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[016] El feminismo como brújula ética en tiempos inciertos

Artículo para Australolibrecus – Isabela Mae Voss

En la vastedad convulsa del presente, donde las certezas se disuelven con la misma rapidez con la que se producen, el feminismo se erige no solo como un movimiento social, sino como una brújula ética indispensable para orientarnos en un océano de contradicciones. Mi libro Feminismo nace precisamente de esa convicción: la de que esta corriente de pensamiento no puede limitarse a la denuncia de injusticias o a la reivindicación de derechos, sino que ha de ser también un marco de reflexión filosófica que nos ayude a decidir qué es justo, qué es digno y qué es posible construir en comunidad.

En su dimensión más profunda, el feminismo no es un dogma cerrado ni una doctrina uniforme; es un espacio de pensamiento vivo, abierto y deliberativo que se transforma con cada generación. He procurado abordarlo como una trama compleja, donde convergen la ética, la moral, la política, la economía y la cultura, sabiendo que en cada uno de estos ámbitos se reproducen, con matices diversos, las estructuras de poder que históricamente han oprimido a las mujeres y a otras identidades disidentes. En este sentido, escribir Feminismo ha sido un ejercicio de cartografía crítica: trazar el mapa de un territorio que nunca está quieto, que se expande y se repliega según los contextos y las luchas.

Pero hay algo que me parece urgente subrayar: el feminismo del siglo XXI se enfrenta a una prueba de fuego que quizá ninguna generación anterior tuvo que afrontar con tanta intensidad. Me refiero a la necesidad de mantener su fuerza emancipadora sin caer en la fragmentación paralizante. Vivimos un momento en que las corrientes internas —liberal, radical, interseccional, marxista, postcolonial, trans-inclusiva— pueden ser tanto fuente de enriquecimiento teórico como de divisiones insalvables. De ahí que el hilo conductor de mi trabajo sea la búsqueda de un lenguaje común que, sin negar las diferencias, permita sostener un horizonte compartido de justicia y dignidad.

Historia reciente y la configuración de una brújula ética feminista

Para comprender la urgencia y la forma que adquiere el feminismo contemporáneo, es necesario retroceder unas décadas y observar cómo los acontecimientos políticos, sociales y tecnológicos han ido transformando sus prioridades. Desde finales del siglo XX hasta hoy, hemos asistido a una aceleración histórica sin precedentes: la globalización económica, el auge de las redes digitales, las migraciones masivas, el cambio climático y, más recientemente, crisis sanitarias globales como la pandemia, han configurado un nuevo tablero de desafíos. En este escenario, el feminismo ha debido reinventarse, no solo para responder a opresiones clásicas como la discriminación laboral o la violencia de género, sino también para enfrentar amenazas inéditas como la precarización digital, la vigilancia algorítmica y las nuevas formas de control sobre los cuerpos a través de la biotecnología.

La historia reciente nos ha demostrado que los avances en derechos no son lineales ni definitivos. Allí donde se había conquistado el acceso al aborto legal o a la paridad política, han emergido corrientes reaccionarias que buscan revertir esas victorias. Las mujeres y personas disidentes han aprendido, a fuerza de resistencia, que la lucha feminista no puede descansar en una ilusión de progreso inevitable; requiere una vigilancia ética constante, capaz de detectar no solo las agresiones visibles, sino también las más sutiles y estructurales. Por eso, más que una ideología cerrada, el feminismo que defiendo en Feminismo es un sistema dinámico de pensamiento y acción, que se retroalimenta de la memoria histórica y se proyecta hacia el porvenir.

Es aquí donde la noción de “brújula ética” se vuelve crucial: si el mundo cambia con una velocidad vertiginosa, los principios deben permanecer lo suficientemente sólidos como para orientar, pero también lo bastante flexibles como para adaptarse sin perder su sentido emancipador. Esta es, quizá, la herencia más valiosa de las generaciones feministas que nos precedieron: haber entendido que el cambio no es una excepción, sino la condición misma de nuestra existencia política.

Tensiones internas: la fuerza y el riesgo de la diversidad feminista

Uno de los rasgos más notables del feminismo contemporáneo es su extraordinaria diversidad interna. A primera vista, esta pluralidad de corrientes —liberal, radical, interseccional, marxista, postcolonial, trans-inclusiva, entre otras— podría parecer una fortaleza incuestionable: múltiples perspectivas enriquecen el debate, amplían los horizontes y evitan caer en un pensamiento monolítico. Sin embargo, esa misma diversidad también puede convertirse en un terreno fértil para la fragmentación y el conflicto, especialmente cuando los desacuerdos conceptuales se transforman en disputas identitarias que bloquean la acción colectiva.

He sido testigo de cómo, en espacios de militancia y foros académicos, discusiones legítimas sobre el alcance de ciertos derechos o sobre la pertinencia de determinadas estrategias derivan en fracturas profundas. A veces, las diferencias no radican tanto en los objetivos —como erradicar la violencia o garantizar la equidad— sino en los métodos, las prioridades y los marcos teóricos empleados. Esto no es nuevo en la historia de los movimientos sociales, pero en el feminismo contemporáneo se ve intensificado por la hiperconectividad digital, donde los debates se vuelven públicos, instantáneos y, a menudo, polarizados.

No obstante, creo que estas tensiones, lejos de ser únicamente un obstáculo, pueden convertirse en una fuente de innovación política. El verdadero reto consiste en aprender a sostener el disenso sin que este derive en parálisis o en autoexclusión. El feminismo necesita un músculo dialógico capaz de aceptar la coexistencia de visiones divergentes, y a la vez un compromiso mínimo común que actúe como cimiento ético. Es en ese delicado equilibrio donde se juega buena parte de su capacidad transformadora en el siglo XXI.

La interseccionalidad como brújula ética y política

Desde que Kimberlé Crenshaw acuñara el término “interseccionalidad” a finales de los años ochenta, el feminismo ha experimentado una reorientación decisiva en su manera de comprender la opresión y la justicia. Ya no basta con pensar el género de manera aislada; se ha vuelto ineludible reconocer cómo este se entrelaza con la raza, la clase social, la orientación sexual, la discapacidad, la edad o el estatus migratorio, produciendo experiencias específicas de desigualdad y violencia.

La interseccionalidad, lejos de ser una mera categoría académica, ha demostrado ser un instrumento práctico para diagnosticar injusticias invisibilizadas. Cuando una política pública destinada a las mujeres no considera, por ejemplo, las realidades de las trabajadoras migrantes, de las mujeres indígenas o de las mujeres trans, reproduce de manera inadvertida una jerarquía interna de privilegios. Lo mismo ocurre en la esfera laboral, en el sistema judicial y hasta en la manera en que se diseñan las campañas de sensibilización.

No obstante, aplicar un enfoque interseccional no está exento de desafíos. Supone un esfuerzo constante por escuchar, ceder espacio y cuestionar el propio lugar de enunciación. También implica una lucha contra la tendencia a simplificar los problemas en eslóganes fáciles, porque la interseccionalidad nos recuerda que la opresión es compleja y que las soluciones deben serlo también. Creo que este marco no solo amplía la mirada feminista, sino que actúa como una brújula ética para evitar que la lucha por la igualdad se convierta, sin quererlo, en una lucha por los privilegios de unas pocas.

Feminismo en la era de la inteligencia artificial: entre la emancipación y el riesgo

La irrupción de la inteligencia artificial (IA) en la vida cotidiana está transformando radicalmente nuestras relaciones, economías y modos de comunicación. Sin embargo, lo que muchas veces se presenta como un avance neutral y objetivo encierra, en realidad, sesgos profundamente arraigados. Algoritmos de selección de personal que penalizan currículos femeninos, sistemas de reconocimiento facial que fallan con pieles oscuras, o herramientas de moderación de contenido que censuran cuerpos femeninos mientras toleran violencia explícita, son solo algunos ejemplos de cómo la tecnología puede reproducir y amplificar desigualdades ya existentes.

Para el feminismo, este panorama representa tanto un reto como una oportunidad. Por un lado, exige un activismo vigilante que presione por una IA ética, transparente y auditada desde perspectivas diversas. Por otro, abre la puerta a imaginar usos emancipadores de la tecnología: redes seguras para víctimas de violencia, plataformas de educación feminista accesibles a escala global, o herramientas de análisis de datos que visibilicen patrones de discriminación y permitan actuar con rapidez.

La pregunta clave es quién diseña y con qué propósito. No basta con “incluir” mujeres en el desarrollo tecnológico si el marco de pensamiento sigue estando dominado por lógicas extractivas, competitivas y patriarcales. Lo verdaderamente transformador sería un enfoque que ponga en el centro el cuidado, la justicia social y la equidad, de modo que la IA deje de ser una amenaza velada y se convierta en aliada real de la liberación humana.

Arte y cultura popular como trincheras del feminismo contemporáneo

En un mundo saturado de imágenes y narrativas, el arte y la cultura popular se han convertido en campos de batalla donde se negocia el sentido del feminismo. Desde los murales callejeros que denuncian feminicidios hasta las canciones virales que cuestionan roles de género, la estética se entrelaza con la política para generar resonancias que trascienden los espacios académicos o militantes. Lo que en décadas anteriores se confinaba a galerías y círculos intelectuales, hoy circula en redes sociales, series televisivas y festivales, alcanzando públicos masivos y diversificados.

Este fenómeno no está exento de tensiones. La incorporación de símbolos feministas en campañas publicitarias o productos culturales de gran escala plantea la disyuntiva entre la difusión de ideas y su banalización mercantil. ¿Puede un mensaje seguir siendo disruptivo si se convierte en una tendencia de moda? ¿O existe, quizá, una potencia subversiva en infiltrarse en la cultura mainstream para sembrar dudas y preguntas incómodas en quienes no se acercarían voluntariamente al discurso feminista?

El arte feminista contemporáneo se caracteriza por su hibridez: mezcla géneros, plataformas y lenguajes. Utiliza la ironía, el humor, la belleza y la incomodidad como herramientas de impacto. No busca únicamente representar a las mujeres, sino problematizar el sistema que les asigna lugares y roles específicos. Y, sobre todo, abre un espacio de diálogo colectivo, donde la experiencia estética se convierte en un catalizador de acción política.

Ecofeminismo y justicia ambiental: la interdependencia como principio político

En tiempos de emergencia climática, el ecofeminismo ha dejado de ser una corriente teórica marginal para convertirse en una de las propuestas más urgentes del pensamiento crítico contemporáneo. Su premisa es clara: la opresión de las mujeres y la explotación de la naturaleza son manifestaciones de un mismo patrón civilizatorio que privilegia la dominación, la acumulación y el extractivismo por encima del cuidado y la reciprocidad. La degradación ambiental y la desigualdad de género no son fenómenos paralelos, sino hilos entretejidos en una misma red de injusticias.

Las mujeres —especialmente en comunidades rurales, indígenas y del Sur Global— son a menudo las primeras en experimentar los impactos de la crisis ecológica: sequías que comprometen el acceso al agua, deforestaciones que erosionan economías locales, o desplazamientos forzados por proyectos extractivos. Sin embargo, lejos de ser solo víctimas, han emergido como lideresas en movimientos de resistencia, defendiendo territorios y saberes ancestrales que desafían las lógicas del mercado global.

El ecofeminismo, en este sentido, no se limita a denunciar, sino que propone un cambio profundo de paradigma: reconocer la interdependencia de todos los seres vivos y reorganizar nuestras economías, tecnologías y políticas en función de la sostenibilidad y el cuidado mutuo. Esto implica repensar incluso las nociones de progreso y desarrollo, desmontando el mito de un crecimiento infinito en un planeta finito.

Feminismo y educación: transformar el saber para transformar el mundo

La educación ha sido históricamente un terreno de disputa política, y el feminismo contemporáneo lo reconoce como un campo clave para la transformación social. No se trata únicamente de incluir más nombres de mujeres en los libros de texto, sino de replantear qué se enseña, cómo se enseña y con qué objetivos. Las pedagogías feministas parten de la convicción de que el conocimiento no es neutral: está atravesado por estructuras de poder que privilegian ciertas voces, experiencias y saberes, mientras silencian y marginan otras.

En las aulas, la perspectiva feminista cuestiona los currículos que perpetúan estereotipos de género y que refuerzan jerarquías entre disciplinas, colocando a las ciencias “duras” como superiores a las humanidades o a los saberes comunitarios. Propone, en cambio, un modelo de enseñanza dialógico, inclusivo y crítico, donde el alumnado no es un receptor pasivo, sino un agente activo de su propio aprendizaje.

Además, el feminismo en la educación se enfrenta a un reto particularmente complejo en la era digital: garantizar que el acceso al conocimiento en línea no reproduzca las desigualdades ya existentes. Las brechas de género en la alfabetización tecnológica, la violencia digital y la falta de representación en el desarrollo de contenidos y plataformas son desafíos urgentes. La solución no pasa por una mera “adaptación tecnológica”, sino por una profunda revisión ética y política de los entornos educativos contemporáneos.

Arte y cultura: el pulso estético del feminismo

El feminismo ha comprendido, quizás mejor que cualquier otro movimiento social, que la transformación política necesita también una revolución simbólica. No basta con cambiar leyes o estructuras económicas si los imaginarios colectivos —esas narrativas invisibles que moldean lo posible y lo imposible— siguen habitados por el patriarcado. El arte, en todas sus formas, ha sido una de las trincheras más fecundas para esta revolución estética.

Desde el muralismo callejero que denuncia femicidios en las paredes de América Latina hasta las performances que resignifican el cuerpo como territorio de autonomía, la creatividad feminista no se limita a producir belleza: produce conciencia, incomodidad y deseo de cambio. La literatura ha dado voz a subjetividades históricamente silenciadas, el cine ha deconstruido estereotipos y la música ha convertido la rabia y la esperanza en himnos colectivos.

Estas expresiones culturales no son un “aderezo” del activismo, sino su pulso. Permiten que el mensaje feminista trascienda las fronteras académicas y militantes, alcanzando a públicos diversos, interpelando afectos y generando redes de empatía. En una época marcada por la saturación informativa, el arte se erige como un lenguaje que corta el ruido, dejando huellas más duraderas que cualquier consigna efímera.

Si algo nos enseña la historia de las luchas feministas es que la cultura no solo refleja la realidad, sino que puede anticiparla y moldearla. Allí donde las palabras escritas en leyes encuentran resistencia, las imágenes, canciones y narrativas logran abrir fisuras por donde se filtra un porvenir más justo. Y es en esa grieta luminosa donde el feminismo continúa soñando y creando.

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