempre pronunciado con circunspección, como si al nombrarlo se evocase una fuerza dormida y terrible.

Comprendí, entonces, con una claridad casi dolorosa, que ya no existía sendero de retorno. El sendero ante mí se extendía como un antiguo pergamino desenrollado por manos invisibles, y en él estaba escrito el principio de una travesía que habría de poner a prueba no sólo mis competencias como servidor del orden, sino la misma integridad de mi espíritu.

Las palabras que el intendente profirió no fueron simples signos fugaces en el aire: resonaron, más bien, como acordes graves en el órgano de una catedral sumida en penumbras, reverberando en la vasta oquedad del despacho como si fuesen pronunciadas no por labios humanos, sino dictadas por una voluntad superior, antigua, quizás ajena a la misma lógica que rige los asuntos de los hombres.

Un silencio espeso, casi tangible, se apoderó del recinto tras la revelación, y por un instante pareció que el mismísimo tiempo contenía el aliento. Mis labios, pálidos de incertidumbre, se entreabrieron por impulso más que por voluntad, y de mi garganta escapó una pregunta que apenas fue un susurro, una exhalación desorientada que buscaba refugio en la razón:

—¿Rebelde…? ¿Batonia…? —fue todo cuanto logré articular, como quien pronuncia las primeras palabras de un conjuro cuyo sentido aún le es vedado.

No poseía memoria ni registro alguno de que aquella provincia, cuyas menciones eran tan escasas como inquietantes, hubiera sido alguna vez declarada hostil, ni que albergase en su seno disidencia manifiesta. En los informes públicos y en los boletines ministeriales, Batonia no figuraba más que como una jurisdicción lejana, un vestigio olvidado en los márgenes cartográficos del Estado, como si los escribas hubieran preferido borrar sus contornos bajo el polvo de los siglos antes que registrar con tinta viva los sucesos de sus tierras.

Y, sin embargo, al elevar la mirada hacia el rostro severo del intendente Timeo, contemplé en sus pupilas un fulgor distinto, un destello que era al mismo tiempo una herida y un recuerdo. Era la chispa inconfundible de quien ha contemplado aquello que no debe nombrarse, y ha vivido para llevar, como carga o como privilegio, el peso de esa revelación. Allí no había lugar para la duda, ni para la conjetura: lo que él sabía no era rumor ni elucubración, sino conocimiento consolidado por el tiempo y sellado por la experiencia.

Un estremecimiento me recorrió como un soplo helado que ascendiese desde los cimientos del edificio hasta lo más íntimo de mi espíritu. Aquella palabra, rebelde, pronunciada en tono tan mesurado y terrible, no evocaba simplemente una sublevación administrativa o un alzamiento militar. Era algo más profundo, más arcano. Como si el alma misma de Batonia se hubiese desgajado tiempo ha del cuerpo del Estado, y ahora palpitara en los márgenes como un corazón salvaje, latiendo al ritmo de fuerzas que ya no obedecían a las leyes ni al orden del mundo conocido.

—Vuestro nombre, señor Salce, ha sido señalado entre muchos. Antes de que nos sumerjamos en el proceloso océano de protocolos, memorandos y rúbricas, sería impropio de mi parte no revelaros la razón última de vuestro intempestivo viraje dentro de los flujos administrativos, así como la naturaleza singular de la empresa que os será confiada. No se trata de una asignación ordinaria ni de una función banal entre los engranajes ya oxidados del aparato burocrático. No, lo que os aguarda rebasa los límites de nuestras rutinas, adentrándose en los territorios velados del deber superior.

El aire mismo pareció detenerse, como si hasta los zumbidos de los tubos fluorescentes callasen por un instante para escuchar el mensaje sagrado que se revelaba en aquella penumbra. Un estremecimiento, tan tenue como un soplo de viento en un templo en ruinas, recorrió mi espinazo. La resonancia de aquellas palabras despertó en mí una expectación punzante, casi febril; una mezcla de fascinación y recelo que me dejaba suspendido en el umbral de lo desconocido.

El silencio que siguió fue más elocuente que cualquier discurso. En él se albergaban todas las posibilidades, las sendas por recorrer, los destinos bifurcados. Mis pensamientos, otrora firmes, se convirtieron en una tormenta de especulaciones desordenadas: ¿por qué ahora, y por qué yo? ¿Qué siniestra lógica regía aquel traslado abrupto a una región tan convulsa como Batonia, cuyo nombre evocaba imágenes de mapas rotos, rebeliones soterradas y climas implacables? ¿Qué clase de empresa podía requerir mi concurso en una comarca tantas veces mencionada en susurros, pero rara vez explicada?

La figura del intendente permanecía erguida, imperturbable, como si aguardase que en mí germinara la comprensión de algo que aún se me escapaba, de un designio que solo los verdaderamente comprometidos con el orden podían aspirar a cumplir. En aquel instante, supe con certeza que lo que se me encomendaba no era una tarea más en la contabilidad de los días grises, sino una odisea donde el alma y el deber se medirían en la balanza secreta del Estado legirio.

El intendente prosiguió su discurso con una entonación de serenidad inquebrantable, pero no exenta de aquella firmeza que solo poseen quienes han contemplado de cerca los abismos del deber y han elegido, aun así, avanzar sin titubeo. Su voz, modulada con la precisión de un oráculo instruido por los arcanos del poder, fluía por la estancia como un río subterráneo que arrastra consigo el eco de antiguas revelaciones, desvelando poco a poco el designio que me había sido reservado desde tiempos que quizás precedían mi propia conciencia.

21.

El intendente, cual estatua esculpida en la roca del deber y la previsión, asintió con majestuosa lentitud, como si aquella reacción mía —mezcla de asombro, desasosiego y un ápice de incredulidad— le hubiese sido tan previsible como el fluir del tiempo o la caída de las hojas en el ocaso de las estaciones. Su mirada, entonces, se posó en la mía con la intensidad de un juicio inapelable, y en aquel instante sentí que sus ojos eran más que ojos: eran umbrales a una verdad más vasta, más terrible, y quizá más antigua que cualquiera de las instituciones a las que servíamos con tanta fe.

—Así es, señor Salce —respondió, y su voz no fue simplemente un conjunto de sonidos articulados, sino un peso que se desplegó en el aire, como si cada palabra hubiese sido forjada en el yunque de la historia y enfriada en las aguas oscuras del secreto—. Batonia… esa tierra que alguna vez fue firme columna del Estado, se ha tornado, con el paso de los años y el abandono de la vigilancia, en un foco ardiente de disensión, en un crisol donde se funden antiguas rencillas, mitos proscritos y ansias renovadas de autodeterminación. Es ya, sin ambages, un bastión de resistencia contra el poder constituido y legítimo; un enclave donde las sombras conspiran y las voces se alzan, no ya en súplica, sino en desafío.

Hizo una pausa, como para darme tiempo de digerir la magnitud de aquellas revelaciones, y luego continuó, con una solemnidad que parecía invocar los ecos de un ritual ancestral:

—Vuestra encomienda, noble aunque peligrosa, será penetrar en aquel territorio ignoto, inhóspito y adverso a todo lo que representamos. Habrá de internarse en sus dominios de niebla y sospecha, no como invasor, sino como testigo y brazo ejecutor del Orden. Habrá de desentrañar los secretos que en su seno se agazapan, discernir la raíz del descontento, y —si así lo dictan las circunstancias— restaurar con firmeza, aunque con prudencia, la primacía del Partido y la paz que nos es tan cara.

Un escalofrío recorrió mis entrañas como si en ese preciso momento el viento de Batonia hubiese logrado colarse por alguna rendija invisible del despacho. Supe entonces que no me encontraba ante una simple misión, sino ante un designio, acaso una prueba dispuesta por los dioses oscuros de la burocracia o por el destino mismo. Y en el silencio que siguió a sus palabras, cargado de presagios y posibilidades aún no escritas, comprendí que mi vida, tal como la había conocido hasta ese instante, había quedado atrás como el eco de un sueño olvidado.

Mis pensamientos, hasta entonces en un equilibrio frágil, se vieron sacudidos con violencia, cual hojas temblorosas arrancadas de su rama por un vendaval intempestivo. Intentaba, con denuedo y escasa fortuna, dar forma racional al torbellino de presagios y certezas que la voz del intendente había vertido en el cáliz de mi conciencia. Batonia —ese nombre que antaño apenas era un susurro en los márgenes de los informes clasificados, un murmullo sepultado bajo capas de silencio institucional— emergía ahora con la potencia de un oráculo despierto, tornándose, no sin espanto, en el eje mismo de mi porvenir, en el vórtice hacia el cual toda mi voluntad habría de encaminarse.

Las palabras que acababa de pronunciar aquel augusto servidor del orden no se desvanecieron sin más, como suelen hacerlo las frases dichas al azar, sino que quedaron suspendidas en la atmósfera espesa y solemne del despacho, vibrando aún en los muros revestidos de informes y dictámenes, colmando el aire con un zumbido casi sagrado, como el tañido lento y fúnebre de una campana que anunciara el comienzo de una nueva era… o el final de otra.

Sentí sobre mí el peso de su mirada —no simple gesto ocular, sino instrumento de escrutinio ancestral, mirada que parecía no detenerse en lo superficial del rostro humano, sino hurgar, con la frialdad de un cirujano y la paciencia de un sacerdote, en los abismos más remotos de mi ser—. Allí donde ni yo mismo había osado descender con claridad, allí buscaba él la respuesta: si sería digno, si sería capaz, si acaso portaba la estofa necesaria para enfrentar el encargo que, como una antorcha encendida, se me entregaba para alumbrar sendas todavía no trazadas.

Una extraña solemnidad me embargó entonces, mezcla de temor reverente y de resolución todavía incipiente. Sentí que algo, más allá de las atribuciones del cargo, más allá de las jerarquías visibles y las cadenas de mando, me estaba siendo confiado. Algo que, sin saber aún en qué consistía, ya pesaba sobre mis hombros como una losa que el tiempo mismo no podría levantar.

—Lo que en tierras de Batonia se fragua, señor Salce —prosiguió el intendente, su voz tornándose más grave, como si cada sílaba contuviera el peso acumulado de siglos de administración y desvelo—, excede con creces la categoría vulgar de sedición o motín. No se trata de una mera rebeldía airada ni de un estallido episódico de descontento, sino de algo más hondo, más sutil y, por ello mismo, más peligroso: un desafío espectral, callado, casi reverente en su obstinación, una suerte de conjuro colectivo mediante el cual los habitantes de aquella remota provincia han erigido una muralla invisible, pero infranqueable, contra la voluntad del Partido y los designios del Estado.

Los métodos ordinarios, probados por generaciones, han sido allí ineficaces. A pesar de haber desplegado todo el aparato de vigilancia, coerción y reeducación que nuestra doctrina ha sabido perfeccionar con celo inapelable, la resistencia batoniana no ha hecho, sino afianzarse en sus propias sombras, como si se alimentara de cada intento por domeñarla. La región ha sido ya objeto de múltiples intervenciones: las oficinas reorganizadas, los cuadros administrativos destituidos y reemplazados uno a uno, incluyendo al mismísimo prócer provincial, cuya fidelidad alguna vez fuera incuestionable. Y, sin embargo, el fenómeno persiste, se expande, se transmuta.

—Lo más perturbador, lo que en verdad nos arroja al abismo de la perplejidad —añadió, entrelazando las manos sobre el escritorio atestado de legajos, como un sacerdote frente a su altar—, es que los nuevos funcionarios enviados desde aquí, desde esta misma capital, legirios de nacimiento y formación, hombres irreprochables, fieles y cabales, apenas pisan suelo batonio parecen sufrir una transformación inexplicable. Comienzan por adoptar sus costumbres, luego sus acentos, y pronto, sin que medie presión alguna, actúan, piensan y hasta sienten como si hubieran nacido allá, como si los aires de aquella comarca les hubiesen penetrado el alma y trastocado su esencia.

22.

El despacho entero pareció contener la respiración mientras aquellas palabras flotaban en el aire como un incienso oscuro. El misterio de Batonia se revelaba así como un enigma que no respondía a los códigos habituales de la insubordinación, sino a una lógica distinta, casi metafísica, que corroía desde dentro la estructura misma de nuestra autoridad. El intendente, por primera vez, dejó entrever en su mirada una sombra de impotencia, una grieta ínfima en la fachada imperturbable del Poder.

La gravedad de sus palabras descendió sobre mí cual manto de plomo, posándose con el peso de una responsabilidad que trascendía toda lógica conocida, como si se me hubiera conferido no una misión ordinaria, sino una carga sacra, reservada tan sólo para aquellos a quienes los antiguos hubieran llamado iniciados o escogidos. Sentí, en lo más hondo de mi ser, un estremecimiento que no era simple espanto, sino una vibración ancestral, como si las fibras mismas de mi carne reconocieran el llamado de un destino que me había sido asignado mucho antes de nacer.

Batonia, ese nombre ahora maldito y reverenciado, se erguía en mi mente como una fortaleza de sombras, envuelta en velos de niebla y leyendas prohibidas, una tierra no registrada en los mapas oficiales sino en los susurros de los corredores más oscuros del poder. No era ya una provincia más del Estado; era un símbolo, un espejo negro que reflejaba no lo que era, sino aquello que se negaba a ser: incontrolable, irreductible, impía.

—¿Qué se espera de mí en esta empresa, intendente? —logré articular con voz firme aunque mi interior vacilaba, como quien se asoma al borde de un abismo sin fondo, en cuyos ecos se perciben antiguos nombres olvidados por la Historia y el Partido.

El rostro del intendente se endureció con una expresión que oscilaba entre la compasión severa y la resolución férrea. Durante unos instantes, el silencio se hizo absoluto, interrumpido solo por el zumbido eléctrico de la pantalla tras su espalda, que parpadeaba con datos ininteligibles como si fuera oráculo de otra era.

—No se espera de usted lo que se esperaría de un mero burócrata —dijo al fin, con voz que se alzó como un decreto sagrado—. Lo que se le demanda, señor Salce, es algo más raro y más arduo: ver con ojos que no sean los del dogma, y oír con oídos que no estén velados por la consigna. Se le requiere como testigo, sí, pero también como agente de restauración; como observador, pero también como intérprete de lo inefable. Ha de descender a lo más profundo del alma batoniana, discernir qué fuerza —sea política, sea espiritual, sea de índole aún más ignota— ha quebrado la fidelidad de nuestros propios hermanos y, en su momento, obrar. No con violencia, no con decretos, sino con algo aún más difícil: juicio claro, palabra justa y, llegado el caso, fuego.

Un frío nuevo se asentó en la estancia, como si la mención del fuego hubiera invocado una presencia invisible, antigua, latente. El despacho ya no era solo un lugar de trabajo, sino un umbral. Y en mis venas, el eco de aquellas palabras comenzó a grabarse como una escritura secreta.

El intendente, como si sopesara el peso mismo de los siglos en el breve intervalo de un parpadeo, me dirigió una mirada de una hondura abismal, traspasando la corteza de mis palabras para hallar allí, no la pregunta hecha, sino la que aún no se había formulado. Sus ojos, cargados de esa lúcida desesperanza que solo los altos servidores del Estado saben disimular bajo la máscara de la serenidad, parecían escrutar mi alma como quien ausculta el interior de una cripta en busca de ecos remotos.

—Sepa, señor Salce —dijo entonces, con tono de ceremonia inapelable, como si invocara antiguos protocolos olvidados por el vulgo y recordados solo por los guardianes de los sellos y las llaves—, que el Partido, en su inefable sabiduría, le ha escogido no por su obediencia, ni por su antigüedad en los archivos del deber, sino por algo más difícil de nombrar y aún más arduo de hallar. Usted será no solo emisario, sino instrumento; no solo brazo ejecutor, sino ojo revelador. En Batonia no se librará una guerra común, sino una pugna por el alma misma de la nación. Y es menester que el orden, ese reflejo terrestre de la voluntad eterna del Partido, sea restaurado no solo en la superficie de las cosas, sino en las venas mismas de aquel territorio convulso.

Su voz era firme, inquebrantable, como el acero bien templado, pero en su último acento vibraba un matiz más tenue, casi imperceptible, un temblor de temor sagrado, como si el propio Timeo vislumbrara en la niebla del porvenir un abismo al que ninguno de sus mapas le otorgaba nombre.

—Preste atención, señor Salce —añadió, inclinándose levemente hacia mí, como si a punto estuviera de revelar un secreto vedado incluso a los iniciados—: no yerre, no flaquee, no vacile. Pues si Batonia se pierde, si allí la disonancia se convierte en norma, lo que ahora llamamos nación no será más que un recuerdo fósil. Y de esos no resucita la Historia.

Guardé silencio por un momento, con la frente apenas inclinada, como quien asiente a la sentencia de un oráculo. La garganta me ardía con el fuego de la incertidumbre, pero mi voz, cuando se alzó, lo hizo sin titubeo.

—Comprendo la magnitud del encargo, señor —respondí, y mi voz no era la de un burócrata, sino la de un peregrino que acepta sin queja el peso del relicario—. Juro, por la sombra del Primer Fundador y por el nombre que me fue dado al nacer, que obraré con firmeza, y que mi brazo no temblará mientras quede en el aliento para cumplir lo que me ha sido confiado.

El intendente, satisfecho, asintió una sola vez, como quien ha sellado un pacto más antiguo que el lenguaje. La penumbra pareció espesar sus velos, y las luces del despacho titilaron con una intensidad inusitada, como si la estancia misma hubiera entendido la gravedad de lo acordado.

El intendente asintió con gravedad ritual, como un sumo sacerdote que ve confirmada en su acólito la chispa necesaria para soportar el fuego de lo sagrado. Pero su mirada no se suavizó, ni en ella asomó la menor tregua de esperanza. Antes bien, sus ojos, como carbones encendidos por la fatiga del deber y el espectro de lo indecible, se posaron sobre mí con una intensidad que parecía perforar la carne para hundirse en los estratos más antiguos del alma.

—No más rebeldes, señor Salce —repitió, y esta vez sus palabras cayeron en el aire como campanadas fúnebres, cargadas de una urgencia que trascendía lo meramente administrativo—. Batonia ha de ser sosegada, no con el látigo del miedo ni la espada de la represión ciega, sino con mano firme y espíritu incorrupto. Que la paz vuelva a reinar, sí, pero no una paz corrompida por el ultraje o mancillada por actos indignos del Partido. Ha de ser una restauración sin mácula, un retorno al orden que no deje cicatrices visibles en la piel del Estado.

Yo asentí, con el corazón atenazado por el peso de tales exigencias, comprendiendo en su totalidad la gravedad del mandato que se me imponía. Lo que se me requería no era solamente eficacia, sino virtud; no solo obediencia, sino sabiduría templada por la firmeza. Una tarea que implicaba caminar por un filo invisible entre la disciplina más severa y el respeto más escrupuloso por las formas sagradas del poder.

—Lo comprendo, señor —repliqué con voz grave, procurando que mis palabras no flaquearan bajo el peso de la promesa que en ellas se encerraba—. Emprenderé esta empresa con toda la rectitud que el Partido exige de sus servidores más leales. Que Batonia sea testigo del temple de mi alma y de la claridad de mi juicio.

El intendente me observó unos instantes más, quizá buscando una señal última, un indicio que revelara si yo sería piedra angular o eslabón débil. Finalmente, con un gesto sobrio y contenido, extendió su mano hacia un antiguo sello de plomo colgado de una cadena de bronce ennegrecida por los años. Me lo entregó sin ceremonia, pero con una lentitud cargada de significado.

—Esto le otorgará paso y potestad en la región —dijo con voz apagada—. Pero no se equivoque: no es una insignia de privilegio, sino de carga. Dondequiera que lo muestre, recordará que no solo representa al Partido… sino que lo encarna.

Incliné la cabeza con respeto profundo, tomé el sello con ambas manos, como quien recoge una reliquia, y lo guardé contra el pecho. Luego, tras una última mirada al santuario grisáceo donde los destinos se escribían y se sellaban en tinta indeleble, me di la vuelta y abandoné el despacho.

El corredor me recibió con su habitual penumbra institucional, pero algo en él había cambiado. Ya no era un pasaje ordinario, sino la antesala del abismo. Caminé con paso firme, aunque cada pisada resonaba como si abriera las puertas de un mundo que, hasta entonces, me había estado vedado. El nombre de Batonia ardía ahora en mi mente como una estrella negra que habría de guiarme a través de la noche más profunda.

23.

El intendente Timeo, aquel varón singular cuya silueta parecía forjada en la fragua de lo improbable, se mostraba al ojo atento como figura de extraña e incómoda ambigüedad. De frente ancha cual cornisa de roca antigua y brazos largos y nervudos, semejantes a ramas de avellano retorcidas por los vientos del tiempo, su aspecto bien podría haberle conferido fama en los cuadriláteros del pugilato, si no hubiese sucumbido al embrujo silencioso de las vitrinas polvorientas y las estampillas encuadernadas en tomos de cuero ajado. De boxeador frustrado devino, al parecer, en devoto archivero del orden, y en él convergían sin lucha visible la rudeza del cuerpo y la finura del espíritu.

No obstante, el porte que mostraba al ocupar su sitial en las altas esferas de la administración no era sino el de un sabio retirado, más acostumbrado al susurro de las páginas y al perfume del papel envejecido que al fragor de la acción o al estrépito de la plaza pública. Su rostro, de expresión contenida y escasamente perturbable, se hallaba coronado por unos lentes de aro metálico, tras cuyos cristales centelleaban unos ojos cuyo fulgor no era de este mundo. Había en aquella mirada un peso insondable, como si en sus iris reposaran los residuos de antiguos secretos, legados de conspiraciones ya olvidadas y pactos sellados en la penumbra.

Y su voz… ¡ah, su voz! No era altisonante ni severa, sino profunda y modulada, como un río que arrastra en su corriente el limo de lo irrevocable. Cuando hablaba, el murmullo del entorno se desvanecía como niebla al amanecer, y hasta las sombras parecían inclinarse a escuchar. Había en sus palabras una autoridad no nacida de la fuerza, sino del saber, del dominio absoluto de la ley escrita y de la no escrita, de los matices que escapan al ojo profano, pero no al iniciado.

Resultaba arduo, si no imposible, no sentir en su presencia el estremecimiento propio de quienes cruzan umbrales prohibidos. Timeo no era un hombre cualquiera, sino una fuerza en reposo, como el volcán que duerme sabiendo que puede despertar. Algo en él hablaba de lo inmutable, de lo inasequible. Era, a un tiempo, guardián y esfinge, y pocos —si alguno— podían jactarse de haber comprendido del todo el mecanismo oculto tras su calma pétrea.

Quizá era su andar pausado, más propio de reptil sabio que de magistrado; o aquella sonrisa leve, apenas insinuada, curvatura mínima de los labios que decía más que un tomo de sentencias. Era como si Timeo estuviese siempre jugando una partida de ajedrez con el destino, y conociese de antemano los movimientos de todos los jugadores sobre el tablero.

Sea como fuere, el intendente era figura que infundía respeto y también fascinación. Los que a su alrededor orbitaban no podían evitar preguntarse qué misterios anidaban en su interior, qué antiguas decisiones y oscuros compromisos se escondían tras su fachada de orden y razón. Pues en él habitaba algo más que un hombre: un enigma revestido de carne, una voluntad silenciosa que obraba sin estridencias y modelaba el porvenir desde los mármoles mudos de su despacho.

En la cámara intermedia del Consejo de Revisión, un salón vasto y sin ventanas donde la luz artificial pendía de estructuras metálicas como hiedra luminosa, reinaba una expectación densa, casi litúrgica. Los funcionarios allí reunidos —subintendente Balois, magistrado Orfeus, inspectora Lermia, y otros rostros menos nombrados, pero no menos atentos— aguardaban en silencio el arribo del intendente, como fieles a la espera del oficiante mayor. Un murmullo breve, apenas perceptible, se desvaneció como la bruma al amanecer cuando la puerta automatizada emitió su zumbido y se abrió con lentitud ceremonial.

Timeo entró.

No caminaba: avanzaba. Su paso no era apresurado ni lento, sino exacto. Como si hubiese calculado, desde antes de nacer, el número de zancadas que lo separarían de ese instante. Su túnica administrativa, ceñida al talle y con hombreras marcadas por el color obsidiana del rango supremo, no crujía ni se agitaba, sino que caía como agua pesada sobre su figura.

Sin levantar la vista, depositó sobre la mesa principal una única carpeta de cubierta opaca. No llevaba sello. No llevaba código. Solo la tinta manuscrita de su puño, y eso bastaba. El magistrado Orfeus osó inclinarse ligeramente hacia el documento, pero se contuvo a tiempo, como si una mano invisible le hubiera tocado el pecho.

Timeo se sentó. No pidió que se sentaran los demás. Y, sin embargo, todos lo hicieron.

—Señores —dijo, y su voz era como el tañido de una campana grave en una abadía antigua—. El caso Batonia ha alcanzado un punto de inflexión. Hemos cruzado el umbral donde la lógica administrativa ha dejado de operar, y el lenguaje de los decretos se vuelve ininteligible.

Los presentes permanecían inmóviles. La inspectora Lermia pestañeó una vez, muy lentamente.

—He revisado personalmente —prosiguió Timeo— las transcripciones de los informes de los relevados. Lo que hallé en ellos no fue negligencia ni traición. Fue algo más vasto, más impreciso: una disolución progresiva del principio de obediencia. Como si el aire mismo de Batonia portase una semilla de disgregación, invisible a la vista, pero eficaz.

Extendió la mano —una sola vez, con una lentitud que podía hacer creer que no se movía en absoluto— y con un leve chasquido abrió la carpeta. El primer documento era una hoja manuscrita, amarillenta, sin membrete. Algunos fruncieron el ceño. Timeo no se inmutó.

—Esto fue redactado por el subdirector Legir, tres días antes de desaparecer. Dice así: “No es que no quieran obedecer. Es que ya no recuerdan por qué deberían”. Esa frase —continuó Timeo, dejando caer sus palabras como monolitos sobre la mesa— es más peligrosa que cien discursos incendiarios. Porque revela una erosión que no parte del odio, sino del olvido. Y contra el olvido, señores, no sirven ni las armas ni las proclamas.

Hubo un estremecimiento. Un susurro reprimido, una respiración contenida.

—Se ha elegido a Salce —dijo al fin— no porque sea el más astuto ni el más brillante, sino porque es el más íntegro. Y la integridad, en esta hora, es el último muro que nos separa del abismo.

Cerró la carpeta.

Se hizo un silencio tan profundo que podía oírse el zumbido leve de los cables recorriendo el techo.

Entonces, sin decir una palabra más, Timeo se levantó. Su figura proyectaba una sombra alargada y precisa sobre el mármol pulido del suelo. Al pasar junto al magistrado Orfeus, este bajó la cabeza. La inspectora Lermia se persignó, de forma involuntaria.

Y cuando Timeo abandonó la estancia, lo hizo sin mirar atrás, dejando tras de sí la impresión de que había dictado no una orden, sino una sentencia que el tiempo mismo se encargaría de cumplir.

24.

Ahora que me hallo solo, lejos de la imponente sede marmórea del Partido, donde cada rincón rezuma solemnidad y donde el aire mismo parece pesado de decretos no escritos, me permito —no sin cierta vacilación— volver sobre lo acontecido. Aún resuenan en mi espíritu las palabras del intendente Timeo, no por su volumen, sino por su densidad; no por la forma en que fueron proferidas, sino por el peso específico que cada sílaba parecía encerrar, como si cada vocablo hubiese sido cincelado en piedra con la intención de sobrevivir al olvido de los siglos.

Sentado ahora en la soledad modesta de mi habitación de tránsito, bajo la tenue luz de una lámpara que apenas ahuyenta las sombras que se agazapan en los rincones, me descubro distinto. Algo en mí ha cambiado, o tal vez ha despertado una parte que hasta hoy yacía dormida, ajena a la gravedad del mundo que la rodea.

Lo vivido en aquella jornada no fue una mera comparecencia ante una autoridad administrativa. No. Fue, si se me permite la metáfora, un descenso a un templo cuyos sacerdotes no ofician con incienso, sino con sellos; no con letanías, sino con protocolos; no con oraciones, sino con órdenes irrevocables. Y en ese santuario del poder, yo fui ungido, no con aceite, sino con destino.

El rostro del intendente Timeo se me aparece ahora como una efigie de mármol animada por una voluntad impenetrable. Su voz, grave como una campana tocada a muerto, parecía decir mucho más de lo que la forma visible de las frases podía contener. ¿Era aquello una advertencia velada? ¿Un mensaje cifrado para los pocos que aún conservamos la capacidad de leer entre líneas?

Recuerdo cómo mi voz se quebró, casi imperceptiblemente, cuando pronuncié mi aceptación. Me embargó entonces una certidumbre dolorosa: que la obediencia no siempre brota del convencimiento, sino a veces —y quizá con mayor frecuencia— de la comprensión súbita de que el orden del mundo es una maquinaria demasiado vasta para ser contrariada. Uno no desafía a los astros por capricho.

He sido elegido, o designado, o empujado —qué más da la fórmula— a internarme en las entrañas mismas del misterio que es Batonia. Pero no puedo dejar de preguntarme si este destino fue forjado por las circunstancias o si fue tejido desde antaño, con mi nombre inscrito en un pliego que aguardaba en silencio el día de su apertura. Porque así es como obran los engranajes del Partido: con una paciencia que se mide en generaciones, y una precisión que no admite desviación.

No me engaño. No soy un héroe. Pero en este instante de recogimiento, cuando las paredes no oyen y el aire no acusa, admito que algo en mí arde. No es furia, ni miedo, ni siquiera ambición. Es otra cosa, más antigua y profunda. Tal vez sea el presentimiento —confuso, pero tenaz— de que el viaje a Batonia no será una simple misión, sino una especie de iniciación. Y que al volver, si es que regreso, ya no seré el mismo hombre que partió.

El día había transcurrido con la misma pesadez que suele envolver todo en la sede del Partido. El aire en los pasillos se volvía denso, como si las paredes mismas respiraran bajo el peso de los secretos que guardaban. Había estado inmerso en papeles y más papeles, intentando descifrar las órdenes que habían llegado para mí, órdenes que no solo afectaban mi futuro, sino que parecían contener, en cada línea, un pedazo del mismo destino del Partido. Fue en ese momento cuando encontré al subintendente Balois, el hombre de confianza del intendente Timeo, parado frente a mi escritorio, su figura algo desgarbada, pero con una mirada tan fija como la de un halcón.

—Señor Salce —dijo con voz baja, como si temiera perturbar el orden que flotaba en el aire de aquella oficina—, ¿tiene usted un momento?

Le observé sin prisas. Había algo inquietante en su porte, algo que me sugería que su presencia no era fruto de la casualidad. Balois era un hombre de pocos movimientos y menos palabras, pero en su silencio siempre había algo que me incitaba a la reflexión.

—Por supuesto, subintendente —respondí, haciendo un gesto para que tomara asiento frente a mí. La verdad, tenía más preguntas que respuestas sobre lo que me aguardaba en Batonia, y la presencia de Balois podría ser una oportunidad para indagar algo más profundo, algo que los protocolos oficiales nunca se atreverían a decir.

Balois se acomodó en la silla con una actitud algo rígida, y por un momento el silencio llenó el espacio entre nosotros, como si ambos fuésemos conscientes de la gravedad de lo que se había dicho en aquel despacho y de lo que aún quedaba sin ser revelado.

—Sé que el intendente Timeo no es dado a explicaciones largas, ni a concesiones de simpatía —dijo finalmente, como si estuviera eligiendo cuidadosamente sus palabras—, pero permítame, señor Salce, ofrecerle una reflexión. Usted ha sido destinado a Batonia, y como bien sabrá, no es un destino fácil. Pero en los pasillos de este edificio, entre las sombras de la burocracia, hay más de lo que parece. No todo lo que ocurre en esa región está escrito en los informes que recibe el Partido.

Lo miré fijamente. Sus palabras eran enigmáticas, y aunque no me sorprendía que alguien tan cercano al intendente tuviera conocimiento de cosas más allá de los ojos oficiales, su tono revelaba algo más. Algo que yo, por mi parte, no había alcanzado a ver.

—¿A qué se refiere, Balois? —inquirí, buscando en su rostro una pista, una chispa que iluminara la verdad tras su enigma.

Balois dudó un momento, como si ponderara si debía seguir con su exposición. Finalmente, habló con más firmeza.

—El Partido tiene sus ojos en Batonia, sí —dijo—, pero hay ojos que miran desde dentro. A veces, las piezas del rompecabezas no encajan de la manera que nos han hecho creer. Los batonios no son los únicos que resisten. Aquí, en la capital, en la misma sede del poder, hay quienes aún no comprenden lo que está ocurriendo en esa tierra. Y el intendente, por mucho que su mirada sea inflexible, no tiene todas las respuestas.

Me sentí un poco desconcertado. La seguridad que mostraba Balois me daba la sensación de que él no solo sabía algo que yo ignoraba, sino que poseía una comprensión más profunda de las intrincadas redes que gobernaban no solo Batonia, sino todo el sistema.

—¿Y qué sugiere que haga con esa información, subintendente? —pregunté, dejando que la incertidumbre de la situación se deslizara en mi voz.

Balois me miró con una intensidad que no había notado antes. Sus ojos, usualmente vacíos de emoción, brillaban con una luz calculada.

—Solo le aconsejo que no confíe completamente en lo que se le diga. Vaya con cautela. El Partido es vasto, pero las sombras que habitan en su interior son más profundas de lo que usted puede imaginar. En Batonia, el verdadero enemigo no es siempre el que parece serlo. Y las decisiones que tome allí… Bueno, esas decisiones pueden cambiarlo todo.

Sus palabras quedaron suspendidas en el aire, y el eco de su advertencia retumbó en mi mente. No sabía si Balois me hablaba desde el conocimiento, desde la experiencia, o si tan solo trataba de sembrar una semilla de duda en mi corazón. Pero de alguna manera, algo dentro de mí percibió que su consejo no era trivial. Lo que me esperaba en Batonia iba mucho más allá de un simple caso administrativo. Había algo más grande, más oscuro, y quizá más peligroso al acecho.

—Gracias, subintendente —respondí con un leve asentimiento, aunque las dudas comenzaban a formarse en mi interior como nubes que se agrupan antes de una tormenta.

Balois se levantó sin decir una palabra más y, antes de salir, se detuvo un momento en la puerta. Miró hacia atrás, sus ojos fijos en los míos, y, por fin, dijo:

—Cuídese, señor Salce. Y recuerde que, en este juego, la verdad no siempre es lo que parece ser.

La puerta se cerró suavemente tras él, dejándome con la sensación de que algo más había quedado no dicho, algo que ni siquiera las paredes de esta oficina fría y austera podían contener.

25.

La tarde se alargaba mientras me encontraba en los pasillos del edificio del Partido, el eco de mis pasos resonando entre las columnas que sostenían las altas paredes, adornadas con retratos de figuras sombrías que parecían observarme con una calma inquietante. De repente, la figura del magistrado Orfeus apareció en el umbral de la sala de reuniones, acompañado por la inspectora Lermia, una mujer cuyo rostro había sido objeto de muchos susurros entre los pasillos, aunque pocos se atrevían a hablar abiertamente sobre ella.

Orfeus, alto y de mirada penetrante, era un hombre que parecía exudar autoridad en cada uno de sus gestos. Su presencia era imponente, y su rostro, siempre grave y calculador, reflejaba las cicatrices de una vida dedicada al arte de la jurisprudencia en su forma más pura. A su lado, la inspectora Lermia, de porte firme y mirada penetrante, no era menos formidable. Su rostro, habitualmente impasible, escondía una mente que no se dejaba distraer por nada ni por nadie, como una espada lista para cortar cualquier obstáculo.

—Salce —dijo Orfeus, su voz grave y profunda, como un trueno que resuena en la lejanía—, necesitamos hablar.

Asentí, aunque una sensación de incomodidad comenzó a invadirme. No estaba acostumbrado a que figuras tan significativas del aparato del Partido me convocaran sin un motivo claro. Y aún menos cuando me encontraba en una situación tan delicada como la que vivía desde que había sido destinado a Batonia.

—Magistrado, inspectora —respondí, haciendo un gesto cortés para invitarles a tomar asiento, mientras mis pensamientos empezaban a agitarse. Algo me decía que esta reunión no iba a ser simplemente una charla protocolaria.

Ambos se sentaron frente a mí, con una seriedad palpable en el aire, y, por un momento, el silencio se instauró como una niebla que envolvía el despacho. Fue la inspectora Lermia quien rompió el silencio, su voz tan cortante como siempre.

—Salce —comenzó, sin rodeos—, lo que le tenemos que decir no es algo que pueda tomarse a la ligera. La misión en Batonia es mucho más compleja de lo que le han informado. Y no solo por los factores externos que enfrenta, sino por lo que está ocurriendo dentro de los mismos cimientos del Partido.

Mis ojos se entrecerraron, y la inquietud creció en mi pecho como una presión invisible. No había nada más peligroso que los secretos que se movían bajo la superficie del Partido, y si Orfeus y Lermia estaban tan decididos a hablar conmigo, era porque sabían algo que yo aún no comprendía.

—¿De qué está hablando, inspectora? —pregunté, buscando en sus palabras un atisbo de lo que podría venir.

Orfeus se inclinó hacia adelante, su mirada fija en la mía, como si estuviera calculando las palabras que iba a pronunciar. Y cuando habló, su voz era tan solemne como la de un hombre que sabe que ha llegado el momento de revelar una verdad amarga.

—Batonia no es solo un foco de rebeldía, Salce —dijo, su tono cargado de gravedad—. Hay algo más en juego, algo mucho más peligroso. El Partido ha estado observando la región con demasiada cautela, pero hay fuerzas dentro de nuestras filas que han comenzado a actuar de maneras que no podemos controlar. Lo que se ha ocultado hasta ahora, y lo que está sucediendo allí, es parte de algo diferente.

Me quedé en silencio, intentando procesar sus palabras, pero algo en su tono y en la tensión que envolvía sus gestos me hacía pensar que la magnitud de lo que estaba ocurriendo en Batonia era mucho más extensa de lo que me habían dicho. Algo profundo, oscuro y peligroso estaba a punto de desatarse.

—¿A qué se refiere con «algo diferente»? —pregunté, mi voz más tensa de lo que pretendía.

Lermia, que hasta ese momento había permanecido en silencio, se inclinó hacia adelante, su mirada intensa y penetrante.

—El Partido no es lo que parece ser, Salce —respondió con una calma escalofriante—. Hay facciones dentro de la misma estructura que operan en las sombras. Algunos, incluso, han comenzado a tomar decisiones propias, desviándose de la línea oficial. En Batonia, estas facciones se han infiltrado. Y lo peor de todo es que hay funcionarios dentro de la capital, aquellos que deberían estar protegiendo el orden, que han empezado a colaborar con la rebelión, ya sea por convicción o por interés personal.

El aire en la sala se volvió denso, como si el propio espacio estuviera cargado de una energía oscura y pesante. Sabía que Lermia no hablaba a la ligera. Y las implicaciones de sus palabras empezaban a quedar claras: en Batonia no solo me enfrentaría a la resistencia de los batonios, sino a una guerra oculta dentro de las mismas filas del Partido.

—¿Qué quiere que haga con esta información? —pregunté, ahora consciente de que mi misión iba mucho más allá de lo que me habían dicho. Ya no era solo una cuestión de restaurar el orden; era una cuestión de supervivencia política.

Orfeus observó con intensidad, y su mirada se suavizó apenas un poco.

—Lo que le decimos, Salce, es que actúe con extrema cautela. En Batonia no solo se lucha contra los rebeldes. Hay enemigos dentro de las mismas filas del Partido que podrían estar manipulando los hilos sin que nosotros lo sepamos. Y si cae en sus manos, la misión podría no ser solo un fracaso, sino una catástrofe para el Partido entero.

Sentí un escalofrío recorrer mi espina dorsal. La magnitud de lo que me esperaba era aterradora, y no tenía más que mis propios instintos y el poco conocimiento que había logrado reunir en los pasillos del poder. Pero ahora comprendía que mi viaje a Batonia era más una travesía por un terreno plagado de traiciones, sombras y secretos de lo que jamás había imaginado.

—Lo entenderé, magistrado, inspectora —respondí, mi voz más firme que nunca—. Agradezco la advertencia. Actuaré con la máxima precaución.

Con eso, Orfeus y Lermia se levantaron de sus asientos, y mientras la puerta se cerraba tras ellos, el peso de sus palabras me quedaba impregnado en la mente, como un lastre que ya no podría soltar. La guerra no solo se libraba en Batonia; la guerra estaba dentro de nosotros mismos.

26.

El crepúsculo se extendía lentamente sobre la ciudad, un manto de sombras que cubría con su velo los contornos de los edificios de cemento, tiñendo el horizonte de tonos rojizos y dorados, como si el sol, al declinar, se despidiera de la urbe con un último suspiro de fuego. Las calles, bañadas en esa luz crepuscular, parecían respirarlo todo con un susurro solemne, como si la ciudad misma presagiara los acontecimientos que se avecinaban. En ese instante, mi paso era firme, pero en el fondo de mi alma, una sensación de inquietud se despertaba, como el murmullo de un viento que atraviesa los rincones olvidados de la mente.

Me dirigí hacia nuestro hogar, que, aunque modesto en su estructura, era el refugio donde encontraba consuelo en los momentos de agitación. La doctora Kapusca y Samuel el Hambriento, ambos tan distintos y unidos por la circunstancia de la vida, aguardaban mi llegada. El primero, con su rostro de intensidad inquebrantable, y el segundo, absorbido en el silencio de los libros polvorientos, inconsciente de lo que el destino me había deparado.

Al cruzar el umbral, el aroma familiar de la madera vieja y los papeles me envolvió, un consuelo efímero ante las noticias que traía consigo. La doctora Kapusca, con su mirada inquieta, me aguardaba con un destello de curiosidad y un leve temblor de aprensión en su porte. Samuel, sumido en su lectura, apenas levantó la cabeza, como si el mundo exterior fuera una distancia inconmensurable para él.

La doctora fue la primera en romper el silencio, su voz suave, pero cargada de una tensión que no pudo ocultar.

—¿Qué hay de nuevo, querido Salce? —inquirió, sus ojos, buscando una respuesta que no se atrevía a formular directamente.

Tomé un instante antes de responder, sabiendo que las palabras que debía pronunciar pesarían como piedras sobre el alma de quienes me escucharan. Cada sílaba parecía impregnada de un destino del que ya no podía escapar. Finalmente, reuniendo la calma necesaria, susurré las palabras que cambiarían el rumbo de mi existencia.

—He sido ascendido —anuncié, con la voz grave, el corazón palpitando con una mezcla de honor y responsabilidad—. Y con ello, se me encomienda una misión de considerable magnitud. El intendente Timeo ha dispuesto que nuestra unidad se movilice hacia la región rebelde de Batonia.

La doctora Kapusca, al escuchar el alcance de mi anuncio, asintió lentamente, su rostro reflejando la solemnidad de la situación. Sus ojos, acostumbrados a la ciencia y al análisis, comprendían que el mundo en el que nos encontrábamos ya no era el mismo. La violencia de Batonia, la resistencia obstinada de los batonios, todo aquello no era solo un desafío físico; era un choque de voluntades, una lucha en la que el alma misma podría ser puesta a prueba.

Samuel, sin embargo, no entendía aún la magnitud de mis palabras. Levantó la mirada del libro, su expresión ajena a la gravedad de lo que acababa de decir.

—¿Rebelde? ¿Batonia? —murmuró, como si el eco de aquellas palabras fuera un enigma que no lograba descifrar. Sus labios se curvaron en una mueca de desconcierto, como si las palabras mismas se le escurriesen entre los dedos.

La mirada de la doctora se suavizó, como si, por un breve momento, deseara protegerlo de la verdad que a mí ya no me era posible ocultar. Pero yo sabía que la verdad era una carga que debía compartirse, si bien a veces se deshacía en el alma de quien la recibía.

—Es una cuestión delicada —respondí, con el rostro sombrío, tratando de dar sentido a lo que estaba ocurriendo, pero con la certeza de que las palabras nunca lograrían describir la totalidad de la tragedia que se cernía sobre nosotros—. Los batonios, ese pueblo obstinado y resistente, no siguen nuestras directrices. Se niegan a acatar nuestras órdenes, y en su rechazo, han forjado una rebelión que desafía no solo a nuestras fuerzas, sino a la misma estructura del Partido. Nuestra misión, entonces, será restaurar el orden y la obediencia en esa región, hacer que Batonia se pliegue a lo que hemos dispuesto para ella.

Las palabras cayeron pesadamente en el aire, flotando como una sombra que ya no podría disiparse. Samuel, con sus ojos fijos en los míos, parecía buscar algo en mi mirada, una respuesta, una explicación que quizá ni yo mismo tenía. La doctora Kapusca, por su parte, permaneció en silencio, sus pensamientos, como siempre, tan claros y organizados como los de un general en medio de una batalla, pero incluso ella parecía comprender que había algo más en esta misión que lo que los ojos podían ver.

—¿Qué implica esta misión exactamente? —preguntó la doctora, ahora con una sombra de preocupación cruzando sus facciones. Sabía que los procedimientos eran importantes, pero también comprendía que, más allá de la mecánica de la tarea, había algo en el aire, un peligro intangible, una amenaza que no se podía medir con simples coordenadas o estrategias.

—Implicará más que simplemente el uso de la fuerza —respondí, con una mirada que buscaba escrutar las profundidades de la situación—. Habrá que enfrentarse no solo a los enemigos externos, sino a las fuerzas internas que nos acechan, fuerzas que operan dentro de las mismas estructuras de poder. El Partido, tal como lo conocemos, está siendo puesto a prueba.

El silencio llenó la habitación por un momento, pesado y denso. Samuel volvió a su libro, como si la realidad fuera algo que pudiera evadir con la lectura. La doctora, sin embargo, me miró fijamente, como si estuviera tratando de discernir en mis palabras algo más allá de lo evidente. La verdad era clara, aunque no era algo que deseara escuchar.

La misión que tenía por delante no era simplemente un viaje hacia Batonia. Era un descenso al abismo, un desafío tanto para mis principios como para mi alma.

Y aunque el crepúsculo seguía su descenso imparable, tiñendo de sangre y fuego los cielos, su luz apenas iluminaba las sombras que me esperaban al otro lado de la puerta.

La doctora Kapusca asintió con una calma que contrastaba con la intensidad de las palabras de Samuel, cuyos pensamientos, profundamente sumidos en el misterio y la fascinación, parecían danzar en un torbellino de imágenes que desbordaban la lógica misma. Mientras tanto, yo, con la mente atrapada entre las sombras de la incertidumbre y el peso de la responsabilidad que se me había impuesto, me sentaba en silencio. El destino que nos aguardaba no podía ser comprendido con facilidad; era, como el crepúsculo que bañaba la ciudad en sus tonos dorados y rojizos, una mezcla de belleza y presagio sombrío. Y mientras las sombras crecían, nosotros nos sumíamos en una quietud silenciosa, como si estuviéramos aguardando el inminente paso de un cataclismo.

Nos preparamos para la cena en un mutismo taciturno, cada uno abismado en sus pensamientos, sabedores de que lo que habíamos descubierto esa noche sobre Batonia no era solo un relato de terror, sino un destino que se cernía sobre nosotros con la fatalidad de un reloj de arena cuyo grano de tiempo caía inexorablemente. Samuel, con su mente absorbiendo visiones de lo imposible, parecía haber trascendido la realidad misma y, al final, fue él quien rompió el silencio con palabras que resonaron como un canto oscuro, casi delirante, que desbordaba la calma de la noche.

“En Batonia”, comenzó, su voz temblando con un fervor que solo los soñadores o los visionarios logran alcanzar, “el crepúsculo se convierte en un espectáculo macabro, una representación del final de los días, una descomposición de la luz y la oscuridad. El agua del río, siempre tumultuosa, se tiñe de rojo, como si fuera sangre que fluye desde las mismas entrañas de la tierra, como si la naturaleza misma, en su desesperación, ofreciera su sacrificio”.

Samuel habló con una pasión febril, como si cada palabra estuviera impregnada de una revelación apocalíptica. Sus ojos, ardientes como brasas, reflejaban no solo temor, sino también una fascinación casi morbosa por lo que describía, como si deseara comprender lo incomprensible. “Y de esas aguas, de las entrañas de ese abismo carmesí, emergen seres alados, criaturas cuyo semblante es tan extraño y abominable que parece desafiar toda lógica humana. Sus alas, enormes y arrugadas como las de un murciélago gigantesco, se despliegan en una danza espectral, y su sola presencia es suficiente para desencadenar el horror más profundo en el corazón de cualquier hombre, por más valiente que se crea».

Sus palabras flotaron en el aire denso de la habitación, impregnando la atmósfera con una inquietud palpable, una sensación de que algo más allá de la comprensión humana se desplegaba ante nosotros. Yo me dejaba arrastrar por la vorágine de su narración, sumido en las imágenes que evocaba con una claridad aterradora. La doctora Kapusca, por su parte, prestaba atención en silencio, absorbiendo cada palabra, pero su rostro, aunque sereno, delataba una inquietud contenida, esa chispa de sabiduría que la hacía percatarse de lo que se ocultaba detrás de la superficie de las palabras.

«Estas criaturas», continuó Samuel, su voz adquiriendo un tono aún más grave, como el de un profeta que ha recibido la visión del fin, «escupen fuego por sus fauces, como si fueran los heraldos del mismo infierno. De sus entrañas brota un fuego eterno que consume todo a su paso, y aquellos desafortunados que tienen el infortunio de ser testigos de su aparición sufren una transformación espantosa, monstruosa. Sus cuerpos se petrifican, sus huesos se convierten en metal, y su carne se desintegra ante el ardor de esa llama infernal, como la fruta que se descompone bajo el sol abrasador del verano».

Las palabras de Samuel, como una melodía macabra, nos sumieron en un abismo de especulaciones y temores. Las imágenes que evocaba nos envolvían, nos transportaban a un lugar donde la razón dejaba de tener sentido y lo absurdo tomaba la forma de una pesadilla tangible. Mientras las sombras de la noche se cerraban a nuestro alrededor, como un manto de oscuridad que no era más que el preludio de lo incierto, la atmósfera en la habitación se cargaba con el peso de la revelación. Samuel había traído con él un futuro incierto, uno que se presentaba ante nosotros como una sombra alargada, y, sin embargo, su mirada reflejaba no solo el miedo, sino la fascinación morbosa de quien se siente atraído por lo imposible.

La doctora Kapusca, siempre tan meticulosa, continuaba con su tarea habitual. Sentada en el sofá, parecía estar tan abstraída en su propio pensamiento que las palabras de Samuel ni siquiera alteraban su pulso. Solo levantó la cabeza una vez, como si la preocupación de su compañero de piso y mi propia orden no lograran perturbar su calma acostumbrada. En su mirada había una concentración tan profunda que, por un breve momento, sentí como si fuera ella quien pudiera resolver los enigmas de Batonia con una simple mirada científica.

—¿Qué tipo de armas nos proporcionarán? —la pregunta saliendo de sus labios con la misma serenidad con la que uno pregunta sobre el clima, como si el terror de Samuel y las criaturas aladas que describía no fueran más que un desafío técnico por resolver.

A lo que respondí, con un tono que intentaba ser jocoso, pero que apenas lograba disimular la gravedad de la situación:

—Probablemente pistolas de agua —dije, dejando escapar un suspiro entre la ironía y la desesperación—. Algo adecuado para hacer frente a lo que nos espera en Batonia.

La doctora no respondió, pero su expresión se endureció por un momento. La mirada que me dirigió era esa mezcla de preocupación científica y pragmatismo frío que solo aquellos con una mente entrenada pueden poseer. Samuel, por su parte, parecía ignorar nuestras palabras, sumido nuevamente en su mundo de visiones y horrores imaginados.

Y así, entre el susurro del viento que parecía filtrarse a través de las rendijas de las ventanas y el reflejo de las luces crepusculares, nos preparamos para una cena que, aunque sencilla en sus formas, estaba impregnada de un sentimiento que ninguno de nosotros podía negar: el destino nos había marcado con un camino oscuro y peligroso, y Batonia era el umbral que debíamos cruzar.

27.

En las tierras apartadas y olvidadas de Batonia, una de las peculiaridades más singulares y asombrosas de su pueblo es, sin duda, la presencia de mujeres barbudas, una rareza que ha capturado la imaginación y el asombro de quienes, ajenos a tal fenómeno, se aventuran a cruzar las fronteras de este territorio misterioso. La extrañeza de este rasgo, que en las mujeres batonias se manifiesta con una inusitada prominencia, tiene su origen en las profundidades de la historia y en las peculiaridades genéticas de este pueblo aislado. La alta mortalidad masculina, debida a los arduos trabajos en las minas que han marcado durante siglos la vida de la región, permitió que la naturaleza tomara su curso, favoreciendo la prevalencia de este rasgo en el género femenino, mientras la escasa presencia de hombres contribuyó a la perpetuación de una deriva genética que hoy en día sigue presente en una pequeña, aunque inconfundible, fracción de la población.

En el orden biológico de las cosas, este fenómeno resulta ser una curiosidad meramente estadística, pues solo un pequeño cinco por ciento de las mujeres batonias presentan esta característica. No obstante, el impacto visual y la perplejidad que produce en los ojos del extranjero es tal, que al tropezarse con tan solo cuatro o cinco de estas mujeres, el forastero no puede evitar maravillarse, e incluso deslumbrarse, ante el inusitado espectáculo. En la inmediatez del encuentro, la extrañeza crece, y el rumor se extiende como un eco por las tabernas de los rincones más lejanos de la región, bien lejos de las tierras batonias. Y así, lo que era una simple curiosidad pasa a convertirse en tema recurrente, una cuestión que se transmite de boca en boca, generación tras generación, y que embellece las historias contadas al caer la noche, entre copas de vino y risas nerviosas.

Y, sin embargo, la observación más fascinante, la que supera todas las conjeturas y teorías, es que las mujeres barbudas de Batonia poseen una extraordinaria belleza, un atractivo que supera la mera novedad de su peculiaridad. La barba que adorna sus rostros no les resta, sino que otorga una singular elegancia, una fuerza primitiva y una dignidad ancestral que confiere a su apariencia una extraña majestuosidad. Son mujeres cuya presencia, majestuosa y misteriosa, evoca una sensación de fascinación que supera el miedo o el asombro inicial. Sus ojos, luminosos como las estrellas que brillan en las noches batónicas, revelan una complejidad de sentimientos y emociones que no pueden ser captados a simple vista. Son guardianas de secretos antiguos, testigos de generaciones pasadas, y su belleza, lejos de ser banal, se vuelve un símbolo de una resistencia natural, un reflejo de la dureza de la tierra que las cría.

En las calles polvorientas y sombrías de Batonia, la imagen de estas mujeres, de una belleza extraña e inquietante, se convierte en un emblema de la tierra misma: una belleza que es a la vez desafiante y serena, misteriosa y poderosa, capaz de dejar una huella imborrable en la memoria de quien las contempla, como si se tratara de una visión sacada de las mismas entrañas del mito.

Es costumbre bien conocida entre los forasteros que, al arribar a las tierras de Batonia, se encuentren tan deslumbrados por la extraordinaria belleza de los ojos de sus mujeres barbudas que sus miradas se pierden, cautivas, en esos profundos abismos de misterio que parecen contener toda la sabiduría del mundo, dejando que su mente se embriague de fascinación hasta tal punto que olvidan reparar en la singularidad de su pilosidad facial. Como si ese rasgo, a pesar de ser tan evidente como la misma luz del día, quedase opacado por el resplandor hipnótico de esos ojos, que poseen el poder de someter los pensamientos y desbaratar toda lógica en el corazón del espectador.

Pero cuando la realidad se les impone, cuando alguien, por cortesía o por curiosidad, les señala aquella peculiaridad que había permanecido oculta en su conciencia, muchos caen en un estado de desazón tan profundo que se ven forzados a refugiarse en los rincones malolientes de las tabernas locales. Allí, inmersos en la neblina densa de la angustia, ahogan sus desdichas con litros del espeso licor batonio, buscando desesperadamente olvidar la imagen que sus ojos han capturado y que, de repente, se les torna insoportablemente alienante.

Es sabido que los fuertes brebajes de Batonia, cuya intensidad es tal que pueden desbordar los límites de la percepción humana, tienen el poder de llevar a quienes se entregan a ellos a un estado de descomposición mental tan profundo, que, al final, terminan postrados en los vomitorios de las tabernas. Estos habitáculos, hechos de piedra desnuda y sin adornos, son los lugares donde se abandona la razón, donde los borrachuzos se deshacen de su humanidad y se entregan al sinfín de trastornos que trae consigo el exceso de licor. Tal es la severidad de las costumbres batonias, que está terminantemente prohibido que los ebrios deambulen sin rumbo por las calles, y aquellos que caen en este estado de descomposición mental son apresados y arrojados, por decirlo de alguna manera, en esos angostos refugios, hasta que su mente logre aliviarse de la ardiente quemazón del exceso.

Con frecuencia, algunos de estos hombres, perdidos en el mareo etílico, se extravían en la red de cloacas que recorren la ciudad, que serpentean bajo las calles de Batonia como venas de un organismo enfermo, llevando consigo la herencia de la decadencia urbana. Si la fortuna les sonríe, y su cordura es restituida durante su descenso por el alcantarillado, son a veces rescatados, arrastrados por las aguas turbias del río Gacela, en un gesto que, por más irónico que sea, les devuelve a la superficie de la vida. Si no corren con tan buena suerte, su destino es otro mucho más oscuro y siniestro. Su cuerpo, empapado en el fango nauseabundo de las cloacas, es engullido por las voraces aguas del río, que los arrastra hacia su remolino perpetuo, el abismo final de todos los vertidos y desechos de la ciudad, donde la corriente nunca cesa, y el flujo de la vida es reemplazado por el flujo de la podredumbre.

Este río, el Gacela, que se convierte en la frontera entre la civilización de Batonia y lo salvaje de su naturaleza, desagua sus aguas viles y malolientes justo ante las puertas de la ciudad. Y es allí, en esa oscura confluencia entre lo humano y lo animal, donde las aguas del río se mezclan con los vertidos de la ciudad, creando una neblina tóxica que sube como un manto de muerte. Las carpas, esas criaturas que habitan el fondo del río, emergen en un festín sin fin, boqueando por aire en busca de las vísceras descartadas, que fluyen entre los detritos humanos. Y en su búsqueda, no solo hallan la carne desechada, sino que también se alimentan de las materias más impuras, impregnadas por los excrementos de la ciudad, haciendo de este festín un acto de total perversión.

Pero, como es bien sabido en las leyendas de Batonia, este ciclo de descomposición también tiene su recompensa. Las tierras bañadas por las aguas del Gacela, aunque corrompidas por la podredumbre, se transforman en un paraíso de verdor inusitado. El río, con su corriente llena de impurezas, fertiliza los campos que se extienden corriente abajo, creando huertas generosas en frutos y vegetales de todo tipo. En estos campos, las plantas de trigo garzul, cuyas espigas brotan con una fuerza sobrenatural, se mezclan con los granadales que florecen en todo su esplendor, ofreciendo dulces frutos para los caprichos más exquisitos. Además, el verdor de las hierbas letificantes se extiende como un manto de calma, proporcionando consuelo y serenidad a los espíritus inquietos. Los patatales, que brotan en abundancia, son cultivados con devoción, pues se dice que sus raíces tienen el poder de apaciguar incluso las pasiones más ardientes de los batónios, llevando con ellas una sensación de alivio ante las tensiones cotidianas.

En Batonia, donde el caos y la belleza se dan la mano en un extraño y desconcertante abrazo, lo grotesco y lo sublime conviven en un equilibrio delicado, y las sombras de la decadencia encuentran su luz en los campos de cultivo que, a pesar de todo, siguen siendo la fuente de vida y prosperidad para el pueblo.

28.

Tras haberse pronunciado, con tono inapelable y gravedad pétrea, las palabras que conformaban la orden de destino, estas no tardaron en expandirse por la estancia como un perfume de presagio, dejando tras de sí un silencio espeso, cargado de augurios y presunciones que se arremolinaban como viento contenido entre los muros. Aquel silencio no era mero vacío, sino una presencia palpitante, un ente que respiraba entre nosotros con el aliento tibio de la incertidumbre. Fue entonces cuando mis dos compañeros de morada alzaron hacia mí sus miradas, como se alzan los ojos hacia un oráculo en noche de tormenta, suplicando una palabra, un gesto, una señal que les ayudase a navegar el torbellino de interrogantes que, sin duda, se había desatado en sus interiores.

La doctora Kapusca, cuyas pupilas negras semejaban pozos insondables de antigua sabiduría o acaso espejos fieles de la noche misma, se mantuvo en un mutismo elocuente. Su compostura, siempre elegante y templada como el acero bajo terciopelo, dejaba entrever, sin embargo, un leve temblor en la comisura de sus labios —tan sutil que bien pudiera haber sido ilusión—, signo inequívoco de que la nueva situación removía algo hondo y velado en lo profundo de su espíritu. La serenidad de su ademán, estudiadamente controlada, no alcanzaba a ocultar del todo la inquietud que, como corriente subterránea, discurría bajo la superficie tersa de su compostura. Era como si en su interior bullera una tormenta de pensamientos, de cálculos, de temores y conjeturas, pero que su voluntad férrea se empeñaba en domeñar, presentándose al mundo como roca ante el embate de las olas.

Y allí quedamos los tres, suspendidos en esa hora incierta entre el deber y la duda, entre la obediencia ciega al mandato del Partido y la conciencia íntima del abismo al que ese mandato nos precipitaba. Como personajes de un drama escrito por manos invisibles, aguardábamos el próximo acto, aun sin saber si se nos asignaría el papel de héroes, mártires, testigos… o acaso simples víctimas.

Por el contrario, Samuel Gascón, aquel extraño compañero de existencia cuyas dimensiones físicas parecían forjadas no por el simple azar de la carne, sino por las manos mismas del exceso, se mantenía erguido como una columna antigua, agrietada por el tiempo, pero aún orgullosa en su dignidad. Su faz, surcada de arrugas prematuras y cicatrices indecibles, daba testimonio de haber transitado los márgenes inciertos de la realidad y de lo otro, de lo inenarrable; era rostro de quien ha comulgado con las sombras y ha regresado, aunque no del todo indemne. No obstante, por más que su compostura exterior se presentase sólida y hasta indolente, en el fulgor de sus pupilas —oscuras y brillantes como carbones en noche sin luna— relampagueaba un leve temblor, un estremecimiento de alma que no lograba sofocar por completo. Allí se delataba, pese a su estoicismo fingido, el temblor antiguo del hombre que ha sentido el aliento de algo más grande que él mismo rozar su nuca.

Y fue entonces, al hallar sus ojos fijos en los míos, así como los de la doctora Kapusca —ambos reclamando, sin palabra, una certeza que no podía otorgarles—, que sentí desplegarse sobre mis hombros la capa pesada de la responsabilidad, no la común y doméstica que ata a los hombres corrientes a sus quehaceres, sino aquella otra, ancestral, que asumen los portadores de mensajes olvidados o los guardianes de llaves que abren cámaras selladas desde el inicio de los tiempos. Era como si yo mismo hubiese sido arrastrado por los designios del Partido a desempeñar el rol de un Hermes moderno, portador de secretos no aptos para oídos profanos, o peor aún, de un Prometeo que aún no sabe qué fuego ha robado ni a quién debe temer más: a los dioses que lo persiguen o a los hombres que lo aguardan.

Pero, en el fondo de mi alma —tan turbada como un estanque agitado por piedras invisibles—, sabía que no era más que un hombre atrapado en el vértigo de un mandato que lo excedía. Y esa conciencia, en vez de ser consuelo, se alzaba ante mí como un abismo cuya profundidad no quería aún medir. Ni palabra proferí, entonces, pues, ¿qué decir cuando ni uno mismo comprende del todo aquello que está por comenzar?

En aquel instante detenido, donde el tiempo mismo parecía haber contenido el aliento y la penumbra se adensaba como un sudario invisible sobre los objetos de nuestra estancia, solo el sutil lamento del viento —ese aliento espectral que se deslizaba por las rendijas del postigo— osaba perturbar el silencio que nos ceñía. Sonaba como un murmullo de los que han partido, como la respiración huidiza de un oráculo moribundo; y en su roce apenas audible se insinuaba una advertencia, un recuerdo doloroso de que nuestras convicciones no eran sino castillos de humo levantados sobre ciénagas de incertidumbre. Fue entonces que sentí brotar de mis labios, sin voluntad plena, las palabras que habían permanecido cautivas largo tiempo, recluidas como prisioneros que temen ver la luz del día. Surgieron no con la ligereza del relato, sino con la densidad trágica de una confesión pronunciada ante un altar cubierto de cenizas.

Me erguí, con voz grave y templada como la de quien revela el secreto que lo define, y hablé, no tanto por deseo como por necesidad, ante los ojos penetrantes de la doctora Kapusca —cuyo rostro, lívido y atento, parecía esculpido en ónice— y la figura inamovible de Samuel el Hambriento, que, pese a su nombre jocoso, parecía en aquel momento ayunar incluso de emociones.

“Quiero que sepáis la verdad”, proclamé con tono grave, y las palabras se derramaron como un antiguo conjuro recitado en la hora más baja de la noche. “No soy, como acaso creísteis hasta ahora, simplemente un funcionario al servicio del Partido, un engranaje más en la máquina que regula nuestros destinos. No. Soy batonio de sangre y de nacimiento, aunque la infancia me fuese arrancada de entre las brumas de mi tierra como se arranca un brote de su raíz, y la vida me dispersara por caminos ajenos. Sin embargo, ni el tiempo ni el exilio han logrado extinguir el eco profundo que aún resuena en mí. Mi corazón, por muy domesticado que parezca, late todavía al compás antiguo de los ríos que surcan los hondos valles de Batonia, con sus aguas turbias y memoriosas; y las sombras húmedas de sus bosques —esos bosques donde el musgo calla secretos que no se deben nombrar— continúan habitando en los rincones más oscuros de mi ser.”

Al pronunciar estas palabras, no solo abría ante mis compañeros una verdad largamente contenida, sino que me abría también a mí mismo, como quien se enfrenta, no sin estremecimiento, al rostro velado de su propio destino.

Un silencio espeso, casi litúrgico, se abatió sobre la estancia como un manto de terciopelo negro extendido por una mano invisible. Las sombras parecían inclinarse hacia adelante para escuchar, y solo el leve y doliente susurro de las cortinas —agitadas por una brisa de incierta procedencia que traía consigo perfumes de distancia y presagios— osaba deslizarse por entre nosotros, como si la casa misma retuviese el aliento ante la revelación que acababa de ser pronunciada. En los semblantes de mis compañeros de destino —la doctora Kapusca, hierática y serena como una sacerdotisa de tiempos remotos, y Samuel el Hambriento, cuya frente contraída parecía debatirse entre la incredulidad y una súbita lucidez— percibí, no sin estremecimiento, esa singular alquimia del asombro mezclado con la comprensión: el reconocimiento tácito de que toda historia encierra una grieta, y que todo hombre guarda en su pecho un secreto ancestral que no siempre le pertenece por entero.

Me incorporé más plenamente, como si la confesión recién hecha me hubiese conferido una estatura más verdadera, una gravitas hasta entonces contenida. Y alzando la voz —no por altivez, sino porque sentía que debía resonar en las paredes como una declaración solemne— continué, midiendo cada palabra como se mide el paso sobre hielo delgado:

“Sé que mis palabras habrán trastornado el cómodo tejido de las suposiciones que tejíais sobre mí. Comprendo vuestras dudas y temores, como comprendo el peso que mis silencios pasados han arrojado sobre nuestro vínculo. Pero oídme con el corazón abierto, y sabed que, más allá de mi linaje, más allá de las brumas natales que circundan los valles de Batonia, mi lealtad permanece intacta. Le soy fiel al Partido, sí, a esa llama doctrinal que guía nuestras acciones y cimienta nuestra esperanza común. Le soy fiel a la Causa que nos hermana, no por la sangre, sino por la voluntad compartida de un porvenir más ordenado, más justo, más férreo.”

La voz, sin saber cómo, se me tornó más grave, más honda, como si hablase no solo por mí, sino por generaciones enteras de batonios olvidados en los registros, extraviados en los márgenes del mapa oficial.

“Y es precisamente por ello que acepto —con la resignación del soldado y la resolución del penitente— el destino que me ha sido trazado. Batonia… sí, Batonia, esa tierra doliente, abigarrada de supersticiones y orgullos, me espera. Y yo acudiré, no como pródigo, ni como conquistador, sino como mediador entre lo que fui y lo que debo ser. No ignoro las sombras que allí acechan, ni las fuerzas invisibles que soplan contra toda luz; pero dentro de mí arde ya una flama que no se apaga: el deber. Esa llama —esa sola— me guiará por los senderos del temor y de la memoria.”

Al decir esto, sentí que algo en mi pecho se alzaba, como si el alma misma hubiese enderezado la espalda. Y en aquel fuego silencioso que crepitaba dentro de mí, vi reflejada la figura de mi antiguo hogar, cubierta de nieblas y lamentos, pero también de promesas que aún no habían sido pronunciadas.

La respuesta de la doctora Kapusca, cuando finalmente emergió del silencio reverente en que había quedado sumida tras mis palabras, se alzó en la estancia con la gravedad serena de un oráculo antiguo. Su voz, templada como el acero de un puñal ceremonial y dulcísima en su firmeza, se desplegó con la solemnidad de un juramento pronunciado ante la diosa del destino, y cada una de sus sílabas se posó en el aire con la dignidad de una promesa incorruptible.

—Confío en ti, Salce, aunque, en ocasiones, esa fe mía deba abrirse paso a través de la maleza del desconcierto —dijo, bajando los párpados un instante, como si buscara en el fondo de su alma la certidumbre de aquellas palabras—. Pero ahora, en este crepúsculo de revelaciones, cuando aún flotan en el ambiente las hebras de lo no dicho, vislumbro en ti una claridad que no os había percibido antes. Y no te dejaremos, no, sumergirte sin auxilio en las turbulentas corrientes del sino que te aguarda. Serás como el farero en la tempestad, y nosotros el amarre que impide que tu torre caiga.

Había en su tono una dulzura grave, tan parecida al canto que las antiguas sacerdotisas entonaban al pie de los altares oscuros, cuando el sacrificio aún humeaba sobre la piedra. Aquellas palabras suyas —cuya fuerza residía no tanto en su volumen, sino en la resolución férrea que latía bajo ellas— me devolvieron, en ese instante de inquietud, la entereza que sentí desmoronarse apenas momentos antes. En sus ojos, tan oscuros y hondos como los pozos de las primeras ciudades, vi el reflejo de una promesa que no requería ser sellada con tinta ni pergamino alguno. Asentí con lenta reverencia, sintiendo en mi pecho el alivio del condenado que, de pronto, recibe palabra de absolución.

Fue entonces que Samuel el Hambriento —ese espíritu oscilante entre la lucidez y la locura, entre la erudición febril y la risa de los orates— se levantó con el brío de un profeta descalzo ante el incendio del mundo. Su gesto era de una vehemencia casi sagrada, y sus palabras surgieron como truenos anunciadores de la tormenta por venir.

—¡Ea, vayamos entonces! —exclamó, con voz que hendía el aire como lanza de relámpago—. ¡Qué lugar más propicio para nuestro comienzo que esa tierra maldita que a la vez te vio nacer! Mis temores, aunque reales, no son más que cortinas de humo; los arrojaré al abismo con una carcajada. Yo, Samuel, anhelo enfrentar a esos seres alados que emergen del río carmesí, y devorarlos con el mismo ardor con que la llama consume la leña vieja en las noches de invierno sin luna.

Y al decir esto, se irguió del todo, como si una fuerza ancestral lo hubiese poseído, con los ojos centelleando como carbones vivos, y los labios apenas temblorosos por la exaltación. Su figura parecía entonces más alta, más densa, más irreal, como si fuese un heraldo de antiguos tiempos, un vidente arrastrado por visiones que solo él podía soportar. La pasión en su voz era tal, que por un instante las paredes mismas del aposento parecieron inclinarse hacia él, como si quisieran no perder ni una sola palabra de su arrebato.

Así fue como, en ese instante singular, quedamos ligados los tres por un pacto tácito: el de no retroceder. Ni las sombras de Batonia, ni las criaturas del río Gacela, ni la memoria ancestral que aún hollaba mis sueños habrían de disuadirnos. Y con aquella resolución en nuestros pechos, la noche cayó, lenta y solemne, como un telón sobre un acto cuya tragedia aún no había sido escrita.

29.

A la entrada misma del venerable puente que abraza al Gacela en su anchura más melancólica, se alzaba —no sin cierta dignidad desvencijada— una garita de madera añeja, cuyas dimensiones, escuetas en extremo, no superaban los dos codos de largo por lado alguno. Era ésta el puesto de vigilancia y resguardo, santuario menor donde dos batonios, enfundados en uniformes que parecían heredados de una era remota, custodiaban el paso con la seriedad de sacerdotes guardianes del umbral a un reino olvidado.

A medida que mis pies se acercaban al límite sagrado del tránsito, vi a los dos vigilantes introducirse en un cercado adyacente, donde entre lienzos de lona enmohecida y maderos apilados con desidia, se resguardaban aperos diversos: ganchos, sogas, tridentes de revisión y una vieja balanza ceremonial, aún empleada para discernir —según se decía— el peso del alma respecto al deber.

Al llegar ante la línea amarilla que, pintada con exactitud geométrica, se tendía perpendicular a las barandas de hierro herrumbroso, elevé mi voz con la compostura de quien acude a una liturgia:

—¡Soy Alvar de la Casa Salce, descendencia veintitrés! —proclamé, procurando que la entonación honrase las formas de antaño. No sabía con certeza si dicha fórmula aún se contemplaba en los protocolos del control de paso, pero siendo Batonia tierra refractaria a novedad alguna, supuse no pecar de exceso con tal deferencia.

A mi diestra, junto a la garita, se extendía una cerca toscamente adornada con pieles curtidas de ternero, costumbre local de protección contra el frío de los vientos que bajan del Bastión del Norte. A través de un portón de madera ennegrecida por siglos de uso, se asomó una cabeza de semblante curtido y ojos entrecerrados, examinándome como quien evalúa un manuscrito ajado, calibrando mis rasgos con meticulosa desconfianza.

—Alvar en Salce veintitrés —repitió el centinela, elevando su voz hacia el interior de la garita, sin mirarme, como si la verdadera audiencia estuviera más allá de lo visible.

Una respuesta surgió, cavernosa y seca, como extraída del fondo de un tonel de roble:

—Aceptado… pero con reservas: ausencia en tres octantes seguidos. Debe ser reconocido por los perros.

La frase cayó como sentencia inapelable, sin espacio para réplica o apelación. Supe entonces que el ritual de reingreso no estaba completo hasta que los sabuesos, entrenados en el arte ancestral del olfato administrativo, dieran fe de mi identidad más allá de las palabras.

—Ya lo ha oído, forastero —añadió el primer vigilante, ahora volviéndose hacia mí con una mueca apenas visible bajo su mostacho—. Debe ser reconocido por los perros. Ahora, dígame… ¿quiénes son los que os acompañan?

Asentí con lentitud, como quien acepta el dictamen de una autoridad más antigua que los propios pergaminos del Consejo, y avancé apenas un paso, cuidando no rebasar la línea amarilla, pues tales imprudencias, aún involuntarias, solían costar caros castigos en tierras donde la tradición pesa más que la ley escrita.

Alcé nuevamente la voz, modulándola con una cadencia que rozaba el ceremonial, como si la noche misma se dispusiera a escuchar la enunciación de los nombres:

—Conmigo vienen dos, y no por azar ni ligereza de espíritu, sino por voluntad firme y designio del Partido. A mi izquierda, la doctora Kapusca, hija de Orlanda y del difunto epígrafe de los Archivos Médicos, Mael-Karún el Silente. Custodia de saberes olvidados, cultora de cuerpos y de venenos, versada en la ciencia del dolor y la clemencia, y tan digna como severa. No hallará en todo el septentrión un juicio más certero ni una mirada más penetrante.

Un silencio siguió a mis palabras, como si hasta los tablones del puente contuvieran el crujido por respeto a su nombre. Desde la garita, el centinela anotó algo invisible en el aire, con la ceja elevada, y volvió a interrogarme con un ademán que pedía más.

Yo obedecí.

—Y a mi derecha, Samuel Gascón… llamado por algunos el Hambriento. Hijo de nadie y nacido al borde de las chimeneas de los hornos de fundición, criado entre humo y óxido, creció con el apetito voraz de los que conocen todas las privaciones. Es lector de libros prohibidos, amante de fábulas olvidadas, y perseguido por los sueños que a los otros les fueron negados. Posee fuerza en el brazo, pero más aún en la palabra, y aunque su mirar se pierde a veces en otras realidades, sabed que su lealtad es feroz como la de los mastines del Valle de Berzón.

Hubo una pausa. El viento sopló entonces con mayor insistencia, haciendo restallar las pieles de la empalizada como estandartes en víspera de combate.

Desde el interior de la garita, una voz más grave y envejecida, quizás del segundo vigilante hasta entonces oculto, se dejó oír:

—Tomamos nota. Que sean pues preparados para el reconocimiento. El olor no miente.

Y sin más, se escuchó el primer ladrido, profundo y antiguo como una advertencia en lengua prehumana.

El silencio que sucedió a aquel primer ladrido era el silencio espeso que antecede a las tormentas en los valles cerrados, o al juicio en las salas altas del Tribunal Supremo del Partido. Ni la doctora Kapusca ni Samuel pronunciaron palabra alguna, como si comprendieran, con ese saber ancestral que despierta ante lo desconocido, que el momento exigía quietud y recogimiento. Yo, por mi parte, enderecé la espalda y mantuve los pies firmes sobre la línea amarilla, como corresponde a quien reclama entrada no solo con su nombre, sino con el peso entero de su sangre.

La puerta lateral, aquella forrada de piel de ternero oscuro y reforzada con clavos de cobre vetusto, se abrió sin ruido, revelando un pasadizo estrecho que descendía ligeramente hacia las entrañas del promontorio donde se alzaba la base del puente. De allí emergió una figura encapuchada, vestida con la librea gris ceniza de los custodios cinocéfalos —los guardianes de los perros sabios, aquellos cuyo olfato se decía afinado por siglos de cruzamientos con bestias de tierras lejanas y cuyo juicio era tenido por superior incluso al de los escribas de los censos.

—Seguidme, sin hablar ni desviar el paso —dijo con voz sorda, sin emoción.

Entramos en fila, yo al frente, seguido de Kapusca y Samuel. El corredor descendía bajo el nivel del agua misma, lo noté por la humedad en las piedras y el olor férreo que exudaban las paredes. A ambos lados, unos tragaluces hexagonales dejaban entrever otras estancias donde, apenas entrevistos, cuerpos velludos y de andar pausado se deslizaban entre sombras. Al fondo, se abría un espacio circular de suelo terroso, cubierto de corteza de abeto y rodeado por bancos de piedra negra, como si fuese una sala de deliberación para criaturas no humanas.

—Aquí —dijo el encapuchado, señalando con un cayado de fresno el centro del círculo—. Aguardad.

Un portón se abrió, y tres mastines colosales, de pelaje negro como la pez y ojos de un ámbar inusualmente humano, entraron con un paso solemne, casi litúrgico. Uno de ellos se detuvo frente a mí. Me olfateó desde la cintura hasta los pies, luego retrocedió, mirándome largo rato como si desentrañara mi ascendencia hasta la veintena de generaciones. Emitió un gruñido leve, gutural, que fue respondido por un bufido de los otros dos. El juicio parecía haber sido deliberado.

El segundo perro se dirigió a la doctora Kapusca. Ella no se movió ni un ápice, con la frente alta y las manos cruzadas tras la espalda. El mastín la olfateó con insistencia, incluso rozando su rostro con el hocico húmedo. Se apartó luego con un aullido breve, cuyo significado solo los encargados de interpretar sabrían, pero que no sonaba desaprobatorio.

Samuel fue el último. El perro que le tocó era el más viejo, con cicatrices que le cruzaban el lomo y un ojo nublado por la edad o por antiguas visiones. Le olfateó durante largo rato. Samuel no respiraba siquiera. El mastín soltó un bufido áspero, luego lamió brevemente el dorso de su mano y se retiró con la dignidad de un oráculo satisfecho.

—Reconocidos y aceptados —dijo el encapuchado, como si proclamara una absolución ritual—. Podéis cruzar.

Y fue así como, al ascender nuevamente a la superficie, la luz gris del exterior nos pareció más diáfana, y el puente, con sus viejos tablones y su hálito de historia, se convirtió no en un simple pasaje de un lugar a otro, sino en el umbral mismo de nuestra transformación.

30.

Atravesar el puente de Batonia no era empresa que se acometiese sin que el alma, aun la más recia, sintiese en su médula una vibración arcaica, como si cada paso sobre los tablones ajados por el tiempo y por la humedad del río Gacela despertase ecos dormidos de antiguos presagios. Las botas resonaban sobre la madera con un ritmo solemne, y el crujido que producían, lejos de parecer casual, se asemejaba al tañido de una campana ancestral que anunciaba, no ya el paso de viajeros, sino la consumación de un destino escrito en los márgenes secretos de algún códice perdido.

A cada lado, el parapeto de piedra y hierro estaba cubierto por líquenes centenarios que se arremolinaban como encajes verdes y dorados, y en los recodos del metal oxidado, nidos de aves silenciosas asomaban con ojos inmóviles. Abajo, el Gacela, ya enteramente pútrido en su seno, fluía con una calma que no era paz sino advertencia. El reflejo de los troncos sumergidos en la laguna fangosa daba la ilusión de ser ruinas de un mundo ahogado, y el aire estaba cargado de ese aroma denso que mezclaba algas, óxido y una pizca de incienso lejano.

Cuando alcanzamos el centro exacto del puente, donde un pequeño túmulo de piedra negra se alzaba a modo de altar olvidado —tal vez memoria de un pacto fundacional entre clanes extinguidos—, la doctora Kapusca se detuvo un instante y alzó la vista hacia las brumas del cerro. Samuel, a su lado, mascullaba alguna oración aprendida en los desvanes de hospicios o imaginada en noches de fiebre.

—Ahí arriba —dije, señalando con la barbilla hacia el peñasco envuelto en neblina—, reposa Batonia, como un cuervo sobre su nido de sombras.

Y en efecto, la ciudad comenzaba a perfilarse más allá del puente, velada aún por una bruma espesa, pero mostrando ya las primeras formas de su arquitectura singular. Las casas, dispuestas en forma concéntrica sobre la ladera del cerro, trepaban como si fuesen organismos vivos ascendiendo hacia su fuente de poder: la ciudadela alta, un castillo de piedra negra, almenado, cuyos torreones desafiaban al cielo con la arrogancia de lo eterno.

A cada lado del camino de acceso, los muros de contención eran altos y curvados, cubiertos por estandartes deshilachados que ondeaban a merced del viento racheado. En ellos podían vislumbrarse los escudos de las antiguas casas batonias, muchos de ellos desvaídos, otros mutilados por siglos de rivalidades internas o censuras del Partido. Un tambor lejano comenzó a sonar, primero con timidez, luego con la constancia de un corazón antiguo que se prepara para el regreso de su sangre.

Una nueva garita, esta ya de piedra y cobre, nos aguardaba al final del puente, flanqueada por dos figuras que no eran hombres del todo, sino híbridos de carne y artefacto, los llamados huéspedes de tránsito, custodios de frontera que habían renunciado a la individualidad para fundirse con la voluntad de la ciudad. Nos observaron sin moverse, sin pestañear siquiera. El más cercano, con voz hueca y temblorosa como salida de una cripta, dijo:

—Bienvenidos, forasteros y retornado. Sed medidos. Sed contados. Sed inscritos.

Y así cruzamos el umbral de Batonia, no como visitantes ni como huéspedes, sino como piezas de una maquinaria antigua que había despertado y reconocía, en nosotros, partes que alguna vez fueron suyas.

Hubo, en tiempos ya desvaídos por el aliento gris de los siglos, algún que otro forastero —guiado tal vez por capricho del destino o por los inescrutables designios de fuerzas que no obedecen a ley humana alguna— que logró franquear las severas y crípticas barreras de Batonia. Más admirable aún fue el hecho, casi milagroso por lo insólito, de que consiguiese abandonar aquella ciudad envuelta en brumas, saliendo de ella no en ataúd ni arrastrado por la corriente del Gacela, sino con vida y cuerpo íntegro, aunque nunca más con el alma en paz ni el ánimo indemne.

Empero, lo verdaderamente revelador no fue su evasión, sino lo que acaecía luego: aquellos escasos supervivientes, hombres otrora de verbo florido o pluma inquisitiva, retornaban a sus patrias mudos como piedras y retraídos como ermitaños. Renunciaban al bullicio de las plazas, evitaban las tertulias de café y huían del menor intento de indagación sobre lo vivido en la comarca batoniana. No se les conocía comentario, relato ni crónica; no se hallaba en ellos ni pizca de voluntad para establecer vínculo cultural alguno con aquella tierra de arcanos; antes bien, abrazaban un mutismo sepulcral, como si lo que hubiesen contemplado en Batonia les hubiese extirpado el habla o sepultado la razón bajo el peso de una verdad demasiado vasta para la mente humana.

Si por ventura algún estudioso de linaje cartográfico o comerciante con ansias de abrir mercados nuevos osaba interrogarlos sobre las condiciones necesarias para el trato con los batonios —esperando hallar en ellos mapas, consejos o siquiera advertencias útiles—, se topaba invariablemente con miradas turbias, semblantes de hondo sobresalto y labios trémulos, que apenas si mascullaban evasivas. Uno que otro, al borde de una confesión quebrada, atinaba a decir que su tránsito por la ciudad no había sido sino un descenso por un sendero estrecho y penoso, flanqueado por criaturas de gélida cortesía y ojos que parecían haber olvidado la luz del sol. Tales seres, proseguían en voz baja, poseían la peligrosa costumbre de arrojar sin previo aviso a los viajeros inoportunos a las fangosas entrañas del río Gacela, si por azar mostraban una sonrisa demasiado franca, una opinión demasiado liviana o una mirada que no se ajustase al severo ritual de sus costumbres.

Así pues, Batonia, al margen de mapas y alianzas, continuaba erguida en su colina brumosa, replegada sobre sí misma como una espiral de tiempo detenido, sin deseo alguno de compartir sus misterios, ni voluntad de abrirse al comercio de palabras, ideas o bienes. Quien osaba cruzar su umbral, debía saberlo: el precio de entrar no era menor que el de no poder jamás narrar lo que allí se vio.

31.

El batonio, ser de férrea compostura y alma granítica, no es amigo del habla vana ni del coloquio sin propósito. Sus labios, como sellos ancestrales, solo se abren con deliberada parquedad y con fines bien delimitados: para impartir órdenes a aquellos que le son subordinados, para escupir desdeñosas palabras de oprobio hacia sus semejantes, o para prodigar signos de deferencia, no exentos de una dosis servil, hacia quienes ocupan un peldaño superior en la compleja jerarquía social que impera en su cerrado mundo. Todo otro uso de la lengua —sea para el chisme, la ensoñación compartida o el simple esparcimiento— es tenido por ejercicio fútil, afrenta a la dignidad del tiempo y lastre para el alma.

Tal disposición, si bien no del todo ajena a las disposiciones masculinas en otras latitudes, donde la taciturnidad puede ser a veces tenida por virtud varonil, alcanza en Batonia cotas de ascetismo lingüístico insólitas. Lo que verdaderamente maravilla —y desconcierta al foráneo con sensibilidad atenta— es que también las mujeres de aquella tierra han abrazado con fervor este culto al silencio, desechando la ancestral loquacidad femenina que en otros lugares del orbe se muestra como flor de alegría, surtidor de anhelos y manantial de relaciones humanas.

Allí, las mujeres no son menos comedidas que los varones en el uso de la palabra: sus voces, cuando emergen, lo hacen con la sequedad de la corteza, con la palidez de la ceniza, sin la menor reverberación de gozo o adorno. Palabras, sí, mas sin vuelo; frases, pero sin trino. En sus rostros no asoma el juego de gestos que acompaña la emoción femenina en otras tierras, ni sus manos dibujan en el aire las danzas inconscientes que suelen ilustrar el discurso. Así pues, reina entre ellos una suerte de hieratismo secular, una contención sagrada que moldea no solo el lenguaje, sino el espíritu entero del pueblo batonio.

Este temple de alma —esta sobriedad existencial— no se circunscribe a los hombres ni a las mujeres, sino que impregna la ciudad misma, sus costumbres, sus animales. Incluso los perros, compañeros fieles y venerados por la comunidad, participan de tal economía de expresión. No se hallará en Batonia jauría alborotada ni ladridos innecesarios. Con una sola exhalación sonora, bien meditada, el perro batonio transmite su deseo, su dolor o su contento, como si supiese que cada sonido tiene un valor sagrado que no conviene dilapidar.

Cabe destacar, en honra de estos nobles animales, que en Batonia viven sin pena ni miseria: se les provee de alimento digno, nunca se les ata, ni se les recluye, ni se les somete a humillación alguna. Su lugar es el umbral de la morada, donde reposan en plácido sosiego, atentos al tránsito de la vida, pero sin ansiedad, sabedores de que en su mundo todo sigue un curso previsible, rítmico y ecuánime. Allí no hay sobresaltos ni mudanzas intempestivas: cada amanecer se levanta sobre los ritos inmutables de un pueblo que honra la costumbre como si fuese ley natural, y que, por su mesura y coherencia, se hermana profundamente con la mente del perro, criatura que ama el orden tanto como aborrece la sorpresa.

En efecto, el batonio, por su constancia, su silencio y su trato cabal, ha logrado una armonía interespecífica rara vez vista en otros confines, donde los humanos aún forcejean por imponer su voluntad a los animales. Aquí, en cambio, reina un equilibrio tácito, una alianza sin palabras entre seres que se entienden mejor en la elocuencia del silencio que en la verborrea del afecto forzado.

Apenas se permite en las vetustas arterias de Batonia el tránsito de vehículos, y aquellos pocos que osan rodar sobre el empedrado ancestral lo hacen con suma lentitud, con cautela casi ceremonial, como si el mismo acto de desplazarse por las calles fuera un tributo reverente al espíritu de la ciudad. Tal transporte no se produce jamás de forma improvisada ni al albur del capricho, sino que sigue una rutina inmutable: siempre a la misma hora solar, siempre conducido por las mismas figuras, cuyos rostros han devenido tan familiares como los sillares de las casas que bordean las vías. Esos conductores, fieles a una costumbre no escrita pero profundamente observada, visten las mismas ropas impregnadas de idénticos olores, como si sus cuerpos fuesen relicarios vivos de una identidad reconocible y aceptada. Así, su paso no despierta recelo alguno en las vigilantes mentes caninas, que los observan con aquella noble indiferencia que nace del reconocimiento, como si formasen parte del mobiliario sagrado de la ciudad.

Por contraste, se entiende con igual claridad el caso inverso: si un extranjero, desconocedor de las normas que rigen con férreo sigilo la vida batoniana, tuviese la osadía —o la imprudencia— de adentrarse sin previo aviso en sus calles, le aguardaría, con toda probabilidad, una muerte rápida y sangrienta a manos —o más bien fauces— de los perros. No por ferocidad natural de estas nobles bestias, sino por el fiel cumplimiento de su papel sagrado como guardianes del orden odorífero del territorio.

Así pues, cuando no había más remedio que permitir la entrada de un forastero en la ciudadela —acto casi sacrílego, pero en ocasiones necesario por exigencias de comercio o diplomacia—, se requería una serie de preparativos cuya meticulosidad rozaba el ritualismo más estricto. El extraño debía primero aguardar, recluido en una celda de espera en las afueras de la ciudad, en lo que se denominaba el tiempo de decantación, cuyo fin era permitir que los perros se acostumbrasen paulatinamente a su olor. Paralelamente, el batonio anfitrión, responsable del advenedizo, tenía por sagrada obligación distribuir entre la población canina prendas usadas del forastero —camisas, pañuelos, mantas e incluso calzado— a fin de que todos los perros, sin excepción, pudiesen olfatear, memorizar y, con suerte, aceptar la esencia del visitante.

Esta fase solía prolongarse por no menos de siete días, y al completarse, se procedía al segundo acto del protocolo: el Paseo del Olvido. Durante este, el forastero era acompañado por dos batonios de sangre ilustre o al menos de probada confianza, y juntos recorrían callejuelas, plazas y avenidas, siendo objeto de un seguimiento riguroso. Se anotaban los ladridos —en número, intensidad y duración—, y se comparaban las reacciones de los canes por zonas, horas y condiciones atmosféricas. A partir de esta recolección de datos —que incluía notas olfativas cruzadas y perfiles caninos archivados durante generaciones—, se aplicaba un algoritmo secreto, legado por sabios batonios de otrora, que arrojaba una ratio de aceptación olfativa.

Dicha cifra no era mero capricho estadístico, sino auténtico salvoconducto, medida justa y definitiva para determinar si el extranjero podía circular libremente por la ciudad o debía ser recluido en los márgenes, bajo perpetua vigilancia. No existía apelación posible, pues se sabía que el juicio de los perros era más justo, más certero y desinteresado que el de los hombres.

Debido a la complejidad de tales procedimientos y al carácter intrínsecamente reacio del pueblo batonio a alterar el equilibrio de su ciudad, recaía siempre sobre ellos la responsabilidad de desplazarse más allá de sus fronteras cuando era menester parlamentar con extranjeros. Aunque lo hacían con visible desgana y gesto ceñudo, no podían escapar del todo a esta necesidad de intercambios. Mas aún en sus viajes llevaban consigo fragmentos de Batonia —sus olores, sus ritos, sus silencios—, como si de embajadores del alma mineral de su ciudad se tratase, y jamás se les escuchaba decir palabra innecesaria ni mostrar en su porte más emoción que la que dicta el decoro de los ancestros.

32.

La educación de los perros en Batonia, lejos de ser un asunto doméstico o trivial, se erige como uno de los pilares sagrados del orden civil y espiritual de la comunidad. Desde el mismo instante en que un cachorro ve la luz bajo el alero de una casa batoniana, comienza para él un proceso lento y reverente de instrucción, en el que no se emplean gritos ni castigos, sino ejemplos silenciosos, repeticiones solemnes y miradas cargadas de significado. Se dice que el perro batonio no aprende por adiestramiento, sino por convivencia ritual: se le enseña a discernir los olores que conforman el alma colectiva de la ciudad, a distinguir la calma del deber del frenesí del foráneo, y a responder con mesura —o con fiereza contenida— según el mandato de su instinto, afinado por generaciones de convivencia austera.

El cachorro crece entre silencios, observando los ritos del amanecer y del anochecer, las abluciones de los ancianos, los lentos paseos vespertinos por las callejuelas de piedra húmeda. Aprende a no ladrar si no es estrictamente necesario, pues un ladrido en Batonia tiene el valor de una campanada o de un decreto: ha de ser mesurado, exacto y cargado de intención. Se entrena su olfato no con cebos ni artificios, sino con reliquias humanas: paños sudados, maderas impregnadas de los gestos de sus dueños, cenizas de ropas antiguas que han sido quemadas con solemnidad para sellar un ciclo de existencia.

Con tal sensibilidad desarrollada, no ha de extrañar que cualquier forastero que deseare pisar las vetustas piedras de la ciudad, deba ser, ante todo, aceptado por los perros. Y no mediante aprobación súbita, sino por un proceso minucioso de olfateo prolongado, dilatado en el tiempo, hasta que la esencia del visitante forme parte, aunque sea de modo provisional, del tapiz invisible de olores que define el orden batonio.

Fue así como, semanas antes de emprender el viaje hacia la ciudad del castillo milenario, Salce, la doctora Kapusca y Samuel el Hambriento, acatando con reverencia las instrucciones del Partido, entregaron sendos fardos de ropa usada, calzado viejo, pañuelos de cuello, guantes de trabajo y mantas personales. Cada prenda iba marcada con el nombre del oferente y su número de identificación odorífera, pues en Batonia no se concibe la identidad sin el registro de su huella olfativa.

Dichas pertenencias fueron remitidas, en cajas lacradas con cera del mediodía, a la Casa de Aceptación Canina, una institución semiclandestina cuyo acceso está vetado a los no iniciados, y donde expertos en la armonía entre especie y ciudad ejecutan, durante siete días exactos, la ceremonia de la ‘olfactatio ritualis’. Cada día, los perros son convocados por barrios y por linajes a oler las prendas, a caminar junto a ellas, a dormir entre ellas si así lo desean. Se anotan sus reacciones en papiros oficiales y se graban sus gestos en cilindros de cera. Si alguno de los canes rechaza un olor con manifiesta hostilidad, se repite la exposición hasta tres veces, y si persiste el rechazo, se emite una alerta que puede incluso impedir la entrada del individuo en cuestión.

No fue este el caso de nuestros tres viajeros. Sus olores fueron, por fortuna o por gracia, bien recibidos. Un perro sabio de la calle Baja de los Curtidores, anciano entre los suyos, olfateó las botas de Samuel el Hambriento, y tras hacerlo, se tumbó a su lado con un suspiro largo, como quien reconoce un eco olvidado. Fue entonces que el algoritmo ancestral, inscrito en pergaminos que no admiten corrección, dictaminó: “Nivel de aceptación: Aprobado con observación vigilante”.

Con este veredicto, los pasos de los tres peregrinos quedaron autorizados. El olor ya era parte del aire batonio. El resto, como dirían los ancianos, dependía del alma.

Una vez el veredicto de aceptación olfativa ha sido pronunciado por los custodios de la Casa de Aceptación Canina, y los perros han otorgado su tácito asentimiento mediante el silencio vigilante de sus hocicos y la quietud de sus cuerpos, llega el momento solemne del ‘Iter Oblivionis’, conocido entre los batonios como el Paseo del Olvido. No se trata de un simple recorrido por la urbe, ni de una ceremonia de bienvenida: es, más bien, un acto de purificación, una forma de renuncia silenciosa a todo aquello que el extranjero fue antes de cruzar las fronteras de Batonia.

El Paseo del Olvido se inicia a la hora tercera tras el orto, cuando la niebla aún lame los adoquines y las sombras de los aleros se alargan como dedos de una memoria que se resiste a ser borrada. El foráneo, vestido con prendas sin distintivos —sólo lino crudo y sandalias de cuero sin curtir— es acompañado por dos batonios de confianza, que han de actuar como testigos del tránsito y garantes del silencio. Estos acompañantes portan báculos de fresno, no como defensa, sino como símbolo de la estabilidad que ofrece la ciudad al espíritu extranjero que se somete a su norma.

El recorrido comienza en la Plazuela del Primer Nombre, donde una inscripción tallada en piedra recuerda: “Aquí comienza el olvido, aquí se deja de ser uno para comenzar a ser parte”. Desde allí, las calles se estrechan, y el forastero debe pasar por el Callejón del Aliento Estanco, donde los perros más ancianos, considerados oráculos por su sabiduría olfativa, aguardan en perfecto orden a los lados del camino. Se dice que, si uno de ellos se levanta y sigue por unos pasos al caminante, es señal de buen augurio. Si todos permanecen echados, es porque aceptan pero no celebran.

Tras ello, el peregrino llega al Arco del Silencio, bajo el cual ha de detenerse y emitir un único pensamiento en voz alta, una frase que contenga lo que desea dejar atrás. No hay testigos que escuchen —ni los batonios que le escoltan, ni los escribas que registran el trayecto osan acercarse—, pues lo que se pronuncia allí queda sellado en el aire, ofrecido a los vientos que habitan los patios interiores de la ciudad. El arco devuelve un eco sordo, y ese eco es lo que la ciudad acepta como tributo.

Luego se continúa por la Vía de los Antepasados Imaginarios, donde estatuas sin rostro, cubiertas por velos de musgo, representan todas las vidas que uno pudo haber llevado, pero no vivió. Y, por último, el caminante accede al Umbral de Concordia, donde sus escoltas le ceden un anillo de barro cocido con el emblema de Batonia —una torre sin puerta—, y le invitan a beber un sorbo de agua del cuenco de piedra, cuyas fuentes se nutren del río Gacela y que, según se cuenta, guarda en sus minerales la memoria de los que llegaron y se quedaron.

Concluido el Paseo del Olvido, el foráneo ya no es del todo extranjero, pero tampoco es todavía batonio. Ha comenzado el tránsito, y la ciudad, en su silencio milenario, lo observa. Ya puede caminar por las calles sin escolta, pero sabrá que en cada esquina un perro atento, una anciana desde su ventana o un niño de ojos inmóviles lo medirán con la vara invisible de los que han sido entrenados a no olvidar jamás aquello que debe ser olvidado.

33.

Aquel Paseo del Olvido, destinado a inscribirse en el registro sin sobresaltos ni gestos, pronto reveló su diferencia con los del pasado. No por desobediencia de sus pasos o por impaciencia ante el rito, sino por lo que aconteció al llegar al Arco del Silencio, donde el alma ha de pronunciar, y con ello liberar, aquello que desea dejar atrás.

El primero en cruzar fue Salce, siempre prudente, cuya figura parecía diluirse entre la niebla como si ya perteneciese a las sombras mismas de Batonia. Se detuvo, cerró los ojos, susurró lo suyo y cruzó sin más, sin levantar ni el más leve interés de los perros oraculares, que permanecieron echados, en perfecta indiferencia, como si ya lo conocieran desde antiguo.

Le siguió la doctora Kapusca, quien avanzó con andar firme, aunque no sin una tensión interna que podía percibirse en la rigidez de sus hombros. Al llegar bajo el Arco del Silencio, sus labios se movieron apenas, y su voz —aunque inaudible para los presentes— dejó escapar una frase que los vientos no quisieron llevar. Fue entonces que uno de los perros, un can vetusto de orejas rasgadas y mirada de ceniza, se alzó y caminó hacia ella, olfateándola con lentitud reverente. No hubo gruñido ni ladrido, pero el gesto no pasó desapercibido. Los escribas tomaron nota. Tal manifestación no era condena, sino advertencia: la ciudad aceptaba su presencia, pero vigilante, como se observa a un médium que oculta demasiados muertos.

El incidente mayor, sin embargo, lo protagonizó Samuel el Hambriento, cuya alma nunca ha sido del todo domesticable, ni siquiera por los ritos de las civilizaciones más antiguas. Al llegar su turno, Samuel se detuvo bajo el arco con gesto solemne, pero en vez de susurrar una frase, rompió el silencio con una carcajada repentina y crispada, como si el olvido no le mereciera. “No dejaré nada atrás —proclamó, desafiante—, pues todo cuanto soy me ha traído hasta aquí”. El eco de sus palabras rebotó en las piedras del pasaje, grave y desafinado, como si la misma arquitectura reprochase su atrevimiento.

Al instante, tres perros se levantaron al unísono. Uno de ellos —un ejemplar joven de pelaje rojizo— corrió hasta Samuel y le dio un suave mordisco en la pantorrilla izquierda, no con saña, sino con clara intención de marcar. Los otros lo rodearon en un semicírculo, ladrando, una sola vez, al unísono, como si recitaran un veredicto.

Los escoltas de Samuel intervinieron con calma ritual, cubriéndolo con sus báculos invertidos —signo de protección ante el juicio simbólico— y lo condujeron sin más dilación al final del trayecto. Aquel mordisco fue registrado, no como infracción, sino como señal de que el espíritu de Samuel no estaba dispuesto a olvidar, y que Batonia no lo olvidaría a él.

En adelante, los tres viajeros pudieron moverse libremente por la ciudad. Pero allí donde Kapusca cruzaba, el viejo perro de mirada cenicienta se detenía a observarla, y donde Samuel caminaba, el can de pelaje rojizo a menudo le seguía de lejos, como si aguardase un segundo acto aún por escribirse.

—Por ahora, deberán permanecer en este lugar —declaró el guardia con voz grave, sin mirarme siquiera, como si ya se hubiera pronunciado un oráculo que no admite réplica—. Vos, acompañadme.

La doctora Kapusca no opuso palabra alguna. Me concedió su venia con un leve movimiento de cabeza, tan parco y mesurado como era habitual en ella, gesto que en su mundo equivalía a una efusiva despedida. En su mirada, sin embargo, percibí una chispa de inquietud, oculta bajo su acostumbrado velo de serenidad.

Samuel, en cambio, no supo —o no quiso— disimular su fastidio. Era hombre al que le repelían los espacios intermedios, los silencios prolongados y las dilaciones que no llevan a ninguna parte. Los paréntesis vitales, como solía llamarlos, le sabían a derrota.

—Necesito un trago, por los cielos —exclamó, con voz entre irónica y desesperada, mientras se acercaba a uno de los guardianes apostados junto a los carromatos—. Decidme, buen hombre, ¿qué contenéis en esas cajas que allí reposan como cofres de tesoro en alguna gesta antigua?

El guardia, hombre ancho de espaldas y con una nariz como de halcón encallecido por el viento, clavó en Samuel una mirada fugaz, y luego soltó una risotada que más parecía un bufido cordial que una burla.

—Solo sacos de garbanzos, viajero —respondió, señalando con el mentón el cargamento—. El licor de cereales lo guardamos con más recato, en la garita donde el frío no logra penetrar ni en las madrugadas más severas. Mas vos me caéis bien, no sabría decir por qué. Tal vez por esa capa deshilachada que portáis con dignidad, o por la forma en que vuestros ojos se mueven con la alerta de quien ha vigilado muchas noches sin hoguera. Entrad, pues, vos y la señora doctora, si así lo desea. Os convido al mejor aguardiente batonio que jamás haya traspasado garganta humana sin dejar huella de fuego. Vuestro compañero va a demorarse más de lo que creéis… salvo que uno de nuestros perros haya considerado su presencia no grata. Casos ha habido, y no pocos.

Y diciendo esto, soltó una risa seca, como de leño al quebrarse, mientras abría de par en par la puerta de la garita. El interior, alumbrado por un farol de aceite colgado del techo, despedía un calor modesto y un olor fuerte a enebro, cuero viejo y conversación sin testigos.

Samuel intercambió una mirada con Kapusca, cuyo rostro no denotaba entusiasmo ni repulsa, tan solo la aceptación serena del próximo acto. Sin esperar más, ambos cruzaron el umbral como huéspedes extraños en una taberna del tiempo, mientras yo, guiado por el otro guardia, desaparecía por un pasaje flanqueado de estatuas erosionadas, rumbo al lugar donde el visitante debe ofrecer algo más que documentos: su memoria, su nombre antiguo y el eco de su voluntad.

El interior, si bien exiguo, desprendía un calor reconfortante que contrastaba con la humedad densa del aire exterior. En una repisa toscamente ensamblada reposaban varias botellas de vidrio verdoso, alineadas como centinelas de un pasado destilado. Un brasero de hierro forjado crepitaba suavemente en un rincón, mientras una piel de cabra curtida hacía las veces de alfombra bajo los pies.

—Tomad asiento —dijo el guardia, que hasta entonces no había revelado su nombre, señalando dos bancos de madera adosados a las paredes—. No todos los días recibimos huéspedes con tantos permisos y advertencias. Sois, me atrevo a decir, una rareza.

Samuel, siempre afín a la inmediatez del espíritu, se dejó caer sobre uno de los bancos y tomó con manos seguras la copa que el batonio le ofrecía. Olfateó con reverencia el contenido y, tras un breve asentimiento, bebió con el fervor de un acólito ante su cáliz.

—No miente vuestra lengua —dijo, limpiándose la comisura de los labios con el dorso de la mano—. Es aguardiente como los antiguos mandaban: fuerte como el juicio, claro como la intención y con el gusto de una ofensa bien dicha.

El guardia rio con aprobación, mientras servía una segunda copa a la doctora Kapusca, quien la aceptó sin decir palabra. Sus dedos largos y pálidos rodearon el vaso como si se tratara de una reliquia. Olió el contenido, pero no bebió al instante. Su mirada, mientras tanto, recorría con parsimonia el recinto, deteniéndose en los objetos colgados en las paredes: una lanza de punta oxidada, una tabla con marcas talladas a cuchillo, un pergamino amarillento sellado con el emblema de la Flor de Ceniza.

—¿Qué significan esas marcas? —preguntó Kapusca al fin, con voz baja pero clara, señalando la tabla de madera horadada.

—Ah… —musitó el guardia, volviéndose hacia ella con un respeto súbito—. Son los nombres de los que no pasaron. No muertos, necesariamente, pero sí olvidados por la ciudad. El que fracasa en el Paseo, sea por los perros o por su propio espíritu quebrado, queda borrado de los libros, de los censos y hasta de las oraciones. Solo nosotros, los del umbral, recordamos sus nombres. Y ni siquiera los pronunciamos.

Samuel dejó su copa sobre la mesa con lentitud. El relámpago de su humor se apagó por un instante.

—Y si uno de los nuestros… si Alvar… —comenzó a decir, pero no concluyó la frase.

—Si su amigo no vuelve, o vuelve sin haber sido reconocido, no será Alvar, ni será vuestro. Será otro. O será nada —sentenció el guardia, mientras llenaba nuevamente las copas—. Brindemos, pues, mientras aún somos quienes creemos ser.

La doctora Kapusca, esta vez, llevó la copa a los labios. No bebió más que un sorbo, pero sus ojos brillaron un instante como si hubiesen visto el reflejo de un futuro incierto arder al fondo del vaso. Samuel, silencioso ahora, asintió con gravedad, mientras afuera, tras los muros, se alzaba el murmullo lejano de ladridos dispersos, como ecos de una ceremonia antigua que comenzaba a desvelarse en las calles brumosas de Batonia.

34.

Con gran pesadumbre en el ánimo, observaba la escena ante mí, la cual, lejos de infundirme alguna clase de consuelo, solo aumentaba mi zozobra. El no animarme a regresar a Batonia después de tantos años de ausencia no era solo fruto de la prudencia, sino de un sentimiento profundo que me atenazaba las entrañas, la certeza palpable de que podía ser atacado en cualquier momento por los temidos perros de la ciudad, criaturas tan indómitas como la misma tierra que pisaban, con ojos llenos de una desconfianza ancestral hacia todo lo que no formaba parte de su orden, su mundo cerrado y hermético.

Pero, al mismo tiempo, me veía atrapado en una extraña paradoja, pues mientras observaba a mis compañeros charlar animosamente con el guardián de la garita, aceptando su invitación a beber el licor más preciado de esta tierra, sentía cómo un peso creciente se posaba sobre mis hombros. Ellos, ajenos al turbio océano de pensamientos que me envolvía, se deleitaban en la calma que parecía reinar entre las paredes de aquella garita, mientras que, a mí, ni un sorbo de ese elixir de los dioses se me otorgaba, a pesar de que mi vida pendía de un hilo, colgada entre la decisión de dar un paso más hacia lo desconocido o regresar al punto de partida, retroceder a la seguridad de la indiferencia y el olvido.

No podía negar, sin embargo, que aquella sensación era la esencia misma de lo que significa ser un Buscador. Una vocación elegida no por vanidad, ni por deseo de gloria, sino por la inevitabilidad de abrazar el sacrificio sin esperanza de recompensa, más allá de la efímera consideración de la comunidad. La vida, al fin y al cabo, no es más que un bien fugaz, y el Buscador la entrega como un incienso que se consume en el altar del deber.

Y es que esa era la cruel verdad que había de acompañarme en cada paso que daba en ese fatídico camino: un Buscador debía estar preparado para los trances más oscuros, enfrentarse al horror y a la muerte con la serenidad de quien sabe que no hay retorno, que la única salida está en la rendición, en la aceptación del fin como un acto de honor. Porque, a fin de cuentas, el sacrificio no tenía otro propósito que el de asegurar el bienestar de los demás, que, al ser aceptado por la comunidad, convertía al Buscador en un héroe. Pero, en su misma paradoja, esa misma vida heroica no era más que un reflejo de la muerte que, en última instancia, le esperaba.

Las recompensas de ser un Buscador eran claras para todos, y aun sabiendo que los honores se ganaban con la misma facilidad con la que se juega con fuego, nadie había sido capaz de rechazar la propuesta cuando llegaba el momento. Era como si un destino inexorable se encargara de ofrecer la misión en el momento más adecuado, sabiendo que el candidato aceptaría sin reservas, que el peso de la responsabilidad recaería sobre sus hombros con la fuerza de una condena que no se podía evadir.

El ofrecimiento, como una sombra sin rostro, no se hacía antes de conocer la disposición del elegido. Sabían, en las altas esferas del Partido, que solo aquellos que estaban dispuestos a sacrificarlo todo, a perderse a sí mismos, serían los que aceptarían la llamada. No había lugar para vacilaciones en la mente de un Buscador, porque ese vacío se llenaba solo con el conocimiento de que el futuro, el destino, ya no les pertenecía. Todo estaba sellado en un pacto silencioso entre el individuo y el mundo que lo rodeaba.

Con un suspiro profundo, me alejó la consciencia de esa verdad, mientras una parte de mí deseaba regresar al pasado, cuando la vida no estaba marcada por una carga tan pesada. Pero la decisión, como siempre, ya estaba tomada, y el futuro era solo un camino por recorrer, uno que, inevitablemente, me conduciría a la ciudad de Batonia, a enfrentarme a lo que sea que aguardara en las sombras de su singular y temible naturaleza.

Cuando el intendente Timeo me convocó a su despacho, yo ya había pasado al menos cinco años sometido a rigurosos exámenes y pruebas psicológicas. A pesar de que el propósito formal de todo aquello parecía un simple negociado administrativo, lo cierto es que el proceso era mucho más complejo, más intrincado de lo que cualquier mente ordinaria podría imaginar. Los resultados de esos exámenes, de esa interminable serie de pruebas, no solo serían revelados si sobresalían de manera sobresaliente en comparación con el resto, sino que, de ser así, el candidato elegido ni siquiera se hallaba consciente de ser observado. Era como un juego de sombras, una danza de decisiones que se tomaban en las altas esferas, y donde el candidato solo se veía empujado por la corriente de lo que se decidía para él, sin poder intervenir, sin siquiera saber que estaba siendo observado.

Era más que probable que mis propios exámenes, mis evaluaciones, fueran algo diferentes a los de mis compañeros, que el estado me estuviera poniendo a prueba más de lo que nosotros, simples mortales, éramos capaces de percibir. Existía una lista de candidatos, un listado que solo la élite de las intendencias conocía, un compendio de nombres y destinos entrelazados que no se revelaban sino hasta que el momento, el más oportuno, llegara. Y yo, tal vez, era solo una pieza en ese intrincado engranaje del destino, esperando a que mi turno llegara, esperando a que los hilos invisibles del poder se movieran por sí mismos, y me condujeran hacia el sendero que, si era afortunado, me llevaría a cumplir una misión trascendental.

En la vida, hay momentos, muchos de ellos, que están fuera de nuestro control. Momentos de espera, esos que no dependen de nosotros, en los que estamos sumidos en la incertidumbre, aguardando la decisión de otros, sea esta una persona cercana, un ser querido, o bien un completo desconocido de quien dependemos solo por capricho del destino. Ya fueran nuestras parejas, nuestros compañeros de unidad, o los extraños que de algún modo llegan a tocar nuestras vidas, todos esos instantes de espera, todos esos minutos que se arrastran en el vacío de lo no resuelto, son lo que más a menudo no se valora, no se reconoce. Esos momentos en los que estamos a la deriva, esperando una palabra, una señal, un simple gesto que nos indique el camino a seguir.

Para muchos, esas horas perdidas, esos instantes de vacuidad, parecen nada más que una pérdida de tiempo, un mal necesario para alcanzar la meta. Pero yo, sin embargo, los vivía con una intensidad deliciosa. La incertidumbre era una especia amarga, pero fascinante, un elixir que ponía mi mente en constante ebullición. Porque, en la duda, en ese lugar sombrío donde todo se encuentra aún por determinar, se esconden mil opciones, mil caminos posibles, y solo uno de ellos será el elegido. Las posibilidades parecían infinitas, una red de hilos entrelazados esperando a ser desenredados por la mano del destino. Mi mente bullía, navegaba entre todas esas opciones, aguardando el momento preciso en que algún signo, por pequeño que fuera, decidiera por mí.

Esperaba, expectante, el primer gesto que descartara la mitad de las hipótesis, que me permitiera caminar en una dirección más clara, más precisa. Que ese primer movimiento, ese pequeño indicio, abriera las puertas a un futuro nuevo, a un destino distinto, iluminado por la claridad de una decisión tomada. Y entonces, un escenario oscuro, una incertidumbre que parecía devorar todo a su paso, se tornaría de pronto en luminoso, resplandeciente. Que lo que hasta ese momento había sido solo un día de tedio, un día más en la interminable fila del tiempo, se transformara sin previo aviso en un día que quedara marcado para siempre en la memoria. En esos momentos, me daba cuenta de que el futuro no solo está hecho de decisiones, sino de la ansiedad que las precede, de la esperanza que se esconde en la espera, en ese espacio entre lo que es y lo que podría ser. Y esa, quizás, es la verdadera esencia del ser humano: vivir entre lo que ha sido y lo que aún está por ser, siempre en tensión, siempre esperando, siempre soñando.

35.

El guardia se presentó ante mí, su figura destacándose contra la penumbra que ya comenzaba a envolver el paisaje, con una gabardina en la mano. Llevaba consigo la suya propia, un vestuario ya asentado sobre su cuerpo, pero la que empuñaba, con gesto que no dejaba lugar a dudas, era para mí. En ese instante, el velo de la incertidumbre se levantó ligeramente, y pude entrever que la naturaleza de mi destino ya había tomado forma. No necesitaba más señales, pues algo en el aire, algo en su porte, me revelaba que mi camino tomaría una dirección distinta a la de mis compañeros. Ya no era uno más, ya no era parte de la travesía común. Yo, el Buscador, había sido señalado, y mi futuro se encontraba marcado por una senda que exigía, antes que todo, mi aceptación por los guardianes de Batonia. La entrada no era algo que pudiera ser decidido a la ligera, sino que, como todo rito en esta tierra de tradiciones tan firmemente enraizadas, requeriría primero que se me reconociera, que se me aceptara en la dimensión de lo que había sido determinado para mí.

Sabía, en lo más profundo de mi ser, que el paso siguiente sería el de una negociación, una danza que tendría que ser realizada con delicadeza, tanto en el cuándo como en el cómo. La entrada de mis compañeros no era algo que se permitiría sin que se cumpliera con la estricta observancia de las reglas, sin que se tomaran en cuenta todos los aspectos que la vida en Batonia exigía de los forasteros. Los batonios, en su infinita rigurosidad, no dejaban espacio para el azar ni para la improvisación. Cada acto, cada movimiento, debía ser planeado con precisión matemática, y no sería sino hasta que mi presencia fuera aceptada y mi rol validado que se abrirían las puertas para el resto de mi grupo. La carga de mi responsabilidad era más pesada que cualquier peso físico, pues en ese momento se hallaba suspendida sobre mis hombros la balanza de la entrada a Batonia, y el equilibrio de esa balanza solo lo definiría mi aceptación dentro de sus muros, un proceso que iría más allá de mis deseos o temores personales.

De manera tácita, comprendí que mi misión en este lugar, tan ajeno a todo lo que había conocido, requería un nivel de sacrificio aún mayor al que me había imaginado en los días previos. Ya no era solo cuestión de avanzar en el camino, sino de ser aceptado en él, y una vez alcanzada esa aceptación, sería el momento de negociar el futuro de todos los que me acompañaban. Sabía que las reglas que regían ese universo eran férreas, que nada se daba por sentado, que todo debía ser ganado a pulso, que todo debía pasar primero por la mirada escrutadora de aquellos que tenían el poder de decidir sobre nuestras vidas. Y así, con una mezcla de determinación y resignación, acepté el destino que se me presentaba.

La gabardina que el guardia me ofreciera exhalaba un efluvio denso, inconfundible, que de inmediato me golpeó con la violencia sutil de los recuerdos antiguos: el olor inconfundible del cuartel, mezcla de lino curtido, sudor asentado y el acre dulzor del licor de cereales, aquel mismo que emborrachaba no sólo los sentidos sino también los cimientos mismos del alma batonia. Era, más que un simple aroma, una impronta invisible, una señal de pertenencia indeleble, el hálito mismo de la tierra de Batonia, adherido a todo cuanto en ella nace y vive. Ese olor lo reconocían los perros al primer respiro, como si fueran ellos los verdaderos guardianes de la identidad de la ciudad, y no aquellos hombres que vigilaban con sus lanzas de metal y sus ojos entrenados.

Aquel olor era el primero que envolvía al recién nacido, impregnando su carne y sus huesos al ser envuelto en la manta ceremonial del alumbramiento, que en Batonia era la misma para todos: un tejido áspero, gris, casi siempre húmedo por el aliento de la tradición. Era el mismo perfume que colmaba las estancias del hogar, que subía de los edredones en las largas noches de invierno, que saturaba la cuna donde por vez primera se cerraban los ojos al mundo, y que también se entretejía en la leche tibia, en el aliento de la madre, en la calidez de los primeros abrazos.

Los perros lo sabían, porque ellos mismos, al venir al mundo, eran recibidos en mantas similares, compartiendo así con sus amos una esencia común, una familiaridad olfativa que les confería pertenencia, identidad y confianza. Tal era el poder de este aroma primigenio, que incluso las bestias se sabían parte del todo.

Y yo, que ya no lo era. Yo, que en otro tiempo fui uno con esa esencia, pero que me había visto arrancado de ella, desterrado al mundo exterior por la voluntad de mis padres, me encontraba ahora de nuevo enfrentado a ese aliento profundo de mi ciudad natal. Me envolvía como un sudario cálido, susurrándome lo que habría sido y ya no era. Pues, en efecto, bien pudiera haber sido uno de aquellos dos guardianes, uno más de entre los rostros inmutables que velan las fronteras de Batonia con mirada severa y palabra escasa. O bien podría haberme visto destinado a las faenas del campo, entre los barbechos húmedos que flanquean el Gacela, sembrando y segando con el mismo ritmo que dicta el calendario lunar de la ciudad. O tal vez —y esta idea me caló con un escalofrío de posibilidad extinguida— hubiese podido ser uno de los escasos iniciados en el arte antiguo y secreto de la destilación del licor batonio, el néctar áureo cuyo método de elaboración aún permanece vedado a todos los forasteros, objeto de codicia en los mercados exteriores y sustento moral de la comunidad.

Y, sin embargo, no fui nada de ello. Me alejé de esa ruta trazada por los dioses antiguos del linaje y del deber, y emprendí el sendero incierto del Buscador, el camino del que no se vuelve igual. Y ahora, con esa gabardina en mis hombros, con aquel olor que en otro tiempo fue mío y ya me era ajeno, comprendí que todo retorno es también un juicio.

Pero mi estirpe, como tantas otras almas antaño enraizadas en los lares de Batonia, quebró sus vínculos con la tierra madre llevada por el espejismo de una vida más ancha, por la embriaguez de esperanzas que, si no muertas, fueron en algún momento malheridas por los embates del desencanto. Era Batonia, incluso entonces, una comarca de márgenes estrechos, donde la competencia, cual lobo hambriento, acecha en cada esquina, y la juventud, aún vibrante en sus carnes, se alza con ímpetus de conquista, anhelando mostrar al mundo su valía sin más lastre que el de sus propias ambiciones. Queríamos ser vistos, reconocidos, celebrados por nuestras obras, no por el linaje ni por la mansedumbre al orden legado.

Mi padre, hombre de agudo temple y mirada inconforme, fue de aquellos que sintieron pronto el ardor de la fuga: huir del designio trazado por otros, romper con el yugo invisible de las tradiciones, escapar de las servidumbres impuestas por unos poderes rancios, anquilosados, casi siempre corruptos. No le condeno, no ahora, pues en aquellos días su gesto era fuego. Su decisión fue clara y resuelta: quebrar el ciclo, llevar consigo a toda su estirpe y abrir paso a un destino que no oliera a polvo viejo ni a mandamientos heredados. Buscó horizontes limpios, campos nuevos donde sus hijos pudiesen crecer con la frente erguida, sin el peso de las deudas contraídas por generaciones anteriores, sin la mirada vigilante del Consejo Batonio, sin la sombra del castillo que lo observa todo desde el cerro como un dios en ruinas.

Y así, el que naciera bajo los tejados de Batonia, acabó por tomar residencia en la más luminosa de las ciudades de Occidente: la vasta, bulliciosa Legiria. Allí, entre avenidas rumorosas y foros donde aún se discutía con fervor, creyó hallar libertad. Y la halló. Pero no por mucho tiempo.

Pues aquel mismo fuego que lo condujera a desobedecer las viejas leyes, se extinguió cuando su nombre, por obra de méritos ciertos y favores útiles, se inscribió en las nóminas del poder. Y con el cargo, llegó el conformismo; con el aplauso, el miedo al riesgo; con el sillón, el olvido. Su revolución se tornó paz sellada con cera gris, su impulso inicial, una cómoda costumbre.

Nosotros, sus hijos —mi generación y algunas otras—, contemplamos aquel apaciguamiento no como madurez, sino como traición. Lo que para ellos fue progreso, para nosotros fue despojo. Lo que para ellos significaba victoria sobre los dogmas de Batonia, para nosotros era ruina erigida sobre promesas incumplidas.

Y no nos quedó otra. Como los hijos de toda gran revuelta, alzamos nuestras voces y manos contra el mundo que ellos construyeron con tanto ahínco. Las instituciones que fundaron con su sangre y su ambición nos parecieron envilecidas por la podredumbre del clientelismo y la avaricia. Aquellas leyes que dictaron en nombre de la libertad se tornaron cadenas nuevas, más suaves, pero no menos férreas. Y en pocos años, como una ola inevitable, barrimos cuanto ellos edificaron, no por despecho, sino por pura necesidad de sobrevivir en la verdad.

Pues en nuestro tiempo —el de los Buscadores— no hay más alternativa que la demolición de lo que no sirve, así lo hayan alzado nuestros padres.

36.

—Hace no tantos meses murió en estas tierras un varón de la casa Sargolás —me dijo el guardián mientras cruzábamos, a paso lento, el tramo medio del puente, entre las aguas calladas y las nubes detenidas sobre nuestras cabezas—. Tal vez, quién sabe, fuera sangre de la vuestra. ¿Lo sabéis vos acaso?

—No —respondí con la serenidad que otorga la certeza de la ignorancia—. Ningún rostro ni nombre conservo de mis deudos en Batonia. Mis padres, tan pronto partimos, nunca más miraron hacia atrás, ni en palabra ni en gesto hicieron memoria de aquella supuesta parentela que aquí dejamos. De mi infancia solo retengo brumas: estampas de piedra húmeda, un perro durmiendo al sol, el murmullo de una lengua que ya no es la mía.

El guardián asintió en silencio, como quien entiende más de lo que dice, y luego, con voz un tanto grave pero sin acritud, apostilló:

—Una lástima verdadera. Pues creedme cuando os digo que, para con los que nacieron en esta tierra y luego partieron, jamás cerramos las puertas. A los hijos ausentes se les guarda lugar junto al fuego, y su nombre nunca se borra del libro de los retornos. Aquí, los que se fueron, si vuelven, son recibidos con vino, palabras medidas y la honra intacta. Pero sí, si vuestra familia partió hace ya unos veinte inviernos, me atrevería a decir que la causa probable fue el azote del Gusano Bravo.

—¿Gusano Bravo? —repetí, casi incrédulo, pues el nombre me era del todo ajeno—. Nunca oí tal palabra, ni en relatos ni en informes.

El guardián ladeó la cabeza, y en sus ojos se encendió una chispa de antiguo temor mal olvidado.

—Ya me lo temía… En otros lares no se guarda memoria de nuestras pestes, ni de nuestras bestias. Mas aquí, quien vivió aquellos días, no puede olvidarlo. El Gusano Bravo no fue una criatura de carne, sino una maldición de la tierra misma: ascendía desde lo hondo, desde las simas de sal, y devoraba cuanto hallaba a su paso. No cuerpo ni muro le detenía. Solo el tiempo, el frío y los rezos antiguos lograron ponerle freno. Muchos, en su día, vieron en la marcha el único exilio posible. Tal vez vuestros padres entre ellos. Tal vez, sin nombrarlo nunca, os salvaron.

El guardián me contempló entonces con una mirada teñida de leve desconcierto, como si de súbito se abriera en su mente un resquicio no previsto. Fue la primera vez que vi entreabrirse sus ojos, pequeños y hundidos como los de una criatura de madriguera, mientras una mueca difícil de interpretar se dibujaba, apenas insinuada, bajo su mostacho espeso y endurecido por el clima. Se detuvo en seco sobre las losas húmedas del puente, y allí, sin decir palabra, posó ambas manos sobre la barandilla de hierro forjado, encorvando el cuerpo para dejar caer la vista, como por instinto, sobre las aguas turvas y encharcadas del río Gacela, que fluía abajo con su calma sombría y verdosa.

—Vivíamos bajo el yugo del espanto —musitó, y su voz sonó como un eco ahogado en la niebla matinal—. Usted, por su edad, aún no habría alcanzado la altura de una silla, y con seguridad vuestros padres procuraron cegaros la memoria de tal azote, como es costumbre en aquellos que desean preservar la inocencia de sus vástagos. No se le puede pedir a una mente tierna que soporte la idea del horror constante. Se oculta el pavor con cuentos dulces, se disfrazan los hechos con mitos inofensivos. Así es como los niños, sin saber, duermen tranquilos. Pero yo… yo ya había dejado atrás la infancia. Y bien que lo recuerdo, como se recuerdan los días en que la propia sombra parece densa y viscosa.

Su voz descendía ahora a un susurro, casi como si el río pudiera oírlo y replicar.

—Sufrimos una zozobra continua. Cada semana, sin falta, se tenía noticia de un nuevo deceso. Algunos eran campesinos sorprendidos al amanecer en los ribazos. Otros, pastores o incluso niños que se acercaban al agua sin el debido resguardo. Morían sin saber lo que los había tocado. Era como si la propia tierra conspirase contra nosotros.

—¿Pero se trataba, entonces, de algún parásito, de un brote infeccioso acaso? —pregunté, aunque ya la respuesta parecía clara.

El guardián soltó una breve risa seca, más por desdén que por humor, y negó con la cabeza.

—No, señor. Ni virus, ni hongo, ni enfermedad de laboratorio, como las que tanto preocupan a los legirios. El Gusano Bravo era criatura tangible, visible, temible. De cuerpo largo, húmedo, liso, tan ancho como un brazo de varón maduro, y en su extensión quizá comparable a la talla de un gato doméstico… aunque hubo quienes aseguraban haber visto ejemplares de dimensiones cercanas a la de nuestros perros guardianes. Emergían del río en grupos, como si fuesen soldados sin amo, guiados por un mismo instinto salvaje. Su objetivo era sencillo: buscar carne viva, moverse hacia el calor y morder sin previo aviso.

—¿A los hombres?

—A los hombres también —asintió, con pesadumbre—. Pero en principio fueron tras nuestro ganado. Las cabras, los cerdos, incluso las aves de corral. Al darnos cuenta del peligro, encerramos a todos los animales en las minas abandonadas, donde las galerías aún servían de refugio. Y entonces, privados de su sustento habitual, los gusanos tornaron sus fauces hacia nosotros. No solo mordían: su saliva contenía un veneno espeso, de olor acre, que inflamaba la piel y provocaba fiebres altísimas. Muchos no sobrevivían ni al tercer día, y quienes lo hacían quedaban marcados de por vida por la quemazón de la herida y los delirios del veneno. No eran bestias ciegas ni torpes: cazaban como hienas, en círculo, y saltaban desde el agua con más agilidad que un pez furioso. Aquellos fueron días oscuros, señor. Muy oscuros.

Y por un instante el guardián calló, como si las aguas del Gacela hubiesen vuelto a murmurar un recuerdo que era mejor no haber despertado.

—Mas decidme, os lo ruego —dije, aun con el asombro ceñido al rostro como un vendaval que no cesa—, ¿de qué criatura se trataba entonces? ¿Acaso una suerte de saurio fluvial, emparentado quizá con los cocodrilos que moran en las ciénagas cálidas del mediodía?

El guardián arrugó el ceño como quien ha escuchado una pregunta cien veces y, sin embargo, nunca ha hallado respuesta que lo contente.

—Pues he aquí el misterio que aún nos acompaña como sombra perenne en las noches en que el Gacela brama con voz extraña. Nadie lo supo jamás con certeza. Los escasos que sobrevivieron a sus encuentros y se atrevieron a narrar lo presenciado, hablaban de una bestia de proporciones inciertas, con cabeza que recordaba vagamente la fisonomía de un gato salvaje —orejas cortas, ojos oblicuos, hocico afilado—, pero cuyo cuerpo se alargaba como el de un enorme gusano, todo él sin escamas ni pelo, liso como la piel recién nacida. Decían también que, pese a carecer de extremidades visibles, se desplazaban sobre dos miembros —quizá pseudópodos o patas prensiles— con tal ligereza y presteza, que era vano intentar prever su embestida: lo que uno notaba primero era ya el sablazo, la dentellada sorpresiva en el tobillo, la quemazón que ascendía por la pierna como si el mismo infierno le besase los huesos.

—¿Y jamás se logró capturar uno de aquellos engendros? —interrogué con voz casi incrédula—. ¿Ningún naturalista, ningún miliciano de frontera consiguió abatir alguno para su estudio?

El guardián bufó, no con impaciencia, sino con el cansancio de quien relata una verdad que nadie desea oír.

—Intentos no faltaron, ni coraje entre nuestras filas. ¡Vaya si nos defendimos! Disparos se cruzaron muchas veces, y hubo quien juró ver cómo uno de esos engendros era alcanzado por la munición y caía retorcido sobre el lodo. Mas ay, si alguno era abatido, no pasaban cinco segundos antes de que otros dos o tres surgieran de las aguas para arrastrar consigo el cuerpo del caído. Era como si obedecieran a un código sagrado de los suyos, un pacto entre bestias que no dejaran tras de sí cadáver ni prueba alguna. Cuando uno miraba de nuevo, el lugar ya estaba limpio, como si nada hubiera acontecido. A los diez segundos, uno comenzaba a dudar de su propia cordura, y algunos, os lo aseguro, creyeron haberlo soñado todo.

—¿Y ni rastro de sangre quedaba? ¿Ni un charco mínimo, una gota? ¿Ninguna huella, ni siquiera un miembro desgajado por el impacto de una bala? —inquirí, sintiendo en mi interior cómo se estremecía la lógica.

—Nada —repuso el guardián con voz hueca—. Si hubo sangre, esta se desvanecía con celeridad inusitada, como si fuese humo tocado por la brisa. Algunos decían que la lamían entre ellos con avidez ceremonial, otros creían que se descomponía al contacto con el aire. Hubo incluso teorías que afirmaban que los gusanos bravos se devoraban entre sí como castigo ritual o por necesidad de ocultarse. Mas no hay certidumbre alguna. Todo cuanto sabemos proviene de relatos fragmentarios, de visiones sesgadas por el terror.

—¿Y no se pensó entonces en ponerles trampa alguna? —dije, con un hilo de esperanza racional.

El guardián me miró con una sonrisa triste, cargada de memorias y de imposibilidades.

—Ah, eso, señor mío, fue acaso la más funesta de cuantas determinaciones tomaron los guardianes de aquellos días lóbregos y confusos —replicó el anciano con un deje de amargura en la voz, como si aún le pesara la memoria de lo acontecido—. Porque, en su afán de resolver lo que parecía irresoluble, osaron tender una trampa que no solo fue ineficaz, sino que desató una represalia cuyo horror se grabó en nuestras almas como marca de fuego.

En cierta ocasión, cuando la esperanza languidecía y el consejo de ancianos dudaba entre el exilio forzado o el sacrificio voluntario, se logró —por ventura o por error— capturar a una de aquellas criaturas ignotas, un Gusano Bravo que, al parecer, se había alejado más de lo acostumbrado de la ribera del río Gacela, quizá movido por el hambre, quizá por una orden secreta de los suyos, si es que tales monstruos obedecían alguna forma de voluntad colectiva.

La bestia fue encerrada en una jaula de barrotes dobles y enterrada hasta media altura en una zanja, vigilada por cuatro guardias armados con lanzas de fuego y escopetas de plomo viejo. Mas no habían pasado aún los primeros compases del reloj —apenas unos minutos, según dicen— cuando del interior de aquella jaula surgió un chillido, un canto espantoso, una vibración que no era del todo sonora ni del todo física, sino más bien un eco de los huesos, una resonancia que retumbaba en la médula y arrancaba lágrimas al más curtido de los soldados.

Y he aquí que al poco, en número incontable, surgieron del Gacela los suyos, los de su estirpe, como convocados por aquel aullido ancestral que no entendíamos pero que nuestros cuerpos, de alguna manera, reconocieron como llamado sagrado. Vinieron no en decenas, sino en centenas, tal enjambre de pesadilla que ni la pólvora ni el fuego ni los rezos bastaron para contener. En menos de un suspiro, destrozaron la jaula, despedazaron cuanto hombre o bestia hallaron a su paso, y se retiraron con el cuerpo del preso, como si de un mártir se tratase. Y no acabó allí el castigo, no, por los cielos que nos cubren: durante semanas arremetieron contra nuestras tierras con saña multiplicada, atacando incluso a labriegos que trabajaban en paz en campos alejados de toda agua, como si desearan dejar claro que ningún rincón de Batonia escapaba a su ira.

—Santo Dios… —murmuré, helado.

—Así fue —continuó el guardián, apretando los labios y cruzando los brazos sobre el pecho como para contener el escalofrío de la memoria—. Mas todo cambió cuando hallamos, por fortuna o por designio de lo alto, la antigua leyenda que hablaba de estos entes. Oculta entre los pliegos del códice de Arkandor, un tomo casi olvidado en la cripta de la Casa Alta, se narraba cómo nuestros ancestros lidiaron con criaturas semejantes en tiempos remotos, cuando aún no se hablaba de Batonia como tal, sino de la región de los Siete Meandros.

—¿Una leyenda, decís? —pregunté, sintiendo que los latidos del corazón se acompasaban al ritmo del misterio.

—Sí —afirmó, con una solemnidad que imponía respeto incluso al viento—. Una leyenda tan antigua que parecía fábula, pero que se reveló, en nuestra hora más necesitada, como verdad heredada de tiempos fundacionales. Prestad oídos, pues lo que voy a relataros ha de ser comprendido con el alma abierta al misterio de los siglos —comenzó el guardián, hablando ya no como simple custodio de la ciudad, sino como portavoz de una memoria antigua, casi ritual—. Ved, los asaltos del Gusano Bravo no eran novedad para nuestros anales, ni acontecimiento inédito en los registros del sufrimiento batonio. Ya desde tiempos arcanos, cuando Batonia no era sino un caserío junto al meandro primero del río Gacela, hubo constancia de aquella amenaza subterránea que, cual espectro que duerme en la hondura de la tierra, emergía con saña para cobrarse vidas, asolar rebaños, y dejar a su paso un rastro de fiebre, mordedura y desolación.

Mas lo cierto es que, como suele acontecer en la rueda de los tiempos, el hombre olvida. El horror que en su día es fuego vivo, con el paso de las generaciones se convierte en brasa, luego en ceniza, y por fin en polvo que se lleva el viento del olvido. Así fue como, habiendo transcurrido cuatrocientos años desde el último alzamiento de aquella plaga reptiliana, ya ni nuestros abuelos daban crédito a las viejas historias que sus propios abuelos les contaron. Eran, para ellos, fábulas de ancianos temblorosos, cuentos de fogón para atemorizar a los infantes, adornados con exageraciones y supersticiones. El peligro fue minimizado hasta el extremo de que, llegado cierto momento, ni siquiera se mencionaba. Las nuevas generaciones, ufanas y confiadas, bajaron la guardia.

—Y, sin embargo, alguien recordó —le interrumpí, presintiendo el giro.

—Sí —asintió con gravedad—, por fortuna el destino quiso que un hombre, un tal Alior Nespal, cronista menor sin mucho renombre, tuviera memoria de las historias que su tatarabuela le murmuraba en su lecho, cuando apenas era un infante. Y movido por una intuición o una señal, se adentró en los archivos del Consejo Histórico, allá en la torre de la Casa de las Cúpulas Rojas, donde yacen los documentos más vetustos, sellados en pergamino y cera. Y aunque halló escasa mención concreta a los gusanos —pues ni los escribanos del pasado osaban nombrarlos directamente—, sí dio con una inscripción reveladora.

—¿Un registro? ¿Una crónica?

—No exactamente —aclaró el guardia, con voz que se deslizaba como agua por piedra pulida—, sino el acta sacra de consagración de nuestro actual templo mayor, fechado hace más de cuatro siglos. En él se daban fervientes loas al Altísimo por haber cesado los azotes del Gusano Bravo tras la erección de la nueva iglesia. La frase era ambigua, pero clara en su correlación: “Y cesó la bestia en su cólera, y hubo paz sobre Batonia desde la edificación de esta casa santa.” Desde aquel día, ningún ataque más se registró… hasta hace veinte años.

—¿Y entonces renacieron los males? ¿Por causa de qué? ¿Fue una ira divina, acaso? ¿Nuestros padres abandonaron el culto y vino la retribución?

—¡Oh, no, no se precipite, buen señor! —rio el guardia con un deje cansado, como quien ha oído demasiadas veces esa teoría—. Esa es la explicación de los beatos de templo, los que buscan siempre pecado en los demás. Mas la verdad es más simple y, a la vez, más inquietante. Durante la última guerra —la que azotó la región en tiempos de nuestros abuelos— una bomba alcanzó una de las casas adosadas al muro lateral de la iglesia. La estructura se mantuvo en pie, sí, pero herida en su médula: vigas combadas, cimientos astillados. La familia que allí vivía, sin medios ni auxilio, abandonó la morada, y esta quedó deshabitada, sellada como una tumba sin epitafio. Y así permaneció por décadas, como una grieta abierta en el corazón de la ciudad, una fisura quizás demasiado cerca de lo que alguna vez fue sagrado.

—¿Y entonces…?

—Entonces volvió el Gusano Bravo —dijo en un susurro—. No por castigo divino, sino porque la barrera que dormía bajo aquella casa, la última piedra sagrada colocada en su construcción, se fracturó. Y por esa hendidura… volvió a ascender lo que nunca fue vencido, solo contenido.

—Así fue, tal como decís, que la casa maldita, lóbrega reliquia de una contienda pretérita, quedó sumida en el abandono por espacio de tres décadas, sin que hombre alguno cruzara su umbral ni se interesara por su suerte ruinosa. Las hiedras treparon por sus muros resquebrajados, y en sus entrañas polvorientas anidaron los ecos del olvido. Hasta que, finalmente, las autoridades, deseosas de rehabilitar el contorno del templo mayor y eliminar lo que consideraban un vestigio de afrenta urbanística, decretaron su derribo. Mas fue en el fragor mismo de las obras de demolición donde se consumó el infausto presagio que yacía, agazapado, bajo sus cimientos.

En efecto —prosiguió el guardián, reanudando el paso con andar grave, mientras la bruma del Gacela nos envolvía como un velo de presagios antiguos—, aconteció que uno de los jornaleros, un mozo robusto de buen temple y pocos temores, descendió a lo que antaño fuera el sótano de la vivienda, buscando tal vez materiales aprovechables o cumpliendo sin pensar las órdenes del capataz. Y fue allí, entre escombros y polvo, que sintió de pronto el mordisco invisible de la bestia.

—¿Lo vio? —pregunté, aunque ya sabía la respuesta.

—Nadie vio nada. Solo el alarido desgarrador que heló la sangre de cuantos allí trabajaban. Cuando bajaron en su auxilio, hallaron al infortunado tendido sobre la piedra húmeda, con las piernas abiertas en desgarrones simétricos, los tobillos como labrados por una hoja afilada de fuego. No hubo ni rastro del atacante. Nadie divisó sombra, ni cola, ni silueta alguna. Era como si el azote hubiese venido de la nada, o desde un lugar más antiguo que el tiempo. A los tres días, el mozo expiró, consumido por fiebres que ni los ungüentos ni las oraciones lograron aplacar. Así volvió el Gusano Bravo a ser nombrado entre los vivos.

—Y entonces… —comencé a decir.

—Sí —asintió él con un leve gesto de la cabeza—, entonces se desenterró del polvo de las generaciones el recuerdo de aquella criatura innombrada. Al principio, como es natural en todo siglo descreído, no se le dio crédito alguno. Se habló de serpientes, de herramientas mal dispuestas, de accidentes fortuitos. Pero no pasó mucho tiempo antes de que otros casos se sucedieran: mordidas invisibles, calenturas inexplicables, huellas de sangre que se desvanecían al tocar el aire. Y fue entonces cuando, tras dudar y balbucir, se atrevieron algunos ancianos a pronunciar el nombre prohibido: Gusano Bravo.

—Y buscaron en los archivos, ¿verdad?

—Así es. Pero no de inmediato. Se tardaron semanas, pues la mente moderna, como sabéis, se resiste a mirar atrás. Se prefiere el diagnóstico clínico, la excusa técnica, antes que encarar lo monstruoso. Mas cuando el cuarto cadáver yacía aún sin sepultura, el Consejo de Vigilancia permitió el acceso a los documentos sagrados del Registro Antiguo. Y fue entonces cuando se confirmó lo que algunos ya temían y otros no querían ni oír: la bestia de los abismos, la plaga olvidada, había despertado.

En aquel momento, el guardián detuvo el paso brevemente, y señalando al fondo del camino —donde la silueta de una figura aguardaba bajo un arco de piedra—, musitó con tono solemne:

—Mas dejemos que os lo explique el propio Comendador. Él ha vivido más de lo que yo podría contaros, y conoce la historia como si la llevara tatuada en los huesos. Síganme, que el tiempo apremia y vuestra entrada a Batonia aún no ha sido consagrada.

37.

A la primera víctima de nuestra era —al menos la primera de la que se guarda constancia cierta— se la halló sin vida, entregada a la lenta corriente del río Gacela, allí donde las aguas, tras besar los cimientos de la vieja Batonia, reciben el oscuro tributo de la cloaca mayor, aquel túnel abovedado de mampostería ancestral que escupe, día y noche, los restos líquidos de toda una ciudad en perpetuo sudor. No fueron hombres quienes dieron el primer aviso, sino los perros: guardianes mudos del espíritu de los barrios, testigos de cuanto se oculta bajo la rutina de las calles. Se agruparon frente al muro de piedra que corona la desembocadura del conducto, ladrando con fiereza y corriendo en círculos hasta que los vecinos, alarmados por la insistencia del clamor canino, acudieron a ver el motivo del alboroto.

Y he aquí que, entre los juncos del remanso, flotaba el cuerpo inerme de un varón joven, rostro vuelto al cielo y miembros desmadejados, como si la muerte lo hubiera sorprendido en mitad de un suspiro. Pronto se identificó al finado: se trataba de un jornalero forastero, asalariado por una de aquellas compañías de demolición que, por entonces, llevaban a cabo la descomposición sistemática de un vetusto caserón medieval, situado pared con pared —o más bien, a una escasa callejuela de dos varas de anchura— de la iglesia principal de Batonia.

El edificio, desgastado por los siglos y por la incuria de los hombres, amenazaba ruina desde hacía años, y su cercanía al templo mayor despertaba inquietudes fundadas en la feligresía. Así pues, con el beneplácito del Concejo y el aplauso contenido de muchos vecinos, se acordó su demolición, no sin antes haber escuchado ciertas protestas de quienes vivían en la misma calle, molestos por los cortes al paso y el polvo persistente que turbaba la quietud cotidiana. No obstante, se aceptaba de buen grado el proyecto futuro: una plazuela con jardín y bancos de piedra, donde los ancianos pudieran entregarse a la contemplación vespertina y los niños jugar sin el acecho de muros vencidos por el tiempo.

De primeras, como era costumbre en esta tierra —donde el licor de cereal es compañero leal de toda faena, y hasta los maestros de obras lo beben con destreza aprendida desde mocedad—, se atribuyó el deceso a una intoxicación etílica. Mas no tardaron en desechar esta hipótesis los propios taberneros de la zona, que juraron no haber servido más que un cuenco al difunto, y eso, bien entrada la mañana. Otros, más suspicaces, hablaron de posible riña vecinal o de vieja deuda vengada, pero ninguna voz —ni acusadora ni defensiva— se alzó contra aquel jornalero. Era, según todos, hombre de trato apacible y más aún con los animales: los perros del barrio, tan celosos de su territorio, le tomaban aprecio sincero, pues solía compartir con ellos su pan y sus sobras, y no era raro verlo rodeado de colas agitadas y hocicos expectantes.

No habiendo móvil, ni sospechoso, ni siquiera señal visible de lucha, se decidió, con la premura que la muerte impone, trasladar el cuerpo a la vieja morgue, esa cripta húmeda y sombría encajada en las entrañas de la ciudad, junto a las márgenes mismas del Gacela. Allí, bajo bóvedas musgosas y entre el ulular del viento que se cuela por las rendijas del mundo subterráneo, trabaja el médico forense de Batonia, alma tenaz y poco impresionable, acostumbrado a dialogar con los cuerpos mudos. Por la misma ubicación de la morgue —tan próxima al cauce, tan sujeta a las veleidades del río—, existe el riesgo no infrecuente de que, en días de crecida o en noches de luna obstinada, las compuertas de las acequias queden mal cerradas, y las aguas, iracundas, inunden la sala, llevándose consigo los cuerpos no asegurados. Por ello, según manda la costumbre, se visten siempre los cadáveres con un chaleco de flotación, cual último gesto de cortesía para con los muertos, por si acaso han de emprender viaje forzoso aguas abajo.

Pero no hizo falta, en este caso, esperar a que el río dictara sentencia. El galeno, avezado en lides macabras, no tardó en reparar en las heridas del difunto: incisiones profundas, zigzagueantes, como escritas con filo sobre la carne viva, semejantes a signos arcanos de una lengua extinta. Al principio, pensó en un artefacto mecánico, en una sierra o un garfio. Pero pronto, cruzando la bruma de la sospecha con el polvo de los archivos, reconoció el patrón inconfundible de una amenaza antigua, dormida durante siglos y ahora, por algún conjuro ignoto, vuelta a despertar.

No cabía ya duda entre los sabios de la ciudad: aquel jornalero no había muerto por licor ni por mano de hombre, sino por obra del Gusano Bravo, la bestia de las entrañas, la plaga reptante que durante cuatro siglos fue tan solo una leyenda susurrada por ancianas junto al fuego… hasta ahora.

Así pues, fue sellado el informe forense con un sello de cera negra, reservado tan solo para aquellos casos que el archivo considera de amenaza histórica, y no tardó en ser convocado, con urgencia nocturna, el Círculo de Custodios, una antigua cofradía formada por sabios, escribanos, heraldos y dos o tres descendientes de las casas fundadoras, encargados de vigilar los signos del retorno de los males antiguos que, como todos los males verdaderos, nunca mueren, tan solo duermen. Reunidos a la medianoche en la Sala de los Ecos, en lo alto del Torreón Septentrional del Palacio del Concejo, se leyó en voz grave y templada la crónica del suceso. El aire estaba cargado de humedad, y la lluvia repiqueteaba sobre las vidrieras con esa insistencia que parece cifrar un mensaje.

Allí fue cuando el archivero mayor, un hombre anciano cuyo nombre ya no figura en registros civiles, pero sí en los libros sellados con sigilo, abrió el tomo polvoriento de los Acontecimientos Anómalos y mostró, no sin estremecimiento, la copia jurada del acta de consagración del templo mayor, donde, en voz de los fundadores, se daba gracias al Altísimo por haber silenciado la ira de la criatura con la piedra bendita del altar y las letanías continuas que desde entonces nunca cesaron, noche y día, entre muros sagrados. “Y que jamás se derrumbe, ni se toque casa alguna que le sirva de bastión”, rezaba el pasaje final, “pues si se quebranta el pacto, volverá la mordedura en forma de castigo, y los justos caerán con los impíos”.

Hubo un silencio largo en la sala tras la lectura. Nadie quiso ser el primero en pronunciar en voz alta lo que todos pensaban: el caserón demolido —aquel que colindaba con la iglesia, aquel cuya destrucción había sido, hasta hacía poco, motivo de esperanza y renovación— era, sin duda, la casa mencionada en el texto. Lo habían tumbado piedra por piedra, no por odio a lo sacro, sino por amor a la modernidad, sin saber que cada mampuesto guardaba un sello invisible, cada viga una plegaria olvidada.

El Comendador de Batonia fue entonces informado, y mandó cerrar la plaza inacabada con tablones de roble y guardias de noche y día. Se prohibió, bajo pena de prisión, cualquier obra o movimiento de tierra en el solar, y se ordenó colocar estandartes de protección ritual en los accesos a la callejuela vecina, en un intento —tardío, quizá vano— de contener el mal.

Pero ya era demasiado tarde. En los días que siguieron, otros perros comenzaron a ladrar sin motivo aparente, más allá del mismo muro de piedra, y algún mozo osó afirmar que había visto una sombra moverse entre los sauces, una sombra sin patas, pero rápida como un rayo y fría como el agua de invierno. Una lavandera encontró, cerca de su tina, restos de lo que parecía una lengua bífida y escamada, aunque nadie pudo certificarlo, pues desapareció antes de que el alguacil pudiera recogerla.

La ciudad entera cayó en un estado de expectación silente. Nadie se atrevía a nombrarlo por su nombre verdadero, pero en los patios, en los corrillos de mercado, en las cocinas apagadas al anochecer, todos susurraban una sola frase: había vuelto.

38.

El enfrentamiento con la criatura —si así puede aún llamarse a lo que escapa a toda clasificación zoológica o teológica— no fue una batalla en el sentido clásico, ni se dio en campo abierto, ni se alzó estandarte alguno al viento. Fue más bien una secuencia de acechos, escaramuzas, desapariciones súbitas y descubrimientos macabros, que trastocaron por completo la rutina de la ciudad y sumieron a Batonia en un estado de vigilia perpetua.

Primero cayeron los pastores de la colina sur, aquellos que aún insistían en llevar sus rebaños más allá de la segunda acequia, pese a las advertencias. Al amanecer, sus perros regresaron sin ellos, manchados de barro, temblorosos, y con miradas que sólo los animales conocen cuando han visto algo que no pertenece al mundo natural. Luego, en la ribera este, una pareja de pescadores fue hallada en su barca, con los rostros contraídos en una expresión de pánico tan absoluto que los cirujanos del Concejo no osaron abrir sus pechos por temor a que algo escapara de dentro. Los cuerpos no presentaban herida visible, pero sus pies estaban ennegrecidos, como si hubieran sido roídos por fuego húmedo.

El Concejo de Batonia, bajo la égida del Comendador, declaró el estado de clausura ritual. Se levantaron palisadas alrededor del antiguo solar demolido, se prohibió circular por la callejuela contigua después del tercer toque de campana, y se organizaron turnos de vigías armados con lanzas de punta sagrada, herencia de las guerras de los Lamentos. Los monjes de la Orden del Lucero fueron llamados a reforzar los rezos diurnos, y desde los púlpitos se comenzó a predicar un arrepentimiento fervoroso, si bien no todos creían que la criatura respondiera a motivaciones divinas.

La primera tentativa real de enfrentamiento se produjo en la cuarta noche del mes de las Nieblas Altas. Fue organizada en secreto por un grupo de jóvenes oficiales de la Guardia Fronteriza, alentados por antiguos mapas subterráneos y relatos fragmentarios de túneles olvidados bajo la plaza central. Armados con arcabuces de triple carga, escudos de roble con incrustaciones de plata, y una linterna ceremonial que ardía con aceite bendecido, descendieron por un aljibe olvidado que, según el saber de los cartógrafos, conectaba con las raíces mismas de la ciudad antigua, allí donde se suponía que la criatura tenía su morada.

De los ocho que bajaron, sólo uno regresó, y su lengua había sido arrancada de cuajo. Desde entonces fue llamado “el Mudo del Lucero”, y se le veía vagar por los atrios de la catedral dibujando en las piedras con tizas de carbón una figura repetida: una espiral doble, semejante al entrelazado de dos serpientes. No volvió a hablar, pero en sus ojos había un saber terrible, y más de un canónigo abandonó su celda tras ver uno de sus dibujos.

Comprendieron entonces que los métodos del hierro y la pólvora eran insuficientes. Que aquello que asolaba Batonia no era un animal, ni siquiera una criatura en el sentido estricto, sino una especie de voluntad encarnada, una conciencia subterránea que dormía bajo las losas antiguas y despertaba cuando se quebraban los símbolos de contención. Fue en ese momento que se formó el llamado Círculo de los Once, una alianza entre clérigos, arcanistas, sabios del herbario y descendientes de las familias fundadoras que, jurando sobre la piedra negra del Atrio del Este, se comprometieron a sellar de nuevo el mal.

El ritual fue preparado durante nueve días y nueve noches. Se rescató un antiguo salmo en idioma perdido, el cual fue cantado por un coro de niños albinos en la hora final del crepúsculo, mientras los miembros del Círculo dibujaban en el suelo de la plaza el gran sello de contención, usando una mezcla de ceniza de huesos, sangre de carnero consagrado y pigmentos minerales extraídos de las minas de Onixa.

Al décimo día, cuando el sello estuvo completo y el salmo fue cantado en su última nota, la tierra tembló bajo los pies de todos los presentes, y del solar cerrado se alzó un lamento indescriptible, mezcla de rugido y llanto infantil, como si cien gargantas invisibles clamaran por su derecho a existir. Una sombra reptó por las calles, visible sólo en el rabillo del ojo, y fue absorbida en espiral hacia el centro del sello, donde la piedra selladora fue colocada de nuevo y hundida con martillo ritual.

La calma volvió a Batonia lentamente, como el sol que regresa tras una tormenta demasiado larga. Nadie volvió a hablar del Gusano Bravo, y el solar fue convertido en jardín cerrado, regado con agua bendita y custodiado por un perro blanco que no duerme jamás.

Y así fue como el horror fue contenido, no sin que quedasen, en el espíritu y en la carne de la ciudad, huellas indelebles de aquella contienda que desafió toda razón y memoria. Mas si el enemigo fue sellado, el temor que sembró no fue tan fácilmente desterrado de los corazones de los batonios, pues aun cuando las campanas volvieron a tañer en sus horas regulares y el mercado retomó su bullicio, algo invisible se había quebrado en el tejido mismo de la vida cotidiana. La certeza de que existía un Mal antiguo, insondable, que moraba bajo sus pies, y que tan sólo el descuido o la irreverencia bastaban para despertarlo, convirtió la paz en una paz vigilante, y el descanso en una vigilia resignada.

Los sabios comenzaron a hablar de una nueva era —la Era del Segundo Sellado—, y se escribieron crónicas en pergaminos de lino trenzado para ser depositadas en las criptas bajo la Biblioteca de la Linterna. Se instituyeron días de conmemoración solemne, donde nadie debía alzar la voz ni pronunciar palabras frívolas. Aquel jardín donde se encerró al Gusano Bravo —ahora llamado en los textos sacros El Círculo del Silencio— fue rodeado de cipreses del norte y de estatuas con los ojos vendados, figuras marmóreas de vírgenes sin nombre que señalaban con sus dedos hacia el centro de la tierra. Ningún niño podía jugar allí, y todo aquel que osara cruzar el umbral del seto sin causa sagrada era llevado ante el Consejo del Lucero para confesar su atrevimiento y recibir penitencia.

Las consecuencias sociales no fueron menos hondas que las espirituales. Surgió una renovada reverencia hacia las costumbres antiguas, aquellas que se creían superstición y que, sin embargo, habían contenido por siglos la ira de lo profundo. Las ancianas que antes eran tenidas por fabuladoras ociosas comenzaron a ser escuchadas con respeto, y sus relatos —antaño motivo de mofa— fueron recogidos por escribanos de la Orden de la Palabra para ser cotejados con los textos del Archivo Sellado. Se reinstauraron rituales que habían caído en desuso, como la bendición de los umbrales con humo de resina negra, o la lectura pública de los Salmos de Protección al comenzar la primavera. Incluso en las casas más humildes se colgaban en las vigas pequeños talismanes de hueso tallado, en forma de espiral doble, como aquel que el Mudo del Lucero había dibujado una y otra vez antes de morir.

La casta gobernante, por su parte, vio tambalearse su prestigio, pues la incapacidad de los poderes seculares para dar respuesta a la amenaza impulsó a la ciudadanía a volverse, más que nunca, hacia los círculos sagrados y los antiguos linajes que conservaban la memoria arcana. Hubo quienes clamaron por una reforma profunda, y surgió el movimiento de los Guardadores del Primer Juramento, jóvenes severos que vestían túnicas oscuras y llevaban al cuello piedras lisas recogidas del río Gacela, como señal de su voto de custodia perpetua del sello. Algunos llegaron incluso a abandonar sus nombres y a hablar sólo en fórmulas rituales, como si temieran que el lenguaje común pudiera despertar nuevamente lo que había sido enterrado.

Pero no todos abrazaron con fervor esta renovada espiritualidad. Un sector descreído, que sobrevivió en las tabernas más escondidas y entre los poetas malditos del Barrio de la Espiral Baja, comenzó a murmurar que todo había sido un montaje, una representación teatral orquestada por los altos dignatarios para justificar su permanencia en el poder y domesticar a la juventud. Surgieron cánticos satíricos, canciones veladas que hablaban de “gusanos imaginarios” y “jardines encantados donde nada crece salvo el miedo”.

La ciudad se dividió, pues, en dos grandes ánimos: los que temían y custodiaban, y los que dudaban y se burlaban. Pero incluso estos últimos no se atrevían a pisar el Círculo del Silencio, y al pasar junto al jardín, sus risas se apagaban, sus pies se apresuraban, y algunos hacían la señal antigua con la mano izquierda, por si acaso.

Y en lo profundo, bajo capas de tierra, de raíces, de salmos y de piedra, algo espera. No muerto, no vivo. No dormido del todo. Como si el mismo miedo que le teme le diera sustancia. Como si el recuerdo fuera su alimento más fiel.

39.

Aguardé largo tiempo, sumido en una suerte de letargo taciturno, hasta que súbitamente una gota de agua, helada como la aguja de un cirio pascual, descendió desde la bóveda invisible de los cielos y vino a posarse sobre la punta de mi nariz. Aquella menuda intromisión acuosa bastó para quebrantar el sopor denso en el que me hallaba sumergido, como si una campanilla remota, temblorosa, anunciase la reanudación de un acto olvidado.

El Guardián, notando acaso mi súbito estremecimiento, retomó su paso con gesto sosegado, y me guió a través del laberinto de callejuelas que conforman el casco antiguo de Batonia, con un ademán que se antojaba paternal, casi condescendiente, como el de aquel padre que, esforzándose por trabar diálogo con su hijo ya casi hombre, se topa con respuestas lacónicas, pronunciadas sin ardor ni deseo, como quien cumple un trámite impuesto por la costumbre o el respeto. Sus preguntas, revestidas de una falsa ligereza, eran recibidas por mí con palabras escuetas, fragmentarias, sin alma, como si me doliese el mero ejercicio del recuerdo.

Y era cierto. No me hallaba en disposición de desenterrar las miserias ocultas de mi linaje ni de rememorar los jirones dispersos de una niñez arrancada. ¿Para qué revolver las cenizas de aquellas esperanzas que se desvanecieron en la bruma de una decisión irrevocable? ¿Qué ganaba evocando el día en que se nos arrebató la pertenencia a esta tierra de calles adoquinadas y muros húmedos, cuando el exilio se impuso, sin aviso ni ceremonia, con la premura de un mandato impuesto por fuerzas mayores?

Me arrancaron, sin más, el ser batonio, como se arranca la raíz de un árbol para replantarlo en suelo extraño, y aunque el tronco crece, y las hojas reverdecen, algo en su savia ya no es lo mismo. Y he aquí que, tras tantos inviernos, al volver mis pasos a esta ciudad que fue cuna y promesa, me asaltaban sentimientos que no sabría nombrar con precisión: una amalgama de nostalgia y de recelo, de melancolía y de repulsa, de gratitud muda y de amarga traición.

El Guardián lo presentía, quizás. En sus silencios medidos y en la discreción de sus miradas, se percibía la prudencia de quien ha aprendido que ciertas almas no se abren por la fuerza ni se reconquistan con halagos. Así caminamos, pues, entre la humedad y la piedra antigua, bajo un cielo plomizo que parecía aguardar también, en muda expectación, el desenlace de nuestra jornada.

Las tratativas entre quienes ostentan los altos oficios del engranaje funcionarial tienden, por su misma naturaleza, a revestirse de una pomposidad fatigosa y artificiosa, como si cada gesto debiera servir no tanto a la claridad del entendimiento cuanto a la afirmación mutua de preeminencias y méritos. Así, me sentí pronto envuelto por un sopor sutil, casi narcótico, y por una vaga contrariedad que, como niebla lenta, iba impregnando mi ánimo.

El saludo inicial, extendido más allá de lo razonable, parecía más ceremonia que cortesía; una secuencia interminable de inclinaciones medidas, de palabras cargadas de eufemismos y autocomplacencias, donde cada interlocutor dejaba caer con estudiada naturalidad alguna joya autobiográfica del tipo: “yo tuve a mi cargo tal misión”, o bien: “no sin reconocimiento llevé a término aquella gesta de administración”. Y como si el ritual no estuviese completo sin la consabida copa de ofrecimiento, llegaba el ineludible: “¿gustáis de un licor antes de proceder?”, al que respondía, invariablemente, el sonoro cliché del buen funcionario: “no bebo jamás cuando cumplo deberes del cargo”.

Tanta gestualidad fingida, tanta retórica vacía como humo de incienso en una cámara cerrada, me resultaban llanamente insufribles. No me hallaba yo para esas danzas huecas del protocolo. Mi mente divagaba ya en derroteros más íntimos y turbios, cuando de pronto…

—¿Estás llorando, Alvar?

Una voz metálica, modulada con una perfección mecánica, interrumpió la deriva de mis pensamientos como un rayo cortando la penumbra. Se desplegó en la estancia con una claridad desprovista de emoción, y sin embargo perturbadora.

Inmediatamente, mi semblante se contrajo en una mueca de extrañeza; mis ojos, solícitos, comenzaron a buscar a su alrededor algún artefacto, alguna máquina visible, algún orificio en los muros desde el cual aquella voz pudiera haber sido emitida.

—¿Qué es esto? —pregunté, alzando apenas la voz, con recelo en cada palabra—. ¿Quién se oculta tras esta locución? ¿Quién osa interpelarme en este lugar sin rostro?

Pero no hubo respuesta humana ni ruido de pasos tras la pared, sólo el silencio. Un silencio espeso y ominoso, casi líquido, que parecía ceñirse a mi cuerpo como una túnica húmeda. Sentí, entonces, un estremecimiento, un leve hormigueo por la espalda, como si me hubiese posado en la nuca el aliento gélido de algo invisible.

—¿Estás llorando, Alvar? —repitió la voz, idéntica, pero ahora con un leve matiz de cadencia femenina, casi cantarina, que se deslizaba entre lo burlón y lo compasivo.

—No estoy llorando —respondí en tono de alerta, escrutando las paredes desnudas de la sala, recorriéndolas con la mirada en busca de alguna fisura, alguna trampilla, algún indicio de presencia humana tras el artificio.

—¿Te encuentras bien? ¿Alvar? —volvió a sonar, esta vez con un tono más dulce, rozando el gorjeo infantil, como si la máquina intentara imitar la ternura humana.

—¿Con quién hablo? —pregunté ya con un deje de ansiedad.

—¿No me reconoces? Soy yo, Bessie, Bessie Constante… tu prima.

—¿Bessie…? —musité, y un eco de infancia olvidada cruzó mi memoria—. Pero ¿dónde estás? ¿Dónde te ocultas?

—Aquí, al final del pasillo —respondió la voz con una serenidad que me puso los vellos de punta—. Debes subir por la escalera. Toma a la derecha…

Me quedé helado, en parte por la súbita mención de un nombre que no pronunciaba desde hacía décadas, en parte por la certidumbre creciente de que algo no encajaba en aquella escena de arquitectura austera y voces incorpóreas.

Jamás podré, ni aún en los años de mi más crasa decrepitud, borrar de mi mente aquellos ojuelos suyos, menudos y vivarachos, como de cascanueces encantado, que brillaban con la travesura callada de la infancia compartida. Su peinado, antaño desordenado por el juego, era ahora una trenza apretada y pulcra, de esas que en Batonia llaman “de mazorca”, y su talle, que en niña ya apuntaba ligereza, se había tornado una cintura enjuta, firme, casi etérea, como sacada de una miniatura flamenca. Pero más que en su figura o en los tímidos afeites que ahora embellecían su rostro —ese leve carmín en los labios de tono fucsia, el contorno ahumado en torno a sus párpados que hacía fulgurar su mirada como astros bajo cúpula dorada— lo que me sobrecogió fue la evidencia viva del tiempo detenido: éramos los mismos, ella y yo, suspendidos en la estampa perdida de aquella niñez común.

Cuando estuvimos frente a frente, vi que le centelleaban los ojos con una chispa de reconocimiento que ardía más allá de las palabras.

—Me hubiera agradado —dije al fin— saber más de ti en estos años idos.

—No eras más que un crío —replicó con ese tono que mezcla ternura y recriminación—. Tus padres jamás quisieron volver a Batonia. Apenas pronunciaban el nombre de esta ciudad. Dejaron que el olvido obrase su trabajo. Y tú… tú olvidaste con ellos.

—Veo que no has cambiado —musitó luego, esbozando una sonrisa ladeada—. De pequeño siempre hallabas modo de descargar culpas en los otros. Detrás de esa barba tan ufana sigue escondido mi primito.

—¿Y cómo has sabido tú que venía?

—¿Me lo preguntas en serio? —soltó una risilla breve, casi musical—. Vamos, Alvar, en Batonia nada permanece oculto por mucho tiempo. La ciudad entera conoce tu retorno. Hijo de Viator y de Grata… ¡hasta los más viejos del mercado cuchichean tu nombre como si fueras una aparición! Aunque no te hayan visto jamás, te saben. Siempre te han sabido.

—¿Me conoce la gente…? —murmuré, incapaz de encajar esa noción—. Yo apenas conservo imagen alguna de esta tierra.

—Fue por lo que descubriste.

—¿Yo? ¿Qué descubrí?

—¡Ah, claro! Tus padres debieron callarlo. Muy propio de ellos. Borrón y cuenta nueva, así les gustaba actuar. Pero tú, Alvar… tú hallaste la cuna del Gusano Bravo.

Me quedé mudo. Un latido me sonó con fuerza en las sienes, como si el tiempo mismo se resquebrajase en torno a aquella revelación.

—No tengo memoria de ello…

—Mas acaso recuerdes —dijo ella, entornando los ojos— que solíamos ir a jugar al río.

—Sí, claro —asentí, sintiendo brotar las imágenes como agua vieja.

—¿Y recuerdas aquel día en que dimos con una vieja mina cerca de la orilla?

—Sí… tú dudabas en entrar. Pero yo insistí, y al fin accediste. Nos adentramos en la negrura, alumbrados solo por la débil flama de nuestros mecheros…

—¡Qué tiempos aquellos! —dijo con un dejo melancólico—. Antes todos los niños andábamos con mecheros y navajas como si fuesen juguetes. Hoy eso sería inconcebible.

—¿Recuerdas a aquel niño que llevaba un bote de mercurio?

—¡Cierto! No logro evocar su nombre, pero sí su gesto: repartía bolitas plateadas que rodaban en la palma de la mano, y todos jugábamos con ellas, fascinados como si fueran perlas mágicas.

—Y todo eso… ¡en el patio del colegio!

—Imagínate tú… al sonar el timbre, todo ese mercurio debió quedar esparcido como maldición líquida por el suelo.

—¡Qué barbaridad! —rio con asombro sincero.

—El mundo ha cambiado mucho, Bessie… ahora es menester solicitar licencia hasta para estornudar.

Hubo entonces un breve silencio entre nosotros, pero no incómodo: era de esos silencios que pesan, sí, pero con el peso amable de las memorias recobradas.

Hasta que de pronto, rompiendo la calma con el vigor de una orden urgente, una voz seca y metálica resonó desde un rincón:

—¡Vamos! ¡Doctora Kapusca!

La mirada de Bessie se endureció un instante. Se volvió hacia la puerta, y me lanzó una última mirada cargada de sentidos no dichos.

—El deber llama, primito. Pero tú… tú y yo aún tenemos mucho que recordar.

40.

Nunca había sido testigo de tal espectáculo. La doctora Kapusca, siempre tan erguida y medida, con su paso pausado de quien parece más una estatua de mármol que una mujer de carne y hueso, nunca se le había visto apresurada ni un solo paso. En nuestra casa compartida, su presencia era la de una figura congelada en el tiempo, inmóvil en sus gestos, y por ello el que la viera correr ahora por las empedradas calles de Batonia me desarmó por completo. Aquella visión era casi irreconocible: con el viento agitando su cabello oscuro y sus piernas esprintando con rapidez inesperada, subía la larga calle del río, acercándose a la comendadoría. Y lo hacía bajo la persecución de cuatro perros que no lograban alcanzarla, a pesar de que la última porción de su carrera consistía en una subida considerable, que debería haberla dejado exhausta.

Mi mente se resistió a comprender lo que veía, sin poder articular un solo pensamiento claro. La figura de la doctora, que en otro tiempo parecía tan fija y calma, ahora era un destello que atravesaba las sombras con una energía insospechada. Al principio me sorprendió, pero luego fue más lo que me alarmó, pues, al mirar con mayor detenimiento, algo en el entorno se volvió extraño y peligroso.

—¡Vamos! ¡Hija del doctor Wellington! ¡Maravilla de nuestro Estado! —gritaban, o más bien, parecía que se dirigían a la doctora como si fuera alguna especie de heroína en fuga, en busca de algo, de alguien.

A mi lado, Bessie murmuraba, sumida en un ensimismamiento que pronto se tornó en angustia:

—Es una trampa, es una trampa.

Y entonces, lo vi. Era como si todo lo que antes había estado contenido se desbordara ante mis ojos. Lo que observábamos no era simplemente una persecución de perros, sino una manifestación mucho más perturbadora. Detrás de los animales, avanzando al mismo ritmo frenético, surgió una nebulosa indefinida, tan densa como niebla, pero viva, agitada, como si miles de sombras se entrelazaran en su interior.

Entonces comprendí la verdad de lo que veíamos. Los perros no perseguían a la doctora Kapusca, sino que eran ellos los que huían aterrados, corriendo desesperadamente, con la bestialidad de un pavor profundo y comprensible. Y lo que les perseguía… no era algo tangible, no era algo que se pudiera tocar o atrapar con los ojos. Era una masa voraz y mutante de colas, decenas de ellas, que se agitaban en el aire con velocidad desbordante, y que avanzaban a gran velocidad por la calle. Mis ojos apenas podían procesar lo que contemplaban, pero sin lugar a duda… aquello era una monstruosidad. Un ente que desbordaba toda lógica.

—Bessie, la puerta, que abran la puerta. —la urgencia en mi voz era palpable, mis palabras entrecortadas por la ansiedad que me invadía—. ¡Rápido, Bessie!

Pero ella, tan atenta como siempre, sacudió la cabeza con firmeza.

—No, no llegará a tiempo.

—¡Bessie, por Dios, que abran la puerta! —insistí, mientras mi mente pasaba por alto las razones y solo me centraba en la necesidad de una respuesta, en la acción que podría salvarnos. Pero en ese preciso momento, uno de los perros tropezó en la huida, y antes de que pudiera reaccionar, la nube lo envolvió. En un parpadeo, desapareció. Desapareció como si nunca hubiera existido.

—¡Ahora sí! —gritó Bessie, y corrió hacia el intercomunicador de su despacho. Sabía lo que hacía. No necesitaba explicaciones, solo acción. Con rapidez, marcó el código para alertar a los guardianes que abrieran las puertas de la comendadoría, la única esperanza que quedaba.

En ese intervalo de segundos, pude ver a la doctora Kapusca entrar apresuradamente, acompañada por tres de los perros. Mi corazón dio un vuelco de alivio al verla a salvo, pero no pude evitar sentir que algo se había quebrado en mi interior. Solo fue una victoria parcial. La nube de colas ya no se veía, pero el perro que había caído, el que tropezó en su huida, ya no estaba allí. Se había desvanecido en la niebla de la monstruosidad que acechaba.

El alivio que sentí fue fugaz, pues el temor, como un río subterráneo, comenzó a fluir con fuerza en mis venas. El perro perdido, la criatura que acababa de devorar su vida en un abrir y cerrar de ojos, ya no era algo que pudiera ignorarse. Sentí que había perdido una oportunidad invaluable, una que no podría recuperar con facilidad. Y lo peor era que, al mirarla, a la doctora Kapusca, al entrar al recinto con una calma casi sobrehumana, entendí que mi espera no había hecho más que comenzar.

Como Buscador, se esperaba de mí una capacidad de anticipación sin límites, una previsión exhaustiva de las mil y una posibilidades que pudieran acontecer. Mi mente debía ser una red de cálculos infinitos, una maraña de hilos entrelazados que, al mismo tiempo, considerara no solo los riesgos más inminentes y evidentes, sino las más remotas eventualidades, aquellas que por su improbabilidad misma resultaban más peligrosas, más insidiosas. No era solo cuestión de arriesgar mi vida, sino de salvaguardar la de aquellos que me rodeaban. La responsabilidad de un Buscador era proteger a los otros, a toda costa, mientras también se mantenía alerta ante las sombras invisibles de un futuro incierto.

La mente de un Buscador debía ser como un vasto laberinto, donde las simulaciones de la realidad se multiplicaban una y otra vez, con una precisión que rayaba en lo sobrenatural. Debía calcular no solo las respuestas inmediatas a mis propias preguntas, sino prever lo que cualquier ser humano, por muy ajeno que fuera a la situación, podría responder o hacer en cualquier contexto. Cada palabra, cada gesto, cada acción, todo debía estar anticipado, como un juego de espejos infinitos donde cada imagen es reflejo de la anterior, pero a su vez única e irrepetible.

Este era el deber que me incumbía, el pesado legado de aquellos que, como yo, eran llamados a ser los Buscadores, los que indagan más allá de las apariencias, más allá de lo evidente. Y ahora, al bajar apresuradamente junto a Bessie en busca de la doctora Kapusca, me veía a mí mismo como una de esas sombras que luchan por no perderse en la oscuridad. Conocía el movimiento de la corredora, sabía que su carrera había sido, en efecto, la que la salvó, pero en mi mente no había previsto que se apartara del puente, ni que dejara a Samuel atrás, desamparado. El guardián había permitido su partida sin escolta, sin la debida precaución. En este escenario, el deber de anticipar lo impensable recaía sobre mí, pero aún en mi angustia no lograba trazar los hilos de esta nueva trama que me envolvía.

Por otro lado, Bessie, que poco sabía de lo que acontecía en este mundo de sombras y terrores, miraba la situación con los ojos de una forastera. La doctora Kapusca le era completamente desconocida, y no lograba comprender qué la impulsaba a correr con esa desesperación por su vida, a sumergirse en un caos que yo mismo no había logrado anticipar del todo. Para ella, las piezas del rompecabezas eran tan ajenas como las piezas de un tablero de juego que nunca había tenido la oportunidad de tocar.

Pero lo que más me preocupaba, lo que más me atormentaba, era lo que acababa de manifestarse ante nuestros ojos: la aparición de los innombrables, los temidos Gusanos Bravos. Para Bessie, esa monstruosidad era aún un concepto abstracto, algo que solo se mencionaba en susurros temerosos, pero que nadie, hasta el momento, había tenido el valor de encarar verdaderamente. Los relatos de estos seres, deformes y descomunales, eran tan inasibles como las leyendas mismas, pero la verdad, por insoportable que fuera, estaba frente a nosotros. No había excusas, no había más evasiones: el terror que estos seres causaban no solo se limitaba a su forma, sino también a la reacción que generaban en quienes los veían o sentían cerca. La gente de Batonia había aprendido a esconderse, a resguardarse tras muros y puertas cuando el peligro se acercaba, esperando que el fenómeno pasara por alto. Pero esta vez, esa ignorancia de la amenaza se había roto. Esta vez, la criatura estaba aquí, real y palpable.

Era en este punto, entre la confusión y el horror, que la balanza del conocimiento recaía sobre mí. Bessie ahora me debía respuestas, como yo le debía a ella las explicaciones que no pude prever. Pero mientras yo estaba sumido en la necesidad de encontrar la razón detrás de todo esto, el guardián que había acompañado a Bessie y a mí aún no se había marchado del edificio. Permanecía en la planta baja, vigilante y ansioso, atendiendo junto a otros guardianes a la doctora Kapusca y los tres perros que también habían logrado ingresar al interior del edificio, al galope frenético y descontrolado. Los perros, tan alterados por la presencia de lo indescriptible, se habían apresurado a refugiarse en la comendadoría, buscando cobijo tras la seguridad de las puertas cerradas. Sin embargo, a pesar de que estaban dentro, su mirada atónita y el ritmo agitado de sus respiraciones indicaban que el peligro no había desaparecido. Había algo en el aire, una tensión palpable, que seguía acechando.

En mi mente, las piezas del rompecabezas comenzaban a encajar, pero con cada descubrimiento, más y más se complicaba la red que debía desentrañar. ¿Cómo había llegado hasta aquí este horror? ¿Qué había sucedido en el tiempo transcurrido desde aquel incidente en la mina abandonada, que había marcado un antes y un después en nuestras vidas? El destino de Batonia, el futuro de quienes quedábamos en pie, ya no dependía solo de nosotros. Estaba claro que algo mucho más grande nos observaba desde las sombras, esperando el momento de su revelación final. Y en ese escenario incierto, solo me quedaba seguir adelante, como lo había hecho siempre, con la mente alerta, la cautela constante, y la esperanza de que aún quedaba algo de luz para iluminar el oscuro sendero que se extendía ante nosotros.

La angustia de saber que lo peor aún estaba por llegar me invadió. Un suspiro de impotencia se escapó de mis labios. El temor de la espera, el desconocimiento de lo que vendría después, me inquietaba profundamente. Pero ya no había marcha atrás. Lo que debía suceder, sucedería, y esta era solo la antesala de lo que Batonia nos deparaba.

41.

Miren Kapusca, pálida y desencajada, tornaba su rostro de un lado a otro con ademán perdido, como quien despierta de un sueño o bien emerge de una pesadilla aún más viva que la vigilia. Sus ojos, aún dilatados por el espanto, buscaban un asidero de comprensión en las paredes del casón en el que, por fortuna o acaso por designio, había hallado refugio. No acertaba a explicarse por qué yo, precisamente yo, me encontraba en aquel mismo edificio donde la portona se había abierto justo a tiempo para salvarle la vida. De entre todos los inmuebles que orlan aquella larga calle ribereña de Batonia, de entre todas las vías que configuran el intrincado damero de la ciudad, ¿cómo había sido que sus pasos la condujeran precisamente a éste, y no a otro? Y puede que ya en su ánimo germinase la sospecha, aún tenue, de que fui yo quien movió los hilos invisibles que permitieron aquella oportuna apertura, yo quien, desde la sombra, facilitó su entrada a este reducto de salvación.

Y fue entonces, ante la conjunción de tales acontecimientos —aquella carrera desesperada, la aparición de la monstruosidad informe, la salvación tan puntual que casi parecía milagrosa— cuando empezó a inscribirse en mi mente una certeza incómoda: había que forzar al batonio a obrar el bien, empujarlo por los senderos de la rectitud, pues por sí mismo no siempre elegía el camino justo. Pero también una segunda idea, más sibilina, se insinuó en mi interior: la concatenación de tales hechos no podía ser mero producto del azar. Era todo, a lo menos, una extraña y significativa alineación de causas, como si una mano arcana jugase con nosotros sobre un tablero invisible. Así pues, volví mi vista hacia Bessie, con ánimo de obtener de ella alguna clave, alguna migaja de sentido. Ella había proferido aquellas palabras misteriosas mientras todo sucedía, había dicho con voz trémula que aquello era una trampa. ¿Qué sabía, pues?

La interpelé. Pero ella, como acorralada por mi mirada, desvió los ojos y, súbitamente vencida por un pesar que no supe si era miedo, vergüenza o ambas cosas, se replegó sobre sí misma como si en su interior se derrumbase alguna muralla íntima.

—¿Qué está sucediendo aquí? —pregunté, con voz alterada por la inquietud—. ¿Acaso lo del Gusano Bravo no era ya cosa del pasado remoto, una sombra de antaño desvanecida por el sol de los tiempos nuevos?

Bessie, como si el solo hecho de oír el nombre de la criatura la quebrase, se dejó caer sobre una silla cercana. Su mano, temblorosa, recorrió su frente húmeda. El abatimiento se apoderaba de sus miembros, y cerrando los ojos con un suspiro exánime, habló por fin. Su voz fue tan tenue que apenas pareció superar el espesor del aire:

—No me hagas hablar. Si todo aquello fuera cosa del pasado, dime entonces: ¿por qué tú estás aquí?

Guardé silencio un instante, sorprendido. La pregunta, por simple que fuese, me golpeó con una fuerza brutal. Me recompuse como pude y repliqué:

—Estoy aquí por lo de la rebelión… por la inminencia de un conflicto político con Legiria. Me fue encomendado entender y evaluar la situación. Esperaba discutirlo ahora con el comendador.

Entonces, Bessie alzó lentamente la vista hacia mí, con una expresión que oscilaba entre la resignación y el amargo sarcasmo.

—Yo soy el comendador que buscas —musitó con desolación—. No hay más verdad que la que acabas de presenciar. Todo lo demás no es sino bruma que encubre lo esencial: ruido de espadas envainadas, palabras altisonantes de políticos mediocres que buscan chivos expiatorios para justificar su inacción. Aquí no hay complot ni conjura: sólo el miedo ancestral a lo innombrable, a lo que nunca se erradicó del todo. Recibimos, sí, un informe sobre tu llegada, y debo decirte que, para muchos batonios, tu presencia aquí es como el presagio de una desgracia largamente temida. No se te ve como un emisario de la salvación, sino como aquel que viene a deshacer lo poco que aún conservamos. Me duele admitirlo, Alvar… pero temo que estés aquí no para socorrernos, sino para darnos el golpe final.

Sus últimas palabras se clavaron en mí como estacas. ¿Era esa mi misión? ¿Había venido yo, sin saberlo, como instrumento de una voluntad mayor, para sellar el destino de Batonia con la frialdad inexorable de un juicio preestablecido? Por primera vez, dudé de mi papel. Por primera vez, me pregunté si era el salvador… o el heraldo del fin.

42.

He aquí una historia que nunca me fue contada en su tiempo debido, una madeja de recuerdos y silencios que apenas ahora empiezo a desentrañar, y que no me llega por testimonio directo, sino por las grietas, por las ausencias, por los sobresaltos que asoman cuando el nombre del Gusano Bravo se pronuncia en voz alta, como si tal nombre tuviera peso y volumen, y al decirlo llenase el aire de una sustancia malsana. Aún ahora me resulta arduo referirme a ello sin que me tiemble el juicio, pues todo lo que rodea esa criatura —si criatura puede llamársele— parece resistirse a la claridad y aferrarse a las zonas oscuras de la memoria colectiva.

Y, sin embargo, tras ese instante en que Bessie pronunció su última frase con el temple vencido, supe —más por intuición que por lógica— que ella había visto más de lo que decía, que conocía no sólo los hechos recientes, sino que se hallaba en deuda con la historia misma de ese horror, no como testigo casual, sino como protagonista silente. Y fue entonces que me asaltaron imágenes de infancia difusas, de esas que se quedan en la trastienda del recuerdo sin llegar a ser del todo evocadas. Vi su rostro de niña, y vi su mano sujetando la mía cuando bajábamos por los linderos del río, cuando traspasábamos los límites del juego permitido y nos adentrábamos en los dominios del misterio.

No fue hasta entonces que el eco de una escena olvidada regresó a mí con fuerza inusitada: una galería excavada en la roca viva, un pasaje estrecho al que descendimos cuando apenas éramos unos zagales embriagados de travesura. Yo iba delante, con el corazón rebotando en el pecho y una linterna pobremente alimentada por pilas agonizantes. Detrás de mí iba Bessie, no sin temor, pero con esa obstinación que sólo se ve en los niños que no quieren parecer cobardes ante sus iguales. Avanzamos hasta topar con una sala que a nuestros ojos parecía inmensa, pero que ahora juzgo sería apenas una cámara secundaria de alguna mina clausurada. Allí, entre escombros y hollines, vimos —o creímos ver— una forma enrollada como una raíz de otro mundo. Apenas si se movía, apenas si vibraba. Y sin embargo… había algo en su presencia que nos hizo retroceder de inmediato, como si todo el aire se hubiese vuelto espeso y cargado de una voluntad ajena a la nuestra.

Muchos años después, ahora ya hombres y mujeres, Bessie no mencionó aquel episodio, ni yo me atreví a nombrarlo, como si fuera un pacto tácito de olvido. Pero esa noche en la comendadoría, cuando la miré y le pregunté con la voz del que ya sospecha, vi cómo una lágrima le recorrió la mejilla sin que ella hiciera el más mínimo ademán por enjugarla.

—Bessie —dije en un murmullo que fue casi un rezo—, ¿cuándo viste al Gusano por primera vez?

No respondió al instante. Se quedó mirando un punto indeterminado del suelo, como quien se decide a revivir una escena largamente sepultada. Luego alzó los ojos hacia mí, y en ellos no había miedo, sino resignación.

—No fue una vez, Alvar. Fueron muchas. Lo vi aquella tarde contigo, sí, pero también después. Volví sola. Nadie lo sabe. Volví porque algo me llamaba desde aquella caverna, como si una voz muda me hablara al oído. No puedo explicarlo. Era como un vínculo que me arrastraba… como si yo también fuera parte de su hambre.

Me quedé petrificado. El silencio se hizo espeso entre nosotros. No podía concebir que Bessie, mi prima, la niña que me acompañaba al río, la mujer que ahora dirigía la comendadoría con mano firme, hubiera guardado en su interior un vínculo tan íntimo y tenebroso con aquella entidad impía. Y, sin embargo, la oí seguir hablando, como quien, una vez abierta la presa de la confesión, ya no puede detener el flujo.

—El Gusano Bravo no es una criatura cualquiera, Alvar. No es bestia, no es espíritu, no es máquina. Es algo que estaba aquí antes que Batonia, quizás antes que todo. Se alimenta de memoria, de deseo, de las heridas que no cierran. Por eso regresa. Porque aún hay quienes lo recuerdan… y mientras haya memoria de él, habrá un hueco por donde colarse. Yo fui su testigo. Tú también lo fuiste. Y no sé si podremos redimirnos de ese encuentro.

No dije palabra. Sentí que todo el edificio temblaba, no por causa externa, sino como si una verdad, al pronunciarse, agitase los cimientos de las cosas. Y comprendí, entonces, que aquella lucha no era sólo contra el monstruo, sino contra la parte de nosotros que aún lo contiene.

Y así quedamos, frente a frente, en aquel aposento recio y mal iluminado, bajo las bóvedas de piedra que parecían oprimir el aire mismo, como si quisieran aplastar el aliento de las verdades reveladas. El silencio que se estableció entre nosotros no fue simple mutismo, sino un silencio antiguo, ancestral, como el que se cierne sobre las criptas donde el polvo es más sabio que los hombres y la humedad conserva mejor los secretos que la lengua de cualquier testigo.

Bessie, la prima en la que jamás habría sospechado tal abismo, no era ya la figura familiar que compartiera meriendas y juegos en los días de sol junto al río; era ahora un vestigio viviente de un pasado que había creído obliterado, una reliquia palpitante de aquel pacto oscuro que se fraguó en la niñez sin que alcanzáramos a comprender su gravedad. Y, sin embargo, lo habíamos sellado, sin palabras, con la mirada fija en aquel ser que dormía bajo la tierra, entre minerales y raíces, entre el silencio y el olvido.

Yo me hallaba sobrecogido, no tanto por el horror en sí de la criatura, cuanto por la red de conexiones que ahora comprendía: la misión que se me encomendara bajo pretextos políticos, el aparente azar de mi llegada a Batonia, el rostro de Miren Kapusca demudado por el espanto, los perros heridos, los guardias temblorosos, y, sobre todo, la certidumbre de que el Gusano Bravo no había retornado… porque jamás se había marchado.

—Dime, Bessie —volví a interpelarla con voz grave, sin ocultar la turbación que me carcomía el juicio—. ¿Por qué callaste? ¿Por qué ocultaste tanto tiempo el vínculo que te une a esa cosa que no debe ser nombrada?

Ella se incorporó lentamente, y su rostro, hasta entonces demacrado por la tensión, cobró una expresión de hieratismo doloroso, como si llevara grabado el mármol de un lamento perpetuo.

—Porque en Batonia no se sobrevive con la verdad, Alvar. Aquí, la verdad es una campana que se toca para que el monstruo despierte. Lo aprendí pronto, y lo aprendí sola. Nadie me lo explicó: lo supe la noche en que volví a la galería y lo vi moverse por primera vez… no como sombra, sino como cuerpo. Lo supe cuando oí su respiración, y algo en mí —Dios me asista— no quiso huir.

La sola imagen me llenó de una náusea fría. Mas no la interrumpí. Ella prosiguió, con voz de quien se sabe condenada a decir lo que nadie ha osado oír:

—Fui muchas veces. Durante años. A veces solo para sentir el suelo vibrar bajo mis pies. Otras, para hablarle. Y él… él respondía. No con palabras, no con sonidos, sino con imágenes en mi mente. Me mostraba Batonia ardiendo. Me mostraba el río seco. Me mostraba mi rostro con ojos que no eran míos.

Hubiera querido interrumpirla, arrojarla de sí como se arroja a un profeta herético. Pero no pude. Porque algo en su relato tocaba fibras de mi memoria que también estaban vivas. ¿No había sido yo el primero en dar con la entrada? ¿No fui yo quien forzó su mano para que entrara conmigo? ¿Y no era yo, ahora, el que había traído consigo, sin saberlo, la señal de su despertar?

En ese instante, se oyó un estrépito seco desde la planta baja, un estrépito breve pero inequívoco, como si algo grande y pesado hubiera golpeado contra el portalón de entrada. Ambos nos quedamos helados. Luego, un leve aullido de uno de los perros quebró el aire, y el rumor de pasos acelerados y voces bajas se elevó por la escalera.

Me volví hacia Bessie. Ella ya empuñaba el bastón ceremonial del comendador, cuya punta metálica ocultaba más que simple ornamento.

—Viene a por ti —murmuró—. O tal vez a por mí. O tal vez a por ambos. Ya no importa. Lo que importa es que esta vez no retrocederemos.

—¿Y qué haremos? —pregunté, sintiendo el peso de la hora sobre mis hombros.

—Lo que siempre debimos haber hecho. Nombrarlo. Verlo. Comprenderlo. Y si es menester, morir en su contemplación.

Descendimos juntos, paso a paso, como dos penitentes hacia su sacrificio. La lámpara de aceite oscilaba en su gancho de hierro, proyectando sombras largas sobre la escalera. El guardián de antes nos esperaba con el rostro pálido y los ojos dilatados.

—Se ha presentado en la puerta. No la ha tocado aún. Pero se oye su presencia. No hay viento, pero las antorchas se apagan solas. No hay sonido, y sin embargo los perros aúllan.

Nos miramos los tres. Nadie dijo nada más. El tiempo del discurso había pasado. Era la hora de bajar a las raíces y preguntar al abismo si aún nos reconoce como suyos.

43.

Descendimos, pues, como quien se adentra en el pecho de una bestia dormida, con el corazón presto a desbordarse de su cauce, y el alma prendida a un hilo de voluntad que no sabía ya si era valentía o resignación. Bessie iba delante, sin volver el rostro, sosteniendo en alto el báculo de mando que, más que emblema de su cargo, parecía en aquel momento un talismán de eras remotas, como si bajo su empuñadura durmiese aún el eco de pactos antiguos entre hombres y criaturas de más allá de la razón.

El guardián nos seguía a corta distancia, sus pasos lentos pero firmes, como los de un hombre que ha renunciado a toda esperanza y camina, no hacia la salvación, sino hacia el cumplimiento de su deber. Sus ojos no nos miraban, sino que parecían clavados en lo invisible, atentos a señales que sólo él podía interpretar. Había en él algo de asceta y algo de condenado, como si su alma ya hubiese descendido a los abismos antes que su cuerpo.

La puerta del subnivel se abrió con un gemido gutural, como si la misma piedra se resistiese a entregarnos al silencio que anidaba más allá de ella. Una ráfaga de aire pesado, cargado de humedad mineral y algo más —un perfume acre, casi dulce, como de carne y hierro— nos envolvió de inmediato. Las antorchas no ardían, sino que apenas palpitaban, como si su llama tuviese miedo.

—Aquí —musitó Bessie, y su voz no fue más que un hilo quebrado—. Aquí es donde comenzó todo.

El corredor descendía en espiral, bordeado de columnas rugosas en las que se adivinaban inscripciones que el tiempo, o quizás el pudor de los hombres, había querido borrar. No me era desconocido aquel lugar: lo había visto, sí, pero en sueños, o quizás en recuerdos de infancia cubiertos por la niebla de los años. Cada paso que daba era un eco de otro ya dado, en un tiempo anterior al tiempo.

—¿Este fue el templo? —pregunté, apenas sin voz.

Bessie asintió.

—No lo llamaban templo. Lo llamaban lugar de escucha. Aquí bajaban, uno a uno, los que habían sido elegidos para oír. A veces regresaban. A veces no. Y los que regresaban no eran ya del todo nuestros.

—¿Y tú…? —comencé a decir, pero no me atreví a terminar la pregunta.

—Yo bajé —respondió ella, sin emoción—. Pero nunca escuché del todo. Algo me protegió, quizá por mi sangre, o por tu presencia aquella vez. Algo me impidió abrir del todo el oído. Pero sé que está allí. Sé que no duerme. Sé que observa.

El guardián interrumpió entonces el diálogo con un ademán. Se había detenido junto a una gran losa de basalto, más oscura que la oscuridad misma, en cuya superficie se distinguía una figura grabada con minuciosa precisión: un círculo de colas entrelazadas, como un torbellino de sombras. Era el signo del Gusano. Era la marca de su pacto.

Y fue entonces cuando la oímos. No la criatura, no aún, sino la voz.

No era una voz con palabras. No era una voz siquiera. Era una intención. Un peso en la nuca. Un frío en los ojos. Un zumbido en la sangre. Algo que no provenía del mundo, sino que lo atravesaba como un cuchillo a la seda.

Bessie cayó de rodillas, llevándose las manos al rostro, y el guardián soltó un leve gemido, mezcla de súplica y de resignación. Yo permanecí de pie, pero sentí mi cuerpo flaquear como si la tierra misma se inclinara bajo mis pies. Y entonces comprendí: no estaba llamándonos. Estaba reconociéndonos.

El Gusano Bravo, la entidad que tantos querían enterrar en leyendas, sabía quiénes éramos.

—Nos está eligiendo —dije, sin saber por qué lo sabía.

Bessie alzó el rostro, y sus ojos eran ya otros. Más antiguos. Más sabios. Más ajenos.

—No todos son elegidos —musitó—. Pero tú y yo… tú y yo somos hijos del designio.

Y el guardián, en un último acto de valor o de locura, golpeó con su bastón la gran losa, cuya vibración se propagó en círculos concéntricos por la piedra del suelo, como si el corazón del mundo respondiese al toque de un tambor sagrado.

La oscuridad ya no nos envolvía. Ahora nos devoraba.

Subimos, pues, como quien regresa de un sueño tumultuoso, cargando no tanto el cuerpo como el alma, quebrada por la gravedad de lo entrevisto en las estancias abisales. Cada escalón que ascendíamos era un esfuerzo contra el peso invisible de la memoria recién impresa, contra el murmullo persistente de lo que no debía ser oído. La luz del nivel superior, tenue y amarillenta como la de un crepúsculo perpetuo, nos recibió sin júbilo ni redención. Nada había cambiado arriba, pero nosotros ya no éramos los mismos.

Bessie caminaba a mi lado con paso firme pero mirada vacía. La compostura que solía envolverla, esa mezcla de control y distancia que la hacía parecer una estatua con vida prestada, se había resquebrajado. Ya no era comendadora, ni descendiente de linajes ilustres, ni voz del orden batonio. Era solo una mujer que había bajado una vez más al corazón del horror, y que ahora debía decidir si hablar o callar.

Nos aguardaba la doctora Kapusca en la estancia del aljibe, donde los guardianes habían reunido a los perros sobrevivientes —ahora tumbados y temblorosos como si hubieran presentido en el aire el mismo hálito oscuro que nosotros habíamos respirado—. Miren levantó la vista al vernos entrar, y aunque nada dijo, su expresión era un libro abierto: sabía que habíamos descendido, y que el velo se nos había rasgado.

—¿Viste lo que hay allí abajo? —preguntó con voz rasposa, sin ceremonia ni titubeo.

Asentí. Y Bessie, tras un leve suspiro, también.

—¿Y ahora qué? —insistió la doctora—. ¿Seguiremos fingiendo? ¿Seguiremos desviando la atención con conflictos políticos, con rebeliones fabricadas y discursos sobre Legiria? ¿O abriremos de una vez los ojos y diremos su nombre?

—Nombrarlo no cambia su hambre —murmuró Bessie—. Pero sí su poder.

Tomé asiento junto al brocal del aljibe. El agua, quieta en su hondura, me devolvía un reflejo deformado, como si el rostro que ahora portaba no fuera ya del todo mío.

—No podemos enfrentarlo así —dije, con más certeza de la que hubiera esperado de mí mismo—. Pero tampoco podemos negarlo más. No después de lo que vimos. No después de lo que sentimos. Lo sabe. Nos ha visto. Y ha empezado a elegir.

Bessie bajó la mirada. El gesto que hizo después fue casi imperceptible: colocó su mano sobre mi brazo, no con ternura, sino como quien sella un pacto silencioso.

—Entonces preparémonos. Lo que venga no nos será propicio, pero tampoco puede cogernos ciegos.

—¿Y los demás? —inquirió Kapusca, con una mezcla de incredulidad y enojo—. ¿Piensas decírselo a los otros comendadores, a los altos cargos, a la Asamblea?

—Decírselo… —musitó Bessie con amarga sorna—. ¿Y que me encierre la Guardia de Anulación por histeria colectiva? ¿Que se nos declare traidores al orden central?

Me levanté.

—Debemos hallar otra vía. Ni abierta ni secreta. Una vía intermedia. Una alianza.

Miren, aún inquieta, se cruzó de brazos.

—¿Y tú, Alvar? ¿Eres ahora su heraldo? ¿O su adversario?

La pregunta me golpeó más hondo de lo que ella imaginaba. Porque yo tampoco lo sabía aún.

—Soy Buscador —dije al fin, y mi voz sonó como si viniera de más allá de mí—. Y he empezado, por fin, a buscar lo que realmente importa.

Se hizo silencio. Un silencio denso, como de antesala. Nadie lo dijo, pero todos lo entendimos: habíamos cruzado el umbral. Ya no habría retorno. La partida había comenzado.

44.

En la sala de mapas del ala occidental de la comendadoría —aquel recinto vetusto de muros recargados con tapices polvorientos, lámparas de carburo y armarios de planos donde se respiraba la solemnidad de un mundo que se niega a morir—, nos reunimos los cuatro: Bessie, en calidad de comendadora sin insignias, más sabia que nunca tras el descenso; la doctora Kapusca, con sus pupilas aun vibrando del espanto y la adrenalina; Samuel, el guardián herido en el alma más que en el cuerpo; y yo, Alvar Salce, Buscador recién despertado al verdadero conflicto de Batonia.

El primer movimiento fue delineado por Bessie, quien tomó la palabra con voz contenida, pero sin temblor. Tenía en la mano un punzón de hueso antiguo con el que marcaba sobre un pergamino amarillento las rutas internas del subsuelo batonio.

—Hemos de cerrar el acceso al subnivel tercero del anillo septentrional —declaró—. Ahí es donde el umbral de la mina antigua comunica con las galerías vivas del Gusano. No hay otra forma de llamarlas ya: están vivas. Respiran y palpitan como el vientre de una bestia. Si no se clausuran los corredores, empezarán a extenderse, lo han hecho antes.

Samuel asintió con gravedad.

—Pondré a los guardianes de segundo círculo a trabajar esta misma noche. Pero no basta con cerrar. Necesitamos sellos. Las compuertas no sirven si no hay símbolos que lo impidan.

Kapusca intervino entonces, señalando uno de los compartimientos del plano.

—Aquí. El antiguo laboratorio de Helmut Franz. Ahí hay restos de litotecnología arcaica, los artefactos con los que se diseñaban sellos simbióticos. Está bajo vigilancia, pero nadie los ha reclamado en décadas. Podemos intentar reactivar uno.

—Si es que aún responden —añadió Samuel con escepticismo—. Algunos dicen que esos artefactos se corrompieron después del último contacto.

—No tenemos opción —sentenció Bessie—. Cada día que pasa el Gusano gana terreno bajo tierra. Y cada vez que alguien dice que no existe, se hace más fuerte en la imaginación colectiva.

Yo me acerqué al plano. Había un segundo problema que nadie mencionaba, pero que todos intuíamos.

—¿Y los informes oficiales? —pregunté—. ¿Seguiremos mintiendo a la Asamblea? ¿A los emisarios de la Diócesis de Legiria? ¿O incluso a los inspectores del Protectorado Exterior?

Hubo un silencio. Kapusca, al fin, habló con la voz baja, pero dura como el hierro.

—Tendremos que bifurcar la verdad. El relato oficial será una historia de desórdenes tectónicos, peligro de derrumbes, clausura por riesgo sísmico. A la vez, estableceremos un segundo circuito de información, restringido, para los verdaderos aliados. Y no se compartirá por escrito. Solo en palabra viva.

—¿Y cómo escogeremos a esos aliados? —preguntó Samuel.

Bessie levantó la mirada del mapa, los ojos cargados de memoria y determinación.

—Los reconoceremos porque, como nosotros, ya han sentido el aliento del Gusano en la nuca. Solo ellos sabrán cuándo hablamos en serio.

—Y los demás… —añadí con amargura—. Los demás seguirán viviendo sobre una criatura que no creen real.

Bessie dejó el punzón sobre el pergamino y se incorporó, su figura recortada contra la lámpara, como una estatua de sal preñada de historia.

—Entonces debemos apresurarnos. Esta ciudad duerme sobre su verdugo, y no tardará en abrir el ojo.

Y así quedó pactado. Sellar el umbral. Reunir los sellos antiguos. Tejer dos verdades. Y, lo más difícil, no quebrarse en el intento.

Fue entonces, con las primeras luces del alba asomando tras los ventanales emplomados de la comendadoría, que comenzó la verdadera marcha. No una marcha militar ni una huida —aún no—, sino esa otra clase de movimiento sutil que inicia en el espíritu: la decisión compartida entre quienes han visto lo innombrable y ya no pueden volver los ojos a la ignorancia.

Aquel amanecer, Batonia parecía más antigua que nunca. La niebla bajaba por las torres como si fueran los pliegues de un sudario, y el río Gacela, al pie de la ciudad, no emitía sonido alguno, más que un lejano rumor semejante al aliento de una bestia dormida. Nos disponíamos a bajar hacia el ala olvidada donde yacían los artefactos del maestro Helmut Franz, a quien la historia oficial había convertido en traidor, alquimista herético, y, en ciertos círculos, mártir de un conocimiento demasiado vasto para ser digerido por los estómagos pequeños de la burocracia.

Samuel, aún con el horror en sus ojos, fue testigo de la carrera de Kapusca desde la garita y a no ser por la fuerza de tres guardianes que lo agarraron se hubiere tirado al río para ir al rescate de su compañera en peligro. Llegó a la comendadoría custodiado por los guardianes por orden de Bessie. A ese gigantón se le escaparon las lágrimas al reunirse con nosotros y, de la fuerza de su abrazo, perdimos la capacidad de respirar por unos segundos.

Kapusca se envolvió en una capa de campo forrado con placas de memoria, artefacto vetusto que aún almacenaba pulsos de las investigaciones de su madre. Samuel por su parte, se armó con un bastón-tensador, tecnología tan primitiva como fiable, que al vibrar emitía una frecuencia capaz de entumecer miembros o, en el caso de ciertas criaturas subterráneas, perturbar sus patrones nerviosos.

—Ningún texto menciona cuántas veces Helmut descendió a los niveles más bajos —dijo Kapusca mientras abríamos la compuerta del nivel inferior, cuyos goznes gemían como si se resistieran a ser testigos de nuevos secretos—. Pero las inscripciones en las vigas, si uno las lee al revés, cuentan una historia completamente distinta.

—¿Reescribió la historia desde las paredes? —pregunté con mezcla de asombro y respeto.

—No la reescribió —corrigió ella—. La ocultó a plena vista.

Bessie, por su parte, se había puesto una armadura ceremonial liviana, una prenda de protocolo más que de combate, pero la portaba con una dignidad que imponía silencio. Aquella armadura había pertenecido a nuestro abuelo, custodio mayor durante los días de la primera rebelión, y conservaba en la pechera los símbolos desgastados del Juramento Nocturno, un antiguo voto que solamente hacían los batonios dispuestos a morir por las verdades veladas.

—Me enseñaron a esconderme en las bibliotecas y a esquivar preguntas con juegos de palabras —dijo mientras descendíamos por el pasillo que nos conducía a los archivos sellados—. Pero el Gusano no entiende de retórica. No negocia. No miente. Solo devora.

Llegamos, al fin, a la puerta del archivo subterráneo. No había cerradura visible, sólo un mosaico de piedras de obsidiana que parecía vibrar levemente al paso de nuestros pensamientos más oscuros.

—Debemos pensar lo que no queremos recordar —dijo Samuel en un susurro.

—¿Cómo dices? —pregunté, desconcertado.

—El sello se abre con una emoción concreta. No es miedo ni pena. Es la combinación que se forma cuando uno recuerda lo que decidió enterrar para siempre.

Todos guardamos silencio. Y uno a uno, colocamos la palma en la obsidiana. Bessie fue la última. Cuando lo hizo, un sonido gutural surgió del mosaico, como un suspiro largo que exhalara siglos de espera, y la puerta comenzó a deslizarse hacia un costado, dejando escapar un vaho denso, cargado de polvo y memorias.

Adentro, esperaban los instrumentos del pasado: cilindros rotatorios, cajas de plomo grabadas con símbolos invertidos, estelas de mica cubiertas de ecuaciones y nombres. Bessie se acercó al altar central y levantó una esfera de cristal ahumado. Dentro, flotaba un fragmento de hueso.

—Esto fue implantado en el primer portador de un sello simbiótico —anunció, y la reverberación de su voz pareció despertar ecos dormidos en el lugar.

—¿Y esto nos protegerá? —pregunté con voz más temblorosa de lo que hubiera querido.

—No nos protegerá —respondió ella—. Pero nos permitirá entender lo que enfrentamos. Y eso es el primer paso para no perecer de estupor.

Kapusca asintió con gravedad.

—Esta noche convocaré a los tres que aún conservan el saber del círculo menor. Ellos serán nuestros primeros aliados.

—¿Y si no acuden? —dijo Samuel.

—Entonces —dijo Bessie sin titubeo— sabremos que el Gusano ya habla por sus lenguas.

Y así quedó sellada nuestra primera decisión táctica: recuperar los artefactos, identificar aliados de conciencia lúcida, y sellar los corredores vivos. Todo ello antes de la luna nueva, cuando las criaturas, según antiguos cánticos de mina, se vuelven líquidas y fluyen hacia la superficie en forma de niebla.

45.

Apenas habíamos emergido de los corredores subterráneos, cuyas paredes transpiraban humedad y memoria, como una carne antigua herida por siglos de olvido, cuando el aire libre nos golpeó con su helada sinceridad. La mañana en Batonia seguía anclada en su grisáceo letargo, y los tejados, aún perlados de rocío, semejaban un mar de lápidas inclinadas hacia el este. La ciudad, a nuestros ojos, ya no era la misma; o quizás éramos nosotros quienes, marcados por el descenso, la mirábamos con otros ojos, ojos ya incapaces de ignorar la raíz del espanto.

Los tres —Bessie, Kapusca y yo— permanecimos un momento en silencio en la plaza desierta de la Torre Cívica. Samuel se nos había adelantado para preparar las medidas de sellado del corredor inferior, pero nosotros aún portábamos el peso invisible de los objetos hallados, los nombres susurrados en las inscripciones y el presagio ominoso del hueso flotante.

—Los signos están acelerándose —musitó Kapusca, su voz como hilo de viento entre ruinas—. En los últimos tres días, han desaparecido cinco perros del cordón exterior, y dos vigías se han replegado sin orden ni razón, murmurando incoherencias. Uno mencionó ver una sombra trepando las paredes de la escuela abandonada de San Gerión.

—Y, sin embargo, la administración mantiene la consigna del silencio —dijo Bessie, con amargura bien templada—. Se prohíbe pronunciar el nombre del Gusano, se ocultan las señales, se distrae al pueblo con edictos menores sobre el precio del vinagre y las ferias del aceite. Pero la amenaza ya ha abandonado los subterráneos. Alvar, ya no es una leyenda. Ya no.

Asentí con gravedad. Las piezas se alineaban como en una antigua profecía desdibujada. Había comenzado a percibir la ciudad no como un organismo social, sino como una criatura dormida sobre una herida que sangraba en lo profundo, y cuyo pus comenzaba a supurar hacia la superficie.

—¿Podemos aún contar con el Círculo Menor? —pregunté.

—Los he convocado —respondió Bessie, mirando hacia el campanario del viejo tribunal—. Varios se ocultaban en casas comunes, como curas disfrazados de labradores. Otros han envejecido, y su miedo ha devenido prudencia, y la prudencia, parálisis. Pero vendrán. Por orgullo o por desesperación.

Kapusca retiró su guante y desplegó sobre una mesa portátil el plano centenario del entramado subterráneo. Con un punzón de cristal marcó tres nodos:

—Aquí es donde confluyen las antiguas galerías de desagüe con las criptas del hospital viejo, y aquí, donde Helmut registró el último desplazamiento del Gusano antes de su desaparición. Si sellamos estos puntos con compuestos vibratorios y cintras de éter frío, podríamos ralentizar sus movimientos hacia la superficie.

—¿Y el tercero?

—El tercero es la duda. El archivo perdido, mencionado solo en las cartas de Herminia de Voch. Nadie lo ha hallado, pero si existe, debe estar en la cámara hexagonal del templo del Tránsito.

—Ese lugar está sellado desde la Guerra de las Tormentas —apuntó Bessie.

—Precisamente por eso.

En aquel momento, el tañido metálico de una campana nos sacudió. Tres toques secos, uno largo. No era un aviso cualquiera. Era la señal del Cónclave Menor. Venían.

Los vimos aproximarse desde los cuatro extremos de la plaza, envueltos en capas de polvo, andares lentos, y miradas profundamente despiertas. No eran guerreros, ni sabios, ni políticos. Eran los últimos depositarios del conocimiento que el miedo había mandado al olvido. Uno de ellos, el más anciano, portaba un báculo de sílex blanco; otro traía en brazos una caja sellada con lacre azul.

Uno a uno, nos rodearon en semicírculo, como si lo acordado ya no requiriera palabras.

—Venís a tiempo —dijo Bessie—, o quizás el tiempo ha venido por nosotros.

El más viejo asintió.

—El Gusano no duerme. Ya no. Ha mudado su piel, y en su nuevo cuerpo trae consigo no solo hambre, sino lenguaje. Ha aprendido a hablar.

—¿A hablar? —interrumpí, sintiendo la sangre desordenarse en mis venas.

—Sí —prosiguió el anciano—. Habla por boca de los indecisos. De aquellos que temen más al ridículo que al horror. Escuchad bien: cuando un batonio se burle de vuestra advertencia, sabed que la criatura ya ha entrado en él.

Nos miramos todos, no como camaradas de armas, sino como custodios de un umbral que, por siglos, había permanecido cerrado.

—Entonces —dije— ha llegado el momento de trazar el círculo. Uno no de piedra ni fuego, sino de alianza.

—Y de sacrificio —añadió Kapusca.

—Y de memoria —selló Bessie.

Así quedó marcada nuestra nueva hoja de ruta. En el día siguiente, la ciudad seguiría ignorante, pero nosotros ya no. Sellaríamos los corredores, protegeríamos las mentes, y volveríamos a buscar en las ruinas del Tránsito. Aun si todo se perdía, al menos no se perdería por falta de valentía.

La expedición al Templo del Tránsito, ese relicario vetusto donde la piedra misma parecía tener conciencia del tiempo, fue decidida en consejo reducido y sellada con un voto de silencio compartido, pues sabíamos que cualquier desliz, cualquier voz que escapara más allá del círculo sagrado, podía despertar ojos que no debían vernos, oídos que no debían oírnos.

Partimos al alba, cuando los velos de la bruma aún no se habían retirado del todo de los tejados de Batonia. El aire estaba tenso, preñado de presagios, y nuestras pisadas, aunque mesuradas, sonaban con un eco impropio, como si la ciudad misma, adormecida en su olvido secular, empezara a reconocer la ruta de sus propios fantasmas.

Bessie marchaba al frente, ataviada con una capa de piel de nevado y el emblema de los Constante prendido a la altura del corazón, como escudo invisible contra las dudas. Tras ella iba Kapusca, más silenciosa de lo habitual, cargando un estuche de aleación densa que contenía los instrumentos de resonancia y cartografía subterránea. Samuel, en último lugar, portaba la linterna de doble foco y el mapa manuscrito de los corredores ocultos, así como un sable de descarga, reliquia militar de un conflicto extinto.

Yo caminaba en medio, midiendo el pulso del grupo y el de mis propios pensamientos, oscilantes entre la urgencia del presente y la persistente sombra de lo no dicho. Desde niño había oído hablar del Templo del Tránsito como de un lugar de penitencia y vislumbre, donde los antiguos, en los umbrales de la peste o del renacer, depositaban votos y secretos. Pero nadie, en vida reciente, lo había hollado. Su entrada, sellada con plomo consagrado tras el Incidente de las Tres Lenguas, era reputada inquebrantable.

El acceso, sin embargo, no era del todo imposible. En los viejos planos de los criptógrafos de la Orden de Mirnor, hallamos una nota marginal: “La tercera campana del porticado oeste aún canta, si se escucha desde el claustro inferior.” Era una clave. Kapusca descifró su equivalencia armónica, y en cuanto alcanzamos el peristilo medio, en ruinas y cubierto de musgo, ella tarareó el tono en una nota pura, larga, tan precisa que el mismo aire pareció acatar la orden de abrirse.

Un gemido profundo, como si la piedra exhalara, brotó de debajo de nuestros pies. El suelo vibró apenas, y uno de losas, incongruente por su limpieza y su leve inclinación, se separó para revelar un pasaje descendente, cuyo primer escalón estaba pulido por siglos de tránsito.

—Por aquí descendieron los Últimos Sinceros —murmuró Bessie—. Los que no quisieron firmar el Tratado del Olvido.

No respondí. Aquel era un lugar para oír, no para decir.

Descendimos con cautela. El corredor no era alto, pero sí vasto en sus resonancias. A cada paso se encendía la luz cenital de nuestras linternas, proyectando en las paredes grabadas de rostros sin ojos y cuerpos sin nombre. A medida que bajábamos, se sentía el cambio: el aire se volvía más frío, sí, pero también más denso, más espeso de presencia, como si las almas de quienes nos precedieron aún flotaran allí, a la espera de un gesto que las liberara o las condenase.

Kapusca fue la primera en detenerse frente al umbral sellado. Era una puerta circular, sin pomo ni quicio visible, inscrita con símbolos que, según Samuel, correspondían a una lengua pre-mirnórica. Pero al centro había una hendidura clara, una especie de cerradura viviente.

—La llave no es objeto —dijo Kapusca, tras estudiar un rato los signos—. Es gesto. Aquí se entra con la memoria.

Bessie cerró los ojos. Alzó ambas manos, como para bendecir un altar, y pronunció algo en voz baja. No entendí las palabras, pero percibí su efecto: la piedra pareció reconocerla. Un latido profundo sonó tras la losa, y esta giró como si cediera a una fuerza invisible. Dentro, la oscuridad era perfecta.

Encendimos el foco central. La cámara no era vasta, pero sí solemne. En su centro se alzaba un altar cúbico, tallado con un único símbolo: una espiral invertida, igual a la que habíamos visto en el hueso flotante del corredor. Alrededor, a modo de guardia silente, se hallaban doce urnas de obsidiana, cada una con un nombre borrado.

—Aquí se hizo el primer pacto —dije, sin saber cómo lo sabía, pero sabiéndolo—. Aquí se intentó sellar al Gusano. Aquí fallamos.

Kapusca extrajo una pequeña esfera translúcida y la posó sobre el altar. Resonó una nota aguda, y desde la base misma del cubo comenzó a elevarse una imagen difusa: una figura encapuchada, parlando en un idioma ya muerto, con una voz tan antigua que el aire mismo se resquebrajaba al contenerla.

—Está transmitiendo desde el pasado —susurró Kapusca—. Desde la última vez que se intentó evitar el despertar.

Bessie cayó de rodillas. No por fe, sino por comprensión súbita. La imagen pronunció una última frase, y luego se desvaneció en una nube de plata.

—¿Qué dijo? —preguntó Samuel.

Bessie alzó la vista. Su rostro estaba pálido.

—“El Gusano no nace. El Gusano se recuerda.”
  Así comenzaba nuestra verdadera tarea. No impedir su llegada, sino desenredar la trama de olvido que lo mantenía a raya. No combatir al monstruo, sino desenterrar la memoria que lo alimenta

46.

La apertura de las urnas se impuso como necesidad ineludible, aun cuando el aire mismo pareció suspirar con un estremecimiento antiguo, como si el sagrado recinto protestase ante nuestra temeraria osadía. No eran simples objetos funerarios lo que teníamos ante nosotros, sino relicarios de saber sellado, cápsulas de tiempo extraviado, testigos silentes de un pacto roto que acaso no debía ser jamás revisitado. Y, sin embargo, allí estábamos, Bessie, Kapusca, Samuel y yo, circundando el altar como penitentes ante un misterio mayor que nuestras propias vidas.

—Que no se diga que los Constante rehúyen su sangre —murmuró Bessie, adelantándose con una determinación serena, y posando ambas manos sobre la urna más cercana, que ostentaba en su base la figura erosionada de un árbol invertido.

Era negra como la noche sin luna, sin marca ni inscripciones visibles, salvo esa señal, y a pesar de los siglos, no mostraba rastro de polvo ni de desgaste. Al contacto con las palmas de Bessie, la superficie pareció templarse, vibrar levemente, como si reconociera una estirpe aún viva. Y entonces, sin ruido, sin humo, sin chispa alguna, la tapa se abrió con la lentitud de un párpado que vuelve a mirar el mundo tras un largo sueño.

En el interior no había ceniza ni huesos, sino un cilindro de cristal fumado, hermético y bruñido, que contenía en suspensión una escritura flotante, un texto que no estaba impreso ni inscrito, sino danzando en el éter contenido del tubo, como una cinta de letras líquidas, eternamente legible e inasible.

Kapusca se acercó, ajustó sus gafas de lectura simbólica y comenzó a transcribir en voz baja, apenas audible:

—“Primera Voz del Tránsito: el Gusano es la sombra del deseo colectivo reprimido, la entidad nacida del miedo negado, del poder sin propósito, de la historia no dicha. Mientras no se nombre, crece. Mientras no se recuerde, se multiplica.”

Nos miramos sin saber qué responder. Samuel, que hasta entonces había permanecido en tenso silencio, alzó la mano para señalar otra de las urnas, la segunda a la izquierda, donde apenas se distinguía un relieve: una corona quebrada.

—Si hay doce, hay una rueda completa —dijo—. Una profecía para cada signo de pérdida.

Y así, uno a uno, procedimos a abrirlas, cada urna, revelando un testimonio, un fragmento de un conocimiento olvidado por voluntad o por temor. Ninguna contenía restos mortales, y, sin embargo, todas olían a pasado irrevocable.

La tercera urna, al ser abierta, mostró un pequeño libro en vitela, escrito con tinta, que solo se revelaba al tacto cálido. Sus páginas hablaban del “Pacto de los Once”, una alianza entre Casas y Órdenes para sellar, no destruir, al Gusano Bravo, y del Doceavo, el ausente, el traidor, aquel cuya identidad había sido borrada de todos los registros.

—Quizá no fue un traidor —dijo Kapusca mientras hojeaba con dedos reverentes—. Tal vez fue el que se negó a olvidar.

La cuarta urna contenía un relicario sonoro: un cilindro de oro grabado con patrones acústicos. Al hacerlo girar, comenzó a emitir la voz de un anciano, clara, serena:

—“No hay exorcismo sin testigo, no hay cura sin confesión. Si el Gusano es retornado, es porque se le permitió germinar en el silencio. La verdad es su veneno. La memoria, su ruina.”

Bessie lloraba. No de miedo, sino de ira y lucidez. Comprendía, al igual que yo, que los secretos de Batonia no eran monstruos bajo tierra, sino silencios cuidadosamente cultivados, una memoria amputada en nombre de una paz que jamás fue verdadera.

—Hemos de abrirlas todas —dije, y nadie me contradijo.

La quinta reveló un mapa: un entramado subterráneo que conectaba el Templo del Tránsito con el Coro Bajo de la Gran Torre y, más allá, con el Osario del Consejo. El Gusano no dormía en una sola cueva, sino que habitaba el subsuelo entero de Batonia, como raíz venenosa bajo el mármol ilustre de las casas señoriales.

La sexta urna contenía solo un nombre, escrito en tinta roja sobre un velo de seda: “Alvar Salce”.

Me estremecí. Bessie me miró con un pálido temblor en los labios.

—Eso… no puede ser…

Pero ahí estaba, intacto, incontestable. El documento era antiguo, innegablemente. Y, sin embargo, llevaba mi nombre, mi grafía, mi sangre.

—¿Qué significa esto? —pregunté.

Kapusca contestó sin alzar la vista:

—Que esta historia no es nueva para ti. Solo lo has olvidado.

Así nos enfrentamos, no a una criatura, sino a una historia viva, un ciclo que vuelve, que nos reclama a cada generación. El Gusano no era una amenaza venidera: era una herencia, un juicio, una consecuencia.

Y aún quedaban seis urnas por abrir.

El aire estaba cargado de una quietud ominosa, como si la misma tierra bajo nuestros pies aguardara, con paciencia ancestral, el desenlace de un drama que parecía ya escrito en los pliegues del tiempo. Había algo irremediable en la marcha de nuestros pasos, como si ya fuéramos sombras en un relato que, aunque aún por completarse, había sido sellado con anterioridad, bajo el dictamen de fuerzas inquebrantables. A lo lejos, la silueta de Batonia se alzaba sobre el horizonte, sus torres recortadas contra el firmamento plomizo, y el murmullo lejano de la ciudad me llegaba como un suspiro perdido entre las grietas del pasado.

Bessie caminaba a mi lado, su rostro aún marcado por la tensión que las revelaciones en el Templo del Tránsito habían provocado. Aquella quietud que la envolvía era más que la calma de alguien que sabe que ha visto lo que no debía ver: era el pesar de quien ha bebido del cáliz de la verdad y ahora sabe que, al igual que nosotros, ya no puede volver atrás. Sus pasos eran lentos, medidos, como si cada movimiento fuera un cálculo, una anticipación de lo que podría surgir a cada instante. Samuel, a su vez, mantenía su distancia, absorto en pensamientos oscuros, los ojos fijos en el horizonte, como si tratara de descifrar, entre las sombras, las antiguas huellas de lo que ya había sido escrito.

—No creas que esto ha terminado —dijo Bessie, su voz quebrada por el peso de la revelación—. Esto no es solo sobre el Gusano Bravo, Alvar. Lo que has encontrado allí abajo es mucho más. Todo lo que has descubierto no es sino el principio de una historia tan antigua como la propia ciudad, más vasta que cualquier historia que se nos haya contado.

A medida que sus palabras se deslizaban hacia mí, una sensación indescriptible se apoderó de mi pecho, una especie de presagio que no podía ignorar. El saber, el conocimiento, se expandían ante nosotros, como un laberinto cuyo centro parecía estar más allá de lo que podíamos alcanzar. Y, sin embargo, nos dirigíamos a él, sin dudar, sin otra alternativa que enfrentarlo. ¿Era acaso el destino el que nos conducía, o éramos simples marionetas atadas a hilos invisibles?

—Lo sé —respondí, con voz apenas audible, como si temiera romper el frágil equilibrio que había entre nosotros—. Pero no estoy seguro de lo que esto significa. Lo que estábamos buscando… no era esto. La rebelión, la conspiración… Las piezas no encajan, Bessie. Algo más está en juego.

Samuel alzó la vista entonces, sus ojos oscilando entre la oscuridad del techo y el pasillo en frente de él. Era como si estuviera viendo más allá, como si su mente estuviera recorriendo los pasadizos de Batonia, desentrañando las piezas de un rompecabezas que nos habíamos apresurado a montar.

—Lo que no comprendes, Alvar, es que la rebelión nunca fue sobre el control. Fue sobre el olvido —dijo, su voz grave, casi como si estuviera recitando una sentencia. Las palabras eran claras, pero el significado, profundo como las aguas subterráneas, permanecía difuso—. El Gusano Bravo no es solo una criatura, es un concepto, una entidad que se alimenta del olvido, del silencio que mantenemos sobre la verdad. Si no recordamos, si no enfrentamos lo que sucedió, se seguirá alimentando de nosotros, hasta que la ciudad misma sea su sepulcro.

El eco de sus palabras se instaló en el aire, como una campana tocando a lo lejos, llamándonos hacia algo que no podíamos ver con claridad. La idea de que todo lo que creíamos entender sobre Batonia, sobre la rebelión, era solo una cortina de humo ante algo diferente, me llenó de inquietud. El conocimiento se estaba revelando ante nosotros, capa tras capa, pero cada descubrimiento solo traía consigo más preguntas, más sombras.

—Entonces, ¿qué se supone que hagamos ahora? —preguntó Bessie, la desesperación apenas contenida en su tono. Había algo en su voz que resonaba con una verdad amarga, una verdad que ninguno de nosotros quería aceptar. La búsqueda que habíamos emprendido, las decisiones que habíamos tomado, nos habían conducido a este punto de no retorno. La puerta estaba abierta, y no había vuelta atrás.

Por un momento, la ciudad de Batonia se alzó ante nosotros, no como la urbe bulliciosa que habíamos conocido, sino como una encrucijada de historias olvidadas, de secretos enterrados bajo su mismo pavimento. Sentí que cada piedra, cada callejuela, cada sombra escondida entre los viejos edificios, era testigo de algo extraño, algo más antiguo que nosotros, algo que no podríamos deshacer.

—Lo que debemos hacer —dije, tras una pausa, mientras la fría brisa de la tarde nos envolvía—, es desentrañar todo lo que permanece oculto. Exponer la verdad, por dolorosa que sea. Si no lo hacemos, Batonia caerá, tal como lo predijeron aquellos que construyeron este lugar.

El viento comenzó a agitar las hojas de los árboles cercanos, como si la ciudad misma respirara, ansiosa por descubrir lo que habíamos traído con nosotros. Y así, sin más palabras, nos dirigimos de nuevo hacia el corazón de Batonia, hacia la oscuridad que se cernía sobre la ciudad, sabiendo que nuestras decisiones, por fin, nos habrían de revelar lo que siempre estuvo oculto en las sombras de su historia.

47.

La ciudad de Batonia, que alguna vez fue un reflejo de esplendor y firmeza, ahora se presentaba ante nosotros como un laberinto de misterios sombríos. Sus calles, angostas y empedradas, parecían desvanecerse en la niebla de la incertidumbre, como si cada rincón estuviera cargado con los ecos de un pasado olvidado que aún clamaba por ser desvelado. Las sombras de sus muros centenarios se alargaban con la caída de la tarde, cubriendo cada callejuela, cada plazoleta, con una capa de misterio que no podíamos ni debíamos ignorar.

Bessie, a mi lado, parecía caminar en una especie de trance, como si la verdad que había salido a la luz en el Templo del Tránsito le hubiera arrebatado algo más que el conocimiento. Su mirada, ausente, parecía perderse entre las sombras de la ciudad, mientras sus pensamientos recorrían un sendero que yo no podía comprender completamente. Samuel, por su parte, mantenía un paso firme, como si él ya hubiera aceptado, desde mucho antes, que esta historia no era nuestra, sino una historia de Batonia, una historia en la que éramos solo peones, irremediablemente atrapados.

—Lo que nos queda por hacer es enfrentar lo que está por venir —dijo Samuel, sus palabras resonando como un faro en medio de la oscuridad que nos envolvía—. Sabemos lo que está oculto en los pliegues de la historia de esta ciudad, pero lo peor, lo más terrible, aún está por salir a la superficie. El Gusano Bravo no es solo una leyenda, es la encarnación de nuestra propia decadencia. Y si no lo enfrentamos, todo lo que hemos conocido sucumbirá con ella.

Sus palabras caían sobre nosotros como un peso insoportable, pero había una verdad innegable en ellas. El Gusano Bravo no era solo una criatura o una maldición del pasado; era una manifestación de la podredumbre que había estado latente en las entrañas mismas de Batonia, creciendo en silencio mientras las generaciones se sucedían, ajenas a la amenaza que se cernía sobre ellos. Y ahora, nosotros, al haber desvelado la existencia de esa abominación, habíamos abierto una puerta que no podía cerrarse.

Bessie, finalmente, rompió el silencio, su voz temblorosa, pero decidida, como si hubiera alcanzado una conclusión que no podía ignorar más.

—¿Y qué vamos a hacer, Alvar? ¿Vas a quedarte aquí, esperando que la ciudad se derrumbe sobre nosotros? —Su tono estaba cargado de desdén, pero también de una desesperación palpable—. Tú tienes la capacidad de ver más allá, de prever lo imposible, de calcular lo que podría ocurrir. Pero esto… esto no lo habíamos planeado.

Me detuve un momento y la miré con una intensidad que parecía calar en lo más profundo de su ser. Las palabras de Bessie resonaban en mi mente, y, por primera vez, comprendí la magnitud de lo que enfrentábamos. La rebelión, el complot político, todo eso había sido solo la superficie de algo mucho más profundo, algo que se había tejido a lo largo de los siglos, como una tela de araña invisible que ahora nos envolvía. Y lo peor de todo, lo que más me aterraba, era que no sabíamos si estábamos jugando con el fuego o si éramos los que íbamos a ser consumidos por él.

—Lo que debemos hacer —comencé, con voz baja, pero firme—, es descubrir hasta qué punto hemos sido manipulados. ¿Quiénes son los verdaderos enemigos? ¿Qué parte de nuestra historia nos ha sido ocultada? No podemos simplemente quedarnos de brazos cruzados, esperando que algo se resuelva solo. Tenemos que enfrentarlo, antes de que lo que sea que esté despertando bajo la tierra arrase con todo lo que conocemos.

Samuel, que hasta entonces había estado sumido en sus pensamientos, alzó la vista y, por primera vez, me miró con una expresión que era un cóctel de resolución y miedo.

—¿Y si todo esto es solo el principio? —preguntó, como si se estuviera hablando a sí mismo—. ¿Y si lo que desenterramos no solo tiene que ver con el Gusano Bravo, sino con algo diferente? Algo que ni siquiera nosotros comprendemos completamente. El pasado está lleno de secretos, y nosotros somos solo los últimos en descubrirlos. Pero eso nos convierte en blanco. En Batonia, nadie está a salvo.

La última frase de Samuel resonó como un eco en las calles vacías. Nadie estaba a salvo. Nadie, excepto aquellos que sabían cuándo retirarse. Y nosotros, en ese momento, no sabíamos si estábamos entrando en un abismo o si estábamos condenados a buscar respuestas en un pozo sin fondo. Pero algo en lo más profundo de mi ser me decía que, de alguna manera, las respuestas estaban más cerca de lo que pensábamos, y que nuestro destino, aunque incierto, no había hecho más que empezar.

Bessie, a mi lado, parecía comprender lo mismo. Su rostro, marcado por la tensión, comenzó a suavizarse, y una resolución nueva comenzó a formarse en sus ojos.

—Tenemos que actuar rápido —dijo, su voz ahora más firme—. El Gusano Bravo no es solo un enemigo físico. Es una sombra que se extiende, una fuerza que se alimenta de nuestra duda, de nuestra desconfianza. Si queremos salvar lo que queda de Batonia, no podemos quedarnos a esperar. Tenemos que ir al corazón de esta oscuridad y arrancarla de raíz.

A medida que nos adentrábamos más en las entrañas de la ciudad, la sensación de que algo se estaba desmoronando a nuestro alrededor se intensificaba. Pero en mi corazón, sentía una urgencia indescriptible, como si el tiempo fuera un enemigo que no podíamos permitirnos subestimar. La verdad, esa verdad que tanto nos había eludido, estaba a punto de revelarse por completo, y nosotros, con cada paso, nos acercábamos más a su abrazo, ya fuera para liberarnos de ella o para quedarnos atrapados en su abrazo fatal.

Así, entre sombras y secretos, nuestra expedición hacia el subsuelo de Batonia continuaba, sin saber que lo que encontraríamos sería mucho más de lo que nuestras mentes aún podían concebir.

La ciudad de Batonia, en su penumbra perpetua, parecía contemplarnos con ojos antiguos y sabios, como si supiera que íbamos a ser los últimos en intentar desentrañar los secretos que se habían tejido en sus cimientos durante siglos. Sus muros, al igual que los de un viejo monasterio olvidado por el tiempo, resguardaban no solo las huellas del pasado, sino también la creciente oscuridad que se extendía por sus venas. Las sombras se alargaban conforme avanzábamos, como si la misma ciudad intentara engullirnos, devorarnos por entero en su silencio ancestral.

Bessie, Kapusca, Samuel y yo recorríamos las estrechas callejuelas, nuestra presencia apenas una sombra más en ese mar de misterio. La respiración agitada de los cuatro contrastaba con el absoluto silencio que nos rodeaba. Cada paso que dábamos, cada susurro del viento, parecía multiplicarse en el aire denso de Batonia, como si la ciudad estuviera escuchando, esperando, observando.

—Estamos adentrándonos en lo que nadie ha osado tocar —dijo Bessie, su voz apenas un susurro, como si hablar en voz alta pudiera despertar algo aún más temible que lo que ya sabíamos. Su tono, una mezcla de determinación y miedo, era la misma melodía de todos los habitantes de Batonia, atrapados entre la necesidad de enfrentar lo desconocido y el terror de lo que podía aguardar al final de nuestro camino.

Samuel, por su parte, parecía ajeno a la amenaza que se cernía sobre nosotros, al menos en apariencia. Su mente, siempre alerta, se mantenía enfocada en lo que íbamos a descubrir. Cada paso que daba, cada gesto que hacía, indicaba que él ya había aceptado que el destino de Batonia, el nuestro y el de todos los que nos rodeaban, estaba sellado. Lo único que nos quedaba era intentar cambiar su curso, aunque supiéramos que nuestras posibilidades eran tan inciertas como los rumores que llenaban las tabernas de la ciudad.

—Nada es lo que parece —comentó Samuel, mirando al frente con una intensidad que no dejaba lugar a dudas. Sus ojos reflejaban una mezcla de conocimiento y desesperación, como si estuviera viendo lo que el resto de nosotros no podíamos comprender aún—. Y lo que descubrimos en el Templo del Tránsito, lo que hemos desvelado, no es más que una pieza en un juego mucho más antiguo. No es solo el Gusano Bravo lo que amenaza esta ciudad. Es lo que hay detrás de él, lo que se ha alimentado de nuestra ignorancia, de nuestra indiferencia.

El susurro del viento entre las piedras de la ciudad parecía responder a sus palabras, como si Batonia, misma, se hubiera sentido tocada por la verdad que acababa de pronunciar. La neblina comenzaba a levantarse, pero en su lugar, el aire se volvía más espeso, como si la ciudad misma nos empujara a entrar en las entrañas de su ser. Mis pensamientos, turbados por las revelaciones recientes, se agitaban como un torbellino en mi mente. Sabía que el tiempo era nuestro enemigo, pero también lo era la verdad. La verdad que, de ser desvelada completamente, podría quebrantar todo lo que creíamos saber, todo lo que creíamos entender sobre Batonia, sobre nosotros mismos.

Al llegar a las puertas de lo que parecía el fondo del centro de la ciudad, un antiguo edificio de piedra que se erguía como una fortaleza desmoronada, un frío inexplicable nos envolvió. La estructura, imponente y majestuosa a su manera, parecía haber sido testigo de incontables generaciones que habían venido y se habían ido sin saber lo que se escondía bajo sus cimientos. Aquí, en este lugar, se encontraba la última pieza del rompecabezas: la urna sellada, la que contenía las respuestas, las que ahora debíamos conocer, aunque no supiéramos si estaríamos preparados para enfrentarlas.

—Aquí estamos —dijo Bessie, con una mirada tan dura como el mismo mármol de las paredes que nos rodeaban. Un resplandor tenue provenía de las grietas del edificio, como si el mismo templo estuviera vivo, respirando lentamente, esperando a que llegáramos. Ella se acercó a una de las paredes, donde unas extrañas escrituras brillaban con una luz pálida—. Lo que hemos venido a buscar está dentro, pero dudo que estemos preparados para lo que encontremos.

Su voz se quebró al pronunciar esas palabras, y por un breve momento, sentí que el peso de la historia de Batonia, de todas las generaciones que habían vivido y muerto en este lugar, recaía sobre nosotros. Este lugar, que había sido testigo de secretos olvidados, era el umbral entre el pasado y el futuro, entre la vida y la muerte.

Samuel, como siempre, mantuvo su compostura. Su expresión no cambió, aunque pude ver en sus ojos una sombra de inquietud. Sabía lo que nos aguardaba dentro de esas paredes, lo que habíamos desenterrado sin querer, lo que estaba a punto de ser revelado.

—Lo único que podemos hacer es seguir adelante —dijo con voz firme, pero sin el menor asomo de esperanza—. Sabemos lo que buscamos. Ahora tenemos que descubrir hasta qué punto estamos dispuestos a pagar el precio por obtenerlo.

Con esas palabras, cruzamos el umbral del edificio, sumidos en la oscuridad de lo que, sin duda alguna, sería nuestra última batalla. La puerta se cerró tras nosotros con un estruendo que resonó como el último latido de una ciudad moribunda. Y con cada paso que dábamos hacia el centro del templo, el aire se hacía más pesado, más denso, como si el propio suelo estuviera buscando atrapar nuestras almas antes de que pudiéramos salir de allí.

En ese momento, comprendí que Batonia nunca volvería a ser la misma, y que nosotros tampoco lo seríamos. La verdad que habíamos estado buscando durante tanto tiempo estaba a punto de revelarse, pero, como siempre ocurre en tales circunstancias, lo que encontraríamos podría no ser más que una sombra del horror que habíamos despertado sin querer.

48.

La oscuridad que nos envolvía dentro del templo parecía apoderarse de cada rincón del edificio, como si la misma ciudad, en su desmesurada vehemencia, tratara de ocultar su propia esencia bajo un manto de olvido. El aire pesado, cargado de un perfume antiguo, casi a podredumbre, nos envolvía en un abrazo mortal. Los susurros del pasado, aquellos que jamás debieron ser escuchados, parecían filtrarse entre las paredes de piedra, como ecos de una época que se había perdido, o quizás, como los lamentos de aquellos que habían caído en la trampa de buscar respuestas donde no existían.

El templo, o lo que fuera este lugar olvidado, era una contradicción de formas, construido sin un orden que pudiera discernirse, como si su arquitectura hubiera crecido de manera orgánica a lo largo de siglos, sin un solo propósito, más allá de la pura supervivencia de su propia existencia. Los pasillos que nos conducían hacia lo desconocido se estrechaban cada vez más, y la luz de nuestras antorchas luchaba por mantener a raya la vastedad de la oscuridad que se cernía sobre nosotros.

Bessie caminaba delante, su silueta apenas visible en la penumbra, pero su presencia, tan palpable como el propio aire que respirábamos, parecía guiar nuestros pasos. Cada uno de sus movimientos estaba cargado de una sensación inquietante, como si supiera, o al menos intuyera, lo que nos esperaba. Samuel, más atrás, caminaba con una mirada fija, como si su mente estuviera ya mucho más allá de los muros de aquel lugar, visualizando los horrores que habíamos venido a enfrentar.

Yo, por mi parte, sentía una presión creciente sobre el pecho, como si cada piedra que pisábamos nos estuviera llevando hacia un destino que, aunque inevitable, aún no comprendía en su totalidad. El peso de la historia que había marcado mi familia, la conexión entre mi linaje y la misma Batonia, se deslizaba en mi mente como un velo que se iba levantando lentamente, revelando fragmentos de un conocimiento que no sabía si deseaba poseer.

Fue entonces cuando llegamos al umbral de la cámara central del templo, una sala de proporciones insondables, cuyos muros se alzaban hacia el techo sin una forma reconocible, dejando que la luz de nuestras antorchas danzara en sombras irreconocibles. Allí, en el centro, un altar de piedra oscuro, cubierto de inscripciones que no entendía, parecía esperarnos, y sobre él, la urna que habíamos venido a abrir, tan silenciosa, tan ominosa, que el aire a su alrededor palpitaba.

—Este es el fin de nuestro camino —dijo Bessie, su voz resonando con la misma fuerza con la que un antiguo rito debería haber sido pronunciado, como si, en ese momento, ya no quedara espacio para las dudas, para los miedos.

Samuel, que había estado observando la urna con una intensidad que no podía esconder, se adelantó, como si supiera que lo que estaba por ocurrir era inevitable. Sus manos, que antes estaban calmadas, ahora temblaban ligeramente. No era miedo lo que se reflejaba en su rostro, sino algo mucho más profundo, una mezcla de resignación y determinación, como si finalmente se hubiera dado cuenta de que lo que buscamos no se encuentra en la superficie, sino en lo más profundo de nuestra propia naturaleza.

—¿Estás seguro de que debemos abrirla? —le pregunté, consciente de la gravedad del momento, consciente de que una vez que esa urna se abriera, no habría vuelta atrás.

—Lo que debemos hacer, lo haremos —respondió Samuel, sin titubear. No había espacio para vacilaciones, para dudas, y su tono de voz era firme, casi como si la decisión ya hubiera sido tomada mucho antes de que llegáramos aquí, mucho antes de que nuestras vidas comenzaran a enredarse con el destino de Batonia.

Bessie se acercó a la urna con pasos lentos, calculados, y colocó su mano sobre ella. Por un instante, la sala pareció detenerse, como si el tiempo mismo quisiera retenernos allí, en esa frágil frontera entre lo conocido y lo desconocido. El contacto de su mano con la superficie de la urna hizo que un estremecimiento recorriera todo el templo. Las inscripciones en las paredes comenzaron a brillar con una luz tenue, como si algo en su interior comenzara a despertarse, algo que había estado dormido durante milenios.

—Esto… —susurró Bessie, mirando al frente, pero sus ojos reflejaban algo más que incertidumbre. Había algo en ellos, un atisbo de comprensión de lo que estábamos a punto de desencadenar, algo que nos superaba por completo—. Esto no era lo que pensábamos.

El silencio en la sala se hizo absoluto, tan espeso que parecía casi palpable. Un retumbar lejano, como el sonido de un latido distante, comenzó a resonar en las entrañas de la tierra, haciéndonos sentir que algo bajo nuestros pies se movía, algo que había estado aguardando pacientemente durante siglos.

Samuel se adelantó, y con un gesto decidido, tomó la urna. No nos dijo nada, pero su mirada hablaba por él, transmitiendo la certeza de que, por mucho que lo deseáramos, no había vuelta atrás. La abertura de la urna estaba sellada por un mecanismo antiguo, uno que requería una presión exacta para ser desbloqueado, y fue él quien, con manos firmes, lo activó.

El sonido que siguió fue el de algo que se desgarra, como el suspiro final de un mundo que se había mantenido oculto y que, ahora, comenzaba a emerger. Al abrirse, la urna dejó escapar una niebla densa, oscura, que no se disipaba con el aire. Aquella niebla parecía viva, pulsante, llena de una energía que nos hizo retroceder instintivamente.

El destino de Batonia, el nuestro, y de todo lo que conocíamos, estaba sellado en ese momento. La pregunta ya no era si éramos capaces de enfrentarlo, sino si, al hacerlo, seríamos capaces de sobrevivir a lo que se desataría a continuación.

La niebla, densa como un velo antiguo, se desplegó ante nosotros con una velocidad vertiginosa, como si el tiempo mismo hubiese decidido doblegarse ante su voluntad. Al principio, era solo una brisa ligera, un susurro que parecía arrastrar consigo ecos olvidados de voces que nunca habíamos oído. Pero pronto esa brisa se tornó en un torrente imparable, un aliento pesado que llenó la sala con una oscuridad tangible, que nos envolvió como una manta funeraria, cubriéndonos por completo. La niebla no solo distorsionaba la visión, sino que parecía devorar el mismo aire que respirábamos, volviéndolo espeso, casi irrespirable.

Bessie, con su rostro ahora pálido, dio un paso atrás, como si algo en su interior le dijera que había cometido un error al despertar aquel antiguo mal. Samuel, por su parte, permaneció inmóvil, con los ojos fijos en la urna, como si el ser que se escondía en su interior le llamara con una fuerza irresistible. Mi propio corazón latía con fuerza, y mi mente, asfixiada por el sudor frío, buscaba alguna explicación, alguna razón para lo que estábamos presenciando, pero no la encontraba. Lo que habíamos liberado no era simplemente una revelación, no era el simple conocimiento guardado en los pliegues del tiempo; era una manifestación, una forma de horror que no comprendíamos, que ni siquiera podíamos nombrar con la coherencia de la razón humana.

El retumbar subterráneo aumentó en intensidad, y la niebla comenzó a girar sobre sí misma, tomando forma, como si un hálito primordial estuviera dando cuerpo a una sombra viviente. La sala misma, antes un santuario de piedra, ahora parecía cobrar vida. Las paredes crujían, los cimientos temblaban, y por un instante, me pareció que las antiguas escrituras que adornaban los muros cobraban luz propia, brillando con una fuerza casi cegadora.

—¿Qué hemos desatado? —musité, sin poder evitar que las palabras salieran como un suspiro ahogado en el abismo de la incertidumbre.

Bessie, que no apartaba la mirada de la niebla, tragó saliva, su garganta trabajando con dificultad. Por un momento, creí que no iba a responder, que el terror había dejado su voz atrapada en algún rincón oscuro de su ser, pero finalmente, su voz, temblorosa y quebrada, emergió entre la niebla:

—Lo que hemos desatado… no es solo el Gusano Bravo, Alvar. Eso es solo el nombre que se le ha dado, pero no es el verdadero mal. Lo que hemos liberado es algo mucho más antiguo, mucho más profundo. El Gusano Bravo es solo una manifestación, una parte de un ser que ha estado esperando en las sombras de la ciudad, en las entrañas de la tierra misma. Algo que fue sellado hace milenios, algo que alimentó y creó a Batonia. Y ahora, al abrir esta urna, hemos dado paso a su despertar.

Las palabras de Bessie se hundieron en mi pecho con la fuerza de un golpe de martillo, aplastando cualquier resquicio de esperanza que pudiera haber quedado en mí. La revelación de su voz resonó en las paredes del templo, como si la misma estructura hubiese escuchado, como si la ciudad, en su infinita paciencia, hubiera estado esperando este momento. Pero aún había más, algo que Bessie no decía, algo que su expresión temerosa no alcanzaba a revelar.

Samuel, que hasta ese momento había estado inmóvil, como en trance, dio un paso hacia la niebla, su rostro sombrío, casi impasible, como si el peso de la verdad que acababa de escuchar le hubiera arrojado de vuelta a una realidad ineludible. Su mano se alzó, y con un gesto que no admitía dudas, se adentró en la espesa niebla.

—No hay tiempo para lamentaciones —dijo con firmeza, aunque su voz también traía consigo un dejo de angustia que rara vez dejaba ver. La niebla, al parecer, le aceptó, como si lo hubiera estado esperando—. Tenemos que encontrar el corazón de lo que hemos liberado. Si no lo hacemos, si no entendemos su naturaleza, no habrá futuro para Batonia. Y no habrá futuro para ninguno de nosotros.

El templo, que ya había comenzado a retumbar con los ecos de lo que habíamos despertado, comenzó a moverse con mayor violencia. Las piedras crujían, y un sonido que no podía describir, algo entre un rugido lejano y un suspiro profundo, llenaba el aire, como si la misma tierra respondiera a nuestra osadía. Y mientras la niebla se espesaba a nuestro alrededor, un susurro, frío como el hielo, recorrió la sala, repitiendo palabras que no lograba entender, pero que sentí calar en mis huesos como si cada sílaba fuera una maldición.

La niebla comenzó a disolverse, lentamente, como si no fuera un ente físico, sino una entidad que se desvanecía solo por voluntad propia. A medida que se disipaba, mi visión se hizo más clara, y vi, en el centro de la sala, lo que parecía un altar de piedra, pero sobre él descansaba algo mucho más inquietante. En el centro de aquel altar, rodeado por las escrituras que comenzaban a brillar con una intensidad cada vez mayor, yacía una figura, una figura encorvada, oscura, cuya forma era imposible de describir con palabras humanas. Parecía una amalgama de sombras y carne, algo que nunca debió haber existido, algo que la realidad misma no podía contener.

—Esto… no es el final —dijo Bessie, con los ojos fijos en la figura en el altar, el terror palpable en su voz—. Es solo el comienzo.

A mis espaldas, el eco de la ciudad resonó con un estruendo final, como si el último aliento de Batonia se hubiera liberado en ese instante, como si al abrir esa urna, al despertar a lo que allí se hallaba, hubiéramos desatado una calamidad que ya no podría ser detenida. La ciudad, atrapada entre la oscuridad y la luz, parecía haber decidido su destino. Y nosotros, de algún modo, estábamos condenados a ser los instrumentos de su revelación final.

49.

Aquel instante, que parecía suspendido en la densidad de la niebla, se alargó como un eco interminable que retumbaba en las paredes del templo. La figura encorvada sobre el altar, deforme y perturbadora, permaneció inmóvil, casi esperando a que nuestro horror se convirtiera en su alimento. Sentí que la atmósfera misma se había congelado, que el tiempo, ese concepto tan abstracto, se había detenido por completo, como si la misma naturaleza de la realidad se estuviera replegando ante la amenaza de lo que habíamos desatado.

Bessie, que se había acercado cautelosamente, de alguna manera intuyendo la magnitud de lo que se ocultaba en esa figura sombría, dio un paso atrás, sus ojos dilatados por el pavor, como si quisiera huir, pero sus pies no respondieran. Samuel, a su lado, no mostró la misma vacilación. Con determinación en su rostro, se acercó aún más al altar, y por un momento, sus ojos se entrecerraron, como si estuviera percibiendo algo que el resto de nosotros no alcanzábamos a ver.

Fue entonces cuando la figura en el altar comenzó a moverse.

Primero, fue un sutil estremecimiento en sus extremidades, una vibración casi imperceptible, como si estuviera despertando de un sueño milenario. Luego, la figura levantó la cabeza, y lo que vi me hizo temblar, aunque mi cuerpo, por alguna razón que no comprendía, se encontraba inmóvil, atrapado por la visión de lo imposible. La cara de la criatura, si es que era una cara, estaba formada por una maraña de piel arrugada, similar a un montón de telas deshilachadas, y sus ojos, al abrirse, no eran ojos humanos. Eran ojos que no pertenecían a este mundo, con un brillo insondable, un brillo que parecía reflejar no solo el presente, sino también el pasado y el futuro, como si pudiera ver a través de las capas del tiempo mismo.

El altar comenzó a vibrar más intensamente, y una grieta apareció en el suelo, como si el mismo templo estuviera siendo desgarrado desde sus entrañas. Y entonces, de la grieta, emergió una forma que no cabía en el marco de la realidad. Algo que no podía ser visto ni comprendido por los ojos humanos. Un ser cuya presencia era tan alienígena que, al mirarlo, mi mente comenzó a desmoronarse. Era una figura espectral, algo que parecía haberse formado a partir de la oscuridad misma, una sombra que tomaba forma y que, en su movimiento, desdibujaba la separación entre el espacio y el tiempo.

De repente, un grito estridente cortó el aire, un sonido tan agudo que me hizo cubrirme los oídos, y a través de ese grito pude oír algo aún más inquietante: palabras, palabras que no eran humanas, que no pertenecían a ningún idioma conocido. Palabras que resonaban como ecos de un mundo lejano, más allá del universo visible. Y en ese preciso momento, comprendí algo que no había anticipado.

Lo que habíamos liberado no era solo el Gusano Bravo. No era una entidad singular, sino una manifestación de algo mucho más vasto, algo que se había alimentado de la propia esencia de la ciudad, algo que había estado esperándonos, esperando que algún día fuéramos lo suficientemente tontos como para abrir la puerta a lo desconocido.

Pero lo más aterrador de todo, lo que nunca imaginé que sucedería, fue el giro que dio la criatura. Mientras la sombra comenzaba a tomar forma más nítida, una forma que se extendía a través de la sala, de repente, se detuvo. Y con una rapidez asombrosa, sus ojos, esos ojos insondables, se fijaron en mí. Un frío indescriptible recorrió mi espinazo, como si todo mi ser estuviera siendo absorbido por la mirada de esa entidad que había estado oculta durante milenios.

—No eres un extraño para mí, Alvar Salce —dijo, y su voz resonó en mi mente, no a través de mis oídos, sino directamente en el rincón más profundo de mi conciencia. Era una voz ancestral, rica en un poder que no podía comprender—. Has venido a liberarnos, no por elección, sino por destino. El último de los descendientes de aquellos que sellaron nuestro paso ha despertado.

Mis piernas flaquearon, y antes de que pudiera responder o siquiera reaccionar, sentí que el suelo debajo de mis pies comenzaba a ceder. La grieta se abrió más, y con ella, una oscuridad más profunda, más densa, comenzó a tragarse todo lo que había sido visible hasta entonces. El altar, el templo, la sala misma parecían desvanecerse, como si estuviéramos siendo transportados a otro plano, a otro tiempo. Algo inenarrable comenzó a moverse a nuestro alrededor, y una sensación de vacío absoluto me envolvió.

—¡Samuel! ¡Kapusca! ¡Bessie! —grité, aunque mis palabras se perdían en la nada, como si no pudieran alcanzar a nadie. No había respuesta.

Pero fue Bessie quien, a través de la penumbra, alzó la voz.

—¡Esto no es un accidente, Alvar! ¡Nada de esto lo es! —sus palabras resonaron con una intensidad tremenda, casi como un grito de advertencia, pero también de comprensión—. Nos hemos sumergido en lo que está más allá de todo entendimiento. Y tú… tú eres la clave, aunque no lo sepas. El Gusano Bravo no es solo un mal, es el vínculo entre los mundos que se han separado. Y ahora… la puerta está abierta.

Las palabras de Bessie llegaron como un rayo, y mientras la oscuridad a nuestro alrededor se espesaba aún más, entendí lo que había sucedido. No solo habíamos despertado a la criatura, sino que la verdadera amenaza era la puerta misma que habíamos abierto. No estábamos solos. No estábamos simplemente luchando contra un mal antiguo. Estábamos al borde de un abismo que abarcaba mucho más que Batonia, mucho más que esta tierra, y mucho más que la misma vida.

Entonces, un ruido sordo resonó a través del templo, y de las grietas, algo comenzó a arrastrarse, una forma más grande, más terrible, que todo lo que habíamos visto hasta ahora. El verdadero rostro del Gusano Bravo. Y ya no era solo una manifestación de lo antiguo. Era la manifestación de algo que nunca debió haber sido liberado.

El giro que habíamos presenciado no era solo una sorpresa. Era el destino que nos había arrastrado. La verdad, lo que nunca pudimos anticipar, era que estábamos destinados a ser parte de la historia que nunca debió escribirse.

La oscuridad que nos rodeaba parecía densificarse aún más, como si cada rincón de esa negrura absorbiera las últimas gotas de luz que quedaban en el templo. Era un vacío tan absoluto que no podía decir si mis ojos aún intentaban discernir algo, o si simplemente ya me había dejado arrastrar por el terror absoluto que emanaba de cada sombra. No había gritos, ni sonidos, salvo el retumbar en mi pecho del golpeteo acelerado de mi corazón. La criatura, que no debía llamarse criatura, sino monstruosidad, comenzó a tomar forma de nuevo, como una gigantesca pesadilla que emergía del abismo, creciendo y desbordando la oscuridad misma.

El Gusano Bravo, esa entidad que tanto se había mencionado en murmullos temerosos y que apenas había sido considerada como una leyenda de temer, estaba ahora ante nosotros, con su forma inconfundible, un ser grotesco, compuesto de cuerpos y caras desfiguradas, y ojos que brillaban como espejos rotos reflejando las almas perdidas. De su boca, si se le podía llamar boca, surgían murmullos que parecían ser susurros de almas caídas, voces que reclamaban y lloraban, fusionadas en un torbellino de agonía infinita. Cada palabra, cada aliento de esa entidad parecía extenderse más allá de la realidad misma, empujando todo lo conocido hacia una dimensión sin retorno.

Bessie, paralizada, no parecía saber qué hacer. Había hablado de «puertas», de conexiones más allá de lo visible, pero nunca había anticipado que seríamos nosotros los que las cruzaríamos. El Gusano Bravo no era solo un mal que amenazaba a Batonia, sino una llave que desbloqueaba lo insondable, un umbral entre las dimensiones, y nosotros, como intrusos en esa profunda negrura, éramos los que habíamos desencadenado el horror.

Samuel, por su parte, parecía absorber el caos con una frialdad que ya no era humana. Su rostro, una máscara inmutable, nos mantenía alejados del pánico que todos experimentábamos. Se acercó lentamente al altar, su mirada fija en la criatura, que ahora parecía haber centrado toda su atención en él. Parecía que el hombre estaba recibiendo la llamada de algo que no cabía en la comprensión común. Sus ojos, antes humanos, comenzaban a brillar con una intensidad desmesurada, como si algo profundo en su ser comenzara a alinearse con la oscuridad.

De repente, el altar que nos había servido de refugio comenzó a vibrar con tal fuerza que las piedras del suelo se desprendieron, cayendo como cascadas de escombros. La grieta en la tierra se ensanchó aún más, y una vibración profunda recorrió el templo entero, un estremecimiento tan brutal que amenazaba con derribar todo lo que se encontraba sobre la superficie.

Fue entonces cuando una voz, distinta a todas las demás, retumbó dentro de mi cabeza. No era la de Bessie, ni la de Kapusca, ni mucho menos la de Samuel, ni siquiera la de la criatura que se retorcía frente a nosotros. Era una voz, antigua y cargada de poder, que provenía de un lugar tan lejano que me hizo dudar de mi misma existencia.

—Has despertado la tormenta, Alvar Salce. El ciclo debe cumplirse. El último de la estirpe de Viator Salce será el que se encargue de lo que nunca debió acontecer.

El sonido de esas palabras fue como un rayo, el trueno que precede al fin de los tiempos. No podía discernir si lo que escuchaba era mi mente desquiciada por el miedo o si de verdad algo nos estaba observando, esperando que tomáramos una decisión. ¿Qué implicaba esa profecía, esa revelación que no me esperaba en lo más recóndito de mis pensamientos? Me di cuenta de que mis pasos, de alguna manera, habían sido guiados. No solo hacia este templo, sino hacia algo mucho más allá de mis propios actos, hacia un propósito que nunca había elegido, pero que, sin duda alguna, parecía que me había elegido a mí.

Bessie, aun temblando, comenzó a murmurar entre dientes, palabras que no lograba entender. ¿Había escuchado esas mismas voces? ¿O era solo su desesperación la que la conducía hacia una interpretación equivocada? En sus ojos, antes confiados, ahora había solo incertidumbre, esa misma incertidumbre que yo sentía surcar mi alma, mientras miraba a Samuel, quien se mantenía frente a la bestia que se erguía ante nosotros, en una especie de trance. ¿Estaba él en control de su destino, o había sido tomado por algo más oscuro?

El Gusano Bravo, al ver nuestra desorientación, comenzó a retorcerse, como si riera en el abismo. Su cuerpo comenzó a dividirse en cientos de formas indistintas, transformándose en una multitud de sombras que flotaban alrededor de nosotros. Cada una de esas formas contenía una cara, una figura humana descompuesta, una representación de los seres que habían caído bajo su influencia. No importaba cuántos intentos hiciéramos por huir, la criatura había encontrado nuestra debilidad. Ya no estábamos ante una fuerza externa, sino ante un destino que se había sellado con la liberación de esta entidad.

Mi mente, ante el caos, parecía buscar alguna salida, un refugio, algo a lo que aferrarse, pero el templo mismo se desmoronaba, y las grietas en el suelo comenzaban a engullir todo lo que habíamos conocido. Estábamos atrapados entre la magnificencia de lo antiguo y la tragedia de lo que habíamos desatado.

—Bessie… Samuel… murmuré, mi voz rota por el terror. ¿Lo comprendéis ahora? No estamos luchando contra el Gusano Bravo, ni contra lo que habíamos pensado. Estamos luchando contra el destino que nunca debimos haber aceptado.

A lo lejos, una última vibración sacudió las columnas del templo, y una grieta definitiva apareció en el aire mismo, deformando la realidad a nuestro alrededor. Todo estaba al borde de la destrucción, y con ello, las respuestas que siempre habíamos buscado comenzaban a desvanecerse, más allá de nuestro alcance.

50.

¿Morir? ¿Qué puede significar esta palabra para quien ya habita en la frontera etérea entre la vida y la muerte? El concepto de la muerte se disuelve, como la niebla al amanecer, en la mente de los batonios. ¿Cómo podría ser esa palabra, tan definitiva para otros pueblos, un simple murmullo que acaricia los oídos de aquellos que nacen condenados a vivir entre la vida y la muerte, sin jamás alcanzar la plenitud de ninguno de ambos estados? Los batonios, en su angustiosa paradoja existencial, nunca conocen la muerte en su verdadera esencia, pero tampoco alcanzan la vitalidad que brindan los días completos de existencia plena. Desde su nacimiento, son seres a medio hacer, despojados del fulgor que solo la auténtica vida puede otorgar, y sin la quietud que es propia de la muerte que los acecha, como una sombra que nunca llega a alcanzarlos, pero que los acompaña desde el primer respiro hasta el último suspiro.

¿Y por qué? La respuesta se encuentra en la naturaleza misma de Batonia, forjada por generaciones que, en un afán de conservación y supervivencia, han llegado a construir una civilización sobre los cimientos de la mentira, la manipulación y la desconfianza. El principal motor de este fenómeno no es otro que la falsedad: la ocultación sistemática de conocimientos esenciales, la exclusión deliberada de la verdad, el despojo de cualquier destello de claridad que pudiera guiar a la comunidad hacia la emancipación del miedo y la ignorancia. Esta técnica del encubrimiento, de la cobardía que reposa en cada mente batonia desde el mismo momento de su concepción, es la que ha hecho que los batonios vivan en una perpetua penumbra, ni vivos ni muertos, condenados a un estado de existencia suspendida, aferrados a la mediocridad de lo conocido, temerosos de los riesgos que el conocimiento verdadero podría implicar.

En medio de esta maraña de temores y traiciones que componen la esencia del pueblo batonio, me encontraba yo, Alvar Salce, preguntándome si aún quedaba en mi interior algo de esa naturaleza inerte, algo de ese veneno ancestral que había moldeado la historia de mi gente. Si en mi mente, a través de los más profundos recovecos del alma, persistía una pátina batonia, una capa sutil, invisible y perversa, que aún condicionaba mis decisiones, mis deseos, mis anhelos y, sobre todo, mis acciones. Y en ese momento, en la soledad de mi mente, entre los ecos de mis pensamientos, surgió la pregunta más inquietante de todas: ¿Acaso me hubieran elegido Buscador si esta sombra batonia aún residía en mí?

En un principio, la respuesta fue clara: no. No podía ser. El ser Buscador, esa función vital para el pueblo, requería una claridad absoluta, una pureza de pensamiento y acción que no podía coexistir con las insidiosas nubes de incertidumbre que nublaban el juicio. No, pensaba, si había sido elegido para esta misión era porque había superado las ataduras de mi origen, porque ya no era parte de esa sombra, porque, en fin, había renunciado a ser batonio. O eso creía yo.

Pero mientras la doctora Kapusca, quien había sido tan vital en los eventos recientes, aún no recobraba el aliento, y mientras la tensión en la sala seguía creciendo con el peso de los secretos no revelados, comprendí con una claridad abrumadora y definitiva: lo que había experimentado, lo que había sido sometido, no era el proceso habitual para elegir a un Buscador. No era un proceso destinado a probar mi capacidad de discernimiento, ni mi valía para el cargo. No, la verdadera prueba no era otra que la de mis raíces, la de mi fondo batonio, esa oscuridad que aún latía en lo más recóndito de mi ser, esa tradición ancestral que tan a menudo había intentado ignorar, pero que, como una cadena invisible, me ataba a mi pueblo, a su herencia y a su destino.

Fue en ese momento de revelación cuando la incertidumbre se apoderó de mí. La pregunta ya no era si había sido elegido porque mis acciones y pensamientos habían sido puros, sino si había sido elegido porque mi pueblo necesitaba un Buscador con las mismas sombras que ellos poseían. ¿Estaba siendo utilizado como una pieza más en el gran tablero de poder de Batonia? La respuesta no era tan sencilla, pero una cosa quedó clara: no era libre, no lo había sido nunca, y quizás nunca lo sería. El Estado, mi Nación, me había utilizado, y lo había hecho de manera tan sutil y profunda que ni siquiera había sido consciente de ello hasta ese preciso instante.

Mi destino estaba sellado. No era yo quien tomaba las decisiones, sino un entramado de intereses y manipulaciones que se extendían mucho más allá de mi comprensión. La sensación de estar atrapado, de ser un peón en un juego cuyos hilos no veía ni podía cortar, se apoderó de mi ser con tal fuerza que, por un momento, pensé que podría perder el control sobre mi propia vida.

Miré a Kapusca, aún exhausta, y en su rostro vi lo que no podía expresar en palabras: ella, como yo, había sido parte de ese juego. Quizás lo sabía. Tal vez, como yo, había sido elegida no por sus habilidades, sino por la oscuridad que también residía en ella, esa misma que la había hecho sobrevivir, esa misma que nos unía en nuestra condena. Y Samuel, su mirada fija, parecía entender de manera intuitiva lo que yo apenas comenzaba a comprender. ¿Nos estábamos todos condenando?

La respuesta seguía siendo incierta, pero una cosa era segura: la verdad ya no existía. Solo quedaba la acción. Y así, con la conciencia de nuestra propia manipulación, nos dirigimos, sin palabras, hacia lo que nos aguardaba en la siguiente fase de nuestro destino.

Una luz deslumbrante, cegadora, destellaba desde lo alto del castillo de Batonia, como una mirada omnipotente, fija e implacable, que colmaba el firmamento con su resplandor insostenible. Si se osaba contemplarla por más tiempo del que la prudencia aconsejaba, la luz hería las pupilas, desbordando la capacidad del ojo humano para soportar tal intensidad, como si un dios en su furia desatara su poder sin misericordia. Pero no era solo la fiereza de esa luz lo que impactaba el alma, sino lo que esta simbolizaba: el carácter absoluto, implacable, de la sujeción del pueblo batonio a sus gobernantes. El pueblo entero, sin excepción alguna, era consciente de que su destino estaba sellado desde el mismo momento en que nacían bajo su yugo, condenados a un horizonte sin promesa ni esperanza.

Los sueños de los batonios eran polvo, desvaneciéndose tan pronto como tomaban forma. Desde la tierna adolescencia, cuando un joven comienza a vislumbrar un mundo diferente, un mundo más allá de los límites impuestos por el Estado, esa misma juventud ve cómo sus esperanzas se desintegran, se diluyen como una bruma ante la luz cruel de la realidad. Los sueños nacen, y, sin embargo, no pueden florecer. Aquello que podría haber sido el germen de una rebelión, el inicio de un cambio, se apaga con la frialdad de un sistema diseñado para sofocar el disenso antes de que este y pueda germinar. Cualquier atisbo de rebelión, cualquier chispa de independencia, es aplastado con precisión quirúrgica, sin compasión alguna.

Y es que, si uno osaba desafiar las reglas de Batonia, solo un lugar le esperaba: un campo de reeducación. Un sitio de aislamiento y control mental donde los jóvenes, aquellos con la osadía de pensar más allá de los límites impuestos, son sometidos a un régimen de condicionamiento severo, destinado a arrancarles hasta el último vestigio de pensamiento disonante. Allí, se extinguen las voces rebeldes, se silencia el clamor de aquellos que se atreven a cuestionar. Después de pasar por esa forja de almas, aquellos que sobreviven se convierten en sombras de sí mismos, sin recuerdos claros, sin deseos propios. Se les enseña que cualquier idea contraria al orden establecido es una enfermedad que debe ser erradicada, y en su lugar, se les inyecta una conformidad férrea, incapaz de brotar en otro estado que no sea el de una perpetua resignación.

Durante siglos, las leyes draconianas de Batonia nunca se habían visto cuestionadas. El sistema, en su inquebrantable solidez, había servido fielmente a los intereses de la capital y de la clase gobernante, nunca dejando lugar a la duda, ni a la rebelión, ni a la insurrección. El pueblo, aparentemente sumiso, nunca había levantado un solo dedo contra sus opresores. Las tierras batonias jamás habían sido escenario de una rebelión. La chispa de un levantamiento nunca había prendido, ni siquiera en los corazones más encendidos por la injusticia. Nunca hubo un ideólogo revolucionario que surgiera de las academias que, con su sabiduría y su fuego, pudiera desafiar el orden establecido, ni un líder carismático que supiera encender la llama de la lucha por la libertad. Todo pensamiento contrario se había desvanecido antes de nacer, arrasado por la fuerza del sistema, de la estructura de control que lo había moldeado todo, que había hecho del pueblo un ente sin alma, un cuerpo sin voluntad propia.

Y así fue como Batonia se erigió como un modelo de aparente estabilidad. En sus murallas de piedra y en sus palacios de mármol, donde el lujo y la ostentación brillaban, el orden parecía inquebrantable. Y, sin embargo, tras esas fachadas de grandeza, latía una realidad mucho más sombría: el pueblo estaba sometido a una dictadura silente pero absoluta. Nadie se atrevía a hablar en voz alta de lo que realmente sucedía, y aquellos que lo hacían, si por alguna razón rara se atrevían, eran rápidamente silenciados, apagados, borrados como si nunca hubieran existido.

Nunca un traidor había sido acogido en Batonia; en cambio, siempre se entregaban a los conspiradores. No había perdón para los que osaban desafiar el orden. El pueblo entero estaba vigilado, sus movimientos monitorizados por una red de espías y delatores que se aseguraban de que ningún susurro de desobediencia llegara a los oídos del gobierno. La delación se había convertido en una costumbre arraigada, y los traidores, aquellos que se apartaban del camino recto, eran enviados a su perdición con la misma eficiencia con que se deshace una pieza defectuosa en una máquina perfecta.

La capital, desde sus torres doradas, observaba todo con un ojo vigilante y sin piedad. Los batonios sabían, y no sabían, que su vida estaba dictada desde la cumbre de ese sistema, que no había escape, ni refugio, ni redención. Así, entre las sombras de sus vidas, entre el polvo de sus sueños rotos, solo quedaba la obediencia, la resignación a un destino escrito de antemano, sin posibilidad de cambio. Y, sin embargo, como siempre sucede en los imperios que creen que su poder es eterno, las semillas de la duda, aunque pequeñas y enterradas profundamente, comenzaban a germinar en los corazones de aquellos pocos que, de alguna forma, aún se atrevían a pensar más allá del horizonte de su opresión.

¿Pero qué significaba realmente la muerte en Batonia? Para aquellos que ya vivían en la sombra de una vida incompleta, la muerte era una liberación o una condena, según el prisma desde el cual se mirara. ¿Era posible que la muerte llegara a aquellos que ya no vivían, sino que simplemente existían? ¿Y qué ocurriría si el pueblo, finalmente, despertara de su largo sueño de conformidad? Quizás, solo entonces, sabríamos si el fuego de la resistencia podía prender en un pueblo que había sido apagado durante tanto tiempo.

51.

Una idea, persistente y atormentadora, había comenzado a deambular por mi mente desde el instante mismo en que crucé el puente hacia aquella ciudad que parecía más un espejismo que un refugio de la civilización. Aquella idea me asaltaba insistentemente, como un espectro que no dejaba de acecharme en las sombras de mi conciencia, una idea que me desbordaba por su fuerza y que, al mismo tiempo, me desconcertaba por su insostenible verdad: Batonia no era más que un engaño.

Me encontraba allí, en medio de sus calles solitarias y vastas, rodeado de una atmósfera densa que parecía oprimir cada uno de mis pensamientos. Una ciudad real, pensé, una ciudad auténtica, huele a gasolina, a la mezcla de polvo y asfalto, huele a vida y a lo que se cruza entre las arterias del bullicio cotidiano. En una ciudad de verdad, el aire está impregnado del ajetreo constante de las personas y de los vehículos que nunca cesan de moverse, como las interminables caravanas de coches que se entrelazan en las avenidas principales, entrelazados en una danza de bocinas y protestas. La ciudad real resuena con el retumbar del motor de una moto que atraviesa el asfalto con el rugido de su paso apurado, o el estrépito de un claxon que desciende sobre las cabezas de los viandantes, mientras dos coches se enfrentan en un intercambio de recriminaciones sonoras por una maniobra inesperada. Siempre hay algo que suena, algo que vibra en el aire: las sirenas de una ambulancia, la estrepitosa llegada de los bomberos con su estruendo característico, el deslumbrante espectáculo de fuegos artificiales que anuncian alguna celebración privada, o los constantes pitidos de los guardias de tráfico que, con su arrogante determinación, se encargan de regular los cruces cuando, por la tormenta o el desastre, los semáforos se ven inoperativos, sumidos en el olvido de un apagón.

Sin embargo, en Batonia no existía tal ruido, tal caos que denotara vida en las calles. Aquí no había motores rugiendo, ni vehículos luchando por avanzar. No, en Batonia la quietud lo inundaba todo, una quietud inquietante, una calma demasiado perfecta, como la de una ciudad muerta, como si los mismos cimientos de la urbe hubieran sido cuidadosamente diseñados para eliminar cualquier vestigio de desorden. Pero fue en ese preciso instante, cuando mis pensamientos iban a arrastrarse hacia las sombras de la confusión, que me di cuenta de algo mucho más perturbador. Algo que hasta entonces había permanecido en un rincón oscuro de mi mente, algo que había sido ignorado por completo en mi observación tan absorta de la arquitectura peculiar de la ciudad: en Batonia no había semáforos. No existían esos faros de luz que guiaban al paso de los vehículos y los peatones, no había señales de tráfico que regulasen el ir y venir de las personas. Pero aún más desconcertante fue que no había pasos de cebra. Ni rastro de esos adornos urbanos que servían para proteger la integridad de los transeúntes, para organizar y dar forma al desorden que suele imperar en las ciudades vivas.

Sin embargo, lo que realmente me desconcertó, lo que realmente estremeció mi corazón con una punzada de desconfianza, fue darme cuenta demasiado tarde de que en Batonia no había aceras. Las calles no estaban delineadas por esas franjas de cemento que separan el paso de los peatones de la vorágine de las ruedas y los motores. Las aceras, esos márgenes de seguridad donde los ciudadanos suelen refugiarse mientras la vida acelera a su alrededor, no existían en Batonia. En su lugar, todo era una extensión de piedra desnuda, de adoquines que, implacables en su frío, se entrelazaban con los restos del día, sin ofrecer resguardo alguno a quien se atreviera a caminar por ellas. Todo parecía estar deliberadamente diseñado para hacer que el caminar de un hombre se sintiera extraño, incomodado, forzado. Sin aceras, sin espacios de respiro, el simple hecho de moverse por la ciudad adquiría una dimensión extraña, ajena a cualquier ciudad que pudiera llamarse humana.

Fue en ese momento, al darme cuenta de estos pequeños, pero significativos detalles, que comprendí la verdadera naturaleza de Batonia. La ciudad no estaba viva, no era un lugar habitado por humanos. Era una ciudad que nunca había sido pensada para la comodidad del hombre, sino para el control. Cada esquina, cada pared de cemento sin ventanas, cada espacio vacío de la calle, me hablaba de un lugar diseñado no para el ser humano, sino para algo distinto, algo que no permitía el caos ni el desorden de lo vivo. Batonia no era una ciudad; era una prisión de forma disimulada, una cárcel de la mente, una cárcel de la conciencia.

Y fue cuando miré con atención las calles adoquinadas, observando a los perros que vigilaban cada uno de los portales, que me di cuenta de lo más perturbador de todo: Batonia no permitía el tránsito. No permitía la libre circulación de los seres humanos, no permitía la espontaneidad ni el derecho a decidir por dónde caminar. En su lugar, todo estaba regido por una vigilancia constante, una estructura de control tan refinada que ni siquiera el caminar tenía cabida sin que fuera supervisado, evaluado y registrado.

Así, mientras avanzaba, mis pasos resonando de manera apagada sobre los cantos rodados, no pude evitar preguntarme si, al final, lo que más me acechaba no era el yugo físico de la ciudad, sino la cárcel invisible de la mente. En Batonia, todo parecía estar bajo control, y, sin embargo, lo único que lograba controlarse era el mismo pensamiento de sus habitantes, moldeados y conducidos hacia una vida sin preguntas, sin dudas, sin esperanza.

Tampoco vi, como cabría esperar en una ciudad que pretendiera vestirse de humanidad, a vecinos cotilleando desde las ventanas, como solemos hallar en los rincones de cualquier ciudad donde aún se palpa la esencia de la vida cotidiana. Aquellos ojos furtivos, esa constante vigilancia que el alma humana parece precisar, ese tenue asomarse de la curiosidad que no puede ser reprimida por completo, aquello que da el verdadero sabor de un pueblo. No, en Batonia, la imagen que se presentaba ante mis ojos era bien distinta. Las pocas ventanas a ras de suelo que se dejaban ver, esas que por sus postigos de madera cerraban con pesadez el mundo exterior, no ofrecían refugio para el ojo curioso, ni para el vecino que, con un susurro, se dejaba atrapar por los rumores que volaban de boca en boca. Algunas de esas ventanas, de hierro oxidado y de aspecto tan ajado, parecían hablarme en su lenguaje de abandono, como si jamás hubieran sido abiertas o, en su defecto, como si su única función fuera tapiar una abertura no deseada, una abertura cuyo propósito no era la entrada de aire o luz, sino una condena de encierro perpetuo.

Así, Batonia no se parecía en nada a las ciudades que conocía, en las que los ojos humanos asomaban, a veces, un tanto indiscretos, entre las rendijas de las persianas o a través de las cortinas que no se cerraban por completo. En nuestras ciudades, cuando deseamos proteger nuestro hogar de los peligros del exterior, sabemos que debemos cubrir las ventanas con rejas o postigos, sí, pero al mismo tiempo buscamos, de alguna forma, que la luz siga entrando, que el sol siga filtrándose a través de los barrotes, como si esa luz, aunque lejana y atenuada, fuera un recordatorio de la libertad que aún nos pertenece, aunque circunscrita. En Batonia, en cambio, la luz parecía ser desdeñada, casi mal vista. Aquí, la oscuridad no era solo una condición externa, sino una voluntad interna, una disposición del alma que quería resguardarse del mundo, de los ojos del otro, como si la luz misma fuera un enemigo, y la calle, con su bullicio y sus movimientos, el lugar más peligroso que uno pudiera pisar.

Las ventanas, si las había, se encontraban más arriba, en los pisos superiores de las casas que se alzaban como muros monolíticos, y aquellas casas altas, que en su exterior tan poco ofrecían, ocultaban, sin embargo, un pequeño resquicio de vida en su interior. En esos altos edificios se vislumbraban balcones y ventanas que daban a un patio interior, un espacio en el que la luz era cuidadosamente controlada, un patio cuya luz era la única que se filtraba hacia los interiores de las viviendas. Así, mientras yo observaba desde el balcón de la Comendatoría, me di cuenta de cuán diferente era esa ciudad de cualquier otra que había conocido. No había bullicio, no había gritos, ni risas ni voces; solo un silencio pesado que se impregnaba en los ladrillos y las paredes, un silencio que ahogaba la existencia misma. Todo allí parecía diseñado para proteger, para evitar que los ojos se alzaran demasiado alto, para impedir que la luz, con sus promesas de libertad y esperanza, pudiera perturbar la seguridad de su artificial oscuridad.

En medio de este descubrimiento, mientras mi mente daba forma a estos pensamientos inquietantes, una leve zozobra me invadió, como un sudor frío que recorría mi espalda sin que llegara a detallar la causa de tal inquietud. Pero, en lugar de sucumbir a la angustia que una reflexión tan profunda podría haberme causado, recibí esa sensación con una sorprendente calma, como si en el fondo ya supiera lo que de allí procedía, lo que era inherente a esta ciudad, lo que había estado oculto a mis ojos durante tanto tiempo. Me conformé con ello, acepté las rarezas de Batonia sin resistencia, como si en alguna parte olvidada de mi mente, en los rincones más recónditos de mi memoria, esas anomalías hubieran sido alguna vez familiares. Quizás de niño, en aquellos días lejanos, aquellas peculiaridades que me parecían tan extrañas, ahora aparecían ante mí como si las hubiera conocido siempre. Y en el fondo, me encontraba a mí mismo asimilando esos rastros olvidados de una vida que había dejado atrás, como si cada rincón de Batonia me devolviera algo de mi antiguo ser, aunque no de la forma que había imaginado.

Fue entonces, en ese momento de introspección, cuando la voz de la doctora Kapusca rompió el silencio que había caído sobre el lugar. Su respiración aún era agitada, como si la carrera reciente hubiera dejado su huella en su cuerpo, aunque sus palabras reflejaban una calma tensa, el tipo de calma que surge cuando el entendimiento de lo incomprensible comienza a tomar forma en la mente humana.

—Alvar, ¿qué está pasando aquí? —preguntó, su voz temblando levemente, como si las palabras estuvieran luchando por escapar de su garganta—. ¿Qué era ese torbellino que ha salido del río y me perseguía?

Su pregunta flotaba en el aire, llena de una mezcla de incredulidad y desconcierto. La doctora Kapusca, siempre tan meticulosa, tan distante, ahora parecía haber sido tocada por algo que desbordaba su comprensión, que le alteraba la memoria y le provocaba cierta amnesia en los acontecimientos, algo que ella no podía entender, algo que iba más allá de sus capacidades científicas y racionales. La misma pregunta que ella se hacía resonaba en mi propio pecho, una pregunta que, por más que intentara disimular, me preocupaba profundamente. ¿Qué era eso que surgió del río? ¿Qué era esa monstruosidad que perseguía a la doctora, que me acechaba a mí, que acechaba a Batonia misma?

Me giré hacia ella, los ojos aún llenos de la luz extraña de aquella ciudad, y, sin respuesta inmediata, traté de ordenar las palabras que se agolpaban en mi mente, intentando entender qué estaba ocurriendo en verdad. ¿Y si Batonia misma fuera la clave?

52.

Mi doctora Kapusca, la gran salvadora de mi suerte, esa misma mujer a quien mis aplausos no le alcanzaban a mostrar el reconocimiento debido, se desplomó finalmente en el suelo, exhausta como si el peso de la verdad o de los acontecimientos que habíamos presenciado hubiera caído de golpe sobre sus hombros. Con un gesto que denotaba la completa fatiga de su ser, dobló su brazo con una elegancia que solo aquellos acostumbrados a la dureza de la vida pueden manifestar, acomodando su cabeza en el suelo, como quien se entrega a un descanso necesario, aunque no menos turbador. Por esta vez, la obligación de responder a sus preguntas, que siempre surgen de su mente aguda, se desvaneció. No tenía respuestas que ofrecer, y me daba cuenta, a cada instante, que mis conocimientos y mis intuiciones eran solo sombras ante la luz clara de su comprensión. Incluso, podría decir que ella intuía más que yo, pues su mirada, profunda y despojada de toda duda, desnudaba a las personas, desvelaba en un parpadeo sus más oscuros secretos. No necesitaba más que un instante para discernir quién podía ser de fiar y quién, en cambio, se escondía tras las máscaras de la mentira y la traición. Su mirada era capaz de desentrañar hasta el alma más oscura, y en sus ojos podía ver reflejada la duda sobre la posibilidad de encontrar entre nosotros alguien inocente.

El desconcierto comenzó a invadir nuestras mentes, en un proceso lento, casi imperceptible, como todo lo que ocurría en Batonia, donde la duda se filtra entre las rendijas del ser y, como un veneno silencioso, nos afecta sin que sepamos a ciencia cierta cuándo se apoderó de nosotros. Todo esto, claro está, salvo la aparición del torbellino, esa entidad que irrumpió con una fuerza tan salvaje que no pudo más que romper el letargo de nuestra existencia. El torbellino fue el incidente que quebró la aparente calma, el trueno que partió la serenidad del bosque, la tormenta que se alzaba en el horizonte y nos obligaba a dejar atrás la quietud de la caminata para buscar refugio en un lugar seguro. Ahora comprendía, en la confusión de mi mente, que debía dejarme llevar por esa corriente soporífera de acontecimientos, tal y como el intendente Timeo me había aconsejado, aunque en mi interior, un resquicio de resistencia se mantenía, como una llama que nunca se apaga, que busca respuestas, que no se conforma con la pasividad de simplemente “seguir”.

Había, sin embargo, demasiadas preguntas que martillaban en mi mente sin cesar, un torrente de dudas que, aunque urgentes, no hallaban en mí la claridad que las satisficiera. ¿Sería ya demasiado tarde para entender lo que estaba ocurriendo? Quizás todas las fuentes que había consultado, esos textos, esos informes, estaban equivocados desde el principio. Tal vez todo lo que me habían contado sobre Batonia, sobre mi propia infancia, no era más que un espejismo, una historia inventada para hacernos caminar en la oscuridad de la ignorancia. Recordaba, como una llama tenue en la penumbra, las caricias de mi madre, pero ¿acaso no era esa una mera ilusión creada por mi mente, como un refugio en medio del caos? Los campos de reeducación, esas instituciones donde nuestra generación fue modelada a fuerza de doctrinas y propaganda, debieron haber cumplido su cometido. Como si de una especie de iluminado se tratara, fui yo quien denunció a mis propios padres, como todos lo hicimos en esos días en los que aún no éramos capaces de pensar con libertad, cuando nuestras mentes no habían sido todavía liberadas del yugo de los adoctrinadores. Fue ese el primer paso, el más doloroso, para obtener el expediente tan deseado por los maestros que nos guiaban, y con él, la posibilidad de pertenecer al sistema.

Mis pensamientos se agolpaban en mi mente, como un mar en tormenta, y fue en medio de esta turbulencia cuando Bessie se acercó a mí. Con una mirada que no buscaba consuelo, sino simplemente una nueva carga para mis hombros, me susurró, con su tono grave, su aviso:

— Guarda las llaves. Que no se entere tu amiga.

Esas palabras resonaron en mi interior, como una campanada que marca el inicio de un nuevo ciclo. Las llaves, ¿qué representaban en ese momento, si no el poder sobre lo que vendría? En las profundidades de mi mente, comprendí que Bessie no hablaba solo de llaves físicas, de las que abren puertas o cierran compartimentos. No, las llaves que me ofrecía eran mucho más. Eran símbolos de control, de decisiones que aún no había tomado, de caminos que aún no había recorrido. Y me di cuenta de inmediato de que el “no contarle a mi amiga”, como ella decía, era mucho más que un simple consejo de discreción. Era un recordatorio de que, a partir de ese momento, cada paso que diera debía ser medido, calculado, pues Batonia no era un lugar para la improvisación, ni para la ingenuidad. Todo en ella tenía su peso, su propósito oculto, y la verdad se desvelaba solo cuando uno estaba dispuesto a pagar el precio por ella.

Al escuchar sus palabras, mi mente se rebeló, pero el silencio en mi interior me hizo comprender que ya no podía retroceder. La única opción era avanzar. Sin embargo, algo me decía que ni yo mismo, ni Kapusca, ni Bessie, éramos conscientes aún de la magnitud de lo que estábamos a punto de descubrir.

La precisión de las palabras, tan escurridiza y volátil como la niebla al amanecer, parece desplomarse sobre nosotros con el peso de un silencio profundo, solo para desvanecerse en lo más intrínseco de la existencia humana, donde las palabras se convierten en ecos vagos, distorsionados por la infinita multiplicidad de significados que habitan en ellas. Cuanto más tratamos de aferrarnos a la pureza de un término, más nos vemos atrapados en el laberinto de giros idiomáticos, en las sentencias eufemísticas que se van acumulando sin cesar, desviando el auténtico significado hacia oscilaciones que distorsionan lo que debería haber sido claro y cierto. Y, sin embargo, es en este campo de batalla de palabras donde se libran las verdaderas luchas, donde lo que se dice o se calla puede significar la condena de una vida o su salvación, donde las más simples de las frases se transforman en el peso insoportable de una responsabilidad histórica.

Los más comprometidos con la defensa de las palabras, aquellos que mantenían una lealtad ciega a la pureza de los significados, eran los que más sufrían. No pocos de ellos caían en manos del régimen, apresados, interrogados con la crueldad más vil, sometidos a la tortura física hasta llegar a la muerte, sea por asfixia, por electrocución o por cualquier otro método que pudieran idear. Todo por la defensa de una palabra, una palabra que para otros no tenía más que un valor vacío y vano, pero que, en el terreno del lenguaje batonio, se convertía en una cuestión de vida o muerte. ¡Rey! ¡Gusano! ¡Funcionario! ¡Confesión! Cuatro simples términos, cuatro sonoros balbuceos que, en el preciso momento equivocado, se transformaban en el abismo insondable de la perdición. Una palabra podía significar la salvación o el fin, y más aún si se pronunciaba en la calle equivocada o ante la autoridad de la persona equivocada. La lengua de Batonia era un campo minado, donde cualquier desliz podía condenar a una existencia miserable o a una muerte sin gloria.

En medio de estas reflexiones que asaltaban mi mente, la voz de la Bessie rompió el silencio que habíamos mantenido hasta entonces.

— ¿Te acuerdas de nuestro abuelo? —preguntó, con una curiosidad que no escondía un cierto aire de desesperación, como quien busca respuestas en los oscuros recovecos del pasado.

— Claro —respondí, aunque las palabras me salieron como una sombra, demasiado ligeras para capturar la complejidad de lo que realmente significaba ese recuerdo.

— Alvar, deberías leer sus escritos para comprender. Nuestro abuelo fue uno de los últimos supervivientes de la guerra madre —dijo Bessie, su voz cargada de una especie de misticismo. — Vivió apartado de la política sus últimos años, sí, pero antes de eso, fue uno de los más grandes defensores de la ciudad, un hombre de poder y gloria, un verdadero héroe batonio. Gobernó en varias ocasiones la ciudad, antes de que mi madre naciera, en una época que ya parece remota. Los batonios lo saludaban con respeto, viendo en él una figura viva de la historia, aunque con el paso de los años, algo se desvaneció. A pesar de sus noventa y largos años, aún mantenía una agilidad que desafiaba su edad, pero su figura ya no era la de un líder, sino la de una curiosidad que se exhibía ante los ojos de las nuevas generaciones como una reliquia del pasado. Se le mostró como una especie de espécimen en extinción, y él, aunque orgulloso de su herencia, sentía el peso de esa exhibición pública, como si la vida que había vivido le fuera arrebatada por una sociedad que ya no lo entendía.

Bessie hizo una pausa, como si las palabras le pesaran demasiado. Un largo suspiro escapó de sus labios, y su mirada se perdió en algún rincón distante, como si tratara de reunir los recuerdos que aún se resistían a ella.

— El abuelo insistía siempre en el poder de las piedras. Decía que solo las piedras podrían protegernos del Gusano Bravo, esa bestia que acecha el río y que devora todo lo que toca. Insistía en que debíamos dragar el río en busca de piedras amarillas y colocarlas en la puerta de cada casa. Aseguraba que era la única manera de mantener al gusano a raya, de evitar que subiera del río y atacara la ciudad. Si conseguíamos suficiente cantidad de piedras, decía, el gobierno debía construir un muro de piedras amarillas, un muro que rodeara la ciudad y nos protegiera de esa amenaza. Pero había más. El Gusano Bravo no era solo una amenaza que se podía evadir. Nuestro abuelo decía que teníamos que enfrentarlo cara a cara, que no podíamos vivir como cobardes, encerrados en nuestros hogares. Si nos hería, si nos mordía, la única solución era aplicar las entrañas de un pájaro recién muerto sobre la herida, o, si no había pájaro, pescar el pez más grande posible y restregar sus entrañas por las laceraciones, con el cuidado de no clavarse las espinas. Y, por último, nos hablaba de esparcir por la orilla del río los desechos de la fabricación de almidón, la pestilencia resultante que, según él, ahuyentaría a la bestia. Las brasas ardientes también eran esenciales, porque el gusano temía el fuego y el mal olor del maíz en descomposición. Todo esto nos lo repetía una y otra vez, como si fuera la única verdad capaz de salvarnos.

Estas palabras de Bessie, tan cargadas de historia y de desesperación, resonaron en mi mente como una campana que no dejaba de sonar. El legado de mi abuelo, aquel hombre venerado y luego olvidado, parecía en realidad mucho más sombrío de lo que había imaginado. ¿Qué había quedado de él en la ciudad de Batonia? ¿Y qué quedaba de mí en todo este entramado de decisiones políticas, doctrinas y leyendas? Mi alma buscaba respuestas, pero las palabras de Bessie solo añadían más sombras a la confusión que ya reinaba en mi interior.

Finalmente, como si hubiera intuido el agotamiento en mi rostro, Bessie nos condujo a una habitación de reposo.

— Esperad aquí hasta que vuelva con vuestro amigo. Mientras tanto, lee el libro de tu abuelo.

Y, ante la indicación, me vi obligado a seguirla, sin resistencia. Mientras el aire pesado de la habitación llenaba mis pulmones, tomé el libro que Bessie me había ofrecido y comencé a leer. La pátina ideológica de otro tiempo, expuesta por un hombre que había sido algo más que un simple político, resonó en mí con una intensidad que no había esperado. Y mientras las sombras del pasado se alzaban frente a mí, sentí que algo en mi interior comenzaba a desvelarse, como un antiguo velo levantado por el viento de la memoria.

SEGUNDA PARTE

CRÓNICAS DEL GUSANO BRAVO

por Gustavo Ramón Salce