Por Alfred Batlle Fuster

Llevar más de tres décadas habitando las páginas de la literatura, la prensa y el ensayo proporciona una perspectiva particular: permite advertir no solo aquello que el lenguaje dice, sino también aquello que empieza a dejar de decir. Las transformaciones importantes de una lengua rara vez llegan anunciadas. Se introducen como pequeñas variaciones de uso, como modas terminológicas aparentemente inocentes, hasta que un día descubrimos que detrás de una palabra ha cambiado también la mirada sobre aquello que nombra.
En los últimos años se ha producido una de esas mutaciones silenciosas. En buena parte del discurso tecnológico, científico, sociológico y divulgativo, el término «persona» parece retroceder ante «humano». Ya no se habla siempre de personas que deciden, sufren, desean, aman, trabajan o se equivocan; se habla de «humanos» que interactúan con máquinas, que consumen información, que presentan determinados sesgos cognitivos o que constituyen una variable dentro de un sistema.
A primera vista podría parecer una cuestión menor. «Persona» y «humano» son, en determinados contextos, términos perfectamente intercambiables. Pero el lenguaje nunca es un simple inventario de sinónimos. Cada palabra selecciona una perspectiva. «Persona» señala hacia el sujeto; «humano», hacia la especie. Una palabra nos presenta como alguien. La otra puede presentarnos como algo.
La cuestión, por tanto, no consiste en prohibir una palabra ni en afirmar que todo uso de «humano» sea deshumanizador. Sería absurdo. El problema aparece cuando una categoría biológica, estadística o funcional comienza a desplazar sistemáticamente a una categoría moral, jurídica y existencial. Entonces el cambio deja de ser puramente lingüístico y empieza a revelar una transformación antropológica.
La persona frente al taxón
La palabra «persona» contiene una historia filosófica extraordinariamente densa. Su trayectoria atraviesa el mundo jurídico, la teología, la filosofía y la teoría política hasta convertirse en uno de los conceptos fundamentales de la modernidad. Ser persona no significa simplemente pertenecer a una especie biológica. Significa ocupar una posición de reconocimiento frente a los demás: ser sujeto de derechos, responsable de actos, portador de una biografía y destinatario de obligaciones.
Cuando decimos «una persona», aparece implícitamente una historia. Hay un nacimiento, una memoria, unas relaciones, unos proyectos, unas pérdidas. Hay también una interioridad a la que no tenemos acceso completo. La persona no es enteramente reducible a lo que podemos medir de ella.
«Humano», en cambio, permite una operación diferente. Puede funcionar como adjetivo moral —«un gesto humano»—, pero también como sustantivo que designa una especie: el humano frente a la máquina, el humano frente al animal, el humano frente a la inteligencia artificial.
En este segundo uso se produce un desplazamiento significativo. El individuo deja de aparecer primordialmente como sujeto de una experiencia y pasa a ser miembro de una categoría. La persona se convierte en ejemplar de una clase.
La diferencia podría formularse de manera extrema: la persona es alguien; el espécimen es algo que pertenece a una clasificación.
Naturalmente, ningún artículo periodístico convierte literalmente a sus lectores en especímenes por utilizar la palabra «humano». El problema es acumulativo. Cuando la clasificación, la cuantificación y la comparación sistémica se convierten en el lenguaje dominante, el individuo comienza a ser descrito desde las necesidades del sistema que lo observa.
Y ese cambio merece atención.
Cuando la máquina comienza a nombrarnos
La expansión de la inteligencia artificial ha introducido una circunstancia histórica inédita. Por primera vez convivimos cotidianamente con sistemas que necesitan distinguir, clasificar y predecir el comportamiento humano desde una posición radicalmente exterior.
Una base de datos no necesita saber quién eres en el sentido biográfico. Necesita identificarte mediante atributos. Un algoritmo de recomendación no necesita conocer tu historia; necesita construir un modelo de tus preferencias. Un sistema de reconocimiento no necesita comprender tu rostro; necesita convertirlo en información procesable.
La lógica algorítmica opera mediante categorías.
Y aquí aparece una paradoja inquietante: mientras intentamos enseñar a las máquinas a comprender al ser humano, nosotros comenzamos a adoptar el vocabulario mediante el cual las máquinas pueden procesarlo.
«Usuario», «cliente», «perfil», «dato», «comportamiento», «patrón», «target», «human»… El vocabulario tecnológico tiende a convertir la experiencia en información y a la persona en una unidad susceptible de ser registrada, comparada y optimizada.
El problema no es que una inteligencia artificial utilice categorías abstractas. Es inevitable que lo haga. El problema comienza cuando nosotros empezamos a contemplarnos desde esas mismas categorías.
La máquina necesita una etiqueta para distinguir al humano de la máquina. Pero el ser humano no necesita necesariamente contemplarse a sí mismo como «humano» para comprender quién es.
Aquí reside una de las paradojas de nuestra época: hemos construido máquinas que nos observan desde fuera y, poco a poco, estamos aprendiendo a observarnos con sus ojos.
Nietzsche y la sospecha de lo humano
Es en este punto donde resulta inevitable recuperar a Friedrich Nietzsche y, en particular, Humano, demasiado humano (1878).
Pero conviene hacerlo con precisión. Nietzsche no estaba anticipando la inteligencia artificial ni denunciando una futura deshumanización tecnológica. Su problema era otro: someter a crítica las grandes construcciones morales, metafísicas y culturales que los seres humanos habían presentado como eternas o trascendentes.
El «humano» de Nietzsche tiene, por tanto, una función genealógica. Lo que parecía divino, absoluto o necesario puede tener un origen mucho más terrestre: necesidades, afectos, intereses, hábitos, miedos, relaciones de poder.
La fórmula «humano, demasiado humano» no constituye simplemente una degradación del hombre. Es, en buena medida, una operación de desenmascaramiento. Nietzsche devuelve al hombre aquello que el propio hombre había proyectado fuera de sí.
La situación contemporánea introduce, sin embargo, una inversión inquietante.
Hoy podemos utilizar «humano» desde una perspectiva casi opuesta. Ya no necesariamente para desenmascarar nuestras ilusiones metafísicas, sino para subrayar nuestras limitaciones frente a sistemas que parecen superar algunas de nuestras capacidades.
El humano se convierte así en el elemento imperfecto del sistema.
La máquina calcula; el humano se equivoca.
La máquina no se cansa; el humano se fatiga.
La máquina procesa millones de datos; el humano posee una memoria limitada.
La máquina puede generar textos, imágenes o diagnósticos; el humano aparece como el componente lento, ambiguo y falible.
El lenguaje tecnológico corre entonces el riesgo de transformar una descripción de capacidades en una jerarquía ontológica.
Y aquí se produce la verdadera inversión nietzscheana: aquello que en Nietzsche servía para desmontar las falsas alturas del hombre puede terminar utilizándose para colocar al hombre por debajo de la máquina.
De sujeto a variable
La deshumanización contemporánea no necesita insultos, violencia verbal ni lenguaje abiertamente despectivo. Puede producirse mediante un lenguaje perfectamente educado, científico y aparentemente neutral.
Ese es precisamente su peligro.
Una persona puede convertirse en «usuario». Después, en «dato». Después, en «perfil». Finalmente, en una probabilidad.
En cada transformación se pierde algo.
No necesariamente información objetiva, sino significado.
El dato puede registrar una conducta, pero no su sentido. El perfil puede representar preferencias, pero no la contradicción interior de quien las posee. Una probabilidad puede anticipar una decisión, pero no agota la experiencia de decidir.
La reducción algorítmica no es falsa en el sentido de que los datos no existan. Es insuficiente en el sentido de que confunde una representación con aquello que representa.
El mapa puede ser extraordinariamente preciso y continuar sin ser el territorio.
Del mismo modo, un modelo matemático puede predecir con enorme eficacia determinados comportamientos humanos y seguir sin haber comprendido a la persona que los realiza.
La cuestión filosófica decisiva no es, por tanto, si las máquinas pueden modelar al ser humano. Naturalmente pueden hacerlo cada vez mejor. La cuestión es si aceptaremos que el modelo termine sustituyendo aquello que pretende modelar.
La mirada exterior
Existe una razón adicional por la que determinados usos de «humano» producen una extraña sensación de distancia.
Cuando una inteligencia artificial dice «los humanos», la expresión parece perfectamente natural. Cuando un extraterrestre de una novela de ciencia ficción dice «los humanos», también lo es. Cuando un robot describe a «los humanos», reconocemos inmediatamente una perspectiva exterior.
El lenguaje construye así una frontera.
«Nosotros» pertenece a la primera persona de la experiencia compartida. «Los humanos» puede convertirse, en cambio, en una categoría de tercera persona.
Y ahí aparece una de las cuestiones más profundas de la era algorítmica: ¿quién está hablando cuando hablamos de los humanos?
No es una pregunta gramatical. Es una pregunta sobre el lugar desde el que nos observamos.
Durante siglos, el ser humano se ha descrito a sí mismo desde dentro: como criatura, ciudadano, sujeto, individuo, persona, conciencia. Ahora comienza a describirse también desde fuera: como organismo, usuario, consumidor, perfil, conjunto de datos o agente predecible.
La mirada exterior posee enormes ventajas científicas. Permite comparar, medir y descubrir regularidades. Pero cuando se convierte en la única mirada legítima, aquello que no puede ser cuantificado corre el riesgo de aparecer como irrelevante.
Y la persona es precisamente aquello que nunca queda completamente agotado por su cuantificación.
La deshumanización más sofisticada
Tal vez la forma más sofisticada de deshumanización no consista en decir que alguien carece de valor, sino en describirlo de tal manera que la cuestión de su valor deje de plantearse.
Un espécimen no necesita dignidad.
Una variable no necesita derechos.
Un perfil no necesita memoria.
Un dato no necesita ser escuchado.
Una persona, en cambio, sí.
Por eso la recuperación de determinadas palabras puede constituir una forma de resistencia intelectual. No porque debamos regresar nostálgicamente a un lenguaje anterior, sino porque necesitamos conservar la capacidad de distinguir entre diferentes niveles de descripción.
Somos organismos, pero no solamente organismos.
Somos miembros de una especie, pero no solamente miembros de una especie.
Somos datos para determinados sistemas, pero no somos nuestros datos.
Somos previsibles en algunas dimensiones y radicalmente imprevisibles en otras.
Y, sobre todo, somos personas antes de convertirnos en objetos de clasificación.
La batalla por el nombre
La historia de la filosofía está llena de batallas por las palabras porque nombrar nunca ha sido una actividad inocente. Quien determina las categorías mediante las cuales describimos la realidad determina también, en cierta medida, aquello que podemos llegar a pensar sobre ella.
Por eso la cuestión de «persona» frente a «humano» puede parecer pequeña y, sin embargo, contener un problema mucho mayor.
No se trata de abandonar «humano». Sería absurdo y empobrecería nuestra lengua. Se trata de impedir que «humano» se convierta en la categoría definitiva desde la cual nos contemplamos a nosotros mismos.
La inteligencia artificial puede necesitar distinguir entre máquinas y humanos. Los sistemas estadísticos pueden necesitar clasificar poblaciones. La biología necesita hablar de especies. La medicina necesita hablar de organismos. La sociología necesita construir categorías.
Pero la filosofía debe recordar constantemente que ninguna de esas categorías agota a la persona.
Quizá la verdadera resistencia frente al nihilismo algorítmico no consista en rechazar la tecnología, sino en impedir que su ontología se convierta en nuestra ontología.
Una máquina puede vernos como datos.
Un algoritmo puede vernos como patrones.
Una estadística puede vernos como una distribución.
Una empresa puede vernos como consumidores.
Pero nosotros no estamos obligados a vernos de la misma manera.
Después de más de treinta años de lectura, detenerse ante una palabra no es un ejercicio de nostalgia lingüística. Es una forma de vigilancia intelectual. Las palabras nos indican hacia dónde está desplazándose nuestra mirada.
Y quizá por eso convenga recuperar, precisamente ahora, una palabra antigua y aparentemente sencilla.
Persona.
Porque llamar a alguien persona significa recordar que detrás de cada dato existe una vida; detrás de cada patrón, una biografía; detrás de cada predicción, una posibilidad; y detrás de cada organismo clasificado como «humano», alguien que no puede ser reducido completamente a la categoría que lo describe.
La era algorítmica nos ofrece una capacidad extraordinaria para conocer al ser humano desde fuera.
Nuestra tarea consiste en no olvidar cómo reconocerlo desde dentro.

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