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[007] La apoteosis del estornudo o el delirio de lo efímero: sobre ‘Famosos después de estornudar’, de Yago Zafra

Por Australolibrecus anamensis

La patología del instante: un estornudo, una gloria

Si Roland Barthes levantara la cabeza y leyera Famosos después de estornudar, quizás no volvería a escribir sobre el “grado cero” de la escritura, sino sobre el grado absoluto de lo anecdótico. Y es que Zafra, con su pluma afiladamente absurda, nos entrega en esta novela una sátira vibrante sobre el espectáculo de la notoriedad fugaz. El estornudo —ese gesto humano, visceral y momentáneo— se convierte en eje narrativo y símbolo de una sociedad que ha convertido el reflejo involuntario en performance viral.

Desde su primera página, el texto se posiciona con descaro en un terreno híbrido entre la parodia filosófica y el disparate científico. No es casual que uno de sus personajes, Crisanto, sea un archivista de estornudos célebres; como si Jorge Luis Borges, tras beber jarabe para la tos y mirar demasiadas stories, se propusiera reescribir El Aleph en una sala de espera de otorrinolaringología.

Zafra traza con maestría el modo en que lo trivial se eleva al rango de épica: el estornudo como instante de autenticidad brutal, como grieta que escapa al control de la imagen y, por tanto, paradójicamente, como última posibilidad de celebridad genuina. La novela, con ritmo burlesco y lirismo escurridizo, transforma la fisiología en mito y lo patológico en espectáculo. ¿Puede un cuerpo que se sacude involuntariamente convertirse en objeto de culto? ¿Dónde termina el yo si el estornudo lo interrumpe?

Pero este juego no es gratuito: lo que Zafra construye, tras su arquitectura cómica, es una crítica feroz (aunque elegante) a la política del trending topic, a la dictadura del carisma momentáneo. La tos del alma, como la define el doctor Fonfría en su Tratado freudiano sobre la exhalación epifánica —que dentro del universo narrativo se convierte en bestseller y dogma—, no es otra cosa que la voluntad posmoderna de ser visto aunque sea por error.

Esta primera parte de la novela establece un pacto con el lector que no es menor: aquí no hay verdad, hay reflejo; no hay personajes, hay pulsos virales; no hay trama en el sentido clásico, sino una concatenación de delirios con coherencia interna más parecida a un sistema simbólico que a una narración lineal. Y eso, en tiempos de consumo acelerado, es una apuesta estética de fondo.

Zafra, sin recurrir a moralinas ni a lamentos nostálgicos por “los tiempos en que la fama se ganaba”, se desliza por una pendiente donde el sinsentido no solo divierte, sino que incomoda. Porque nos reconocemos. Porque todos, en algún rincón del alma o del algoritmo, queremos nuestro estornudo glorioso.

Bestiario de lo ridículo: los personajes como espejos rotos

Si Famosos después de estornudar puede leerse como una alegoría burlesca de nuestra sociedad hipermediatizada, entonces sus personajes son los santos patronos de esta nueva religión del reflejo. Pero no hablamos de santos heroicos, sino de caricaturas afinadas hasta lo grotesco, criaturas tan humanas que dan risa y pena al mismo tiempo. Es aquí donde Zafra revela una de sus armas más letales: el retrato psicológico hiperbolizado, casi esperpéntico, como espejo lúcido y sin compasión de nuestras propias contradicciones.

Tomemos como ejemplo a Eustasia, la mística nasal, monja retirada y beatificada en vida tras un estornudo que, según la prensa sensacionalista, coincidió con una racha de viento divino. Zafra se divierte ridiculizando tanto el fervor religioso como el sensacionalismo mediático que convierte un reflejo corporal en milagro. Eustasia es puro ascetismo de supermercado, mezcla de santa medieval y coach motivacional. Su figura funciona como parodia del nuevo espiritualismo en streaming, donde lo sagrado y lo viral convergen en un mismo clic.

Luego está Arístides, el “disruptivo”, que se lanza a estornudar en una pasarela de moda con desesperación performática, intentando “romper el algoritmo” y volverse trending topic. Su caída literal y simbólica funciona como uno de los momentos más afilados de la novela: Zafra señala, sin piedad, la angustia de quienes desean ser únicos a fuerza de repetir los mismos gestos impostados. Arístides no busca atención, sino redención narcisista. Y su fracaso se aplaude en redes, se monetiza, se olvida.

El doctor Fonfría, por otro lado, representa al intelectual enloquecido por su propia metáfora. Su bestseller pseudocientífico —el mencionado Tratado freudiano sobre la exhalación epifánica— se convierte en biblia cultural, desatando toda una moda de análisis simbólicos del estornudo. Fonfría es grotescamente brillante: una mente que, incapaz de lidiar con la banalidad del mundo, decide dotarla de sentido con teorías tan absurdas como seductoras. En él, Zafra satiriza tanto la academización de lo irrelevante como la necesidad posmoderna de convertir todo en significante profundo.

No podemos olvidar a Madame Colette, pitonisa nasal, empresaria de la mucosa astral y fundadora del “Ministerio Respiratorio”, que opera a medio camino entre secta, multinacional y reality show. Su figura es una mezcla delirante entre Walter Mercado, Elon Musk y la bruja de la teletienda: una oportunista sin escrúpulos que ha entendido que la espiritualidad es un mercado, y que las toses pueden cotizar en bolsa si se empaquetan con buen eslogan.

Lo admirable de Zafra es que jamás juzga directamente a sus personajes. Les deja hablar, les deja estornudar, y deja que el lector —con esa mezcla de risa, vergüenza y reconocimiento— se vea obligado a preguntarse si alguna vez también ha querido estornudar frente a un espejo con espectadores.

En esta galería tragicómica, cada figura encarna una de las patologías del presente: la sed de atención, la espiritualidad como espectáculo, la intelectualidad hueca, el emprendedurismo delirante. Pero todas comparten una misma pulsión: el deseo de trascendencia, por efímera que sea, en un mundo que convierte lo fugaz en canon y lo ridículo en referencia cultural.

La geometría del absurdo: estructura y estilo como artefactos de sátira

El lector que se acerque a Famosos después de estornudar con la esperanza de una narración lineal, ortodoxa o predecible hará bien en sonarse la nariz y ajustar las gafas antes de abrir la primera página. La estructura del libro —dividida en capítulos-pentagramas donde cada parte compone una sinfonía del disparate— responde a una lógica más musical que narrativa, más coreográfica que cronológica. Y esto no es un mero capricho formal: es un dispositivo irónico cuidadosamente calibrado.

Cada capítulo está dividido en cinco partes, como si Zafra nos propusiera una especie de partitura nasal en cinco tiempos, donde los estornudos son notas, los personajes instrumentos y el lector… una especie de director de orquesta sin batuta ni partitura, arrojado al torbellino. Esta segmentación no sólo organiza el caos: lo amplifica. Nos hace cómplices del mecanismo, y al mismo tiempo, víctimas del desconcierto.

Zafra juega con la estructura como un niño travieso juega con piezas de dominó, construyendo torres barrocas sólo para derribarlas con un soplido argumental. Así, lo que comienza como una sátira de lo viral se convierte en una crítica del poder institucional (el hilarante “Ministerio de Tos y Estornudo”), luego deriva hacia la guerra performativa de egos (los torneos de estornudo), desemboca en el nihilismo nasal (“Silencio nasal”) y remata con un apocalipsis mediático provocado por un estornudo infantil. Cada cambio de tono no rompe la unidad, sino que la profundiza: la comedia se vuelve alegoría, la parodia se vuelve espejo.

En cuanto al estilo, podríamos decir que Zafra escribe como si Quevedo hubiese tenido Twitter y leído a Baudrillard. Su prosa es culta, ornamentada, a veces incluso barroquizante, pero siempre atravesada por un humor tan fino como corrosivo. Los párrafos se estiran, se retuercen, se inflan como globos verbales a punto de estallar, pero nunca pierden el ritmo. Es un humor que no busca la carcajada fácil, sino la sonrisa incómoda, la complicidad crítica.

Zafra demuestra, además, una habilidad quirúrgica para insertar referencias filosóficas, literarias y culturales en medio del delirio. Uno puede encontrarse, entre un estornudo milagroso y un profeta del moco, una reflexión sobre la teología de lo efímero, una crítica velada al capitalismo del yo o un guiño desvergonzado a Susan Sontag. Pero nunca se trata de pedantería gratuita: es parte del juego, del pastiche, de la forma en que la novela se ríe del presente, con la cultura como munición.

Si algo define el estilo de Zafra es su capacidad para combinar lo elevado y lo vulgar, lo culto y lo pop, la reflexión seria y el disparate absoluto sin perder el tono. La exhalación, ese gesto mínimo, banal y fisiológico, se convierte en símbolo, en metáfora, en estandarte literario. Y el autor, como un demiurgo travieso, nos recuerda que a veces basta un estornudo para desmoronar toda una catedral de pretensiones.

La poética de la exhalación: fama, identidad y otros virus contemporáneos

En la superficie —y es un decir, porque la novela se desliza como una capa de polvo cósmico sobre una superficie cuya profundidad ignoramos— Famosos después de estornudar puede parecer una comedia absurda sobre la viralidad de los gestos involuntarios. Pero bajo su barniz de ironía se esconde una crítica filosa y singularmente lúcida sobre el concepto de fama en la era postdigital, sobre la mercantilización del yo, y sobre el carácter sintomático de una sociedad que ha sustituido la trascendencia por la visibilidad.

Zafra no necesita moralizar; le basta con exagerar. En su universo literario, un estornudo —ese acto reflejo, pasajero y libérrimo que nos iguala a todos— se convierte en pasaporte al estrellato. Y a través de esta premisa ridículamente plausible, el autor logra la proeza de satirizar no sólo el espectáculo de la fama sino su genealogía cultural: desde los mitos de santidad y epifanía, pasando por la industria del entretenimiento, hasta la lógica algorítmica que decide quién merece ser visto y quién no. El estornudo deviene signo, mercancía, fetiche.

La sátira alcanza sus cotas más altas cuando personajes como Eustasia, beatificada en vida por un estornudo divino, o Arístides, ídolo de lo accidental, se convierten en epítomes de un éxito absurdo e inmerecido. Pero más que burlarse de ellos, Zafra se burla de nuestra necesidad de erigir ídolos en cada esquina nasal. La risa, en esta novela, no sólo se dirige hacia lo narrado: se dirige hacia el lector, que reconoce, quizás con algo de rubor, las lógicas de consumo y validación que él mismo alimenta a diario.

Uno de los méritos más notables de la novela es que, aunque hunde sus raíces en la tradición satírica —de Swift a Quino, pasando por Gómez de la Serna y Vonnegut—, su blanco principal no es el poder político o la religión, sino algo más resbaladizo: el deseo de ser observado. El ansia de aparecer. El anhelo de diferenciarse por cualquier medio, incluso por el más absurdo. Y en esa lógica del espectáculo, el cuerpo ya no es templo ni prisión: es interfaz. Una nariz que estornuda puede valer más que una vida dedicada al pensamiento.

Zafra parece susurrarnos (o estornudarnos) al oído: en este mundo, basta con emitir una señal breve, violenta y viral para ser considerado especial. Lo importante ya no es lo que uno hace o piensa, sino lo que se logra hacer visible. La fama ya no se conquista: se estornuda. Y ese chispazo cómico —entre lo absurdo y lo trágico— funciona como revelación.

Pero Famosos después de estornudar no es una elegía derrotista ni una arenga moral. Es una risa que filosofa. Un disparo de sarcasmo hacia el corazón de nuestros delirios identitarios. Un recordatorio de que quizá la mejor manera de pensar el presente no sea con solemnidad, sino con una carcajada lúcida. O un pañuelo.

Un estornudo para la posteridad: legado, repercusión y el futuro de la sátira literaria

A riesgo de caer en la trampa que la misma novela desmonta —la de convertir cualquier fenómeno momentáneo en «culto instantáneo»—, Famosos después de estornudar merece ocupar un lugar especial dentro de la narrativa satírica contemporánea en español. Su estilo irreverente, su arquitectura delirante y su voluntad de jugar con lo ridículo como catalizador de pensamiento hacen de esta obra algo más que una excentricidad ingeniosa: es una crítica orgánica y afilada de nuestros modos de habitar el presente.

Zafra, en este sentido, no escribe desde el púlpito ni desde la trinchera. Lo hace desde un rincón incómodo de la biblioteca contemporánea, ese en el que conviven el ensayo mordaz, el teatro del absurdo, la antropología pop y la observación sociológica que podríamos llamar, con toda justicia, nasal. No es casual que el autor elija ese gesto mínimo y fisiológico como punto de partida: el estornudo no puede falsificarse del todo, escapa al control, descompone la imagen. Es lo real irrumpiendo en la mascarada de la identidad digital. Zafra lo convierte en símbolo, sí, pero también en herida.

En cuanto al estilo, su prosa —rica, culta, salpicada de referencias insólitas y asociaciones improbables— recuerda por momentos al mejor Tom Sharpe, con la ternura iconoclasta de Boris Vian y el oído afinado de un narrador que ha aprendido a detectar las cacofonías del lenguaje social. A través de párrafos extensos que oscilan entre lo digresivo y lo fulminante, Zafra construye un universo de situaciones grotescas sin perder de vista el ritmo ni el sentido. Su humor, aunque desbordante, no es gratuito: cada risa encierra una denuncia, cada exageración señala una grieta.

No es casual que el libro haya generado opiniones divididas entre lectores que lo celebran como una obra de culto y quienes lo rechazan como “demasiado raro”. Esa incomodidad es signo de vitalidad. Zafra no escribe para complacer, y Famosos después de estornudar no es una lectura ligera disfrazada de crítica: es una crítica camuflada de chiste, una carcajada con ecos filosóficos, un espejo cóncavo donde el lector acaba viendo su reflejo más grotesco… y más humano.

En definitiva, esta novela no aspira a enseñar nada, ni a redimir, ni a resolver. Pero, como los grandes textos satíricos, sí logra desordenar un poco la mirada. Nos obliga a reconsiderar la ligereza con la que otorgamos prestigio, atención y sentido. Y al hacerlo, se anota un tanto inusual en la literatura actual: el de hacer pensar sin solemnidad, el de narrar lo absurdo con rigor, el de provocar —como los mejores estornudos— una interrupción momentánea en el flujo programado de nuestras certezas.

Ojalá más novelas como esta: incómodas, impúdicas, necesarias. Y ojalá más lectores dispuestos a dejarse contagiar por su delirio lúcido. Porque a veces —y Zafra lo sabe— sólo un buen estornudo puede despertarnos del letargo cultural en el que nos deslizamos, silenciosamente, cada día.

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