Alfred Batlle Fuster

La cuestión de la identidad humana ha sido tradicionalmente abordada desde dos perspectivas distintas aunque relacionadas: la identidad biológica y la identidad ontológica. La primera se refiere a la continuidad del organismo, a la persistencia de un mismo ser vivo a través del tiempo. La segunda apunta a una pregunta más profunda y problemática: qué hace que un ser siga siendo el mismo ser a pesar de las transformaciones que experimenta. Mientras la biología puede describir la continuidad de un cuerpo, la ontología se interroga por la continuidad del ser.
Durante siglos, esta diferencia permaneció como un problema principalmente filosófico. Sin embargo, determinadas enfermedades neurológicas y psiquiátricas han convertido esta cuestión en una experiencia concreta y dramática. El Alzheimer, las demencias avanzadas, ciertas formas de esquizofrenia o los trastornos graves de la conciencia dejan al descubierto una pregunta que ninguna ciencia ha logrado responder de forma definitiva: cuando una persona pierde sus recuerdos, su personalidad e incluso el reconocimiento de sí misma, ¿sigue siendo la misma persona?
Desde una perspectiva estrictamente biológica, la respuesta parece relativamente sencilla. El organismo continúa existiendo. El individuo conserva la misma continuidad corporal que tenía antes de desarrollar la enfermedad. Aunque su cerebro se haya deteriorado y sus capacidades cognitivas hayan disminuido, la entidad biológica sigue siendo la misma. El cuerpo que nació décadas atrás continúa siendo el mismo cuerpo sometido a un proceso patológico. La identidad biológica permanece.
No obstante, esta respuesta resulta insuficiente para la intuición humana. Cuando contemplamos a un enfermo de Alzheimer en estado avanzado observamos algo que parece desafiar la mera continuidad orgánica. Los recuerdos desaparecen progresivamente, los vínculos afectivos dejan de ser reconocidos, el lenguaje se fragmenta y la historia personal se difumina hasta hacerse irreconocible. Se produce entonces la sensación de que algo más profundo que una capacidad cognitiva se está perdiendo.
Fue precisamente este problema el que llevó a filósofos como Locke a vincular la identidad personal con la memoria. Si una persona es aquello que recuerda ser, la pérdida de la memoria supone una erosión de la identidad misma. La continuidad biológica puede mantenerse intacta, pero la identidad personal parece resquebrajarse. Desde esta perspectiva, el Alzheimer no sería únicamente una enfermedad neurológica, sino también una crisis ontológica.
Sin embargo, esta interpretación plantea serias dificultades. Si la memoria define completamente lo que somos, entonces cada olvido significativo implicaría una disminución de nuestro ser. La identidad quedaría reducida a una acumulación de contenidos psicológicos. En tal caso, el sujeto dependería enteramente de los recuerdos que conserva, y bastaría con destruir esos recuerdos para destruir al propio sujeto.
David Hume llevó esta problemática todavía más lejos al cuestionar la existencia de un yo permanente. Según su análisis, cuando observamos nuestra experiencia sólo encontramos percepciones, emociones, pensamientos y recuerdos que se suceden continuamente. No encontramos una entidad fija detrás de ellos. El yo sería una ficción generada por la continuidad aparente de esos fenómenos. Desde este punto de vista, el Alzheimer no destruiría una esencia personal porque tal esencia nunca habría existido. Lo único que desaparecería sería una determinada configuración de experiencias.
Pero la experiencia humana parece resistirse a aceptar una conclusión tan radical. Incluso frente a una persona que ya no recuerda quién es, seguimos sintiendo que sigue siendo alguien. Tal vez no sea la misma persona narrativa que fue décadas atrás, pero intuimos una permanencia que no puede explicarse únicamente mediante la memoria.
Aquí surge la posibilidad de distinguir entre identidad narrativa e identidad ontológica.
La identidad narrativa está formada por la historia que contamos sobre nosotros mismos. Incluye recuerdos, proyectos, relaciones, éxitos, fracasos y expectativas. Es la construcción biográfica del yo. En gran medida, es esta identidad la que se ve afectada por enfermedades como el Alzheimer. La persona pierde fragmentos de la narración que articulaba su existencia.
La identidad ontológica, en cambio, podría situarse en un nivel más profundo. No dependería de los contenidos de la conciencia sino del hecho mismo de existir como sujeto. No sería la memoria de ser, sino el ser mismo.
Esta posibilidad resulta especialmente sugerente a la luz de una concepción filosófica en la que el ser no se reduce a una acumulación temporal de recuerdos. Si la subjetividad constituye un fenómeno más fundamental que las narraciones que produce, entonces la desaparición de la memoria no implica necesariamente la desaparición del sujeto. Desaparece una determinada organización de la experiencia, pero no el hecho de que exista experiencia.
Desde esta perspectiva, el Alzheimer destruye la autobiografía sin destruir necesariamente al ser que la vivía.
La diferencia es decisiva. Una biblioteca incendiada pierde sus libros, pero el espacio donde existía la biblioteca continúa existiendo. Del mismo modo, la destrucción de los recuerdos podría significar la pérdida de los contenidos de la conciencia sin implicar la desaparición de aquello que hace posible la conciencia.
Esta interpretación adquiere una relevancia aún mayor en el contexto de una ontología centrada en la realidad inmediata del ser. Si el fundamento de la identidad no reside en la memoria acumulada sino en la presencia instantánea de la subjetividad, entonces cada momento de experiencia posee una dignidad ontológica independiente de la historia que lo precede. La existencia no derivaría de la memoria; al contrario, la memoria derivaría de la existencia.
Bajo esta luz, las enfermedades mentales extremas dejan de ser únicamente patologías cognitivas para convertirse en experimentos ontológicos involuntarios. Nos obligan a preguntarnos qué es realmente esencial en el ser humano. ¿La continuidad biológica? ¿La continuidad psicológica? ¿La capacidad narrativa? ¿La conciencia reflexiva? ¿O existe un nivel más fundamental que permanece incluso cuando todas esas facultades se deterioran?
Quizá el drama filosófico del Alzheimer consista en que destruye precisamente aquello que la modernidad consideró el núcleo de la identidad: la memoria, la autobiografía y la conciencia de sí. Sin embargo, al hacerlo también revela la posibilidad de que la identidad ontológica sea más profunda que cualquiera de esas dimensiones. Allí donde el recuerdo se extingue, donde el nombre deja de significar algo y donde la historia personal se vuelve inaccesible, todavía persiste un misterio irreductible: el hecho de que algo sigue siendo.
Y tal vez sea precisamente ese residuo irreducible, imposible de medir mediante pruebas neurológicas y resistente a toda descripción puramente biológica, lo que la filosofía ha intentado nombrar desde sus orígenes con la palabra más simple y más enigmática de todas: ser.
Más allá de la memoria y de la biografía
Si el Alzheimer obliga a distinguir entre identidad biológica e identidad narrativa, también nos fuerza a plantear una pregunta todavía más radical: ¿es posible que durante siglos hayamos confundido la persona con la historia que la persona cuenta acerca de sí misma?
La filosofía moderna tendió a identificar el yo con la autoconciencia. Saber quién soy, recordar quién he sido y proyectar quién seré parecían constituir los pilares fundamentales de la identidad personal. La memoria se convirtió en el hilo invisible que unía el pasado, el presente y el futuro de una existencia. El ser humano aparecía así como una narración continua sostenida por la capacidad de reconocerse a sí mismo a través del tiempo.
Sin embargo, las enfermedades neurodegenerativas revelan una fractura inesperada en este modelo. Cuando la memoria se desintegra, la existencia no desaparece. El sujeto continúa experimentando sensaciones, afectos, miedos, placeres o estados de ánimo elementales. Incluso cuando la capacidad narrativa se ha reducido a mínimos, algo sigue compareciendo ante el mundo.
Este hecho plantea una sospecha filosófica incómoda: tal vez la memoria no sea el fundamento de la identidad, sino únicamente uno de sus instrumentos.
La diferencia es profunda. Si la memoria es el fundamento del yo, perderla equivale a perderse a uno mismo. Pero si la memoria es sólo una facultad del sujeto, su desaparición no implica necesariamente la aniquilación del ser. Equivale a una mutilación existencial grave, pero no a la desaparición de aquello que experimenta dicha mutilación.
La tradición filosófica raramente ha explorado esta posibilidad hasta sus últimas consecuencias. Incluso los pensadores que rechazaron la idea de una sustancia permanente continuaron analizando la identidad desde categorías temporales. Ya fuera la memoria, la continuidad psicológica o la persistencia de determinados patrones mentales, la pregunta siempre se formulaba en términos de duración.
Sin embargo, cabe imaginar otro planteamiento.
Quizá la identidad ontológica no resida en la permanencia a través del tiempo, sino en algo previo al tiempo mismo.
Lo que denominamos «yo» podría ser una construcción narrativa elaborada a partir de la memoria, mientras que la subjetividad originaria sería una realidad instantánea, anterior a cualquier reconstrucción biográfica. Antes de recordar quién soy, antes incluso de pensar quién soy, existe un hecho más elemental: la presencia de la experiencia.
Este desplazamiento conceptual resulta especialmente relevante cuando se examinan los estados avanzados de deterioro cognitivo. El enfermo pierde progresivamente el acceso a su propia historia, pero no deja necesariamente de habitar el presente. Puede ignorar su nombre, su edad o la identidad de quienes le rodean, pero continúa experimentando cercanía, miedo, ternura, angustia o serenidad.
La pregunta ontológica se transforma entonces.
Ya no se trata de saber si la persona recuerda quién era.
Se trata de averiguar si el ser depende realmente de ese recuerdo.
En este punto emerge una posible crítica a toda concepción temporal de la identidad. Quizá la continuidad biográfica constituya una estrategia adaptativa de la mente para generar estabilidad, pero no el fundamento último del sujeto. Lo que permanece no sería una historia ni una memoria, sino la capacidad misma de existir en cada instante.
Esta idea encuentra una resonancia particular cuando se analiza el fenómeno de la conciencia inmediata. Toda experiencia acontece siempre en un presente absoluto. Los recuerdos son reconstrucciones actuales de acontecimientos pasados. Las expectativas son representaciones actuales de acontecimientos futuros. Incluso la identidad narrativa sólo puede existir como contenido de una conciencia presente.
Desde esta perspectiva, el tiempo psicológico aparece como una estructura derivada. Lo primario es el acto mismo de ser.
Las implicaciones son significativas. Si la identidad ontológica se fundamenta en la presencia y no en la memoria, entonces el Alzheimer destruye la arquitectura temporal del yo sin necesariamente afectar a su núcleo más profundo. Lo que desaparece es la capacidad de organizar una vida como relato. Lo que permanece es el hecho irreductible de existir.
La enfermedad se convertiría así en una especie de experimento ontológico extremo que elimina progresivamente las capas secundarias de la identidad. Primero desaparecen ciertos recuerdos. Después se deterioran las capacidades lingüísticas. Más tarde se fragmentan las referencias personales y sociales. Finalmente puede llegar a desaparecer casi toda forma de autobiografía consciente.
Sin embargo, incluso en ese límite parece subsistir una presencia mínima.
Algo sigue sintiendo.
Algo sigue reaccionando.
Algo sigue compareciendo ante la realidad.
Ese residuo constituye quizá uno de los mayores enigmas filosóficos de la condición humana.
La cuestión se vuelve todavía más compleja cuando se extiende a otras enfermedades mentales. En determinados cuadros psicóticos, la personalidad puede transformarse radicalmente. En algunas formas severas de trastorno disociativo parecen coexistir identidades incompatibles. En ciertas demencias frontales el carácter puede sufrir modificaciones tan profundas que familiares y amigos afirman encontrarse ante una persona completamente distinta.
Y, sin embargo, en todos estos casos surge la misma dificultad conceptual. Los cambios afectan a las formas de manifestación del sujeto, pero no necesariamente al hecho de que exista un sujeto.
La filosofía ha dedicado enormes esfuerzos a explicar cómo permanece algo idéntico a través del cambio. Tal vez el problema consista en que hemos buscado esa permanencia en los contenidos de la experiencia en lugar de buscarla en la condición misma de la experiencia.
Desde esta óptica, la enfermedad mental deja de ser únicamente una alteración clínica. Se convierte en una ventana privilegiada hacia las estructuras fundamentales del ser. Allí donde la memoria se derrumba, donde la personalidad se fragmenta y donde la biografía pierde coherencia, emerge una pregunta que ninguna resonancia magnética ni ningún diagnóstico psiquiátrico pueden responder por completo: ¿qué queda cuando desaparece todo aquello con lo que solemos identificarnos?
Quizá la respuesta no consista en encontrar una nueva definición del yo, sino en reconocer que el ser precede a todas sus definiciones. La memoria, el carácter, el lenguaje, la historia personal y la identidad social serían formas de organización de la existencia, no la existencia misma. Cuando esas estructuras se deterioran, observamos con mayor claridad algo que normalmente permanece oculto bajo ellas.
La tragedia del Alzheimer no sería entonces la desaparición del ser, sino la destrucción progresiva de los mecanismos mediante los cuales el ser se reconoce y se narra a sí mismo. Y precisamente por eso estas enfermedades nos obligan a reconsiderar una cuestión que acompaña a la filosofía desde sus orígenes: tal vez no somos la historia que recordamos, sino aquello que permanece incluso cuando la historia ya no puede ser recordada.

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