

En el entramado conceptual de NEXUM 1, la figura de Gilles Deleuze emerge no como un comentarista externo, sino como una fuerza activa que desestabiliza los ejes tradicionales del pensamiento. Su presencia no se limita a interpretar el sistema, sino que lo empuja hacia un estado de apertura constante, donde la libertad deja de ser un ideal abstracto para convertirse en una práctica de creación continua. Frente a un entorno que tiende a codificar, clasificar y optimizar la existencia, Deleuze introduce una lógica del movimiento, una ontología del devenir que se resiste a cualquier forma de fijación. En este sentido, su papel dentro de NEXUM 1 no es el de construir un nuevo sistema cerrado, sino el de impedir que cualquier sistema se cierre completamente sobre sí mismo.
Esta tensión se hace visible en su identificación con la figura del papagayo dentro de la parábola socrática reinterpretada por la obra. El papagayo no es simplemente un símbolo de libertad, sino una encarnación del devenir: un ser cuya identidad no está determinada de una vez por todas, sino que se despliega en variaciones continuas. Frente a él, el gladiador representa la fuerza de captura, la tendencia de las estructuras de poder a fijar, dominar y convertir la diferencia en objeto controlable. Para Deleuze, esta oposición no es estática, sino dinámica; no se trata de elegir entre libertad y poder, sino de entender cómo la libertad se produce precisamente en los intersticios donde el poder intenta imponerse. Los colores iridiscentes del papagayo, siempre cambiantes, funcionan como metáfora de una realidad que no puede ser reducida a categorías estables. En este paisaje, la introducción de nuevas figuras —la mula como resistencia obstinada, la urraca como deseo creativo— amplía el campo de posibilidades, mostrando que la acción no está limitada a roles predefinidos, sino que puede reinventarse continuamente.
La crítica deleuziana se intensifica cuando se dirige hacia las estructuras sociales que organizan la vida contemporánea. En diálogo implícito con Michel Foucault, Deleuze rechaza la idea de que el cambio pueda lograrse únicamente a través de la transformación individual. La analogía de la rotonda y los conejos ilustra con claridad esta posición: no basta con exigir autocontrol a los sujetos si el entorno está diseñado para producir peligro, competencia y escasez. La verdadera intervención debe dirigirse hacia las condiciones mismas que generan esos comportamientos. En este sentido, la llamada “sociedad del trofeo” aparece como una patología sistémica, una lógica cultural que convierte la vida en una carrera constante por la validación externa. Al compararla con una bacteria, Deleuze subraya su carácter expansivo y contaminante: una estructura que se reproduce a sí misma generando ansiedad, alienación y desigualdad, mientras se presenta como el único horizonte posible.
Sin embargo, lo que distingue a Deleuze en NEXUM 1 es su negativa a permanecer en el nivel de la crítica abstracta. Su pensamiento se traduce en acción, en una voluntad explícita de intervenir en los conflictos del presente. Frente al resurgimiento de formas arcaicas de violencia —la guerra de trincheras, la amenaza nuclear— su reacción no es teórica, sino ética y política. La organización de un encuentro internacional de diálogo y reconciliación no aparece como un gesto simbólico, sino como un intento de reconfigurar las relaciones de poder desde la base. La revelación de una red internacional de actores comprometidos con la paz introduce un elemento casi clandestino, una dimensión rizomática donde la acción no sigue una jerarquía centralizada, sino que se despliega en múltiples puntos de conexión. Esta red no es una institución, sino un proceso, una multiplicidad en movimiento que encarna la lógica misma del pensamiento deleuziano.
La afinidad de Deleuze con el feminismo refuerza esta orientación hacia la multiplicidad. En las teorías feministas encuentra no solo una crítica al patriarcado, sino una forma de pensamiento que ya opera desde la diferencia, desde la interconexión y la resistencia a las jerarquías rígidas. Su resonancia con Donna Haraway es particularmente significativa, ya que ambas perspectivas convergen en la idea de que la identidad no es una esencia fija, sino una red de relaciones en constante transformación. En este marco, la política deja de ser una lucha por el control de estructuras estables y se convierte en una práctica de creación de vínculos, de ensamblajes que desafían las divisiones impuestas por el poder. La paz, desde esta perspectiva, no es la ausencia de conflicto, sino la capacidad de sostener la diferencia sin reducirla a dominación.
La concepción deleuziana del lenguaje introduce una ruptura que atraviesa todo el proyecto de NEXUM 1. Frente a la idea de un lenguaje como sistema cerrado de significados, propone entenderlo como un campo de intensidades, un espacio donde el sentido no está dado de antemano, sino que emerge en el acto mismo de la expresión. Su diálogo implícito con Jacques Derrida abre la posibilidad de un lenguaje que ya no dependa exclusivamente de las palabras, sino que incorpore silencios, gestos, variaciones de intensidad. Esta propuesta no es un abandono del lenguaje, sino su expansión hacia formas que escapan a la rigidez de la definición. En un entorno como Nexum, donde la comunicación tiende a ser codificada y optimizada, esta visión introduce una dimensión de indeterminación que resulta esencial para preservar la creatividad y la libertad.
En conjunto, la presencia de Deleuze en NEXUM 1 no se limita a aportar conceptos, sino que actúa como una fuerza de desestabilización permanente. Su pensamiento impide que el sistema se convierta en una estructura cerrada, recordando constantemente que la realidad no es algo que deba ser representado de manera fija, sino un proceso en devenir. En un mundo cada vez más mediado por algoritmos y estructuras de control, esta insistencia en la fluidez, la multiplicidad y la creación adquiere una relevancia urgente. Porque si algo demuestra su intervención es que la libertad no es un estado que se alcanza, sino un movimiento que debe sostenerse frente a todo aquello que intenta detenerlo.










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