
En Nexum 4, Alfred Batlle Fuster no se limita a exponer una teoría filosófica sobre el tiempo y la eternidad; construye un dispositivo mucho más sofisticado: hace hablar a Sócrates. Esta elección no es decorativa ni erudita. Sócrates aparece como una herramienta crítica, una voz que no afirma directamente, sino que interroga, desmonta y empuja al lector hacia una comprensión radicalmente distinta de la realidad. A través de sus intervenciones, la llamada “teoría de la eternidad infinitesimal” no se presenta como un sistema cerrado, sino como una revelación progresiva que emerge del propio cuestionamiento.
Uno de los movimientos más característicos de este Sócrates es la negación del tiempo como flujo lineal. En lugar de aceptar que el tiempo “pasa”, el diálogo socrático lleva al interlocutor a examinar esa creencia. ¿Qué significa realmente que el tiempo fluya? ¿Dónde está ese flujo? ¿Puede observarse directamente o es una interpretación? A través de preguntas aparentemente simples, se revela que la idea de un tiempo continuo es más una construcción mental que una realidad ontológica. No se trata de negar la experiencia del paso del tiempo, sino de cuestionar su estatuto: lo que vivimos como sucesión podría no ser más que una forma de organizar cognitivamente algo que, en sí mismo, no es sucesivo.
Una vez desestabilizada esta intuición básica, Sócrates introduce — siempre de forma indirecta — el núcleo de la teoría: el instante no es una unidad mínima vacía, sino una totalidad plena. Aquí se produce uno de los giros más radicales del pensamiento de Batlle Fuster. El instante deja de ser un punto insignificante dentro de una línea temporal y pasa a ser una realidad completa, autosuficiente. Sócrates conduce al interlocutor hacia una paradoja: si el presente fuera incompleto, necesitaría de otro momento para ser entendido, pero en ese caso dejaría de ser presente. Por tanto, el instante, para ser real, debe contenerlo todo. Esta idea subvierte no solo la noción de tiempo, sino la propia estructura de la realidad.
A partir de aquí, el diálogo se desplaza hacia la identidad. Si el tiempo no es una continuidad real, ¿qué ocurre con el “yo”? Sócrates aplica su método clásico: pregunta qué es exactamente lo que permanece en una persona a lo largo del tiempo. El resultado es desconcertante. Todo cambia: pensamientos, emociones, cuerpo, contexto. La continuidad del yo aparece entonces como una narración, una forma de dar coherencia a una multiplicidad de instantes que, en sí mismos, no están unidos por ninguna sustancia permanente. Así, la identidad personal queda vinculada al mismo problema que el tiempo: ambos son construcciones que emergen de la manera en que la conciencia organiza la experiencia.
El futuro, en este contexto, se convierte en otro objetivo de la crítica socrática. Habitualmente concebido como algo hacia lo que nos dirigimos, el futuro es interrogado hasta perder su consistencia. ¿Dónde está ese futuro? ¿Existe en algún sentido antes de convertirse en presente? La respuesta implícita es negativa. El futuro no es una entidad ontológica, sino una proyección. No existe como realidad independiente, sino como expectativa. Este desmontaje tiene consecuencias profundas: elimina la idea de progreso como avance hacia un fin y sustituye la lógica temporal por una lógica de presencia.
Sin embargo, el pensamiento de Nexum 4 no cae en un simple negacionismo del tiempo. Aquí es donde el papel de Sócrates resulta más sutil. No se afirma que el tiempo no exista en absoluto, sino que existe como operación de la conciencia. La experiencia de sucesión no es falsa, pero tampoco es fundamental. Es una traducción. La mente ordena lo simultáneo como si fuera sucesivo, construyendo una narrativa temporal que permite orientarse en el mundo. Esta distinción entre realidad y representación evita que la teoría se convierta en una negación ingenua de la experiencia y la sitúa en un terreno más sofisticado: el de una ontología en la que lo real y lo percibido no coinciden plenamente.
En conjunto, las intervenciones de Sócrates en Nexum 4 siguen un patrón claro. Primero destruyen las certezas más arraigadas: el tiempo como flujo, el yo como continuidad, el futuro como destino. Después suspenden cualquier intento de sustituir esas certezas por nuevas afirmaciones dogmáticas. Finalmente, conducen hacia una comprensión en la que la eternidad no es algo que se alcanza, sino algo que ya está presente en cada instante. La eternidad infinitesimal no es una promesa ni un horizonte, sino una condición inmediata de la realidad.
Lo más interesante de este enfoque es que transforma completamente la relación del individuo con la existencia. Si cada instante es pleno, si no hay nada fuera de él que lo complete o justifique, entonces cada momento adquiere un valor absoluto. No hay un “más adelante” que redima el presente, ni un proceso acumulativo que conduzca a la plenitud. La plenitud ya está aquí, en lo mínimo, en lo aparentemente insignificante. Vivir, en este marco, no consiste en avanzar hacia algo, sino en reconocer la densidad ontológica de lo que ya es.
El Sócrates de Batlle Fuster no enseña una doctrina, sino que desmantela una ilusión colectiva: la de vivir en el tiempo como tránsito hacia la eternidad. En su lugar, propone — sin afirmarlo directamente — una idea mucho más exigente y radical: que nunca hemos estado fuera de la eternidad, y que lo único que hacemos es interpretarla como si fuera tiempo.

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