
Un juicio épico entre los dioses, los animales y la conciencia humana.
Un poderoso directivo de una multinacional despierta en un mundo onírico bajo las nubes de gas de Júpiter. Allí, los dioses mitológicos exiliados y los animales, materializados como seres ideales, lo acusan de crímenes ecológicos devastadores. Enfrentado a la magnitud de sus acciones —la destrucción de selvas, ríos y vidas humanas—, el hombre debe enfrentarse no solo a los cargos, sino también a su propia alma.
Guiado por una extraña criatura y perseguido por los ecos de su conciencia, el protagonista busca redención en un juicio que desdibuja los límites entre la realidad y el sueño. Filosofías existenciales, los ecos de antiguas mitologías y una intriga que entrelaza lo onírico con la cruda realidad terrenal conducen al lector a una historia inquietante y profundamente reflexiva.
PRÓLOGO
Qué cosas pasan. Comencé a leer este fascinante libro nada más terminar Aullido y otros poemas, la extraordinaria antología poética que escribió a mediados de los años cincuenta el gran Allen Ginsberg, uno de los maestros de la generación Beat y, por extensión, uno de los padres de la contracultura, junto a otros grandes como Jack Kerouac o William Burroughs. Esa obra, como el resto de sus trabajos y los de sus compañeros, supuso un quejío duro y visceral ante un mundo que no comprendía y del que, inexorablemente, formaba parte. Estos escritores, cuando eran jóvenes, buscaron en las letras y en las drogas una salida, y quizás la encontraron, pero no duró mucho… Y al final, como suele pasar en este mundo cruel, la ola del tiempo les terminó pillando. No sé si es fruto de esta curiosa conjunción, pero este libro que tiene usted entre sus manos, estimado lector, de alguna manera me ha recordado a los gritos amargos de Ginsberg —«vi las mejores mentes de mi generación destruidas por la locura, hambrientas, histéricas, desnudas»—, pero también a los desvaríos lisérgicos y experimentales de Burroughs o al precioso y a la vez terrible monólogo interior del On the Road de Kerouac.
Pero esto es otra cosa. Como comprenderá, no puedo desvelar nada de lo que va a leer a continuación. Ya tendrá usted tiempo, por fortuna, de experimentar en toda su plenitud esta impresionante obra que está a punto de empezar, en cuanto este prologuista se marche y cierre la puerta. Y mira que me gustaría soltar algún que otro destripe —me niego a usar el anglicismo ese— y hablarles de algunas partes de esta novela que me han resultado especialmente llamativas y memorables. No puedo, ni debo. Además, creo que es mejor vivir la experiencia sin saber nada, como cuando uno se topa sin querer con una excelente película que no conocía.
Por supuesto, además de una historia cautivadora, inquietante y perturbadora, esta obra es una grandiosa invitación a la reflexión existencial y filosófica —aunque, como comenta uno de los personajes de la novela, esta sea una herramienta del mal—. Los temas que se ponen sobre la mesa han sido tratados desde la más remota antigüedad por los más grandes pensadores. Pero aquí, en esta deliciosa fábula, adquieren un nuevo e interesante matiz. Enumerar la larga lista de ideas que inundaron mi mente durante la lectura daría para más palabras de las que, por derecho, puede tener un prólogo. Pero, si me lo permite, me gustaría comentar alguna que me pareció especialmente sugerente y que, quizás, funcione a modo de introducción.
Por ejemplo, la importancia de la avaricia, uno de aquellos pecados capitales característica esencial de este sistema económico y social en el que vivimos inmersos, en mayor o menor grado, y del que todos somos, también en distinta medida, cómplices y víctimas. Alfred Batlle, mediante su omnipresente personaje, desde su trabajadísima segunda persona —ojo, no es nada fácil escribir un libro desde esta perspectiva— expone con una capacidad de análisis descomunal las barbaridades y las maldades de un sistema que por primera vez en la historia está presente en todo el planeta y afecta a casi toda la humanidad —ni siquiera tengo claro que sea válido emplear ese «casi»—, siempre con el egoísmo por bandera y dejando en el subsuelo aquellos ideales de los ilustrados que soñaban con mundos mejores. Claro, al final esto no deja de ser consecuencia de un sinfín de factores, pero todos guardan relación con nosotros, con los humanos demasiado humanos de los que hablaba Nietzsche.
Y ese es el origen de la tragedia: nosotros. Y en torno a eso, en torno a «nosotros», en torno a lo que somos, gira el delirante cuento que está a punto de leer; un cuento denso, orquestado con un lenguaje riquísimo, áspero y duro, psicodélico y desconcertante a veces, emotivo y empático de vez en cuando, y visionario y clarividente casi siempre.
No le entretengo más. Ya está bien. Le dejo con este tour de force literario monumental y embriagador. Le aseguro que será una de las experiencias más subversivas y fascinantes que va a vivir con un libro en la mano. Es posible que, incluso, se vea reflejado en muchos momentos y en muchos párrafos, y también puede ocurrir que esta bofetada de realidad travestida de psicodelia demencial y onírica les produzca un cierto malestar. No se rinda. Suele pasar. El camino del héroe es así. Merece la pena continuar, mirarse en este espejo mil veces y renacer, como nuestro héroe, de nuestras propias cenizas, aunque el precio a pagar sea ser juzgado por los dioses…
Buen camino.
C.R.
Capítulo 1
Ahora que he vuelto, te interesará conocer los detalles del trance que tanto ha alterado mi corazón mientras dormía. Supongo, y en ausencia de la razón más primaria, que he viajado a lugares imposibles para toda mente cabal y escuchado argumentos capaces de ablandar el espíritu más irredento. Me tendí en el camastro del jardín nada más acabar aquella fiesta y, de pronto, me encontré en un lugar mísero y frío. ¿Dónde fueron tantas vanidades? ¿Cómo fue que se desvanecieron todos los lujos a los que me tenía acostumbrado? Grandes verdades se me revelaron y ahora me siento ajeno a mi anterior vida. ¿Recuerdas la fiesta? Las gentes y su lujo, sus vestidos y la amabilidad fingida, todo es superfluo en mi nueva vida, todo es en extremo inservible para lo verdadero humano. Te preguntarás qué fue de mi persona en tan misterioso viaje y qué privilegios o bonificaciones me cambiaron el semblante. Extraña historia la mía, que eliminó la vanidad en mis modales, y un largo silencio conmovió mi alma. «¡Tonterías!», dirán algunos; «¡paseos entre la nada!», repetirán los menos crédulos, pero mi valor se ha acrecentado delante de aquellos que me miran con desprecio cuando aparezco, a los que les gustaría verme a rastras y con una disculpa, a quienes se sienten en alturas de ceniza, creyéndose puntal de la vida de todos. Nada más que un engaño, pues no serán nunca conscientes de su mísera vida, ajenos a toda generosidad verdadera y mostrando siempre relucientes deportivos y yates de pompa y discreción aparte. Aparte siempre quien no llega, aparte siempre al débil de carácter y a la buena hombría desarmada, este no es su mundo y, como mucho, serán sirvientes de los astutos de la vida, como nosotros hasta ahora, con nuestra manera de depredar los valores de nuestra degradada humanidad.
Aunque ya no; ahora ya no me escondo de mi pasado. Sí, créeme, pues, aunque parezca un iluminado, mi sueño ha sido tan real que me es imposible evocarlo como fantasía, atosigado por sus imágenes como relatos de una verdad no cuestionada. Yo antes era un hombre de ideas firmes, que coqueteaba con la vida, con la seguridad de quien todo lo ha tenido, las agujas de mi reloj siempre me marcaban la hora del éxito, y desde que fui un pipiolo supe encontrar las claves de la sociedad elitista que enseguida me acogió como propio. Fui campeón en engaños y en fastuosos negocios, fui sirviente de la necedad y de las ganancias de escándalo, pero fueron tiempos regidos por el mandato de la soberbia si de sobrevivir se trataba, si se quería mantener la pompa del trato, y la compañía y el beneplácito de los altos estamentos. Gané una y otra vez; gané y gané, y el éxito, como sabes, te moldea el alma hasta ser su esclavo y sirviente, sin más. No me oí nunca aproximarme a esta nueva verdad; bien creía que mi vida era un para siempre, sin atender a nuevos titulares que convendrían ahogarme. Viví en la cresta de la ola sin esperar que esta llegase nunca a la playa. ¡Qué iluso me siento ahora!, ¡qué pueriles mis pensamientos anteriores! Pero dormí y creí soñar sin estar preparado para lo que se presentaba dentro de mis ojos, delante, puede ser, aunque, de todas maneras, oculto a mi anterior vida cotidiana.
Nunca hubo espacio para la meditación y el pensar en el otro. El negocio siempre fue lo primero en mi vida y atropellé a incontables inocentes en su búsqueda; así creía que era el mundo, así me engañaba nadando entre diamantes. Es obvio que te diga que la finitud de la vida era una idea ajena a mi persona, que el mal de los otros eran oportunidades para mí: patea al débil y vencerás sin desgaste, esta era una de mis deplorables máximas. Así humillé a desarmados, maltraté a humildes y atemoricé a desprevenidos, todo para escalar más y más, para enorgullecerme cada día con mi caza. Mis sirvientes y yo con un solo objetivo a batir, con una presa a la cual humillar como símbolo de nuestra grandeza. Granujas esnobs, eso era lo que éramos.
Te preguntarás qué me ha pasado para ser consciente de mi vileza, te preguntarás cómo he encontrado una luz en mis pensamientos después de haber dormido una sola noche. Muy bien, pensarás que sufro de alucinaciones o, más bien, verificarás el trasiego de mi mente. Pero hay un modo más sencillo de vida, hay una comprensión que se mantiene oculta a nuestra comprensión habitual, un engaño al margen del tiempo que nos niega el sosiego, al margen de leyendas que nos mueven a quehaceres sin ninguna trascendencia.
¿Qué importancia tiene llegar a la cúspide de una empresa? ¿Qué importancia tiene ahora el sentirse poderoso? Ninguna. A duras penas siento interés por dineros y poderes, tal ha sido el vuelco en mi vida que solo anhelo una vida sencilla, como digo, una vida atendiendo solo a mi biología. Por supuesto que huyo de visiones cínicas, de hipocresías que alientan ciertos movimientos que proclaman el mal del mundo sin percatarse del mal propio, tal incongruencia sugiere la amoralidad de nuestra sociedad, la crueldad con que depredamos a nuestros semejantes, y la vileza con que nos servimos de los cuerpos de quienes consideramos seres inferiores. Me produce esta actitud ahora tristeza y náuseas, un ruido sordo que atormenta mis sentidos cuando presiento al mal nacido, al hacedor de desigualdades y al comedor compulsivo de sí mismo.
Me creí muerto y no me sentí merecedor de ninguna gracia divina. Mi mundo era plenamente terrenal y, con gran sorpresa, me vi rodeado de espíritus que interrogaban los hechos de mi vida. ¿Por qué? Me preguntaba y les preguntaba sin recibir aclaración alguna. Pensé en mi situación y me vi en mi camastro, ajeno al mundo terrenal. La sangre había dejado de correr por mis venas y quedé flotando en una irrealidad, como inmerso en una burbuja atemporal, sin ataduras a un mundo que ya percibía muy lejano. Sentí, entonces, que mi vida se llenaba de sentido, que mi situación era la única deseada y que los miedos se habían desvanecido. Sentí que ya no era hombre, que habían desaparecido mis ataduras terrenales, y una inmensa paz inundó mis pensamientos.
Poco después de tomar tu brebaje noté mi cuerpo ajeno a mis decisiones. No respondía a ningún estímulo y os veía corretear por el jardín con semblantes preocupados. Sería entonces que ya era libre, que ya me había liberado de las ataduras que impone nuestro cuerpo, que me llevaban a una aventura solitaria, pero no para percatarme de mi soledad, sino para percibir una compañía imperceptible hasta entonces, una sinfonía que me era del todo desconocida. Es cierto que en ocasiones había oído ecos de esta verdad. Cierto es, también, que nunca presté atención a los consejos de los sabios, me parecían indignos en nuestra sociedad tecnificada y ultramoderna, me parecían caducados y la muestra de una decadencia que felizmente creía superada. Cuán equivocado estaba mientras seguía en mi juego bobo de perseguir riquezas y acrecentar poderes de papel.
En muchas ocasiones recibí visitas de personajes siniestros, ávidos por hacer negocios rápidos y sencillos, queriéndome como socio para la infamia. Digamos que siempre se trataba de apoderarse de lo ajeno con triquiñuelas de dudosa legalidad, pero la confusión estaba asegurada y, está claro, luchábamos contra el débil que ni conoce ni conocerá nuestra jerga; la lucha estaba vencida de antemano y sabíamos que nuestra empresa nos llevaría a dominar más territorio, a dominar algunas mentalidades en beneficio propio, y a condicionar las opiniones políticas para dirigir las dinámicas económicas según nuestro interés. Éramos los mejores y crecimos como hojas en primavera, destruyendo murallas que hasta entonces se creían infranqueables y dejando caer semidioses que protegían al desvalido. Ya no nos importaban los débiles, ya no necesitábamos sentirnos arraigados a pequeñas sociedades., El mundo global era nuestra meta y los localismos, minucias a eliminar, como cualquiera que pensara demasiado, como puertas que se creían bien cerradas. No dudamos en destruir bosques en beneficio propio, no dudamos en ignorar rostros de súplica. Un alud de autorizaciones legales aplacaba al desarmado y si estas no existían, aplicábamos la política de hechos consumados. Teníamos el tiempo de nuestra parte, y si había que quemar se quemaba sin miramientos. El tiempo fue degollando a inocentes y ensalzando nuestro poder con nuevos edificios y mayestáticas servidumbres. Dueños de un imperio, nos sabíamos invencibles y casi sagrados en nuestras catedrales de negocios. Las flaquezas eran ahuyentadas con un nuevo golpe al inocente, al desarmado que no dejaba de temblar al ver su casa derruida y sintiéndose en la calle, a sus campos mientras se inundaban para dar paso al progreso tecnológico, o a sus bosques sagrados talados hasta dejar solo tierras áridas e improductivas. Estas eran nuestras prácticas en cualquier lugar del mundo que fuera manantial para nuestros negocios, brotando ganancias mientras destruíamos sin miramientos: ahora un bosque en esta isla sin ley, ahora un río que desecamos por interés propio, sumiendo a poblados milenarios aguas abajo a la hambruna sin clemencia. Ya conocemos el «ojos que no ven, corazón que no siente»; todo era llevado en secreto, sin permitir a ningún periodista metomentodo husmear en nuestros negocios, sin dar oportunidad a que nuestra víctima hablase. Convenía la discreción y éramos unos maestros del engaño.
Qué decir de las falsedades de datos a nuestro favor, cuán fácil ha sido engañar a autoridades afines sobre contaminantes generados, qué risas provocaron, entre copas y manjares, aquel quiebro legal y aquellos sobornos de miseria. Qué fácil fue comprar mentalidades e imponer el acatamiento con la única ley del plomo, si fue en su día necesario; la inseguridad siempre fue nuestra aliada para justificar crímenes por azar, desastres aleatorios y enfermedades achacables al destino. ¡Cuán manipulables han sido las vidas humanas bajo nuestro poder! Ya sabes, amigo mío, compañero en mil negocios, que el jugar era siempre para bien, que la presentación de un balance justificaba la infamia de cualquier tipo, solo cabía mirar a nuestros hijos durmiendo plácidamente. ¿Debíamos romper su tranquilidad por hechos que ellos nunca conocerían? ¿Podríamos desestabilizar nuestro mundo de paz y armonía por dar a conocer el sufrimiento de un puñado de míseras personas que ni nos iban ni nos venían? La semilla del mal era plantada a miles de kilómetros de nuestros hogares, demasiado lejos para sentirla, demasiado lejos como para no caer en la tentación de grandes beneficios. Al fin y al cabo, las víctimas solo serían números en breves notas de prensa, nadie conocería su sufrimiento, nadie quitaría a nuestros hijos ni un ápice de su vida placentera. Lo hicimos sin más, nosotros y cualquiera que quisiera destacar en el mundo de los negocios, las ganancias de nuestras empresas eran una espada de Damocles contra la que todo valía, aun pisoteando los derechos ajenos.
Pero ahora toda esta maldad me apesadumbra, mi mente se siente asqueada con todo mi pasado, y no encuentro la manera de redimirme de todo el mal que he infligido a inocentes. ¿Cómo devolver hijos a sus madres? ¿Cómo restaurar la fragilidad de un ecosistema milenario? ¿Cómo devolver la armonía a nuestro planeta? Imposible, pues después de hecho el mal, no hay vuelta atrás, tampoco hay redención como la esperanza del creyente. Simplemente contemplar sus resultados y acatar sus consecuencias.
Cuando todas estas certezas me fueron reveladas, una ola de náusea invadió mis entrañas. Todo el mal que me había amparado estaba al descubierto, y yo iba a ser juzgado por ello. Todos mis pensamientos entraron en una espiral próxima a la demencia; mi racionalidad huía de mi ser y, aún entonces, veía sombras arriba y abajo, correteando a mi alrededor, atendiendo a un cuerpo que ya sentía lejano y cuyas carnes ya no me pertenecían. Fui víctima de mi propia maldad, fui víctima de mis propios guerreros. No hay duda de que las palabras fueron acalladas, No hay duda de que una opinión incómoda es síntoma suficiente para actuar, pero vuestro plan rayó la perfección y, entre mi opulencia, fui sedado para aplacar mi resistencia. Pero os vi desde mis adentros, supe la naturaleza de la traición y, de alguna manera, sabía que mi redención me devolvería a la vida. Y, si bien, en un principio, clamaba venganza hacia los ideólogos de mi asesinato, poco después me percaté de que solo volvería a la vida cambiando mis ideas, siendo delator de mis actos deplorables y perdonando a mis propios asesinos. Pero ¿cómo? ¿Cómo llegaría a estos pensamientos que, en un principio, me revolvían las entrañas? La respuesta debía seguir su curso, pues aún no había iniciado mi camino.
Me encontraba cerca de mi cuerpo y mis asesinos aún desfilaban orgullosos. Su autoridad de sangre antes fue la mía, y me pagaron con mi propia moneda como condición para iniciar este sueño, como así prefieres que lo llame, aun repitiéndote que no fue tal, sino que fueron verdades las que se me revelaron y no un tropel de falsas apariencias. Pues, aunque me repitas mil veces la palabra imposible, entiendo tus razones, ya que hasta hace nada eran también las mías, pero ahora, herido por mis vilezas y obligado a acatar mi pena, por entero he cambiado de parecer y he sido delator de mí mismo frente a mis víctimas.
Lejos ya de mi cuerpo, la oscuridad me envolvía sin entender mi buen humor a pesar de todo. En una primera ojeada, me parecía estar flotando en el vacío, mis pies se movían sin resistencia y era ajeno a cualquier inquietud temporal. Parecía como si me envolviera una pared de cristal, y durante bastantes minutos noté como si una ligera brisa me sostuviera en el vacío. ¿Me había vuelto loco? Creía firmemente en esa posibilidad, pues también empecé a oír voces, primero a lo lejos, prácticamente imperceptibles, pero, poco a poco, fueron resonando con más intensidad hasta oírlas muy cerca, aunque todo a mi alrededor seguía siendo oscuridad. No entendía nada de lo que las voces decían. Reconocía palabras, reconocía tonalidades, pero era incapaz de comprender ni una sola frase ni el sentido de aquella conversación. Entonces fui pellizcado en la espalda y perdí la movilidad de mis extremidades. Algún instrumento me transportaba entre la penumbra y yo, aunque consciente, era incapaz de dar órdenes a mi cuerpo: de alguna manera me habían anulado la capacidad de huida y de revolvimiento. Pero tampoco tenía dónde ir en medio de la nada, yo me sentía en movimiento a través del vacío sin saber cuál era mi destino ni los motivos reales de todo ese sobresalto.
Una solución siempre da tranquilidad en medio del desasosiego; una solución te indica unas nuevas pautas ante un nuevo camino por recorrer. No obstante, ¿para qué quería soluciones en mi estado? Un progreso de evanescencia no requiere ningún tipo de solución, pues ya no me quedaba nada por lo que luchar, y asentí resignado al peor pronóstico que se me ocurría en esos momentos: mi muerte definitiva. Claro que, si este proceso era cierto, ¿por qué continuaba razonando? Me apresuré entonces a comprobar mis pensamientos y recuerdos sin descubrir alteración alguna. Me sentía enteramente yo, aunque estaba desvinculado de mi cuerpo y de toda sensación hasta ahora conocida. Pensarás que en esa situación me invadiría el pánico hasta enloquecer. Al contrario, era presa de una inusual serenidad, aunque también de cierto enojo, pues sentía que, de alguna manera, tenía que haber sido avisado de mi nueva situación y no mantenerme en la incertidumbre.
Fue entonces cuando noté de nuevo el peso de mi cuerpo y advertí que me encontraba echado en una cama. Ya no podía soportar más esa realidad y lancé un grito de desesperación. La incertidumbre agria el carácter de todo hombre y desmorona todo pensamiento de contención, como bien sabes, y aunque no tenía motivo de queja o maltrato, sí que me sentía falto de explicaciones. Me incorporé buscando algún punto de luz para orientarme, o más bien, una mesita al lado de la cama, como sería preceptivo. Pero no tuve éxito en la búsqueda. Me movía en una oscuridad absoluta, palpando las paredes de lo que parecía una simple habitación cúbica con una cama en medio, sin puertas ni ventanas, al menos atendiendo al tacto de mis manos, razón de más para aumentar mi desesperación. Los minutos pasaban en medio de la nada, minutos u horas tal vez, pues el tiempo era imposible de percibir rodeado de vacío y oscuridad. Pensé en todos los placeres que había dejado atrás, momentos en que el tiempo transcurría veloz durante largas jornadas de ocio en las que la acción era la protagonista y las emociones un botín cada vez más deseado. Lo contrario era mal visto, y la reflexión estaba excluida de nuestras vidas aceleradas. Oía las voces de las fiestas, oía carcajadas sin motivo solo para complacer a un potencial cliente o para satisfacer el ego de un político, me encontraba inmerso en una oscuridad implacable dentro de un silencio absoluto y mi mente se esforzaba por evocar mi vida pasada. «¿Qué porcentaje? ¿Cuántas serán las ganancias? ¿Moral? No me hagas reír, soborna al gobernador y vía libre. Tranquilo, que recibirás una comisión satisfactoria, no tienes alternativa, ya sabes que tu hijo es vulnerable». Me revolví después de recordar mis extorsiones, me agité en medio de la oscuridad como un gusano atrapado por un depredador desconocido y sin entender por qué perdió el contacto con el suelo, por qué tanta disonancia en una vida monótona hasta ese momento. ¿Sería engullido por una vulgar gallina? ¿Sería yo, ahora convertido en un ser desnudo e indefenso, presa de un depredador de almas? ¿Qué podía pensar? ¿Qué podía comprender? Nada en medio de la nada.
Llegados a este punto, no creas que estaba dispuesto a ser apóstol del arrepentimiento. Si bien es cierto que todas mis acciones grabaron mi alma de indecencias, no menos cierto es que seguía una opinión dominante. Claro, me dirás que, hecha la ley, hecha la trampa, pero nos movíamos en unas esferas en las que no hacía falta pensar mucho en trampas porque éramos nosotros los que hacíamos las leyes. Es evidente que estas se pactaban según nuestra conveniencia, y revestíamos auténticos atracos a mano armada con elaboradas discusiones jurídicas y alegatos de sabida inanidad legal. Las leyes eran nuestras para allanar el camino del expolio, bien acompañados de los mejores equipos de juristas, que revestían cualquier golpe con estudiadas patrañas jurídicas. Sabíamos que los rivales no existían, que si aparecía un competidor enseguida era bien sobornado, invitándole a silenciar sus quejas; si no se dejaba sobornar, otros métodos eran también efectivos, y ellos lo sabían, y por eso ya, de antemano, aceptaban nuestras ofertas, no fuera que, sin saber ni cómo ni porqué, se encontrasen de patitas en la calle, sin trabajo ni adónde ir, víctimas seguras de una sociedad manipulada, por nosotros, claro, porque si no hubiésemos sido nosotros ten bien claro que otros hubieran sido los manipuladores, a un cacique le sustituye otro, a un usurpador siempre le sustituye un mangante. Dime ahora si no crees que todas nuestras acciones eran inevitables, dime si no es verdad que la infamia se vestía de mendrugo para mal alimentar a los que no tienen nada, y dos mendrugos es ya un progreso que te facilita todo un ejército de fieles sirvientes. Digamos, por fin, que somos como somos porque ganamos la batalla y nos sentimos con el poder moral de manipular según nuestros intereses, pues sabíamos que quienes juzgábamos éramos nosotros y las mitologías de héroes vencedores las reservábamos para quienes humildemente nos servían. Pero ¡ay de mí!, ¿cómo pudo ser que creyéndome inmortal fuera presa de un ser codicioso peor que yo mismo? ¿Tanta maldad hay en el mundo como para crear dos monstruos tan iguales? Sí y mil veces sí, pues si de poder se trata la humanidad se transforma, y el poseer más que otros es motivo suficiente para pisar para siempre la buena hombría. ¡Ay, del que inventó el dinero! No sabrá nunca el mal legado a la humanidad. Sombras, mil sombras corretean por el mundo en busca de qué depredar, mil botines quedan aún sin descubrir, y yo me pudría en medio de la nada, en absoluto silencio y oscuridad. Pero, aun sin saber el tiempo que permanecí en esta situación, sí que me sirvió para aplacar mis necesidades. Reflexioné, y después de la rabia, me sobrevino la serenidad.
Capítulo 2
Estando inmerso en un vaivén de recuerdos y pensamientos, un haz de luz brotó a lo lejos, en un horizonte indeterminado. Me quedé contemplando cómo la oscuridad se desvanecía, dando paso a un cielo azulado, oscuro aún, y jaspeado de brumas voluminosas que correteaban aquí y allá siguiendo un orden ceremonioso, como si un director dirigiera los movimientos de todas esas nubes, o más bien fueran nubes de gas, pues sus colores nada tenían que ver con los que estaba acostumbrado en mi vida terrenal de atmósferas húmedas y acompasadas, y ahí, donde fuera que me encontrara, un sinfín de nubes de colores danzaban delante de mis ojos al ritmo de la quimera, pues así me sentía a mí mismo: como un ser irreal en un mundo de ensueño, como una mísera gota de vida delante del fragor máximo de un universo en ebullición. Creí sentirme mínimo, tan insignificante como nunca había experimentado antes, me había convertido en una hormiga como las que yo antes destruía sin piedad. No era nada ni nadie, no tenía el más mínimo valor delante de todo ese movimiento celestial que me envolvía, poco después ya por mis cuatro costados, sintiendo un temor máximo, a la vez que me sobrevenía la consciencia de la verdadera nimiedad de un ser humano. Entonces fue cuando vi aquella protuberancia salir de en medio de las nubes con un resplandor cada vez más intenso que todo lo envolvía. El bulto se asemejaba a una esponja que se iba hinchando a medida que las nubes de gas se acumulaban a su alrededor, tornándose ora azules ora verdes, siendo absorbidas por el bulto que iba acrecentando su tamaño, pareciendo más bien una especie extraña de tejido vegetal, más bien carnoso, como de planta carnívora, recubierto de una estructura gelatinosa que poco a poco se iba desplegando hasta dejar al descubierto un orificio, como si de una de esas plantas monstruosas se tratara, una penetración al abismo en forma de guayaba, de fruta dulce, de caramelo, de ambrosía, invitando al que lo observara a meterse dentro porque, ciertamente, había un halo de atracción inevitable hacia ese orificio. ¿Qué habría dentro? ¿Qué se escondería más allá de su oscuridad? Como humano, me sentía enormemente atraído hacia sus fauces, quizás fuera por el olor que desprendía, un olor que percibía muy bien a pesar de tener adormecida la mayor parte de mi voluntad. Olía como a azúcar quemado, como si dentro de ese orificio se escondieran cientos de manjares dulces y apetitosos, sobre todo para un moribundo falto de líquidos vitales y que deambula entre la vida y la muerte sin que nadie se acuerde de sus comidas. ¡Mis comidas! ¿Quién se acuerda de que los humanos comemos? ¿Cómo iba a aplacar esa hambre feroz que me sobrevino en medio de la nada? La respuesta estaba en el orificio, la respuesta era ese olor a azúcar tostado encima de manjares dulces, de mermeladas de frutas abundantemente azucaradas, eso era lo que desprendía la protuberancia vegetal, y ahí quería dirigirme a toda costa. Juro que me habría zambullido por el agujero sin pensármelo, juro que mi voluntad estaba secuestrada por un arrebato de hambre totalmente incontrolable, pero me salvé porque eso mismo era la entrada al infierno, una entrada revestida de atracción mágica por su forma y colores, una entrada que llamaba al hambriento con promesas de manjares suculentos. Pero me salvé porque me advirtieron. ¿Quién? Eso me pregunto aún ahora, pues la imagen que apareció delante de mis ojos fue de difícil asimilación. Estaba hambriento, queriendo deslizarme por el orificio carnoso, igual que una mosca que siente una atracción irrefrenable hacia las fauces de la planta carnívora, sellando así su perdición, pero, sobre todo, quería salir de esa nada tan inquietante, pues, aunque la oscuridad se había desvanecido, el juego de nubes de gas a mi alrededor no era nada agradable.
Enseguida un nuevo bulto creció delante del orificio, esta vez con mucha más rapidez, tornándose, a los pocos segundos, en una silueta bajo un hábito de monje, aún oculta su cara, pero de formas humanas reconocibles. El hambre desapareció al instante cuando se describió la cara. Era un ser monstruoso, de rasgos desdibujados y ojos caídos, te puedo asegurar que no eran humanos, ni tan siquiera recordaban a un animal, su deformidad era lo que me mantenía aterrado. Sin apreciar boca alguna, sonaron unas palabras de ultratumba, guturales, como si salieran de una faringe húmeda y cavernosa. Estas fueron sus palabras aproximadas y que todavía muy bien recuerdo:
«Soy Hades, guardián de los infiernos. Te hemos traído aquí, bajo las espesas nubes de Júpiter, para juzgarte en nombre de toda la humanidad. No temas, alma aún humana, pues solo vas a ver el que habría sido tu camino para el resto de la eternidad. Pero altos estamentos te han salvado de un destino que se te reservaba con toda seguridad y nuevas empresas te están esperando. Créeme si te digo que te has salvado de grandes tormentos, pues el alcance de tu mal ha sido grandioso, digno de los peores malhechores de la historia. La maldad, como bien sabes, tanto se nos presenta como un vil instinto incontrolable como por la más desgraciada de las tolerancias. Quien otorga poderes a asesinos y se lava las manos es más culpable que el ejecutor, para él se han reservado las peores condenas. Ten bien presente que tú eres un espécimen de este tipo y que solo te ha salvado un tormento peor para los de tu calaña. No tengo más palabras que decirte por mi parte: aún eres un mortal y no mereces más explicaciones que las ahora dadas».
Dichas estas palabras, el dios se quedó inmóvil y abrió sus fauces, como si de un pulpo se tratara, dejando entrever una boca mísera, más bien un orificio insectívoro por donde expulsó una papilla nauseabunda. Mientras ese flujo se derramaba delante de la entrada infernal, en él se formaban grumos de materia que al poco se tornaron en tres cabezas de perro. El perro de tres cabezas mitológico era expulsado por el dios Hades como guardián del orificio, acción que repetía rítmicamente desde el principio de los tiempos.
Te preguntarás, amigo mío, cómo no enloquecí delante de semejante imagen, y no creas que yo no lo piense, pues era más de lo que pudiera soportar cualquier mente racional, pero te he de decir que yo era yo, sin serlo de verdad, que mis emociones estaban bloqueadas, como si de un sueño se tratara, tomando las imágenes más irreales con total normalidad. Y no creas que ahora, encontrándome de nuevo entre todos vosotros, me atormente su recuerdo, porque este tiene la naturaleza de un sueño pasado, y aun sabiendo que no fue un sueño, no puedo engañar a mi mente con lo contrario, pues a veces la realidad se reviste de fantasía cuando esta se nos presenta con crudeza por un acto luctuoso, y es cuando recordamos una desgracia como si hubiera sido de naturaleza onírica. Esta misma es la naturaleza de mis recuerdos. Sé que fue real porque mi mente racional así me lo dicta, pero no son más que imágenes lejanas en mi mente, como si fueran parte de una alucinación o de una pesadilla a olvidar.
Pero aun queriendo olvidar no puedo, pues todas estas imágenes permanecen grabadas en el fondo de mi mente. Y cuanto más intento olvidar, más evoco su recuerdo, acción inevitable, pues el olvido solo se produce cuando no hay pensamiento, cuando ya no nos interesa el recuerdo o ya no lo necesitamos para ayudar al presente. Encontrándome en las puertas del infierno, no podía dejar de pensar en la infinidad de almas que el orificio se había tragado —bien tragadas, dirán algunos—, aunque he de admitir que nosotros, tristes humanos limitados por nuestros pensamientos vulgares, nunca sabremos quién, en verdad, es tragado por el orificio, pues a quien creíamos poseído de maldad puede haber gozado de bula divina, y muchos a quienes creíamos piadosos es probable que hayan sido engullidos por la trampa de Hades. En ese momento aprendí que las leyes celestiales nada tienen que ver con las terrenales, que las nuestras son una imitación mal hecha de intuiciones equivocadas, como cuando un niño juega a ser mayor y solo despierta una sonrisa de condescendencia en sus padres. Así es la humanidad para los dioses: almas pueriles que corretean sin sentido, y de entre todas salvan a la menos pensada.
Ya sé que mis palabras pueden asombrarte, amigo mío, pero, para descifrar quién es persona de bien y quién de mal, nada tienen que ver las apariencias. Y por mucho que alguien se vista de ser bondadoso de cara a su comunidad, puede ser, con toda seguridad, pasto de Hades por haber sido cómplice pasivo de vilezas desconocidas. Solo el humano consciente de la realidad del mal será salvado de sus fauces, aunque este no sea consciente de su religiosidad, aunque se declare contrario a toda divinidad o creencia sobrenatural. Como ejemplo te diré que las comunidades ancestrales, cuando realizaban una ofrenda a los dioses antes de salir de caza, hacían lo correcto, pues la ley divina nos iguala con el resto de las criaturas del planeta, y para comerte a Dios debes pedir permiso a Dios, solo así estarás en lo correcto. La invención de las ciudades corrompió este acto y el criar para matar es visto con desprecio. A partir de ese punto la humanidad ha vivido inmersa en la corrupción inevitable de su alma y para las leyes divinas el progreso nada significa, como si un grupo de hormigas afinasen delante de las demás en la construcción de su hormiguero, ellas se sentirían orgullosas de sus construcciones superiores y puede ser que se consideraran una raza elegida por la divinidad, pero para esta todas las hormigas serían iguales, las constructoras de nidos rudimentarios o las constructoras de termiteros altos, elegantes y con perfectos sistemas de ventilación. Todas iguales delante de la muerte.
Puede que te sorprenda que te hable de divinidades y hormigas cuando antes proclamaba mi ateísmo como puntal básico de mi existencia. Puede que creas que mi cerebro ha sido drogado o ha sufrido demasiado durante mi inconsciencia y ahora ya no soy el mismo que era antes. No te negaré la razón si se trata de analizar mi relato desde la racionalidad más estricta, puede ser que todo sea un engaño de mi mente, que el hecho de haber estado privada de oxígeno durante demasiado tiempo haya desencadenado una pequeña destrucción neuronal, puede ser que su química haya cambiado, demasiado desconocemos del funcionamiento de nuestro cerebro como para afirmar lo que realmente ha sucedido, ni siquiera los científicos son capaces de explicar cómo funciona en realidad, cómo es que las neuronas se conectan, ni siquiera se sabe por qué recordamos y por qué olvidamos. Con semejante panorama de ignorancias, ¿cómo explicar la complejidad de mi sueño? Porque sueño fue, al fin y al cabo, pero ahora mismo dudo de que este no fuera dirigido por mentes ajenas, quién sabe si fuera de nuestra tierra otras inteligencias operan en planos diferentes al nuestro; hay quien ha imaginado extraterrestres mentales, viajes interestelares no físicos y entelequias de este tipo para dar explicación a lo que no entendemos. Puede ser que ya nunca entendamos, pues nuestro mundo es el que es y si en verdad existen realidades ajenas a la nuestra, nunca seremos conscientes de ellas, viviendo como peces de acuario, viendo en ocasiones sombras desconocidas pero que carecen de sentido en nuestra vida de pez. ¿Cómo un pez de acuario puede imaginar nuestra vida tecnológica? ¿Cómo podemos imaginar otras existencias si solo somos peces de acuario para ellos? Difícil problema que se nos presenta, cuya solución siempre encontrará caminos sin salida. Cabe vivir entonces dentro de la incertidumbre, sin conocer lo oculto o lo que presentimos que se nos oculta, pero siendo conscientes de nuestra pequeñez en una inmensidad que siempre desconoceremos. Solo algún elegido es presentado delante de esa inmensidad, y yo fui uno de ellos, teniendo bien claro que no puedo presentar mi relato como cierto, pues de loco se me tacharía, y no los culparía porque yo mismo hubiera tenido la misma reacción.
Pero basta de elucubraciones sin sentido y déjame que continúe mi relato. Te contaba mi encuentro con Hades y cómo este me rechazó por estar reservado a otras empresas. Entenderás la incertidumbre que me invadió ante semejante situación. ¿Qué podría estar reservado para mí como alternativa al infierno? ¿Otro tormento peor? ¿Qué podría haber peor que el mismo infierno? Cabía la posibilidad de que se considerase mi situación y, de alguna manera, pudiera recibir una explicación aclaratoria de mi presente.
Hades volvió a convertirse en protuberancia y a replegarse sobre sí mismo, dejando delante del orificio al feroz perro de tres cabezas ya materializado. En esos momentos me pregunté si era real la imagen, si mis ojos emitían eso mismo que veía o era mi mente la que generaba las imágenes como si de un sueño se tratara. Dirás, claro está, que todo fue fruto de mi trance, que nuestra mente imagina más de lo necesario y que confunde a nuestro yo consciente, pero ya se ha hablado mucho de este tema y de cómo nuestro cerebro crea al margen de nuestra voluntad. Cierto es que siempre he creído en una vida plenamente material, despreciando pequeños destellos de incongruencia como casualidades de la vida o como conexiones psicológicas inconscientes. Cierto es también que nuestros sueños, al despertar, se tiñen de irrealidad, lo que nos pareció plenamente real luego se percibe claramente en su imposibilidad. Puede ser entonces que mientras dormimos también duerma nuestro sentido común, y de ahí la extravagancia de muchos de nuestros sueños, y supongo que, a raíz de este argumento, expondrás tu teoría al respecto; que mientras yacía drogado e inconsciente mi sentido común estaba anulado como buena parte de mi mente. No te lo puedo negar, no te puedo negar que todo haya sido fruto de una ilusión generada por unas sustancias que casi me matan, pero has de saber que, una vez despierto, mantengo esos recuerdos como vividos de verdad, en ningún momento los percibo como irreales o faltos de concordancia, al contrario, se han acomodado con todos mis recuerdos de vida y no en la memoria de los sueños. ¿Cómo explicar eso? ¿Nuevamente un fallo de mi mente? Podría ser así, pero los mantengo tan reales que me es imposible pensar lo contrario. Esta realidad aparece cada vez que evoco todo el conjunto de imágenes que se presentaron delante de mis ojos, como la protuberancia vegetal que se convirtió en la mismísima entrada del infierno, y como esa otra protuberancia que se tornó en el dios Hades. Pero todo esto solo fue el principio de una larga travesía que con paciencia, y si me lo permites, te iré relatando.
Capítulo 3
Dejé atrás a Hades y fui conducido nuevamente entre las brumas, de nuevo fui llevado, alzado como un pelele hasta mi nuevo destino. Más allá de las nubes de gas, más allá de la entrada al infierno, se extiende una vasta zona de quietud que es percibida con frialdad, de tenebrosa apariencia y de lánguidas figuras. Se trata de una cueva de anchos espacios y travesía sin fin, pues fui conducido entre pasillos pétreos, por zonas oscuras que apenas dejaban entrever sus siluetas grabadas en la piedra y respiraderos que emanaban la tenue luz del cielo de gases que ya había dejado atrás. Uno, a pesar de todo, se deja guiar al margen del miedo que sobrevenga o del temor a lo desconocido —no pertenecen a ese lugar las emociones más primarias—, pues mi mente era ciega a mi cuerpo y este era movido por voluntades ajenas, me limitaba a ser espectador durante el viaje, sin recibir más palabras que las dichas por Hades, y, aun poseyendo los recuerdos de mi vida terrenal, carecía de las emociones necesarias para evaluarlos.
Fue entonces cuando apareció el guía de mis futuros caminos, siendo mi traductor del mundo celestial y ofreciéndome un enlace entre mi mente humana y los entes que custodiaban mi alma. Apareció de entre las paredes de la cueva, mimetizado entre sus irregularidades que, de pronto, cobraron vida. Se erigió delante de mí y me miró con mirada penetrante. En ese momento el pétreo era yo, pues quedé paralizado por sus ojos increpantes, en una mirada sabedora de todo mi pasado, no había duda de ello, y bajé la vista avergonzado. ¿Qué te puedo decir de semejante aparición? Su descripción me es complicada porque conjugaba rasgos amables con otros insidiosos. Dependiendo de cómo lo miraras, parecía un ser bonachón y comprensivo, o de pronto, fijándome en otro rasgo de su cara, me parecía un ser vil y despiadado. No entendía ese semblante porque mi mente no había visto nada igual antes; podría decir que a primera vista me pareció una figura infantil, uno de esos osos de peluche con que los niños tranquilizan sus temores, pero con una segunda mirada más atenta me percaté de lo siniestro de su semblante. Sus ojos me analizaban con desprecio y su boca se cerraba entre bigote y barbilla de chivo, dándole expresión de leñador de alta montaña de siglos atrás.
No espero que me comprendas ni espero que puedas hacerte una imagen mental aproximada, ni siquiera espero que te acerques un poco a mis vivencias, no te deseo tal maldad, solo quédate con una leve impresión de mi relato, con eso me basta para redimirme en mi mundo, pues me han devuelto con serias instrucciones a cumplir y el firme deseo de rehacer mi mal camino de los últimos años. Pudiera ser, admitiendo que todo este viaje haya sido una alucinación, que nuestra mente iniciara ciertos mecanismos para deshacerse de una culpa inconsciente; pudiera ser que en mi interior me avergonzara de mis acciones y, cuando el cúmulo de fechorías hubiera llegado a un límite, se desencadenara un proceso de autoinculpación. No lo descarto. Ves, pues, que soy consciente del mundo en que vivo e intento hablar manteniendo los pies en el suelo. No me preocupa lo que pienses de mí o si crees que mi mente imaginó y aún sigo con secuelas, lo entiendo, pero, aun siendo una fantasía, se trata de un sueño que merece ser contado, pues nunca en mi vida había soñado así, y, si mi mente es un potente generador de historias, bravo por mi mente y por la mente de todos, pues aún ni imaginamos de todo lo que es capaz y de cómo nos puede sacar de un estado de aburrimiento con toda clase de relatos fantásticos.
Si nuestra mente no entra en trance, no es nada; si se la agota en jornadas laborales monótonas y exigentes, su energía se desvanece y no deseamos más que descansar. Si se la adormece delante de pantallas que solo emiten colores en movimiento y situaciones sociales facilonas, aún es menos receptiva a ideas trascendentes. Vivimos en un mundo diseñado para adormecernos, para que seamos ciegos a lo evidente, para que no veamos la naturaleza del engaño. La cotidianidad disfraza lo monstruoso de normalidad y todos somos cómplices de alguna barbarie camuflada. Se me quería juzgar como cómplice y convertirme en chivo expiatorio de toda la humanidad. Quedé perplejo. El ser que me esperaba me lo dijo sin preámbulos. Con su mezcla de bondad mal fingida me relató una por una todas mis maldades. De muchas era consciente, de otras ni me las hubiera imaginado, como el ser cómplice de la manipulación genética de centenares de especies vegetales. Dio mucha importancia a este hecho, pues lo punible se encontraba en que la manipulación no era para la supervivencia de la especie sino para obtener ganancias económicas, mientras miles de personas morían de desnutrición en todo el mundo. Es verdad que nuestra empresa había participado de estos negocios, cierto es, también, que mientras el primer mundo destruía sus excedentes de comida, otros morían de hambre. El ser inició un discurso que, al principio, no pude entender. Pasó de criticar los excedentes alimentarios a criticar a las compañías de aviación. Me resultaba difícil de entender pues su razonamiento me advirtió de una verdad que no imaginaba. ¿Cómo puede ser que los habitantes de unos países se paseen por el mundo en avión y nadie —nadie— lleve esos excedentes de alimentos a los países necesitados? ¿Cómo puede ser que se recorran miles de kilómetros para irse de vacaciones, mientras mucho más cerca alguien muere de sed o de hambre? Claro, pensarás que puse mil excusas para hacerle ver que una cosa nada tenía que ver con la otra, que si había hambrunas estas se debían a guerras descontroladas, donde nadie podía acceder a los territorios en lucha, y que si se decidiera llevar alimentos, estos se distribuirían entre las tropas, dejando a la población igualmente en la miseria. Pero no dije nada, asumí la culpa, pues de alguna manera me di cuenta de que lo que se quiere hacer se hace sin más, y si en verdad no se quiere, se buscan mil excusas para justificarlo. Nada hay que hacer en estos casos en que los aeropuertos sirven para el suministro de armas en lugar de servir para atender emergencias médicas. La perversión de la humanidad no tiene límites y, mientras existieran ganancias económicas y repartición de nuevos poderes, guerras habrá aquí y allá porque la decisión solo es tomada por unos pocos, y es esta minoría la responsable última de los genocidios. Entonces, ¿por qué se me juzga a mí? ¿Por qué si ni soy político ni persona influyente? Hice la pregunta en voz alta, pero no obtuve respuesta del ser.
Caminábamos por una larga cueva casi siempre en silencio, menos cuando me recriminaba algún comportamiento humano. No entendía, bajo su criterio de bondad innata, el hecho de la codicia humana. Tampoco entendía el egoísmo, salvo considerar que mentalmente aún éramos muy pobres, y seguía sin entender por qué incluso los más sabios eran impulsores de guerras fratricidas. Entonces fue cuando me expuso una verdad que hasta ese momento intuía, pero que no había clarificado del todo. De todas las especies humanas que han existido solo ha sobrevivido la más violenta, es decir, nosotros somos los representantes de aquellos antepasados más brutales. Si alguna vez existieron humanos más pacíficos, estos fueron aniquilados por nosotros mismos. Claro está que mucha gente rechaza esta hipótesis, dando más relevancia a la teoría de la bondad y la cooperación; cierto es que este factor ha sido sumamente importante en el desarrollo humano, pero ¿dónde van a parar estos valores cuando se desata un conflicto? Al olvido, porque tendemos a resolver nuestras diferencias a través de cualquier tipo de violencia.
Mi pesar, entonces, era mi propio ser. Por entero. Tomé conciencia de la maldad humana y repasé una por una las fechorías de la historia. En verdad, ¡qué triste fue el repaso!, pues ni más lejos ni más cerca obtuve salvaciones, y ¡ay de lo más cercano!, ya que el repaso de los horrores del último siglo me causó náuseas de desesperación. ¿Cómo se pudo matar tanto ante tanta pasividad? ¿Cuánta vileza se desató por promesas mentirosas y por riquezas basadas en el hurto? Miles y miles de traiciones a causa del dinero y el poder. Sentí mi estómago revolverse ante esos pensamientos y caí de rodillas sintiendo que mis entrañas huían de mi cuerpo. Dije un «por favor» apenas audible y el ser detuvo sus pasos, pero no se volvió para socorrerme. «¡Por favor!», imploré otra vez. ¿Por qué me hacía cómplice también de las vilezas de otras generaciones? ¿Qué tenía que ver yo con las miserias de mis abuelos o bisabuelos? Yo pertenecía al siglo XXI. ¿Por qué se me torturaba con violencias de otro tiempo? Me acabé de desplomar y quedé tendido bocarriba, ante un gran estupor que invadía mi cuerpo, una masa presa de mi mente; ¿o era mi mente la que era presa de las sustancias que corrían por las venas de mi cuerpo? O bien, ¿eran mente y cuerpo las que eran controladas por mentes ajenas? ¿Qué podía pensar? ¿Qué podía decir? Nada, solo permanecer en la conciencia e intentar sobrevivir a pesar de todas las contradicciones que dicha palabra ya me suscitaba. Abrí los ojos y, entre las rocas, un orificio dejaba entrever el vaivén de nubes en aquel extraño cielo. Azuladas polvaredas envolvían el horizonte, levantando nubes doradas que se arremolinaban con violencia para volver a posarse como si nada hubiera pasado; poco después volvían a despertar y se tornaban violáceas, crecían y crecían hasta desplomarse como las primeras, y nuevamente otras nubes intentaban el recorrido dejando entrever nuevos colores que se alzaban y, al poco, volvían a caer arrastrando polvos dorados unas veces, plúmbeos otras, rojizos las más, repitiéndose sin cesar ese ciclo continuo de hacer y deshacer sin ningún sentido aparente. ¿Qué serían esos cielos? ¿Cuál su origen y qué fuerzas los fraguaron? Mil preguntas a cada paso, pues mil novedades invadían mi cerebro y la mayoría no entendía. Pero me sabía abandonado a toda explicación de mis visiones; sabía también que, con la excusa de los sueños, todo me era permitido, pues, aun viendo el mundo de los dioses, nadie creería mi relato ya que fruto de un sueño era y, como tal, irreal al buen entender de cualquier persona que me escuchase. Fue entonces, cuando yacía tendido en el suelo, sucio este de un polvo amarillento y dulzón que se adhería a mi cuerpo como si de un imán se tratara, cuando vi dos siluetas no lejos de mí, en medio de la bruma. De aparente inmovilidad, un hombre se debatía entre el reposo y las ganas de correr, pues era una figura estática que hacía amagos de movimiento. Sus expresiones eran de esfuerzo irreal y sus extremidades luchaban entre la quietud y un tembleque cómico, pues cuando conseguían un leve movimiento, este era parado de inmediato, o más bien, nada se había movido y era mi cerebro el que emitía sensaciones engañosas. Era un cuerpo que situaba su movimiento en la nada, y al lado de esa nada se aposentaba una tortuga que avanzaba casi sin quererlo, tan lentamente que daba la sensación de que los vaivenes de las nubes de gas eran bólidos estelares. Pregunté al ser qué significaba la escena y me respondió con una mueca de desaprobación:
—No te incumben los detalles de este mundo, pues a otro perteneces, y quien ha querido saltar barreras infranqueables ha chocado con el muro de los propios límites de su mente. Pues, quien es humano, de sentimientos humanos debe ocuparse, y no querer saber lo que se esconde más allá de su monotonía. Pero es oportuno que sepas, atendiendo a tu destino, que este ilustre caballero es el gran Aquiles, hijo de gran gloria entre los héroes, pero al que lo destruyó el pensamiento humano. Culpo al vil filósofo Zenón, que lo arrastró del altar de los cielos a una humillante competencia con esta tortuga. ¿Qué mente tan retorcida pudo imaginar semejante paradoja que condenó a nuestro héroe a una inmovilidad eterna? ¡Mil veces maldigo a la razón y a los adláteres de las ideas! Créeme si te digo que la filosofía es una herramienta del mal y que nunca se tendría que haber dejado pensar a los hombres por su cuenta, pues nosotros somos los damnificados. ¡Mira al héroe caído! ¡Mira los efectos de la razón en tamaña figura! ¿No te parece triste?
Me detuve ante la figura del héroe paralizado y por un momento reflexioné las palabras del ser. ¿Cuál era su advertencia? ¿La de ser culpables por haber aprendido a razonar? Esa parecía la causa de su enfado, como si la existencia ahí arriba dependiera de las creencias de los humanos o de lo que éramos capaces de imaginar. Por otra parte, si alguno de nosotros rompía con la tradición, héroes y dioses sufrirían las consecuencias. Me dijo entonces que, mientras en el imaginario humano permaneciera y se siguiera enseñando la paradoja de Zenón, el héroe permanecería inmóvil en este mundo. Claro está que se me antoja imposible borrar una idea en toda la humanidad: ¿cómo borrar lo ya aprendido si, cuando uno se esfuerza por olvidar, con más viveza recuerda? Nosotros ya somos generaciones perdidas. Para realmente olvidar hay que evitar la enseñanza. Pero el olvido es empobrecimiento y nuestra mente no está preparada para eso, siempre existirá el ávido de conocimientos, el que se pregunte los porqués existenciales y reflexione más allá de las ideas establecidas, siempre existirán estos luceros de la humanidad, por muy escasos que sean, y los héroes pasado son y sus gestas olvidadas con el tiempo, pues a las nuevas generaciones poco les importan las gestas pasadas que ni entienden ni comparten, ya que nuevos héroes surgen a diario a los que rendir homenaje hasta que, inevitablemente, desaparecen con el paso del tiempo. ¿Qué pensará el ser de nuestra humanidad actual? ¿Qué pensará de todo un siglo XX lleno de maldad y destrucción a causa de la creación de nuevos héroes maléficos? ¿Qué pensará de los totalitarismos que mataron directa o indirectamente a millones de personas? No pude reprimir esta crítica y la expresé en voz alta. El ser detuvo sus pasos y frunció el entrecejo mirándome fijamente:
—Querido mortal, otras almas ya pagaron por esos crímenes en su día, tú a otra generación perteneces y de otras maldades se te acusa. Aun así, tus actos son consecuencia de estos anteriores y, por ello, debes tener conocimiento de las raíces de tu mal.
Me quedé en silencio, pues poca cosa podía debatirle, ya que aún desconocía los porqués fundamentales de mi situación. El ser reemprendió la marcha y yo no tuve más remedio que seguir sus pasos en silencio.
Capítulo 4
Caminamos entre los paisajes pétreos durante largo rato, dejando atrás cañones de piedra esponjosa y rojiza, con sus polvaredas que arrastraban nubes azules, con sus iluminaciones extrañas de sombras temblorosas que subían y bajaban en ritmos inconstantes. En la lejanía apareció, delante de nuestras miradas, un imponente castillo de roca violácea. Nuestro destino. El ser aceleró el paso y yo arrastraba mi estupor al ritmo de la pesadumbre. Nuestro destino estaba cerca. El castillo, por llamarlo de alguna manera, pues sus formas nada tenían que ver con los castillos o fortalezas que conocemos en la Tierra, se alzaba en el horizonte como un roquedal en medio del desierto, como el punto donde mueren las líneas infinitas para reencontrarte con la vida, pues ya sabes, aun en la distancia, que la elevación pétrea significa vida en su interior, agua y alimentos, descanso y libertad. Cierto es que seguía a merced del ser cual reo esclavizado, que seguía escuchando su retahíla de reproches sumido en una ausencia de culpabilidad, pues el ser conocía todas mis maldades y me relataba una por una todas sus nefastas consecuencias: que si desde mi despacho de lujo y cristal había comprado miles de acres de selva virgen para desbrozarla, que si eso mató a cientos de indígenas que se quedaron sin saber dónde ir, que si un equilibrio forestal de millones de años había sido destruido de la noche a la mañana, que si miles de remedios farmacéuticos habían desaparecido en la nada estando aún sin descubrir, que si cada árbol talado era un empobrecimiento para las futuras generaciones, que si cada río envenenado era un paso más hacia el abismo de la nada. Empezaba a comprender sus razones, pero ¿de cuánto tiempo me hablaba? ¿Por qué tenía yo que preocuparme de las generaciones venideras a tan largo plazo? ¿Qué sabía yo de los desastres ecológicos? ¿Por qué no pensar que esa tierra quemada se regeneraría en cien años? ¿Por qué tanto pesimismo? Entonces pronuncié en voz alta la pregunta «¿por qué?», y eso fue lo que enfureció al ser que, de un golpe certero a mis rodillas, me tumbó en el suelo haciéndome tragar el polvo violáceo hasta sentir que mi respiración se desvanecía. Me dijo que no entendía por qué me dejaban vivir, que si por él fuera ardería sin clemencia en las proximidades del Sol y que tenía suerte de haber sido elegido como chivo expiatorio de toda la humanidad. Me retorció el brazo y sentí un dolor intenso, la primera sensación que tuve durante horas cuando, creyéndome muerto y soñando, mi mente era ajena a mi cuerpo y notaba cómo flotaba en un mar sin sentidos, como una mente vacía sin sufrir las ataduras del cuerpo. Después de la visita de Hades sentí otra vez cansancio y pesadumbre, sentí el dolor en mis pies fruto de la larga caminata junto al ser. Finalmente, recibí su agresión sin sentido. Supe entonces que había recobrado por completo la sensibilidad de mis articulaciones; supe también que mi tormento aún estaba por llegar y temí que se me fuera a torturar físicamente. Me sobrevino el miedo y el temor a mi destino. A pesar de todo, mi racionalidad me enviaba constantemente señales de alarma, la incongruencia era presa de mi mente y fruto del entorno, y el ser se comportaba de manera irracional. Entonces, ¿cómo un ser preso en su propia violencia podía tener poderes para juzgar mis acciones en la Tierra? ¿No se me juzgaba por oprimir al débil y a mí, ahora verdaderamente debilitado, se me pagaba con la misma moneda? ¿Sería que en esos cielos realmente imperaba la ley del ojo por ojo? Si así era, sentía mi perdición como irrevocable, atendiendo a las palabras del ser sobre mis actos. Pero se detuvo, como si de pronto se acordara de que no podía hacerme daño, y que de hacerlo, tendría que dar explicación a instancias superiores. Me levantó y me obligó a proseguir la marcha como si nada. El castillo estaba cerca, pero me parecía imposible alcanzarlo debido al cansancio y a las magulladuras. Caminábamos ahora por un terreno irregular, subiendo y bajando montículos de piedra negruzca, sintiendo bocanadas vaporosas ardientes que sobrevenían como géiseres por los agujeros del abismo. En algunos de ellos resplandecían sus paredes a causa de una segura lava interior, siendo estos agujeros cada vez más abundantes, hecho que confundía nuestra ruta y nos obligaba a dar grandes rodeos, dificultando el acercamiento al castillo. Nuestra caminata era una elevación en espiral hacia esa construcción diabólica de formas engañosas y amenazantes. Ya en sus proximidades, oí el son de tambores sin compás, como inventando melodías sin sentido, al menos, el sentido que todo ser humano esperaría. El ser canturreaba estropajosamente, siguiendo el ritmo de los tambores y me daba golpecitos en la espalda para que le imitara, como si sus gorgoteos tuvieran que ser imitados por mí. Lo intenté de manera penosa y el ser se me quedó mirando fijamente, desaprobando mi intento y lanzándome una mirada de desdén. No disimulaba su desprecio hacia mi persona y me miraba como si perteneciera a una raza inferior, próxima a la extinción. En verdad, me sentía un ser extinto, un ser que perdió la lucha por la vida por no saber adaptarse a esa misma lucha vital y por no comprender los mecanismos que posibilitaban la supervivencia. Sentí mi humanidad embrutecida y deseaba que acabara, de una vez por todas, esa insoportable condena; que acabara o que comenzase de una vez, pues lo que tuviera que suceder con mi persona aún estaba por venir, si atendía a las palabras del ser. Se me esperaba dentro del castillo y allí estaba yo, a unos pasos de ser juzgado como representante de toda la humanidad.
En ese momento entramos en una gran sala de roca o de nubes (y digo esto porque me fue imposible determinar la naturaleza del material con la que estaba construida). Roca por su textura y apariencia. Nube por sus movimientos lentos y constantes en cualquier dirección. Pudieran ser rocas en el vacío que se movían como nubes, o bien nubes tan densas que se interpretaban como rocas. Fuere cual fuere la realidad, allí me encontraba, al fin, a punto de ser juzgado por mi vida y por la de media humanidad, de la cual también se me responsabilizaba. El ser me presentó delante de la nada y enumeró una serie de acusaciones como con las que me increpó durante la travesía. Noté cómo mi mente se evadía; ya no quise escuchar más maldades de mi persona. Aun sintiendo la culpa como propia, se me antojaban unas acusaciones demasiado exageradas, injustas las más, pues, si bien la naturaleza de todas ellas era despreciable, no era menos cierto que se trataba de un juego entre muchos como yo, y ni era el peor ni el mejor en ello, era uno más de entre muchos depredadores de los negocios. Esa fue la única característica de mi vida y, por ello, poco tenía que decir al respecto si se me juzgaba. Pero enseguida me pareció que mis palabras no eran esperadas, que no se trataba de juzgar según las acusaciones de un fiscal y la defensa de un abogado. No existía esta última figura, no se suponía defensa alguna para mi persona. Simplemente era una ceremonia de acusación y el ser era mi acusador, era el fiscal que enumeraba uno por uno mis delitos y el que fijaría mi sentencia a la consideración del juez. ¿Quién era el juez? ¿Dónde ver su figura? Pude, por fin, comprender que de Zeus se trataba, según las palabras del ser, que deshacía su lenguaje en elogios desmesurados hacia la divinidad suprema. Poco después hizo una reverencia ante unas paredes de roca sin nada ni nadie con quien, aparentemente, poder mantener un diálogo, anduvo unos pasos y, dirigiéndose a otra deidad, volvió a relatar todas las acusaciones, esta vez desde una perspectiva diferente a la anteriormente dada. Habló con Hades y con otras deidades que no conocía, pues nunca me había interesado por la mitología antigua ni nada que se le pareciera. Conocía los nombres de Zeus y Hades, y poco más sobre ellos, así que de nuevo sentía mi persona degradada, como si toda mi vida hubiera dejado de atender a lo que era en verdad interesante, y me culpaba de haber vivido siempre entre tecnicismos, al margen de los elementos básicos de la cultura de mi sociedad.
Zeus, la omnipresencia detrás de las murallas, la fortaleza de su presencia y el enojo del ser y sus palabras de delirio. Me aplacó, de repente, una intensa fiebre y se desvaneció mi instinto de defensa. Miré a mi alrededor y solo pude ver rocas en el cielo, rocas en el suelo y rocas a mi lado, y vi su movimiento lento y al ser que seguía acusándome de incontables fechorías, ya con trazas de bastante incredulidad. Fue entonces cuando, en una de las paredes, se materializó el rostro de un simio, resultando ser un orangután, el primer testigo de la acusación.
Y esta fue la declaración del orangután:
—Señorías, miembros del jurado; mis respetos. El humano es un ser resistente y tenaz, demasiado resistente como para vivir en armonía entre los demás animales del planeta. Su éxito no es más que una extravagancia y, como tal, sucumbirá al inexorable paso del tiempo. Solo cabe esperar. La cuestión es, y por este motivo nos encontramos todos aquí presentes, que el humano, aceptada y sabida ya su desaparición, se vaya dejando las mínimas víctimas posibles. Nosotros, los orangutanes, que compartimos tan gran parentesco con los humanos, vemos nuestra existencia amenazada ante tal declive. Si bien es cierto que muchos de ellos luchan por nuestra supervivencia, nuestra principal amenaza se encuentra en el destrozo absoluto de nuestro hábitat. Ya no tenemos el horizonte abierto de la eternidad para nuestra especie. Nos sabemos finitos, y esta finitud llegará el día en que el último palmo de selva sea talado. Nuestra existencia, entonces, se limitará a ridículas reservas que algunos humanos de buena fe habrán diseñado para contenernos temporalmente, sin pensar, claro está, que a la larga es una acción insostenible, pues cuando ellos se marchen, que lo harán más tarde o más temprano, ¿qué será de nosotros? Las generaciones supervivientes no habrán vivido nunca en libertad, nos habremos convertido en otro de sus muchos animales domesticados y, sin humanos, nuestro fin estará asegurado. Ahora bien, muchos de mis congéneres me muestran otro punto de vista, pues, según ellos, si nuestro hábitat desaparece, debemos desaparecer con él. Consideran inadmisible otro tipo de existencia, ya que nuestra vida se debe a esos árboles y sin ellos nada seremos. Ahora bien, otros opinan que deberíamos luchar por nuestra supervivencia, que si no podemos permanecer en nuestras selvas otras se habrán de buscar. A esto yo les respondo: ¿Sabremos? Desde esta atalaya toda solución se presenta fácil, pero ¿qué sucede con nuestros congéneres en la Tierra? Ellos, mayoritariamente, no son conscientes de la amenaza, su preocupación es la supervivencia y vivir en paz con su entorno. ¿Cómo van a ser conscientes de la amenaza si no hay una consciencia colectiva como especie? Este límite se puede aplicar al resto de especies del planeta. ¿Cómo luchar por la supervivencia colectiva? Como mucho se sabrá que la propia vida se encuentra en peligro y se actuará contra ello, pero la individualidad no es suficiente para salvar a una especie, y la colectividad es patrimonio de los humanos. Bien es conocido por todos que esta colectividad humana no solo es también una amenaza para ellos, con sus guerras y sus pérfidas ideas de auto aniquilamiento, sino que sus colectividades son y han sido la mayor amenaza para nosotros y para numerosas especies del planeta. Es innegable a estas alturas obviar el carácter violento de la humanidad. Es innegable por mucho que se argumente en contra arguyendo sus impresionantes hazañas culturales. Bien, son innegables, pero, si consideramos la vida en su conjunto, ¿qué han aportado de positivo para el resto de habitantes del planeta? Señorías, me cuesta ver un ápice de bondad en todo ello. Ahora bien, de lo que se trata no es de juzgar a la humanidad en su conjunto, pues nuestro pasado es de naturaleza bien distinta. Durante siglos hemos cohabitado en armonía y bien integrados en el ecosistema selvático, siendo estos humanos uno más de todos los animales que luchamos cada día por la supervivencia de manera justa. A estos humanos nada hay que objetarles, su comunión con los ritmos de la naturaleza ha sido ideal y nada hay contra ellos más que respeto y admiración. A quien aquí se juzga es a quienes podríamos llamar «los nuevos humanos», a los llegados de otras tierras con sus ideas de destrucción y sus pérfidos utensilios del mal: armas, máquinas cuya finalidad solo es la depredación a la máxima escala, la destrucción total de un equilibrio ancestral. Mi más enérgica repulsa hacia estos nuevos humanos que, en realidad, son quienes amenazan el equilibrio global con sus ideas destructivas. ¿No es cierto que asistimos con preocupación a sus múltiples guerras en los últimos tiempos? Ya entonces muchos de nosotros advertíamos que tanta maldad entre ellos tarde o temprano se extendería hacia nosotros. La maldad suprema fue materializada en los campos de exterminio cuando se abandonó el equilibrio natural con la naturaleza y se crearon grandes colectividades, amparadas por el crecimiento de descomunales ciudades cuyo gobierno se vició con el paso de unas pocas generaciones. El agente de este vicio fue la idea de poder a gran escala, de imperios sin fin y de sus maldades burocráticas. Qué fácil fue prever que, cuando se dejaran de matar entre ellos, nos tocaría a nosotros. Así fue, la máquina de matar fue preparada para aniquilar a muchas de nuestras especies hermanas. Lo que antes siempre había sido un acto de unión con la naturaleza (y me refiero al hecho de cazar para la propia supervivencia, nada que objetar con ello desde esta atalaya), ahora se ha convertido en campos de exterminio planificado con el único fin no de la supervivencia de la especie humana, sino de la gula. Es así, señorías, no hay otra manera de interpretar tanta muerte sino es por el placer de matar y, lo peor, desde nuestro punto de vista, el placer de engullir.
» No me extenderé más a este respecto, pues no me corresponde a mí. Otros de mis compañeros se encuentran directamente perjudicados por ello. Mi más sincero respaldo y apoyo para nuestro amigo el cerdo, que más tarde tomará la palabra. A él le corresponderá una crítica más dura que la ahora vertida. En lo que concierne a nosotros, los orangutanes, solo nos queda advertir del peligro de los mal llamados «dioses de la economía», esta otra idea macabra de depredación de los recursos naturales y que alberga como único fin la inanidad, pues su sistema económico es jugar con humo y este, como de todos es sabido, en poco tiempo se desvanece. El resultado es la nada, y en el advenimiento de esta nada puede que esté nuestra salvación. Esperemos que no llegue demasiado tarde para nosotros.
Capítulo 5
Uno de los triunfales argumentos en mi contra era el de no dejar vivir al resto de animales del planeta. ¡Como si eso significase una novedad! Durante millones de años las especies de éxito han depredado su entorno tanto como han podido. No se ha previsto la conciencia de conservación en el mundo natural. Si hay equilibrio, todo fluye; si no lo hay, se desmorona todo el ecosistema y, con el tiempo, se construye otro nuevo, con nuevas dependencias y servidumbres. Entonces, ¿por qué se toma la depredación humana como un acto extraordinario? Más bien diría que se trata de la normalidad natural de una especie al llegar a la cúspide de su pirámide ecológica. Soy consciente de que nuestra sociedad tecnificada depredará hasta el final, y cuando este llegue, ya se verá hacia dónde nos dirigimos. Construir, derruir y volver a construir. Es el fuego purificador del Fénix; de estos fuegos se construirá una vida mejor. Sabiendo yo esto, que no me interesó nunca el mundo natural, ¿cómo puede ser que todos estos supuestos sabios de ultratumba me sometan a esta farsa de juicio? Pero, ya inmerso en él, mis pensamientos ya no me preocupaban. Debía dejar que este transcurriese lo más rápido posible para poder encontrar una vía de escape a esta pesadilla. Tomé la solución de la paciencia.
La faz del orangután desapareció de nuevo entre las rocas, siendo entonces cuando oí nuevas voces a mi alrededor. A ambos lados pude fijarme, a unos metros por encima de donde comparecían los testigos, en una pléyade que observaba la escena y el desarrollo del juicio, pero desde donde me encontraba no podía distinguir si se trataba de seres humanos o bien de animales; más bien parecía una mezcolanza de todos ellos, pero estaban lejos, demasiado lejos como para poder distinguirlos. El ser se mantenía a mi lado todavía, custodiándome como si pensara que de un momento a otro podía escapar, pero ¿dónde podría ir? Ante un súbito sentimiento de claustrofobia, vi materializarse el cuerpo de un sapo en el mismo lugar donde antes había estado el orangután.
Y así discurrió la declaración del sapo.
—Señorías, por supuesto que, para ser totalmente justos, cabría condenar al humano por toda la colección de actos sin sentido que acabamos de oír. Puede ser también que nos sintamos tentados a reconfigurar los desequilibrios de la Tierra y a volver a una supuesta situación idílica prehumana. Se ha debatido esta opción, si bien en círculos minoritarios, en los años anteriores a este juicio. Ahora bien, ¿no puede este supuesto ser el causante de un destino igual o peor? El individuo humano se mueve por los mismos intereses que cualquier otro animal de nuestro planeta: la supervivencia y la reproducción. El grado de complicación para conseguir estos fines es lo que diferencia a una especie de otra, y, en términos exclusivamente humanos, hablaríamos de que la diferenciación se encuentra entre una cultura u otra y entre las diferentes épocas que se quieran tratar. El humano como ser individual no puede ser condenable con los términos antes expuestos. La condena cabría recabarla en las comunidades que estos individuos forman, las cuales generan unas dinámicas de funcionamiento muchas veces yendo contra el pensamiento de sus unidades elementales. El problema no está en condenar al humano como individuo, sino en condenar a la sociedad que ha creado. Que no es lo mismo, señorías, no es lo mismo. Todos hemos visto con horror las máquinas de guerra y exterminio que algunas sociedades idearon. Ahora bien, la finalidad de estas siempre fue, de origen, digámoslo claramente, matar a otros humanos. El humano es un depredador insaciable de sí mismo, y como rebote recibimos esta violencia el resto de seres vivos del planeta, directa o indirectamente. En nuestro caso, sapos y batracios en general, nos amenaza la alarmante contaminación que nos somete a una presión vital, muchas veces insostenible. He de decir que el humano no es nuestro principal enemigo, hay otros contra los que nos toca defendernos a diario, eso sí, según el dictado de un equilibrio creado durante milenios. Pero la humanidad ha reducido considerablemente nuestro hábitat, siendo en las sociedades modernas la cohabitación del todo imposible (proceso nuevo pues hasta hace bien poco convivíamos en sus pueblos con todos ellos sin mayor problema). Condenamos, sí, pero nuestra aportación quiere dejar abierto el camino del retorno a épocas pasadas donde la convivencia era posible. Todo vuelve a estar en sus manos. Si se recapacita los aceptaremos de nuevo. He dicho.
Un enorme aullido de desaprobación resonó en la cámara, a la vez que el suelo empezó a temblar como si todo el anfiteatro de rocas se fuera a hundir. Mi giré y pude ver al ser cómo también aullaba, furioso, apremiante, siguiendo el compás del público lejano. Se mantuvo esta situación durante varios minutos. El ser fue a agazaparse en uno de los rincones de nuestro habitáculo y metió la mano en un agujero entre las rocas, sacando enseguida una enorme vara metálica; se incorporó y la hizo zumbar con rabia por encima de mi cabeza hasta que la lanzó hacia la pared de los testigos, oyéndose el estrépito por toda la sala, situación que hizo acompasar el vocerío hacia un mismo ritmo, como si del desorden de una protesta caótica hubiera pasado a los compases de una canción de protesta o, al menos, de una melodía que todos ellos conocían. Rocas cada vez más gruesas comenzaron a rodar sonoramente por las paredes del castillo, cayendo a pocos metros de donde nos encontrábamos, ante el deleite del ser, que parecía disfrutar con la situación y sin preocuparse de los guijarros que se fragmentaban como metralla. No tuve más remedio que meterme debajo de una mesa para ponerme a salvo, si es que quedaba algo que salvar de mi vida. Pero a los pocos segundos supe, por un silencio repentino, que un nuevo testigo iba a tomar la palabra. Fue la sepia.
—Señorías, primero déjenme, antes de mi alegato, que condene las débiles palabras de nuestro amigo el sapo, su condescendencia hacia quien representa el acusado es risible e intolerable para el grupo al que represento, los cefalópodos, y esta crítica, que ya avanzo que será dura, es compartida por la totalidad de los habitantes marinos. ¿De qué tiene miedo, señor sapo? ¿Qué intereses ocultos hay detrás de unas palabras de ominosa tolerancia hacia los humanos? ¿No será que hay alguna alianza oculta que acabe beneficiando a los batracios en detrimento de otras especies? ¿No será que hasta ahora todos ustedes han vivido muy bien al amparo del mundo agrícola humano? ¿No será que en las nuevas sociedades se ven favorecidos en los nuevos parques de diseño y humedales protegidos? Diga la verdad, señor sapo, díganos la verdad. ¿No es cierto que en los lujosos parques urbanos se crean apacibles colonias de batracios bajo los cuidados humanos, donde no falta la buena comida y el tranquilo confort? Diga la verdad, señor sapo, sobre la convivencia con los humanos. No lo niegue, no, que sabemos más de lo que cree, y hoy nos ha quedado clara a todos los presentes la auténtica realidad de su oposición. No proteste, señor sapo. No, no, ya sabe que tengo razón, no haga estos espectáculos en público, que no le servirán de nada. No, señor sapo, no. Por favor, recoja su lengua y no se humille más, que nos avergüenza a todos. Por favor, por favor, le repito que recoja su lengua, que por mucho que se esfuerce, ni tiene el micro abierto ni se le entiende nada, por favor déjeme proseguir mi discurso. Bien, se lo agradezco. Le diré más, señor sapo, no me compare el consumo culinario de ancas de rana con el de la sepia, no tienen ni punto de comparación. ¿Quiere datos? ¿Los quiere? Porque gustosa se los entrego, sí, señor sapo, sí, ustedes son unos privilegiados y lo sabe, lo sabe, lo sabe muy bien… Sacrifican a los marginados de su especie para que una minoría elitista pueda vivir de manera apacible, usted lo sabe, señor sapo. Mientras su comunidad vive en medio del confort y la opulencia, otros batracios son criados para el consumo humano y ustedes ignoran esta realidad, ustedes ignoran este genocidio del cual son plenamente cómplices, sí, señor sapo, son cómplices y lo saben muy bien. ¡Vergüenza les tendría que dar!, ¡vergüenza!…
De pronto, se oyó un estruendo como el de un bólido rompiendo la velocidad del sonido. El público, ya del todo enloquecido, celebró las palabras de la sepia, mientras nos llegaba la onda sonora del golpe con un estrépito horrible. Pensé que se volvería a repetir la lluvia de piedras y me agazapé de nuevo bajo las rocas. Solo el juez Zeus pudo contener tamaño jolgorio, dirigiéndose al público con tres relámpagos de atención. A pesar del empeño, el alborozo era incontenible.
—¡Silencio! ¡Silencio en la sala! ¡Silencio o los desalojo! Por favor, ¡mantengan la compostura! Señora sepia, le recuerdo que el acusado es el humano y no el señor sapo, sus quejas no constarán en acta pues nada tiene que ver con este juicio. Por favor, señor sapo, por favor, ahora no es momento ni lugar de expulsar su espuma reproductiva, ¡por favor! ¡Ujieres! ¡Desalojen al sapo de la sala! Por favor, por favor. Debido a las circunstancias se suspende la sesión hasta mañana a las nueve.
Contemplé asombrado el espectáculo vodevilesco en que se había convertido mi juicio, porque hasta entonces no dudaba de la realidad de mi viaje, de los extraños seres que me custodiaban ni del inquietante paisaje por el que viajaba. La espiritualidad nunca había anidado en mi interior, pues mi discurso se basaba en una explicación lógica de mi mundo. Ninguna creencia había tenido cabida al lado de mis ideales más firmes, por lo que me sentía asombrado de que ese extraño viaje, imposible de aceptar en mi vida pasada, lo describiese en esos momentos como inundado de realidad y sentido lógico. Me parecía real porque mi mente lo encajó dentro de mis creencias racionales, me parecía real porque mi cerebro era incapaz de mandarme señales de alarma. Lo que experimentaba era cierto porque mi mente así lo experimentaba, sin ninguna alerta al respecto, como cuando soñamos situaciones inverosímiles y algo nos advierte de su imposibilidad manifiesta, y entonces nos decimos, en medio de la duermevela: «Este sueño es un sueño, acepto este sueño, pero sé que es un sueño, y aun sabiendo que es un sueño me gusta y disfruto viajando por mi imaginación porque sé que despertaré tarde o temprano». Pero ¡ay del sueño que se confunde con la realidad!, y ¡ay de la realidad que nos encontramos al despertar del sueño!
Capítulo 6
El ser me condujo a una celda como la que había visitado al principio de mi sueño, pero esta se encontraba en la parte baja del castillo e incrustada bajo las rocas. Me lanzó a la oscuridad y choqué con lo que parecía ser una cama rudimentaria. Algo pellizcó mi espalda en la penumbra y dejé, de golpe, de pensar.
Al amanecer, o eso creo, fui recobrando mis pensamientos de manera pausada, como parte de un programa que activaba de manera gradual las principales áreas de mi cerebro. El paso de los minutos me vaciaba la determinación de resistir, de seguir viviendo, en definitiva, si lo que tenía en realidad era vida. Pero de alguna manera resistía al juicio, y lo más sorprendente es que obedecía las órdenes del ser: «Ahora levántate», «ahora di tu nombre», «ahora agacha la cabeza». Cualquier ser vivo resiste la tortura por la esperanza en la huida, por un descuido del agresor que permita una fuga con éxito. Por eso el torturado, el linchado, cualquier animal que está siendo depredado, mantiene el instinto de la huida y todo su cuerpo se adapta para facilitarla, y es así como la sangre se llena de adrenalina y como esta estimula la musculación para, a la mínima oportunidad, huir despavorido. Si contemplamos la naturaleza como un todo, es bella, apacible, gustosa, pero, en cambio, si la observamos desde la individualidad, se torna en un escenario trágico; aquellos árboles de la selva que apaciguan el carácter mientras la brisa remueve sus hojas son, en realidad, dos seres vivos luchando por la supervivencia. El atacante, un ficus estrangulador, necesitará décadas para acabar con el árbol huésped que le sirve de sustento durante su crecimiento desmesurado, pero la tragedia se acabará consumando, tarde o temprano. Aunque hayan de pasar cien años, el éxito está asegurado para el depredador.
El amanecer se llenó de nubarrones violáceos que emitían la misma luz que en la Tierra recordaba a la de después de un chaparrón. Todos los contornos se hacían visibles y la vista no podía acaparar tanta información de golpe. Imagínate todos los oquedales de las rocas al descubierto, imagínate toda la complejidad de esa fortaleza sin un ápice de bruma, mostrándose tal cual era, con mil detalles y mil formas, como un inmenso altar de la época del barroco, quizás como un templo budista con mil motivos y mil figuraciones, pero en este caso multiplicado por mil; por decir algo, para que comprendas, en uno de mis viajes vacacionales recuerdo haber visitado los templos abandonados de Angkor, en Camboya; pues imagínate esa estampa como un esbozo simplificado de lo que realmente era la fortaleza en la que me encontraba y en la que se me conducía a la misma sala del día anterior. Ante el estupor que me causaban las nuevas visiones reflejadas en la roca, el murmullo de un público impredecible y, de nuevo, los gorgoteos de emoción del ser, oí la voz ronca del dios supremo Zeus que daba comienzo al segundo día de mi juicio:
—Bien, buenos días a todos. Después del altercado del día de ayer, que en nada beneficia a los buenos propósitos de este juicio, proseguiremos hoy con nuevos comparecientes. Les advierto de que no toleraré de nuevo situaciones como la ayer vivida. Se supone que han hecho votos de civismo antes de entrar en esta sala, y no vacilaré en seguir con el turno de comparecientes a puerta cerrada. Ténganlo en cuenta. Por favor, que suba al estrado el gato.
Esta vez solo se oyó un murmullo entre el público, pareciendo que, al ser el primer testigo del día, aún los ánimos no se habían encendido, o como mínimo parecían hacer caso a las advertencias del juez Zeus, aunque no apostaba ni un suspiro a que la calma se pudiera mantener más allá de las primeras palabras del nuevo testigo. A este respecto, el ser me advirtió de que el hecho de programar al gato a primera hora de la mañana no era casual; se debía a que este animal iba a hacer un alegato a favor de los humanos, por eso era conveniente que los ánimos estuvieran calmados llegados a este punto. Dicho esto, apretó los puños y emitió un sonido gutural profundo, aunque pausado, cuando la silueta del gato se materializó entre las rocas. Bien parecía estar enojado ante la presencia felina.
—Señorías—comenzó a hablar un gato obeso con gabardina—, miembros del jurado. Ante todo, declarar mi sorpresa por los altercados de ayer y por el hecho de encontrarnos con la sorprendente defensa del humano por parte del señor sapo. Dicho sea de paso, le deseo una pronta recuperación de la dolencia cardiaca repentina que le sobrevino ayer, ya fuera de esta sala. Pero sin más preámbulos, comenzaré mi exposición a favor de los humanos. Sí, ustedes ya sabían que mi declaración iría por estos caminos y creían que sería la única declaración favorable, de no ser por la sorpresa de ayer. Intentaré que mi exposición no se vea influida por los argumentos ya emitidos, ni que le cause hilaridad ni enojo a la señora sepia, o más bien a algún otro animal más próximo a los felinos que sienta especial odio hacia la especie humana. Sé que, de haberlos, haylos…
La corte de animales seguía mostrando sus quejas hacia la humanidad en cualquier comentario que alcanzara mis oídos. Notaba miradas de desdén, mil ojos acusándome de mil maldades en un juicio que me parecía poco formal, puede que demasiado humano. Ante tal pensamiento, me invadió la duda. Si mi mente humana interpretaba el juicio como humano, ¿no sería que en realidad se trataba verdaderamente de un sueño? Si bien hasta ahora los paisajes eran de una extrañeza tal que no había dudado de su veracidad y de que realmente me encontraba en otro mundo, el hecho de ver a esos animales discutiendo entre ellos encendió la alarma de la racionalidad y empecé a creer que estaba dentro de un sueño. Pero, si así era, ¿cómo despertar? ¿Cómo volver a la realidad de mi mundo de victorias y traiciones? No lo sabía. No tenía la capacidad de romper con la inquietante realidad que me envolvía ni sabía cómo actuar para retornar. Así que allí me encontraba, resignado, escuchando con asombro las alabanzas de un gato hacia los humanos y el retumbar de las quejas del resto de los animales.
Pregunté al ser si también el perro hablaría a mi favor, pero me respondió con una negativa rotunda. Según sus argumentos, la plasticidad del cerebro de un perro hace que, si se ha criado con humanos, se le considere humano. Por eso, según siguió argumentando, el maltrato hacia ellos es maltrato hacia la humanidad, y, aún peor, un perro criado como humano, humano es, aunque sea obvio que no se comparta la genética. La humanización del perro se debe a que su mente se ha configurado a la manera de la familia que lo ha criado, es decir, a la manera de su manada. Finalmente aseveró —como si solo se fijara en los aspectos negativos del trato humano hacia los animales, sin pensar nunca en quien siempre les da un buen trato—, que abandonar, maltratar o matar a un perro es tan abominable como abandonar, maltratar o matar a un niño. Dicho esto, le pregunté por el caso de los gatos, si también se consideraban humanos a pleno derecho, pero negó con la cabeza, señaló al testigo que aún estaba hablando y dijo que el cerebro del gato mantenía cierta independencia respecto a la humanidad, conservando así su vertiente animal, por eso aún estaba presente en ese mundo. Eso sí, se mostraba como fiel aliado de los humanos, y de ahí el discurso adulador que estaba pronunciando delante de la corte de animales.
Vi al gato mirarme fijamente en una pausa de su alocución. Sin saber cómo reaccionar, asentí con la cabeza, como muestra de agradecimiento hacia un animal que se sentía cómplice de nuestra existencia. El día anterior lo había visto entre el público, también mirándome fijamente, inserto en una frondosa gabardina o chubasquero para protegerse de un agua indeterminada. Quién sabe si solo la vestiría para distinguirse de los otros animales o como muestra de complicidad hacia la especie humana. Sea cual fuese el motivo de su discurso, este se desvanecía entre la indiferencia de la sala; un murmullo de fondo envolvía sus palabras, síntoma inequívoco de la poca atención que el público le demostraba. Nada importaba a todo ese centenar de animales que abarrotaban los asientos lo que pudiera decir un ser como el gato. A nadie le importaba porque el gato tenía el estatus más bajo entre la comunidad animal.
Cuando concluyó su defensa, basada más bien en intereses espurios que nadie llegó a comprender, ni tan solo yo, se paseó por la sala ante la mirada de perplejidad de los asistentes, viendo a todos ellos como una extraña multiplicación de la forma de un gen primigenio, el estado ideal del animal al que representaban, la muestra, el molde base a partir del cual se desarrollaba cada especie, atentos a un juicio que parecía ser vital para esos seres. Y se obcecaban en vitorear o abuchear a cualquiera que subiera a la tribuna de los testigos, al menos, de los que tenían argumentos de peso a favor o en contra de los humanos, esperando que solo fueran una pequeña representación, pues confiaba en que no me tuviesen allí postrado, viendo pasar los millares de especies de seres vivos que habitaban el planeta. Pude intuir, no obstante, que poca cosa quedaba por decir. Entre las declaraciones ya vertidas y los discursos del ser ya me quedaba una idea bien clara de las acusaciones contra mí y de las maldades de la humanidad. Solo esperaba la aparición de una posible divinidad entre nubes de quietud y silencio que diera, de una vez por todas, por concluido el juicio. Cerré los ojos cansado de contemplar un cielo ocre que teñía las formas animales como si de cadáveres disecados se tratara, como una imagen de violento contraste lanzada al observador en una sala oscura de cualquier museo de arte contemporáneo. Pero en la Tierra no hubo soñador que llegara a imaginar estas tonalidades, no hubo artista que arruinara la lógica humana con la arbitrariedad de estos cielos interiores de Júpiter. Ni gatos ni sepias podían advertirme de mi sueño, un sueño que se había convertido en altavoz de mi realidad. Mente y cuerpo mantenían su unión y nada increpaba al sentido común que se sabía rey de la situación. Nada me apartaba de la sinceridad y nada me hacía bailar entre los hilos de la incomodidad. Entre tinieblas, me sentí estúpidamente feliz.
Capítulo 7
El siguiente en hablar fue el conejo. Con semblante serio, habló de una situación difícil y compleja: difícil de abordar y compleja en el trato. Su discurso parecía un poco rocambolesco y tedioso. Observé que, como en el caso del gato, el resto de los animales dejaron de hacerle caso; un murmullo de decenas de conversaciones susurradas se extendió por toda la sala y a nadie parecía interesar la opinión del conejo, pues en un discurso aburrido y monótono, intentaba convencer al jurado sobre la bondad de la paz humana cuando esta era efectiva. ¿Qué era lo que intentaba decir? Sus palabras eran confusas, pues no quería la aniquilación de la humanidad, sino fomentar la paz mundial como si este acto fuera beneficioso para los conejos, de la misma manera que causaba total indiferencia en el resto de los animales. Así pues, abogó por la divinización del hombre; de esta manera, si todos nuestros actos fueran sagrados, nos abstendríamos de maltratar los ecosistemas y labrar un largo proceso de diálogo intuitivo entre los demás seres vivos. El conejo, con voz pausada y semblante serio, expuso la necesidad de interiorizar a escala humana los conceptos de liberación y salvación, con lo que, para ello, proponía modificar los cerebros humanos de manera que estos cobrasen una religiosidad serena, una relación armoniosa entre su naturaleza y el mundo de los animales; en definitiva, proponía abandonar la tecnocracia de nuestras sociedades para alzar una teocracia de tintes budistas: el humano tendría piedad del mundo y sería responsable de mantener la paz y, sobre todo, el respeto a las normas de la naturaleza. Bien era cierto que entre los animales había una recreación de supervivencia, pero la humanidad, por su capacidad mental y organizativa, debía ser el árbitro de la situación como tal había sido el propósito en las primeras sociedades humanas que vivieron acordes con las leyes de la naturaleza, y no ajenos a ellas, como sucedió después del invento de las ciudades. En este punto, el discurso monótono del conejo se extendía como un siseo continuo al que nadie prestaba atención. De pronto, desde la parte central del público, se oyó una voz más alta que las otras, que más bien susurraban su disconformidad mientras hablaba el conejo —«si no lo matas tú, lo mato yo»—, pero el conejo siguió su discurso al que ya nadie atendía, pues a nadie interesaban sus argumentos. Fue entonces cuando habló de Dios, dando a entender que el concepto de dios único, el monoteísmo, había sido el pilar de todos los males para la humanidad, y este concepto no se había generado por propia naturaleza, sino que en un momento determinado de la historia alguien se lo había inventado, por conveniencia o por economía de ideas, tornándose, a partir de entonces, como una idea cancerígena que había invadido las mentes de multitud de comunidades, abandonando, de esta manera, el verdadero politeísmo garante de la armonía entre humanidad y naturaleza, pues para el conejo un dios único era lo mismo que un gran dictador, mientras que muchos dioses era similar a una gran democracia, ya que entre todas las deidades se tenían que poner de acuerdo para armonizar el mundo, mientras que un solo dios lo gobernaba todo a su antojo. En este momento se oyeron unos leves aplausos, pues, desde la aparición del monoteísmo, muchos de los jueces habían caído en el olvido popular; si bien no se mostraban beligerantes a este respecto, pues entendían el cambio de paradigma religioso, sí que eran conscientes de que las religiones monoteístas planteaban problemas que antes eran resueltos de una manera más franca.
Entenderás, amigo mío, que ya no te puedo dar más detalles de alguno de estos discursos pues la reflexión filosófica se escapa de mi comprensión, por no decir que incluso me aburre. Mi mente está adaptada para buscar siempre los mejores negocios y no para comprender las implicaciones filosóficas de nuestros actos e, incluso, pensamientos. He entendido, sin embargo, que el origen del mal que aquí se juzga es precisamente esta cuestión: la de vivir de mis negocios sin tener en cuenta los conceptos filosóficos básicos que debería preguntarse todo ser humano; conceptos que, a la larga, le conferirán el sentido de la vida misma.
He de reconocer que los quehaceres de nuestra empresa me mantenían encerrado en mí mismo, y esta reclusión moldeó mi mente para convertirme en un depredador de los negocios. Mis ideas, sus ejecuciones y todas sus consecuencias son el resultado de la persona que he sido y que ahora soy, siendo consciente de que por ello estoy siendo juzgado, acusándome, en ese punto del juicio, de no haber buscado momentos para la reflexión, para razonar las implicaciones morales de mis actos, de los delitos contra la ética más elemental que cometía por los diferentes continentes. Pero entonces mi lógica era otra, mi razón era el negocio y conseguir las mayores ganancias posibles, y para ello debía dedicarme en cuerpo y alma, día a día, sin apartarme ni un ápice de mis objetivos. ¿Cómo iba a perder el tiempo estudiando filosofía? ¿Cómo iba a reflexionar antes de cometer algún acto de fuerza, ahora una expropiación, más tarde un vertido clandestino? Eso, indudablemente, me hubiera conducido a una inmovilidad, a un impedimento imposible de superar y, como tú sabes muy bien, habríamos perdido rápidamente la concesión de obras que nos daba el gobierno de turno, rápidamente le hubieran adjudicado el negocio a otra empresa, pues lo que siempre interesaba desde la cúpula de esos gobiernos del mal era enriquecerse lo antes posible, sin importar quién fuera el brazo ejecutor; si no nosotros, otros depredadores del dinero esperaban babeando como hienas a que cometiésemos el mínimo fallo. ¿Pero qué te puedo explicar, si los dos actuábamos al unísono delante de estas reclamaciones, sin importarnos sus consecuencias? Tú y yo dirigiendo la misma nave en una tormenta bursátil o en una ley que actuaba en nuestra contra, pero que enseguida nos encargamos de que fuera revocada gracias a ministros corruptos o a parlamentos, en caso de existir, altamente influenciables. La memoria de la extorsión es larga si se contempla la historia de la humanidad, y cualquier imperio se ha podido forjar gracias a las malas prácticas y al abuso continuado de quien acumula poder y fuerza militar. Es cierto que hoy en día estas prácticas son mucho más discretas —no conviene agitar el contrapoder de la opinión pública—, pero con el tiempo, y aprendiendo de los errores, se han podido minimizar y rara vez un asunto delicado se escapa de las manos para ir a parar a las portadas de los periódicos o de los informativos de televisión. Ese control siempre se nos dio bien, pues, al tratarse también de empresas con intereses económicos y estructuras piramidales, era fácil cortar el flujo de información antes de que esta llegara a divulgarse. Otro tanto ha sido el control en Internet; en este caso aplicamos la política de la confusión, del aluvión de informaciones contradictorias para tapar la verdadera y extender un tupido manto de confusión. Sí, he de reconocer que pudimos controlar todos los canales de información sin demasiados problemas, tanto los internos como los externos, pues, como pagábamos bien, los chivatazos eran habituales, la mayoría viniendo del mismo poder con el que intentábamos negociar. Ya sabes cómo funciona este mundo de corruptelas e intereses cruzados: por la mañana nos cerraban la puerta principal como representantes institucionales y por la noche nos mostraban la salida de emergencia abierta de par en par hacia una sala donde nos permitían mover a nuestro antojo los hilos del Estado. Reconozco que estas situaciones no me acababan de agradar del todo, siempre me moví con demasiada cautela pensando en la aparición de trampas inesperadas. Tú no, tú negociabas con corruptos sin remordimientos, más bien diría que le cogiste el gusto a la extorsión y cada vez que desembarcábamos en un nuevo país ya te ibas directamente a las cloacas del Gobierno antes de tratar de cerrar una negociación legal, ya no querías perder el tiempo yendo por el buen camino cuando aprendiste que ese camino solo era una quimera de cara a la galería, de cara al buen pensar de una inoperante unión de naciones o de gobiernos europeos demasiado pusilánimes. Te dejé hacer, te di total libertad atendiendo solo a los beneficios exponenciales que aportabas de un año a otro. Formábamos un buen equipo y no sé qué será de ti a partir de ahora. Yo moderé tu ímpetu, yo contuve tus ansias de beneficios a cualquier precio; no es que no estuviera de acuerdo, pero al menos, no debíamos significarnos tanto ante multinacionales más poderosas que la nuestra, ya sabes que este mundo es como una manada de hienas delante de carroña recién descubierta, acaso una lucha de tiburones al mínimo olor de sangre fresca.
Cómo nos divertíamos con nuestros juegos olvidándonos de los dramas y las sombras, dejando atrás un cementerio de viejos barcos que no habían sabido adaptarse al nuevo orden mundial, un cementerio de antiguas empresas que se fueron al garete, allí donde reposan los dinosaurios para nunca más volver. Los cambios en el mundo de los negocios vienen tan súbitamente como los cambios biológicos, una paz que se ha extendido durante millones de años se ve bruscamente rota por la caída de un meteorito o quién sabe qué inclemencia natural que ni siquiera imaginamos; así es la vida, y de la misma manera se comporta nuestro tan idolatrado sistema capitalista. Su continua adaptación, su continuo cambio, su perenne metamorfosis no son sino una estrategia de supervivencia. Otros sistemas que no han sabido mutar se han derrumbado con el estrépito de la caída de un gran dinosaurio, no hay otra opción, pues cualquier sistema complejo debe seguir las leyes de la Teoría del Caos, no puede escapar de ellas, y cada acción del presente condicionará cualquier futuro, la mayor parte de las veces sin capacidad de reacción, como las maniobras de grandes petroleros dentro de un canal. Cada acción hay que preverla con antelación y dentro de un margen temporal; un pequeño fallo le conducirá irremediablemente a la catástrofe, lentamente, eso sí, viendo lo inevitable del choque, pero sin poder hacer nada al respecto. Los antiguos órdenes se derrumbaron como castillos de arena ante una ola que los invade, y aún pudimos ver su lamento grotesco, su incapacidad de maniobrar. Ya con una caja maltrecha cayeron todos en nuestras manos y nos apoderamos de nuestros competidores como quien se apodera de ciudades abandonadas cuyos habitantes yacen recostados perezosamente en las paredes, sin esperanza y sin futuro desde que se fueron los últimos expoliadores, quedándoles solo el tiempo de espera hasta que algún día —pudieran ser años— otro proyecto quisiera apoderarse de sus recursos naturales y de su libertad. De esta manera comenzamos nuestra carrera como socios: atrayendo capitales ante nuestros primeros éxitos y colaborando durante años para poder presumir de la belleza de una obra bien hecha.
No obstante, me queda claro que ahora ha llegado tu turno. Por lo visto yo te estorbaba en tu camino, siempre has tenido el don de adelantarte a los acontecimientos y ya hacía tiempo que intuía que vacilaba en mis decisiones al presentir tus cautos pero extraños movimientos. Me vigilabas como un aguilucho sobrevolando mis posesiones en busca del momento adecuado para un saqueo inminente a nuestra rica empresa, un asalto al poder que intuía pero que aún me resistía a tomar en consideración. La desconfianza se acrecentó con tu actitud ante mi último éxito, y tus sucios negocios se incrementaron quizás por envidia, quizás por no soportar tener limitaciones, desplegando una y otra vez las sábanas de la guerra, los estandartes que yo había replegado al conseguir llegar a la cima, al menos para tener un tiempo de tranquilidad para consolidarnos en la cúspide y que los otros devoradores no nos vieran como una amenaza demasiado importante. No me quise arriesgar ante tus nuevas propuestas y el camino labrado ya era suficientemente ancho para descansar durante un tiempo, para asegurarnos el siguiente paso y no caer en un exceso de confianza que tantas veces ha traicionado a las más grandes empresas. Abogué por la transparencia en nuevos negocios y la conservación de lo conseguido en estos nuevos tiempos, no había lugar para nuevas aventuras ante la nueva situación mundial en la que también nuestros competidores se replegaban para reconsiderar sus negocios, también para detectar posibles heridas con el fin de estar bien preparado ante una nueva etapa de crecimiento económico salvaje. Pero, de momento, el futuro lo veía diluido entre brumas y demasiadas incógnitas. No era momento de arriesgar y entonces quise frenar la marcha y voltear de una vez por todas todo mi pasado, atenuar todas mis vanidades y resarcirme de todos los males realizados y de las promesas incumplidas, eliminar los malos recuerdos y olvidarme de mí mismo para recomenzar al amparo de unos sueños de arrepentimiento que empezaron a inundar mi mente, en los que veía la selva de los negocios como un abismo lleno de peligros en el mundo de la mentira, en los dominios del lobo eterno y la lucha por la supervivencia.
Pero ahora me ha quedado claro que no entendiste mi táctica, que las venas hinchadas de tu frente reflejaban un desacuerdo interno, que la misteriosa solidaridad que me ofrecías era todo mentira, y tú, ahora, te enorgulleces al verme ya con mi vida cercenada, sintiéndome fuera del mundo, mi alma errante como la de Ulises bajo la música de los mares, aun queriendo recobrar la vida perdida pero sin capacidad para ello, sin saber cómo volver y, sobre todo, qué decir, cómo explicar mis experiencias y cómo resolver mi laberinto de vida. Ante esta parálisis solo he podido avanzar sin rumbo, viéndolas venir sin esperar nada, solo viviendo minuto a minuto, intentando entender, intentando analizar cuáles habrían de ser mis pasos a partir de ahora, soñado lo soñado, o de haber asistido a una realidad de pesadilla, tanto la de abajo como la de arriba, a cada cual peor, tanto una como otra marcándome un fin de etapa y el comienzo de un nuevo futuro, pero sin saber cuál ni hacia dónde, solo esperaba que actuasen las leyes de la casualidad, que serían las que, como siempre, encararían la flecha de un nuevo futuro. A pesar de todo, asumí ser el protagonista de un juicio bronco y siniestro, ligado indefectiblemente a mi destino y a la huida irremediable de mi racionalidad, pues asumiendo semejante momento vital solo pude evadir mi mente e ir recordando los hitos de mi pasado. Ante tal claridad de pensamiento y el llegar a comprender mi segura condena, intentaba recostar mi cabeza para descansar mi mente ante la metralla de ideas que me inundaba, pero ujieres con un punzón me devolvían al furor de la tormenta si detectaban que no prestaba atención, o el mismo ser, cuando estaba a mi lado, pues continuamente iba y venía, de un codazo me devolvía a la realidad de los discursos monótonos y sin sentido; ahora un conejo, antes el gato, todo bien tramado para acobardarme, para amedrentar mi determinación. Su finalidad, bien clara: mi confusión y derrota
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