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El absurdo como método: por qué Nexum 2 convierte la risa en filosofía

En Nexum 2, la filosofía deja de ser un ejercicio solemne para convertirse en un espacio vivo, caótico y profundamente humano. La obra plantea una videoconferencia imposible donde figuras como Sócrates, Friedrich Nietzsche, Jacques Derrida o Angela Davis dialogan sobre crisis contemporáneas entre glitches, interrupciones y situaciones ridículas. Pero este humor no es accesorio: es el núcleo metodológico del pensamiento.

Lo que a primera vista parece un desfile de escenas absurdas, Sócrates derramando agua sobre un enchufe o Nietzsche incendiando una bufanda con una bengala, funciona en realidad como una operación filosófica precisa: desmitificar. La tradición académica ha elevado a estos pensadores a un pedestal de inaccesibilidad, pero Nexum 2 los devuelve al terreno de lo humano, donde pensar implica equivocarse, improvisar y habitar el error. En este gesto hay una tesis potente: el pensamiento profundo no se opone a lo cotidiano, sino que emerge precisamente de su fricción con lo imprevisible.

El humor absurdo actúa aquí como una actualización radical de la ironía socrática. Si en la Atenas clásica la ironía servía para desmontar certezas, en la era digital son los fallos técnicos, los silencios incómodos y las desconexiones los que revelan la fragilidad de nuestras convicciones. La videoconferencia, ese espacio contemporáneo de supuesta claridad comunicativa, se convierte en un laboratorio filosófico donde cada interrupción abre una grieta en la realidad. En ese sentido, el “glitch” no es un error: es una forma de conocimiento.

Uno de los mecanismos más brillantes del libro es el uso del absurdo como catalizador de conceptos complejos. La imagen recurrente del “gato perdido en un sótano” no es solo una broma surrealista, sino un dispositivo hermenéutico. Para Derrida, la pérdida no es una ausencia sino una condición constitutiva del sentido: “es la pérdida misma la que nos encuentra”. Para Angela Davis, en cambio, esa misma imagen se desplaza hacia lo político: hay sujetos reales atrapados en los “sótanos” de la opresión estructural. El absurdo, lejos de trivializar, permite multiplicar los niveles de lectura y conectar lo simbólico con lo material.

Del mismo modo, el incidente aparentemente trivial de la bengala de Nietzsche se convierte en una puerta de entrada a debates sobre el colapso ecológico y las estructuras de poder. El fuego ya no es solo un accidente cómico, sino una metáfora de la destrucción sistémica: ¿quién controla la llama?, ¿quién decide qué arde y qué se conserva? En este desplazamiento, el humor deja de ser evasión para convertirse en crítica.

Este enfoque tiene además una dimensión política crucial. En un contexto marcado por la saturación informativa, el cinismo pasivo y la sensación de impotencia ante crisis globales, Nexum 2 propone una alternativa: un “cinismo activo y juguetón”. No se trata de negar la gravedad de los problemas, sino de encontrar en la risa una forma de resistencia. Reírse del poder, de sus contradicciones y de sus absurdos, es el primer paso para desnaturalizarlo. El humor, en este sentido, no anestesia: despierta.

La tradición del humor absurdo, entendida como ruptura de la lógica y dislocación del sentido, ya había sido identificada como una forma de cuestionar las convenciones sociales y abrir nuevas perspectivas sobre la realidad. Sin embargo, lo que hace Nexum 2 es llevar esa tradición al terreno filosófico de manera explícita, convirtiéndola en una herramienta epistemológica. El absurdo no solo hace reír: desorganiza los marcos de pensamiento que damos por sentados.

Este recurso cumple una función pedagógica clave. La densidad de temas como el militarismo, el overtourism o las crisis sistémicas podría resultar paralizante para el lector. Pero al introducir elementos lúdicos e inexplicables, el texto crea pausas cognitivas que permiten procesar lo complejo sin caer en la saturación. El humor actúa como un mecanismo de respiración dentro del discurso filosófico.

Lo que propone Nexum 2 es una redefinición de la filosofía como praxis viva. Pensar ya no es una actividad aislada, abstracta y solemne, sino una práctica situada, atravesada por lo cotidiano, lo tecnológico y lo imprevisible. El absurdo no es un desvío del pensamiento: es su condición de posibilidad.

Quizá la lección más radical del libro sea esta: solo cuando la filosofía se permite ser ridícula puede volver a ser relevante. Porque en lo ridículo, en el error, en el accidente, en el glitch, se revela algo que la lógica pura no puede capturar: la complejidad irreductible de la vida.


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