
de Alfred Batlle Fuster
PRÓLOGO
Qué cosas pasan. Comencé a leer este fascinante libro nada más terminar Aullido y otros poemas, la extraordinaria antología poética que escribió a mediados de los años cincuenta el gran Allen Ginsberg, uno de los maestros de la generación Beat y, por extensión, uno de los padres de la contracultura, junto a otros grandes como Jack Kerouac o William Burroughs. Esa obra, como el resto de sus trabajos y los de sus compañeros, supuso un quejío duro y visceral ante un mundo que no comprendía y del que, inexorablemente, formaba parte. Estos escritores, cuando eran jóvenes, buscaron en las letras y en las drogas una salida, y quizás la encontraron, pero no duró mucho… Y al final, como suele pasar en este mundo cruel, la ola del tiempo les terminó pillando. No sé si es fruto de esta curiosa conjunción, pero este libro que tiene usted entre sus manos, estimado lector, de alguna manera me ha recordado a los gritos amargos de Ginsberg —«vi las mejores mentes de mi generación destruidas por la locura, hambrientas, histéricas, desnudas»—, pero también a los desvaríos lisérgicos y experimentales de Burroughs o al precioso y a la vez terrible monólogo interior del On the Road de Kerouac.
Pero esto es otra cosa. Como comprenderá, no puedo desvelar nada de lo que va a leer a continuación. Ya tendrá usted tiempo, por fortuna, de experimentar en toda su plenitud esta impresionante obra que está a punto de empezar, en cuanto este prologuista se marche y cierre la puerta. Y mira que me gustaría soltar algún que otro destripe —me niego a usar el anglicismo ese— y hablarles de algunas partes de esta novela que me han resultado especialmente llamativas y memorables. No puedo, ni debo. Además, creo que es mejor vivir la experiencia sin saber nada, como cuando uno se topa sin querer con una excelente película que no conocía.
Por supuesto, además de una historia cautivadora, inquietante y perturbadora, esta obra es una grandiosa invitación a la reflexión existencial y filosófica —aunque, como comenta uno de los personajes de la novela, esta sea una herramienta del mal—. Los temas que se ponen sobre la mesa han sido tratados desde la más remota antigüedad por los más grandes pensadores. Pero aquí, en esta deliciosa fábula, adquieren un nuevo e interesante matiz. Enumerar la larga lista de ideas que inundaron mi mente durante la lectura daría para más palabras de las que, por derecho, puede tener un prólogo. Pero, si me lo permite, me gustaría comentar alguna que me pareció especialmente sugerente y que, quizás, funcione a modo de introducción.
Por ejemplo, la importancia de la avaricia, uno de aquellos pecados capitales característica esencial de este sistema económico y social en el que vivimos inmersos, en mayor o menor grado, y del que todos somos, también en distinta medida, cómplices y víctimas. Alfred Batlle, mediante su omnipresente personaje, desde su trabajadísima segunda persona —ojo, no es nada fácil escribir un libro desde esta perspectiva— expone con una capacidad de análisis descomunal las barbaridades y las maldades de un sistema que por primera vez en la historia está presente en todo el planeta y afecta a casi toda la humanidad —ni siquiera tengo claro que sea válido emplear ese «casi»—, siempre con el egoísmo por bandera y dejando en el subsuelo aquellos ideales de los ilustrados que soñaban con mundos mejores. Claro, al final esto no deja de ser consecuencia de un sinfín de factores, pero todos guardan relación con nosotros, con los humanos demasiado humanos de los que hablaba Nietzsche.
Y ese es el origen de la tragedia: nosotros. Y en torno a eso, en torno a «nosotros», en torno a lo que somos, gira el delirante cuento que está a punto de leer; un cuento denso, orquestado con un lenguaje riquísimo, áspero y duro, psicodélico y desconcertante a veces, emotivo y empático de vez en cuando, y visionario y clarividente casi siempre.
No le entretengo más. Ya está bien. Le dejo con este tour de force literario monumental y embriagador. Le aseguro que será una de las experiencias más subversivas y fascinantes que va a vivir con un libro en la mano. Es posible que, incluso, se vea reflejado en muchos momentos y en muchos párrafos, y también puede ocurrir que esta bofetada de realidad travestida de psicodelia demencial y onírica les produzca un cierto malestar. No se rinda. Suele pasar. El camino del héroe es así. Merece la pena continuar, mirarse en este espejo mil veces y renacer, como nuestro héroe, de nuestras propias cenizas, aunque el precio a pagar sea ser juzgado por los dioses…
Buen camino.
Capítulo 1
Ahora que he vuelto, te interesará conocer los detalles del trance que tanto ha alterado mi corazón mientras dormía. Supongo, y en ausencia de la razón más primaria, que he viajado a lugares imposibles para toda mente cabal y escuchado argumentos capaces de ablandar el espíritu más irredento. Me tendí en el camastro del jardín nada más acabar aquella fiesta y, de pronto, me encontré en un lugar mísero y frío. ¿Dónde fueron tantas vanidades? ¿Cómo fue que se desvanecieron todos los lujos a los que me tenía acostumbrado? Grandes verdades se me revelaron y ahora me siento ajeno a mi anterior vida. ¿Recuerdas la fiesta? Las gentes y su lujo, sus vestidos y la amabilidad fingida, todo es superfluo en mi nueva vida, todo es en extremo inservible para lo verdadero humano. Te preguntarás qué fue de mi persona en tan misterioso viaje y qué privilegios o bonificaciones me cambiaron el semblante. Extraña historia la mía, que eliminó la vanidad en mis modales, y un largo silencio conmovió mi alma. «¡Tonterías!», dirán algunos; «¡paseos entre la nada!», repetirán los menos crédulos, pero mi valor se ha acrecentado delante de aquellos que me miran con desprecio cuando aparezco, a los que les gustaría verme a rastras y con una disculpa, a quienes se sienten en alturas de ceniza, creyéndose puntal de la vida de todos. Nada más que un engaño, pues no serán nunca conscientes de su mísera vida, ajenos a toda generosidad verdadera y mostrando siempre relucientes deportivos y yates de pompa y discreción aparte. Aparte siempre quien no llega, aparte siempre al débil de carácter y a la buena hombría desarmada, este no es su mundo y, como mucho, serán sirvientes de los astutos de la vida, como nosotros hasta ahora, con nuestra manera de depredar los valores de nuestra degradada humanidad.
Aunque ya no; ahora ya no me escondo de mi pasado. Sí, créeme, pues, aunque parezca un iluminado, mi sueño ha sido tan real que me es imposible evocarlo como fantasía, atosigado por sus imágenes como relatos de una verdad no cuestionada. Yo antes era un hombre de ideas firmes, que coqueteaba con la vida, con la seguridad de quien todo lo ha tenido, las agujas de mi reloj siempre me marcaban la hora del éxito, y desde que fui un pipiolo supe encontrar las claves de la sociedad elitista que enseguida me acogió como propio. Fui campeón en engaños y en fastuosos negocios, fui sirviente de la necedad y de las ganancias de escándalo, pero fueron tiempos regidos por el mandato de la soberbia si de sobrevivir se trataba, si se quería mantener la pompa del trato, y la compañía y el beneplácito de los altos estamentos. Gané una y otra vez; gané y gané, y el éxito, como sabes, te moldea el alma hasta ser su esclavo y sirviente, sin más. No me oí nunca aproximarme a esta nueva verdad; bien creía que mi vida era un para siempre, sin atender a nuevos titulares que convendrían ahogarme. Viví en la cresta de la ola sin esperar que esta llegase nunca a la playa. ¡Qué iluso me siento ahora!, ¡qué pueriles mis pensamientos anteriores! Pero dormí y creí soñar sin estar preparado para lo que se presentaba dentro de mis ojos, delante, puede ser, aunque, de todas maneras, oculto a mi anterior vida cotidiana.
Nunca hubo espacio para la meditación y el pensar en el otro. El negocio siempre fue lo primero en mi vida y atropellé a incontables inocentes en su búsqueda; así creía que era el mundo, así me engañaba nadando entre diamantes. Es obvio que te diga que la finitud de la vida era una idea ajena a mi persona, que el mal de los otros eran oportunidades para mí: patea al débil y vencerás sin desgaste, esta era una de mis deplorables máximas. Así humillé a desarmados, maltraté a humildes y atemoricé a desprevenidos, todo para escalar más y más, para enorgullecerme cada día con mi caza. Mis sirvientes y yo con un solo objetivo a batir, con una presa a la cual humillar como símbolo de nuestra grandeza. Granujas esnobs, eso era lo que éramos.
Te preguntarás qué me ha pasado para ser consciente de mi vileza, te preguntarás cómo he encontrado una luz en mis pensamientos después de haber dormido una sola noche. Muy bien, pensarás que sufro de alucinaciones o, más bien, verificarás el trasiego de mi mente. Pero hay un modo más sencillo de vida, hay una comprensión que se mantiene oculta a nuestra comprensión habitual, un engaño al margen del tiempo que nos niega el sosiego, al margen de leyendas que nos mueven a quehaceres sin ninguna trascendencia.
¿Qué importancia tiene llegar a la cúspide de una empresa? ¿Qué importancia tiene ahora el sentirse poderoso? Ninguna. A duras penas siento interés por dineros y poderes, tal ha sido el vuelco en mi vida que solo anhelo una vida sencilla, como digo, una vida atendiendo solo a mi biología. Por supuesto que huyo de visiones cínicas, de hipocresías que alientan ciertos movimientos que proclaman el mal del mundo sin percatarse del mal propio, tal incongruencia sugiere la amoralidad de nuestra sociedad, la crueldad con que depredamos a nuestros semejantes, y la vileza con que nos servimos de los cuerpos de quienes consideramos seres inferiores. Me produce esta actitud ahora tristeza y náuseas, un ruido sordo que atormenta mis sentidos cuando presiento al mal nacido, al hacedor de desigualdades y al comedor compulsivo de sí mismo.
Me creí muerto y no me sentí merecedor de ninguna gracia divina. Mi mundo era plenamente terrenal y, con gran sorpresa, me vi rodeado de espíritus que interrogaban los hechos de mi vida. ¿Por qué? Me preguntaba y les preguntaba sin recibir aclaración alguna. Pensé en mi situación y me vi en mi camastro, ajeno al mundo terrenal. La sangre había dejado de correr por mis venas y quedé flotando en una irrealidad, como inmerso en una burbuja atemporal, sin ataduras a un mundo que ya percibía muy lejano. Sentí, entonces, que mi vida se llenaba de sentido, que mi situación era la única deseada y que los miedos se habían desvanecido. Sentí que ya no era hombre, que habían desaparecido mis ataduras terrenales, y una inmensa paz inundó mis pensamientos.
Poco después de tomar tu brebaje noté mi cuerpo ajeno a mis decisiones. No respondía a ningún estímulo y os veía corretear por el jardín con semblantes preocupados. Sería entonces que ya era libre, que ya me había liberado de las ataduras que impone nuestro cuerpo, que me llevaban a una aventura solitaria, pero no para percatarme de mi soledad, sino para percibir una compañía imperceptible hasta entonces, una sinfonía que me era del todo desconocida. Es cierto que en ocasiones había oído ecos de esta verdad. Cierto es, también, que nunca presté atención a los consejos de los sabios, me parecían indignos en nuestra sociedad tecnificada y ultramoderna, me parecían caducados y la muestra de una decadencia que felizmente creía superada. Cuán equivocado estaba mientras seguía en mi juego bobo de perseguir riquezas y acrecentar poderes de papel.
En muchas ocasiones recibí visitas de personajes siniestros, ávidos por hacer negocios rápidos y sencillos, queriéndome como socio para la infamia. Digamos que siempre se trataba de apoderarse de lo ajeno con triquiñuelas de dudosa legalidad, pero la confusión estaba asegurada y, está claro, luchábamos contra el débil que ni conoce ni conocerá nuestra jerga; la lucha estaba vencida de antemano y sabíamos que nuestra empresa nos llevaría a dominar más territorio, a dominar algunas mentalidades en beneficio propio, y a condicionar las opiniones políticas para dirigir las dinámicas económicas según nuestro interés. Éramos los mejores y crecimos como hojas en primavera, destruyendo murallas que hasta entonces se creían infranqueables y dejando caer semidioses que protegían al desvalido. Ya no nos importaban los débiles, ya no necesitábamos sentirnos arraigados a pequeñas sociedades., El mundo global era nuestra meta y los localismos, minucias a eliminar, como cualquiera que pensara demasiado, como puertas que se creían bien cerradas. No dudamos en destruir bosques en beneficio propio, no dudamos en ignorar rostros de súplica. Un alud de autorizaciones legales aplacaba al desarmado y si estas no existían, aplicábamos la política de hechos consumados. Teníamos el tiempo de nuestra parte, y si había que quemar se quemaba sin miramientos. El tiempo fue degollando a inocentes y ensalzando nuestro poder con nuevos edificios y mayestáticas servidumbres. Dueños de un imperio, nos sabíamos invencibles y casi sagrados en nuestras catedrales de negocios. Las flaquezas eran ahuyentadas con un nuevo golpe al inocente, al desarmado que no dejaba de temblar al ver su casa derruida y sintiéndose en la calle, a sus campos mientras se inundaban para dar paso al progreso tecnológico, o a sus bosques sagrados talados hasta dejar solo tierras áridas e improductivas. Estas eran nuestras prácticas en cualquier lugar del mundo que fuera manantial para nuestros negocios, brotando ganancias mientras destruíamos sin miramientos: ahora un bosque en esta isla sin ley, ahora un río que desecamos por interés propio, sumiendo a poblados milenarios aguas abajo a la hambruna sin clemencia. Ya conocemos el «ojos que no ven, corazón que no siente»; todo era llevado en secreto, sin permitir a ningún periodista metomentodo husmear en nuestros negocios, sin dar oportunidad a que nuestra víctima hablase. Convenía la discreción y éramos unos maestros del engaño.
Qué decir de las falsedades de datos a nuestro favor, cuán fácil ha sido engañar a autoridades afines sobre contaminantes generados, qué risas provocaron, entre copas y manjares, aquel quiebro legal y aquellos sobornos de miseria. Qué fácil fue comprar mentalidades e imponer el acatamiento con la única ley del plomo, si fue en su día necesario; la inseguridad siempre fue nuestra aliada para justificar crímenes por azar, desastres aleatorios y enfermedades achacables al destino. ¡Cuán manipulables han sido las vidas humanas bajo nuestro poder! Ya sabes, amigo mío, compañero en mil negocios, que el jugar era siempre para bien, que la presentación de un balance justificaba la infamia de cualquier tipo, solo cabía mirar a nuestros hijos durmiendo plácidamente. ¿Debíamos romper su tranquilidad por hechos que ellos nunca conocerían? ¿Podríamos desestabilizar nuestro mundo de paz y armonía por dar a conocer el sufrimiento de un puñado de míseras personas que ni nos iban ni nos venían? La semilla del mal era plantada a miles de kilómetros de nuestros hogares, demasiado lejos para sentirla, demasiado lejos como para no caer en la tentación de grandes beneficios. Al fin y al cabo, las víctimas solo serían números en breves notas de prensa, nadie conocería su sufrimiento, nadie quitaría a nuestros hijos ni un ápice de su vida placentera. Lo hicimos sin más, nosotros y cualquiera que quisiera destacar en el mundo de los negocios, las ganancias de nuestras empresas eran una espada de Damocles contra la que todo valía, aun pisoteando los derechos ajenos.
Pero ahora toda esta maldad me apesadumbra, mi mente se siente asqueada con todo mi pasado, y no encuentro la manera de redimirme de todo el mal que he infligido a inocentes. ¿Cómo devolver hijos a sus madres? ¿Cómo restaurar la fragilidad de un ecosistema milenario? ¿Cómo devolver la armonía a nuestro planeta? Imposible, pues después de hecho el mal, no hay vuelta atrás, tampoco hay redención como la esperanza del creyente. Simplemente contemplar sus resultados y acatar sus consecuencias.
Cuando todas estas certezas me fueron reveladas, una ola de náusea invadió mis entrañas. Todo el mal que me había amparado estaba al descubierto, y yo iba a ser juzgado por ello. Todos mis pensamientos entraron en una espiral próxima a la demencia; mi racionalidad huía de mi ser y, aún entonces, veía sombras arriba y abajo, correteando a mi alrededor, atendiendo a un cuerpo que ya sentía lejano y cuyas carnes ya no me pertenecían. Fui víctima de mi propia maldad, fui víctima de mis propios guerreros. No hay duda de que las palabras fueron acalladas, No hay duda de que una opinión incómoda es síntoma suficiente para actuar, pero vuestro plan rayó la perfección y, entre mi opulencia, fui sedado para aplacar mi resistencia. Pero os vi desde mis adentros, supe la naturaleza de la traición y, de alguna manera, sabía que mi redención me devolvería a la vida. Y, si bien, en un principio, clamaba venganza hacia los ideólogos de mi asesinato, poco después me percaté de que solo volvería a la vida cambiando mis ideas, siendo delator de mis actos deplorables y perdonando a mis propios asesinos. Pero ¿cómo? ¿Cómo llegaría a estos pensamientos que, en un principio, me revolvían las entrañas? La respuesta debía seguir su curso, pues aún no había iniciado mi camino.
Me encontraba cerca de mi cuerpo y mis asesinos aún desfilaban orgullosos. Su autoridad de sangre antes fue la mía, y me pagaron con mi propia moneda como condición para iniciar este sueño, como así prefieres que lo llame, aun repitiéndote que no fue tal, sino que fueron verdades las que se me revelaron y no un tropel de falsas apariencias. Pues, aunque me repitas mil veces la palabra imposible, entiendo tus razones, ya que hasta hace nada eran también las mías, pero ahora, herido por mis vilezas y obligado a acatar mi pena, por entero he cambiado de parecer y he sido delator de mí mismo frente a mis víctimas.
Lejos ya de mi cuerpo, la oscuridad me envolvía sin entender mi buen humor a pesar de todo. En una primera ojeada, me parecía estar flotando en el vacío, mis pies se movían sin resistencia y era ajeno a cualquier inquietud temporal. Parecía como si me envolviera una pared de cristal, y durante bastantes minutos noté como si una ligera brisa me sostuviera en el vacío. ¿Me había vuelto loco? Creía firmemente en esa posibilidad, pues también empecé a oír voces, primero a lo lejos, prácticamente imperceptibles, pero, poco a poco, fueron resonando con más intensidad hasta oírlas muy cerca, aunque todo a mi alrededor seguía siendo oscuridad. No entendía nada de lo que las voces decían. Reconocía palabras, reconocía tonalidades, pero era incapaz de comprender ni una sola frase ni el sentido de aquella conversación. Entonces fui pellizcado en la espalda y perdí la movilidad de mis extremidades. Algún instrumento me transportaba entre la penumbra y yo, aunque consciente, era incapaz de dar órdenes a mi cuerpo: de alguna manera me habían anulado la capacidad de huida y de revolvimiento. Pero tampoco tenía dónde ir en medio de la nada, yo me sentía en movimiento a través del vacío sin saber cuál era mi destino ni los motivos reales de todo ese sobresalto.
Una solución siempre da tranquilidad en medio del desasosiego; una solución te indica unas nuevas pautas ante un nuevo camino por recorrer. No obstante, ¿para qué quería soluciones en mi estado? Un progreso de evanescencia no requiere ningún tipo de solución, pues ya no me quedaba nada por lo que luchar, y asentí resignado al peor pronóstico que se me ocurría en esos momentos: mi muerte definitiva. Claro que, si este proceso era cierto, ¿por qué continuaba razonando? Me apresuré entonces a comprobar mis pensamientos y recuerdos sin descubrir alteración alguna. Me sentía enteramente yo, aunque estaba desvinculado de mi cuerpo y de toda sensación hasta ahora conocida. Pensarás que en esa situación me invadiría el pánico hasta enloquecer. Al contrario, era presa de una inusual serenidad, aunque también de cierto enojo, pues sentía que, de alguna manera, tenía que haber sido avisado de mi nueva situación y no mantenerme en la incertidumbre.
Fue entonces cuando noté de nuevo el peso de mi cuerpo y advertí que me encontraba echado en una cama. Ya no podía soportar más esa realidad y lancé un grito de desesperación. La incertidumbre agria el carácter de todo hombre y desmorona todo pensamiento de contención, como bien sabes, y aunque no tenía motivo de queja o maltrato, sí que me sentía falto de explicaciones. Me incorporé buscando algún punto de luz para orientarme, o más bien, una mesita al lado de la cama, como sería preceptivo. Pero no tuve éxito en la búsqueda. Me movía en una oscuridad absoluta, palpando las paredes de lo que parecía una simple habitación cúbica con una cama en medio, sin puertas ni ventanas, al menos atendiendo al tacto de mis manos, razón de más para aumentar mi desesperación. Los minutos pasaban en medio de la nada, minutos u horas tal vez, pues el tiempo era imposible de percibir rodeado de vacío y oscuridad. Pensé en todos los placeres que había dejado atrás, momentos en que el tiempo transcurría veloz durante largas jornadas de ocio en las que la acción era la protagonista y las emociones un botín cada vez más deseado. Lo contrario era mal visto, y la reflexión estaba excluida de nuestras vidas aceleradas. Oía las voces de las fiestas, oía carcajadas sin motivo solo para complacer a un potencial cliente o para satisfacer el ego de un político, me encontraba inmerso en una oscuridad implacable dentro de un silencio absoluto y mi mente se esforzaba por evocar mi vida pasada. «¿Qué porcentaje? ¿Cuántas serán las ganancias? ¿Moral? No me hagas reír, soborna al gobernador y vía libre. Tranquilo, que recibirás una comisión satisfactoria, no tienes alternativa, ya sabes que tu hijo es vulnerable». Me revolví después de recordar mis extorsiones, me agité en medio de la oscuridad como un gusano atrapado por un depredador desconocido y sin entender por qué perdió el contacto con el suelo, por qué tanta disonancia en una vida monótona hasta ese momento. ¿Sería engullido por una vulgar gallina? ¿Sería yo, ahora convertido en un ser desnudo e indefenso, presa de un depredador de almas? ¿Qué podía pensar? ¿Qué podía comprender? Nada en medio de la nada.
Llegados a este punto, no creas que estaba dispuesto a ser apóstol del arrepentimiento. Si bien es cierto que todas mis acciones grabaron mi alma de indecencias, no menos cierto es que seguía una opinión dominante. Claro, me dirás que, hecha la ley, hecha la trampa, pero nos movíamos en unas esferas en las que no hacía falta pensar mucho en trampas porque éramos nosotros los que hacíamos las leyes. Es evidente que estas se pactaban según nuestra conveniencia, y revestíamos auténticos atracos a mano armada con elaboradas discusiones jurídicas y alegatos de sabida inanidad legal. Las leyes eran nuestras para allanar el camino del expolio, bien acompañados de los mejores equipos de juristas, que revestían cualquier golpe con estudiadas patrañas jurídicas. Sabíamos que los rivales no existían, que si aparecía un competidor enseguida era bien sobornado, invitándole a silenciar sus quejas; si no se dejaba sobornar, otros métodos eran también efectivos, y ellos lo sabían, y por eso ya, de antemano, aceptaban nuestras ofertas, no fuera que, sin saber ni cómo ni porqué, se encontrasen de patitas en la calle, sin trabajo ni adónde ir, víctimas seguras de una sociedad manipulada, por nosotros, claro, porque si no hubiésemos sido nosotros ten bien claro que otros hubieran sido los manipuladores, a un cacique le sustituye otro, a un usurpador siempre le sustituye un mangante. Dime ahora si no crees que todas nuestras acciones eran inevitables, dime si no es verdad que la infamia se vestía de mendrugo para mal alimentar a los que no tienen nada, y dos mendrugos es ya un progreso que te facilita todo un ejército de fieles sirvientes. Digamos, por fin, que somos como somos porque ganamos la batalla y nos sentimos con el poder moral de manipular según nuestros intereses, pues sabíamos que quienes juzgábamos éramos nosotros y las mitologías de héroes vencedores las reservábamos para quienes humildemente nos servían. Pero ¡ay de mí!, ¿cómo pudo ser que creyéndome inmortal fuera presa de un ser codicioso peor que yo mismo? ¿Tanta maldad hay en el mundo como para crear dos monstruos tan iguales? Sí y mil veces sí, pues si de poder se trata la humanidad se transforma, y el poseer más que otros es motivo suficiente para pisar para siempre la buena hombría. ¡Ay, del que inventó el dinero! No sabrá nunca el mal legado a la humanidad. Sombras, mil sombras corretean por el mundo en busca de qué depredar, mil botines quedan aún sin descubrir, y yo me pudría en medio de la nada, en absoluto silencio y oscuridad. Pero, aun sin saber el tiempo que permanecí en esta situación, sí que me sirvió para aplacar mis necesidades. Reflexioné, y después de la rabia, me sobrevino la serenidad.
Capítulo 2
Estando inmerso en un vaivén de recuerdos y pensamientos, un haz de luz brotó a lo lejos, en un horizonte indeterminado. Me quedé contemplando cómo la oscuridad se desvanecía, dando paso a un cielo azulado, oscuro aún, y jaspeado de brumas voluminosas que correteaban aquí y allá siguiendo un orden ceremonioso, como si un director dirigiera los movimientos de todas esas nubes, o más bien fueran nubes de gas, pues sus colores nada tenían que ver con los que estaba acostumbrado en mi vida terrenal de atmósferas húmedas y acompasadas, y ahí, donde fuera que me encontrara, un sinfín de nubes de colores danzaban delante de mis ojos al ritmo de la quimera, pues así me sentía a mí mismo: como un ser irreal en un mundo de ensueño, como una mísera gota de vida delante del fragor máximo de un universo en ebullición. Creí sentirme mínimo, tan insignificante como nunca había experimentado antes, me había convertido en una hormiga como las que yo antes destruía sin piedad. No era nada ni nadie, no tenía el más mínimo valor delante de todo ese movimiento celestial que me envolvía, poco después ya por mis cuatro costados, sintiendo un temor máximo, a la vez que me sobrevenía la consciencia de la verdadera nimiedad de un ser humano. Entonces fue cuando vi aquella protuberancia salir de en medio de las nubes con un resplandor cada vez más intenso que todo lo envolvía. El bulto se asemejaba a una esponja que se iba hinchando a medida que las nubes de gas se acumulaban a su alrededor, tornándose ora azules ora verdes, siendo absorbidas por el bulto que iba acrecentando su tamaño, pareciendo más bien una especie extraña de tejido vegetal, más bien carnoso, como de planta carnívora, recubierto de una estructura gelatinosa que poco a poco se iba desplegando hasta dejar al descubierto un orificio, como si de una de esas plantas monstruosas se tratara, una penetración al abismo en forma de guayaba, de fruta dulce, de caramelo, de ambrosía, invitando al que lo observara a meterse dentro porque, ciertamente, había un halo de atracción inevitable hacia ese orificio. ¿Qué habría dentro? ¿Qué se escondería más allá de su oscuridad? Como humano, me sentía enormemente atraído hacia sus fauces, quizás fuera por el olor que desprendía, un olor que percibía muy bien a pesar de tener adormecida la mayor parte de mi voluntad. Olía como a azúcar quemado, como si dentro de ese orificio se escondieran cientos de manjares dulces y apetitosos, sobre todo para un moribundo falto de líquidos vitales y que deambula entre la vida y la muerte sin que nadie se acuerde de sus comidas. ¡Mis comidas! ¿Quién se acuerda de que los humanos comemos? ¿Cómo iba a aplacar esa hambre feroz que me sobrevino en medio de la nada? La respuesta estaba en el orificio, la respuesta era ese olor a azúcar tostado encima de manjares dulces, de mermeladas de frutas abundantemente azucaradas, eso era lo que desprendía la protuberancia vegetal, y ahí quería dirigirme a toda costa. Juro que me habría zambullido por el agujero sin pensármelo, juro que mi voluntad estaba secuestrada por un arrebato de hambre totalmente incontrolable, pero me salvé porque eso mismo era la entrada al infierno, una entrada revestida de atracción mágica por su forma y colores, una entrada que llamaba al hambriento con promesas de manjares suculentos. Pero me salvé porque me advirtieron. ¿Quién? Eso me pregunto aún ahora, pues la imagen que apareció delante de mis ojos fue de difícil asimilación. Estaba hambriento, queriendo deslizarme por el orificio carnoso, igual que una mosca que siente una atracción irrefrenable hacia las fauces de la planta carnívora, sellando así su perdición, pero, sobre todo, quería salir de esa nada tan inquietante, pues, aunque la oscuridad se había desvanecido, el juego de nubes de gas a mi alrededor no era nada agradable.
Enseguida un nuevo bulto creció delante del orificio, esta vez con mucha más rapidez, tornándose, a los pocos segundos, en una silueta bajo un hábito de monje, aún oculta su cara, pero de formas humanas reconocibles. El hambre desapareció al instante cuando se describió la cara. Era un ser monstruoso, de rasgos desdibujados y ojos caídos, te puedo asegurar que no eran humanos, ni tan siquiera recordaban a un animal, su deformidad era lo que me mantenía aterrado. Sin apreciar boca alguna, sonaron unas palabras de ultratumba, guturales, como si salieran de una faringe húmeda y cavernosa. Estas fueron sus palabras aproximadas y que todavía muy bien recuerdo:
«Soy Hades, guardián de los infiernos. Te hemos traído aquí, bajo las espesas nubes de Júpiter, para juzgarte en nombre de toda la humanidad. No temas, alma aún humana, pues solo vas a ver el que habría sido tu camino para el resto de la eternidad. Pero altos estamentos te han salvado de un destino que se te reservaba con toda seguridad y nuevas empresas te están esperando. Créeme si te digo que te has salvado de grandes tormentos, pues el alcance de tu mal ha sido grandioso, digno de los peores malhechores de la historia. La maldad, como bien sabes, tanto se nos presenta como un vil instinto incontrolable como por la más desgraciada de las tolerancias. Quien otorga poderes a asesinos y se lava las manos es más culpable que el ejecutor, para él se han reservado las peores condenas. Ten bien presente que tú eres un espécimen de este tipo y que solo te ha salvado un tormento peor para los de tu calaña. No tengo más palabras que decirte por mi parte: aún eres un mortal y no mereces más explicaciones que las ahora dadas».
Dichas estas palabras, el dios se quedó inmóvil y abrió sus fauces, como si de un pulpo se tratara, dejando entrever una boca mísera, más bien un orificio insectívoro por donde expulsó una papilla nauseabunda. Mientras ese flujo se derramaba delante de la entrada infernal, en él se formaban grumos de materia que al poco se tornaron en tres cabezas de perro. El perro de tres cabezas mitológico era expulsado por el dios Hades como guardián del orificio, acción que repetía rítmicamente desde el principio de los tiempos.
Te preguntarás, amigo mío, cómo no enloquecí delante de semejante imagen, y no creas que yo no lo piense, pues era más de lo que pudiera soportar cualquier mente racional, pero te he de decir que yo era yo, sin serlo de verdad, que mis emociones estaban bloqueadas, como si de un sueño se tratara, tomando las imágenes más irreales con total normalidad. Y no creas que ahora, encontrándome de nuevo entre todos vosotros, me atormente su recuerdo, porque este tiene la naturaleza de un sueño pasado, y aun sabiendo que no fue un sueño, no puedo engañar a mi mente con lo contrario, pues a veces la realidad se reviste de fantasía cuando esta se nos presenta con crudeza por un acto luctuoso, y es cuando recordamos una desgracia como si hubiera sido de naturaleza onírica. Esta misma es la naturaleza de mis recuerdos. Sé que fue real porque mi mente racional así me lo dicta, pero no son más que imágenes lejanas en mi mente, como si fueran parte de una alucinación o de una pesadilla a olvidar.
Pero aun queriendo olvidar no puedo, pues todas estas imágenes permanecen grabadas en el fondo de mi mente. Y cuanto más intento olvidar, más evoco su recuerdo, acción inevitable, pues el olvido solo se produce cuando no hay pensamiento, cuando ya no nos interesa el recuerdo o ya no lo necesitamos para ayudar al presente. Encontrándome en las puertas del infierno, no podía dejar de pensar en la infinidad de almas que el orificio se había tragado —bien tragadas, dirán algunos—, aunque he de admitir que nosotros, tristes humanos limitados por nuestros pensamientos vulgares, nunca sabremos quién, en verdad, es tragado por el orificio, pues a quien creíamos poseído de maldad puede haber gozado de bula divina, y muchos a quienes creíamos piadosos es probable que hayan sido engullidos por la trampa de Hades. En ese momento aprendí que las leyes celestiales nada tienen que ver con las terrenales, que las nuestras son una imitación mal hecha de intuiciones equivocadas, como cuando un niño juega a ser mayor y solo despierta una sonrisa de condescendencia en sus padres. Así es la humanidad para los dioses: almas pueriles que corretean sin sentido, y de entre todas salvan a la menos pensada.
Ya sé que mis palabras pueden asombrarte, amigo mío, pero, para descifrar quién es persona de bien y quién de mal, nada tienen que ver las apariencias. Y por mucho que alguien se vista de ser bondadoso de cara a su comunidad, puede ser, con toda seguridad, pasto de Hades por haber sido cómplice pasivo de vilezas desconocidas. Solo el humano consciente de la realidad del mal será salvado de sus fauces, aunque este no sea consciente de su religiosidad, aunque se declare contrario a toda divinidad o creencia sobrenatural. Como ejemplo te diré que las comunidades ancestrales, cuando realizaban una ofrenda a los dioses antes de salir de caza, hacían lo correcto, pues la ley divina nos iguala con el resto de las criaturas del planeta, y para comerte a Dios debes pedir permiso a Dios, solo así estarás en lo correcto. La invención de las ciudades corrompió este acto y el criar para matar es visto con desprecio. A partir de ese punto la humanidad ha vivido inmersa en la corrupción inevitable de su alma y para las leyes divinas el progreso nada significa, como si un grupo de hormigas afinasen delante de las demás en la construcción de su hormiguero, ellas se sentirían orgullosas de sus construcciones superiores y puede ser que se consideraran una raza elegida por la divinidad, pero para esta todas las hormigas serían iguales, las constructoras de nidos rudimentarios o las constructoras de termiteros altos, elegantes y con perfectos sistemas de ventilación. Todas iguales delante de la muerte.
Puede que te sorprenda que te hable de divinidades y hormigas cuando antes proclamaba mi ateísmo como puntal básico de mi existencia. Puede que creas que mi cerebro ha sido drogado o ha sufrido demasiado durante mi inconsciencia y ahora ya no soy el mismo que era antes. No te negaré la razón si se trata de analizar mi relato desde la racionalidad más estricta, puede ser que todo sea un engaño de mi mente, que el hecho de haber estado privada de oxígeno durante demasiado tiempo haya desencadenado una pequeña destrucción neuronal, puede ser que su química haya cambiado, demasiado desconocemos del funcionamiento de nuestro cerebro como para afirmar lo que realmente ha sucedido, ni siquiera los científicos son capaces de explicar cómo funciona en realidad, cómo es que las neuronas se conectan, ni siquiera se sabe por qué recordamos y por qué olvidamos. Con semejante panorama de ignorancias, ¿cómo explicar la complejidad de mi sueño? Porque sueño fue, al fin y al cabo, pero ahora mismo dudo de que este no fuera dirigido por mentes ajenas, quién sabe si fuera de nuestra tierra otras inteligencias operan en planos diferentes al nuestro; hay quien ha imaginado extraterrestres mentales, viajes interestelares no físicos y entelequias de este tipo para dar explicación a lo que no entendemos. Puede ser que ya nunca entendamos, pues nuestro mundo es el que es y si en verdad existen realidades ajenas a la nuestra, nunca seremos conscientes de ellas, viviendo como peces de acuario, viendo en ocasiones sombras desconocidas pero que carecen de sentido en nuestra vida de pez. ¿Cómo un pez de acuario puede imaginar nuestra vida tecnológica? ¿Cómo podemos imaginar otras existencias si solo somos peces de acuario para ellos? Difícil problema que se nos presenta, cuya solución siempre encontrará caminos sin salida. Cabe vivir entonces dentro de la incertidumbre, sin conocer lo oculto o lo que presentimos que se nos oculta, pero siendo conscientes de nuestra pequeñez en una inmensidad que siempre desconoceremos. Solo algún elegido es presentado delante de esa inmensidad, y yo fui uno de ellos, teniendo bien claro que no puedo presentar mi relato como cierto, pues de loco se me tacharía, y no los culparía porque yo mismo hubiera tenido la misma reacción.
Pero basta de elucubraciones sin sentido y déjame que continúe mi relato. Te contaba mi encuentro con Hades y cómo este me rechazó por estar reservado a otras empresas. Entenderás la incertidumbre que me invadió ante semejante situación. ¿Qué podría estar reservado para mí como alternativa al infierno? ¿Otro tormento peor? ¿Qué podría haber peor que el mismo infierno? Cabía la posibilidad de que se considerase mi situación y, de alguna manera, pudiera recibir una explicación aclaratoria de mi presente.
Hades volvió a convertirse en protuberancia y a replegarse sobre sí mismo, dejando delante del orificio al feroz perro de tres cabezas ya materializado. En esos momentos me pregunté si era real la imagen, si mis ojos emitían eso mismo que veía o era mi mente la que generaba las imágenes como si de un sueño se tratara. Dirás, claro está, que todo fue fruto de mi trance, que nuestra mente imagina más de lo necesario y que confunde a nuestro yo consciente, pero ya se ha hablado mucho de este tema y de cómo nuestro cerebro crea al margen de nuestra voluntad. Cierto es que siempre he creído en una vida plenamente material, despreciando pequeños destellos de incongruencia como casualidades de la vida o como conexiones psicológicas inconscientes. Cierto es también que nuestros sueños, al despertar, se tiñen de irrealidad, lo que nos pareció plenamente real luego se percibe claramente en su imposibilidad. Puede ser entonces que mientras dormimos también duerma nuestro sentido común, y de ahí la extravagancia de muchos de nuestros sueños, y supongo que, a raíz de este argumento, expondrás tu teoría al respecto; que mientras yacía drogado e inconsciente mi sentido común estaba anulado como buena parte de mi mente. No te lo puedo negar, no te puedo negar que todo haya sido fruto de una ilusión generada por unas sustancias que casi me matan, pero has de saber que, una vez despierto, mantengo esos recuerdos como vividos de verdad, en ningún momento los percibo como irreales o faltos de concordancia, al contrario, se han acomodado con todos mis recuerdos de vida y no en la memoria de los sueños. ¿Cómo explicar eso? ¿Nuevamente un fallo de mi mente? Podría ser así, pero los mantengo tan reales que me es imposible pensar lo contrario. Esta realidad aparece cada vez que evoco todo el conjunto de imágenes que se presentaron delante de mis ojos, como la protuberancia vegetal que se convirtió en la mismísima entrada del infierno, y como esa otra protuberancia que se tornó en el dios Hades. Pero todo esto solo fue el principio de una larga travesía que con paciencia, y si me lo permites, te iré relatando.
Capítulo 3
Dejé atrás a Hades y fui conducido nuevamente entre las brumas, de nuevo fui llevado, alzado como un pelele hasta mi nuevo destino. Más allá de las nubes de gas, más allá de la entrada al infierno, se extiende una vasta zona de quietud que es percibida con frialdad, de tenebrosa apariencia y de lánguidas figuras. Se trata de una cueva de anchos espacios y travesía sin fin, pues fui conducido entre pasillos pétreos, por zonas oscuras que apenas dejaban entrever sus siluetas grabadas en la piedra y respiraderos que emanaban la tenue luz del cielo de gases que ya había dejado atrás. Uno, a pesar de todo, se deja guiar al margen del miedo que sobrevenga o del temor a lo desconocido —no pertenecen a ese lugar las emociones más primarias—, pues mi mente era ciega a mi cuerpo y este era movido por voluntades ajenas, me limitaba a ser espectador durante el viaje, sin recibir más palabras que las dichas por Hades, y, aun poseyendo los recuerdos de mi vida terrenal, carecía de las emociones necesarias para evaluarlos.
Fue entonces cuando apareció el guía de mis futuros caminos, siendo mi traductor del mundo celestial y ofreciéndome un enlace entre mi mente humana y los entes que custodiaban mi alma. Apareció de entre las paredes de la cueva, mimetizado entre sus irregularidades que, de pronto, cobraron vida. Se erigió delante de mí y me miró con mirada penetrante. En ese momento el pétreo era yo, pues quedé paralizado por sus ojos increpantes, en una mirada sabedora de todo mi pasado, no había duda de ello, y bajé la vista avergonzado. ¿Qué te puedo decir de semejante aparición? Su descripción me es complicada porque conjugaba rasgos amables con otros insidiosos. Dependiendo de cómo lo miraras, parecía un ser bonachón y comprensivo, o de pronto, fijándome en otro rasgo de su cara, me parecía un ser vil y despiadado. No entendía ese semblante porque mi mente no había visto nada igual antes; podría decir que a primera vista me pareció una figura infantil, uno de esos osos de peluche con que los niños tranquilizan sus temores, pero con una segunda mirada más atenta me percaté de lo siniestro de su semblante. Sus ojos me analizaban con desprecio y su boca se cerraba entre bigote y barbilla de chivo, dándole expresión de leñador de alta montaña de siglos atrás.
No espero que me comprendas ni espero que puedas hacerte una imagen mental aproximada, ni siquiera espero que te acerques un poco a mis vivencias, no te deseo tal maldad, solo quédate con una leve impresión de mi relato, con eso me basta para redimirme en mi mundo, pues me han devuelto con serias instrucciones a cumplir y el firme deseo de rehacer mi mal camino de los últimos años. Pudiera ser, admitiendo que todo este viaje haya sido una alucinación, que nuestra mente iniciara ciertos mecanismos para deshacerse de una culpa inconsciente; pudiera ser que en mi interior me avergonzara de mis acciones y, cuando el cúmulo de fechorías hubiera llegado a un límite, se desencadenara un proceso de autoinculpación. No lo descarto. Ves, pues, que soy consciente del mundo en que vivo e intento hablar manteniendo los pies en el suelo. No me preocupa lo que pienses de mí o si crees que mi mente imaginó y aún sigo con secuelas, lo entiendo, pero, aun siendo una fantasía, se trata de un sueño que merece ser contado, pues nunca en mi vida había soñado así, y, si mi mente es un potente generador de historias, bravo por mi mente y por la mente de todos, pues aún ni imaginamos de todo lo que es capaz y de cómo nos puede sacar de un estado de aburrimiento con toda clase de relatos fantásticos.
Si nuestra mente no entra en trance, no es nada; si se la agota en jornadas laborales monótonas y exigentes, su energía se desvanece y no deseamos más que descansar. Si se la adormece delante de pantallas que solo emiten colores en movimiento y situaciones sociales facilonas, aún es menos receptiva a ideas trascendentes. Vivimos en un mundo diseñado para adormecernos, para que seamos ciegos a lo evidente, para que no veamos la naturaleza del engaño. La cotidianidad disfraza lo monstruoso de normalidad y todos somos cómplices de alguna barbarie camuflada. Se me quería juzgar como cómplice y convertirme en chivo expiatorio de toda la humanidad. Quedé perplejo. El ser que me esperaba me lo dijo sin preámbulos. Con su mezcla de bondad mal fingida me relató una por una todas mis maldades. De muchas era consciente, de otras ni me las hubiera imaginado, como el ser cómplice de la manipulación genética de centenares de especies vegetales. Dio mucha importancia a este hecho, pues lo punible se encontraba en que la manipulación no era para la supervivencia de la especie sino para obtener ganancias económicas, mientras miles de personas morían de desnutrición en todo el mundo. Es verdad que nuestra empresa había participado de estos negocios, cierto es, también, que mientras el primer mundo destruía sus excedentes de comida, otros morían de hambre. El ser inició un discurso que, al principio, no pude entender. Pasó de criticar los excedentes alimentarios a criticar a las compañías de aviación. Me resultaba difícil de entender pues su razonamiento me advirtió de una verdad que no imaginaba. ¿Cómo puede ser que los habitantes de unos países se paseen por el mundo en avión y nadie —nadie— lleve esos excedentes de alimentos a los países necesitados? ¿Cómo puede ser que se recorran miles de kilómetros para irse de vacaciones, mientras mucho más cerca alguien muere de sed o de hambre? Claro, pensarás que puse mil excusas para hacerle ver que una cosa nada tenía que ver con la otra, que si había hambrunas estas se debían a guerras descontroladas, donde nadie podía acceder a los territorios en lucha, y que si se decidiera llevar alimentos, estos se distribuirían entre las tropas, dejando a la población igualmente en la miseria. Pero no dije nada, asumí la culpa, pues de alguna manera me di cuenta de que lo que se quiere hacer se hace sin más, y si en verdad no se quiere, se buscan mil excusas para justificarlo. Nada hay que hacer en estos casos en que los aeropuertos sirven para el suministro de armas en lugar de servir para atender emergencias médicas. La perversión de la humanidad no tiene límites y, mientras existieran ganancias económicas y repartición de nuevos poderes, guerras habrá aquí y allá porque la decisión solo es tomada por unos pocos, y es esta minoría la responsable última de los genocidios. Entonces, ¿por qué se me juzga a mí? ¿Por qué si ni soy político ni persona influyente? Hice la pregunta en voz alta, pero no obtuve respuesta del ser.
Caminábamos por una larga cueva casi siempre en silencio, menos cuando me recriminaba algún comportamiento humano. No entendía, bajo su criterio de bondad innata, el hecho de la codicia humana. Tampoco entendía el egoísmo, salvo considerar que mentalmente aún éramos muy pobres, y seguía sin entender por qué incluso los más sabios eran impulsores de guerras fratricidas. Entonces fue cuando me expuso una verdad que hasta ese momento intuía, pero que no había clarificado del todo. De todas las especies humanas que han existido solo ha sobrevivido la más violenta, es decir, nosotros somos los representantes de aquellos antepasados más brutales. Si alguna vez existieron humanos más pacíficos, estos fueron aniquilados por nosotros mismos. Claro está que mucha gente rechaza esta hipótesis, dando más relevancia a la teoría de la bondad y la cooperación; cierto es que este factor ha sido sumamente importante en el desarrollo humano, pero ¿dónde van a parar estos valores cuando se desata un conflicto? Al olvido, porque tendemos a resolver nuestras diferencias a través de cualquier tipo de violencia.
Mi pesar, entonces, era mi propio ser. Por entero. Tomé conciencia de la maldad humana y repasé una por una las fechorías de la historia. En verdad, ¡qué triste fue el repaso!, pues ni más lejos ni más cerca obtuve salvaciones, y ¡ay de lo más cercano!, ya que el repaso de los horrores del último siglo me causó náuseas de desesperación. ¿Cómo se pudo matar tanto ante tanta pasividad? ¿Cuánta vileza se desató por promesas mentirosas y por riquezas basadas en el hurto? Miles y miles de traiciones a causa del dinero y el poder. Sentí mi estómago revolverse ante esos pensamientos y caí de rodillas sintiendo que mis entrañas huían de mi cuerpo. Dije un «por favor» apenas audible y el ser detuvo sus pasos, pero no se volvió para socorrerme. «¡Por favor!», imploré otra vez. ¿Por qué me hacía cómplice también de las vilezas de otras generaciones? ¿Qué tenía que ver yo con las miserias de mis abuelos o bisabuelos? Yo pertenecía al siglo XXI. ¿Por qué se me torturaba con violencias de otro tiempo? Me acabé de desplomar y quedé tendido bocarriba, ante un gran estupor que invadía mi cuerpo, una masa presa de mi mente; ¿o era mi mente la que era presa de las sustancias que corrían por las venas de mi cuerpo? O bien, ¿eran mente y cuerpo las que eran controladas por mentes ajenas? ¿Qué podía pensar? ¿Qué podía decir? Nada, solo permanecer en la conciencia e intentar sobrevivir a pesar de todas las contradicciones que dicha palabra ya me suscitaba. Abrí los ojos y, entre las rocas, un orificio dejaba entrever el vaivén de nubes en aquel extraño cielo. Azuladas polvaredas envolvían el horizonte, levantando nubes doradas que se arremolinaban con violencia para volver a posarse como si nada hubiera pasado; poco después volvían a despertar y se tornaban violáceas, crecían y crecían hasta desplomarse como las primeras, y nuevamente otras nubes intentaban el recorrido dejando entrever nuevos colores que se alzaban y, al poco, volvían a caer arrastrando polvos dorados unas veces, plúmbeos otras, rojizos las más, repitiéndose sin cesar ese ciclo continuo de hacer y deshacer sin ningún sentido aparente. ¿Qué serían esos cielos? ¿Cuál su origen y qué fuerzas los fraguaron? Mil preguntas a cada paso, pues mil novedades invadían mi cerebro y la mayoría no entendía. Pero me sabía abandonado a toda explicación de mis visiones; sabía también que, con la excusa de los sueños, todo me era permitido, pues, aun viendo el mundo de los dioses, nadie creería mi relato ya que fruto de un sueño era y, como tal, irreal al buen entender de cualquier persona que me escuchase. Fue entonces, cuando yacía tendido en el suelo, sucio este de un polvo amarillento y dulzón que se adhería a mi cuerpo como si de un imán se tratara, cuando vi dos siluetas no lejos de mí, en medio de la bruma. De aparente inmovilidad, un hombre se debatía entre el reposo y las ganas de correr, pues era una figura estática que hacía amagos de movimiento. Sus expresiones eran de esfuerzo irreal y sus extremidades luchaban entre la quietud y un tembleque cómico, pues cuando conseguían un leve movimiento, este era parado de inmediato, o más bien, nada se había movido y era mi cerebro el que emitía sensaciones engañosas. Era un cuerpo que situaba su movimiento en la nada, y al lado de esa nada se aposentaba una tortuga que avanzaba casi sin quererlo, tan lentamente que daba la sensación de que los vaivenes de las nubes de gas eran bólidos estelares. Pregunté al ser qué significaba la escena y me respondió con una mueca de desaprobación:
—No te incumben los detalles de este mundo, pues a otro perteneces, y quien ha querido saltar barreras infranqueables ha chocado con el muro de los propios límites de su mente. Pues, quien es humano, de sentimientos humanos debe ocuparse, y no querer saber lo que se esconde más allá de su monotonía. Pero es oportuno que sepas, atendiendo a tu destino, que este ilustre caballero es el gran Aquiles, hijo de gran gloria entre los héroes, pero al que lo destruyó el pensamiento humano. Culpo al vil filósofo Zenón, que lo arrastró del altar de los cielos a una humillante competencia con esta tortuga. ¿Qué mente tan retorcida pudo imaginar semejante paradoja que condenó a nuestro héroe a una inmovilidad eterna? ¡Mil veces maldigo a la razón y a los adláteres de las ideas! Créeme si te digo que la filosofía es una herramienta del mal y que nunca se tendría que haber dejado pensar a los hombres por su cuenta, pues nosotros somos los damnificados. ¡Mira al héroe caído! ¡Mira los efectos de la razón en tamaña figura! ¿No te parece triste?
Me detuve ante la figura del héroe paralizado y por un momento reflexioné las palabras del ser. ¿Cuál era su advertencia? ¿La de ser culpables por haber aprendido a razonar? Esa parecía la causa de su enfado, como si la existencia ahí arriba dependiera de las creencias de los humanos o de lo que éramos capaces de imaginar. Por otra parte, si alguno de nosotros rompía con la tradición, héroes y dioses sufrirían las consecuencias. Me dijo entonces que, mientras en el imaginario humano permaneciera y se siguiera enseñando la paradoja de Zenón, el héroe permanecería inmóvil en este mundo. Claro está que se me antoja imposible borrar una idea en toda la humanidad: ¿cómo borrar lo ya aprendido si, cuando uno se esfuerza por olvidar, con más viveza recuerda? Nosotros ya somos generaciones perdidas. Para realmente olvidar hay que evitar la enseñanza. Pero el olvido es empobrecimiento y nuestra mente no está preparada para eso, siempre existirá el ávido de conocimientos, el que se pregunte los porqués existenciales y reflexione más allá de las ideas establecidas, siempre existirán estos luceros de la humanidad, por muy escasos que sean, y los héroes pasado son y sus gestas olvidadas con el tiempo, pues a las nuevas generaciones poco les importan las gestas pasadas que ni entienden ni comparten, ya que nuevos héroes surgen a diario a los que rendir homenaje hasta que, inevitablemente, desaparecen con el paso del tiempo. ¿Qué pensará el ser de nuestra humanidad actual? ¿Qué pensará de todo un siglo XX lleno de maldad y destrucción a causa de la creación de nuevos héroes maléficos? ¿Qué pensará de los totalitarismos que mataron directa o indirectamente a millones de personas? No pude reprimir esta crítica y la expresé en voz alta. El ser detuvo sus pasos y frunció el entrecejo mirándome fijamente:
—Querido mortal, otras almas ya pagaron por esos crímenes en su día, tú a otra generación perteneces y de otras maldades se te acusa. Aun así, tus actos son consecuencia de estos anteriores y, por ello, debes tener conocimiento de las raíces de tu mal.
Me quedé en silencio, pues poca cosa podía debatirle, ya que aún desconocía los porqués fundamentales de mi situación. El ser reemprendió la marcha y yo no tuve más remedio que seguir sus pasos en silencio.
Capítulo 4
Caminamos entre los paisajes pétreos durante largo rato, dejando atrás cañones de piedra esponjosa y rojiza, con sus polvaredas que arrastraban nubes azules, con sus iluminaciones extrañas de sombras temblorosas que subían y bajaban en ritmos inconstantes. En la lejanía apareció, delante de nuestras miradas, un imponente castillo de roca violácea. Nuestro destino. El ser aceleró el paso y yo arrastraba mi estupor al ritmo de la pesadumbre. Nuestro destino estaba cerca. El castillo, por llamarlo de alguna manera, pues sus formas nada tenían que ver con los castillos o fortalezas que conocemos en la Tierra, se alzaba en el horizonte como un roquedal en medio del desierto, como el punto donde mueren las líneas infinitas para reencontrarte con la vida, pues ya sabes, aun en la distancia, que la elevación pétrea significa vida en su interior, agua y alimentos, descanso y libertad. Cierto es que seguía a merced del ser cual reo esclavizado, que seguía escuchando su retahíla de reproches sumido en una ausencia de culpabilidad, pues el ser conocía todas mis maldades y me relataba una por una todas sus nefastas consecuencias: que si desde mi despacho de lujo y cristal había comprado miles de acres de selva virgen para desbrozarla, que si eso mató a cientos de indígenas que se quedaron sin saber dónde ir, que si un equilibrio forestal de millones de años había sido destruido de la noche a la mañana, que si miles de remedios farmacéuticos habían desaparecido en la nada estando aún sin descubrir, que si cada árbol talado era un empobrecimiento para las futuras generaciones, que si cada río envenenado era un paso más hacia el abismo de la nada. Empezaba a comprender sus razones, pero ¿de cuánto tiempo me hablaba? ¿Por qué tenía yo que preocuparme de las generaciones venideras a tan largo plazo? ¿Qué sabía yo de los desastres ecológicos? ¿Por qué no pensar que esa tierra quemada se regeneraría en cien años? ¿Por qué tanto pesimismo? Entonces pronuncié en voz alta la pregunta «¿por qué?», y eso fue lo que enfureció al ser que, de un golpe certero a mis rodillas, me tumbó en el suelo haciéndome tragar el polvo violáceo hasta sentir que mi respiración se desvanecía. Me dijo que no entendía por qué me dejaban vivir, que si por él fuera ardería sin clemencia en las proximidades del Sol y que tenía suerte de haber sido elegido como chivo expiatorio de toda la humanidad. Me retorció el brazo y sentí un dolor intenso, la primera sensación que tuve durante horas cuando, creyéndome muerto y soñando, mi mente era ajena a mi cuerpo y notaba cómo flotaba en un mar sin sentidos, como una mente vacía sin sufrir las ataduras del cuerpo. Después de la visita de Hades sentí otra vez cansancio y pesadumbre, sentí el dolor en mis pies fruto de la larga caminata junto al ser. Finalmente, recibí su agresión sin sentido. Supe entonces que había recobrado por completo la sensibilidad de mis articulaciones; supe también que mi tormento aún estaba por llegar y temí que se me fuera a torturar físicamente. Me sobrevino el miedo y el temor a mi destino. A pesar de todo, mi racionalidad me enviaba constantemente señales de alarma, la incongruencia era presa de mi mente y fruto del entorno, y el ser se comportaba de manera irracional. Entonces, ¿cómo un ser preso en su propia violencia podía tener poderes para juzgar mis acciones en la Tierra? ¿No se me juzgaba por oprimir al débil y a mí, ahora verdaderamente debilitado, se me pagaba con la misma moneda? ¿Sería que en esos cielos realmente imperaba la ley del ojo por ojo? Si así era, sentía mi perdición como irrevocable, atendiendo a las palabras del ser sobre mis actos. Pero se detuvo, como si de pronto se acordara de que no podía hacerme daño, y quey que de hacerlo, tendría que dar explicación a instancias superiores. Me levantó y me obligó a proseguir la marcha como si nada. El castillo estaba cerca, pero me parecía imposible alcanzarlo debido al cansancio y a las magulladuras. Caminábamos ahora por un terreno irregular, subiendo y bajando montículos de piedra negruzca, sintiendo bocanadas vaporosas ardientes que sobrevenían como géiseres por los agujeros del abismo. En algunos de ellos resplandecían sus paredes a causa de una segura lava interior, siendo estos agujeros cada vez más abundantes, hecho que confundía nuestra ruta y nos obligaba a dar grandes rodeos, dificultando el acercamiento al castillo. Nuestra caminata era una elevación en espiral hacia esa construcción diabólica de formas engañosas y amenazantes. Ya en sus proximidades, oí el son de tambores sin compás, como inventando melodías sin sentido, al menos, el sentido que todo ser humano esperaría. El ser canturreaba estropajosamente, siguiendo el ritmo de los tambores y me daba golpecitos en la espalda para que le imitara, como si sus gorgoteos tuvieran que ser imitados por mí. Lo intenté de manera penosa y el ser se me quedó mirando fijamente, desaprobando mi intento y lanzándome una mirada de desdén. No disimulaba su desprecio hacia mi persona y me miraba como si perteneciera a una raza inferior, próxima a la extinción. En verdad, me sentía un ser extinto, un ser que perdió la lucha por la vida por no saber adaptarse a esa misma lucha vital y por no comprender los mecanismos que posibilitaban la supervivencia. Sentí mi humanidad embrutecida y deseaba que acabara, de una vez por todas, esa insoportable condena; que acabara o que comenzase de una vez, pues lo que tuviera que suceder con mi persona aún estaba por venir, si atendía a las palabras del ser. Se me esperaba dentro del castillo y allí estaba yo, a unos pasos de ser juzgado como representante de toda la humanidad.
En ese momento entramos en una gran sala de roca o de nubes (y digo esto porque me fue imposible determinar la naturaleza del material con la que estaba construida). Roca por su textura y apariencia. Nube por sus movimientos lentos y constantes en cualquier dirección. Pudieran ser rocas en el vacío que se movían como nubes, o bien nubes tan densas que se interpretaban como rocas. Fuere cual fuere la realidad, allí me encontraba, al fin, a punto de ser juzgado por mi vida y por la de media humanidad, de la cual también se me responsabilizaba. El ser me presentó delante de la nada y enumeró una serie de acusaciones como con las que me increpó durante la travesía. Noté cómo mi mente se evadía; ya no quise escuchar más maldades de mi persona. Aun sintiendo la culpa como propia, se me antojaban unas acusaciones demasiado exageradas, injustas las más, pues, si bien la naturaleza de todas ellas era despreciable, no era menos cierto que se trataba de un juego entre muchos como yo, y ni era el peor ni el mejor en ello, era uno más de entre muchos depredadores de los negocios. Esa fue la única característica de mi vida y, por ello, poco tenía que decir al respecto si se me juzgaba. Pero enseguida me pareció que mis palabras no eran esperadas, que no se trataba de juzgar según las acusaciones de un fiscal y la defensa de un abogado. No existía esta última figura, no se suponía defensa alguna para mi persona. Simplemente era una ceremonia de acusación y el ser era mi acusador, era el fiscal que enumeraba uno por uno mis delitos y el que fijaría mi sentencia a la consideración del juez. ¿Quién era el juez? ¿Dónde ver su figura? Pude, por fin, comprender que de Zeus se trataba, según las palabras del ser, que deshacía su lenguaje en elogios desmesurados hacia la divinidad suprema. Poco después hizo una reverencia ante unas paredes de roca sin nada ni nadie con quien, aparentemente, poder mantener un diálogo, anduvo unos pasos y, dirigiéndose a otra deidad, volvió a relatar todas las acusaciones, esta vez desde una perspectiva diferente a la anteriormente dada. Habló con Hades y con otras deidades que no conocía, pues nunca me había interesado por la mitología antigua ni nada que se le pareciera. Conocía los nombres de Zeus y Hades, y poco más sobre ellos, así que de nuevo sentía mi persona degradada, como si toda mi vida hubiera dejado de atender a lo que era en verdad interesante, y me culpaba de haber vivido siempre entre tecnicismos, al margen de los elementos básicos de la cultura de mi sociedad.
Zeus, la omnipresencia detrás de las murallas, la fortaleza de su presencia y el enojo del ser y sus palabras de delirio. Me aplacó, de repente, una intensa fiebre y se desvaneció mi instinto de defensa. Miré a mi alrededor y solo pude ver rocas en el cielo, rocas en el suelo y rocas a mi lado, y vi su movimiento lento y al ser que seguía acusándome de incontables fechorías, ya con trazas de bastante incredulidad. Fue entonces cuando, en una de las paredes, se materializó el rostro de un simio, resultando ser un orangután, el primer testigo de la acusación.
Y esta fue la declaración del orangután:
—Señorías, miembros del jurado; mis respetos. El humano es un ser resistente y tenaz, demasiado resistente como para vivir en armonía entre los demás animales del planeta. Su éxito no es más que una extravagancia y, como tal, sucumbirá al inexorable paso del tiempo. Solo cabe esperar. La cuestión es, y por este motivo nos encontramos todos aquí presentes, que el humano, aceptada y sabida ya su desaparición, se vaya dejando las mínimas víctimas posibles. Nosotros, los orangutanes, que compartimos tan gran parentesco con los humanos, vemos nuestra existencia amenazada ante tal declive. Si bien es cierto que muchos de ellos luchan por nuestra supervivencia, nuestra principal amenaza se encuentra en el destrozo absoluto de nuestro hábitat. Ya no tenemos el horizonte abierto de la eternidad para nuestra especie. Nos sabemos finitos, y esta finitud llegará el día en que el último palmo de selva sea talado. Nuestra existencia, entonces, se limitará a ridículas reservas que algunos humanos de buena fe habrán diseñado para contenernos temporalmente, sin pensar, claro está, que a la larga es una acción insostenible, pues cuando ellos se marchen, que lo harán más tarde o más temprano, ¿qué será de nosotros? Las generaciones supervivientes no habrán vivido nunca en libertad, nos habremos convertido en otro de sus muchos animales domesticados y, sin humanos, nuestro fin estará asegurado. Ahora bien, muchos de mis congéneres me muestran otro punto de vista, pues, según ellos, si nuestro hábitat desaparece, debemos desaparecer con él. Consideran inadmisible otro tipo de existencia, ya que nuestra vida se debe a esos árboles y sin ellos nada seremos. Ahora bien, otros opinan que deberíamos luchar por nuestra supervivencia, que si no podemos permanecer en nuestras selvas otras se habrán de buscar. A esto yo les respondo: ¿Sabremos? Desde esta atalaya toda solución se presenta fácil, pero ¿qué sucede con nuestros congéneres en la Tierra? Ellos, mayoritariamente, no son conscientes de la amenaza, su preocupación es la supervivencia y vivir en paz con su entorno. ¿Cómo van a ser conscientes de la amenaza si no hay una consciencia colectiva como especie? Este límite se puede aplicar al resto de especies del planeta. ¿Cómo luchar por la supervivencia colectiva? Como mucho se sabrá que la propia vida se encuentra en peligro y se actuará contra ello, pero la individualidad no es suficiente para salvar a una especie, y la colectividad es patrimonio de los humanos. Bien es conocido por todos que esta colectividad humana no solo es también una amenaza para ellos, con sus guerras y sus pérfidas ideas de auto aniquilamiento, sino que sus colectividades son y han sido la mayor amenaza para nosotros y para numerosas especies del planeta. Es innegable a estas alturas obviar el carácter violento de la humanidad. Es innegable por mucho que se argumente en contra arguyendo sus impresionantes hazañas culturales. Bien, son innegables, pero, si consideramos la vida en su conjunto, ¿qué han aportado de positivo para el resto de habitantes del planeta? Señorías, me cuesta ver un ápice de bondad en todo ello. Ahora bien, de lo que se trata no es de juzgar a la humanidad en su conjunto, pues nuestro pasado es de naturaleza bien distinta. Durante siglos hemos cohabitado en armonía y bien integrados en el ecosistema selvático, siendo estos humanos uno más de todos los animales que luchamos cada día por la supervivencia de manera justa. A estos humanos nada hay que objetarles, su comunión con los ritmos de la naturaleza ha sido ideal y nada hay contra ellos más que respeto y admiración. A quien aquí se juzga es a quienes podríamos llamar «los nuevos humanos», a los llegados de otras tierras con sus ideas de destrucción y sus pérfidos utensilios del mal: armas, máquinas cuya finalidad solo es la depredación a la máxima escala, la destrucción total de un equilibrio ancestral. Mi más enérgica repulsa hacia estos nuevos humanos que, en realidad, son quienes amenazan el equilibrio global con sus ideas destructivas. ¿No es cierto que asistimos con preocupación a sus múltiples guerras en los últimos tiempos? Ya entonces muchos de nosotros advertíamos que tanta maldad entre ellos tarde o temprano se extendería hacia nosotros. La maldad suprema fue materializada en los campos de exterminio cuando se abandonó el equilibrio natural con la naturaleza y se crearon grandes colectividades, amparadas por el crecimiento de descomunales ciudades cuyo gobierno se vició con el paso de unas pocas generaciones. El agente de este vicio fue la idea de poder a gran escala, de imperios sin fin y de sus maldades burocráticas. Qué fácil fue prever que, cuando se dejaran de matar entre ellos, nos tocaría a nosotros. Así fue, la máquina de matar fue preparada para aniquilar a muchas de nuestras especies hermanas. Lo que antes siempre había sido un acto de unión con la naturaleza (y me refiero al hecho de cazar para la propia supervivencia, nada que objetar con ello desde esta atalaya), ahora se ha convertido en campos de exterminio planificado con el único fin no de la supervivencia de la especie humana, sino de la gula. Es así, señorías, no hay otra manera de interpretar tanta muerte sino es por el placer de matar y, lo peor, desde nuestro punto de vista, el placer de engullir.
» No me extenderé más a este respecto, pues no me corresponde a mí. Otros de mis compañeros se encuentran directamente perjudicados por ello. Mi más sincero respaldo y apoyo para nuestro amigo el cerdo, que más tarde tomará la palabra. A él le corresponderá una crítica más dura que la ahora vertida. En lo que concierne a nosotros, los orangutanes, solo nos queda advertir del peligro de los mal llamados «dioses de la economía», esta otra idea macabra de depredación de los recursos naturales y que alberga como único fin la inanidad, pues su sistema económico es jugar con humo y este, como de todos es sabido, en poco tiempo se desvanece. El resultado es la nada, y en el advenimiento de esta nada puede que esté nuestra salvación. Esperemos que no llegue demasiado tarde para nosotros.
Capítulo 5
Uno de los triunfales argumentos en mi contra era el de no dejar vivir al resto de animales del planeta. ¡Como si eso significase una novedad! Durante millones de años las especies de éxito han depredado su entorno tanto como han podido. No se ha previsto la conciencia de conservación en el mundo natural. Si hay equilibrio, todo fluye; si no lo hay, se desmorona todo el ecosistema y, con el tiempo, se construye otro nuevo, con nuevas dependencias y servidumbres. Entonces, ¿por qué se toma la depredación humana como un acto extraordinario? Más bien diría que se trata de la normalidad natural de una especie al llegar a la cúspide de su pirámide ecológica. Soy consciente de que nuestra sociedad tecnificada depredará hasta el final, y cuando este llegue, ya se verá hacia dónde nos dirigimos. Construir, derruir y volver a construir. Es el fuego purificador del Fénix; de estos fuegos se construirá una vida mejor. Sabiendo yo esto, que no me interesó nunca el mundo natural, ¿cómo puede ser que todos estos supuestos sabios de ultratumba me sometan a esta farsa de juicio? Pero, ya inmerso en él, mis pensamientos ya no me preocupaban. Debía dejar que este transcurriese lo más rápido posible para poder encontrar una vía de escape a esta pesadilla. Tomé la solución de la paciencia.
La faz del orangután desapareció de nuevo entre las rocas, siendo entonces cuando oí nuevas voces a mi alrededor. A ambos lados pude fijarme, a unos metros por encima de donde comparecían los testigos, en una pléyade que observaba la escena y el desarrollo del juicio, pero desde donde me encontraba no podía distinguir si se trataba de seres humanos o bien de animales; más bien parecía una mezcolanza de todos ellos, pero estaban lejos, demasiado lejos como para poder distinguirlos. El ser se mantenía a mi lado todavía, custodiándome como si pensara que de un momento a otro podía escapar, pero ¿dónde podría ir? Ante un súbito sentimiento de claustrofobia, vi materializarse el cuerpo de un sapo en el mismo lugar donde antes había estado el orangután.
Y así discurrió la declaración del sapo.
—Señorías, por supuesto que, para ser totalmente justos, cabría condenar al humano por toda la colección de actos sin sentido que acabamos de oír. Puede ser también que nos sintamos tentados a reconfigurar los desequilibrios de la Tierra y a volver a una supuesta situación idílica prehumana. Se ha debatido esta opción, si bien en círculos minoritarios, en los años anteriores a este juicio. Ahora bien, ¿no puede este supuesto ser el causante de un destino igual o peor? El individuo humano se mueve por los mismos intereses que cualquier otro animal de nuestro planeta: la supervivencia y la reproducción. El grado de complicación para conseguir estos fines es lo que diferencia a una especie de otra, y, en términos exclusivamente humanos, hablaríamos de que la diferenciación se encuentra entre una cultura u otra y entre las diferentes épocas que se quieran tratar. El humano como ser individual no puede ser condenable con los términos antes expuestos. La condena cabría recabarla en las comunidades que estos individuos forman, las cuales generan unas dinámicas de funcionamiento muchas veces yendo contra el pensamiento de sus unidades elementales. El problema no está en condenar al humano como individuo, sino en condenar a la sociedad que ha creado. Que no es lo mismo, señorías, no es lo mismo. Todos hemos visto con horror las máquinas de guerra y exterminio que algunas sociedades idearon. Ahora bien, la finalidad de estas siempre fue, de origen, digámoslo claramente, matar a otros humanos. El humano es un depredador insaciable de sí mismo, y como rebote recibimos esta violencia el resto de seres vivos del planeta, directa o indirectamente. En nuestro caso, sapos y batracios en general, nos amenaza la alarmante contaminación que nos somete a una presión vital, muchas veces insostenible. He de decir que el humano no es nuestro principal enemigo, hay otros contra los que nos toca defendernos a diario, eso sí, según el dictado de un equilibrio creado durante milenios. Pero la humanidad ha reducido considerablemente nuestro hábitat, siendo en las sociedades modernas la cohabitación del todo imposible (proceso nuevo pues hasta hace bien poco convivíamos en sus pueblos con todos ellos sin mayor problema). Condenamos, sí, pero nuestra aportación quiere dejar abierto el camino del retorno a épocas pasadas donde la convivencia era posible. Todo vuelve a estar en sus manos. Si se recapacita los aceptaremos de nuevo. He dicho.
Un enorme aullido de desaprobación resonó en la cámara, a la vez que el suelo empezó a temblar como si todo el anfiteatro de rocas se fuera a hundir. Mi giré y pude ver al ser cómo también aullaba, furioso, apremiante, siguiendo el compás del público lejano. Se mantuvo esta situación durante varios minutos. El ser fue a agazaparse en uno de los rincones de nuestro habitáculo y metió la mano en un agujero entre las rocas, sacando enseguida una enorme vara metálica; se incorporó y la hizo zumbar con rabia por encima de mi cabeza hasta que la lanzó hacia la pared de los testigos, oyéndose el estrépito por toda la sala, situación que hizo acompasar el vocerío hacia un mismo ritmo, como si del desorden de una protesta caótica hubiera pasado a los compases de una canción de protesta o, al menos, de una melodía que todos ellos conocían. Rocas cada vez más gruesas comenzaron a rodar sonoramente por las paredes del castillo, cayendo a pocos metros de donde nos encontrábamos, ante el deleite del ser, que parecía disfrutar con la situación y sin preocuparse de los guijarros que se fragmentaban como metralla. No tuve más remedio que meterme debajo de una mesa para ponerme a salvo, si es que quedaba algo que salvar de mi vida. Pero a los pocos segundos supe, por un silencio repentino, que un nuevo testigo iba a tomar la palabra. Fue la sepia.
—Señorías, primero déjenme, antes de mi alegato, que condene las débiles palabras de nuestro amigo el sapo, su condescendencia hacia quien representa el acusado es risible e intolerable para el grupo al que represento, los cefalópodos, y esta crítica, que ya avanzo que será dura, es compartida por la totalidad de los habitantes marinos. ¿De qué tiene miedo, señor sapo? ¿Qué intereses ocultos hay detrás de unas palabras de ominosa tolerancia hacia los humanos? ¿No será que hay alguna alianza oculta que acabe beneficiando a los batracios en detrimento de otras especies? ¿No será que hasta ahora todos ustedes han vivido muy bien al amparo del mundo agrícola humano? ¿No será que en las nuevas sociedades se ven favorecidos en los nuevos parques de diseño y humedales protegidos? Diga la verdad, señor sapo, díganos la verdad. ¿No es cierto que en los lujosos parques urbanos se crean apacibles colonias de batracios bajo los cuidados humanos, donde no falta la buena comida y el tranquilo confort? Diga la verdad, señor sapo, sobre la convivencia con los humanos. No lo niegue, no, que sabemos más de lo que cree, y hoy nos ha quedado clara a todos los presentes la auténtica realidad de su oposición. No proteste, señor sapo. No, no, ya sabe que tengo razón, no haga estos espectáculos en público, que no le servirán de nada. No, señor sapo, no. Por favor, recoja su lengua y no se humille más, que nos avergüenza a todos. Por favor, por favor, le repito que recoja su lengua, que por mucho que se esfuerce, ni tiene el micro abierto ni se le entiende nada, por favor déjeme proseguir mi discurso. Bien, se lo agradezco. Le diré más, señor sapo, no me compare el consumo culinario de ancas de rana con el de la sepia, no tienen ni punto de comparación. ¿Quiere datos? ¿Los quiere? Porque gustosa se los entrego, sí, señor sapo, sí, ustedes son unos privilegiados y lo sabe, lo sabe, lo sabe muy bien… Sacrifican a los marginados de su especie para que una minoría elitista pueda vivir de manera apacible, usted lo sabe, señor sapo. Mientras su comunidad vive en medio del confort y la opulencia, otros batracios son criados para el consumo humano y ustedes ignoran esta realidad, ustedes ignoran este genocidio del cual son plenamente cómplices, sí, señor sapo, son cómplices y lo saben muy bien. ¡Vergüenza les tendría que dar!, ¡vergüenza!…
De pronto, se oyó un estruendo como el de un bólido rompiendo la velocidad del sonido. El público, ya del todo enloquecido, celebró las palabras de la sepia, mientras nos llegaba la onda sonora del golpe con un estrépito horrible. Pensé que se volvería a repetir la lluvia de piedras y me agazapé de nuevo bajo las rocas. Solo el juez Zeus pudo contener tamaño jolgorio, dirigiéndose al público con tres relámpagos de atención. A pesar del empeño, el alborozo era incontenible.
—¡Silencio! ¡Silencio en la sala! ¡Silencio o los desalojo! Por favor, ¡mantengan la compostura! Señora sepia, le recuerdo que el acusado es el humano y no el señor sapo, sus quejas no constarán en acta pues nada tiene que ver con este juicio. Por favor, señor sapo, por favor, ahora no es momento ni lugar de expulsar su espuma reproductiva, ¡por favor! ¡Ujieres! ¡Desalojen al sapo de la sala! Por favor, por favor. Debido a las circunstancias se suspende la sesión hasta mañana a las nueve.
Contemplé asombrado el espectáculo vodevilesco en que se había convertido mi juicio, porque hasta entonces no dudaba de la realidad de mi viaje, de los extraños seres que me custodiaban ni del inquietante paisaje por el que viajaba. La espiritualidad nunca había anidado en mi interior, pues mi discurso se basaba en una explicación lógica de mi mundo. Ninguna creencia había tenido cabida al lado de mis ideales más firmes, por lo que me sentía asombrado de que ese extraño viaje, imposible de aceptar en mi vida pasada, lo describiese en esos momentos como inundado de realidad y sentido lógico. Me parecía real porque mi mente lo encajó dentro de mis creencias racionales, me parecía real porque mi cerebro era incapaz de mandarme señales de alarma. Lo que experimentaba era cierto porque mi mente así lo experimentaba, sin ninguna alerta al respecto, como cuando soñamos situaciones inverosímiles y algo nos advierte de su imposibilidad manifiesta, y entonces nos decimos, en medio de la duermevela: «Este sueño es un sueño, acepto este sueño, pero sé que es un sueño, y aun sabiendo que es un sueño me gusta y disfruto viajando por mi imaginación porque sé que despertaré tarde o temprano». Pero ¡ay del sueño que se confunde con la realidad!, y ¡ay de la realidad que nos encontramos al despertar del sueño!
Capítulo 6
El ser me condujo a una celda como la que había visitado al principio de mi sueño, pero esta se encontraba en la parte baja del castillo e incrustada bajo las rocas. Me lanzó a la oscuridad y choqué con lo que parecía ser una cama rudimentaria. Algo pellizcó mi espalda en la penumbra y dejé, de golpe, de pensar.
Al amanecer, o eso creo, fui recobrando mis pensamientos de manera pausada, como parte de un programa que activaba de manera gradual las principales áreas de mi cerebro. El paso de los minutos me vaciaba la determinación de resistir, de seguir viviendo, en definitiva, si lo que tenía en realidad era vida. Pero de alguna manera resistía al juicio, y lo más sorprendente es que obedecía las órdenes del ser: «Ahora levántate», «ahora di tu nombre», «ahora agacha la cabeza». Cualquier ser vivo resiste la tortura por la esperanza en la huida, por un descuido del agresor que permita una fuga con éxito. Por eso el torturado, el linchado, cualquier animal que está siendo depredado, mantiene el instinto de la huida y todo su cuerpo se adapta para facilitarla, y es así como la sangre se llena de adrenalina y como esta estimula la musculación para, a la mínima oportunidad, huir despavorido. Si contemplamos la naturaleza como un todo, es bella, apacible, gustosa, pero, en cambio, si la observamos desde la individualidad, se torna en un escenario trágico; aquellos árboles de la selva que apaciguan el carácter mientras la brisa remueve sus hojas son, en realidad, dos seres vivos luchando por la supervivencia. El atacante, un ficus estrangulador, necesitará décadas para acabar con el árbol huésped que le sirve de sustento durante su crecimiento desmesurado, pero la tragedia se acabará consumando, tarde o temprano. Aunque hayan de pasar cien años, el éxito está asegurado para el depredador.
El amanecer se llenó de nubarrones violáceos que emitían la misma luz que en la Tierra recordaba a la de después de un chaparrón. Todos los contornos se hacían visibles y la vista no podía acaparar tanta información de golpe. Imagínate todos los oquedales de las rocas al descubierto, imagínate toda la complejidad de esa fortaleza sin un ápice de bruma, mostrándose tal cual era, con mil detalles y mil formas, como un inmenso altar de la época del barroco, quizás como un templo budista con mil motivos y mil figuraciones, pero en este caso multiplicado por mil; por decir algo, para que comprendas, en uno de mis viajes vacacionales recuerdo haber visitado los templos abandonados de Angkor, en Camboya; pues imagínate esa estampa como un esbozo simplificado de lo que realmente era la fortaleza en la que me encontraba y en la que se me conducía a la misma sala del día anterior. Ante el estupor que me causaban las nuevas visiones reflejadas en la roca, el murmullo de un público impredecible y, de nuevo, los gorgoteos de emoción del ser, oí la voz ronca del dios supremo Zeus que daba comienzo al segundo día de mi juicio:
—Bien, buenos días a todos. Después del altercado del día de ayer, que en nada beneficia a los buenos propósitos de este juicio, proseguiremos hoy con nuevos comparecientes. Les advierto de que no toleraré de nuevo situaciones como la ayer vivida. Se supone que han hecho votos de civismo antes de entrar en esta sala, y no vacilaré en seguir con el turno de comparecientes a puerta cerrada. Ténganlo en cuenta. Por favor, que suba al estrado el gato.
Esta vez solo se oyó un murmullo entre el público, pareciendo que, al ser el primer testigo del día, aún los ánimos no se habían encendido, o como mínimo parecían hacer caso a las advertencias del juez Zeus, aunque no apostaba ni un suspiro a que la calma se pudiera mantener más allá de las primeras palabras del nuevo testigo. A este respecto, el ser me advirtió de que el hecho de programar al gato a primera hora de la mañana no era casual; se debía a que este animal iba a hacer un alegato a favor de los humanos, por eso era conveniente que los ánimos estuvieran calmados llegados a este punto. Dicho esto, apretó los puños y emitió un sonido gutural profundo, aunque pausado, cuando la silueta del gato se materializó entre las rocas. Bien parecía estar enojado ante la presencia felina.
—Señorías—comenzó a hablar un gato obeso con gabardina—, miembros del jurado. Ante todo, declarar mi sorpresa por los altercados de ayer y por el hecho de encontrarnos con la sorprendente defensa del humano por parte del señor sapo. Dicho sea de paso, le deseo una pronta recuperación de la dolencia cardiaca repentina que le sobrevino ayer, ya fuera de esta sala. Pero sin más preámbulos, comenzaré mi exposición a favor de los humanos. Sí, ustedes ya sabían que mi declaración iría por estos caminos y creían que sería la única declaración favorable, de no ser por la sorpresa de ayer. Intentaré que mi exposición no se vea influida por los argumentos ya emitidos, ni que le cause hilaridad ni enojo a la señora sepia, o más bien a algún otro animal más próximo a los felinos que sienta especial odio hacia la especie humana. Sé que, de haberlos, haylos…
La corte de animales seguía mostrando sus quejas hacia la humanidad en cualquier comentario que alcanzara mis oídos. Notaba miradas de desdén, mil ojos acusándome de mil maldades en un juicio que me parecía poco formal, puede que demasiado humano. Ante tal pensamiento, me invadió la duda. Si mi mente humana interpretaba el juicio como humano, ¿no sería que en realidad se trataba verdaderamente de un sueño? Si bien hasta ahora los paisajes eran de una extrañeza tal que no había dudado de su veracidad y de que realmente me encontraba en otro mundo, el hecho de ver a esos animales discutiendo entre ellos encendió la alarma de la racionalidad y empecé a creer que estaba dentro de un sueño. Pero, si así era, ¿cómo despertar? ¿Cómo volver a la realidad de mi mundo de victorias y traiciones? No lo sabía. No tenía la capacidad de romper con la inquietante realidad que me envolvía ni sabía cómo actuar para retornar. Así que allí me encontraba, resignado, escuchando con asombro las alabanzas de un gato hacia los humanos y el retumbar de las quejas del resto de los animales.
Pregunté al ser si también el perro hablaría a mi favor, pero me respondió con una negativa rotunda. Según sus argumentos, la plasticidad del cerebro de un perro hace que, si se ha criado con humanos, se le considere humano. Por eso, según siguió argumentando, el maltrato hacia ellos es maltrato hacia la humanidad, y, aún peor, un perro criado como humano, humano es, aunque sea obvio que no se comparta la genética. La humanización del perro se debe a que su mente se ha configurado a la manera de la familia que lo ha criado, es decir, a la manera de su manada. Finalmente aseveró —como si solo se fijara en los aspectos negativos del trato humano hacia los animales, sin pensar nunca en quien siempre les da un buen trato—, que abandonar, maltratar o matar a un perro es tan abominable como abandonar, maltratar o matar a un niño. Dicho esto, le pregunté por el caso de los gatos, si también se consideraban humanos a pleno derecho, pero negó con la cabeza, señaló al testigo que aún estaba hablando y dijo que el cerebro del gato mantenía cierta independencia respecto a la humanidad, conservando así su vertiente animal, por eso aún estaba presente en ese mundo. Eso sí, se mostraba como fiel aliado de los humanos, y de ahí el discurso adulador que estaba pronunciando delante de la corte de animales.
Vi al gato mirarme fijamente en una pausa de su alocución. Sin saber cómo reaccionar, asentí con la cabeza, como muestra de agradecimiento hacia un animal que se sentía cómplice de nuestra existencia. El día anterior lo había visto entre el público, también mirándome fijamente, inserto en una frondosa gabardina o chubasquero para protegerse de un agua indeterminada. Quién sabe si solo la vestiría para distinguirse de los otros animales o como muestra de complicidad hacia la especie humana. Sea cual fuese el motivo de su discurso, este se desvanecía entre la indiferencia de la sala; un murmullo de fondo envolvía sus palabras, síntoma inequívoco de la poca atención que el público le demostraba. Nada importaba a todo ese centenar de animales que abarrotaban los asientos lo que pudiera decir un ser como el gato. A nadie le importabale importaba porque el gato tenía el estatus más bajo entre la comunidad animal.
Cuando concluyó su defensa, basada más bien en intereses espurios que nadie llegó a comprender, ni tan solo yo, se paseó por la sala ante la mirada de perplejidad de los asistentes, viendo a todos ellos como una extraña multiplicación de la forma de un gen primigenio, el estado ideal del animal al que representaban, la muestra, el molde base a partir del cual se desarrollaba cada especie, atentos a un juicio que parecía ser vital para esos seres. Y se obcecaban en vitorear o abuchear a cualquiera que subiera a la tribuna de los testigos, al menos, de los que tenían argumentos de peso a favor o en contra de los humanos, esperando que solo fueran una pequeña representación, pues confiaba en que no me tuviesen allí postrado, viendo pasar los millares de especies de seres vivos que habitaban el planeta. Pude intuir, no obstante, que poca cosa quedaba por decir. Entre las declaraciones ya vertidas y los discursos del ser ya me quedaba una idea bien clara de las acusaciones contra mí y de las maldades de la humanidad. Solo esperaba la aparición de una posible divinidad entre nubes de quietud y silencio que diera, de una vez por todas, por concluido el juicio. Cerré los ojos cansado de contemplar un cielo ocre que teñía las formas animales como si de cadáveres disecados se tratara, como una imagen de violento contraste lanzada al observador en una sala oscura de cualquier museo de arte contemporáneo. Pero en la Tierra no hubo soñador que llegara a imaginar estas tonalidades, no hubo artista que arruinara la lógica humana con la arbitrariedad de estos cielos interiores de Júpiter. Ni gatos ni sepias podían advertirme de mi sueño, un sueño que se había convertido en altavoz de mi realidad. Mente y cuerpo mantenían su unión y nada increpaba al sentido común que se sabía rey de la situación. Nada me apartaba de la sinceridad y nada me hacía bailar entre los hilos de la incomodidad. Entre tinieblas, me sentí estúpidamente feliz.
Capítulo 7
El siguiente en hablar fue el conejo. Con semblante serio, habló de una situación difícil y compleja: difícil de abordar y compleja en el trato. Su discurso parecía un poco rocambolesco y tedioso. Observé que, como en el caso del gato, el resto de los animales dejaron de hacerle caso; un murmullo de decenas de conversaciones susurradas se extendió por toda la sala y a nadie parecía interesar la opinión del conejo, pues en un discurso aburrido y monótono, intentaba convencer al jurado sobre la bondad de la paz humana cuando esta era efectiva. ¿Qué era lo que intentaba decir? Sus palabras eran confusas, pues no quería la aniquilación de la humanidad, sino fomentar la paz mundial como si este acto fuera beneficioso para los conejos, de la misma manera que causaba total indiferencia en el resto de los animales. Así pues, abogó por la divinización del hombre; de esta manera, si todos nuestros actos fueran sagrados, nos abstendríamos de maltratar los ecosistemas y labrar un largo proceso de diálogo intuitivo entre los demás seres vivos. El conejo, con voz pausada y semblante serio, expuso la necesidad de interiorizar a escala humana los conceptos de liberación y salvación, con lo que, para ello, proponía modificar los cerebros humanos de manera que estos cobrasen una religiosidad serena, una relación armoniosa entre su naturaleza y el mundo de los animales; en definitiva, proponía abandonar la tecnocracia de nuestras sociedades para alzar una teocracia de tintes budistas: el humano tendría piedad del mundo y sería responsable de mantener la paz y, sobre todo, el respeto a las normas de la naturaleza. Bien era cierto que entre los animales había una recreación de supervivencia, pero la humanidad, por su capacidad mental y organizativa, debía ser el árbitro de la situación como tal había sido el propósito en las primeras sociedades humanas que vivieron acordes con las leyes de la naturaleza, y no ajenos a ellas, como sucedió después del invento de las ciudades. En este punto, el discurso monótono del conejo se extendía como un siseo continuo al que nadie prestaba atención. De pronto, desde la parte central del público, se oyó una voz más alta que las otras, que más bien susurraban su disconformidad mientras hablaba el conejo —«si no lo matas tú, lo mato yo»—, pero el conejo siguió su discurso al que ya nadie atendía, pues a nadie interesaban sus argumentos. Fue entonces cuando habló de Dios, dando a entender que el concepto de dios único, el monoteísmo, había sido el pilar de todos los males para la humanidad, y este concepto no se había generado por propia naturaleza, sino que en un momento determinado de la historia alguien se lo había inventado, por conveniencia o por economía de ideas, tornándose, a partir de entonces, como una idea cancerígena que había invadido las mentes de multitud de comunidades, abandonando, de esta manera, el verdadero politeísmo garante de la armonía entre humanidad y naturaleza, pues para el conejo un dios único era lo mismo que un gran dictador, mientras que muchos dioses era similar a una gran democracia, ya que entre todas las deidades se tenían que poner de acuerdo para armonizar el mundo, mientras que un solo dios lo gobernaba todo a su antojo. En este momento se oyeron unos leves aplausos, pues, desde la aparición del monoteísmo, muchos de los jueces habían caído en el olvido popular; si bien no se mostraban beligerantes a este respecto, pues entendían el cambio de paradigma religioso, sí que eran conscientes de que las religiones monoteístas planteaban problemas que antes eran resueltos de una manera más franca.
Entenderás, amigo mío, que ya no te puedo dar más detalles de alguno de estos discursos pues la reflexión filosófica se escapa de mi comprensión, por no decir que incluso me aburre. Mi mente está adaptada para buscar siempre los mejores negocios y no para comprender las implicaciones filosóficas de nuestros actos e, incluso, pensamientos. He entendido, sin embargo, que el origen del mal que aquí se juzga es precisamente esta cuestión: la de vivir de mis negocios sin tener en cuenta los conceptos filosóficos básicos que debería preguntarse todo ser humano; conceptos que, a la larga, le conferirán el sentido de la vida misma.
He de reconocer que los quehaceres de nuestra empresa me mantenían encerrado en mí mismo, y esta reclusión moldeó mi mente para convertirme en un depredador de los negocios. Mis ideas, sus ejecuciones y todas sus consecuencias son el resultado de la persona que he sido y que ahora soy, siendo consciente de que por ello estoy siendo juzgado, acusándome, en ese punto del juicio, de no haber buscado momentos para la reflexión, para razonar las implicaciones morales de mis actos, de los delitos contra la ética más elemental que cometía por los diferentes continentes. Pero entonces mi lógica era otra, mi razón era el negocio y conseguir las mayores ganancias posibles, y para ello debía dedicarme en cuerpo y alma, día a día, sin apartarme ni un ápice de mis objetivos. ¿Cómo iba a perder el tiempo estudiando filosofía? ¿Cómo iba a reflexionar antes de cometer algún acto de fuerza, ahora una expropiación, más tarde un vertido clandestino? Eso, indudablemente, me hubiera conducido a una inmovilidad, a un impedimento imposible de superar y, como tú sabes muy bien, habríamos perdido rápidamente la concesión de obras que nos daba el gobierno de turno, rápidamente le hubieran adjudicado el negocio a otra empresa, pues lo que siempre interesaba desde la cúpula de esos gobiernos del mal era enriquecerse lo antes posible, sin importar quién fuera el brazo ejecutor; si no nosotros, otros depredadores del dinero esperaban babeando como hienas a que cometiésemos el mínimo fallo. ¿Pero qué te puedo explicar, si los dos actuábamos al unísono delante de estas reclamaciones, sin importarnos sus consecuencias? Tú y yo dirigiendo la misma nave en una tormenta bursátil o en una ley que actuaba en nuestra contra, pero que enseguida nos encargamos de que fuera revocada gracias a ministros corruptos o a parlamentos, en caso de existir, altamente influenciables. La memoria de la extorsión es larga si se contempla la historia de la humanidad, y cualquier imperio se ha podido forjar gracias a las malas prácticas y al abuso continuado de quien acumula poder y fuerza militar. Es cierto que hoy en día estas prácticas son mucho más discretas —no conviene agitar el contrapoder de la opinión pública—, pero con el tiempo, y aprendiendo de los errores, se han podido minimizar y rara vez un asunto delicado se escapa de las manos para ir a parar a las portadas de los periódicos o de los informativos de televisión. Ese control siempre se nos dio bien, pues, al tratarse también de empresas con intereses económicos y estructuras piramidales, era fácil cortar el flujo de información antes de que esta llegara a divulgarse. Otro tanto ha sido el control en Internet; en este caso aplicamos la política de la confusión, del aluvión de informaciones contradictorias para tapar la verdadera y extender un tupido manto de confusión. Sí, he de reconocer que pudimos controlar todos los canales de información sin demasiados problemas, tanto los internos como los externos, pues, como pagábamos bien, los chivatazos eran habituales, la mayoría viniendo del mismo poder con el que intentábamos negociar. Ya sabes cómo funciona este mundo de corruptelas e intereses cruzados: por la mañana nos cerraban la puerta principal como representantes institucionales y por la noche nos mostraban la salida de emergencia abierta de par en par hacia una sala donde nos permitían mover a nuestro antojo los hilos del Estado. Reconozco que estas situaciones no me acababan de agradar del todo, siempre me moví con demasiada cautela pensando en la aparición de trampas inesperadas. Tú no, tú negociabas con corruptos sin remordimientos, más bien diría que le cogiste el gusto a la extorsión y cada vez que desembarcábamos en un nuevo país ya te ibas directamente a las cloacas del Gobierno antes de tratar de cerrar una negociación legal, ya no querías perder el tiempo yendo por el buen camino cuando aprendiste que ese camino solo era una quimera de cara a la galería, de cara al buen pensar de una inoperante unión de naciones o de gobiernos europeos demasiado pusilánimes. Te dejé hacer, te di total libertad atendiendo solo a los beneficios exponenciales que aportabas de un año a otro. Formábamos un buen equipo y no sé qué será de ti a partir de ahora. Yo moderé tu ímpetu, yo contuve tus ansias de beneficios a cualquier precio; no es que no estuviera de acuerdo, pero al menos, no debíamos significarnos tanto ante multinacionales más poderosas que la nuestra, ya sabes que este mundo es como una manada de hienas delante de carroñade carroña recién descubierta, acaso una lucha de tiburones al mínimo olor de sangre fresca.
Cómo nos divertíamos con nuestros juegos olvidándonos de los dramas y las sombras, dejando atrás un cementerio de viejos barcos que no habían sabido adaptarse al nuevo orden mundial, un cementerio de antiguas empresas que se fueron al garete, allí donde reposan los dinosaurios para nunca más volver. Los cambios en el mundo de los negocios vienen tan súbitamente como los cambios biológicos, una paz que se ha extendido durante millones de años se ve bruscamente rota por la caída de un meteorito o quién sabe qué inclemencia natural que ni siquiera imaginamos; así es la vida, y de la misma manera se comporta nuestro tan idolatrado sistema capitalista. Su continua adaptación, su continuo cambio, su perenne metamorfosis no son sino una estrategia de supervivencia. Otros sistemas que no han sabido mutar se han derrumbado con el estrépito de la caída de un gran dinosaurio, no hay otra opción, pues cualquier sistema complejo debe seguir las leyes de la Teoría del Caos, no puede escapar de ellas, y cada acción del presente condicionará cualquier futuro, la mayor parte de las veces sin capacidad de reacción, como las maniobras de grandes petroleros dentro de un canal. Cada acción hay que preverla con antelación y dentro de un margen temporal; un pequeño fallo le conducirá irremediablemente a la catástrofe, lentamente, eso sí, viendo lo inevitable del choque, pero sin poder hacer nada al respecto. Los antiguos órdenes se derrumbaron como castillos de arena ante una ola que los invade, y aún pudimos ver su lamento grotesco, su incapacidad de maniobrar. Ya con una caja maltrecha cayeron todos en nuestras manos y nos apoderamos de nuestros competidores como quien se apodera de ciudades abandonadas cuyos habitantes yacen recostados perezosamente en las paredes, sin esperanza y sin futuro desde que se fueron los últimos expoliadores, quedándoles solo el tiempo de espera hasta que algún día —pudieran ser años— otro proyecto quisiera apoderarse de sus recursos naturales y de su libertad. De esta manera comenzamos nuestra carrera como socios: atrayendo capitales ante nuestros primeros éxitos y colaborando durante años para poder presumir de la belleza de una obra bien hecha.
No obstante, me queda claro que ahora ha llegado tu turno. Por lo visto yo te estorbaba en tu camino, siempre has tenido el don de adelantarte a los acontecimientos y ya hacía tiempo que intuía que vacilaba en mis decisiones al presentir tus cautos pero extraños movimientos. Me vigilabas como un aguilucho sobrevolando mis posesiones en busca del momento adecuado para un saqueo inminente a nuestra rica empresa, un asalto al poder que intuía pero que aún me resistía a tomar en consideración. La desconfianza se acrecentó con tu actitud ante mi último éxito, y tus sucios negocios se incrementaron quizás por envidia, quizás por no soportar tener limitaciones, desplegando una y otra vez las sábanas de la guerra, los estandartes que yo había replegado al conseguir llegar a la cima, al menos para tener un tiempo de tranquilidad para consolidarnos en la cúspide y que los otros devoradores no nos vieran como una amenaza demasiado importante. No me quise arriesgar ante tus nuevas propuestas y el camino labrado ya era suficientemente ancho para descansar durante un tiempo, para asegurarnos el siguiente paso y no caer en un exceso de confianza que tantas veces ha traicionado a las más grandes empresas. Abogué por la transparencia en nuevos negocios y la conservación de lo conseguido en estos nuevos tiempos, no había lugar para nuevas aventuras ante la nueva situación mundial en la que también nuestros competidores se replegaban para reconsiderar sus negocios, también para detectar posibles heridas con el fin de estar bien preparado ante una nueva etapa de crecimiento económico salvaje. Pero, de momento, el futuro lo veía diluido entre brumas y demasiadas incógnitas. No era momento de arriesgar y entonces quise frenar la marcha y voltear de una vez por todas todo mi pasado, atenuar todas mis vanidades y resarcirme de todos los males realizados y de las promesas incumplidas, eliminar los malos recuerdos y olvidarme de mí mismo para recomenzar al amparo de unos sueños de arrepentimiento que empezaron a inundar mi mente, en los que veía la selva de los negocios como un abismo lleno de peligros en el mundo de la mentira, en los dominios del lobo eterno y la lucha por la supervivencia.
Pero ahora me ha quedado claro que no entendiste mi táctica, que las venas hinchadas de tu frente reflejaban un desacuerdo interno, que la misteriosa solidaridad que me ofrecías era todo mentira, y tú, ahora, te enorgulleces al verme ya con mi vida cercenada, sintiéndome fuera del mundo, mi alma errante como la de Ulises bajo la música de los mares, aun queriendo recobrar la vida perdida pero sin capacidad para ello, sin saber cómo volver y, sobre todo, qué decir, cómo explicar mis experiencias y cómo resolver mi laberinto de vida. Ante esta parálisis solo he podido avanzar sin rumbo, viéndolas venir sin esperar nada, solo viviendo minuto a minuto, intentando entender, intentando analizar cuáles habrían de ser mis pasos a partir de ahora, soñado lo soñado, o de haber asistido a una realidad de pesadilla, tanto la de abajo como la de arriba, a cada cual peor, tanto una como otra marcándome un fin de etapa y el comienzo de un nuevo futuro, pero sin saber cuál ni hacia dónde, solo esperaba que actuasen las leyes de la casualidad, que serían las que, como siempre, encararían la flecha de un nuevo futuro. A pesar de todo, asumí ser el protagonista de un juicio bronco y siniestro, ligado indefectiblemente a mi destino y a la huida irremediable de mi racionalidad, pues asumiendo semejante momento vital solo pude evadir mi mente e ir recordando los hitos de mi pasado. Ante tal claridad de pensamiento y el llegar a comprender mi segura condena, intentaba recostar mi cabeza para descansar mi mente ante la metralla de ideas que me inundaba, pero ujieres con un punzón me devolvían al furor de la tormenta si detectaban que no prestaba atención, o el mismo ser, cuando estaba a mi lado, pues continuamente iba y venía, de un codazo me devolvía a la realidad de los discursos monótonos y sin sentido; ahora un conejo, antes el gato, todo bien tramado para acobardarme, para amedrentar mi determinación. Su finalidad, bien clara: mi confusión y derrota
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Capítulo 8
Cuando un dios se siente con poder para juzgar a un humano, este último toma consciencia de su insignificancia y deja de temer a la muerte porque su existencia transciende este concepto. Su existencia deja de ser vida, por lo que la no-vida deja de tener sentido. Este estado de tránsito, de dejar de ser para recobrar una potencialidad perdida en el nacimiento, ahuyenta todo sentimiento terrenal como el temor, la alegría o la añoranza. El humano, ese ser finito, voluble e insignificante que yo era, habitaba un cuerpo carente de sentimientos, totalmente ajeno a cuanto acontecía a mi alrededor, y convertido en simple espectador del Juicio de las Ideas hacia una potencia que creían descontrolada en el mundo del ser. Todos querían despojarme de mí mismo y sin posibilidad de recuperar mi corporeidad. Entendiendo que el mí mismo lo referían a toda la humanidad y despojar el ser a toda la humanidad significaba su aniquilamiento. Todos los presentes en el juicio querían aniquilar a la humanidad, sin remordimientos, como seres ideales carentes de los sentimientos propios de un cuerpo que se siente abrumado por la vida y sus peligros. Llegados a este punto, el cerdo, al contrario que el gato, se ensañó con la humanidad, reclamando su destrucción inmediata entre gruñidos y aspavientos desconsiderados por lo que, desde la tribuna, tuvieron que llamarle al orden y advertirle de que quien juzga dictaría su sentencia cuando lo creyera oportuno y que todavía no era el momento. En este punto me pregunté cómo habría llegado la humanidad a estos extremos. «Por el éxito», dirán algunos, un animal de éxito incapaz de controlar el devenir de su gigantesca comunidad porque cada ser individual se ocupa exclusivamente de su supervivencia y confort. No hay conciencia de grupo cuando este excede el millar de individuos, nuestro cerebro no ha sido preparado para tal multitud y, dentro de ella, nos dejamos llevar según la lucha de conveniencias individuales. Cierto es que se consigue un punto de equilibrio, pero a base de aceptar todos y cada uno de nosotros cierta dosis de derrota. Buscamos la felicidad y, en esta búsqueda, nos llevamos por delante todo obstáculo que encontremos por el camino. A veces, claro está, estos obstáculos son difíciles de ver y no tenemos conciencia de sus implicaciones. Una ciudad llena de comodidades significa que en otro lugar del mundo un volumen superior de personas convive con la miseria y sin posibilidad de escape. Pude entender por el discurso del cerdo y las aclaraciones del ser, que la máxima perversión del sistema capitalista ha consistido en incorporar a millones de comunidades milenarias como una nueva masa de pobres. Para que haya cuatrocientos millones de ricos se necesitarán cuatro mil millones de pobres. Por tanto, a través de estas reflexiones me quedó claro que no es que en cien años hayamos progresado en Europa, simplemente es que la pobreza se ha desplazado. Mejor tener la pobreza aislada en continentes lejanos que en un barrio a pocos kilómetros de distancia. La perversión de este sistema es la de crear conciencia de pobres a quien antes no la había tenido, generando nuevas necesidades en comunidades ancestrales que durante miles de generaciones han sabido vivir en armonía con su entorno y en las que, de pronto, sin saber cómo ni por qué, de una generación a otra, han aparecido la frustración, el anhelo de nuevas pertenencias y el desprecio a la tradición. El saber les volvió infelices y sin posibilidad de retorno. En este punto nos encontrábamos y esta circunstancia era totalmente novedosa para mí, yo que siempre había creído en la superioridad cultural y en el destino glorioso de ciertas aptitudes de la cultura occidental.
La finalidad de todo juicio es sembrar la duda en lo que se presupone, e intentar por todos los medios negar la evidencia. En cambio, el cerdo buscaba cualquier excusa válida para inculparme, aun existiendo dudas sobre su veracidad. Un amplio círculo de acólitos le reía las ocurrencias y apostillaba con latinajos que no llegaba a entender. El cerdo estuvo durante todo el parlamento mirándome fijamente, una mirada que no necesitaba un intérprete o traductor, pues toda una serie de pensamientos objetivos vinieron a mi mente de golpe. Seguí todos mis itinerarios vitales, los tenues cambios de costumbre que poco a poco fueron sembrando mi futuro, los logros académicos y las primeras conquistas laborales. Durante mis años primerizos, labré la confianza de mis superiores en aras de escalar en el escalafón de la empresa y, una vez superados los obstáculos iniciales, opté por nuevos retos, como el de deshacerme de antiguas servidumbres y copar nuevos espacios de poder, camelar al superior, regalarle lo que espera y agasajar su egolatría, porque sabía que esta existía. A un determinado nivel el mundo del talento se trasmuta en el supramundo del ego, los cargos son invariablemente a dedo y el sucesor siempre es el fiel sirviente, el confesor de secretos ocultos, el que sabe tanto de las malas prácticas de la empresa que solo puede huir hacia delante, huir a toda prisa de los mandos intermedios para situarse definitivamente en la cúspide de la pirámide. Eso o la cárcel, no hay alternativa.
Durante estos pensamientos vi, mientras el cerdo descuartizaba a la humanidad con su palabrería, a la mujer que daría un hilo de esperanza a mi brumosa realidad. Sus facciones inundaron mi cabeza y su mirada retenía la mía como en un encantorio. Era hermosa, hasta el extremo de poner en peligro cualquier tipo de paz masculina, capaz de llevar a cualquier hombre a la misma asfixia de un pez fuera del agua, y acabar consumidos y exhaustos del esfuerzo físico y mental para reclamar su atención. Vislumbraba emigraciones masivas en el caso de su presencia en la Tierra; fuese donde fuese turbaría la paz de cualquiera a su paso. A su lado pude reconocer a Hades, pero con un aspecto muy diferente al que mostraba en la puerta del infierno. Allí se presentó cubierto con una capucha y de su cara colgaba un ungüento gelatinoso que recordaba la piel de un sapo. En cambio, aquí, en la sala del juicio, exhibía una tez limpia, seca y descubierta, pero surcada por pronunciadas estrías, dejando ver una calva arrugada; era un ser reviejo, con la piel curtida, como de elefante achacoso, pliegos de piel reblandecida por años a la intemperie, piel de viejo pescador macerada desde niño al tránsito diario de sol y penumbra, de sal y jabón crudo, piel que contrastaba con la de la chica, blanca, casi de plástico, de magnificente unidad. El contraste entre una y otra era casi enfermizo; quedaba claro que ella era una posesión del viejo, pues en los dos días del juicio siempre entraron y salieron juntos y el viejo no se separaba de ella ni un solo minuto. No obstante, llegué a pensar que la tenía secuestrada en este supramundo para evitar violencias en la Tierra. Intuí su mirada femenina, al otro lado de la sala, durante un estallido de nuevas borrascas pétreas. Me lanzaba una mirada auxiliadora. El murmullo del recinto se tallaba como mármol en mis oídos mientras los comentarios peregrinos del cerdo causaban cierto temor entre los oyentes y su alboroto imbuía una suerte de adoración entre los demás animales. Noté que su mirada llameante multiplicaba el infinito. Más allá de esas nubes en movimiento, o rocas tal vez, me pareció escuchar el canto de auxilio que su mirada risueña apuntaba, la sutileza de un breve susurro en torno a los eructos sonoros del discurso del cerdo.
Apreté los dientes ante preguntas inquisidoras, sintiendo mis carnes traspasadas hasta el esqueleto. Su presencia me quemaba como fuego y ella seguía allí, siguiéndome atentamente con una extraña mirada alrededor de altísimas murallas de roca. Mis acusadores me volvieron a llenar la mente de nuevas preguntas al aire, y luego vino una larga y monótona enumeración de delitos menores cometidos, la mayoría de manera inconsciente, pero cuyo efecto desencadenó las peores catástrofes ecológicas, derramamientos de petróleo, el saqueo de la diversidad biológica, dejando como recompensa residuos tóxicos del primer mundo en el mal llamado tercero, o el tráfico clandestino de especies animales y vegetales para el capricho de los países ricos. Aunque me producía náuseas pensar en todo ello, no podía dejar de interponer una disculpa a cada caso. Bien es cierto que mi empresa y otras similares hicieron el cretino por todo el planeta durante décadas, pero siempre intentando dar una compensación al Gobierno correspondiente. En este punto todo el mundo me miró con irritada expectación; mi mente estaba hastiada de inventar excusas y, por fin, se dejó vencer. Asumí mi culpa como ya hice en pensamientos durante la travesía hacia este lugar. El color de los siglos pasados nos dejó un presente brumoso, de hombres sudorosos y despeinados, de madres fondonas que durante años han realizado arduas tareas para sobrevivir a decretos de otro mundo, a leyes que las convertían en obedientes subordinadas ysubordinadas y, aun así, han sabido conservar la frescura del hombre feliz, mientras que los depredadores hemos ahondado en el carácter mefítico de nuestras mentes. Antes con fragatas de tres palos, ahora con lanchas a motor, sorteando los difíciles caminos en mares desconocidos, en cañizales nunca conquistados, en islas angostas y olvidadas, pero que la moderna tecnología había inscrito en el mapa de Leviatán, y, de allí, empezar una prospección petrolera a pocos metros de una playa virgen, y en pocas semanas ver cómo sus arenas se ennegrecían, y a los pocos meses acallarse el estruendo de una selva sana. La fauna había sucumbido a las aguas contaminadas y al ruido insoportable de la tecnología humana. Cuando la producción marchaba al ritmo de los primeros beneficios, la isla ya era puro silencio, los almacenes derramaban líquidos nauseabundos sin que nadie se preocupara de recogerlos; en ocasiones se nos aparecía algún pájaro medio desplumado con la mirada fijada hacia un horizonte ya perdido, y siempre aparecía un capataz que de un disparo certero lo desplumaba del todo. En una de mis visitas solo recuerdo un molesto sudor y las ganas de vaciar de una vez la poza de gas para recorrer otra vez territorios fronterizos y volver a mis quehaceres de despacho. En una ocasión, los habitantes de un poblado cercano vinieron a buscar amparo a nuestras oficinas, en silencio, pero con iracunda mirada. Ya no tenían nada que pescar. Hablamos con las autoridades de su país y creo que los trasladaron a los suburbios de una gran ciudad, a malvivir entre el horror de millones de almas sin destino. Y fue así como trascurrieron mis últimos días de libertad, pues al poco tiempo regresé, después de dos meses de vuelta al mundo, para recomponer mis negocios. Y tú, fiel socio, me recibiste con una escolta de redoblantes que con garbo y voluptuosidad me llevaron hasta la entrada de mi mansión, donde una fiesta de bienvenida me esperaba. Clara, mi mujer, con las mejillas salpicadas de emoción y su acento silbado del Caribe, me recibió como antaño se recibían a los emperadores romanos, entre estrepitosos aplausos y vítores jadeantes de solícitos subordinados. Bajo el abrazo de los árboles, llegué a un pedestal donde se me propuso un discurso. Hablé de tiranías, de humanidad y del progreso tecnológico que tanto bien hacía a nuestros países. Sueños, solo eran sueños malinterpretados bajo el aplauso de entidades que venían a reclamar limosna al poderoso, sin querer averiguar la naturaleza del botín, ni siquiera presentir su delito. Solo recuerdo los aplausos y el estruendo de tambores, mujeres complacientes y atractivas que me saludaban a mi paso, hombres que, balbuceando en todos los idiomas, me proclamaban amigo de su régimen y me ofrecían sus legislaciones y constituciones para que las retocase a mi gusto. Fue entonces cuando me sentí dueño de todo. Me diste una copa de líquido espumoso para celebrar el primer día de bonanza después de muchos años de luchas a vida o muerte. Clara me besó y allí dio comienzo el juego de fuegos artificiales que ya no pude ver pues quizá, al primer estruendo, un vacío de muerte invadió mi estómago y dejé de oír las detonaciones en el cielo. Pero mi vista aún estaba activa y, ya en el suelo, vi tu mirada de complicidad con Clara y una leve sonrisa de celebración. Luego, enseguida, la atmósfera se tiñó de irrealidad y cayeron efluvios dorados del cielo y el horror y la estupefacción invadieron mi mente.
Solo me quedaba este recuerdo de la desdichada noche de mi caída. Poco después emprendí mi travesía, mi pesadilla tal vez, pues todos estos animales solo son mera leyenda para mi racionalidad, ¿no crees? Tanta extravagancia pretendía avergonzarme, pero yo aún me podía resistir; al menos uno se puede resistir durante un tiempo a la fealdad, pero, ¡ay de la belleza! ¿Cómo resistirse a los encantos de la perfección?
Ante el estupor de este estado, escuchaba que el juicio proseguía su retahíla de acusaciones sin sentido mientras yo, como un árbol solitario, contemplaba la inmensa llanura que hay entre mis ojos y el recuerdo del cielo azul, mi añorado cielo, que podía evocar como un digno recuerdo alrededor de una circunferencia de animales heráldicos, filiales sementales de los dioses, venado móvil, emblemas totémicos para la Tierra, es decir, para los vivos, y siendo guiados por la telepatía del instinto, con el único fin de servir a la causa común de la especie, de todas y cada una de las especies que poblaban el planeta. Ante todo, preservar el bien común, la salud del ecosistema, la voluntad de los dioses. Gaia, la Tierra y la vida que la envuelve, la amalgama de dependencias y debilidades, el devenir, el intuir, el ser y, en definitiva, el comprender.
Capítulo 9
Las nubes se desgarraron encima de nuestras cabezas, como rotas en jirones que se precipitaban, intentando envolvernos y evaporarnos. Pero algo las detenía a pocos metros del castillo, como si una gran cúpula de cristal las mantuviera alejadas de la santa basílica donde todos esos ángeles y dioses me juzgaban. Escuchaban la palabrería del cerdo y jadeaban clamando venganza por los males causados por la humanidad tecnológica. Pasaron los minutos y el cerdo continuaba con su diatriba de maldades mientras los jueces se mostraban muy interesados en su relato y toleraban su violencia verbal sin sentido. Los gases del cielo tremolaban sin cesar como teas enfurecidas, convulsiones como las de su mente trastornada, quizá la mía ante aquella realidad, retrayendo mi cuerpo, al contrario que el ardiente cuerpo del cerdo, que proseguía con su obsesión mientras saltaban chispas por el roce de sus colmillos, con su zumbido silbante que exasperaba la visión de un crepúsculo sin árboles ni arbustos. A lo lejos se oían los choques de las nubes como estrepitosos latidos del cielo, como una sinfonía constante de los truenos ensordecedores a los que todos ignoraban, supongo que por la costumbre. Solo deseaba llegar al crepúsculo para que todo eso se acabara y poder descansar de tanta violencia verbal a la que mi mente no estaba acostumbrada, ya era incapaz de asimilar tantas acusaciones juntas. Aún no había entendido la primera que ya me soltaban la cuarta y mi mente, como si fuera serrínfuera serrín mojado, se resistía a la asimilación de tantos conceptos irreales mientras el público aplaudía a placer al solista de turno, como si oyera algo sagrado.
Pasaron horas bajo una especie de monótono toque militar para que el rito llegara a su fin. Fue entonces cuando ella se me acercó con una cesta de esparto en sus manos, con un gesto humilde, nada ceremonial. En su cuello un colgante con un medallón de oro que te encandilaba como la luz a los insectos de la noche, su magnífica cabellera envolvía su cuello como en un último acto de bondad absoluta hacia el condenado. Era un ser liberado de todo mal, acariciado por una especie de gracia divina que desencajaba todo el orgullo y la apetencia varonil, llevándola hacia la ridiculez de la inferioridad del alma. A pesar del estruendo de los tambores y del movimiento frenético del público, me deslumbró el aleteo minúsculo de sus párpados al abrirse y su mirada que se lanzaba hacia la mía a la velocidad de un latido, y ningún espejo hubiera podido reflejar el sentimiento mutuo de clamor, de implorar una ayuda del que se siente preso y falto de libertad. Yo, ante la mirada de un jurado iracundo, de un público visceral y unos testigos de bochorno, y ella, encadenada a ese viejo llamado Hades, a ese vil pellejo grisáceo que dormitaba entre brumas eternas esperando el fin del universo, si es que este llegara algún día, mientras se dejaba crecer una barba ahuecada por las pústulas de su cuello, quizás las causantes de su voz gutural; pero yo seguía ensimismado en la mirada de mi Perséfone, pues alguien gritó su nombre desde un pedestal, como si ella, mi amado ángel, fuera quien me diera el definitivo toque de gracia. Sonaron tambores cercanos, el público rugía expectante y ella seguía mirándome, y yo sintiendo el batir minúsculo de sus párpados entre el estruendo de los tambores, como si pudiese discriminar todos los ruidos sin sentido y centrarme en el micro sonido del milimétrico movimiento de sus pestañas. Más allá, su amo. Ese pellejo nos escudriñaba detrás de su barba, angustiado, casi a punto de saltar para apartarla de mi cercanía, como si se contaminara teniendo a un mortal tan cerca, y hubo un momento de incertidumbre en que el vejestorio lanzó un rayo al cielo plasmando su desesperación, pero ella, con sorprendente entereza, se acercó con toda su voluptuosidad de mujer nunca ignorada, fulminando miradas a su paso, abriéndose camino con su grácil caminar, marcando a cada paso la perfección de su existencia. Mi cara en esos momentos debía de reflejar una profunda ansiedad. La grandeza del juicio se tornó de pronto obscena, horrorizándome los llantos a quemarropa del cerdo que, después de expulsar sus acusaciones, jadeaba de cansancio y venganza. Delante de mí, llegando ya al extremo del palco donde se aposentaba la pléyade de dioses que asistían al juicio, se erguía la esbelta figura de Perséfone, caminando entre las sombras que emitían las luces de los cirios crepusculares, queriendo llegar hasta donde me encontraba, aunque me resultaba imposible determinar el camino laberíntico que tendría que trazar para llegar a mí; solo podía ser consciente de su mirada reclamando mi atención, olvidándose de la piel ictérica de su amo y del gorgoteo de desaprobación del ser, viéndola a lo lejos pero siendo consciente de que algo tramaba, pues para ellos humana era como lo era yo, triste alma secuestrada desde el principio de los tiempos en ese mundo embustero, retenida hasta la eternidad por la mugrienta figura de Hades. Pero para mí era un halo de esperanza, un respiro de belleza, a lo sumo una aparición, un tránsito de humanidad ante tanta rebeldía, como el recuerdo del amanecer de nuestra civilización, cuando surgieron flores de esperanza entre las diferentes tribus guerreras, todas ellas presentes en este juicio, pues fueron las inventoras del mundo de los dioses, de divinizar, en definitiva, su entorno natural. Las primeras tribus, la primera humanidad que dio nombre a todas las piedras y asentó las bases del trato con las divinidades, mucho había cambiado el mundo desde entonces, muchos los imperios surgidos, y más estrepitosas fueron sus caídas; pero entre todo ello, entre todo el alborozo histórico de guerras y maldades, siempre hubo un atisbo de esperanza para la paz y el sentirse hermano del prójimo, siendo esta paz buscada por humanistas ancestrales o por sacerdotes de creencias olvidadas, todas ellas dejando su huella en el imaginario humano, con sus errores y sus virtudes, pues su origen es y siempre será biológico, fruto de nuestro cerebro y de sus impredecibles conexiones neuronales que posibilitan la genialidad y el mirar el mundo desde una óptica novedosa, pero también abocándonos a la más cruel de las violencias cuando se agitan los sentimientos más viles del ser humano. Hay quien afirma que todo ello se basa simplemente en la combinación de niveles hormonales y mala educación, pues fácil es fabricar a un genocida en una sociedad viciada, pero fácil es también el surgimiento de la genialidad en una sociedad de libre pensamiento y acción. De todos los extremos encontraremos ejemplos históricos, y, la clave de todo ello, de cómo una sociedad avanza esperanzadoramente hacia uno o retrocede fatalmente hacia el otro. No se puede negar, no obstante, el esfuerzo de todas esas tribus primigenias en llegar a imbuirse de cierta idea universal del bien e ir dejando atrás los fantasmas del mal que siempre acechan desde lo más oscuro de la naturaleza humana. Allí estaban todos esos reyezuelos reclamando justicia, o al menos, esperando que sus descendientes se hubiesen esforzado en mejorar a la humanidad, aunque una buena mirada histórica nos indique que este mejoramiento se ha producido, sí, pero casi siempre a trompicones.
Todas estas reflexiones que ya he interiorizado provenían del discurso continuo del ser que, mientras pasaron los testigos, soltaba a modo de comentario según lo que se dijese, sin parecer importarle que ante tanta palabrería me quedase la mayor parte del tiempo sin entender ni un ápice ni de lo que querían decirme ni de las declaraciones últimas del cerdo, mientras vertía su rabia hacia la humanidad. Como resultado, me mantenía cabizbajo ante tales discursos, mostrando toda mi impotencia y siendo ya plenamente consciente de mi nimiedad existencial. Perséfone, o la reencarnación de la belleza sublime, desapareció entre el público sin que pudiera comprender el porqué de su mirada o si solo fui para ella una duda momentánea, si en su mente solo pasó un rápido sentimiento de curiosidad sin ir más allá. El ser gorgoteaba de nuevo mientras se esperaba a un nuevo testigo. Le pregunté por Perséfone, pero ignoró mi pregunta, o no me entendió o no quiso entenderme. Me sentí entonces abandonado en el abismo de una tierra sin vida, o la que hubiera en el pasado de la humanidad, que, siendo tan extraño, me daba igual su existencia, por desordenado y vacío, por inverosímil y brutal. En ese momento quise evaporarme. Al menos si no volvía a aparecer Perséfone… Por primera vez sentí que mi vida dependía de una mirada femenina. ¡Pobre masculinidad la mía, que tan débil se tornaba ante una simple mirada!
Capítulo 10
En lo más profundo de mi ser nacía un espasmo que recorría todo mi cuerpo, siendo mi cuerpo un delirio permanente que mantenía mi mente estupefacta ante los discursos que había oído y su inquietante naturaleza. Me sentía un hombre sin hogar, un peregrino con el único destino de llegar al fin del mundo, tan lejos ya de mi jardín y de mi ciudad que, en mi soledad, los evocaba susurrando con voz triste. Corrió la voz de que el juicio sería suspendido debido a una más que probable caída de meteoritos. Oí esos rumores con alivio, pues solo deseaba volver a mi celda cúbica a descansar, aunque esta fuera oscura y opresiva. Solo eso, solo imploraba unas horas de descanso para tranquilizar mi mente. Para mí una bebida y el sueño. ¿Qué fue del tiempo? ¿Qué fue de mi ser? Uno de mis primeros recuerdos de la infancia era el de una campana volteada con ímpetu, los niños corriendo alrededor de una iglesia, inmensos campos de gramíneas, perros descansando tranquilamente al sol, restos centenarios de edificios que algún día fueron importantes pero con sus piedras que yacían desordenadas en el suelo, mineros que volvían de un trabajo demasiado duro incluso para los más resistentes de entre todos, pescadores que se alejaban del muelle entre brumas, cantos matinales de las amas de casa celebrando la armonía de la cotidianidad sin saber que en pocos años el orden tradicional sería por fin revertido. Todos colaboraríamos en pos de la sumisión total de una naturaleza tomada desde hacía siglos y ya próxima a la rendición. Me preguntaba cuál sería mi lugar en todo ello, pero nunca pensé en este presente solitario, quejándome entre escalofríos, aguantando la concepción geométrica de la vida a través de mentes no humanas, o con la humanidad hábilmente disimulada. Las nubes volvieron a alzarse ante un horizonte silencioso, huérfano de árboles, solo gas y polvo, rocas, dólmenes y menhires, como si esa práctica proviniese de estos seres que aún la mantenían dentro de esa esfera. Solo había un camino de baldosas de piedra que conducía a los diferentes escenarios y salas del juicio. Alrededor del castillo, un desierto de piedras y grandes roquedales se alzaba hasta pocos metros de la muralla que lo circundaba. La sala del juicio en su centro, en la base de una inmensa torre cuya función sería la de vigilar la nada; más abajo, mi habitación, el cubículo, las salas de descanso vetadas a mi persona donde se escondían todos los animales y yacían los dioses con sus concubinas, donde estaba Perséfone, mi esperanza. Me sentía ridículo por pensar en alguien que sabía que no existía en realidad, al menos ateniéndome a los parámetros de existencia que tenía hasta entonces, la corporeidad material de los seres vivos de la Tierra. Sabía que ella solo era un producto de mi imaginación, pero en mi nueva realidad me importaba más que mi propia vida y mi propio destino. Fui consciente de la volubilidad de la naturaleza humana, de su fragilidad por cuanto nunca podremos controlar sus mecanismos internos y su robustez, pues, por muy mal que nos encontremos, nuestra mente siempre encontrará nuevos caminos de supervivencia. ¿Cuál será el sentido oculto de nuestra existencia, de la existencia de cualquier ser vivo y sus extravagantes comportamientos? Porque, admítelo como yo ya lo he admitido, el ser humano es simplemente un animal un poco más extravagante que el resto, nada más que eso, pues nuestra imaginación fue el potente motor que posibilitó nuestra existencia en un mundo en el que siempre había imperado el ser más fuerte o el ser más hábil.
¿Recuerdas nuestros principios? ¿Recuerdas cómo se selló nuestro pacto? Ya sé bien que lo recuerdas, aunque a veces pienso que quizás prefieres olvidar lo que para ti ya nada significa. Fue nuestro primer viaje y el éxito nos nubló la mente, dejamos atrás el sentido común y por entero nuestra cordura. Al final, lo celebramos sin límites, pues fueron muchos años de lucha para llegar a conseguir esa primera victoria. Fue esa impulsividad juvenil la que nos llevó a cometer unos errores de los que me he arrepentido hasta ahora. Puede que mi silencio te hiciese creer en el olvido, pero yo nunca olvidé nuestra primera víctima; puede que tú ya la olvidaras, ya que nunca he visto en ti ni una pizca de humanidad en tus acciones, siempre disfrutaste durante la lucha y te vengaste a placer una vez conseguida la victoria. ¿Cuántas mujeres corretearon delante de nuestros ojos esas noches? ¿Un centenar? Nuestra victoria también favoreció a ese cacique de tres al cuarto y nos quiso recompensar rodeándonos de prostitutas, simplemente celebrándolo a su manera, y no nos negamos a ello, pues la tensión acumulada, la enorme distancia de nuestros hogares y el alcohol en cantidad nos transformaba en personas diferentes que se divertían al margen de nuestra realidad de jóvenes padres de familia. ¡Qué repetitiva y predecible siempre ha sido nuestra naturaleza masculina! Aunque no abogo por inculparme solo a mí mismo, de la naturaleza femenina también habría mucho que escribir, pues también sucumbe a sus propias debilidades, y me parece bien después de todo. Admitido esto, me perdía en playas solitarias a miles de kilómetros de mi hogar mientras mi mente embobecía ante borrosos relieves femeninos que posibilitaban el olvido de mi monotonía, convirtiéndome en un ser al margen del tiempo y del espacio, quebrándose mi voluntad para luego olvidar de inmediato la naturaleza de mi sueño. Pero echado en la arena, a mi lado yacían mujeres intentando apoderarse de mi voluntad, siendo esta fácilmente doblegable en esas condiciones —no lo niego—, y bajo el son de esa música no quise perder la confianza en mí mismo, y mis manos rozaban pieles ajenas como la manera ideal de desprenderme de toda la tensión acumulada bajo esos soles tropicales. Inmerso en este contexto, oí un grito y te vi con las manos entumecidas. En una sujetabas la cabeza del cuerpo inerte de la víctima, como si tu abrazo pudiera sanarla, y en la otra, una botella de aguardiente, mirándome atónito sin comprender, mirándote yo a ti, sintiendo nuestro mundo tan lejos, tan lejos de las leyes que conocíamos. Y tú, sin querer o queriendo, no me lo cuentes, mataste a una de esas prostitutas; no sé los motivos ni nunca te pregunté, pero quise protegerte y por una vez tomé las riendas de tu destino, te mandé a descansar y me encargué de todo. No me enorgullezco pero al menos ese cadáver no ha vuelto al mundo de los vivos, nadie ha investigado ni nadie notó su ausencia. Siempre esperé un desenlace cinematográfico en el que los asesinos son atrapados gracias a un detective sagaz, pero en la vida real no se resuelven crímenes de manera espectacular, más bien diría que la inmensa mayoría de estos quedan abiertos durante años, o, peor, quedan olvidados, y más aún si nadie echa en falta a la víctima. ¿Qué podríamos haber hecho? Somos cómplices del mismo crimen: tú el ejecutor y yo el sepulturero. No quiero juzgar tu ímpetu que no controlaste, no te quise torturar con preguntas, lo hecho no tenía vuelta atrás y había que actuar en consecuencia. Siendo conocedor de este evento luctuoso cuando un día perdiste el control de tu mente, te protegí en su momento y comprenderás que ahora me sienta traicionado, que me sienta como una bestia al ignorar tu culpa y tratar, en muchos momentos, de olvidar lo vivido, pues tuve que deshacerme del cadáver y olvidar esa noche aciaga. Y te repito que no sé ni quiero saber cómo llegaste a tal extremo, aunque no te noté muy apesadumbrado, como si tu mente estuviese preparada para no mortificarse ni por la culpa ni por el remordimiento. Yo volví a casa e intenté olvidar, siendo más atento con mi familia y centrándome en el trabajo de gestión en nuestras oficinas. Cuando volviste no quise sacar el tema si tú no te avanzabas. No lo hiciste y con el paso de los días llegó el olvido; pasé de pensar en ello cada día a prácticamente borrarlo de mi mente hasta ahora, cuando tu alma monstruosa se ha tornado contra mí.
Transcurrieron meses sin apenas hablarnos. Yo amaba mi empresa, pero los remordimientos fueron acrecentándose, ya que, de alguna manera, me incomodaba mi anterior vida de corsario, no le encontraba sentido a mis batallas y empezaba a reinterpretar mi ímpetu como si fuera un sinsentido robar la identidad de hombres inocentes. La visión del antes de los demás me empezó a atormentar y una chispa de arrepentimiento inundó mis pensamientos durante esa época. Pero no crucé la línea que hubiera desmontado toda mi vida, que me hubiera alejado de nuevas victorias si no hubiera encontrado un nuevo lenguaje para asumir las del presente. Mis sentimientos tenían la necesidad de desmontar parte de mi anterior vida, pues nuestros negocios en regiones remotas se tornaron promesas incumplidas, soledad y vacío intelectual.
Antes me fascinaba la llamada de lo desconocido. Luchábamos a destajo para cumplir nuestras exigencias de despacho y actuábamos al unísono, sin importarnos las polémicas, incluso favoreciéndolas para fomentar nuestra impulsividad. Fuimos maestros del sarcasmo y aprendí el modo de utilizar nuevos verbos olvidados para aplicarlos al mundo de los negocios. Al principio hubo algún tropiezo y, con este, la aparición de un primer desaliento, pero poco a poco vimos que jugar sucio era parte esencial de nuestra partida, que había que burlar las leyes de pueblos apacibles, aislar a sus líderes con suntuosos sobornos y degradar al resto como afirmación de virilidad económica. ¿Recuerdas la protesta de las antorchas? ¿Cómo esa jauría humana vino a quejarse ante nosotros? Me sentí perdido en esas tierras de caballos salvajes, pero pronto el gobernador nos trajo policías armados y sacerdotes indignos. Eso fue todo, así de sencillo, y al poco se acabó la protesta. Pero ahora me asquea pensar en todo ello. En una ocasión contratamos a una compañía de autobuses para que llevara a toda esa gente que nos estorbaba a los suburbios de una gran ciudad. Reconozco que no me preocupó qué sería de su futuro una vez que llegaran a cualquiera de esos centenares de barrios de chabolas que envolvían la gran urbe; seguramente les esperaría la muerte a los más viejos o la esclavitud a los jóvenes. Así era nuestra manera de actuar: no podíamos atender las solicitudes de todo el mundo, había un país que alzar económicamente y, evidentemente, el modo de subsistencia tendría que cambiar para muchos, era ley de vida. En Europa ya habíamos corrido la misma suerte en tiempos pasados, el mal llamado progreso nunca entendió de la conservación de tierras milenarias.
El ser aprovechaba cualquier oportunidad para seguir adoctrinándome con su discurso, no hacía más que hablar de la vertiente colectiva de mi naturaleza europea, una pertenencia unitaria que, cada cierto tiempo, había enloquecido armando pueblos por una defensa malentendida de su soberanía. Otros empezaron batallas para salvaguardar la identidad nacional o en pos de incomprensibles ámbitos teóricos que solo alcanzaron a comprender una minoría. Los efectos de estas transiciones siempre fueron, invariablemente, miles y miles de muertos en cada país, y toda una generación arruinada ante extrañas banderas que se enarbolaban prometiendo un futuro mejor; puede que lo consiguieran, pero dejando atrás un millón de muertos. Entonces, el ser me miraba, hacía una pausa en su alocución y, bajo los pelillos de su bigote, disimulaba una sonrisa de desprecio, considerándome un ignorante hasta de la propia historia de mi país, al desconocer la mayoría de hechos de mis antepasados más allá de escuetos titulares de libro de texto. Lo que le hacía gracia es que no poseyera el más mínimo espíritu crítico hacia esos mismos hechos históricos. Me interrogaba continuamente, me hacía responder lo que no sabía o no me había preocupado nunca en saber, los entresijos de la historia y la reflexión de sus causas. Bien, conocía los hechos, pero nunca me había preguntado por qué se había llegado a Auschwitz o al gulag. Para mí eran acontecimientos abominables, pero demasiado lejanos de mi tiempo, si bien comprendí durante sus charlas que dos generaciones era apenas tiempo, que el mundo de nuestros abuelos era extremadamente próximo a la actualidad si miramos nuestra historia desde una perspectiva más amplia. Sí, asentí. Todo eso pasó prácticamente ayer, pero ¡cuánto ha cambiado el mundo! La resolución de una guerra es un cambio de paradigma definitivo y una falla en el curso de la historia, existe la rotura, ya no existe el mundo anterior, un nuevo mundo se alza, por lo que, a medida que este nuevo mundo se va construyendo, se van dejando atrás una serie de valores o una concepción de la vida que es olvidada en la siguiente generación. Por tanto, la percepción psicológica es que ha pasado un tiempo mayor una vez asumida la ruptura y materializado el cambio. El ser gruñó levemente ante mi reflexión y cambió de tema al no poder darme réplica sobre este asunto. Entonces empezó a hablarme de las imperceptibles cadenas tecnológicas en las que está atrapada la sociedad del siglo XXI, manteniendo, nuestras comunidades, absurdos trabajos de esclavo que idiotizan nuestros instintos para no pensar, para no tener una visión crítica de lo que implica realmente el mantenimiento de una sociedad tan compleja, y es esa misma complejidad la que nos aleja del umbral de una verdadera vida de hombres y mujeres auténticamente libres que puedan sentirse realizados al margen de la mano salvadora de un estado paternalista. En uno de mis viajes australes, recuerdo ver a una mujer vestida de rojo, descalza; el vestido era todo harapos, en brazos un niño sonriente. Iban por la calle, la madre explicando un cuento y el niño riendo —era feliz—, la madre descalza, caminando por el páramo, un gato mirándolos y yo, desde la habitación de mi hotel, cerrando el trato que acabaría para siempre con esa imagen bucólica de paz familiar.
Al poco tiempo de descubrir los recursos naturales que ese valle recóndito escondía, entramos en competencia con otra empresa multinacional. Para evitar injerencias de otras potencialidades, estipulamos repartirnos el pastel de las riquezas, pero bajo el convenio de que la tierra sería para el primero que llegase a acuerdos en los diferentes pueblos de la región. El Gobierno nos había dado de antemano vía libre para la explotación, evitando decantarse por una empresa u otra, pues sabía que la ambigüedad le acabaría favoreciendo al no ponerse a ninguna multinacional en su contra y dejando que estas luchasen por la conquista. De esta manera, íbamos de poblado en poblado intentando captar a sus líderes o, más bien, a sus caciques para que nos permitieran iniciar la explotación en sus tierras, sobornando, claro está, a estos líderes con toda clase de presentes. Poco a poco fuimos trazando un mapa de nuestro territorio a explotar en competencia con la empresa rival. Nadie pensó en la cultura ancestral de esos pueblos ni en respetar su modo de vida tradicional. Abrimos extensas carreteras a través de la selva para posibilitar el paso de camiones y todo tipo de maquinaria para la excavación. Nadie tuvo en consideración las preocupaciones de los pequeños agricultores si, por mala fortuna, su terreno era apisonado por nuestras carreteras efímeras, que significaban más bien fronteras entre las dos empresas colonizadoras. Nadie les preguntó si su territorio era divisible; actuamos y sobornamos, creando las sutiles fronteras del capitalismo que ni aparecen ni aparecerán nunca en los mapas. Todo el mundo sabe que un mapa es un generador muy potente de ideología, y miles de muertos se han producido a lo largo de la historia para poder pintar de otro color el territorio más inaudito que ni sabía entonces ni supo nunca dónde trazar una frontera en medio de un bosque frondoso. Así, bien recordarás nuestras prácticas durante aquellos años: quien llegaba antes a un valle se lo apoderaba. Si el líder de cada uno de ellos no estaba de acuerdo, se le sobornaba a él o a un nuevo cacique que armábamos sin miramientos, y se apoderaba del pueblo con la promesa de trabajos en la nueva industria para los suyos, atiborrándolos de dinero fácil y de posibilitar su poder absoluto en las tierras que controlaba; alguno de ellos se construyó una mansión en medio de la selva, siendo un fiel sirviente para nuestros intereses. Pero luego vino la guerra comercial y, en los territorios indecisos, fomentábamos la confrontación, siendo los combatientes nuestros fieles trabajadores, ya que muchos perdieron la vida para conservar su puesto de trabajo. En esa guerra tuvimos derrotas desastrosas, como la de aquel poblado que sucumbió al ataque de sus vecinos apadrinados por nuestros rivales, y tuvimos que marchar todos de allí a la velocidad del rayo pues de lo contrario hubiéramos sido asesinados sin más. Aún recuerdo, en mi huida en helicóptero, ver la aldea arder y la mansión de piedra de nuestro cacique asaltada por la turba encolerizada, subido con su familia a nuestro helicóptero de rescate y maldiciendo a sus vecinos que se ensañaron con la totalidad de los habitantes de su pueblo, desconociendo el destino de todos ellos. De nuestro fugaz socio, solo decir que lo abandonamos en una gran ciudad con el poco dinero que conservaba, desentendiéndonos de él y su familia para siempre, o al menos hasta ahora que mi mente hace balance de todos estos años de fechorías. La deforestación siguió su curso y en pocos años desbrozaron el valle para abrir grandiosas minas a cielo abierto con que cubrir la inmensa demanda europea de minerales y de madera. Nos enriquecimos como nunca y con ello sentamos un precedente que después fue imitado por numerosas explotaciones por todo el mundo: depredar sin más hasta dejar un paisaje desolado de tierra quemada y comunidades divididas por un odio que hasta entonces desconocían.
Capítulo 11
Gruesas piedras comenzaron a caer del cielo como si se tratara de una lluvia de meteoritos, siendo esta de origen indeterminado, pues la atmósfera parecía tan densa que ni una enorme roca pudiera atravesarla a toda velocidad sin acabar hecha añicos por la presión y el rozamiento. Más allá de la cúpula de cristal que nos protegía, que abría un hueco de luz —la que emitía el propio planeta—, y con ella serenidad y confort, se extendía el magnánimo cielo de Júpiter, atestado de nubes tan densas como barro, cuya mixtura acongojaría a cualquier ser humano y lo dejaría inmerso en un gran desasosiego. No dejamos de ser animales espantadizos cuando se nos presenta la anormalidad y perdemos la guía del sentido común, y es cuando nuestra mente se llena de ideas marañosas, entramos en un bucle de irracionalidad y somos raptados por el miedo. Describo este sentimiento ahora que estos me han retornado a mi humilde cuerpo, pero allí nada percibía aparte de una extraña sensación de sordidez ante mí mismo, supongo que por los constantes ataques psicológicos del ser y por la naturaleza última del juicio. La tenebrosidad del lugar se introdujo en mi alma con el único fin de la torsión de todos mis pensamientos anteriores. Pero estos aún deambulaban por mi memoria, sobreviniéndome de manera espontánea como una mecha que se reaviva a un súbito golpe de viento. Recuerdos que delataban mi culpabilidad, siendo incapaz de escapar de ellos, atormentándome segundo a segundo, campanilleando en mi mente como si esta fuera también en mi contra.
En uno de mis viajes de negocios me encontré a un personaje singular. Se trataba de un empresario que se había enriquecido durante las guerras de los últimos años en Irak. No obstante, su personalidad distaba mucho de lo que presuntamente pensaba que podía ser un empresario de este tipo. Se tomó la libertad, al poco de conocernos, de hacerme una pregunta sorprendente. Me preguntó qué era lo que consideraba más valioso: una mosca o un Ferrari. Me quedé sorprendido ante tal pregunta, sobre todo viniendo de un tipo como él, pero me quedé más asombrado cuando me dijo que él consideraba mucho más valiosa la mosca que el Ferrari. Su explicación era que la mosca es vida y el Ferrari son solo hierros retorcidos, puede que una hazaña del intelecto humano, la expresión de un deseo, una obra de arte en definitiva, aceptando la definición de arte en su sentido más amplio, el cual incorporaría también en su interior a toda la tecnología humana. Pero todos sabemos que el arte es, en realidad, la representación de todo lo muerto: simular, imitar una realidad. El arte por definición es una representación no animada, un símbolo muerto de otra realidad plausible, y es nuestra imaginación la que hace el trabajo de la asociación de ideas, fabuloso trabajo, dirán algunos, la cuna de la humanidad tal como es, dirán otros. Cierto es que el arte, como percepción psicológica de una realidad, solo vive en nuestra mente, en nuestro imaginario colectivo y, en muchos casos, solo es válido dentro de los referentes culturales de nuestra comunidad y nuestro tiempo. Nuestro arte como anhelo psicológico solo es interpretable en nuestra cultura occidental, por eso no representa a toda la humanidad, solo a una parte, porque para muchas culturas nuestras representaciones no significan absolutamente nada. Este razonamiento también es aplicable cuando desde nuestra perspectiva europea contemplamos a otras civilizaciones del presente o del pasado y no las entendemos, y esta incomprensión es el abismo que nos separa a unos de los otros. Dicho esto, el empresario continuó con que cualquier objeto tecnológico que solo exista en nuestra mente está rotundamente muerto, significa solo una idea, una proyección de nuestros anhelos, siendo únicamente interpretable por mentes afines. En cambio, la mosca es un ser vivo perfecto que ha sobrevivido millones de años prácticamente sin alteración genética y seguramente sobrevivirá otros millones de años más tal y como la conocemos. Para el empresario este era un hecho fascinante, pues, si bien los objetos materiales de nuestra cultura durarán como mucho unos miles de años los más, una mosca, o cualquier especie afín, ha sido capaz de mantenerse inalterable durante millones de años. El cenit de la creación es la vida y nunca lo será un automóvil, una nave espacial o cualquier ingenio robotizado. Estas ideas sonaban harto extravagantes viniendo de un empresario que basaba su negocio en la tecnología y en un entorno donde se mataba a diario y no había el mínimo respeto hacia la vida, fuera esta humana, animal o vegetal. Nos encontrábamos en medio de una tierra quemada por el sol y por el hombre, arañada a base de zambombazos y depredada por la codicia internacional, abalanzándonos a sus despojos como hienas ante un súbito cadáver. Pero todo esto no parecía importarle. En medio de su discurso extravagante llegaba a soltar afirmaciones como imaginar insectos portadores del código genético humano, como si fueran mensajeros ocultos. Especulando, a continuación, que de haber existido otra especie tecnológica en la tierra, pongamos dentro del linaje de los dinosaurios, nada quedaría de ella después de su extinción decenas de millones de años atrás, pues para no quedar, se han transformado hasta los continentes, enormes montañas que ahora son llanuras y viceversa. ¿Un dinosaurio tecnológico? De haber existido sus construcciones, quedarían en nada a poco que pasara ni medio millón de años Pero, admitido esto, y aún inmerso en su discurso altanero, pensé en la objeción de los sedimentos; por muchos millones de años que pasen, la química pervive y alguna muestra de anormalidad quedaría en las capas de tierra correspondientes a esa época geológica. No abrí la boca y continué escuchándole, como una manera un tanto extravagante de pasar el rato. Aunque reconozco que su discurso me cautivaba. Coincidimos en el mismo hotel durante una semana entera y cada día me lo encontraba en la cafetería a horas intempestivas con sus sándwiches de pollo inundados de salsas nauseabundas y sus cervezas de cloaca, mientras devoraba con su boca mefítica restos de pollo sanguinolento y mayonesa aguada. Después de un par de bocados de desesperación, volvía con su colección de ideas abstractas, con sus delirios eugenésicos, con su imaginación sin límites sobre situaciones estrambóticas y todo tipo de gente extraña. Era un ser de racionalidad elíptica, seguramente un cretino en modales y de moral desnuda, pero su discurso me atrapaba como te atrapan las historias de extraterrestres o fantasmas, más por la incredulidad de que alguien haya podido tener semejante imaginación que por la verosimilitud de lo que se cuenta. Pero, ante todo, me atraía la pasión que desprendía al contar todas esas fábulas al primer desconocido que se encontraba en el restaurante; se te sentaba al lado y no podías dejar de escuchar su palabrería, era un charlatán decimonónico que se había equivocado de siglo, pero era espectacular su capacidad para amoldarse a cualquier entorno y realidad por alejada que estuviera de sus historias fantásticas. He de reconocer que me sumergía en su relato grosero de entelequias y quimeras, que se abría paso entre las tinieblas del conocimiento como quien pasea por el jardín de su casa exponiendo su fantasiosa versión de la realidad y la historia como si fuera lo más normal del mundo, como si aún no se hubiera dado cuenta de que el resto de la humanidad no pensaba, ni por asomo, como él.
Una mañana, a primerísima hora, al final de mi estancia en Irak, me lo encontré solo en la cafetería y nos saludamos afectuosamente, pues estaba cerca el final mutuo de nuestra estancia en esas tierras rotas. Le volví a preguntar por los dinosaurios inteligentes, historia inverosímil para el menos pintado, pero él parecía tener una suerte de adoración, de creencia inamovible, como la de los Reyes Magos para cualquier niño que nunca encuentra el momento para dejar de creer. Se le iluminó el rostro ante mi pregunta y volvió a su perorata alucinante, como una molienda a nuestro sentido común y, por extensión, al de la comunidad científica tan reacia a las suposiciones basadas en la inventiva humana. Quería compartir su hallazgo, más bien su circunloquio de pensamientos, con alguien y esa semana me encontró a mí de nuevo. Me habló de proyectos secretos y de cómo habían encontrado un extraño código genético escondido entre el ADN de diferentes insectos, como si estos transportaran información superflua que nada tenía que ver con esas especies, sino que un estudio comparado lo emparentaba con secuencias de código genético habitual en reptiles. Entonces pensé, mientras se explayaba en conceptos científicos que no llegué a entender del todo, que, si el paso de millones de años desdibuja hasta los continentes, ¿cómo perpetuar nuestra existencia? En unas decenas de miles de años ya no quedan huellas de nuestra civilización, en millones absolutamente nada, y ahí estaba la respuesta: la clave de la inmortalidad como especie se basaba en esconder nuestro código genético en especies que se sabe, por experiencia, que son capaces de sobrevivir millones de años prácticamente sin alteración génica. Entonces expuso varios ejemplos bien conocidos: hormigas, escarabajos o moscas podrían ser nuestros huéspedes para los próximos millones de años, esperando que en un futuro lejano una posible civilización inteligente y tecnológica capaz de la manipulación genética pudiera devolver al humano a la vida, previendo su final en un momento u otro. Entonces exponía su alocado argumento, como que podríamos introducir cadenas de nuestro código genético en el código genético de estos insectos con una secuencia previa que lo atenuara y no se manifestara en los insectos huéspedes, pero que sería trasladado de generación en generación durante millones de años, significando esto que la especie humana se convertiría en una especie de parásito genético para muchos de estos insectos. Para asegurar el tiro, se debería incrustar en varias de estas especies de asegurado éxito ecológico. Me fascinaba esta teoría, puede que como muestra de mis escasos conocimientos científicos, pero el concepto captaba mi atención. Él seguía hablando con la boca llena de sus inmensos y goteantes bocadillos de mayonesa; disfrutaba contándomela, seguramente repetía la misma acción en cada uno de sus viajes, perfeccionando los argumentos mientras veía cual de ellos captaba más la atención. Llegado el momento en que ya no podía abstraerme de su cháchara, me habló de los proyectos secretos para descifrar estos códigos de una supuesta civilización inteligente que habitó nuestro planeta hace sesenta y cinco millones de años, y realizó este tipo de experimentos genéticos. Me contó que existían proyectos secretos que investigaban en este camino, pero él me lo contaba tan tranquilo mientras continuaba devorando su hamburguesa. «¿A qué te dedicas?», le pregunté al sentir curiosidad por la vida del sujeto. Fue cuando me contó que tenía negocios con su Gobierno en una empresa de mantenimiento de tuberías para extracciones petrolíferas, me explicó los proyectos de agujerear completamente el mundo para extraer el poco petróleo que quedaba, que se desbrozarían los bosques de Canadá y Siberia y, con suerte, si de una vez por todas se retiraba el hielo del Ártico, seguirían por esas tierras, pero que por desgracia él ya no lo vería. Y me advirtió de que existen decenas de vampiros del capital esperando ese suceso para hincar el colmillo a todos los recursos minerales que se suponen bajo los centenares de metros de hielo que aún los cubren, siendo un pastel muy apetitoso para todos ellos. Estaba de acuerdo en destruir ecosistemas si se había hecho lo mismo en el pasado y, con el tiempo, se habían recuperado, como así lo creía. Era indudable que tenía una mente práctica y no veía más allá de las puras generalidades. Hasta yo me puedo dar cuenta de que destrozar un bosque virgen es una pérdida irreparable, y, por mucho que al cabo de unas décadas vuelva a existir otro bosque, este no estará poblado por las mismas especies, y con toda probabilidad una riqueza de especies amalgamada durante millones de años habrá sido sustituida por unos cuantos hierbajos, árboles oportunistas y poco más. De esta manera, estando inmerso en estos pensamientos, mientras él criticaba a ecologistas por su exceso de utopía y poca acción, y yo me evadía de su palabrería que no era más que una muestra inequívoca de persona poco cuerda, un inmenso estruendo rompió los cristales de la cafetería. Una avalancha de mesas y sillas se nos vino encima en un suspiro, con lo que solo pudimos lanzarnos debajo de nuestra mesa, y esta y el parapeto que separaba dos zonas del comedor nos protegieron de un sinfín de cristales, maderos desgarrados y cachivaches de latón que impactaron como bólidos en la pared del fondo, siguiendo un invariable ángulo de incidencia hasta el final, sesgando el cuerpo y la vida a más de un cliente.
El bombazo fue a escasos cien metros del hotel, lo suficientemente lejos como para no recibir el grueso del impacto de la detonación, pero demasiado cerca para que los cristales pudieran resistir la onda expansiva.
Los dos nos manteníamos agazapados en el suelo y una nube de polvo amarillento nos cubrió por completo, dejándonos apenas respirar y sin oír otra cosa que un pitido constante en el cerebro y, muy a lo lejos, las alarmas de los locales cercanos. Oí su voz entre las tinieblas.
—No te preocupes que todo esto ya se acaba.
Aturdido, sí que me preocupé por su estado de salud.
—¿Que no me preocupe? ¿Estás bien?
Soltó una carcajada burlándose de la situación.
—¿Yo? Sí, claro, todo esto me da vida, es mi tercer bombazo. ¡Gloria a un nuevo día!
Capítulo 12
El final de la lluvia de meteoritos significó la vuelta a las sesiones del juicio. La cúpula de cristal se había mantenido intacta pero el cielo de nubes quedó horadado por el paso de los bólidos, alterándolo sin vuelta atrás, como cuando se remueve una sopa. Ya nada tenía el mismo aspecto que el día anterior. Entre el público se notaba una extrañeza en su comportamiento, como si los meteoritos hubiesen roto un esquema en sus vidas, o al menos una cotidianidad que duraba quién sabe si siglos; una disposición de las nubes a la que se habían acostumbrado y que, de manera súbita, había cambiado completamente para ellos, aunque para mí el desparrame caótico era similar, por no decir casi idéntico al desparrame del día anterior, si es que en ese planeta se medía el tiempo igual que en la Tierra, cosa que dudaba. Ponían mala cara y discutían por cualquier tontería o roce entre ellos, por lo que los guardianes tenían que llamar al orden con frecuencia. Pero el público se mantenía menesteroso, signo de una inquietud indeterminada, o pudiera ser que ya se encontraran hastiados del juicio, como si mi presencia ya no fuese una novedad y estuviesen deseosos en ver cómo había cambiado el paisaje de su planeta después de la lluvia de meteoritos. Tenían la impaciencia de los viernes humanos para desprenderse de sus obligaciones y cambiar el paisaje de sus ojos. Allí, entre el público, se mantenían seres leonados, cuya principal actividad era delimitar sus asientos con extraños gorgoteos, manteniendo unos metros entre ellos y el resto del público que, en la mayoría de las zonas, se hacinaban unos contra otros como corderos encerrados en su redil. ¿Quién sería toda esa gente? ¿Dioses? ¿Héroes? Algunos parecían muy humanos. En cambio la expresión de otros rayaba lo monstruoso, formas que hasta ahora no eran conocidas por la humanidad, unos con aspecto de mendigo, quizás por las barbas nunca afeitadas ni recortadas, otros con aspecto de lamia, escuálidos, como lagartijas mal alimentadas, escurridizos en sus miradas, pero igual de ruidosos en sus protestas. Uno de los altercados implicó a un cíclope al que llamaban Polifemo. Siendo el único que no discutía con nadie ni parecía tener la mínima intención de hacerlo, su actitud era más bien de abstraerse de su entorno y de no importarle en absoluto la forma adquirida por las nubes de gas. Ese talludo ser estaba sentado en un banco solitario y, de vez en cuando se rascaba la cabeza. Parecía no despertar demasiado entusiasmo entre el resto del público, por lo que nadie se le acercaba, quizás por respeto, puede que por temor. Vestía un simple quitón, pero tenía prácticamente todos sus brazos recubiertos de motas negras, como si de un perro dálmata se tratara. Una mirada más atenta me hizo ver que esas manchas negras en su piel se movían ligeramente, como si respiraran o quisieran desplazarse un milímetro de su posición inicial. Pude ver, cuando ya estuve cerca del cíclope, que en realidad eran sanguijuelas, decenas de esos seres adheridos a su piel y chupando su sangre como si se tratara de una práctica habitual a la que estaba acostumbrado, aunque podías llegar a pensar que ni se había dado cuenta de su existencia, al menos por la tranquilidad que demostraba, como si no les diera la mínima importancia; seguramente sería el motivo por el que nadie se le acercara. Empezó un nuevo revuelo cerca de donde se encontraba el cíclope y este acudió a imponer paz, como si de golpe se le hubiera acabado la paciencia. Pero, entre la algarabía formada en una de las puertas de entrada a la sala del juicio, pude adivinar que la discusión se debía a una enorme piedra que había caído rodando desde una ladera cercana hasta destrozar una parte de la muralla, alcanzando a algunas de esas criaturas que caminaban a través del adarve. Aparte del estropicio, la enorme piedra quedó a modo de tapón en una calle entre la muralla y el castillo. Por la ladera alguien bajaba a toda prisa y dando gritos de advertencia ante el peligro del desprendimiento, pero pareció que nadie le hacía caso, como si ya lo conociesen de otras veces o soportasen esos desprendimientos de rocas como algo habitual en los aledaños del castillo. El cíclope fue a su alcance y lo que yo intuía como una pelea repentina se convirtió en un inesperado abrazo afectuoso. Al poco comprendí, al oír los comentarios del gentío allí congregado, que el recién llegado era Sísifo, condenado por los dioses a empujar monte arriba una enorme roca para toda su eternidad, aunque parecía no estar apesadumbrado por la condena. Y parecía que, con el cíclope, eran muy buenos amigos.
—¡Por poco os mato! —repetía Sísifo acalorado por el rápido descenso.
—No te sofoques —Quiso tranquilizarle el cíclope—, las víctimas solo han sufrido rasguños al tener que apartarse precipitadamente del desplome de la muralla y al caer al suelo han sufrido algún roce o magulladura. Respecto a la piedra, ya sabes que a ti no te culpan, es tu condena y si algún otro día llega a caer por aquí, sabremos que es culpa de Zeus, y contra eso nada podemos hacer, simplemente resignarnos y estar al acecho.
—Gracias, amigo. No pude hacer más, me fallaron las fuerzas cuando estaba allá arriba.
—Venga, toma un poco de agua que aquí no ha pasado nada. Pensábamos que había sido uno de esos meteoritos y nos entró el pánico, pues eso significaría que la cúpula que nos protege habría sido horadada. Sentimos gran alivio al descubrir que se trataba de tu piedra.
Fui testigo de todo ello mientras esperaba a que se reanudara el juicio. Antes del estrépito estaba custodiado por dos lanceros que se olvidaron de mí al caer la roca y fueron a atender a los heridos. Del ser no sabía nada, aún no había aparecido por el castillo, o pudiera ser que se le hubieran pegado las sábanas. Yo también me olvidé de que nadie me custodiaba, al menos durante unos minutos, al quedar absorto por los sucesos de la calle, más que nada por el revuelo y las discusiones espontáneas, también por oír la conversación entre el cíclope y Sísifo, que comentaban con frialdad detalles del juicio justo debajo de la ventana donde me asomé.
—Me queda claro que el cerdo no enfoca bien la realidad, pero, como las tormentas de primavera, su curso será pasajero.
—Si pudiera promovería la ironía respecto al cerdo, porque son muchos los pecadores. Si se condena a la humanidad, ¿qué va a ser de nosotros? Nuestro origen es humano lo queramos o no. Vamos a tener que encerrarnos en nuestras casas por toda la eternidad.
—No, no, ¡de ninguna manera! Aquí ciertos animales se han creído lo que no es y de momento los héroes somos medio humanos o antes lo hemos sido del todo. Es bien sabido que tenemos una necesidad ancestral de humanidad; también es cierto que demasiadas veces maldecimos a nuestros descendientes, pero ¿qué pueden hacer ellos, tristes mortales de pocos años de vida sin apenas experiencia, por el mundo?
—Sí, a veces te desesperas con tanto infantilismo, pues apenas, llegados al medio siglo de existencia, ya pretenden gobernar países y dirigir su destino, y ahí está el error de las sociedades modernas: creer saberlo todo sin apenas conocer nada.
—Bueno, tampoco les queda otra opción. Siempre hay tanto por hacer… Ars longa, vita brevis.
Desde nuestro interés no importa quién dijo qué y quién respondió lo otro, Polifemo y Sísifo hablaron un rato, pero lo relevante de toda esa conversación fue intuir que había una cierta crítica popular al margen del discurso oficial de condena hacia la humanidad, parecía que todos los que vivían bajo esa cúpula no opinaban igual y existía cierta disensión entre los habitantes del castillo, como si algunos pensaran que se trataba con demasiada dureza los asuntos humanos, tan esclavos, nosotros, y de una naturaleza tan voluble.
Pero, ante el abismo de olvidar mi naturaleza, pude ver de nuevo, ya a pocos pasos de mí, pero aún entre rocas macizas y danzas en las nubes, a mi Perséfone. Llegó ella tan blanca de cara entre el trasiego de unas copas que se repartían entre el público para un brindis ritual. Mis temores cristalizaron ante su mirada, pues pude adivinar mi condena y el conocimiento seguro de ser presa de Hades. Pero ahí estaba Perséfone, seguramente sabedora ya de mi destino. El de mi cuerpo, ser desollado, y el de mi alma, ser vertida a ese guijarral que conduce a la puerta del infierno, frondoso y apetecible destino para el condenado, al menos en primera apariencia, aunque ya sabía que después sería engullido en sus fuegos para toda la eternidad. Pero una segunda mirada con más detenimiento me dio una evidencia de salvación en sus ojos. Puede ser que fuera el leve latido de su corazón, su respiración entrecortada que ahuecaba y volvía a llenar su vestido como el compás de un diapasón, un leve roce de la tela con su piel que emitía un leve golpeteo rítmico, síntoma inequívoco de vida, como el bezo de una herida, rojizo casi carmín en la juventud, levemente amarillento ya en la vejez; una tonalidad, la de juventud, capaz de azuzar la concordia y de hermanar a los pueblos, dejando atrás para siempre las disputas y la guerra, perenne, morbífica, siglo tras siglo. Fue durante estos pensamientos que duraron no más de un par de segundos, o fuera quizás su ropa transparente, cuando se rompieron de pronto las paredes de mi corazón, cuando se desprendió todo luto de mi mente. La fiebre endureció los alvéolos de mis pulmones y la olvidada adolescencia de mi cuerpo cobró vida de nuevo, recordando emociones que había olvidado muchos años atrás, cuando, desvergonzado por no temer a nada, similares mujeres desenfadadas se acercaban a mí con perfumes de domingo, guarnecidas y deseando ser acariciadas por la piel de mi juventud, poniéndome a prueba en esos primeros lances amorosos para no asustarme de mí mismo, pruebas femeninas a una masculinidad incipiente. Así era ella y así mis recuerdos. Me imaginaba que estábamos juntos, en soledad, ya lejos de ese juicio, uno delante del otro, desnudos, en la soledad mágica de Adán y Eva sin visitantes inoportunos, pensando más en sutiles caricias que en alocadas fornicaciones, ignorando ya a animales y dioses traicioneros, olvidándonos de los testigos que abrieron las llamas de nuestro silencio, mientras un oscurecimiento nos circundaba, transfigurándonos como simples humanos que se maravillan ante una inesperada conquista, cuando no se pide permiso para besar y ambos jugadores actúan con lealtad al margen de todo juez. Me acerqué un milímetro sin esperar interrogaciones, estando ajenos al tremendo alboroto a las puertas del castillo, donde, bajo la barbacana, se había concentrado la multitud a la espera de que se abriese de nuevo la puerta cerrada por precaución segundos después del desprendimiento. Por fin pude ver al ser entre la muchedumbre, conversando amigablemente con Sísifo y el cíclope, que ya se habían alejado de mi posición. Intuí que pudiera preguntarles sobre mi estado, si ya me habían llevado a la sala y estaba bien vigilado. Debió de asaltarle una duda repentina, como si Polifemo le hubiera advertido de que los lanceros que me custodiaban se encontraban en esos momentos conteniendo a la muchedumbre, con lo que pude advertir la impaciencia del ser tratando también de acceder al interior del castillo, pues su misión era vigilarme personalmente y no debía fiarse de los lanceros, como bien había sucedido, intuyendo quizás un encuentro con Perséfone, como así estaba sucediendo, pero en realidad todavía era un reo solitario y sin saber cómo ni dónde huir.
Capítulo 13
En la sala solo quedaba el séquito de Hades ajeno al griterío y a cualquier minucia que pasara en los aledaños del castillo. Perséfone seguía pendiente de mí y Hades soltaba sonoras carcajadas ante algún tipo de anécdota contada por alguno de ellos, ensimismados aún con el brindis ritual compartido, o bien podría ser que mi heroína los hubiera hipnotizado para que me ignoraran, para que nadie se preocupara de mi custodia. Quién sabe si después de tantos siglos en ese mundo hubiera arrebatado poderes a los dioses o, al menos, el conocimiento de cómo ponerlos en práctica. Lo único cierto es que nuestras mentes estaban conectadas y al margen de nuestro entorno; y, a la vez, todos los animales y seres indeterminados habían dejado de prestarnos atención, y así nosotros poder aproximarnos sin la mirada amenazadora de todos esos buitres que me querían juzgar a traición. Ella era el único código que podía descifrar, el único contacto de mi humanidad perdida. Enseguida mis labios balbucearon un levísimo «ayúdame a huir», casi inaudible para mí mismo, pero ella arqueó las cejas y una leve sonrisa acompañó su cálida mirada, como asintiendo a mi petición de auxilio, como si ella tuviera la capacidad de devolverme a la vida y poder despertarme de una vez por todas de esa horrible pesadilla.
—Te suplico, mi reina, música de mi mente, busquemos la manera de despertar y huyamos por el horizonte, no nos agobiemos con exigencias súbitas y marchemos de una vez. Ayúdame a salir de aquí, ayúdame a volver a ser humano, a volver a ser un hombre con mis problemas y sonidos, ayúdame a moverme de nuevo hacia la imperfección de mi vida.
Perséfone, que me escuchaba ya seria, como pensando una manera de liberarme, se sintió sobresaltada por mis deseos tan humanos que le resultaban novedosos después de largos siglos de reclusión y de tristeza. Siempre había andado a la sombra de su tutor, o más bien de su secuestrador, ese ser abyecto y despreciable, que después de aplacada su súbita risa ladeó la cabeza y por fin clavó su mirada en nosotros, mirada de víbora, hipnotizadora de mortales, siendo la proyección de todos los pecados del alma que observa, vislumbrando sus malignos propósitos, desentrañando todos los secretos de mi mente sin que yo pudiera evitarlo. Entonces vi cómo la campana de un pueblo volteaba sonoramente, la niebla que se quería aposentar en los tejados y las calles desiertas, en silencio, y, al final una escalinata, la entrada a una taberna. Un tropel de mujeres salía de las casas alborotadas, sollozando, ansiosas por llegar al local, encontrándose allí a cuatro hombres armados. Sonaron dos tiros solitarios, luego la estampida, los gritos, la unidad en los llantos. Mis tripas se revolvieron como un terremoto telúrico al ver a ese hombre que disparaba, que cercenaba la vida de inocentes; ese hombre que, con esa misma camisa, perezosamente, años atrás, agasajaba mis comentarios y me daba confianza para unos tratos ventajosos sin saber entonces, pero viéndola ahora, la maldad que creé, a través de la mente de Hades, entre nubes tremebundas, donde tu dios, tu monstruo, me muestra mi desdicha en esta especie de pantalla incrustada en la roca, restaurando oraciones en las que se pierde mi mente, mi cuerpo ahora amorfo. Como un pelele soy conducido e interpelado, se me muestran las consecuencias de mis actos, consecuencias entonces ocultas, acaso intuidas, siempre ignoradas.
—¿Qué quieres de mí, portentosa Perséfone? Tu acompañante ya me ha enseñado sus armas y ahora me siento entre demonio o bufón.
Ante mis palabras, que sonaron como un llanto, Perséfone me cogió de la mano y me dijo:
—No temas por tus actos, no es solo a ti a quien se juzga, es al conjunto de la humanidad a la que perteneces a quien finalmente se condenará, porque eso ya es seguro, tu alma simplemente ha sido una presencia necesaria, pero no es solo a ti a quien se condena, por lo que no debes aguantar más toda esta sinrazón. Has de volver a tu mundo. Tienes que huir a la mínima posibilidad que surja y ahora es el momento adecuado, puede que el único momento que se te presente, porque una vez leída la sentencia te encerrarán en el sótano y se olvidarán de ti para siempre, aunque esta no te juzgue como ser individual, sino que lo hará en representación de toda la humanidad. Tú confía en mí, que saliendo de este castillo llegarás rápidamente a tu mundo, no me preguntes cómo, pues tampoco lo entenderías. Simplemente intenta salir por donde yo te diga, solo con que te alejes unos metros ya estarás salvado. Huye en cuanto puedas; huye, que esto no es real.
Mi mundo, mi lejano mundo, lo había dejado, como siempre, inmerso en sus batallas, en las que no se esconden, en las que aún se muestran con descaro y en las subterráneas, puede que mucho más efectivas en sus nefastas o benéficas consecuencias, según sean los ojos de los interesados. Mi interés siempre fue por el silencio y la discreción, el de cerrar tratos sin ruido mediático, el de quebrar voluntades por la fuerza del desinterés. Nunca avivé un conflicto, mucho menos entré en guerra dialéctica o visible, siempre me moví por las cloacas del poder, ese territorio al margen de las leyes en que se encuentra todo gobernante corrupto, ávido por el intercambio de intereses; esos minotauros veladores de sus laberintos, que solo ellos conocen a la perfección, tanto sus caminos como sus salidas, a todos ellos me debo sin necesitar nunca a mi Ariadna, pues ellos mismos serán los interesados en que conozca su laberinto, aun siendo este inmenso. Me facilitaron guías y todo lo que necesité, pues mientras quemaba un bosque virgen, mientras transportaba a Europa todo lo aprovechable, supe enriquecer hasta la saciedad a cada minotauro, embelleciendo su laberinto, aunque solo fuera su centro, aunque sus pasillos fueran pocilgas y sus moradores vivieran en la absoluta miseria.
Mientras tanto, seguían resonando las palabras de Perséfone en mi cabeza: «¿No ves que no lo son? ¿No ves que los animales hablan como humanos? ¿Cómo iban a hablar como una persona? Fíate de tu sentido común, ¡todo esto no es real! ¡Huye! Porque los animales, si hablaran, nunca se expresarían como nosotros, su visión de la realidad es totalmente diferente y sus argumentos nada tienen que ver con los nuestros. ¡Huye! Hazme caso y huye, porque son los hombres los que hablan y ya conoces tu naturaleza, el engaño que subyace en cada palabra, con sus dobles sentidos que nos sirven para traicionar. La humanidad, en el fondo íntimo de su ser, es pura perversión, pura maldad y agresividad. Piensa que los humanos supervivientes habéis sido los más violentos de entre todas las humanidades que han existido. Existe una violencia latente en cada uno de vosotros, una genética brutal capaz de grandes logros intelectuales, pero a la vez de grandes masacres y genocidios».
Mi huida fue tan irreal que es el único pasaje que se me antoja realmente como un sueño, si hubiera llegado a asumir que realmente me encontraba bajo las nubes de Júpiter, y que mi estancia allí se debía a algún tipo de sortilegio mágico de todos esos seres; aceptando de manera bastante irracional e ilógica mi situación, era inevitable que mi mente flotara en esa irrealidad en mi huida, porque, si bien pude admitir mi llegada gracias a un ser fantástico que me condujo por estos laberintos pétreos, sin apenas recordar el tránsito de un planeta a otro, sin querer analizar la lógica en todo ello, ¿qué podía significar mi huida ante tal situación? ¿Quién habría al otro lado de la puerta para que me guiase de vuelta? Y, si nadie había, entonces, ¿cómo volver? Perséfone no me dio ninguna instrucción, simplemente me mostró una salida, una pasarela levadiza en la muralla trasera del castillo que me conducía directamente al roquedal, y el anhelo por huir era tan grande que apenas tuve tiempo de realizar estas reflexiones, así que fueron unos segundos de vacilación, una duda racional ante lo inaudito que me paralizó durante unos segundos, solo el grito del ser cuando desde lo lejos, y aún atrapado entre la muchedumbre, advirtió mi huida al ver cómo el puente levadizo se posaba sobre la ladera contigua al castillo y yo asomándome aún sin la determinación de cruzarlo, un puente que solo debería servir como vía última de escape y del que solo unos pocos serían conocedores de su existencia. Pude oír el grito resonar entre la ladera de rocas y la muralla sustrayéndome de golpe de mi ensimismamiento; fue verlo empujar a los demás seres para abrirse camino y, cuando pudo liberarse del gentío que lo atrapaba, escalar por la ladera en largas zancadas me apresuré a atravesar el puente y adentrarme rápidamente entre el hueco de las rocas que Perséfone me había indicado, pensando solo en huir de ese ser custodio, símbolo de mis cadenas y de la opacidad que para mí significaba su mente, y en extensión la de todos los demás seres de ese mundo. Deseaba volver a mi anterior vida, muy alejada de especulaciones trascendentales, pero vida al fin y al cabo, con mis errores y mis vanidades, puede que también alguna muestra de egolatría (nunca fui un hombre manso y cauteloso que deja pasar la vida ante sus ojos sin reaccionar). Puede que fuera mi carácter, puede que fuera mi adusto perfil, pero desde joven se me habían abierto todas las puertas, adoptándome como protegido para quien entonces ostentaba el poder, seguramente por recordarles a ellos mismos cuando eran jóvenes que el mundo empresarial siempre sigue los mismos derroteros, y aún más si se trata de una gran empresa multinacional en las que hay que dar solución a negociaciones abruptas de la manera que sea. La intimidación siempre es el primer paso para eliminar a quien quiere entorpecer, para eso es necesario tener aplomo, y yo lo tenía ya desde muy joven, estando más alerta que mis superiores, cuando ya los años les habían hecho bajar un poco la guardia, y con ella la pizca de maldad necesaria para tener éxito en cualquiera de nuestros asuntos. ¿Recuerdas el día en que se me concedió el ascenso? Nuestros superiores fueron víctimas de acoso político por haber cometido el error de perder el anonimato, queriendo conseguir dimensión histórica, ya en su vejez, tomando posesión como nuevos diputados. Fue su perdición y el motivo por el que nosotros dos, aún siendo tan jóvenes, llegamos a la cúpula de la empresa. Nos prometimos no cometer nunca ese error y ser luminarias libres dentro del angosto mundo de los negocios. Tú fuiste más de negociaciones subterráneas, pues no poseías mi don de la metáfora ni mi amalgama verbal, necesaria para maravillar a gobiernos corruptos. Así que mi tarea era viajar y abrir los terrenos para que tú, con toda la maquinaria destructiva, entrases en tromba a apoderarte de los frutos de la tierra, que en nuestro caso siempre fueron gas, petróleo bituminoso y minerales de difícil y destructiva extracción. Al final, siempre éramos felicitados y eso nos descargaba de alguna mala práctica que siempre era más o menos necesaria. Así que en el corazón de mi apocalipsis encontré una inesperada ayuda y se me mostró una huida. La aproveché. Al adentrarme en la oscuridad de la cueva solo recuerdo un pitido ensordecedor que me tumbó en el suelo polvoriento y, mientras sollozaba inmóvil, sentí una absurda sensación de velocidad.
Capítulo 14
El retorno a la vida fue un destello de luz azulada y acordes de Debussy. Regresé con la idea de escribir para redimirme de mi pasado, pero sin saber por dónde empezar mi relato. En un principio tuve que acompasar mis pensamientos, recomponer mi situación y, desde una cama de hospital rodeada de delgados barrotes, volver a sentirme humano. A nadie le sorprendió mi recuperación. Desde la noche del miedo, coros de médicos habían tranquilizado a mi familia dándoles la confianza de que, en pocas horas, recobraría el conocimiento. Por el momento todas las piezas encajaban, y desperté según lo previsto, sin sorpresas ni espumarajos de desesperación. Fue un retorno a la vida de enfermo timorato, con la vergüenza de sentirme protagonista de la situación. Mi mente parecía haber cambiado y me sentía dentro de una serenidad inusual en mi carácter. Una nueva mentalidad estaba encajándose en mi mente y, aún sin resuello, pedí perdón a los presentes por no haber muerto. Ese instante marcó un antes y un después en mi vida. Clara me miró estupefacta. Tú a su lado, intentando dar notoriedad al evento, aun siendo una treta de lagartos, pues era evidente que hacías elucubraciones para intentar eliminarme de nuevo. Pero desperté con serenidad, consciente pero no colérico. Noté con desazón que apenas podía moverme y, si lo hacía, me fustigaba un intenso dolor en la piel, como de decenas de agujas clavándose sin piedad. Fueron quince, acaso veinte minutos los que tardé en balbucear la primera sílaba después de que la primera imagen entrara por mi retina. Más tiempo para realizar un pequeño movimiento de brazo, un gesto humilde reclamando la proximidad de Clara, al menos sentir el tacto humano después del viaje experimentado. Me sentía ridículo y una especie de vergüenza aplacaba la impulsividad que había definido mi carácter. Noté, con cierta alarma, dos grandes cremalleras que inmovilizaban mi cuerpo. Las miradas eran, para mí, disidencias que se desprendían de todos esos ojos que me traicionaban, y yo los captaba como el animal que intuye su muerte a manos de incomprensibles prácticas humanas. Entre mis sábanas se barajaba el juego de una contienda sexual que fraguaba la gran traición a mi persona. Sin embargo, algo os retenía para no actuar a cara descubierta, para no darme el último sablazo. Allí estábamos los tres, en una edificante imagen de buena esposa y buen socio, mejor amigo y salvador de todos mis problemas burocráticos en los tiempos del desorden. Pero ya sentía que erais vosotros los que estabais cautivos dentro de vuestras escasas posibilidades. No sabíais cómo actuar. Vuestro plan había fracasado y no teníais otra alternativa, al menos de manera inmediata. Como bestias poco inteligentes os debatíais dentro de la duda, otro percance os acabaría delatando, un crepúsculo prematuro que os conduciría al abandono por despecho y a un final incierto. Os pedí un sorbo de agua y acudisteis solícitos a mi reclamo. La tormenta del asesino fallido se puede ver a dos horas de navegación de su víctima. La suma de nubes negruzcas hace inútil su disimulo. Ya jamás podrá sanear su terreno. Yo, en cambio, en un principio, preferí cerrar la puerta de mis sueños y guardarme para mí la gigantesca apoteosis que empezaba a deambular por mi cabeza, ya como realidad y no como sueño. Guardaría mi treno para una ocasión mejor y, de momento, resucitado como Prometeo, me limitaría a sonreír y a dar gracias por el interés mostrado. Simplemente insubstancialidad. Luego ya vería. Pero no pudiste evitar atender a una llamada de negocios. Aunque diste unos pasos atrás con discreción y hablabas en voz baja delante de la cortina. De nuevo volví a sentirme forastero, sentí el reclamo de los verdores del mundo y rechacé toda la jerga de tu conversación que me llegaba a retazos. Me dieron náuseas de estómago revuelto y supliqué que te fueras. Ya tenía previsto hablar contigo en otro momento, el triángulo no era la mejor fórmula para dar a conocer mi relato.
Clara se adaptó a mi carácter huraño pensando que solo se trataba de una reacción pasajera a causa de la medicación y de la experiencia traumática. Solo era pensar en lo sucedido esa noche en el jardín y tener muy claro que no fue un desvanecimiento casual. Había sido, de alguna manera, envenenado y ahora me queríais hacer creer que fue simplemente un episodio repentino de muerte súbita, consiguiendo, de manera milagrosa, poder reanimarme al encontrar un desfibrilador en el gimnasio cercano a mi casa. Sonreí al oír vuestra excusa facilona. Sin embargo, el rechazo a vuestras explicaciones no fue en modo alguno la afirmación de una explicación alternativa. Al menos esperaría a estar del todo recuperado. Mi pensamiento consistía en algo más que echaros en cara vuestra estratagema. La verdad es que no sentí por vosotros ni rechazo ni rabia, simplemente indiferencia. La tensión en mi mente era cada vez mayor a medida que iba recordando mi viaje y, a la vez, convergían en mi mente razón y felicidad. No hay mejor bien que la tranquilidad de espíritu, y esta había inundado mis pensamientos. Entonces veía los vaivenes de Clara, nerviosa, zarandeando sus ideas a cada sobresalto repentino. Como el momento en que me encontró desnudo en el pasillo. Mi meta era alcanzar un ventanal para ver el mundo desde una perspectiva más amplia, pero me descuidé de ponerme el batín y la camisola de enfermo se desprendió a los pocos pasos. Tuve la impresión de ser el único paciente del hospital. Ningún ruido, nadie correteando por los pasillos ni una leve conversación en alguna sala de espera. Todo era silencio y orden, por lo que mi travesía era camino despejado. Me vi reflejado en un espejo y pude ver el sombrío de mis ojos y la carnosa blandura de la piel de mi cara. En nuestro nuevo siglo la humanidad está dividida en dos clases: los jóvenes, mercancías valiosas de culto y negocio, y los maduros, valorados como barricas de roble por unos pocos expertos. Mi travesía me hizo penetrar definitivamente en el segundo de los grupos y comprendí que dondequiera que fuera sería ya siempre tratado de usted. A la vida había vuelto sin que nadie me besara la nuca ni me abrazara. Volví solo para contemplar vuestras miradas atónitas que aún no creían haber fallado en vuestros planes.
El sentimiento de soledad era abrumador y, después de despertar, busqué de manera desesperada algo que me distrajese de ese pensamiento recurrente. Ya no podía confiar en Clara, solo esperaba que ella planteara el divorcio y el reparto de bienes de un momento a otro. No pondría pegas y le daría toda la libertad para que se quedase con lo que quisiese, «no voy a mover ni un dedo por conservar mis posesiones». ¿Cómo podría manejarlas? ¿Cómo podría llevar una gestión al nivel de mi anterior vida si me sentía una persona completamente diferente a la que era antes? Ahora siento que no las necesito y he de ser fiel a este sentimiento. En las horas posteriores a mi despertar, me adentré en un silencio imprevisible para mis veladores, un silencio que seguro que os dejó descolocados y sin saber qué hacer, atónitos a las facilidades que os ponía al desaparecer voluntariamente de vuestra vida personal, pero, sobre todo, de la laboral, pues ya nada quería saber de nuestra empresa ni deseaba repetir de nuevo los mil engaños en mil negocios de éxito. «Quiero donar mi parte a Clara y a mis hijos, ahora te las tendrás que ver con ella a la hora de tomar decisiones». No se me ocurre mejor torpedo dentro de una relación adúltera: eliminar la clandestinidad y haceros socios. Pero no pienso quedarme a contemplar el resultado, en verdad bien poco me importa porque su desenlace me parece demasiado previsible. Ahora veo en tu cara que no iba mal encaminado, pero no quiero saber cómo evolucionará vuestra vida de pareja ni qué nuevos negocios emprenderéis cuando se consume mi marcha.
Mi presente se ha tornado en una sala oficial de paredes de mármol, sin rastro de sangre que circule caliente por mis venas ni emociones que me precipiten a repentinos sobresaltos. Antes mi espacio vital era demasiado exiguo para dar cabida a nadie más que a mí mismo. Toleraba la cercanía de Clara mientras ella no husmeara en mis negocios, mientras no cuestionara la libertad de horarios y desplazamientos. Yo la compensaba con viajes al galope y libertad de gastos. Nunca hubo riñas. Cuando me quedé a solas con ella me sobrevino la intranquilidad. Poco antes, cuando aún estabas tú, me esforzaba en ordenar mis pensamientos, acompasar lo vivido en mis sueños a una nueva realidad confusa, ya que, de alguna manera, mi sueño se me presentaba más real de lo que al despertar experimentaba. La normalidad era la sala de juicios, Júpiter, todos esos animales humanizados acusándome de mil fechorías, la mirada de Perséfone, su mirada que todo lo podía, el no dejar de pensar en ella y su voluntad de salvarme. Por eso cuando os vi al lado de mi cama no pude reaccionar de ninguna manera, aunque todo lo sabía de vosotros, vuestros secretos y vuestras oscuras intenciones. Solo pensaba en volver a mi sueño, queriendo reencontrarme con Perséfone en condiciones más favorables de las que nos había tocado vivir. Quizá solo fueron unas horas las que estuve en la sala del juicio, unas horas en que no pude dejar de mirarla, a la vez que sentía asco por los discursos y por Hades, que estaba sentado a su lado, ese viejo achacoso que la poseía y la miraba como si hiciera siglos que estaba falto de hembra. Me sentí fuera de lugar y hubiera querido saltar al vacío desde lo alto del hospital como única salida para abandonaros y reencontrarme otra vez dentro de una pesadilla que extrañaba. Pero estos pensamientos que deambulaban por mi mente no se correspondían con el ímpetu de mi cuerpo; este aún seguía sedado y apenas podía levantar un brazo. Cerré los ojos buscando otra vez mi sueño, o al menos imaginar ese escenario y volver a encontrarme con todos ellos para bien o para mal, pues lo prefería a mi realidad de enfermo, ya que me resultaba insoportable la quietud de esa habitación de hospital y el silencio de vuestras miradas de complicidad.
Capítulo 15
¿Recuerdas cuando conocí a Clara? Fue en una de esas fiestas que tú organizabas en tu yate, de pronto empezó a llover y en el interior continuamos con el jolgorio de la música y tuve la tranquilidad para poder hablar a solas con ella. Tú en esa época estabas fascinado por darte a conocer en cualquier país y organizábamos fiestas en honor de quien sabíamos que nos podía proporcionar contratos provechosos. Con Clara pronto entablamos amistad criticando tus excentricidades. Quién sabe si de tanto hablar de ti desperté en ella una curiosidad que fue creciendo con los años hasta convertirse en un enamoramiento prohibido, como quien está cansado de una vida de bien y siente atracción hacia lo maligno. Fue entonces cuando vinieron nuestros primeros éxitos, siguieron las fiestas, mis hijos, todo en un rápido lapso de diez años que he vivido tan rápido que apenas he tenido tiempo de reflexionar lo que estaba haciendo hasta que me he encontrado en este hospital. Creyéndome dormido os he visto en el pasillo a través de la puerta mal cerrada, cogidos de la mano en una efímera despedida, pero siendo ya incapaz de reaccionar, simplemente asentir y olvidarme de vuestras vidas.
Más tarde me encontré solo en mi habitación de hospital, me recorría una sensación claustrofóbica, como una fuerza interior que hábilmente me retenía en la cama, paralizando todos mis músculos y, tal vez, también mi pensamiento. No estaba dispuesto a seguir jugando con mi realidad, y, si bien podía comprender que mi cerebro aún seguía levemente intoxicado, no permitiría que se adentrase de nuevo en el tortuoso camino de la irrealidad. Pero noté un vértigo repentino y las paredes se proyectaron al infinito, encontrándome circunscrito entre líneas paralelas que flanqueaban mi cama. Cerré los ojos y sentí como si mi cuerpo ascendiera centenares de metros para volver a bajar de golpe, pero no para posarse de nuevo, sino para flotar alrededor del habitáculo, viendo todo el mobiliario desde las alturas, viendo una mancha en la zona de la cama donde en teoría debería verme a mí. Me sentí nuevamente como un ser etéreo. Pero entonces oí una risilla que me resultaba familiar, esa risa ridícula, pero a la vez agobiante que aún recordaba muy bien y mantenía incrustada en mi mente. Era la risa acusadora del ser que me llevó a la sala del juicio, el mismo que quiso agredirme y llegó a conseguirlo, el mismo que se encargaba de conducirme entre las salas del castillo hasta mi celda, el mismo que me intimidaba explicándome de qué se me acusaba, y dando por hecho mi segura condena. Lo presentí en mi duermevela, cuando aún estaba adormecido por la medicación y el no entender del todo mi realidad, fuese esta cual fuera. Su sola presencia abocó mi alma hacia mi cuerpo con precipitación, a peso podría decir, aunque te quede claro que el alma, en caso de existir tal y como nos la describe la religión, no posee peso alguno pues no es materia, suponiendo otra vez que haya algo que no sea materia y, aun así, exista. Mi alma, mi yo recompuesto y el ser con esa risilla altiva que no hacía más que irritarme, pues estaba en la Tierra y mi cuerpo, que cuerpo era, al contrario que en su mundo, que ni era cuerpo ni tenía albedrío, era simplemente nada, un sueño, un suspiro acaso, recobró la capacidad de enojo antes perdida. Pude levantar los párpados y durante unos momentos creí haber soñado su risilla, pues mi sentido común me decía que no era posible que el ser se materializara en nuestro mundo, pues a otro pertenecía, al mundo de las sombras que no es materia sino sueño. Pero le oí resoplar, puede ser que de aburrimiento o de contrariedad, le oí el resoplo de alguien fastidiado por una espera que ya le es demasiado larga, y su resoplido, repetido una y otra vez, me hizo darme cuenta de que existía en mi realidad, de que existía en el mundo material y de que su figura no era un sueño ni fruto de mi imaginación, pues entre resoplidos se acomodaba en la butaca, y esta se tambaleaba al apoyar su cuerpo en uno de sus respaldos, haciendo chirriar algún tornillo mal apretado, y luego centrarse en la silla, oyéndose el frotar de sus pantalones con el cuero, como si fuera el crujir de un barco de madera por los vaivenes del mar, pero teniendo claro que era el cuero del butacón el que emitía el ruido. Bebió agua —lo supe por el cloc-cloc-cloc de su garganta al tragar—, y este hecho me molestó pues en su mundo nadie se ocupaba de mis necesidades, o más bien me las habían anulado. Puede que allí nadie tuviera necesidades físicas, ni ellos ni yo, pero yo aún mantenía el recuerdo y, sobre todo, el hábito. Luego pensé que sería toda una novedad para el ser tener necesidades; en el mundo material había que beber agua de vez en cuando, con lo que sería toda una incomodidad inesperada, una debilidad acaso. «¡Sí, amigo! ¡Aquí debes beber agua para sobrevivir!», pensé, mientras una leve sonrisa estiró la comisura de mis labios.
Sabía que se mantenía allí, en mi habitación, mirándome y burlándose de mi vida, lo podía presentir, al menos oyéndolo ahora, que ya no resoplaba después de haber bebido, pero sí mantenía los bufidos leves de su respiración aflautada. Pero no quise abrir los ojos de manera notoria, solo lo observaba con un ojo entreabierto haciendo ver que dormía, no quería darle ese placer de verme atónito, de verme igualmente con esa mirada de desesperación con la que me había conocido al principio de mis sueños. Real o no, no quería volver a incorporarlo a mi vida, ya tuve bastante durante el juicio, así que no estaba dispuesto a reconocerlo. Quise negarlo con toda la fuerza de mi pensamiento, para no adjudicarle el tiempo, el desafío de la realidad, porque si era sueño lo desbancaría de mi mente pues al despertar a la realidad vería que la presencia de la habitación no sería la del ser sino la de algún familiar, puede que un médico; peor, verte a ti. Había otra posibilidad que deambulaba por mi cabeza, la que se tratara de mi locura, que lo presintiera mi mente y que esta engañara a mis sentidos. Pero si de locura se tratara, no estaría razonándola como lo hacía, sería preso de mis emociones y cual Don Quijote arremetería contra el ser como el caballero contra los gigantes que no lo eran. La locura, si se presenta para quedarse, domina tu determinación a su antojo: no se la piensa, no se la analiza, no se la controla.
Capítulo 16
Al poco rato no soportó más la espera y se levantó, pudiera ser por la incomodidad de la silla, quién sabe si la incomodidad le vendría por tener el cuerpo en la Tierra, extremo al que no debía de estar acostumbrado, más que nada por la diferencia de gravedades de un planeta y otro. No recuerdo en Júpiter ninguna incomodidad a este respecto, más bien diría que allí tendría que haber sido aplastado bajo mi propio peso siguiendo la lógica de las leyes físicas. Nada de eso sucedió, pudiendo ser que en la zona del castillo funcionase una especie de simulador de gravedad, aunque también tendría que haber un simulador de atmósfera, y puede que se intuyera una inmensa cúpula protectora de cristal, y, por no mencionar que Júpiter es un planeta gaseoso por entero, con lo cual no hay suelo ni rocas, puede que el ser comentara que el castillo estaba en una masa rocosa flotante y aislada del planeta por una esfera de cristal. Mejor no sigo por este camino de buscar explicaciones racionales a lo que ya carece de ellas desde un principio. El mismo ser tendría que ser una incongruencia de mi mente, ya que desconocía de qué criatura se trataba y, en cambio, tomé de manera natural su discurso. Intuyo que nuestro cerebro se amolda completamente al lenguaje y tomamos como más familiar a una piedra que nos hable en nuestra lengua materna que al discurso de un extranjero de lengua desconocida; si no solo hace falta observar el mundo de los niños, tratándose este de una inmensa fábula en la que todo tiene vida y habla, siendo lo que, de manera un tanto contradictoria, necesita la mente infantil para habituarse poco a poco al mundo real, una primera simulación de este carente de todo sentido racional hasta que llega la edad adulta y se pierde casi del todo esa ficción, excepto en los escritores que conservan toda su vida el poder infantil de hacer hablar a las piedras. No hay nada más extraño que nuestro cerebro, su funcionamiento y sus delirios, sus angustias y sus evasiones.
El ser se levantó con una inspiración de alivio, como si se hubiera liberado de unas cadenas invisibles que lo mantenían sentado en la butaca, queriendo, seguramente, no hacerse notar en demasía, más que nada porque la puerta de la habitación no estaba cerrada, solo ajustada, y mucho movimiento por su parte despertaría la curiosidad del personal de enfermería, aunque siendo de noche nadie deambulaba por los pasillos ni mucho menos entraba a husmear en las habitaciones. No obstante, la incomodidad de la butaca pudo más que su determinación de mantenerse inmóvil. Oí sus pisadas alrededor de mi cama, caminando lentamente, sin querer emitir ningún ruido cada vez que avanzaba un paso. Disminuyó asimismo el ritmo de su respiración, oyendo un leve silbido entrecortado, apenas audible, aunque estuviera a poco más de un metro de mis oídos. Ya no emitía esa risa gutural que tanto me molestaba en su mundo. Aun así, me era insoportable incluso en silencio, me crispaba por dentro saberlo tan cerca de mí. Quise, con toda la fuerza de mi pensamiento, privarle del contacto con mi vida. «¡Mátame! ¡Mátame de una vez! ¿Qué puedo ofrecerte de mi acabada e insustancial vida? Sí, escapé de tu castillo, escapé para nunca volver. No te quiero en mi planeta. No he hecho nada de lo que pueda avergonzarme, he sido un buen padre, un padre joven aunque resolutivo, pues nada les ha faltado a mis hijos aun estando siempre viajando por el mundo, puede que mi presencia, eso sí. He hecho negocios y he ganado. ¿Por qué a mí y no a mi socio, que realmente es quien ha ideado todos los planes maléficos de los que me acusáis? ¿Por qué no a él?». Como ves, quise acusarte delante del ser en un acto cobarde, acaso hastiado de su presencia y lo que significaba, el volver a su mundo, el ser juzgado como si no hubiera otro de mi calaña, y aquí, a estas alturas de mi relato, ya habrás comprendido que tan manchado de maldad estás tú como yo, y puede que otros lo estén más que nosotros, que más bien pintábamos poco entre la multitud de depredadores de recursos naturales. Incluso así, se decidió juzgarme a mí y este juicio, que conste, también a ti te atañe, ya que los dos somos cómplices de las mismas maldades. Claro que tú has superado las mías intentando eliminarme. Supongo que eso nos pone en tesituras diferentes; la tuya, para ellos, en la de la maldad sin más, muy humana, diría el ser, depredaste territorios y me quisiste eliminar, nada nuevo bajo el Sol, como diría el poeta de las vanidades. En cambio, yo depredé, lo reconozco, pero también fui tu víctima, puede que por bajar la guardia o por mostrar una pizca de humanidad donde antes solo había acción sin pensamiento, caiga quien caiga, muera quien muera. Puede que ya entendiera por qué a mí se me juzgara y por qué a ti no. Puede que esa solución ya circule por mi mente. Con esto, solo decirte que ya te llegará la hora de rendir cuentas, lo quieras o no.
Sentí un pellizco en mi nariz y oí esa voz que tanto recordaba, que durante mis sueños me increpaba entre truenos y nubarrones de azufre. Esa larga y monótona caminata sin tener noción de mí mismo ni de mi devenir. Ahora que le intuía en mi mundo, le tomaba como un ser cobarde y su cobardía lo hacía altamente peligroso. Transcurrieron unos minutos así. Yo sin querer abrir los ojos y él apretándome la nariz y las mejillas. Me zarandeaba y, como vio que no me podía despertar, se sentó de nuevo en la silla. Seguramente me pudo más la curiosidad por saber si su existencia era real que la precaución de seguir haciéndome el dormido. Abrí los ojos y pude verle su cara mirándome con una leve sonrisa, como si ya supiera que en ese mismo instante le miraría preso ya de un inmenso desasosiego.
—¡Lárgate! ¡Fuera de mi habitación! ¡Fuera de mi vida!
Ya no pude decir más, pues me sentía ridículo hablando a un objeto de mi imaginación por mucho que se hubiera materializado en mi mundo, por mucho que me siguieran doliendo los pellizcos en mis mejillas. Solo se trataba de palabras, aunque de un poder enorme, teniendo en cuenta que en unos miles de años el poder del lenguaje había modificado el cerebro humano hasta convertirse en la manera que es ahora. El ser, con esa expresión altanera que dejaría atónito a cualquiera, habló con inusitada calma.
—Soy tu protector, ¿recuerdas? Me mandaron para extirparte el libre albedrío, toda tu voluntad de humano. Aún no sabemos cómo pudiste escapar, pero lo hecho, hecho está, y yo, que antes había sido resistente al mismísimo fuego, fallé en no prever tu probable huida, más por otros que no les convenía el desarrollo del juicio que por ti, pues bajo esas circunstancias eras incapaz de huir por ti mismo. Sé muy bien que te ayudaron y ahora tú eres mi condena, yo también he huido porque se me acusó de tu fuga y quisieron encerrarme. Gracias a amigos leales pude escapar como tú con la esperanza de que devolverte al juicio pueda redimirme de mi falta. Ahora, en el castillo, resuenan más que nunca las trompetas de la venganza y espero que nuestro retorno vuelva a enderezar la situación y que tu juicio siga por los derroteros que teníamos marcados desde el principio. Nunca he estado en tu mundo y la verdad no sé qué tiene de extraordinario, pues solo veo suciedad y molestias. Explícame si hay algo que valga la pena por aquí, yo todavía no lo he visto en estas ciudades tecnológicas que os habéis construido, siendo tan diferentes de las de antaño, más que nada por la soledad que se respira. No he visto a la gente conversar en la calle, prácticamente diría que no hay gente y los que se ven caminan mirando al suelo y sin saludar a nadie, por no mencionar a vuestra masa de jóvenes sonámbulos que andan mirando vuestras pantallas de comunicación y no al frente, como sería preceptivo. Por no ver no he visto ni siquiera una leve discusión de vecinos en plena calle, tan habitual en otras épocas; se me podría argumentar que este es el aspecto habitual en las ciudades y que en los pueblos se pueden ver muestras de humanidad como las que esperaría encontrar. Pues bien, antes de llegar aquí pasé por unos cuantos pueblos y el panorama fue similar: calles desiertas y todos encerrados en sus casas, menos en uno que al ver una muchedumbre fui a ver qué pasaba y me encontré con la desagradable situación de que un vecino había matado a escopetazos a un perro abandonado. Después de eso me vine rápidamente al hospital a concluir cuanto antes mi misión y huir lo más pronto posible de tu mundo enfermo, donde vivís en torres que rozan el cielo encerrados como en prisiones, donde se excluye la naturalidad de la vida por la mentira del progreso tecnológico que en realidad es una sutil prisión sin barrotes y en la que permanecéis por propia voluntad, aunque poco me importa, la verdad. Simplemente espero volver pronto al castillo y contigo.
Capítulo 17
Escuché su perorata con más atención que sorpresa ya que de algún modo entendía sus motivos, pero ¿qué podía explicarle de mi mundo? Falacias y aproximaciones de una realidad que yo aún sentía lejana. Fui adoctrinado desde mi juventud para depredar mi entorno, para sacar el máximo beneficio, fuese ese adoctrinamiento de la naturaleza que fuera. Lo que sí que era cierto era el vuelco en mi manera de pensar, como si todas las ideas que en ese momento me sobrevenían estuvieran bloqueadas en mi mente. Mi inconsciente las recogía y las almacenaba en un rincón de mi memoria, alejadas de mi vida de negocios para no entorpecer una realidad que requería no pensar en las consecuencias, pues no había otra elección. Siempre trataba de dilucidar las mismas dudas —o nuestros beneficios o la parálisis—, lo que significaba, o bien dar nosotros el primer golpe para salir victoriosos de las contiendas o ser aplastados por otros depredadores de recursos, lo que, en definitiva, significaría nuestro colapso como empresa. Una vez encendida la máquina, esta no podía dejar de engullir, asistiendo a la demolición de mundos que permanecían inalterados desde el principio de los tiempos, pero dándoles la alternativa de una nueva vida en ciudades de nueva construcción. Éramos voraces, pero dejábamos vivir al que no se oponía de frente a nuestros intereses. Ahora recuerdo que en mi adolescencia había simpatizado con ideas, digamos, ecologistas, pero, una vez entrado en el pragmatismo de mi carrera de Económicas, olvidé todas esas enseñanzas para no recordarlas hasta ahora, —incluso estuve un tiempo colaborando con una organización dedicada al Medio Ambiente—. Todo terminó cuando me rechazaron porque tenía una visión elitista y muy alejada del sentir popular, que era la columna vertebral de estas enseñanzas, ya que intentaban inculcar el ideal ecologista en los barrios más humildes y, para ello, se les dirigían en actitud un tanto paternalista, como si ser humilde significara ser idiota. Ahí estaba su fallo y así se lo mostré, siendo expulsado de inmediato, o más bien un día marché para ya no volver, pues no podía perder ni un minuto más con esos espíritus cándidos de mentalidad utópica. La realidad es que veinte años después nadie en ese barrio ha dejado de vivir como vivía, imperando el sempiterno individualismo de quien poco ha tenido ni espera tener. Nada que objetar, pues las buenas prácticas solo se interiorizan en quien tiene el sustento asegurado por una buena renta, es así de simple, y a veces ni eso. Todos estos recuerdos habían sido borrados de mi memoria hasta ahora y, una vez desbloqueados, no sabía qué hacer con mi vida, pues atrás no podía volver y mi presente…, ¿qué podía decir de mi presente? Mi mujer y mi socio me habían traicionado, habían atentado contra mi vida y yo era incapaz de discutir su comportamiento. Ya no me importaba lo que pensaran. Yo mismo huiría de sus vidas dejándoles vía libre para lo que quisieran, para seguir depredando, para alimentar aún más su ego y sus posesiones, mientras mi vida todavía dependía de un cuentagotas, en una anodina habitación de hospital, con un ser que me miraba fijamente sin comprender él ni yo tampoco el verdadero sentido de nuestro cruce vital.
—Ayúdame a salir de aquí. Pero no voy a volver a tu mundo —Por fin pude dirigirle unas palabras de igual a igual cuando pude acompasar y asumir mis sueños con mi realidad—. No podemos esperar más, me tienes que sacar de aquí.
El ser, que me miraba con fijeza, movió de manera leve la comisura de sus labios, moviéndosele apenas los pelillos de su bigote de chivo, como asomándole una leve sonrisa que no pudo disimular.
—Yo no puedo ayudarte de la manera que deseas, no sabría adónde llevarte. Yo solo puedo conducirte otra vez a mi mundo, tal es mi misión. Y me mantendré a la espera, una vez que he conseguido darte el recado, a que vuelvas a dormirte, pero para ello debes estar desconectado de este cuentagotas que te alimenta, debes dejar de tomar la medicación que te suministran tan asiduamente, debes limpiar tu cuerpo y dormirte por medios naturales. Cuando pase esto estarás preparado para volver a mi mundo. El juicio debe continuar y debes oír tu sentencia. Es de justicia.
¿Justicia? ¿Qué me importaba a mí una justicia que condena de antemano? ¿Por qué se empeñaban en juzgarme a mí? Me dio a entender que seguiría mis pasos dondequiera que fuese como si me estuviera vigilando hasta que, en el momento oportuno, pudiera devolverme a su mundo celestial. Sabía que tenía un juicio pendiente pero no estaba dispuesto a volver a presentarme ante todos esos dioses extraños y, en definitiva, extintos para nuestra presente humanidad, extintos para los que están vivos ya que los que los idolatraron ya hace dos mil años que murieron. Pero, mientras seguía quejándome de esos dioses, recordé la imagen de Perséfone y un inmenso abatimiento invadió mi alma. Entonces supe que mi única salida era la lucha, al menos la lucha dialéctica.
—¡Quiero a Perséfone!
El ser me miró fijamente y soltó una enorme carcajada.
—Sabía que eras más bien pusilánime pero no pensaba que fueras tan inocente. Quizás me gustaba más como eras antes, un depredador de recursos, un negador de vuestros derechos humanos, pero parece ser que el veneno te ha aguado la personalidad y ya ni me viene en gana atizar al vulgar humano en el que te has convertido. Pero ya vi que no respondías a mis provocaciones antes de llegar al juicio, y eso que intenté ponerte al límite para ver si, al menos, podríamos tener un juicio distraído, con contraposición de ideas y, puede, un enfrentamiento cuerpo a cuerpo con el cerdo, pongamos por caso. Pero sentirte traicionado te ha acobardado el carácter, saliendo tu auténtica realidad, la de la cobardía; pero, en fin, puede que este juicio haya sido un error, puede que nos hayamos equivocado de persona, quién sabe si hubiera sido mejor juzgar a tu socio que realmente lleva interiorizada la maldad como su auténtica naturaleza, pero, lo hecho, hecho está, y solo me queda devolverte a Júpiter para que sea leída tu sentencia. Esta es la única misión que me queda pendiente y para la que, con desagrado, he tenido que materializarme en tu mundo. Venga, marchémonos de aquí, ya he oído bastantes tonterías. Marchémonos antes de que venga alguien para seguir curándote y nos descubra en nuestra fuga, o para matarte definitivamente, pues cualesquiera de las dos posibilidades todavía están abiertas en tu alocada realidad. Marchémonos, que ya empiezo a sentirme saturado de humanidad.
El ser desconectó el gotero que aún tenía enchufado a mi cuerpo y engañó al monitor electrónico clavando la aguja en un simulador de constantes vitales, una especie de plástico palpitante que parecía tener vida propia. Luego me trajo la ropa de calle como si de un mayordomo se tratara.
—¡Vámonos de aquí!
Capítulo 18
Mientras me vestía comprendí que mi mente aún estaba secuestrada por su voluntad, como si todavía no me hubiera desprendido de mi sueño. Lo más sorprendente fue que mientras salíamos del hospital no apareció nadie por los pasillos, nadie que pudiera interceptar nuestra huida, ni enfermeras ni celadores, ni médicos ni recepcionistas, todo era camino libre hacia la calle, que también estaba desierta, oscura, sin movimiento, una quietud solo rota por el parpadeo anaranjado de los semáforos fuera de servicio. Aún no eran ni las seis de la madrugada y no había amanecido.
—¿Dónde vamos a ir?
El ser me miró fijamente, con un movimiento de cuello brusco, como si se tratara de un robot de una cadena de montaje.
—¿No querías ir a ver a Perséfone? Pues la verás, todo a su tiempo, pero también te digo que puede que haya pedido la palabra, era el rumor que comentaba con el cíclope y Sísifo, que alguien del séquito de Hades quería hablar antes de la sentencia, no sabemos quién, siendo el último testigo. Es un caso extraño que algún subordinado de Hades haya sido programado para hablar, pues no recuerdo haberles oído una palabra en público en siglos, pero yo no soy nadie para juzgar las decisiones de los dioses, simplemente te explico lo que hay y allá tú. Después de eso, se dictará sentencia.
Por primera vez el ser me daba una explicación sobre mi destino. Extrañamente me sentí aliviado ante la perspectiva de volver a la sala del juicio, al menos por la esperanza de reencontrarme con mi salvadora. No sabía a ciencia cierta quién tomaría la palabra, pero bien pudiera ser ella con la intención de hablar a mi favor. Empecé a fabular con esa posibilidad.
—Sí, Perséfone, mi Beatriz, ella me salvará —La mirada del ser me indicó que comprendía mis motivos y que se compadecía de mí—. Ella hablará a mi favor, ella amparará mi alma ante los jueces.
—No te emociones, amigo, pudiera ser que para ella solo fueras un juego. Las diosas a menudo se divierten con los mortales, los encandilan con su belleza y juguetean con ellos como un felino con una cucaracha. Cuando se cansan, los dejan abandonados para ya nunca recordar. Y el mortal queda en estado mortecino, como la cucaracha panza arriba, estando ya su vida sentenciada por mucho que mueva sus patas, demasiado cortas para tocar el suelo si por mala suerte el gato la ha abandonado en una superficie lisa. En el caso del desgraciado que ha contemplado a la diosa, su vida amorosa quedará paralizada de por vida, por mucho que intente buscar en centenares de mujeres, mortales todas ellas, una pizca de la divinidad perdida. ¿Qué te puedo decir, amigo? Solo te queda el recurso del arte. La mayoría de pintores o escritores han contemplado en algún momento de su vida lo imposible en una mujer, perdiéndolo de inmediato y sin posibilidad de reencuentro. Solo les queda entonces el recurso de la imaginación, de la representación con sus pinceles o del detalle de las palabras para nunca abandonar la imagen mental de ese ser ideal. En cuanto a las mujeres, también buscan a su temprana edad a ese hombre ideal que anhelan, pero el fracaso y la desazón les hace abandonar pronto esta búsqueda para centrarse en la practicidad de la vida, dejando las ensoñaciones para lo que son, simples pasatiempos en momentos de soledad, y por eso no pierden la cabeza, sobre todo si tienen hijos, pues estos se convertirán para ellas en sus nuevos dioses, a excepción de Medea, claro está.
—Puede que exageres un poco, ¿no?
—¿Exagerar? Yo siempre expreso verdades, detesto la mentira y la figuración. Te advierto por propia experiencia. ¿Qué te piensas? ¿Que yo no siento debilidad por la belleza? ¡Cuán poco sabes de mí! ¡Yo, que te he salvado la vida dos veces!
—Supuestamente, querrás decir. A no ser que adivines el futuro.
—Adivinar no. Simplemente puedo ver con nitidez la cadena de sucesos que desembocan en una tragedia, pongamos por caso. Para mí es inaudito que los humanos seáis ciegos a ellas. Deambuláis de aquí para allá sin una finalidad firme, opináis, apostilláis, criticáis y sancionáis a vuestros semejantes sin prever las consecuencias de vuestras palabras, o incluso imaginándolas no os importa en absoluto lo mucho que afectáis a otras vidas. Siempre actuáis por impulsos sin ver las consecuencias a largo plazo, puede que se pueda prever el siguiente paso, acaso tres reacciones, pero ya no más, y por esto estáis errando día tras día, cayendo siempre en las mismas trampas y sucumbiendo a las mismas espadas.
—No comparto tu visión tan negativa. Claro que erramos en nuestras decisiones, pero aprendemos de estos errores y este aprendizaje nos sirve en el futuro.
—Puede, puede. En todo caso, ahora os socorre la cultura, y sobre todo, que esta sea accesible a todo el mundo. El aprendizaje del error es en tu época más democrático que en las anteriores. Aun así, hay numerosos aspectos en los que seguís siendo ciegos, sobre todo en los que atañen al largo plazo.
—Sí, en eso no te equivocas. Te refieres al cambio climático, por poner un ejemplo que me viene mortificando hace años, más que nada por encontrar salidas para saltarme todas esas nuevas legislaciones que entorpecieron, levemente he de decir, mis negocios más oscuros.
—Bueno, hay ejemplos muchísimo peores, pero te lo acepto.
—¿Peores? ¿Como cuáles?
—¿Cuáles? Genocidios, por ejemplo. No hay década sin ellos. Peor los de vuestras guerras mundiales.
—Pero de eso hace ya mucho tiempo.
—¿Mucho tiempo? Dos o tres generaciones no es nada. Es un suspiro en la historia de la humanidad. Sin contar con que sus retazos todavía colean por los conflictos del mundo; los malos ejemplos os son muy difíciles de atajar.
—Bien, bien, sé por dónde vas, pero dejémoslo, ya he sido consciente de mis maldades y sé que por ellas se me juzga, acepto incluso ser el cabeza de turco de toda la humanidad. Pero no creo que tu mundo sea ejemplo de nada, más bien me pareció una alocada civilización presta a linchar al menos pintado, ¿no oíste el griterío? Claro que lo oíste, participaste de él, lo disfrutaste más bien.
—Claro. Así somos, pero no nos vamos aniquilando unos a otros. Nos respetamos, aunque nos guste el espectáculo y armar jaleo, como diríais vosotros. No veo nada negativo a todo ello; al menos exteriorizamos nuestro carácter sin rubor, no como vosotros que a escondidas os vais traicionando unos a otros constantemente. Si por el destino tuviera un conflicto con mis amigos Polifemo o Sísifo, pongamos por caso, pues ya sé que los conoces desde el incidente de la muralla, lo discutiríamos de inmediato y a cara descubierta, sin engaños, sin medias tintas, sin traiciones ni malas artes. Somos seres nobles, ruidosos y extrovertidos, pero francos, no lo olvides. Te repito que te hemos salvado la vida dos veces.
—Pero es una salvación falaz. Es como las atenciones médicas que reciben los condenados a muerte: no reciben la pena capital si no están sanos. Tú solo me cuidas porque tienes el mandato de devolverme al juicio que quedó interrumpido ya no sé cuándo. ¿Ayer?
Al ser se le volvió a asomar una leve sonrisa por segunda vez al hacer referencia a un periodo temporal, como si pensara que era aún un iluso pensando que donde se me juzgaba existía la ley del paso del tiempo, como si todavía no supiera que toda la eternidad significaba la exclusión de la temporalidad, considerar el tiempo en su totalidad era precisamente la negación de este. Es eso lo que significa precisamente la muerte, quedar fuera del tiempo; una vez que hayamos muerto nuestra mente se irá desconectando lentamente, alejándonos para siempre de la realidad y expandiendo la desconexión hacia el infinito en un sueño eterno que tiende de manera asintótica a la nada. El moribundo, mientras sueña que muere, va adentrándose en una infinitud que para los mortales durará apenas una fracción de segundo, el último suspiro, pero que para el finado significará la eternidad. Se habrá acabado el tiempo como seres vivos, como animales de la Tierra, pues este pensamiento no se me ocurre solo para nosotros sino para cualquier otro ser viviente, y ya no importará lo que suceda al día siguiente, o un año después o, aun, mil millones de años después. Una vez muertos el momento ya no nos concierne, ni el destino de la humanidad, ni el destino de la Tierra ni el del Universo. Estas eran mis reflexiones, que ahora eran mías, pero antes habían sido del ser y yo ya había interiorizado sorprendiéndome a mí mismo, pues supe interpretarlo con solo una de sus muecas ante otro de mis comentarios de humano, como así los denominaba, dando a entender un menosprecio hacia seres inferiores, simples mortales, como así nos denominaba. Mientras pensaba en ello, nos alejábamos del hospital, caminando hacia ninguna parte, como si el ser esperara algún acontecimiento, como si yo fijara un destino, quizás mi casa, quizás una huida o pedir ayuda al pasar, si pasábamos, por una comisaría de policía. Pero la impaciencia lo traicionó y supe, al fin, lo que esperaba de mí.
—En cuanto te duermas volveremos —Solo alcanzó a decirme.
A lo que yo contesté, rebelde ya.
—No dormiré.
—Lo harás. Tarde o temprano. Entonces podremos concluir el juicio de una vez por todas.
El ser puso la cara de suficiencia que ya en otras ocasiones me había mostrado y que yo aborrecía. Pensé en aguantar, en no dormir más, al menos hasta que pudiera deshacerme de él, pero ¿cómo? ¿Cómo podría darle esquinazo y correr rápido hasta donde no pudiera alcanzarme? ¡El tren! No, el metro mejor. Pensé en hacerle entrar primero al vagón justo al cerrarse las puertas y yo quedarme atrás, pero sabía que era un individuo sagaz, que parecía conocerse todos los trucos ya que, desde la salida del hospital, andaba siempre un paso detrás de mí, como queriendo siempre estar ojo avizor a todos mis movimientos e imaginar mis acciones unos segundos antes de que pasaran. Fue entonces cuando pude volver a ver la cara engreída del ser y me resigné a su mandato.
—¿Qué le ha pasado a Perséfone?
El ser me miró con cara de asombro.
—¡Perséfone! ¡Siempre hablando de ella!
Mantuvo durante unos segundos una expresión de incredulidad como si despreciara mi atracción por ella y no supiera el hecho de que posibilitó mi huida. Quise disimular.
—Ya sabes, me fascinó su belleza.
El ser mostró su templanza de carácter evitando alterarse de nuevo y compadeciéndose de un triste mortal que aún no podía dominar sus impulsos más primarios. Pero puso el dedo en la llaga sobre este tema.
—Ella pertenece a Hades. Para siempre.
Me tragué una más que probable réplica, pues nada podía hacer al respecto. En ese momento pensé con la claridad que hasta ahora me había faltado y decidí no volver nunca más a ese juicio ni a ese mundo de pesadilla, a tenor de las palabras de advertencia de Perséfone. Tenía la esperanza de que ella algún día me pudiera encontrar, o de encontrarla yo a ella en algún paraje indeterminado.
Capítulo 19
Estaba amaneciendo en la ciudad y los primeros signos de movimiento laboral eran visibles. Andábamos erráticamente por las calles y ya sentía mi cuerpo cansado, a tenor de la caminata y de no haber comido aún nada, quizás desde el momento del envenenamiento, solo sustentado mi cuerpo por las sales vitales que el gotero introducía en mi torrente sanguíneo, ya en el hospital, pero ningún alimento sólido. Pasamos por el interior de un parque y, al ver el primer banco, quise sentarme, pero maquillé mi demanda para que fuera un imperativo y no seguir negociando y empezar un nuevo dialogo de réplicas y contrarréplicas.
—¡Sentémonos!
El ser no se opuso, como si el dejar de caminar jugara a su favor ya que solo esperaba que el cansancio, normal para un cuerpo envenenado unas horas antes, hiciera mella de una vez por todas y me tumbara en un jardín o me desplomara en medio de la calle, cualquier situación le era válida para devolverme a mi juicio pendiente. Comprendí sus intenciones y pretendí entablar una nueva conversación que mantuviera estimulada mi mente, ahora que ya era consciente de mi propia debilidad.
—Antes has nombrado a Medea, pero no comprendo. ¿Sabes? Yo de cultura clásica ando pez, no me ha interesado nunca. ¿Quién fue?
—Bueno, mató a sus hijos por desamor. Los humanos no comprendieron su acción, pero los dioses sí, y la acogieron en nuestro mundo. Ha estado presente en el juicio, es raro que no la hayas visto también con su mirada hipnotizadora. Puede ser que te hayas confundido y quien te ha maravillado no haya sido Perséfone sino Medea. Esta posibilidad encajaría en mis pensamientos, porque sé que hablaste con alguien, o que alguien posibilitó tu huida cuando yo conversaba con el cíclope y con Sísifo. Tú solo no podrías haber encontrado nunca esa puerta abierta, alguien debió de ayudarte, una mujer seguramente, las únicas capaces de compadecerse de ti. Me encaja que fuese Medea, menos que fuese Perséfone que no creo que fuera capaz de conocer una salida, pues rehén es también y porque Hades no se separa de ella ni un solo minuto, al menos cuando están en público, en su casa y sus jardines es otro cantar, es donde se encuentra habitualmente, pero de allí no puede salir si no se lo permite el mismo Hades, vive en una falsa libertad y tiene su voluntad secuestrada. No, amigo, no; no es Perséfone quien te fascina- Es atractiva, sí, pero sin maldad, y a ti lo que te fascina es la maldad interior de alguien que ha pasado por la Tierra, por tu mundo, y es conocedora de sus debilidades, y no me extraña que te haya atrapado y juguetee con tu mente con sus poderes de ser inmortal. Tú a quien te debes es a Medea, no a Perséfone, que pudiera estar también sentada al lado de Hades, no me fijé cuando preguntaste, pues son buenos amigos, se sienten superiores al resto y van a su aire con el consentimiento de Zeus. Son seres aparte de todos nosotros que vivimos bajo el mandato de unas leyes férreas. Ríete de las de los tiranos de tu humanidad, que por poco ya os estáis quejando de un mal gobierno como si muerto el perro muerta la rabia, y eso no funciona así, pues muchos perros están contagiados por la misma rabia que no es otra que la codicia por obtener el poder y el mandato sobre toda una comunidad, es la principal debilidad de tu mundo y, sobre ella, se alimenta el submundo de Hades cada vez con más almas.
La duda invadió mi mente, cuando el ser me dijo que quien acompañaba a Hades era Perséfone y pudiera referirse a la otra mujer que estaba sentada a su lado, de belleza sublime, sí, pero de expresión cándida y muy poco morbosa, en la cual solo detuve mi mirada un segundo mostrando desinterés el resto del juicio, como si pensara que fuera una doncella de su servicio, alguien poco importante y que solo le seguía para demandas repentinas. Claro, el viejo Hades asistía al juicio con su concubina silenciosa y pueril, Perséfone, pero también con su fiel amiga Medea, muy bien pudiera ser su amante, inquisitiva e independiente, un ser a su mismo nivel mental y con la única mujer con la que podía comentar los detalles escabrosos del juicio. Medea, ella era mi meta; ella me había liberado y era la que poseía el poder de jugar con mi alma y de reventar un juicio de tamaña importancia sin importarle las consecuencias, quién sabe si por aburrimiento o por llevar la contraria a todo el público allí congregado, como si fuera un capricho que se permitió con el consentimiento de Hades. O pudiera ser que el Dios mismo la provocara, retándola a si era capaz de liberarme, pues allí no había ningún aliciente para ellos, ninguna pelea cuerpo a cuerpo, como también esperaba el ser, ni ninguna agresión por mi parte que asistía callado y dócil ante toda la ristra de acusaciones que me llovían minuto a minuto, quién sabe, pero no sé si me interesaba saberlo. Mis esperanzas empezaron a desvanecerse, me daba cuenta de que había soñado demasiado y de que mis sueños nada tenían que ver con la realidad de mi huida. ¡Medea! ¿Quién? ¿Por qué? Perdí en esos momentos mi esperanza, por lo que debía, a toda costa, mantenerme despierto.
Capítulo 20
En un momento de silencio, mientras descansábamos en el banco del parque e intentaba aclarar mi mente atribulada, escuchamos una voz ronca detrás de nuestras cabezas, acompañada de un aliento mefítico, como de vino fermentado dentro de tripas de rata.
—¡Eh, vosotros! ¿Qué hacéis en mi casa de los viernes? Hoy es viernes y esta es mi cama.
Nos levantamos del banco al unísono, más por el hedor que no por la amenaza, pues estas palabras navegaron por la boca del desconocido como en una tormenta de saliva gelatinosa.
El ser me quiso conducir a otro banco, pero yo desistí.
—¿Hoy es viernes? La fiesta fue en sábado, creía que había estado inconsciente solo un día.
—Has estado inconsciente una noche por lo que se refiere al ritmo de tu planeta. Si la fiesta fue en sábado, como dices, estuviste inconsciente esa noche y ya en el hospital recibiste la visita de tu mujer en domingo. Hoy debe de ser domingo por la noche, bueno, ya está amaneciendo digamos con propiedad que ya es lunes, creo que es así, aunque tú sabes mejor que yo cómo funciona el tiempo en este sitio, a mí ya me da igual y parece que a este humano también, pues no sabe en qué día vive y se acuesta cuando amanece. Ya no hay nada que me sorprenda de los tuyos, solo espero que te duermas y ahorrarme más incomodidades. Vamos un poco más para allá, aquí se ve que molestamos.
El vagabundo puso unos cartones encima del banco, se tendió con dificultad debido a los achaques de su cuerpo, se acomodó su chaqueta a modo de cojín dándonos la espalda y quiso ahuyentarnos definitivamente con dos sonoras ventosidades, hecho que pareció disgustar sobremanera al ser.
—¡Eh, eh, eh! A ver, humano, ¿no solo nos echas de aquí, sino que pretendes que olamos tus tripas podridas también?
El ser agarró por la espalda al vagabundo y lo lanzó al suelo a dos metros del banco; este, aún aturdido por la sorpresa pues no estaba acostumbrado a que nadie lo tocara ni le llevara la contraria, se puso a gritar disconforme, asió un palo y lo ladeó con ímpetu delante de nuestras narices. Parecía una situación que divertía al ser, al que le había cambiado la expresión por completo. En el hospital y mientras andábamos no podía esconder su cara de hastío mientras esperaba que yo me durmiera o cayese desmayado por la fatiga, pero con el vagabundo le volví a ver esa expresión de divertimiento que tuvo cuando le conocí, cuando solo era un pelele a su merced, y por eso al presentir sus acciones con alguien al que nada tenía que ver con nuestros asuntos propuse irnos de una vez por todas de ese parque y olvidarnos del tema. Pero pareció que el ser tenía otros planes en su cabeza y se abalanzó encima del vagabundo, cosa que no le supuso ningún problema pues las mermadas fuerzas del hombre, ya de edad avanzada, apenas ofrecieron resistencia.
—¡Llévanos a tu casa!
—¡No tengo casa!
—A tu derecha, se te han caído unas llaves…
—¡Ah! Pues sí tengo casa, pero no sé dónde está.
Ante el vagabundo parecía que el ser había recuperado su esencia de vida.
—Haz un esfuerzo y esto será para ti.
El ser se sacó del bolsillo de su chaqueta una botellita de licor de arándanos que enseguida volvió a esconder. No pude evitar preguntarle que si ahora bebía, a lo que respondió que, estando unos cuantos días en la Tierra, seguramente lo llegaría a hacer por desesperación, pero que se trataba de una acción de compañerismo; su amigo el cíclope las coleccionaba desde hacía siglos. No obstante, le quise mostrar mi disconformidad por su actitud.
—Esta no es manera de tratar a la gente.
—La verdad es que ya sabes que no me merecéis mucho respeto.
—No nos debes juzgar colectivamente sino según los actos individuales.
—Entonces os considero a todos culpables, tanto a nivel colectivo como individual.
—¿Por qué sería que no esperaba otra respuesta?
—Puede que, por mi sinceridad: no tengo nada que esconder y digo siempre lo que pienso.
Entonces para nuestra sorpresa intervino el vagabundo.
—¡Eh! Vosotros otra vez, ¿por qué no os tranquilizáis? Dejadme levantar y os llevo a mi casa. Me interesa el regalito y vivo como vivo porque me da la gana.
El ser lo dejó libre y el vagabundo se levantó no sin dificultad y sin sacudirse la suciedad del suelo, como si no fuera con él. Señaló al ser con el dedo y sonrió.
—Tú me caes bien, a mí también toda esta mierda de mundo me cae mal, todos ellos son culpables como tú dices, así lo pienso y así lo digo, pero tú pareces diferente. Me gustas. Vente a mi casa y te invito a un trago, bueno, me invitas tú, ¿no? Ese que se venga también si quiere, si es tu amigo es mi amigo.
El ser me dirigió una mirada de victoria, se metió las manos en los bolsillos de su chaqueta y siguió los pasos del hombre, así que mientras nos encaminamos hacia su casa ya no lo podíamos considerar propiamente como un vagabundo y parecía que la promesa del botellín había surgido efecto. No pude evitar preguntar al ser sobre los hábitos en su mundo, si podían beber y si existían los mismos vicios que en la Tierra. El ser al principio no acabó de entender mi pregunta, pero me dijo que sí, que se bebían bebidas alcohólicas de vez en cuando, pero en general no era una costumbre que a él interesase. Los botellines para el cíclope, aparte de ser coleccionismo, también le servían para desinfectar el contorno de su ojo, pues al no seguir la lógica anatómica de un ojo natural, sufría de un constante lagrimeo que en la mayoría de las veces le dejaba pústulas de difícil curación, pues era la zona del cuerpo preferida por sus sanguijuelas y siempre tenía heridas abiertas. Respecto al tema de las sanguijuelas me dijo que las necesitaba para vivir, que sin la regeneración sanguínea que le posibilitaban moriría a los pocos días, por eso cuando sabía de alguien que iba a la Tierra siempre le hacía estos encargos.
—¿En tu mundo no hay médicos? ¿Ni hospitales? ¿Farmacias? ¿Curanderos quizás?
Me sentí ridículo después de formular esas preguntas, a lo que el ser añadió, acabando así una conversación que no iba a ninguna parte.
—Y en tu mundo ¿hay cíclopes?
Capítulo 21
El mundo del ser, ese territorio de seres obedientes y subordinados a los grandes dioses, Zeus y Hades, por lo que yo vi, de los demás solo fueron caras anónimas. Al menos el ser podría haberme dado más información, era lo mínimo que reclamaba, siendo el juicio de la naturaleza que era y, sobre todo, por su trascendencia, pero no hubo manera de hacerle entrar en razón y me mantuvo sin saber ni comprender casi nada de lo que pasaba. Solo oía los discursos, su retórica cansina, intuía sus propósitos de juzgarme a mí y, en extensión a toda la humanidad a través de mi presencia, dictando una moral de implacable rigor, pero sin tener la más mínima noción de la realidad en que se debería aplicar. Bajo esa cúpula de cristal tenían una visión terrena demasiado atrevida, tomándonos por seres medrosos, los más, que vivíamos a merced de una minoría de violentos capaces de hacer con las masas auténticas atrocidades. Se indignaban por creernos libres al haber conseguido la completa manumisión de las leyes divinas y así comportarnos como dioses haciendo y deshaciendo a nuestro antojo. Ya no lo podían tolerar más y abogaban por arrojarnos, de nuevo, sus castigos ejemplares que tanta popularidad tuvieron siglos atrás y la ley del ojo por ojo, con la que ya se sabe que acabaríamos todos tuertos y Polifemo ciego. Quizás les vendría bien dar un paseo por la Tierra y ver que no en todas partes se cuecen habas.
—¿Por qué me miras? ¿En qué piensas? ¿Ya te sientes cansado?
—No. Pienso en que quizás os vendría bien daros una vuelta por aquí.
—¿Nos vendría bien? ¿A quiénes?
—A vosotros, los de Júpiter. Deberías vivir una temporada en cuerpos finitos y no os atreveríais a juzgarnos con tanta vehemencia.
—¡Ya estamos aquí! Somos de aquí desde el principio, vosotros sois los nuevos que ni entendéis ni abandonáis las malas prácticas, adoráis símbolos extraños o a conquistadores que todo lo pervierten. Se os dio un mundo de una manera y el trato era conservarlo.
—¿Qué trato?
—¿Cómo que qué trato? ¿Cuál va a ser? ¿Para qué te crees que existimos? ¿Para pasar unos cuantos años de acá para allá y se acabó? ¿Cuál crees que es el sentido de tu existencia? ¿Trabajar, tener hijos, nietos e ir envejeciendo hasta llegar al final? No lo sabes, ¿verdad? Es que ni sabes remotamente de qué te estoy hablando.
—Pues no; además la conversación se está yendo por unos derroteros que me aburren en demasía. Me da igual el sentido de mi vida, me da igual el destino de la humanidad. Solo pienso en mis victorias profesionales y eso es lo que me ha hecho inmensamente feliz, así que ese es el sentido de mi vida. Balances positivos y acciones en alza. Ya me había olvidado, pero un rato conversando contigo y tu discurso ofensivo, y retornan mis ganas de ser el de antes, olvidándome de toda esta mierda en que se ha convertido mi vida. ¡Joder! ¡Quiero volver al hospital!
—Si vuelves te matan. ¿Recuerdas? Tu socio, tu mujer… Venga, cuando lleguemos a la casa del viejo te tumbas y te duermes tranquilamente, yo doy por concluida esta conversación que no nos conduce a nada.
—No pienso dormirme y menos volver contigo al juicio. Ni hablar. Me parece muy bien que queráis juzgar las acciones de la humanidad, pero no pienso convertirme en el único responsable de todo el mal cometido. Juzgar a un solo hombre en representación de ocho mil millones es un tanto presuntuoso porque la gran mayoría son inocentes y solo unos pocos son culpables. No pienso volver. Tendrías que ver el ridículo de vuestro juicio, nada en él ha seguido una lógica elemental, y ante tal desastre ¿cómo quieres que acate mi condena? Creo que nosotros, los vivos, no somos quienes destruiremos vuestro mundo con la mala conservación del planeta porque ya fuisteis destruidos con anterioridad. Culpad a vuestro auténtico verdugo: el monoteísmo.
—¡Bang! ¡Bang! ¡Balazo en la frente!
—Sabes que no me equivoco.
—Me has sorprendido, no lo niego, no pensaba que tu cabecita repleta de sangre en movimiento pudiera ser tan locuaz. Bravo.
—No te des tiempo para pensar una respuesta, dime la verdad.
—Cierto, cierto, no sois todos culpables y, sobre todo, algunos más que otros; y sí, el monoteísmo acabó con nuestro reinado y tuvimos que exiliarnos a Júpiter. Pero tal y como van las cosas, estamos a punto de volver. Os hemos dejado demasiado tiempo sin control y lo estáis destrozando todo, así que el primer paso para nuestro retorno es celebrar este juicio, cuya sentencia será la primera justificación para emprender el camino de vuelta.
—Volved si queréis, ya nadie os hará caso.
—Después de la transformación del mundo nos haréis caso porque desacreditaremos al dios ideal de los creyentes y a los dioses materiales de los ateos.
—Bien, yo no soy persona creyente ni en dioses materiales ni en ideales, ni mucho menos en uno solo.
—Eres ateo, ¿verdad?
—No exactamente. Los ateos para negar a Dios primero lo consideran; la negación da una cierta existencia a lo que se quiere negar, por no mencionar ya el concepto de matar a Dios que no puedo aceptar de ninguna manera, pues para ello primero Dios ha de estar vivo, lo cual es una incongruencia si él creó la vida. Nada puede crearse a sí mismo de la nada, al menos en una primera instancia, la matemática es la ley universal que todo lo explica y el cero es la única barrera infranqueable. De hecho, diría que la idea más revolucionaria que todo lo ha pervertido es considerar a los números naturales entes fijos y perfectos, cuando en realidad estos no existen ahí fuera, es simplemente una simplificación humana para, desde niños, hacernos las explicaciones más claras, pero que ya de mayores somos reacios a abandonar viviendo en la comodidad de considerar al uno uno y al dos dos, y viviendo felices y engañados el resto de nuestras vidas. Yo soy agnóstico: ni afirmo ni niego, simplemente no considero la idea, semejante idea, dirán algunos, o ¿a quién pudo ocurrírsele semejante extravagancia? Si existe Dios, pues que exista, no me opongo, tampoco me sorprendería mucho ni me postraría ante su presencia, puede que lo tratara de igual a igual, yo de él así lo querría, pues si una cosa me habéis querido inculcar es que todos los seres vivos somos iguales, con lo que he de admitir que yo soy igual a un cerdo o a una hormiga. Entonces, siguiendo el mismo razonamiento, yo soy igual a cualquier dios, sea este uno de solo o varios a la vez, todos somos lo mismo. Si por el contrario, partimos de la base de que Dios existe, por tanto, Dios es uno y muchos a la vez, yo soy Dios, el orangután es Dios, la hormiga es Dios y un olivo es Dios. Todos somos Dios y a la vez Dios no es nadie en concreto, lo que nos encamina hacia el pensamiento fronterizo de su no existencia como ser individual, sin ya contemplar el concepto demasiado vago, rayando lo pueril, de un dios hecho a semejanza del hombre, y, si no existe pues nada, me quedo como estaba. Así que tanto una opción como la otra me son bastante indiferentes.
—Veo que en medio de tu estresante vida de negocios te dio tiempo a pensar un poco.
—Sí, son también muchas horas de tedio dentro de los aviones o en los aeropuertos.
—Verás, yo te explico. Lo que supuso la aparición de las grandes religiones monoteístas fue adaptar las creencias religiosas a un nuevo modelo de orden social que para entonces, tiempos de imperios y absolutismos, era necesario también creer en un dios único y así organizar toda la sociedad de arriba a abajo de la misma manera, abandonando definitivamente todo recuerdo al consenso y la democracia. Y así, desde la familia en que su dios era el padre hasta la religión misma en que Dios se convirtió en una especie de padre para toda la humanidad, todo quedaba constituido de la misma manera. Entonces este proceso nada tenía que ver con nosotros, la invención del monoteísmo era una cuestión únicamente humana y para favorecer sus fines. Respecto al concepto de dios único, fue una revolución mental a la altura del concepto de la no existencia de Dios. Desde mi mundo observamos estos dos procesos con cierto escepticismo, pues tanto uno como otro son grandes simplificaciones de la realidad, pero te puedo asegurar una cosa: por mucho que busques por nuestro mundo, no encontrarás nunca ni un solo personaje de todas esas religiones monoteístas. Todos esos santos y demás personajes de la Biblia solo existen en vuestras mentes, sin negar, por cierto, que alguna vez fueron seres humanos de carne y hueso, la mitificación posterior es única y exclusivamente asunto humano. También te he de decir que esta especie de lobotomía mental que os impusisteis a vosotros mismos ya nos iba bien, pues durante muchos siglos os encerrasteis como cucarachas dejando al resto del planeta vivir en paz y armonía.
—Te sigo. Entonces, ¿piensas que el ateísmo es más peligroso para vosotros que para la religión?
—No, yo veo en el ateísmo y el monoteísmo las dos caras de la misma moneda. Lo que en mi mundo se ha propuesto desde tiempo inmemorial es un concepto muy distinto. Se trata de explicar la vida como un todo, y no ese concepto tan absurdo en que la humanidad es una entidad aparte, y, con ello, cometer enormes genocidios habiendo aniquilando a comunidades enteras que sí sabían vivir en armonía con su entorno natural.
—Bueno, en eso te puedo dar la razón. El monoteísmo ha sido el gran aniquilador de la historia, tanto en su variante religiosa como en las variantes materiales: capitalismo o comunismo. Supongo que aquí lo perverso han sido los grandes colectivismos, las sociedades de millones de habitantes. La invención de la ciudad, en definitiva y, mucho peor, la invención del Estado.
—Sí, como esta puta ciudad —soltó por sorpresa el viejo y detuvo sus pasos.
Durante la caminata anduvo siempre unos metros por delante nuestro sin intervenir en la conversación, pudiera ser por desinterés o por hartazgo de hablar de estos temas a sus alturas y condición de vida. Estábamos en un lúgubre callejón sin salida e introdujo la llave en una cerradura de una puerta destartalada. Entramos en la casa y nos invadió un hedor intenso a humedad y comida podrida. El ser se tapó la nariz con la solapa de su chaqueta y empezó a abrir ventanas que, por el esfuerzo que tuvo que administrar en cada una de ellas, quedó claro que hacía años que no se abrían.
Al encender la luz el horror del entorno nos dejó estupefactos y el viejo quiso burlarse de nuestras caras de asombro, pero un repentino ataque de tos lo postró en su cama maloliente, olvidándose de nuestra presencia y del regalo del ser. Quedó noqueado a los pocos segundos y empezó a roncar con elevada sonoridad.
A mí me invadió la duda sobre la necesidad de permanecer en esa pocilga, manifestación clara del síndrome de Diógenes de su morador. Aun así, su contenido te atrapaba como el de un tesoro por descubrir y competían el instinto de la huida con el sentimiento de máxima curiosidad, incluso para el ser, que venía de donde venía.
—Fíjate en esto —Quise romper el silencio en que nos encontrábamos—, son cuadros abstractos. ¿Cómo has dicho que se llamaba el hombre?
—En la puerta he visto que ponía Jonás o Jinés, puede que no sea el suyo, puede que sea el del anterior inquilino y el viejo no se ha molestado en cambiarlo, menos aún si se trata de una ocupación por abandono del inmueble, sé que tal extremo es habitual en tu mundo, y viendo a este tipo era extraño que teniendo casa tuviera la costumbre de dormir a la intemperie.
—Pues parece que la firma de los cuadros es ese mismo nombre, no se aprecia con claridad, pero parece eso mismo, Jonás o algo así, al menos el propietario del piso es el mismo que los ha pintado, pero no sabemos si se trata del viejo.
—Creo que tiene ronquidos guardados para varias horas. Podrías imitarle, ya encuentro esta estancia algo cansina.
—Pues tendrás que esperar, no tengo sueño ni por asomo, puedes estar seguro de eso. Además, viendo estas pinturas aún se me aviva más la mente. Fíjate, si los miras a unos metros parecen cuadros abstractos como otros tantos demasiado parecidos, pero si te acercas, lo que parecían simples manchas de pintura se tornan en una amalgama de figuras humanas excelentemente pintadas; es gente vista desde arriba, muchos cabizbajos, pues solo muestran su coronilla, fíjate en la precisión del trazo en esta calva o en la raya de esta otra que bien parece una mujer, ahí se ve un niño durmiendo y más allá hay otros que miran hacia arriba, o sea, hacia nosotros.
—A mí también me sorprende, vuestra pintura es de lo poco interesante que tenéis, siempre la hemos seguido con interés desde mi mundo, a veces con admiración, pero las más solo por curiosidad por ver quién de nosotros ha sido representado y tener jocosas conversaciones al respecto. Allá arriba nos burlamos mucho de Saturno después del cuadro de vuestro Goya, el hombre es un trozo de pan, y la pesadumbre le duró años, pues no admitía que se le representara en actitud tan salvaje.
—Me da la impresión de que comerte a tus hijos es de por sí un acto brutal, no se me ocurre otra manera de representarlo, es salvaje lo quieras o no.
—Bueno, bueno, no te lo negaré, pero lo de comerse a sus hijos fue en sentido figurado, hombre. Vuestros poetas siempre tienden a magnificar para sentirse protagonistas y captar la atención. Pobre Saturno, si tuvo que hacer un acto público de desagravio para con sus hijos, y uno de ellos es el mismísimo Zeus, ya me dirás, ultrajar de esa manera al padre de nuestro rey supremo, estas cosas hieren, luego no te extrañe que haya tanta animadversión hacia vosotros, y lo de Saturno es solo un ejemplo de muchos otros.
—Bien, lo acepto, pero no te desvíes ahora del tema. Estos cuadros son increíbles, la gente parece encerrada detrás de las manchas, como suplicando en silencio que alguien los rescate, pero para darte cuenta de su padecimiento tienes que acercarte mucho. Expuestos en una gran sala, nadie se daría cuenta sin estar al caso, pues en principio no hay detalles que apreciar en un cuadro abstracto; cientos de personas recorrerían la sala delante de ellos y nadie lo advertiría, ni yo mismo de no ser porque los he tenido que levantar del suelo y tenerlos a un palmo de mis ojos
—Pues en su reverso tienes la solución: este se llama Auschwitz, ese otro Mauthausen y el de más allá Gulag, y son una serie numerada. Queda claro de qué se trata.
—No hay duda. Por lo que veo en tu mundo estáis al caso de nuestras desgracias como sociedad.
—Si tú supieras…
—Ya sé un poco de ello, aunque mira este otro, es diferente, la gente huye y se apelotona en un callejón sin salida, huye de un resplandor, esas manchas blancas.
—Hiroshima.
—Sí, este pintor tuvo ejemplos de genocidios de todo tipo para decenas de cuadros.
De golpe me sentí cansado, como si un vacío hiciera mella en mi estómago envenenado no hacía mucho. Me senté en el sofá al notar un leve desvanecimiento. El ser me alcanzó un pliego de hojas manuscritas para que les echara un vistazo, quién sabe si pensara que leyendo aceleraría mi destino.
—No voy a leer esto, léelo tú, yo ya mantendré mi mente distraída con mis pensamientos. Tú haz lo que quieras, pero no pretenderás que me duerma cuando ya ha amanecido. Vete a dar una vuelta por la ciudad a hacer turismo.
—De eso nada, amigo. Siento tu caída muy pronto. Esperaré.
—Como quieras, pero tengo la mente muy despejada, no caeré.
—Aun así, deberías leerlo, parece que el viejo también le daba a la pluma.
—¡Ya no escribimos con pluma!
—Escribid con lo que os de la gana, puede que tengas razón, me voy fuera a respirar un poco de aire puro, si es que eso es posible inmerso en esta ciudad maloliente. No intentes escapar pues te volvería a encontrar enseguida.
—¿Qué quieres que haga dentro de esta pocilga?
—Leer, necesito silencio mientras dura esta penosa espera en tu mundo.
—Leeré, pero a mi manera.
Decidí, para llenarle de dudas, empezar a leer el manuscrito, pero en voz alta.
Capítulo 22
Contaba catorce años cuando vi por primera vez al Che. Yo descansaba en la playa de Tortugas fumando a escondidas mi habitual boliche de Puerto Rico, era lo más que podía conseguir por esos lares. De un salto vi emerger entre la vegetación al grupo de guerrilleros. En un principio ignorando mi presencia, pero al poco rato uno de ellos se me acercó. Era el Che y no tuve más remedio que invitarle a fumar de mi tabaco. Fue esa la única acción que permitió mi parálisis de asombro. «Gracias, galopín», fueron sus palabras. En un instante, el grupo volvió a desaparecer entre las matas. Conturbado, tardé largo rato en reaccionar. Corrí hacia mi casa con el esófago comprimido y sin creerme lo recién vivido. Mi memoria se desvanecía y, a cada paso, la evocaba sintiéndola más irreal. Después de haber corrido un centenar de metros ya creía que había sido un sueño. Aun así, me apresuré a contárselo a mis padres; me daba igual que creyesen que solo eran fábulas de adolescente. Mi padre hervía taracoles en un caldero, más allá acudía mi madre, sobresaltada por mis prisas, cayéndosele una espuerta de ropa limpia recién recogida. Me dieron de beber agua en un bernegal para que recuperara el aliento. Allí, aún sin palabras, debajo de la marquesina que daba entrada a nuestra casa, me encontraba delante de mis padres preocupados, esperando una explicación a tanto sobresalto. «Vi a los guerrilleros, en la playa, y les di de mi boliche», fue lo más que pude decir. Se miraron incrédulos, pero no rebatieron mis palabras. Con buen sentido, esperaron a la noche para aclarar lo acontecido. «¿Los guerrilleros? Eso es una sandez», fue la réplica de mi padre incrédulo ante mis palabras. Según él, se encontraban mucho más al este, no había ningún objetivo militar por nuestras tierras. ¡¿Qué sabía yo de los propósitos de una guerra?!. Me limitaba a contar lo que había visto, y no había más. «En todo caso, conviene estar preparados —sentenció frunciendo el ceño—, pues, si es cierto lo de los guerrilleros seguro que el Ejército irá tras ellos y eso solo puede traer problemas al pueblo». Mi madre nos escuchaba en silencio, pero cuando mi padre fue al aljibe a recoger agua, repitió que si aquello era cierto, deberíamos estar preparados. No la entendí de primeras, pero luego me advirtió: «De lo del boliche ya hablaremos más tarde». Me sentí avergonzado de tener que dar explicaciones a mi edad. ¿Qué hacía yo que no hiciera ya todo el mundo? Lo entendí como exceso de celo de matrona. Esa noche no pude dormir. Fabulé, ora sí, ora también, que me convertía en guerrillero y emprendía acciones heroicas. El pueblo me aclamaba y extendían a mi paso una alfombra de capachos de todos los colores. Así de irreal era mi vida imaginada. Pero pasaron los días y no hubo noticias de un nuevo avistamiento de los guerrilleros. Todo el pueblo me decía: «O se desvanecieron por los matorrales o aún deambulan por tu imaginación». Los acabé aborreciendo. A todos. Deseaba huir de una vez por todas al encuentro de los guerrilleros, al encuentro del Che. Lo hice. De ahí todos los avatares sufridos para bien y para mal.
Por aquel entonces era amigo de unos chicos. hijos de una familia de refugiados europeos. Las dos madres entablaron una pronta amistad y recuerdo mi infancia ayudándoles a granear sus campos junto a toda la familia. Siempre correteábamos por todo el vecindario y pronto descubrimos los secretos de los humedales que circundaban nuestra aldea. Nos inventábamos escondrijos que nos servían de fumadero secreto. Fuera cierto o no mi encuentro con el Che, adquirí pronto una rápida reputación entre los chicos de mi edad, más por la firmeza de mis palabras enfrentándome a las opiniones de los mayores que por lo que ellos creyesen o supieran quién era realmente el Che, si es que yo mismo lo sabía con claridad. Supongo que fue mi primera excusa para que los adultos me tomaran en consideración, para bien o para mal, eso daba igual. Lo importante fue ser reconocido y que todo el mundo supiera mi historia, la creyesen o no. Recuerdo que cuando pude me dejé las barbas al modo de los guerrilleros, o eso intenté, pues gran parte de mi cara aún permanecía completamente lampiña. Mis mejores amigos me imitaron y enseguida fuimos conocidos con guasa como «el club de los medio barbudos, la otra mitad se la guardan aún sus mamás», se burlaban con sorna. Pero seguían pasando las semanas y, de los guerrilleros, ni la mínima noticia. Las burlas se acrecentaron y, enseguida, las barbas se fueron afeitando. Me quedé solo pero no me desanimé, y mi tesón, al final, dio sus frutos. Una noche el mesonero nos despertó a todos a gritos. «¡Los guerrilleros! ¡Los guerrilleros! ¡Acudieron a mi posada! ¡Los guerrilleros!». Al día siguiente me paseaba por las calles con refistolería. Ya nadie me volvió a mirar, burlándose a escondidas; al contrario, los mayores me daban conversación y toques de aceptación en la espalda. Durante unos días llevé conmigo el cetro de mi pueblo.
Primero me hice amigo de uno de los hermanos al que todos le llamábamos Filipo, desconociendo si se llamaba así realmente o no. Nos acompañaba siempre su hermano un poco menor, Jano, de carácter demasiado impetuoso para su corta estatura. Su padre trabajaba en la misma imprenta que el mío, pero se decía que era escritor. Las cenizas de Guam, este era el título del libro del padre de mis amigos, un libro que dejó inconcluso por su precipitada huida de Francia al intuir la inminente ocupación militar del país. Lo guardaba en una caja bien escondida, pero sus hijos sabían de su existencia y lo traían a nuestra cabaña para leerlo en secreto. No entendíamos nada, pero nos daba igual. Lo importante era adentrarnos de una manera u otra en el mundo de los mayores.
Filipo era un sosaina. Le quisimos curar con un preparado a base de mandrágora y agua de guayaco, como nos aconsejó la vieja Enmascarada, como así llamábamos a una solterona que vivía sola alejada del pueblo, ocultando su cara lisiada de las miradas de los curiosos. Unos decían «Le mordió una iguana», otros rebatían «Tuvo la peste», y los más bárbaros «Le comió la cara el mismo diablo por tener la osadía de fornicar con él». Por lo que sea, se llevaba bien con mi madre y yo le tenía confianza pese a su aspecto siniestro. Desde bien pequeño era la única persona que le provocaba una leve sonrisa en este mundo, nunca supe el porqué. Después de los diez años tuve mis primeras palabras con la vieja solitaria y, a los once me daba chocolate a cambio de arroz que le traía del mercado. Según me decía, ella no iba porque siempre la timaban. Fuera cierto o no, nuestra relación se limitaba a intercambiar frases cortas preestablecidas. «Chico, necesito arroz». «Chico, tráeme campeche que necesito teñir una falda», y yo pensaba, «¿para qué esta señora querrá teñirse la ropa?» Pero las razones daban igual, llevaba a cabo su encargo y recibía mi premio. Era lo establecido. Poco después pasé un tiempo de fuerte estreñimiento. Mi madre me llevó a su casa en busca de remedio. Lo encontró, y vaya si acertó con la pócima porque estuve horas postrado en las letrinas. A partir de entonces siempre íbamos en su busca para mitigar cualquier mal de la familia, que si mi padre se aquejaba de mal de muelas, ve a ver a la Enmascarada. «¿Qué te dio?». «Me dio una pócima de berenjena y excrementos de basilisco». Nadie la rebatía. Con precisión de tren suizo al día siguiente el mal de muelas se desvanecía. Pero con Filipo no había remedio. Aparte de aburrido, espantaba a las chicas con su insoportable voz engolada. Lo odiaban y, claro, era algo a lo que teníamos que poner remedio, pues tampoco se nos acercaban a nosotros. Durante días le atiborramos, sin él saberlo, de la pócima de agua de guayaco a ver si, con suerte, le cambiábamos el semblante. Pero nada. Filipo se mantenía obstinado en su actitud desabrida, y su hermano y yo no permitiríamos que se convirtiese en un chupatintas de tres al cuarto. Le metimos una cría de caimán en su cama. O reaccionaba o allí se quedaba.
Reaccionó.
En pocas horas nos recompensó con un destilado de malhojo a modo de brindis por su determinación de acometer el cambio en su carácter. Nos lo hizo pasar por ron y caímos en su trampa. Aún recuerdo la escocedura de garganta, que nos dejó, a su hermano y a mí, en estado mortecino durante varias horas, viendo pasar delante de nuestros ojos a ranas voladoras saludándonos cortésmente, a víboras bailando el charlestón entre los matojos, a un varano toreando a una cecilia, y a un vulgar tritón haciendo el salto del ángel entre arroyo y arroyo. Nos había envenenado y adquirimos, durante horas, la realidad de la quimera.
Jano era inquieto y su estado era de un reniego constante. Coleccionaba tapones de corcho que le traían los camareros del pueblo que trabajaban en la ciudad. Físicamente era torpe. Ya de muy pequeño le rompió las vinajeras al cura sin saber nadie para qué las querría ni cómo un chaval como él había entrado por sí solo en la iglesia. Poco después se le ocurrió tirar de las ínfulas del obispo durante unas fiestas en que vino de visita a nuestro pueblo, cayéndole la mitra en el barrizal de la plaza mayor y siendo pisoteada por la procesión que les seguía detrás, que no supo apercibirse a tiempo de lo sucedido. Se le regañó, pero al poco rato se oyeron los gritos del cura reclamando su misal. Alguien lo había tirado al fango de la piara de la posada. Aun sabiendo todo el mundo quién había sido, el cura, que era de buena pasta, desoyó a los charlatanes y quiso hacer las paces con Jano. Lo consiguió, y durante un tiempo hizo de monaguillo sin que se registrara destrozo alguno entre los enseres de la iglesia. Pero a las pocas semanas abandonó, por completo desinterés hacia los temas eclesiásticos. Con todo, les declaró una tregua a largo plazo por estar la mente de Jano ocupada en otras cosas. Para celebrar el encuentro con los guerrilleros, Jano robó el coñac de su casa y lo llevó al fumadero secreto. Se sentó a horcajadas en una silla destartalada, delante de mí, dio un trago a la botella seguido de un gruñido ridículo con voz aún de niño y nos preguntó a Filipo y a mí.
—¿Nos vamos o qué?
—¿Dónde? —le preguntamos confusos.
—¿Dónde va a ser, cacatúos? —dijo indignado—. ¡Pues en busca de los guerrilleros!
Dio un nuevo trago a la botella de coñac. Esta vez tuvo la desgracia de atragantarse y comenzó a toser como un maleante cincuentón harto de mascar tabaco. Vomitó el coñac y se cayó de bruces de la silla. Le reanimamos como pudimos y al despertar dijo que se le había presentado el espíritu de Lenin diciéndole que pronto se convertiría en guerrillero revolucionario. Al ver que nos lo creíamos, nos dio un cachete y se echó a reír. Filipo y yo nos quedamos mirándole con cara de bobos y medio avergonzados por el desparpajo de Jano, dos años menor que nosotros. Pero eso daba igual; con su acción teatral nos hizo despertar la conciencia de nuestros sueños y empezamos a plantearnos ir en busca de los guerrilleros.
—Pues andando. No quiero quedarme en este pueblo hasta embobecer de aburrimiento —soltó Jano con despreocupación.
Los tres nos levantamos del suelo donde aún permanecíamos, después de la broma de Jano. Una vez en pie nos quedamos mirando sin saber qué hacer. Filipo, de carácter más bien sedentario, empezó a poner objeciones a la marcha: que si no sabíamos en qué dirección ir, que si podría resultar peligroso, que si en caso de encontrarlos entonces qué, que si…
—¡Cállate, cebollín! Si te da miedo, aletárgate de por vida; nosotros nos vamos, ¿verdad, Adrián?
Me quedé sorprendido por la determinación de Jano aun compartiéndola. Decidí apaciguarle.
—Creo que deberíamos partir los tres, pero Filipo lleva razón en que debemos planificar nuestra ruta.
Jano blasfemó para sus adentros y salió del cobertizo para reorganizar sus ideas recién contrariadas.
—A mi hermano el día menos pensado le darán una somanta si no aprende a moderar su lenguaje.
—Déjalo, aún es un crío y sus ideas le salen confusas y desordenadas —le contesté, intentando apaciguarle.
—Pero si algún día le zurran que no me venga llorando después.
—No lo hará, y lo sabes muy bien.
Filipo me miró sin saber qué responder. Yo le di una palmada en el hombro y salimos a ver qué se nos ocurría.
Jano deambulaba entre los matorrales dando golpes de palo aquí y allí. Filipo y yo le mirábamos con las manos en los bolsillos, sin saber qué decir. Más bien era que nuestra mente trabajaba a destajo para esclarecer nuestras intenciones. Nada teníamos claro, nada conocíamos más allá de nuestra aldea, pero, eso sí, contábamos con la determinación de ir en busca de nuestro destino. Pocos minutos después nos miramos y fue entonces cuando decidimos partir. Fuera cierto o no el peligro de nuestras intenciones, contábamos con la determinación férrea de nuestra adolescencia temprana, aún inconscientes de los peligros de la vida y tomándonos la realidad medio en serio medio en broma. Todavía vivíamos en una especie de duermevela a medio camino entre nuestra niñez y nuestros primeros pensamientos de adulto. Pero a pesar de todo, sabíamos que no había vuelta atrás.
—¡Deja de dar golpes al aire! —grité a Jano—. ¡Nos vamos!
Capítulo 23
Aquella noche apenas pude dormir, me pasaron las horas dentro de un duermevela inquietante. Soñé que mi vida era una película de cine y era perseguido por centenares de pájaros enloquecidos. Finalmente me salvaban los guerrilleros a base de escopetazos al aire. A partir de entonces, me incorporé como uno de ellos, pero poco después veía a mis amigos, presos por los mismos guerrilleros. Me imploraban la libertad, pero yo desoía sus súplicas.
Me desperté sin aliento y ya no pegué ojo en toda la noche.
Al día siguiente amanecí cegajoso después de una noche complicada de sueños irregulares abarrotados de entelequias variopintas. Mi mente estaba en estado de alboroto y pasé la noche con el sueño malmirado. La cabeza me hervía y sentía mi lengua pegajosa, como si mi saliva se hubiera desvanecido. ¿Hasta qué punto podía seguir con todas esas inquietudes en la cabeza? No lo sabía, pero tenía que encontrar una solución lo antes posible. Entonces se me ocurrió el plan de fuga. Diríamos que íbamos a pescar a la playa de Tortugas durante dos días. De esta manera ganábamos un día de viaje, al tercer día se apercibirían de nuestra ausencia, pero para ello ya les llevaríamos casi dos días de ventaja, suficiente para que no nos alcanzaran con un jinete rápido, aunque supieran en qué dirección marchamos.
—Entonces, ¿eso es todo? —dijo Filipo cuando le expliqué mi plan.
—Nos atraparán al cuarto amanecer —soltó Jano con aires de sabelotodo.
—No, porque nos adentraremos en la espesura de Rocaduendes y allí esperaremos una semana a que se calme nuestra búsqueda; después seguiremos hacia el este.
Los dos hermanos asintieron en silencio, cada uno intentando encontrar una objeción lo antes posible para no tener que darme la razón de primeras.
—Bien, ya veremos, pero de momento nos quedamos con eso.
Jano, después de aceptar mi plan, se levantó y se fue a la playa a continuar con su ocupación de pelar palos para después clavarlos en forma de valla que rodeaba nuestro escondite.
—Así estaremos a salvo de los caguayos —soltó con una sonrisa, como si lo de la fuga ya no existiera en su mente.
Los tres sabíamos que nos iríamos tarde o temprano. Nos faltaba el incentivo a nuestra huida. Mientras tanto, cada tarde nos reuníamos en nuestro escondite a planear la huida, aunque no hiciéramos más que hablar de lo mismo, más que nada para que nuestras ideas no se desvaneciesen entre mares de indecisión. Pero para evitar eso ya estaba Jano. Nos advertía, agitando la palmatoria delante de nuestros ojos dentro de la oscuridad perenne de nuestra cabaña, que quien pierde sus sueños por indecisión está condenado a vivir una vida de baratillo, concluyendo con voz maliciosa:
—En cuatro días os veo bien ojotados a los dos.
Las bravatas de Jano apenas nos intimidaban a Filipo y a mí. Nos debatíamos entre un mar de dudas, pero el día en que una avanzadilla de militares del Gobierno hizo una redada en un pueblo vecino en busca de los guerrilleros, tomamos la decisión de emprender nuestra marcha. Jano fue claro al exponer sus motivos.
—O nos vamos o nos encerrarán como marranos el día menos pensado.
Partimos al alba, caminando por caminos olvidados, atravesando guayabales y marañones, remontando lomas según viniesen, rodeando parcelas para no ser vistos y evitando a lo más poder a los guardamontes. Jano marcaba el ritmo de la marcha con paso firme y mirada al frente sin volverse ni un momento, mientras que Filipo y yo preferíamos ahorrar nuestras fuerzas por lo que viniera. Eso sí, todos soñábamos con los guerrilleros una vez resueltos los dilemas de nuestras, aún, cortas vidas, dejando atrás una posible juventud de postración y borracheras para coger el asta del futuro sin importarnos los peligros. Caminábamos a paso firme resiguiendo la costa —pero evitando los prados y las playas—, destrozábamos terrones de barro seco de una patada, apartábamos las ramas de mandioca que impedían nuestro paso y arañábamos taludes de arena seca para construir peldaños efímeros. De esta manera, avanzábamos inventando los caminos y soñando con muchedumbres revolucionarias que nos recibieran más allá del horizonte, más allá de nuestra imaginación. Nos envolvía un aura de ilusión que nos hacía caminar a paso firme, sobre todo mientras era demasiado pronto para la aparición de las primeras llagas y sabañones en los pies; eso vendría más tarde, cuando hartos de deambular sin destino nos empezaríamos a cuestionar nuestras convicciones y objetivos. «¡Arriba, culones!», eran las palabras que recibíamos de un Jano resoluto y sin límite de fuerzas, mientras Filipo y yo nos arrastrábamos como podíamos entre la maleza. El primer día de andaduras fue crucial para el devenir de todas nuestras vidas, pues varias veces estuvimos a punto de abandonar y volver al calor de nuestras familias, pero superamos esos baches de nuestra determinación y seguimos adelante. Fue después de una primera noche en vela por la incomodidad de dormir en el suelo y por la falta de hábito de tener como techo a las estrellas, cuando el alba nos despertó de sopetón, habiendo caído pocos minutos antes en los primeros sueños de la noche y sintiendo nuestra vida como una incomodidad hasta que despertamos delante de la imagen nívea de Melinda Blasco. Pero por entonces aún era para nosotros una desconocida y la primera impresión fue de desconfianza.
Danzaba solitaria por la playa, vestida con un chitón y unas enaguas levantadas. Se creía sola y, en un sorprendente ataque de ira, empezó a desgarrar su vestido hasta convertirse en un ropaje de jirones que le colgaban aquí y allá. La observábamos con mirada embobada desde las matas, sorprendidos y, a la vez, desconfiando, pues lo último que queríamos era cruzarnos con alguien. Sentada bajo el árbol de la creación, confesaba a viva voz sus sentimientos contrariados, lo que nos demostró que se creía sola en la playa. Parecía como si se desprendiese de una máscara que la protegía en una vida aún misteriosa para nosotros, como si fuera su manera de permanecer fiel a sí misma, fiel a sus dudas que no podía mostrar en su mundo, fiel a sus esperanzas también. Se incorporó de un salto con un gesto natural, descalza, caminando sobre la arena húmeda. Al llegar al agua se arrodilló en el suelo. Sintió, entonces, el sonido del océano mientras se desprendía de sus sentimientos más turbulentos y se deslizó entre las olas en un baño de renacimiento. Poco después volvió a la orilla, recogió una muda de campesina que guardaba junto al árbol y se vistió con una rabia que desde la distancia y el desconocimiento no entendíamos. Filipo y yo nos manteníamos embobados en nuestro puesto de observación, paralizados por la sorpresa y por no saber qué hacer. Con ojos encovados la vimos cómo se encaminó al acantilado, lo trepó sin aparente esfuerzo y, ya en lo alto, se quedó inmóvil y mirando al frente. Sus cabellos ralos se desordenaban según viniese la brisa y su vestido níveo ondeaba con extraordinario frenesí. Entonces quedaron claras sus intenciones. Se iba a lanzar al mar. Filipo y yo nos miramos a la vez que comprendimos, pero Jano ya corría hacia el agua. Solo nos dio tiempo de volver otra vez la cabeza hacia el acantilado para ver la ausencia de la muchacha y cómo, ya en el agua, Jano se debatía entre las olas de un mar bravo. Nos zambullimos tras él pero vimos que ya la sostenía entre sus brazos a merced de las olas. Salimos del agua como pudimos y caímos despedazados en la arena.
Capítulo 24
Aparecimos en la orilla con la ropa rasgada, dejando entrever rozaduras y moretones a causa de algún desafortunado choque con las rocas. Seguíamos vivos y lo consideramos un milagro, ahorrándonos el trámite de dar gracias a Dios. No obstante, miramos a un cielo jaspeado de nubes grumosas que correteaban diligentes por efecto del viento. Después fijamos nuestra mirada enmasillada en el cuerpo tendido de la muchacha que no acababa de despertar del sobresalto. Le tomé el pulso para certificar que seguía viva, pero me levanté sin saber qué más hacer. Jano se arrodilló en la arena, clavando sus rodillas ensangrentadas con rabia. Su mirada era de desesperación y su cara se difuminaba a causa de los puntitos blancos de arena que se le adherían con el viento.
—¿Quién será? —musité arrastrando las vocales por la duda.
Jano deslizó sus dedos lentamente entre las mejillas de la muchacha para evitar que la arena le entrase en los ojos.
—Llevémosla bajo un árbol, el viento arrecia y sus heridas pueden infectarse.
Cuando dudábamos cómo cogerla, abrió los ojos
—¿Llevan revolver? —Nos sorprendió la voz de la muchacha. Jano tomó la iniciativa y ladeó la cabeza.
—Pues sus vidas corren peligro.
—¿Por qué? —respondimos los tres casi al unísono.
—Me buscan y me encontrarán. ¡Váyanse!
Jano pudo observar que le temblaban las manos y pensó que pudieran no ser ciertas sus palabras.
—No te va a pasar nada, estás a salvo. ¿Cómo te llamas?
La muchacha cerró los ojos negándose a contestar.
—¡Váyanse! ¿Por qué se metieron en mi destino? ¿Quiénes son?
Filipo le contestó que tenía que estar agradecida por su presencia casual justo cuando tomaba la peor decisión de su vida, que cualquiera hubiera hecho lo mismo y que si no estaba de acuerdo, hubiera elegido un paraje más solitario. Jano hizo callar a su hermano, pues no era momento para regañinas.
—No somos sus padres —dijo.
—Gracias —musitó la muchacha abriendo los ojos. Luego se incorporó sin ayuda y, con los harapos del vestido ondeando al viento, se encaminó hacia el bosque.
—¿Vienen o se quedan a contemplar el paisaje?
Los tres nos miramos incrédulos, dudando aún de qué acciones debíamos emprender.
—Sé que deambulan sin destino. Nadie llega hasta aquí a sabiendas.
—¿A sabiendas de qué? —Quiso interesarse Jano. Melinda se detuvo y nos miró fijamente.
—A sabiendas de lo del Hombuco.
Los tres nos miramos sin entender nada.
—El hombre-pájaro, ¿no saben de él?
—Pues no —le contestamos con un tono de clara incredulidad.
—No te inventes tonterías que no somos unos críos —Jano era el único que continuaba encarándose con la muchacha.
—No se hagan los valientes, el Hombuco lleva un tiempo atemorizándonos por esta región. Yo no sé de dónde vienen, pero deberían estar agradecidos a la vida por no saber de qué les estoy hablando.
—A ver, ¿un hombre-pájaro? ¿Qué tipo de fantasía es esa? Nosotros queremos ser guerrilleros, no tienen cabida las supercherías en nuestras vidas.
—Ustedes verán…
Con tono condescendiente y no exento de curiosidad quise interesarme por la historia de Melinda. Esta se sentó en la arena y nos explicó, durante un largo rato, todo lo que sabía, pese a su debilidad manifiesta.
—Le llaman el Hombuco, el hombre-búho-colibrí. Se nos aparece por los montes normalmente al atardecer, cuando las sombras se confunden con siluetas y todo el mundo se apresura a volver a sus casas. Normalmente solo era el susto de verle en la lejanía, plantado encima de una roca con la mirada perdida y los brazos cruzados, como una inmensa gárgola oteando el horizonte. Los que contaban no sabían si estaba al acecho de alguna víctima o simplemente descansaba de quién sabe qué ignominiosa actividad. Alguno que lo pudo ver de cerca contó que sus ojos eran penetrantes como los de un búho, pero que su nariz y boca se confundían en una especie de trompa cartilaginosa a modo de pico de colibrí, una visión aterradora para cualquier alma humana, pues, aunque su cuerpo aparenta el nuestro, este está prácticamente recubierto de plumas. Nadie sabe del origen de ese ser ni qué busca en sus apariciones impredecibles. Hay quien dice que se trata del mismo demonio que escudriña el alma de los incautos, llevándose al desgraciado que más pecados lleva a cuestas. En principio solo infundía temor, pero al no acercarse a ningún aldeano, nos acostumbramos a su presencia y seguimos con nuestros quehaceres con normalidad, eso sí, sin dejar de mirarle de reojo por si las moscas. Pero su presencia no auguraba nada bueno y los peores temores se acabaron cumpliendo con las primeras desapariciones. Nadie dudó de que el Hombuco fuera el causante, pues primero fueron varios perros que desaparecieron del pueblo y más tarde siguieron un grupo de niños que no volvieron a casa al anochecer. Todos pensaron que había sido cosa del Hombuco y se temían lo peor. Se organizaron batidas por todos los alrededores, pero sin obtener ningún resultado. De los niños no se encontró ni rastro, y durante unos meses el Hombuco no volvió a aparecer. Todo ello causó una honda desesperación entre los aldeanos y comenzaron a correr fantasías y supersticiones alrededor de su figura. Se decía que tenía a los niños secuestrados y se los iba comiendo poco a poco, y que cuando acabase, vendría a por más; otros daban interpretaciones sobrenaturales y le dieron la identidad de Lucifer; los menos crédulos deambularon por pueblos vecinos en busca de explicaciones más realistas, como una huida a la ciudad o un secuestro de pérfidos motivos. A estos exploradores tampoco se los vio nunca regresar, con lo que el pánico se desató en la región. Los más valientes organizaron patrullas armadas a la caza de la bestia ya considerada asesina, pero después de dar vueltas y vueltas regresaron sin ningún avistamiento del ser misterioso. Se decía que habitaba en las cuevas de los acantilados, pero ningún pescador dio fe de su presencia. Otros lo buscaban por las espesuras, quizás en algún escondite secreto en las copas de los árboles, pero el resultado fue el mismo: volvieron de vacío. Para entonces se contaban veinticuatro desapariciones, y había quien le atribuía ser también el causante de las muertes naturales, pues quien se alía con el demonio, de él es deudor, y es permitido achacarle todas las desgracias que sobrevienen. Tuve la idea de darme en sacrificio para recuperar a los desaparecidos. Uno de ellos mi hermano. Así fue como escapé del pueblo y llegué a estos acantilados, donde se supone que habita la monstruosidad, para darme a cambio de todos esos chiquillos inocentes.
Capítulo 25
El sol empezaba a enrojecer por los promontorios que alcanzaban el cielo y un enorme silencio nos invadió. Nos sentíamos confusos, sin saber por dónde rebatir la historia de Melinda. Bien era cierto que lo del Hombuco era duro de aceptar, pero creíamos en la veracidad de las desapariciones y el problema de supervivencia para esta región demasiado lejos de la capital como para llamar la atención del Gobierno, ni tan siquiera para la llegada de la noticia a los principales periódicos de la capital. Entonces, Jano, que no había vuelto a apostillar, se alejó unos metros a modo de reflexión y se sentó en la arena.
—No me creo nada.
Es lo único que alcancé a oírle, pues justo en ese momento un chasquido a mi derecha me ensordeció. Nos tiroteaban. De esos momentos solo alcanzo a recordar el sabor salino de la arena, pues caí al suelo con la boca abierta, creyéndome herido. No sé qué fue de Jano, no le oí la voz entre la algarabía ni pude advertir su posición, pues mis ojos también se llenaron de arenilla cuando hubo desprendimientos de guijarros precipitados a pocos metros del lugar, suponiéndome ya enterrado en vida. Sonó una voz imposible del lado donde presentía las rocas y, aun estando en medio de una lluvia de balas, desde la espesura, alguien me agarró de la espalda y, de un tirón, me adentró en un boquete del acantilado. Era el Che que, enojado por la situación, quería saber quién era el cabecilla de entre nosotros, para que le aclarara qué hacíamos allí y por qué iban tras nosotros los militares. «¡Galopín! ¿Estás loco? ¿Cómo has traído a estos chiquillos hasta aquí?». Parecía que me tomaba por ser mayor que mis compañeros. No supe qué contestarle, lo único seguro era que, en caso de que hubieran sobrevivido, ya deberían ser prisioneros de los militares y confundidos por guerrilleros antes de ser admitidos. «Debemos salir de esta encerrona», solo alcanzó a decir el Che, arrastrándome hacia un oquedal que conducía a una especie de desfiladero que circundaba el acantilado.
—¡No puedo dejar a mis amigos! —imploré sin haber analizado la situación.
—Demasiado tarde, los han capturado. No intentes volver. No han respondido al ataque de los militares, así que solo han sido disparos disuasorios. Estarán bien. Los intentaremos rescatar pronto si los encierran en el cuartel de Dorsal, que no queda muy lejos de aquí. Déjame hacerte esta promesa si así te quedas más tranquilo, pero ahora debes acompañarme.
Caminamos entre los paisajes pétreos durante largo rato, dejando atrás cañones de piedra esponjosa y rojiza, con sus polvaredas de espuma del mar, cuando las olas, encabritadas por la longitud del océano, se desparramaban hacia el cielo vaporoso y hacia las mil galerías subterráneas que configuraban aquel acantilado de entrañas huecas. La nube de finísimas gotas de agua teñía el cielo de ocre con sus raras iluminaciones, con sombras temblorosas que subían y bajaban en ritmos inconstantes. En la lejanía apareció, delante de nuestras miradas, un imponente islote de roca cárdena. Nuestro destino. El Che aceleró el paso y yo arrastraba mi estupor al ritmo de la pesadumbre. La isla, por llamarlo de alguna manera, pues su tamaño era más bien minúsculo y nada tenía que ver con lo que pretenderíamos esperar de una isla, se alzaba en el horizonte como un roquedal en medio de la tempestad del océano, como el punto donde mueren las líneas infinitas para reencontrarte con la vida, pues ya sabes que, aún en la distancia y después de horas de caminata improductiva, una elevación pétrea significa vida en su interior: agua y alimentos, descanso y libertad. Cierto es que seguía a merced del Che cual reo esclavizado, que seguía escuchando su retahíla de reproches por haberlos querido encontrar y haber puesto a su gente a merced de las tropas del Gobierno que, a la vez, habían seguido nuestros pasos. Me mantenía sumido en una ausencia de culpabilidad, pues el Che conocía mi origen y me relataba una por una todas las nefastas consecuencias que podrían acarrear que unos chiquillos quisieran guerrear como los mayores, que si desde la protección de la casa de mis padres había fabulado en demasía, que si una revolución no era un juego que se pudiera tomar a la ligera, pues la selva virgen era su protección y el mandato entre los campesinos era no hablar nunca de los ocasionales encuentros con su tropa, que eso solo los ponía en peligro y ponía de manifiesto el territorio por el cual se movían, y cada pista era aumentar la probabilidad de la captura y arruinar, en definitiva, los mandatos básicos de todo movimiento guerrillero. Poco después, mientras buscaba una suerte de paso subterráneo que iba del acantilado al islote, me siguió regañando sobre mi actitud y me explicó que mantener la convivencia entre sus soldados era una ardua tarea solo al alcance de pocos liderazgos, ya que la mayoría de movimientos revolucionarios estaban condenados al fracaso precisamente por esa carencia: la de no poseer un líder con sentido común. La recompensa era un bien superior al que todo idealista aspiraba; en ningún caso este sería el bien propio y el acomodarse en las victorias conseguidas, sino que la finalidad de toda victoria era la de sacar a las futuras generaciones del seguro empobrecimiento a las que los sumirían las políticas de gobiernos corrompidos por la avaricia de poderosos sin escrúpulos. Empezaba a comprender sus razones, pero ¿de cuánto tiempo me hablaba? ¿Por qué tenía yo que preocuparme de las generaciones venideras a tan largo plazo? ¿Qué sabía yo de los fines de la política? ¿Por qué tanto pesimismo? Entonces pronuncié en voz alta la palabra «¿por qué?», y eso fue lo que enfureció al Che que, de un golpe certero a mis rodillas, me tumbó en el suelo, haciéndome tragar la arena de la playa hasta sentir que mi respiración se desvanecía. Me dijo que no entendía por qué me dejaban acompañarles, que si por él fuera me entregaría a los militares por no entender los fines básicos de toda revolución, y que tenía suerte de haber sido elegido como aspirante a guerrillero, aunque él no estuviera de acuerdo. Me retorció el brazo y sentí un dolor intenso, la primera sensación que tuve durante horas cuando, creyéndome muerto y soñando, mi mente era ajena a mi cuerpo y notaba cómo flotaba en un mar sin sentidos, como una mente vacía sin sufrir las ataduras del cuerpo. Después de la llegada de los militares sentí otra vez cansancio y pesadumbre, sentí el dolor en mis pies fruto de la larga caminata junto al Che. Al final, su agresión sin sentido. Supe entonces que había recobrado por completo la sensibilidad de mis articulaciones, supe también que mi tormento aún estaba por llegar y temí que se me fuera a torturar físicamente. Me sobrevino el miedo y el temor a mi destino. A pesar de todo, mi racionalidad me enviaba constantemente señales de alarma, la incongruencia era presa de mi mente, fruto del entorno, y el Che se comportaba de manera irracional, muy alejado de la visión ideal que poseía de él poco antes de partir. Entonces, ¿cómo un ser preso en su propia violencia podía tener poderes para juzgar las acciones del Gobierno por desafortunadas que estas fueran? No me juzgaba por poner en peligro la revolución, me juzgaba por haber infringido ciertos códigos básicos entre guerrilleros, y sobre todo, el de perder la individualidad a favor del destino colectivo. Si así era, sentía mi perdición como irrevocable, atendiendo a las palabras del Che sobre mis actos. Pero se detuvo, como si de pronto se acordara de que no podía hacerme daño y que de hacerlo, tendría que dar explicación a instancias superiores. Me levantó y me obligó a proseguir la marcha como si nada. Estábamos delante de la isla, pero me parecía imposible alcanzarla debido al cansancio y a las magulladuras. Caminábamos ahora por un terreno irregular, subiendo y bajando montículos de piedra negruzca, sintiendo bocanadas vaporosas y ardientes que sobrevenían como géiseres por los agujeros del abismo. En algunos de ellos resplandecían sus paredes a causa de una segura lava interior, siendo estos agujeros cada vez más abundantes, hecho que confundía nuestra ruta y nos obligaba a hacer grandes rodeos, dificultando el acercamiento a la isla. Nuestra caminata era un descenso en espiral hacia esa construcción diabólica de formas engañosas y amenazantes. Ya en sus proximidades oí el son de unos guayacos, como inventando graznidos sin sentido, al menos el sentido que todo ser humano esperaría de esos animales. El Che canturreaba de manera estropajosa siguiendo el retumbar de las olas al estallar en el acantilado. De vez en cuando me daba golpecitos en la espalda para que le imitara, como si sus gorgoteos tuvieran que ser imitados por mí. Lo intenté de manera penosa y el Che se me quedó mirando, desaprobando mi intento y lanzándome una mirada con desdén. No disimulaba su desprecio hacia mi persona y me miraba como si mis ideales pertenecieran a lo más oscuro de la superstición. En verdad me sentía un ser extraño, un simple adolescente que perdió la lucha por la vida por no saber adaptarse a las conveniencias de los adultos y por no comprender los mecanismos que posibilitaban el éxito social, aunque solo fuera en mi pequeño pueblo. Sentí mi humanidad embrutecida y deseaba que acabara, de una vez por todas, esa insoportable condena; que acabara o que comenzase de una vez, pues lo que tuviera que suceder con mi persona aún estaba por venir, si atendía a las palabras del Che. Se me esperaba en el interior del islote y allí estaba yo, a unos pasos de ser juzgado por el máximo representante de la revolución. Al llegar entramos en una gran sala de roca, un hueco en el magma petrificado millones de años atrás. El refugio del Hombuco y de los revolucionarios.
Capítulo 26
El Hombuco, la omnipresencia detrás de las murallas, la fortaleza de su ímpetu y el enojo del Che y sus palabras de delirio. Me aplacó, de repente, una intensa fiebre y se desvaneció mi instinto de defensa. Miré a mi alrededor y solo pude ver rocas en el techo, rocas en el suelo y rocas a mi entorno, y vi el movimiento lento de las alas del Hombuco, como intentando ahuecárselas para dejar pasar un aire refrescante. Al menos esa era la intención, pues el calor y la humedad eran insoportables allá dentro, y resultaba imposible desprenderse del vapor sofocante que nos envolvía. Pude presentir mi cara amoratada por el esfuerzo de la caminata a través del roquedal y por la temperatura de caldero en ebullición que teníamos que soportar, incluso el mismo Che parecía perder su aplomo ante el ardor que se acrecía minuto a minuto. Bajo los agudos vértices de la cueva, nos dispusimos delante del Hombuco, que estaba bajo un tragaluz que lo iluminaba, pudiendo observar con más detalle su faz monstruosa. Mostraba unos ojillos secos e intrascendentes, y en su larga nariz deforme se acumulaba una suerte de mucosidad cristalizada a modo de estalactita formada durante años, lo que le confería realmente un aspecto de pico de ave. A pesar de todo, no entendía cómo nadie se la hubiera arrancado en algún momento de su vida, siendo esta de duración indeterminada, pues me sentía incapaz de postular su verdadera edad. No obstante, hubiera sido la obligación de algún médico que lo hubiera visto alguna vez —el mismo Che lo era—, aunque solo fuera para desinfectar el orificio, si es que pudiera haber alguna solución, aparte de la cirugía, a tanto estropicio en el rostro. Aunque el estado del cuerpo no era para menos (pues estaba recubierto por decenas de pústulas como la de la nariz, al menos por las partes que le quedaban visibles, apenas brazos y piernas, pero estas debían afectarle vastas zonas por todo su cuerpo, horadándolo sin piedad, intuía que de manera lenta y dolorosa), todos esos oquedales habían excavado surcos profundos bajo su piel y, una vez cicatrizados, se convertían en pliegues interiores parecidos a un ombligo, aunque de menor tamaño el cráter y de forma irregular. En estas cavidades de pellejo muerto, que podía tener un centenar por todo el cuerpo, se introducía plumas de diferentes pájaros, dando la verdadera impresión de que se trataba de un ser fantástico, mitad hombre mitad ave. La falta de nariz confería a su voz un gorgoteo profundo, y cuando hablaba emitía el mismo sonido de burbujeo que una olla de sopa en ebullición, como si un enorme río de mucosidad fluyese entre su nariz y su garganta de un lado a otro, continuamente.
No había visto nunca a nadie tan ansioso por revelar su verdad a los presentes; su espíritu era como si nos hubiera salvado de las garras del mal, es decir, lo que para él era la civilización, y allí estaba junto al ser materializado ahora en el cuerpo del Che, acalorados por la caminata, viendo llegar sola a Melinda, y preguntándome qué habría sido de mis amigos Filipo y Jano, ahora presos en un mundo colmado de peligros.
Melinda se salvó de ser apresada, y debió de huir por un camino angosto similar al mío trazado —su cara no estaba desencajada—, como si ya conociera esas cavernas y encontrar la solución a su laberinto no fuera un problema para ella.
Solo pude intuir que pudiera haber sido expulsada con anterioridad a nuestro encuentro en la playa, y por eso el intento de suicidio, puede que al rescatarla hubiera presentido un atisbo de esperanza en volver y por eso nos engañó metiéndonos miedo y conduciéndonos directamente hacia donde debía de saber que se apostaban las tropas del Gobierno, pues sabía que estas eran seguidas por los hombres del Hombuco y Melinda no permitiría que nos confundieran con revolucionarios y el deshonor de ser capturados como tales. Así que nos llevó directamente a ellos, sacándonos de nuestro escondite y metiéndonos en la boca del lobo para luego ser rescatados justo a tiempo, aunque ello significase nuestro bautismo de fuego y el riesgo real de ser alcanzados por algún proyectil. En verdad ello no sucedió, pues Melinda no fue herida y yo tampoco lo estaba, pero sí que me invadía una cierta desazón al haber perdido el contacto con mis compañeros de viaje. Lo que sí me quedó claro es que nos dispusieron delante del Hombuco, él subido a una especie de pedestal rocoso de manera que nuestros ojos quedaban a la altura de sus pies y desde allí, o bien recibir adoctrinamiento o bien escuchar nuestra suerte, pues estábamos a merced de lo que decidiera ese ser monstruoso.
El Che seguía acusándome de ser el causante de su probable fracaso, pero ya con trazas de bastante incredulidad. Fue entonces cuando en una oquedad de las paredes de piedra apareció el rostro de Melinda, en disposición de tomar la palabra delante del Hombuco.
—Señor —dijo ella—, mis respetos. Hace un año que lucho por cambiar mi vida, por desprenderme de una vez por todas de una pesada carga que llevo a cuestas desde hace años, pero sé que este futuro que deseo todavía se encuentra lejos, y este pensamiento me entristece. Hoy mismo he intentado donarle mi cuerpo, entregarme a la causa como quedó estipulado en las escrituras y el posterior pacto en mi pueblo, pero he sido estorbada en mis propósitos y el acusado y sus acompañantes han truncado mi destino. De sus compañeros solo puedo decir que los capturaron las fuerzas del Gobierno, estando estas muy cerca de aquí, poniendo en peligro el secreto de nuestra revolución. Ya no puedo volver a mi anterior vida y mi entrada aquí ha sido un fracaso, al menos he fracasado en mi prueba de iniciación. Solo me queda la resignación y dar inicio a la cuenta atrás, como si acabara de entrar en una prisión sin paredes, sin saber tampoco la duración de la condena. Solo me queda el destino de encerrarme en un agujero oscuro y húmedo o volver a las calles de cualquier ciudad turística. Ya antes me encontraba en la segunda situación, mi prisión era un paraíso para los poderosos, y la oscuridad de una celda lo confundía como las luces delirantes de una fiesta cualquiera. Sí, en ese tiempo mi trabajo fue mi cuerpo y no me lo reprocho, fue una prisión donde me metí voluntariamente y, por ello, nunca me he sentido incómoda al recordar mi pasado. Muchas veces he chocado con la incomprensión de quien presuponía cercano, pero siempre lo resolví con valentía. Aunque es cierto que perdí la libertad dentro de la propia vida, sin embargo, ¿no es lo mismo que pasa dentro de cualquier otro trabajo? Claro que sí, simplemente se trata de que esta pérdida de libertad queda maquillada por un falso bienestar, del que yo siempre me he sentido desvinculada. Quizás algún conocido me llegó a reprochar que era una cobarde, que no sabía enfrentarme a los problemas de la vida y que mi camino era una falsa escapatoria. Yo le respondía que quizás sí, pero no aceptaba el hecho de que supusiera una escapatoria de nada en concreto; era una vida que me atraía y no deseaba otra cosa, me creyeran o no. Sé lo difícil que es enterarse de la verdad y sé también que las habladurías son más poderosas de lo que a todo el mundo le gustaría, por eso nunca he impuesto condiciones y he dejado que quien se aproximara a mí tomara por decisión propia sus precauciones. Me considero una persona tan placentera como desconcertante, expando en un primer momento toda mi amabilidad para ganar la confianza del desconocido, como después de ganar este primer duelo me dedico a censurar el presente hasta la saciedad de mi mente y el asco de quien me acompaña, mi delicadeza, convierte al fiero en bufón y al cínico en siniestro, al menos cuando deciden encerrarse conmigo por un malentendido sentimiento de protección, pero al poco rato la angustia les agria la determinación y todos huyen de mí como cucarachas a golpes de cachivache. Mi vida interior es mi verdad, lo otro simplemente es un sueño, un simple sentir, nada más que latidos pasajeros.
»La comprensión de la naturaleza humana es vital para poder estar en armonía con nuestro mundo, y esto, tanto es aplicable al lenocinio como a cualquier profesión dicha honorable. La humanidad está perdiendo la dignidad animal con la que la naturaleza nos ha dotado; otros opinan todo lo contrario, pero un animal, cualquiera, siempre actúa con honorabilidad. Las personas ya no. La cultura nos ha pervertido, dicen algunos, la cultura nos libera, digo yo, pero sabiendo que esta liberación solo es momentánea y que pronto nuevas fuerzas contradictorias se aprovecharán de esta libertad para volver a llevarnos hacia el camino de las futilidades humanas. Ya de muy joven los hombres me miraban con ojos de perversión, esto condicionó mi carácter muy pronto y enseguida aprendí a dominarlos. Fue un primo mayor mi primera víctima. Apenas iniciaba él su adolescencia, y yo, siendo aún muy joven, dominé su mente tanto como quise con insinuaciones y provocaciones que, a pesar de hacer entonces su efecto, ahora las considero ridículas. Pobre, ahora me compadezco de él y de su sufrimiento debido a mis caprichos mentales. No le reprocho que alguna vez perdiera el control y se abalanzara sobre mí; al final era prisionero de sus propias hormonas, pero si hubiera tenido un poco de cordura no se hubiera dejado sorprender por mis padres justo en el momento en que un gesto muy calculado por mí le hizo perder por completo el control. No lo he vuelto a ver desde entonces.
»Muchas mujeres creen en el dinero para conseguir que la belleza reaparezca en sus cuerpos demacrados, cuando lo cierto es que la belleza no se puede comprar ni adquirir con posterioridad. Yo nunca he tenido este problema, y sé que nunca lo tendré. Envejecer con dignidad no excluye desprenderse del halo de juventud, porque ya desde las primeras civilizaciones se dijo que la principal virtud humana se encuentra en su naturalidad. Lo suscribo con la propia experiencia: no hay nada mejor para mantener la belleza propia que la naturalidad en todas las acciones del cuerpo. La belleza es el alma cuando se manifiesta sin complejos, y siempre he tenido claro que seguir la naturalidad de mi cuerpo es la premisa que me mantendría año tras año inmensa dentro de la fastuosidad de la existencia humana. Detesto los maquillajes pomposos, detesto la artificialidad quirúrgica de máscaras inhumanas, detesto, en definitiva, toda esta perversión de humanidad que nos rodea.
»Lo confieso, quiero ser guerrillera porque no creo en la humanidad artificiosa, ridícula en su vida antinatural, y no creo en la psicología de esta sociedad que nos ha llevado hacia este camino de fastuosa mediocridad; no acaté disciplinas porque desconfíe de las falsas soluciones puritanas, al fin y al cabo toda idea queda superada por la siguiente, y las ideas firmes de unos son inevitablemente ridiculizadas por sus propios hijos o nietos. ¿Qué debe tener una idea para sobrevivir al paso del tiempo? Pues justificación dentro de la propia naturaleza humana y, sobre todo, que sea poseedora del concepto inmutable de belleza. Y esto es precisamente lo que deseo incluir en los fundamentos de mi vida: la exaltación de la revolución como justificación de mi condición de prostituta.
El Hombuco quedó conmovido por su relato, se alzó de su altar y extendió los brazos en señal de acogida. Melinda se secó una lágrima incipiente antes de que se materializara y avanzó temblorosa hasta el Hombuco. Se abrazaron y el líder dijo que la aceptaba en su misión.
Capítulo 27
Llegó mi turno y durante una hora expuse el largo relato que a ti te tenía reservado, teniendo la pueril esperanza de que el saberte juzgado te perjudicara, pero sabiendo ahora, ya despejada mi mente, que te haría menos mella que una efímera señal de la cruz reseguida con los dedos, así que finalmente mi historia recabó en la mente del Hombuco. Le hablé de Filipo y Jano, comprometiéndose a ir a liberarlos lo más pronto posible, pues también se merecían su oportunidad de ser admitidos como guerrilleros. Le hablé del ser, esa criatura sublevada con la cordura que me secuestró en dos ocasiones, incluso ahora, una tercera materializado en el cuerpo del Che, y que en la primera hubo algunas riñas y en la segunda fuimos un dúo pululante hasta llegar a esta cueva. Nos acompañaba un vagabundo holgado en vino del que no sabía nada, pero me encontraba allí gracias al manuscrito de su casa, sin poder explicar cómo había llegado a esa isla, aunque sí que recordaba las largas casacas de los guardianes que me custodiaban durante el juicio. Me quejé ante el Hombuco de que esos guardianes me pinchaban sus punzones en mi espalda y que ello era una acción punible, pues no se debe martirizar al acusado durante un juicio. Pero el día en que me escapé, quise olvidar esos agravios. Le hablé de mi liberadora, Melinda, o Medea, ya me daba igual su nombre, pues incluso antes la tomé por Perséfone. Esa mujer ideal habitaba en muchos cuerpos a la vez, estando la humanidad llena de medeas a la espera de que alguien las descubra y se enamore de ellas hasta enloquecer, la sencilla impulsividad masculina se encarga de ello generación tras generación, como el motor que remueve conciencias, ese halo de irracionalidad que invade las mentes de los enamorados, siendo lo que en definitiva perpetúa la especie. Que no se interprete en ello ni una pizca de sarcasmo, pues contemplar las vicisitudes de los enamorados es la perenne actividad placentera de todo narrador, las grandes historias de amores correspondidos o no, pero siempre dados a inmensas dificultades, han sido contadas primero alrededor de una hoguera y bajo las estrellas, y luego en hechizantes pantallas efímeras, oyéndolas con interés aun sabiendo que solo son exageraciones, intolerable hervor de juventud, sombras mal cosidas de nuestros sueños imperfectos. De todo ello hablé ante el Hombuco para redimirme de mi vida, para desprenderme de mis canalladas del pasado, para adquirir una nueva humanidad y ser admitido en su grupo. Todavía me quedó mucho que contar, así como nuevas reflexiones ajustadas a mi carácter, como debe ser, adoptando mis propias conclusiones y no las de otros, pues nunca estas son traspasables por entero de una mente a otra. La historia de las ideas es un ir y venir de sentimientos contradictorios, una amalgama inconclusa de victorias y necedades. La humanidad, en definitiva, con sus burdeles y sus escapularios, con sus naciones y sus colonias.
—Dante, la claridad —habló el Hombuco—. Pero, contrariamente a la leyenda, a los pedestales de piedra, miles de escritores nos transmiten su aullido a través del búnker de papel: un libro. Y ¿eso es todo? La solución al sentido de la vida siempre nos la da nuestra infancia., Quien no la encuentra es que se ha alejado demasiado de ella; quien no se la cuestiona es que, por fortuna suya, aún habita en ella. Mi existencia siempre ha sido un peregrinaje sin meta, una huida constante hasta que intuí que mi destino era mi pasado. Déjenme que les explique: Ocurrió que un tal Samuel dejó preñada a su hermana Violeta, mi madre, y esta se embojó como un gusano y en pocas horas hiló su propio capullo para desaparecer del mundo. Poco antes de dar a luz, resquebrajó los hilados que la recluían en lo alto de un guayabo y se dejó caer entre las hierbas del bosque. Allí se retorció de dolor, agarrándose entre los matojos y destruyendo el silencio con gritos de rabia hasta enmudecer de agotamiento. De sus entrañas salió una sanguijuela envuelta en espumarajos verdes oscuros, que Violeta abandonó en el bosque horrorizada. Cuando la vieron regresar al pueblo nadie supo el porqué de su marcha ni cómo fue que regresó viva cuando todos hacía meses que la daban por muerta. Ella no volvió a hablar jamás y se la aceptó como hilandera de guardapolvos y vendajes. Nada se sabía tampoco de su hermano Samuel, que huyó para perderse en el laberinto de la primera gran ciudad que encontrase, aunque después se supo que vendía su cuerpo a escultores de bustos y cariátides para las mansiones de los empresarios extranjeros que, desde siempre, han vampirizado nuestro país. Nunca supe de mis padres ni ellos supieron nunca de mi existencia. Lo poco que sé lo he podido descubrir recientemente, no sin esfuerzo, y sobre todo gracias a la colaboración del Che, aquí presente, que se interesó por mi pasado e investigó en mi aldea de origen. Por este hecho, y por otros más que algún día os explicaré, nos une una honda amistad y no escatimaré esfuerzos para ayudar a su lucha revolucionaria en todo lo que considere oportuno.
»Dicho esto, déjenme unas palabras finales hoy que tenemos a un invitado, pues de él depende unirse a nuestra causa si así lo desea. En caso contrario, podrá marchar en libertad, no queremos a nadie que no esté plenamente convencido de lo que hace. La duda en nuestra situación solo significa debilidad, y esto hay que tenerlo muy en cuenta. Sé que muchos me confunden con una bestia, aunque creo que, sin duda, llevan su parte de razón, pero poco hablan de lo que ocurrió antes de mi nacimiento, de cómo la mala planificación de un país se llevó miles de vidas por delante, de cómo las familias perdieron a sus hijos, toda una generación arruinada sin dejar apenas huella. Esta es la historia de mi vida y espero que te sirva para unirte a nuestra causa. ¿Ves este mar que empieza a verdecer? Pues lanza ahí todos los insultos vertidos hacia tu persona, ya no necesitarás su recuerdo, ya que a partir de ahora serás un nuevo hombre; elimina la sencilla impulsividad que te ha caracterizado y olvídate por fin de las tinieblas de tu pasado. Bajo este acantilado de granito te convertirás en un nuevo hombre, ajeno a toda necesidad material, pues a partir de ahora el arte será tu motivo de inspiración, el que te guiará bajo el fuego para siempre sobrevivir a sus peligros, pues nuevas reglas van a dominar tu alma, tomando el oficio de libertador y siendo uno más entre todos nosotros. De momento aún permanecemos escondidos bajo la tupida selva, pero ya prestos a conquistar el mundo. Llénate la boca de nuevas palabras, ya que muchos las necesitarán para sobrevivir, ¿no te parece? Piénsalo bien, pues cien veces habrás de rehusar tus viejos recuerdos como lejanía sin horizonte; el egoísmo como culpable de tu dejadez en los asuntos del alma, que nunca fue por sus verdaderos cauces, sino que fue ineludiblemente llevada hacia una actividad de insultos y cobardía. Yo, que desde mi tierna infancia supe sobrevivir en soledad, quiero ahora que te acojas a esta suerte, acompañándonos en esta nueva manifestación de humanidad. Yo, Hombuco me llaman, trazaré las cuatro líneas de mi revolución: expediciones militares, ayuda a los refugiados, apertura a sus desbordadas humanidades y finalmente la liberación de su yugo de nacimiento. Que así sea, y os confiero toda mi fuerza mental.
»He dicho.
»Puedes abrazarme y unirte a nosotros si así lo deseas.
Subí a la roca, le abracé y colaboré en el ritual de las tres libaciones: la del aceite, la del vino y la de la miel.
