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[062] Eternidad en devenir: Deleuze y la ontología infinitesimal en el universo Nexum

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Introducción: tiempo, devenir y la hipótesis de lo infinitesimal

La relación entre la “Teoría de la Eternidad Infinitesimal”, desarrollada en la serie Nexum por Alfred Batlle Fuster, y la filosofía de Gilles Deleuze puede entenderse como un encuentro entre dos formas radicales de pensar el tiempo más allá de su concepción lineal, cronológica y cuantificable. En ambos casos, el tiempo deja de ser un simple contenedor de acontecimientos para convertirse en una dimensión ontológica activa, productiva, capaz de generar diferencias, transformaciones y modos de existencia que no se dejan reducir a la sucesión de instantes homogéneos. La propuesta de la eternidad infinitesimal, en este sentido, no aparece como una especulación aislada, sino como una intuición que resuena profundamente con la ontología del devenir deleuziana.

En Nexum, la “Eternidad Infinitesimal” plantea una reformulación de la temporalidad en términos asintóticos: la existencia no se agota en un punto final absoluto —la muerte como interrupción—, sino que se aproxima indefinidamente a un límite que nunca llega a consumarse del todo. Esta idea introduce una ruptura con la lógica binaria del ser y el no-ser, sustituyéndola por una dinámica de transición continua en la que lo finito se abre hacia una forma de infinitud no totalizante. El tiempo, así concebido, no es una línea cerrada, sino un campo de aproximaciones, de variaciones infinitesimales que configuran la realidad como proceso inacabado.

Por su parte, la filosofía de Deleuze —especialmente en obras como Diferencia y repetición o Lógica del sentido— desarrolla una concepción del tiempo que rompe con la primacía del presente como punto privilegiado de la experiencia. Para Deleuze, el tiempo se despliega en múltiples niveles, donde el pasado no desaparece, sino que coexiste virtualmente con el presente, y donde el devenir no se reduce a la sucesión, sino que implica la emergencia constante de diferencia. El tiempo deleuziano es, en este sentido, profundamente no lineal y está estructurado por intensidades, pliegues y multiplicidades que desbordan cualquier medida cuantitativa.

La conexión entre ambas propuestas se vuelve especialmente sugerente cuando se considera que la “Eternidad Infinitesimal” puede leerse como una forma narrativa y conceptual de expresar lo que en Deleuze aparece como una ontología del devenir. En ambos casos, el tiempo no conduce a una resolución final, sino que se mantiene abierto, tensionado hacia un límite que nunca se clausura. La eternidad, lejos de ser un estado fijo o trascendente, se redefine como un proceso infinitesimal, como una dinámica interna al propio devenir.

Este desplazamiento tiene consecuencias profundas para la comprensión de la existencia. Si el tiempo no es lineal ni finito en sentido absoluto, entonces la identidad, la muerte y la continuidad del ser deben ser repensadas en términos de variación y transformación, no de interrupción o permanencia. En Nexum, esta intuición se dramatiza a través de diálogos y escenarios que exploran las implicaciones existenciales de esta temporalidad expandida; en Deleuze, se articula como una crítica radical a la metafísica de la identidad y de la representación.

El punto de partida de esta relación no es una coincidencia superficial, sino una afinidad estructural: tanto la “Eternidad Infinitesimal” como la filosofía deleuziana proponen una ontología del tiempo como devenir, donde lo real no está compuesto por sustancias estables, sino por procesos, diferencias y relaciones que se despliegan en una temporalidad abierta. En las siguientes partes, será necesario profundizar en esta convergencia, explorando cómo conceptos clave de Deleuze —como multiplicidad, virtualidad o repetición— permiten iluminar y problematizar la propuesta de Nexum.

Multiplicidad y devenir: la disolución de la identidad fija

Uno de los conceptos fundamentales en la filosofía de Gilles Deleuze es el de multiplicidad, que designa una forma de existencia no reducible a unidades estables ni a identidades fijas, sino constituida por relaciones dinámicas, variaciones internas y procesos de diferenciación continua. Frente a la tradición metafísica que ha privilegiado la sustancia, la esencia o el sujeto como fundamentos de lo real, Deleuze propone pensar el ser como un campo de multiplicidades en devenir, donde lo que existe no es algo dado de una vez por todas, sino algo que se transforma, se despliega y se diferencia constantemente. Esta ontología implica una crítica radical a la noción de identidad: lo que algo “es” no puede separarse de lo que está llegando a ser.

La “Teoría de la Eternidad Infinitesimal” en la serie Nexum de Alfred Batlle Fuster puede interpretarse precisamente como una formulación narrativa de esta ontología de la multiplicidad. Al concebir la existencia como un proceso asintótico —una aproximación indefinida a un límite que nunca se alcanza plenamente—, se desactiva la idea de una identidad cerrada y autosuficiente. El ser ya no aparece como algo delimitado por un comienzo y un final, sino como una trayectoria abierta, compuesta por variaciones infinitesimales que no pueden reducirse a una esencia estable. En este sentido, cada existencia se asemeja más a una multiplicidad en movimiento que a una entidad fija.

Esta perspectiva tiene consecuencias profundas para la comprensión del individuo. En lugar de un sujeto unificado, coherente y permanente, tanto Deleuze como Nexum sugieren que lo que llamamos “yo” es una configuración provisional de fuerzas, relaciones y procesos que pueden reorganizarse en cualquier momento. La identidad deja de ser un punto de partida para convertirse en un efecto, en algo que emerge de la interacción de múltiples líneas de devenir. Esta idea se encuentra en resonancia con la noción deleuziana de “devenir-otro”, según la cual todo ser está siempre atravesado por procesos que lo llevan más allá de sí mismo, desbordando sus límites aparentes.

En Nexum, esta disolución de la identidad se hace visible no solo en el plano conceptual, sino también en la estructura misma del relato. Los personajes —humanos, filosóficos o artificiales— no están definidos de manera rígida, sino que evolucionan en función de los diálogos que mantienen, de las ideas que atraviesan y de los contextos en los que se inscriben. Cada intervención modifica el campo en el que se encuentran, generando nuevas configuraciones de sentido. De este modo, la serie encarna una lógica de la multiplicidad donde el ser no precede a la relación, sino que se constituye en ella.

La noción de eternidad infinitesimal introduce una dimensión temporal que refuerza esta ontología del devenir. Si la existencia no se cierra en un final absoluto, sino que se prolonga en una aproximación indefinida, entonces la identidad no puede fijarse en ningún momento determinado. Siempre hay un “más allá” del presente, una continuación que impide la clausura. Esto coincide con la idea deleuziana de que el devenir no tiene un término final, sino que es un proceso abierto que se reinventa constantemente.

Tanto Deleuze como Nexum proponen una transformación radical de la manera en que pensamos la relación entre ser y tiempo. El ser ya no se define por su permanencia, sino por su capacidad de transformarse; el tiempo no es un marco externo en el que ocurren los cambios, sino la dimensión misma en la que esos cambios constituyen lo real. La multiplicidad, lejos de ser una complicación añadida, se convierte en la clave para comprender una realidad que no puede reducirse a unidades simples.

Así, la “Eternidad Infinitesimal” puede leerse como una traducción especulativa de la ontología deleuziana: una forma de pensar la existencia como multiplicidad en devenir, donde la identidad se disuelve en un flujo de diferencias y donde el tiempo se abre como un campo infinito de variaciones. Esta convergencia no implica una identidad total entre ambos enfoques, pero sí revela una afinidad profunda en su intento de liberar el pensamiento de las categorías estáticas que han dominado la tradición filosófica.

Virtualidad e infinitesimal: el tiempo como reserva de lo posible

Uno de los conceptos más fecundos en la filosofía de Gilles Deleuze es el de virtualidad, entendido no como lo irreal o lo meramente posible en sentido débil, sino como una dimensión plenamente real que no está actualizada, pero que actúa como reserva de potencialidades. Lo virtual, en Deleuze, no se opone a lo real, sino a lo actual: es aquello que existe como campo de posibilidades estructuradas que pueden actualizarse de múltiples maneras sin agotarse nunca. Esta distinción permite pensar el tiempo no como una sucesión de presentes que reemplazan al pasado, sino como una coexistencia compleja donde lo no actual sigue operando, influyendo y configurando lo que llega a ser.

La “Teoría de la Eternidad Infinitesimal” en Nexum puede leerse precisamente como una dramatización de esta lógica de lo virtual. Al concebir la existencia como un proceso asintótico —una aproximación indefinida a un límite nunca plenamente alcanzado—, la realidad se abre a una dimensión en la que lo que no está plenamente realizado sigue siendo operante. La eternidad, en este contexto, no es un estado fijo ni trascendente, sino una reserva infinitesimal de devenir, un campo donde cada instante contiene más de lo que actualiza, donde cada forma de existencia remite a un excedente que no se agota en su manifestación presente.

Esta idea permite reinterpretar la relación entre tiempo y ser en términos profundamente deleuzianos. El presente deja de ser el único plano de realidad efectiva para convertirse en una actualización parcial de un campo virtual mucho más amplio. El pasado, lejos de desaparecer, se conserva como dimensión virtual que coexiste con el presente, mientras que el futuro no es simplemente lo que aún no ha llegado, sino lo que está ya implicado como potencia en lo que es. La eternidad infinitesimal, en este sentido, no sería una prolongación indefinida del tiempo, sino la manifestación de su estructura virtual: una temporalidad en la que cada instante está atravesado por múltiples líneas de actualización posibles.

En Nexum, esta concepción se traduce en una forma de pensar la existencia donde la muerte misma pierde su carácter de interrupción absoluta. Si lo real incluye una dimensión virtual que no se agota en lo actual, entonces el fin de una forma de existencia no implica necesariamente la desaparición total de sus potencialidades. La vida puede ser entendida como una actualización particular dentro de un campo más amplio que permanece abierto. Esta perspectiva no afirma una inmortalidad en sentido clásico, sino algo más sutil: la persistencia de lo virtual como excedente ontológico que nunca se clausura del todo.

Desde la filosofía de Deleuze, esta idea resulta coherente con su crítica a la metafísica de la presencia. Lo que es no se reduce a lo que está presente; lo real incluye dimensiones que no se manifiestan directamente, pero que son igualmente constitutivas. La virtualidad introduce así una profundidad en el ser que impide cualquier reducción a lo dado, abriendo el pensamiento a una ontología donde lo posible no es mera ausencia de realidad, sino parte activa de ella.

La noción de infinitesimal adquiere aquí un significado filosófico preciso. No se trata simplemente de lo extremadamente pequeño, sino de aquello que escapa a la cuantificación discreta, que no puede ser capturado en unidades cerradas. Lo infinitesimal remite a variaciones continuas, a diferencias que no se dejan reducir a identidades fijas. En este sentido, la eternidad infinitesimal puede interpretarse como la afirmación de que la realidad está compuesta por diferencias en proceso, por variaciones que nunca se estabilizan completamente en formas definitivas.

La convergencia entre Deleuze y Nexum se hace así especialmente intensa en este punto: ambos proponen una ontología donde lo real no se agota en lo actual, donde el tiempo no es una línea cerrada y donde la existencia se define por su apertura a un campo de virtualidades. Sin embargo, mientras Deleuze desarrolla esta idea en un plano estrictamente conceptual, Nexum la lleva al terreno de la experiencia imaginada, mostrando qué implica habitar un mundo donde lo que somos nunca coincide del todo con lo que llegamos a ser. En ese desfase, en esa distancia entre lo actual y lo virtual, se sitúa el núcleo mismo de la eternidad infinitesimal.

Diferencia y repetición: la eternidad como variación sin identidad

En el núcleo de la filosofía de Gilles Deleuze se encuentra una de sus tesis más radicales: la primacía de la diferencia sobre la identidad. Frente a la tradición filosófica que ha pensado la repetición como retorno de lo mismo —como reiteración de una esencia o de una forma idéntica—, Deleuze propone una concepción en la que toda repetición implica variación, desplazamiento y creación. Repetir no es reproducir, sino diferir, introducir una modificación que impide la clausura de lo idéntico. Esta idea, desarrollada especialmente en Diferencia y repetición, permite pensar el tiempo no como una secuencia de instantes equivalentes, sino como un proceso en el que cada momento es singular, irreductible a cualquier otro.

La “Teoría de la Eternidad Infinitesimal” en Nexum, puede leerse como una formulación narrativa de esta ontología de la diferencia. Si la existencia se define como una aproximación asintótica a un límite nunca alcanzado, entonces no hay repetición de estados idénticos, sino una variación continua, una serie de diferencias infinitesimales que configuran el devenir. La eternidad, en este contexto, no es la permanencia de lo mismo, sino la persistencia de la variación: un tiempo que no se agota porque nunca se repite de manera idéntica.

Esta concepción transforma profundamente la idea de continuidad. En lugar de entenderla como una línea homogénea donde los elementos se suceden sin alteración esencial, tanto Deleuze como Nexum proponen una continuidad intensiva, hecha de diferencias internas. Cada instante no es simplemente un punto en una serie, sino una modulación del conjunto, una variación que afecta al todo. La repetición, lejos de estabilizar la identidad, la disuelve, mostrando que lo que parece permanecer es en realidad el resultado de una serie de transformaciones imperceptibles.

En Nexum, esta lógica se manifiesta en la propia estructura del tiempo narrativo y conceptual. Los diálogos, las ideas y los personajes no regresan nunca al mismo punto; cada reaparición implica un desplazamiento, una reinterpretación, una nueva articulación de sentido. Incluso cuando se abordan los mismos temas —la muerte, la conciencia, la eternidad—, lo hacen desde perspectivas que los transforman, generando una repetición que es siempre diferencia. De este modo, la serie encarna una temporalidad donde el sentido no se fija, sino que se reconfigura constantemente.

La relación entre repetición y eternidad adquiere aquí un significado especialmente relevante. En la tradición metafísica, la eternidad ha sido pensada a menudo como inmovilidad, como un estado fuera del tiempo donde nada cambia. Sin embargo, tanto Deleuze como la propuesta de la eternidad infinitesimal invierten esta idea: la verdadera eternidad no sería la ausencia de cambio, sino la infinitud del devenir, la imposibilidad de agotar las variaciones. La eternidad no es lo que permanece idéntico, sino lo que nunca deja de diferir.

Esta inversión tiene consecuencias ontológicas decisivas. Si la realidad está constituida por diferencias en proceso, entonces no hay fundamento último en forma de identidad estable. Todo lo que existe está atravesado por una dinámica de repetición diferencial que impide su fijación definitiva. La muerte, desde esta perspectiva, no puede ser entendida como un punto final absoluto, sino como una transformación dentro de un proceso más amplio de variación continua. La “Eternidad Infinitesimal” radicaliza esta idea al sugerir que incluso el final se inscribe en una lógica de aproximación, no de clausura.

La convergencia entre Deleuze y Nexum se hace especialmente intensa en esta concepción de la repetición como diferencia. Ambos proponen una ontología en la que el tiempo no reproduce lo mismo, sino que genera constantemente nuevas configuraciones. La eternidad deja de ser un refugio fuera del cambio para convertirse en el propio movimiento del cambio llevado al límite: una variación infinita que no puede ser detenida ni reducida.

La “Eternidad Infinitesimal” puede entenderse como una dramatización contemporánea de la tesis deleuziana: que lo real no se funda en la identidad, sino en la diferencia, y que el tiempo, lejos de ser un marco neutro, es la dimensión en la que esa diferencia se despliega sin fin.

Conclusión: de Deleuze a Nexum, la eternidad como devenir radical

La relación entre la “Teoría de la Eternidad Infinitesimal” y la filosofía de Gilles Deleuze puede entenderse como un diálogo entre una conceptualización teórica y una dramatización especulativa de ideas afines. Ambos proyectos desplazan la noción tradicional de tiempo y existencia: lo lineal, lo cerrado y lo identitario ceden el paso a lo fluyente, lo diferencial y lo relacional. La eternidad, en este marco, no es un estado fijo o trascendente, sino un proceso infinito de variaciones, un devenir que se despliega en el tiempo sin concluirse nunca, donde cada instante contiene diferencias que no se agotan en su actualización.

De la eternidad infinitesimal a la ontología deleuziana subyace la misma intuición: la realidad está constituida por diferencias, multiplicidades y virtualidades, no por entidades fijas. La serie Nexum dramatiza estas ideas al mostrar mundos donde los límites entre ser humano, inteligencia artificial y temporalidad se vuelven difusos, evidenciando cómo lo real se construye en un continuo de interacciones y aproximaciones infinitesimales. La filosofía de Deleuze proporciona, en este sentido, un marco conceptual que permite entender por qué la aproximación narrativa de Batlle Fuster no es mera ficción especulativa, sino una ontología en acto, un escenario en el que el devenir de lo real se hace visible y tangible.

Además, la serie intensifica la dimensión ética y existencial de estas ideas. Si la identidad, la conciencia y la vida misma son procesos abiertos, siempre en transformación, entonces la responsabilidad y la creatividad se vuelven centrales: cada acto, cada decisión, participa en la configuración de un campo más amplio de posibilidades. La eternidad infinitesimal no es solo un concepto temporal, sino un llamado a reconocer que lo que hacemos nunca es neutral, que nuestras acciones intervienen en una red de devenires que exceden nuestra individualidad.

La convergencia entre Deleuze y Nexum subraya una lección más general para el pensamiento contemporáneo: la filosofía no debe limitarse a explicar lo dado, sino que puede explorar, dramatizar y ampliar nuestra comprensión de lo posible. Así como Deleuze propone una ontología de la diferencia y la virtualidad, Nexum ofrece una experiencia narrativa donde esas ideas se ponen en juego, mostrando que el tiempo, la identidad y la eternidad son campos abiertos, sujetos a variación infinita y a reflexión constante.

La serie confirma que la filosofía, incluso cuando se inspira en conceptos complejos y abstractos como los de Deleuze, puede transformarse en un laboratorio de pensamiento, donde la eternidad no es un dogma, sino un horizonte de exploración infinita, un devenir radical que desafía nuestras categorías tradicionales y nos invita a repensar lo que significa existir, transformarse y persistir en un universo siempre en movimiento.

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