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[009] Universo, Tiempo y Eternidad

Por Australolibrecus anamensis

1.

La Teoría de la Eternidad Infinitesimal (TEI) propone una reconfiguración radical de nuestra concepción de la eternidad, alejándose de la idea tradicional de un estado estático e inmutable que sucede después de la vida, para presentarla como un proceso dinámico y presente. La eternidad, en la TEI, no es algo que esperamos alcanzar al final de nuestras vidas, ni una trascendencia distante, sino una parte integral y constitutiva de cada momento vivido. Este concepto desafía la visión lineal del tiempo, donde el presente siempre avanza hacia el futuro, hacia algo que aún no es. En la TEI, el presente está ya impregnado de eternidad, y cada segundo vivido contiene una pequeña, casi imperceptible fracción de esa infinitud.

Este enfoque revela una profunda paradoja: aunque la eternidad infinitesimal nunca será en el sentido tradicional de algo que deviene o que está por suceder, ya ha sido en cada instante que se ha vivido. Desde esta perspectiva, el tiempo no es una progresión hacia un fin, sino un flujo continuo donde la eternidad se expresa en lo efímero, en lo transitorio. La eternidad no es algo que esperamos con anhelo o temor al final de la vida; es algo que está ya presente, un sustrato constante e imperceptible que sustenta nuestra existencia, aunque la mente humana, condicionada por las categorías de lo finito y lo mensurable, tenga dificultades para percibirla en su totalidad. Al decir que la eternidad infinitesimal ‘ya ha sido’, reconocemos que la plenitud del ser se encuentra en el instante, y no en una proyección hacia el futuro.

Esto implica también un replanteamiento de nuestra relación con la muerte. Si la eternidad ya está presente en cada momento, la muerte no es una barrera definitiva entre la vida y la eternidad, sino simplemente un cambio de estado dentro de ese flujo continuo. La vida, desde esta óptica, no es una espera o preparación para la eternidad; es la vivencia de la eternidad en cada instante finito. Así, la existencia humana no se desvaloriza por su temporalidad, sino que se enriquece al ser vista como una serie de manifestaciones infinitesimales de lo eterno. Al final, la TEI nos invita a una nueva ética de la vida, donde cada momento cuenta, no porque sea un paso hacia una inmortalidad futura, sino porque contiene la plenitud de la eternidad.

2.

La eternidad infinitesimal se opone radicalmente al concepto de no-tiempo, revelando una paradoja fundamental en la ontología del universo: el tiempo no es una entidad independiente o inherente al cosmos, sino una creación íntima y esencial de la vida. Sin la vida, el universo queda reducido a un estado de no-tiempo, una existencia potencial que carece de devenir, de movimiento, de realidad perceptible. En esta perspectiva, el tiempo no es un atributo del universo en sí, sino el resultado directo de la vida, que lo genera activamente. La vida, al existir, no solo crea el tiempo como una estructura donde se puede desplegar la experiencia, sino que, en un acto creador más profundo, detiene el no-tiempo al hacer posible el devenir del universo. En este sentido, sin la vida que lo habita, el universo no es más que una posibilidad latente, carente de existencia plena, un no-universo atrapado en el no-tiempo.

En este contexto, la TEI propone que es la vida la que impulsa y estructura el tiempo, y con ello, el universo mismo. El no-tiempo, como opuesto al devenir temporal, es una ausencia total de cambio, de relación, de existencia efectiva. Es solo a través del acto de vivir que el universo adquiere realidad, pues la vida interrumpe el no-tiempo, dando forma a la sucesión de instantes que denominamos tiempo y estableciendo las condiciones necesarias para que el universo, en su multiplicidad de fenómenos, pueda manifestarse. En este sentido, el universo sin vida apenas es nada: es un ente potencial, vacío de dinamismo y significado, sumido en una eternidad estática y carente de movimiento, en la que no puede existir ni el cambio ni el ser. El no-tiempo es, por tanto, un estado de pura latencia ontológica, donde todo lo que podría ser permanece en una forma inerte y sin dirección.

La vida, al generar tiempo, no solo organiza y delimita el flujo temporal, sino que también da lugar a la existencia misma del universo como un espacio dinámico y continuo de acontecimientos. La vida, en su capacidad de crear tiempo, transforma la pura potencialidad en realidad concreta, imponiendo un orden temporal en el caos del no-tiempo y abriendo el espacio para que el devenir cósmico se despliegue. El tiempo, en esta visión, no es una dimensión impuesta al universo desde fuera, ni una simple propiedad física que existe independientemente de la vida, sino un fenómeno emergente de la interacción de la vida con la nada del no-tiempo. Así, el universo deviene real solo cuando la vida interviene para estructurar el tiempo y darle dirección, dotándolo de sentido y forma.

La TEI, por tanto, redefine el tiempo como una creación vital y plantea que, sin vida, el universo se disolvería en el no-tiempo, en una eternidad vacía e inmóvil, sin posibilidad de ser. El universo existe, porque la vida le da la posibilidad de desplegarse en el tiempo, y la eternidad infinitesimal, lejos de ser una abstracción distante, se convierte en el núcleo de esta creación continua del tiempo por la vida. Cada instante vital es una interrupción del no-tiempo, una detención del vacío que constituye el universo sin vida, y es en este sentido que la vida y el tiempo son cocreadores del universo. La vida no solo vive en el tiempo, sino que lo genera con cada respiración, con cada acto, con cada segundo que se vive y que hace posible la existencia del universo.

Comparado con filósofos contemporáneos como Alain Badiou, quien sostiene que el ser y el evento son fundamentales para la comprensión de la realidad, la TEI se alinea en su visión de que los eventos, o en este caso la vida misma, son los que interrumpen el ser latente del no-tiempo. Para Badiou, un evento da lugar a nuevas verdades y transforma radicalmente la situación previa. De manera similar, en la TEI, la vida es el evento primordial que transforma el estado de no-tiempo del universo, otorgando una estructura de temporalidad y posibilidad. Ambos enfoques coinciden en el poder creativo de lo inesperado, ya sea el evento en Badiou o la vida en la TEI, como motores del devenir ontológico.

En comparación con filósofos clásicos, Heráclito también podría resonar con esta idea al afirmar que todo está en flujo y que el devenir es la esencia del universo. Sin embargo, donde Heráclito ve el cambio constante como la ley natural del cosmos, la TEI afirma que ese flujo no puede comenzar sin la intervención de la vida para crear el tiempo. La tensión entre Heráclito y la TEI radica en la fuente del devenir: mientras Heráclito lo ve como un proceso intrínseco al universo, la TEI lo atribuye a la vida como el catalizador que posibilita ese movimiento temporal. Así, mientras Heráclito encuentra en el cambio constante la verdad del cosmos, la TEI encuentra en la vida la clave para que ese cambio ocurra.

3.

Desde la perspectiva de la Teoría de la Eternidad Infinitesimal (TEI), el concepto del universo sin vida plantea una reflexión radical sobre la relación entre el tiempo, la existencia y la conciencia. En este marco, el tiempo no es una propiedad inherente al cosmos, sino una creación de la vida misma, que, al percibir y experimentar su propio devenir, otorga estructura y sentido al flujo temporal. Un universo sin seres vivos, sin entidades que perciban el transcurrir del tiempo o que experimenten la evolución de la flecha temporal, se encuentra sometido al no-tiempo. Este estado de no-tiempo implica que, desde la perspectiva de una conciencia viva, el universo simplemente ‘sucede’ sin transcurrir, sin experimentar ningún proceso. Sin un ser vivo que interrumpa la inercia del no-tiempo para otorgarle un ritmo, el universo se experimenta como un estado estático, un proceso simultáneo de creación y destrucción instantánea. Desde la perspectiva temporal humana, un universo sin vida es en el que el tiempo es cero, donde el nacimiento y la desaparición de los fenómenos cósmicos ocurren a la vez y, por tanto, quedan completamente fuera de cualquier esquema de temporalidad lineal.

Este enfoque introduce una paradoja profunda: si no hay percepción del tiempo, entonces el tiempo no existe. El tiempo, en este sentido, es una creación de la vida, de los seres que lo miden, lo cuantifican y lo experimentan a través de sus ciclos vitales. Sin seres vivos, el universo se despliega en una atemporalidad completa, un estado de pura potencialidad que nunca se manifiesta en términos cronológicos. Desde la perspectiva de la TEI, la vida actúa como el agente que detiene este curso invisible del no-tiempo y lo transforma en algo perceptible, en algo que puede ser vivido, medido y experimentado. Es la vida la que cuantifica el tiempo en el universo, y al hacerlo, crea también la percepción de un universo que se desarrolla a lo largo del tiempo. Sin esta capacidad de percepción, el universo, aunque pueda existir en términos ontológicos, no existe en términos temporales. En lugar de ser un proceso continuo, el universo sin vida se ‘crea y destruye’ instantáneamente desde nuestra perspectiva finita, colapsando el devenir temporal en un solo punto, en una eternidad que se asemeja más al no-ser que a una existencia real.

La implicación filosófica de esta idea es que el tiempo no puede considerarse una cualidad fundamental del universo, sino un fenómeno emergente vinculado inextricablemente a la vida. Sin vida, no solo desaparece la percepción del tiempo, sino que el propio concepto de universo se disuelve, ya que, al pertenecer al no-tiempo, el universo carece de una estructura que lo sostenga en el devenir. En este sentido, el universo sin tiempo es indistinguible del no-universo, una entidad potencial que jamás llega a realizarse si carece de una estructura temporal sobre la que asentarse. Aquí, la TEI introduce una noción radical: el universo no puede existir como tal sin tiempo, y el tiempo no puede existir sin vida. Este entrelazamiento ontológico implica que la vida es la condición de posibilidad para la existencia del tiempo y, por lo tanto, para la existencia del universo tal como lo entendemos.

Este planteamiento dialoga de manera provocadora con algunas teorías contemporáneas en física, como la gravedad cuántica o la teoría de bucles cuánticos, que proponen que el espacio-tiempo no es continuo, sino que está compuesto de estructuras discretas a escalas extremadamente pequeñas. En este contexto, el tiempo no es una entidad continua que fluye independientemente de los acontecimientos, sino una serie de ‘saltos’ o ‘cuantificaciones’ que se producen en función de interacciones específicas. Esta visión resuena con la TEI en la medida en que ambas teorías sugieren que el tiempo no es una propiedad fundamental del universo, sino un fenómeno que depende de la existencia de ciertos procesos o interacciones. Para la TEI, es la vida la que genera estos procesos, mientras que en la física cuántica son las partículas y las fuerzas fundamentales las que lo hacen. Sin embargo, ambos enfoques coinciden en cuestionar la noción clásica de un tiempo lineal e independiente.

Comparando este marco con la filosofía clásica, nos encontramos con una visión muy diferente en la obra de Aristóteles, quien sostenía que el tiempo era una medida del movimiento en relación con el ‘antes’ y el ‘después’. Para Aristóteles, el tiempo estaba intrínsecamente ligado al cambio en el universo físico, pero existía independientemente de los seres vivos. En contraste, la TEI desafía esta concepción al postular que, sin vida, no hay percepción, y sin percepción, el tiempo no existe. Para Aristóteles, el tiempo es una realidad objetiva que transcurre independientemente de la vida o la conciencia; en cambio, para la TEI, el tiempo es una creación subjetiva, un fenómeno que solo puede existir en tanto hay vida que lo experimenta y lo mide. Así, la TEI propone una inversión radical del paradigma aristotélico: no es el tiempo el que da sentido a la vida, sino la vida la que da sentido al tiempo y, por ende, al universo mismo.

Esta reinterpretación del tiempo y el universo que ofrece la TEI abre nuevas vías para entender la relación entre el ser, la conciencia y la realidad. La vida, en lugar de ser un mero accidente en un universo temporal, se convierte en el principio organizador fundamental que permite que el tiempo, y por ende el universo, existan de manera significativa.

4.

Una de las ideas más radicales que emerge de la Teoría de la Eternidad Infinitesimal (TEI) es la afirmación de que el universo solo existe en tanto que haya vida capaz de experimentar el tiempo. Este postulado desafía profundamente las concepciones tradicionales de la cosmología y la ontología al sugerir que la existencia misma del universo no es una realidad objetiva e independiente, sino que depende de la capacidad de la vida para percibir y, en última instancia, crear el tiempo. En este marco, el tiempo deja de ser una dimensión universal y absoluta, tal como lo concibe la física clásica, y se transforma en una medida subjetiva que solo cobra sentido cuando es experimentada por seres vivos. Así, la vida no es un fenómeno contingente o accesorio dentro de un universo preexistente; por el contrario, es la vida la que funda la existencia del tiempo y, con ello, la del universo mismo. Este enfoque plantea una interdependencia radical entre vida, tiempo y cosmos: sin vida, el tiempo no tiene estructura, y sin tiempo, el universo no puede existir de manera coherente ni desplegarse en un devenir. Si en algún momento del devenir cósmico no hubiera ningún ser vivo en el universo, ni siquiera un solo organismo que pudiera experimentar el tiempo y sus ciclos, el universo entero colapsaría instantáneamente en el no-tiempo, es decir, en un estado de pura potencialidad que jamás llegaría a manifestarse como existencia real.

Este colapso hacia el no-tiempo implica que la estructura del universo, entendida como una secuencia de eventos y procesos ordenados, dejaría de tener sentido. Lo que concebimos como el flujo natural de acontecimientos —el nacimiento de estrellas, la evolución de las galaxias, el movimiento de los planetas— cesaría de manera instantánea. En este sentido, la TEI redefine el concepto de ‘existencia’ al vincularlo indisolublemente con la conciencia y la percepción: el universo, para ser, debe ser experimentado, debe haber una subjetividad que lo articule, que lo perciba y que lo viva. Sin esta subjetividad, sin este ‘observador cósmico’, el tiempo se diluiría en el no-ser, y con él, la realidad misma. De esta manera, la existencia del universo no es un hecho dado o una constante independiente de las condiciones internas, sino que está atada a la posibilidad misma de que haya vida que lo sostenga, lo mida y lo interprete. Esto convierte al tiempo, no en una cualidad intrínseca del universo, sino en una creación subjetiva derivada de la capacidad de la vida para detener el curso del no-tiempo y transformarlo en un flujo de eventos que llamamos existencia.

Esta perspectiva de la TEI se puede interpretar como una vuelta de tuerca al famoso problema filosófico del árbol que cae en el bosque: si no hay nadie para escuchar el árbol cuando cae, ¿hace ruido? En este caso, el problema es mucho más radical: si no hay vida que experimente el tiempo, ¿existe el universo? La respuesta, desde la TEI, es que no: un universo sin vida colapsaría en el instante mismo en que la última forma de vida desapareciera, regresando al estado de no-tiempo. Esto significa que la vida no es solo un fenómeno que ocurre dentro del tiempo y el espacio del universo, sino que es el principio activo que otorga sentido, coherencia y continuidad al cosmos. Sin vida, lo que queda es una suerte de eterno presente, un estado de existencia potencial que jamás se materializa en forma concreta porque no hay una estructura temporal que le dé forma. En otras palabras, la vida no solo crea el tiempo como una medida subjetiva del devenir, sino que crea el universo mismo como una realidad experimentable.

Este enfoque contrasta con visiones más tradicionales que ven al tiempo como una dimensión inmutable del universo, algo que transcurre independientemente de la vida o la conciencia. Desde esta óptica clásica, la existencia del tiempo no depende de que haya seres vivos que lo experimenten, sino que es una condición fundamental del cosmos. Sin embargo, la TEI subvierte este paradigma al plantear que la medida del tiempo no es objetiva, sino subjetiva, y que el tiempo solo puede existir como un fenómeno consciente, en tanto haya algo o alguien capaz de experimentarlo. Esto no significa que el universo desaparezca físicamente, pero sí implica que el universo, sin una medida del tiempo, carece de estructura y sentido. No hay secuencias, no hay evolución, no hay causa y efecto. Lo que entendemos por ‘realidad’ solo existe porque hay vida que la percibe, la organiza y la sitúa en un marco temporal. En este sentido, el tiempo y la existencia del universo no son entidades absolutas y autónomas, sino que dependen de la interacción constante entre la vida y el tiempo, una interacción que permite que el universo emerja como una realidad ordenada y significativa.

Así, la TEI propone una visión profundamente humanista y vivencial del universo, donde la vida no es solo una parte del todo, sino la fuerza creativa que genera el tiempo y, con él, la realidad cósmica. En este sentido, el universo es un producto de la vida y, por ende, la vida es el punto central desde el cual podemos comprender el funcionamiento del tiempo y la eternidad.

5.

Esta reflexión nos conduce a una cuestión filosófica aún más profunda en el contexto de la Teoría de la Eternidad Infinitesimal (TEI): ¿qué ocurre cuando un ser vivo, siendo creador de tiempo, muere? Si aceptamos la premisa de que la vida es la fuente a partir de la cual el tiempo se genera y, en consecuencia, el universo existe en tanto es percibido y vivido, entonces la muerte de cualquier ser vivo no sería simplemente una transición a la nada, sino un evento de enormes implicaciones cósmicas. Al morir un ser vivo, ya sea uno entre millones o el último en todo el universo, la creación de tiempo se detiene en ese instante específico para ese ser. Sin vida que perciba, detenga y estructure el devenir, el tiempo no puede continuar en su flujo regular. Sin embargo, este cese del tiempo no se da de manera abrupta o completa, pues la vida, en cuanto creadora del tiempo, está protegida de la disolución en el no-tiempo. La paradoja que se plantea es que, aunque un ser temporal cesa de existir, no puede ser absorbido en el no-tiempo porque su existencia, al haber generado tiempo, ya es parte de un proceso infinitesimal e inacabable de acercamiento a la eternidad.

En este marco, la muerte no es un evento definitivo, sino una transición que no llega a completarse nunca en el sentido clásico. La desconexión del ser vivo del tiempo no conduce a una extinción inmediata ni a una fusión instantánea con el no-tiempo, sino a un proceso de eternización infinitesimal. Esto significa que, al morir, el ser temporal no puede simplemente desaparecer o disolverse en el no-tiempo, ya que su experiencia de la existencia lo ha vinculado permanentemente al flujo temporal. En lugar de una desaparición abrupta, el ser entra en una suerte de carrera asintótica hacia una eternidad que nunca alcanza del todo. En la muerte, el ser vivo queda suspendido en transición perpetua, aproximándose infinitesimalmente a la eternidad del ‘no-tiempo’ sin fundirse en ella.

Esta idea puede parecer paradójica porque plantea que, al morir, un ser vivo no se disuelve en la nada ni se apaga como un simple fenómeno físico, sino que entra en una nueva forma de existencia temporal. La desconexión del tiempo cronológico no es un colapso absoluto, sino una experiencia de aproximación continua a lo eterno. Al dejar de crear tiempo, el ser temporal se mueve hacia una forma de eternidad que no es un estado inmóvil ni un vacío infinito, sino una progresión infinita hacia la infinitud misma. Aquí, la eternidad no es entendida como una instancia fuera del tiempo, sino como un proceso que continúa desplegándose, incluso después de la muerte. En este sentido, la muerte no es una cesura total, sino la continuación de la vida en una forma diferente: un acercamiento perpetuo al límite de lo eterno, una eternización infinita que nunca culmina.

Si extrapolamos esta noción a la muerte del último ser vivo del universo, el escenario que se plantea es aún más complejo. Desde la perspectiva de la TEI, si llegara a desaparecer toda forma de vida en el cosmos, el universo mismo debería colapsar instantáneamente. Sin embargo, este colapso no se produciría como un evento catastrófico o como una disolución instantánea del cosmos, sino que se daría en un proceso infinitesimalmente largo. La razón es que la vida, al haber creado tiempo, mantiene una relación con el no-tiempo que no puede ser rota de manera absoluta. El universo no puede, en consecuencia, colapsar de una manera definitiva, ya que la vida que alguna vez lo habitó ha generado una estructura temporal que no puede ser completamente disuelta en el no-tiempo. De manera similar a la desconexión de un ser individual, el universo entra en una especie de eternidad asintótica, en la que su desaparición es perpetuamente pospuesta por la huella del tiempo que la vida ha dejado en él.

Este planteamiento tiene profundas implicaciones para nuestra comprensión de la relación entre la vida, el tiempo y el cosmos. La idea de que la muerte de un ser vivo no puede conducir a su total disolución en el no-tiempo introduce una visión del universo en la que la vida, incluso en su finitud, tiene un impacto duradero y permanente en la estructura temporal del universo. Aunque un ser temporal deja de existir cronológicamente, su paso por la existencia le asegura una conexión indefinida con la eternidad, una relación que no puede ser quebrada ni siquiera por la muerte. De esta forma, la TEI redefine la muerte no como el fin absoluto, sino como una transformación en la que el ser se aproxima a lo eterno, sin nunca alcanzarlo del todo.

Este enfoque filosófico plantea una visión novedosa del fin de la vida y del universo mismo, sugiriendo que el tiempo y el ser son inseparables y que la muerte no es una transición hacia la nada, sino una progresión hacia la eternidad.

6.

Los seres vivos, en el marco de la Teoría de la Eternidad Infinitesimal (TEI), se presentan como los pilares fundamentales que sostienen no solo la vida, sino también el tiempo mismo. Esta afirmación abre un horizonte filosófico que inmediatamente nos conduce a una paradoja fascinante: ¿qué es lo que realmente sostiene el tiempo, la mera existencia biológica de los seres vivos, o es la conciencia de la existencia del tiempo lo que le otorga su consistencia? En otras palabras, ¿basta con la vida en su forma más primitiva para que el tiempo fluya, o es necesario el cerebro, con su capacidad para percibir y organizar la realidad, para que el tiempo, y por extensión el universo, puedan ser considerados reales? Estas preguntas nos adentran en el terreno de la conciencia y de la percepción, llevándonos a cuestionar si el tiempo es una realidad objetiva que existe independientemente de nuestra capacidad para percibirlo, o si, por el contrario, es una construcción subjetiva, una invención del cerebro que organiza el caos del universo en una secuencia comprensible y utilitaria para la supervivencia de los seres vivos.

Si aceptamos que el tiempo requiere de un cerebro consciente para ser percibido, nos enfrentamos a la inquietante posibilidad de que todo aquello que llamamos ‘tiempo’ y, en consecuencia, ‘universo’, no sea más que una proyección de nuestra propia mente, un truco de la conciencia que necesita percibir el paso de los momentos de una manera ordenada para permitir el funcionamiento del organismo. El tiempo, en este sentido, sería una estructura psicológica diseñada para que podamos navegar el entorno, anticipar el futuro y recordar el pasado, habilidades esenciales para la supervivencia. Sin embargo, si el tiempo es una creación del cerebro, ¿no estaríamos cayendo en una trampa ontológica, donde la realidad objetiva se disuelve en las exigencias subjetivas de nuestra propia biología? ¿Es el tiempo una realidad externa que simplemente percibimos, o es una invención de nuestra mente, construida para darle sentido a una existencia que de otro modo sería caótica e ininteligible?

Esta visión nos lleva a considerar una de las implicaciones más provocadoras de la TEI: que el cerebro, al inventar el tiempo, también inventa el universo. Si el tiempo es una construcción mental, el universo tal como lo conocemos –es decir, como un conjunto de eventos que ocurren en una secuencia temporal– es también una proyección de nuestras capacidades perceptivas. El cerebro no solo percibe el tiempo, sino que lo organiza y, al hacerlo, organiza la estructura misma de la realidad. Desde esta perspectiva, la existencia del tiempo y del universo como entidades diferenciadas y estructuradas depende de la capacidad de la mente para dividir el flujo continuo de la experiencia en momentos discretos y comprensibles. Sin este proceso mental, el tiempo no sería algo que ‘sucede’, sino una especie de no-tiempo, un estado en el que la creación y la destrucción del universo se producirían de manera simultánea, sin la mediación del ser consciente que los ordena y les da sentido.

El cerebro, en este contexto, no es simplemente un órgano pasivo que registra los eventos del mundo externo, sino el creador activo de un tiempo que permite la existencia del universo en la forma en que lo experimentamos. Esta idea sugiere que la relación entre la vida y el tiempo es aún más intrincada de lo que podríamos haber pensado inicialmente. No solo es la vida la que crea el tiempo, como sugiere la TEI, sino que el cerebro, al percibir y estructurar el tiempo, también está creando el universo. La pregunta que surge es si, al morir los seres conscientes, el tiempo –y por lo tanto el universo– colapsaría instantáneamente en un estado de no-tiempo. Si no hay una conciencia que perciba el tiempo, este dejaría de existir, y con él, el universo tal como lo concebimos. De aquí nace otra paradoja: ¿puede el universo continuar existiendo sin alguien que lo perciba? Según la TEI, parece que no. La vida, y más concretamente la conciencia, es lo que sostiene el tiempo y, por extensión, lo que sostiene el universo.

Sin embargo, esta visión también abre la puerta a la posibilidad de que el tiempo, tal como lo experimentamos, no sea más que una ilusión adaptativa, un mecanismo de supervivencia de nuestra mente que organiza el caos del no-tiempo para darle coherencia a nuestra experiencia. El cerebro, en su lucha por sobrevivir, inventa un ritmo temporal que le permite prever y reaccionar ante los estímulos del entorno. Así, el tiempo no es algo que exista ‘ahí afuera’, en el universo, sino una construcción interna que el cerebro utiliza para interactuar con una realidad que, en su esencia, podría ser atemporal y caótica. Este enfoque cuestiona profundamente nuestra comprensión de la realidad, sugiriendo que el universo que habitamos es, en última instancia, una creación de nuestra propia mente, que da forma al no-tiempo para hacerlo comprensible y habitable.

En este sentido, la TEI introduce una nueva perspectiva sobre la relación entre la vida, la conciencia y el tiempo, afirmando que sin la mente que percibe, no hay tiempo ni universo. La vida, al crear el tiempo, crea también el mundo en el que vivimos, y al desaparecer la vida, el universo colapsa en el no-tiempo, un estado de simultaneidad en el que la creación y la destrucción se funden en un solo instante.

7.

El tiempo, en el marco de la Teoría de la Eternidad Infinitesimal (TEI), se concibe como una entidad que es eternamente activa de manera infinitesimal. Esto significa que, aunque el tiempo se descomponga en unidades extremadamente pequeñas y efímeras, su continuidad nunca se interrumpe: cada instante contiene dentro de sí un eco de la eternidad, un pulso que refleja la perpetuidad a través de lo finito. Así, el tiempo es eterno no en su totalidad, sino en cada uno de sus infinitos fragmentos. Por otro lado, el no-tiempo se presenta como una eternidad absoluta, un estado donde no existe ni siquiera el más mínimo fragmento de tiempo. En este sentido, la eternidad absoluta del no-tiempo no puede ser comparada con la eternidad del tiempo, porque el no-tiempo es un estado de completa inmovilidad, una forma de ‘ser’ que jamás ha experimentado el fluir temporal. Esta diferencia esencial entre ambas formas de eternidad nos lleva a una paradoja ontológica: mientras el tiempo, a través de su infinitesimalidad, siempre está ‘siendo’ y ‘fluyendo’, el no-tiempo, a pesar de ser eterno, no ha existido en el sentido en que entendemos la existencia, porque nunca ha tenido el componente esencial del tiempo que es el devenir. El no-tiempo no ha experimentado el cambio, la transformación, ni el ciclo de creación y destrucción que define al universo temporal; por tanto, su eternidad es una suerte de eternidad estática, carente de vivencia, carente de cualquier tipo de movimiento o creación.

La eternidad absoluta del no-tiempo, desde esta perspectiva, podría ser vista como una suerte de estado potencial, una especie de ‘no-ser’ que nunca ha ‘llegado a ser’ porque nunca ha participado en el proceso temporal. Es una eternidad que nunca ha tenido tiempo para realizarse o manifestarse, y por tanto, aunque eterna, su naturaleza es incomprensible para quienes existimos en el flujo del tiempo. En contraste, la eternidad del tiempo, aunque fragmentada infinitesimalmente, sí ha sido vivida, experimentada y, de hecho, es la base misma sobre la que se sostiene el universo de los seres vivos. Cada instante del tiempo es una chispa de esa eternidad activa que crea realidad a medida que fluye, pero este flujo no es constante en el sentido absoluto: cada momento, cada segundo, cada instante se despliega como una aproximación a la eternidad, sin nunca alcanzarla completamente, y es precisamente en esta aproximación infinitesimal donde se encuentra el ser.

La idea de que el tiempo es eterno en lo infinitesimal implica que cada experiencia, cada evento y cada fragmento de existencia participa de una porción de eternidad, sin ser absolutamente eterno. Esto transforma nuestra visión del tiempo como una línea continua y homogénea, revelando su carácter dinámico y pulsante, siempre en un proceso de devenir sin fin. Al mismo tiempo, el no-tiempo, siendo eterno en un sentido absoluto, no es más que una posibilidad latente, una eternidad vacía de contenido porque nunca ha sido. No se trata de una eternidad que se despliega en instantes, sino de una eternidad que no tiene necesidad de hacerlo, porque no contiene tiempo, no contiene vida, no contiene creación. En ese estado, el no-tiempo no puede ser percibido ni experimentado, porque no tiene comienzo ni fin, ni momentos intermedios.

Este contraste entre la eternidad infinitesimal del tiempo y la eternidad absoluta del no-tiempo nos invita a replantear nuestras nociones sobre la naturaleza de la existencia. La eternidad que experimentamos en la vida está inscrita en el flujo de los momentos, en la cadena de instantes que, aunque pequeños y finitos, contienen cada uno una chispa de lo eterno. Pero la eternidad del no-tiempo, al no estar asociada al devenir, se presenta como una eternidad ‘vacía’, una forma de existir que no participa en el ciclo de vida y muerte, creación y destrucción, y por lo tanto, no puede ser considerada ‘existente’ en términos temporales. El tiempo, entonces, no es solo una condición de la vida, sino que, en cierto modo, es la única forma de eternidad que realmente ‘es’. La eternidad absoluta, al no tener tiempo, nunca ha existido como tal; es simplemente una posibilidad inerte, una noción de lo eterno que no ha participado ni participará en el flujo del ser. En última instancia, lo que sostenemos como ‘eterno’ es siempre una experiencia fragmentada, un devenir infinito que nunca alcanza su plenitud, pero que tampoco cesa en su despliegue.

Desde la TEI, el tiempo no se opone al no-tiempo como una realidad en conflicto, sino como dos estados que revelan diferentes formas de eternidad: una, la del tiempo, siempre en proceso y manifestación, y la otra, la del no-tiempo, inmóvil y silenciosa, carente de ser.

8.

En el marco de la Teoría de la Eternidad Infinitesimal (TEI), la relación entre tiempo y eternidad se redefine de una manera profundamente innovadora: es el tiempo mismo el que, en su flujo constante y en su devenir, genera la eternidad. Esta eternidad, sin embargo, no es la eternidad clásica que concebimos como una extensión infinita sin principio ni fin; más bien, es una eternidad infinitesimal, una eternidad que se manifiesta en cada instante y se revela como un límite que tiende al infinito, pero que nunca se completa en una totalidad absoluta. En este sentido, la eternidad no es un estado fijo o estático al que el tiempo eventualmente llega; es un proceso dinámico en el cual cada momento temporal contiene dentro de sí una fracción infinitesimal de eternidad. Cada instante es un punto en el continuo temporal que se aproxima al límite de lo eterno sin nunca agotarlo del todo. Esta aproximación constante es lo que convierte al tiempo en el creador de la eternidad: en lugar de un tiempo que transcurre hacia un final absoluto o una eternidad trascendente y separada del tiempo, lo eterno se encuentra en la misma estructura del tiempo, pero reducido a una escala infinitesimal.

Desde la perspectiva de la TEI, el concepto de eternidad como un ‘límite a cero infinito’ introduce una paradoja semántica que desafía nuestras nociones tradicionales de tiempo y existencia. En la matemática, un límite que tiende a cero es un valor que se reduce cada vez más, acercándose indefinidamente a la nada sin llegar nunca a alcanzarla por completo. Aplicado a la temporalidad y la eternidad, esto sugiere que la eternidad es, de hecho, una serie infinita de instantes que no desaparecen ni se convierten en un todo homogéneo. Cada instante contiene una pequeña fracción de lo infinito, un destello de lo eterno que nunca se agota. Aquí, el tiempo y la eternidad se entrelazan en una tensión perpetua: el tiempo siempre está creando eternidad, pero lo hace en fragmentos que nunca alcanzan una unidad completa. Esta visión disuelve la clásica dicotomía entre tiempo finito y eternidad infinita, y en su lugar nos invita a considerar la eternidad como un proceso activo y continuo que está siempre ocurriendo en la estructura misma del tiempo. Es el propio fluir del tiempo el que engendra lo eterno, pero lo hace infinitesimalmente, en una escala tan reducida que nunca podemos experimentarlo como un todo.

Esta concepción de la eternidad como algo que emerge del tiempo —pero de manera infinitesimal— resitúa nuestra comprensión de la realidad misma. Lejos de ser una distinción entre dos modos de existencia, donde el tiempo es fugaz y la eternidad es estable, la TEI nos muestra que la eternidad es una propiedad inherente al devenir temporal. En otras palabras, la eternidad no es algo que aguarda al final del tiempo, ni algo que existe fuera del tiempo, sino que es creada por el tiempo en cada una de sus manifestaciones. En este sentido, la eternidad infinitesimal no es un destino, sino una condición inherente al proceso de ser, un ‘límite a cero infinito’ que nunca se alcanza plenamente, pero que está presente en cada punto de ese proceso.

Este enfoque implica una reconsideración radical de nuestra experiencia del tiempo y del ser. Si la eternidad se encuentra en el tiempo, pero de manera infinitesimal, entonces cada instante de la vida está cargado de una importancia ontológica inmensa. Cada momento no es solo un fragmento finito que desaparece en la nada; es una manifestación parcial de lo eterno, una pequeña ventana a lo infinito. Así, la vida misma, en su estructura temporal, se convierte en un proceso de creación de eternidad. Vivir es participar en la generación continua de eternidad, aunque sea en forma de pequeños fragmentos que tienden hacia el límite infinito, pero que nunca lo alcanzan. La eternidad, por tanto, no es una promesa futura ni un estado estático separado del tiempo, sino una cualidad inherente a cada momento vivido, a cada segundo que pasa, revelándose como un aspecto de lo infinito que se despliega constantemente.

Al concebir la eternidad de esta manera, también cambiamos nuestra percepción de la finitud humana. La muerte ya no es simplemente el fin de la existencia temporal y la entrada en una eternidad separada. En la TEI, la muerte puede ser entendida como una transición en el proceso continuo de acercarse a ese límite infinito, pero sin nunca alcanzar el no-ser absoluto. La vida misma, en su flujo temporal, está siempre creando eternidad, y esta eternidad permanece, aunque infinitesimalmente. No hay un fin definitivo, sino una constante creación de eternidad que se extiende infinitamente hacia adelante, aunque a una escala siempre infinitesimal.

Bajo la Teoría de la Eternidad Infinitesimal, el tiempo no es simplemente un recurso finito que se agota; es la fuente misma de lo eterno. Es a través del tiempo que la eternidad es creada, pero no en una escala infinita y total, sino en una serie infinita de instantes que tienden al infinito sin nunca agotarlo. Este ‘límite a cero infinito’ redefine nuestra relación con el tiempo, la eternidad, la vida y la muerte, sugiriendo que la eternidad no es algo que se alcanza después de la vida, sino algo que se está creando continuamente en el mismo proceso de vivir.

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